Como muchos sabéis, mi cumpleaños coincide con la misma fecha del fallecimiento de mi madre. 14 de agosto. Por eso se hace un poco raro este día. Supongo que ella lo quiso así. Es un aniversario en el que se comparte la vida y la muerte, la llegada y la partida.
Hay veces que pasan semanas y, de pronto, pienso que no he pensado en ella en todos esos días. Y que su recuerdo se va deformando en mi memoria. Me cuesta cada vez más rememorar instantes de mi infancia a su lado. Temo perderla para siempre. Ya digo que es una fecha anómala. Incluso para pensar en ella.
Me he refugiado un rato en sus fotos. Y creo que he escuchado su voz. O he querido escucharla. Y he acabado por escoger varias de estas fotografías que guardo para compartirlas con vosotros. Sé que muchos de sus amigos y de sus amigas también oirán su risa de nuevo al volver a verla en este álbum improvisado. En este día extraño de agosto.
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JUNTO A MI MADRE, ASOMADOS AL BALCÓN DEL ATLÁNTICO, EN LARACHE
No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.
Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.
Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.
También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama.
Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe:
“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”
La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista.
“…Su padre había prometido llegar a las seis.
Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.
Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…”
Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme).
Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.
A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.
Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:
“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”
Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.
Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:
“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”
Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.
Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.
Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.
Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.
Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.
A través de Juan M. Aparicio me ha llegado este hermoso y, a la vez, doloroso artículo de Javier Brandoli para El Confidencial, y quiero compartirlo con todos: El último cine de Yemen.
He pasado tres días de una intensidad literaria apasionante. Invitado por la Fundación Tres Culturas, el miércoles 7 de junio, llegaba al aeropuerto de Tánger y de allí al Hotel Minzah. Era un día muy tanyaui, en el que se mezclaba ese azul luminoso que tanto embelesa con ciertas nubes impertinentes y algún que otro tono gris empañando las calles. El calor era casi tropical. Dejé el equipaje, y di un largo paseo haciendo tiempo antes de encontrarme con mis anfitriones y con mi amigo el profesor y escritor Gonzalo Fernández Parrilla.
Llegué a la plaza 9 de abril, como si persiguiera la sombra de los personajes de mi libro El mirador de los perezosos, pero no hallé ni a Saloua ni al pintor Joao Fragoso, que siguen atrapados en las páginas de mi relato. Me senté un rato en la terraza del Cinema Rif y paseé por las calles del zoco, para volver con el tiempo justo para la comida, programada en la terraza del mismo hotel Minzah. Miré a la piscina, pero Alberto Gómez Font no tomaba el sol. Recordé entonces que andaba por Las Vegas (USA). En la comida, volví a ver a Gonzalo, que siempre me recibe con un abrazo y una cálida sonrisa, y a Olga Cuadrado, con quien no había vuelto a coincidir desde el homenaje que le tributaron a nuestro añorado Antonio Lozano en Granada (fue ella quien tuvo la amabilidad de contactar conmigo, aunque ya me había avisado mi admirada Malika Embarek de que lo haría, para invitarme a este encuentro). Tras saludarla, conocí al resto del equipo de Tres Culturas que se había desplazado con Olga: Lara Natalia Marco, Carmen Fernández-Távora y Antonio Chaves. He de decir que los cuatro me contagiaron su entusiasmo y hasta sentí envidia (sana) por lo bien que se compenetran y cómo disfrutan de su trabajo. Además, me obsequiaron con un trato de príncipe.
Tras la comida, y el obligado descanso tangerino, nos marchamos a la Legación Americana, donde Gonzalo Fernández Parrilla presentó su libro Al sur de Tánger, obra que, como dije en su momento, se convertirá en un clásico. La presentación corrió a cargo del profesor Eric Calderwood (al que por fin conocí en persona y también resultó ser un placer tratar con él). La sala de la Legación estaba a rebosar, y el diálogo que mantuvieron los dos fue ameno y muy aleccionador. Tras la presentación del libro, conocí a Montse, que trabaja en Marruecos como traductora, que me contó que le habían hecho una foto en una duna del desierto mientras leía mi libro Una puerta pintada de azul, y prometió enviármela. esto debió ser cosa de algún yin. También en la Legación me reencontré con mi querida paisana Maribel Navarro y mi amiga Randa Jebrouni. Y, por supuesto, ahí estaba Maribel Méndez, como en cada acto que se organiza para acompañarnos como una fiel escudera. Seguro que olvido mencionar a alguien más.
