Archivo de la categoría: MIS OBRAS

Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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idea de carlos nieto

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A CONTINUACIÓN, MÁS IMÁGENES…

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELA DE SERGIO BARCE

MATADERO - LARACHE

Fragmento de mi novela Una sirena se ahogó en Larache (2011), Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012.

Baja al Matadero. Bennani lo espera impaciente con ganas de ir al cementerio cristiano donde suelen buscar cigarrones. Saltan la tapia y corren por entre las tumbas, a las que siempre vigilan con recelo, temiendo algún sobresalto inimaginable. Tami se detiene en algunas de ellas para leer el nombre de los muertos y las fechas cinceladas en los mármoles gélidos. Domina perfectamente el castellano, una de las obsesiones de su abuelo que consiguió matricularlo en el Luís Vives, pese a la inicial oposición de Mohammed. En septiembre comenzará el nuevo curso, su segundo año en el colegio español. El Hach sabe lo que supone dominar otro idioma, cómo se abren las puertas cuando buscas trabajo. Ha fracasado con Ahmed, un caso perdido, pero no quiere que le ocurra lo mismo con su nieto menor. Ahmed se negó a estudiar y ahora vaguea por las terrazas de los restaurantes y por los cafetines; el abuelo le augura un futuro complicado. No quiere esa vida para Tami, en el que atisba una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad; posee, por otro lado, una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente. Y, además de todo eso, tiene sus mismos ojos, que no es nada.

   Continúan su deambular por entre las tumbas, y a Tami le impresiona descubrir que, al fallecer, algunos de los que reposan en el cementerio apenas tenían su misma edad. Eso le hace pensar que él mismo podría morir en cualquier momento. Sabe que es débil, que está enfermo; se lo ha escuchado decir a menudo a su madre, a su abuelo, al médico, y la idea de sucumbir tan pronto le aterra. Bennani también anda de hospital en hospital, pero él sufre ataques de epilepsia que son cada vez más frecuentes. Sus enfermedades los unen de una manera fraternal, aunque no hablen de ello.

   Llegan al borde del acantilado, a la última de las hileras que conforma una larga fila de blancos sepulcros. Bennani se ha agachado y Tami lo imita. Tiene entre los dedos de la mano derecha un hermoso ejemplar, tal vez el cigarrón más impresionante que ha visto nunca.

   -Es el rey de los cigarrones –sentencia Bennani levantando la mano.

   Entre sus dedos, el enorme insecto agita encabritado las patas y las antenas, y los ojos saltones se remueven igualmente buscando la manera de huir de esas garras que le tienen aprisionado. La cabeza es verde oscuro y el resto del cuerpo de un amarillo pálido y vegetal. Sin saber la razón, Tami se acuerda de Amin cuando lo acorrala en los callejones de la Medina para robarle o burlarse de él. Mira al cigarrón con condescendencia, como si ahora fuese él quien ocupara el lugar del insecto, y siente compasión.

   -¿Los cigarrones tienen reyes? –Le pregunta con el ceño fruncido después de un rato en el que ambos se han mantenido en silencio, uno estudiando a tan singular insecto y el otro con sus dudas sobre si el cigarrón se sentirá desdichado o no.

   -¡Claro, jae! –Dice Bennani con autosuficiencia-. El rey es el único cigarrón que vive cien años.

   -Cien años –musita Tami sin ser capaz de calcular cuánto tiempo son cien años.

   -Toma.

   Lo ase con cuidado de no aplastarlo, mientras el cigarrón se remueve sin cesar plantando cara a esos gigantes que le han capturado. Eso le convence de que efectivamente debe de tratarse del rey, un rey guerrero que lucha hasta el último aliento.

   -¿Qué hago con él? –Le pregunta.

   -Te lo regalo, jae -con el sol, la piel oscura de Bennani brilla y parece que fuera de plomo. El ojo ocular también destaca en su cara, de frente despejada y facciones marcadas por unos huesos definidos.

   Bennani se lo regala todo. Cualquier cosa que se encuentra en la calle se la da, aunque para él sea valiosa o pueda venderla en el zoco y sacarse unos dirhams. Una vez incluso le entregó un billete de cincuenta francos, pero su padre se lo quitó en cuanto lo descubrió en el bolsillo de sus pantalones creyendo que los había robado.

   Van a la casa de Tami. Suben las escaleras estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente. Allí está el abuelo, en su dormitorio, arreglando una tostadora. Unas veces repara viejos cacharros, electrodomésticos, aparatos de radio y televisores, que consigue en Sidi el Yamani o en Asilah y los trae para que Mohammed los venda en su puesto del Zoco Chico y otras los que la gente le acerca para ver si tienen alguna solución o, en caso contrario, si han de tirarlos definitivamente; unas veces trabaja en la terraza y otras en ese rincón de su cuarto, pero sólo cuando siente el relente en la espalda. El anciano recibe una pensión exigua con la que ayuda a su hija y a su yerno a pagar el colegio del niño. Muchas veces dice que si no pudiera ayudarles se marcharía de Larache para no ser ninguna carga, y la madre de Tami se pone a llorar.