En algún instante, Lara, Carmen y Antonio trajeron unas cajas de dentífrico Miswak, del que se declararon fans entregados, y me regalaron un tubo, que estoy usando, por supuesto. Luego, cena fantástica en El Dorado, vigilados por Chukri, y, a la mañana siguiente, tras un espléndido desayuno marroquí, que levanta a un muerto, tomamos el Al Boraq y nos plantamos en Rabat en menos que canta un gallo. Durante el trayecto en tren, charlé pausadamente con Gonzalo, de literatura, de nuestros libros y de nuestras vivencias, y ahora lo conozco un poco mejor. Para mi suerte.
En Rabat nos esperaba Karima Ziali. Tras la comida, nos marchamos al Salón Internacional del Libro (SIEL). Sin esperarlo, allí estaba mi amigo Alberto Mrteh, que, como suele hacer, se desplaza de un lado a otro de Marruecos solo para vernos. Como habían hecho también mis paisanos larachenses Mustapha Lamiri y Abdelmunim El Amrani, otros dos hombres buenos a los que profeso un gran afecto. También estaba Mohamed Abrighach, al que me dio mucha alegría ver. Y conocí a lectores de mis libros, como Ibrá Fakir o Abderrazak Belaid, y a quienes se acercaban a mi obra por vez primera como Leila Temsamadi, Semmada o Alicia Cid.
Y en el estand del Instituto Cervantes, se volvió a presentar el libro de Gonzalo, pero en esta ocasión fue el escritor Abdelkader Chaui quien intervino junto al autor, y volvimos a deleitarnos con las historias que encierra Al sur de Tánger. Luego, nos tocó el turno a Karima Ziali y a mí para presentar El mirador de los perezosos. Confieso que temía las preguntas de Karima, porque sabía que no eran las habituales, que encerraban mucho sentido y que pretendían escarbar en lo más profundo de mi libro. Pero salimos airosos, y la gente disfrutó de nuestro diálogo. Me gustó mucho compartir ese rato con ella, con alguien capaz de escribir una novela tan valiente y arriesgada como Una oración sin dios, y que supiera acercarse a mi libro con esa decisión y seguridad. Me hizo ver cosas de las que no era consciente. Durante el coloquio, el consejero de trabajo de la Embajada española, Fermín Yébenes, que había comido ese mediodía con nosotros, dijo: «no me habría perdonado no haber asistido a esta presentación». Su reacción colmaba mis expectativas.
Durante la cena, me reí con Alberto Mrteh y pasé un rato francamente relajado y distendido con el grupo. Por eso, quiero dar las gracias a Olga, a Lara, a Carmen y a Antonio, no sólo por su atención, sino por su amabilidad, cercanía y simpatía. Han sido todo un descubrimiento. Y gracias a la invitación de la Fundación Tres Culturas, al Instituto Cervantes y a la Embajada de España, en la persona de su consejero José María Davó, con quien también departí un buen rato, por invitarme a disfrutar de estos días.
A la mañana siguiente, tomé el avión en dirección a Madrid, para firmar por la tarde en la Feria del Libro, pero esto ya lo contaré mañana…
Sergio Barce, 13 de junio de 2023
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Con Olga Cuadrado
Con Antonio Chaves
Con Maribel Navarro
Gonzalo Fernández Parrilla
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Antonio, Lara, Sergio, Gonzalo, Karima, Olga, Fermín y Carmen
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Sergio Barce, Karima Ziali y Gonzalo Fernández Parrilla