   Cuando entran Bennani y su nieto, el abuelo levanta la cabeza y los mira con sus ojos acuosos, con el azul amansado después de un día de faena. El coche está en un rincón, como un detenido al que hubiesen puesto contra la pared. El niño se queda observando el juguete, pero El Hach simula no haberse dado cuenta.

   -¿Qué llevas ahí?

   -Un cigarrón –replica olvidándose del coche, y se lo enseña.

   -Vaya… Es majestuoso.

   Tami mira a Bennani que, ufano, asiente a las palabras de su abuelo.

   -Bennani dice que es el rey de los cigarrones.

   El viejo sonríe, se echa el flequillo gris a un lado, un gesto que es casi una manía, igual que secarse la lágrima perenne de su ojo derecho, y coge con dos dedos al insecto.

   Cuidadosamente, lo deposita en la mesa donde apila otros cacharros. Ha cogido un carrete de hilo azul marino del costurero de su hija y, con una sola mano, lo va desenredando. Rodea luego el cuerpo del cigarrón con el hilo, le hace un diminuto lazo y lo suelta.

   Tami y Bennani dan un respingo cuando el rey de los cigarrones salta de pronto y extiende las alas. Sin embargo, no llega demasiado lejos. El hilo le permite volar sólo hasta donde el abuelo le ha concedido su permiso.

   Con paciencia, vuelve a cogerlo entre los dedos y se dirigen al cuarto de Tami y de su hermano. Ninguno de los dos niños se separa del viejo, pegados a la tela liviana de su candora. Pasa entonces el hilo por la contraventana y allí hace otro pequeño nudo. Luego, suelta al cigarrón que se queda muy quieto en el suelo. Los tres aguardan un rato, pero esta vez no se mueve, ni intenta volar, quizás intuye que ahora no es más que un cautivo en territorio enemigo.

   -Ahora tu cigarrón no se escapará –dice el abuelo saliendo del cuarto.

   El sol se proyecta por la ventana, cayendo en perpendicular sobre la solería. El cigarrón está justo en esa zona más cálida y no parece que le apetezca abandonar el lugar. Hierático, parece una figurita de plástico. Los dos niños aguardan unos minutos, ya con cierta impaciencia, hasta que, aburridos, dejan al cigarrón ahí en el rectángulo soleado, y salen para ir en busca de alguna mujer que, tras la compra, necesite ayuda para llevar las talegas hasta su casa. Una buena manera de sacarse una propina.

   Cuando un par de horas después Tami regresa, ve que el hilo azul se mantiene colgado aún de la contraventana, pero el cigarrón ha desaparecido. El niño recoge el débil lazo, deshecho, y lo busca por el cuarto, levantando las esteras, la manta, la ropa. El insecto no aparece por ninguna parte. Mira de nuevo el extremo del hilo, desgarrado, es como si lo hubieran cortado con brusquedad, de un tirón violento. Se da cuenta entonces de que la ventana está entreabierta. Saca la cabeza. Del lateral, varios cigarrones saltan y levantan el vuelo igual que una bandada de verdes pájaros minúsculos. Tami se sobrecoge y da un paso atrás a causa de la impresión inicial. En seguida se recupera y vuelve a asomarse. Apenas distingue al compacto grupo que se ha dado a la fuga, confundidos ya al cobijo de las primeras sombras del atardecer. No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey y de que, arrojados, valientes, se han conjurado para liberar al monarca. Tami siente admiración al imaginar el recibimiento de sus súbditos al ver a su rey de regreso al cementerio, a su territorio.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

   Fatigado, se sienta en su estera y se cubre con la manta. Súbitamente un frío intenso se ha ido deslizando por sus extremidades, igual que un hormigueo, hasta llegar a su vientre y luego al pecho. Comienza a tiritar, castañeteándole los dientes. Ya conoce esos síntomas y sabe que está a punto de sufrir una crisis, que empezará a toser y a respirar con dificultad.

   -¡Inmá!

   Llama a su madre varias veces, con un hilo de voz que va debilitándose hasta no ser más que un silbido del pecho, igual que un graznido de cría. Se acurruca bajo la manta, pensando en el cigarrón, en su cohorte rindiéndole pleitesía. El sudor asoma por la frente, pero se extiende en segundos por todo el cuerpo. Incómodo, se revuelve en el jergón, cada vez más agotado, y tose, una, dos, tres veces, ya no puede remediarlo, y se le saltan las lágrimas por el esfuerzo. No le llega el aire, atrapado en sus bronquios de alambre. Lentamente, siente cómo va ahogándose y cómo se aturde hasta casi perder el sentido. Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia. Sólo le siguen dos hombres, que sabe que le serán fieles hasta el final. Tami se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado.

   -¡Capitán! –Le increpa el que parece encabezar el grupo. Se han detenido frente a ellos, con ansias de venganza.- ¡Apártese de ahí! Venimos a hacer justicia…

   -Tengo orden de Salah al-Din de defender el templo…

   -¡Es una Iglesia! ¡Es un templo infiel que ha de ser pasto de las llamas, capitán! ¡Apártese o no respondo de lo que pueda ocurrir!

    Tami mira de soslayo a derecha e izquierda. Sus dos únicos aliados no se han inmutado ante esas amenazas e imitan a su capitán, levantando la hoja reluciente de sus sables que señalan el cielo, como si provocaran a los ángeles. No van a dar un paso atrás y los hombres del batallón lo saben. Dudan. Algunos bajan sus armas, sin saber qué hacer, pues tienen enfrente a hombres que pertenecen a su mismo ejército.

   -Sí, es una iglesia cristiana… La Iglesia del Santo Sepulcro. Pero Salah al-Din ha dado orden de que sea respetada –Tami señala a sus lugartenientes-. Y nosotros haremos cumplir la orden dada, aun a costa de nuestras vidas. Aquí os esperamos…

   De pronto, el batallón se desgaja y un estrecho sendero se abre, dejando paso a un caballo que avanza majestuoso. Tiene el pecho ancho, la crin reluciente, negro azabache, las bridas de oro. Salah al-Din lo monta. Su figura provoca admiración y temor. A pocos metros de Tami, el caballo relincha, se detiene al sentir un leve tirón de su jinete y se gira en una cabriola, elegante, para encarar al batallón que permanece en silencio.

   -¿Quién osará en atacar a mis tres hombres más valientes? –Grita Saladino con voz de trueno-. ¿Quién osará?

   Hay un eco tras sus palabras y su pregunta se convierte en una amenaza y en un reto. El viento ha cesado, el día se ha parado definitivamente.

   Tami entreabre los ojos, a duras penas, y ve a su madre, con la tez lívida, pasándole una esponja húmeda por la frente.

   -Delirabas, hijo mío… ¿Me oyes? Decías unas cosas tan extrañas que me has asustado…

   Le pesan los párpados como si se los empujaran para que se cerraran para siempre, pero Tami se resiste y trata de izar una sonrisa con la que tranquilizar a Rachida.

   -No te preocupes, madre, él ha venido en mi ayuda…

 

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VALENCIA – 27, 28 Y 29 DE MAYO – MIS LIBROS EN «PUBLISHING CIRCUS»

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El próximo fin de semana, 27, 28 y 29 de mayo, llega a los jardines de Viveros de Valencia la primera edición del PALO MARKET FEST, un evento que combina la venta de ropa y objetos decorativos, con la gastronomía o las actuaciones musicales, y que contará también con el Publishing Circus, un gran espacio destinado a difundir el trabajo creativo de pequeñas editoriales y autores autoeditados: narrativa, cómic, fanzine, ilustración, publicaciones de música, arte, fotografía, moda, arquitectura, infantil…

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Allí estará también la Generación BiblioCafé, y, por eso, también mis libros. Paseando por el Zoco Chico y La emperatriz de Tánger, compartirán espacio con los compañeros escritores de GB, y estarán también algunos de los libros en los que la misma Generación hemos participado: Por amor al arte, Último encuentro en BiblioCafé, Sesión continua…   

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PROGRAMA DE PALO MARKET FEST:

 http://palomarketfest.com/es/home

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«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», DE SERGIO BARCE

Aquí tenéis el primero capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Punto de Vista Editores, 2016). Una historia que navega entre Málaga y Tánger, una historia en la que el pasado irrumpe en el presente y, lo que parecía inamovible, es dinamitado por los secretos que afloran de manera violenta e inesperada.

Espero que estas primeras páginas, os inciten a seguir leyendo la novela…

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras, pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

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Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

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MIS LIBROS SIGUEN VIAJANDO

DÍAS DE LIBROS, FERIAS DEL LIBRO…

ALGUNAS DE MIS ÚLTIMAS PUBLICACIONES EN BARCELONA,

FRENTE A LA SAGRADA FAMILIA, DE LA MANO DE JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ GALLARDO.

Una sirena se ahogó en Larache

Paseando por el Zoco Chico

La emperatriz de Tánger

Gracias.

Por José María Fernández Gallardo

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Una foto curiosa del Tetuán de 1950…

Los libros, el único arma que hermana.

Tetuán 1950

 

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