Hoy miraba las noticias y veía las imágenes del terremoto de Marruecos.
Hace apenas dos días yo estaba allí. Con mis hijos y con el equipo de rodaje del cortometraje que se rodaba en Larache. Compartiendo la felicidad del momento con Bilal, con Zohra, con Mohammed, con Ghita, con Abdeslam, con el Hach. Riendo, saboreando la vida. Olía, como siempre, a salitre atlántico, a azahar, a humedad y a tayín, y en las calles de la medina de Larache, a risas de niños. Sí, también las risas huelen en esos callejones. Un olor dulzón y amable. Volvía a escuchar la llamada del almuecín. Y me traje de vuelta los abrazos que me regalan todos mis hermanos y que sólo me procuran afecto y cariño.
Hoy miraba las noticias y veía las imágenes del terremoto de Marruecos.
Y pensé que pertenecían a otro mundo. A una pesadilla. Porque en esa gente que corría despavorida, en esa gente que gritaba y que se lamentaba por la insoportable e injusta desaparición de sus seres queridos bajo los escombros, yo veía los mismos rostros de Bilal, de Mohammed, de Ghita, del Hach. Gritando, tratando de salvar sus vidas y las de los suyos. Y, pese a la distancia, me llegaba a través de esas imágenes el olor a polvo, a sangre, a arrayán y a miedo, y en las calles de la medina de Marrakech, al llanto de los niños. Sí, también el llanto de los niños huele en esos callejones. Un olor amargo y desesperado. No se ha escuchado la llamada del almuecín, porque el minarete de la mezquita ha caído. Pero desearía poder devolver esos abrazos que me regalan para demostrarles el mismo afecto y cariño. Hoy más que nunca. Aunque sean otro Bilal, otro Mohammed, otra Ghita u otro Hach.
Mes intenso de cine. Salgo decepcionado del documental Mi nombre es Alfred Hitchcock (My name is Alfred Hitchcock, 2022), de Mark Cousins. Aburrido, y eso que es difícil que nada de lo hecho por Hitchcock lo sea, pero Cousins, que admiro por sus libros y sus otros documentales, enfoca equivocadamente esta cinta. La voz en off impostando al Hitchcock real es una especie de parodia. Las escenas seleccionadas, reiterativas. Imágenes estáticas con el rostro del director británico repetidas una y otra vez, como si nos hablasen de alguien al que nunca se le hubiera fotografiado.
Como antídoto, veo en casa por enésima vez Rebeca (Rebecca, 1940), Recuerda (Spellbound, 1945), La soga (Rope, 1948) y Los pájaros (The birds, 1962). De un tirón (quiero decir, en cuatro noches seguidas). Y no empacha.
Veo Te estoy amando locamente (2023), de Alejandro Marín, realizador malagueño, y salgo con una sonrisa, pero, a la vez, emocionado de la sala del Cine Albéniz. Me ha parecido una cinta muy bien llevada, que no tiene el menor altibajo, con una excelente banda sonora y unos actores en estado de gracia. La ambientación de los años setenta, muy conseguida. La recomiendo a quienes gustan del cine español. Está por encima de la media.
Leo dos libros interesantes. Por un lado, Videoclub, de Jaume Ripoll, que ha editado Penguin Random House. Se trata de una obra sin grandes pretensiones, escrita por uno de los fundadores de Filmin. Jaume Ripoll procede de una familia vinculada con el mundo del cine. Regentaron salas de cine, videoclubs y se dedicaron a la distribución. A través de sus páginas uno hace un recorrido, en muchos casos sentimental, por la evolución de las salas de cine en España, la proliferación de los videoclubs y su posterior desaparición. Y a uno le vienen muchos recuerdos. Ripoll repasa las películas que le fascinaron, los actores, los directores, las bandas sonoras, así como las producciones que le decepcionaron o que triunfaron o fracasaron, sus experiencias personales en el videoclub y sus diferentes trabajos hasta acabar siendo el fundador de la plataforma Filmin. Todo ello salpicado por distintas anécdotas personales. Deliciosa la que relata en el capítulo titulado “En Inglaterra con Greenaway”. La verdad es que es muy amena la lectura.
Escribe Jaume Ripoll:
“…Mi padre tuvo videoclubs en salas de bingo, salas de cine, panaderías y bares de carretera, pero a su muerte solo conservaba uno, el Casablanca, cuya gestión compartía con una joven socia que tenía nombre de estrella de Hollywood de los ochenta, Maxi: metro sesenta, pelo rizado y una sonrisa a jornada completa con la que mostraba sin rubor unos dientes que habían esquivado demasiadas veces la visita al dentista. Maxi no era cinéfila, pero tenía todas las virtudes que debe tener una buena dependienta: de los clientes recordaba su nombre, sus gustos y los suficientes detalles familiares, enfermedades, efemérides o separaciones, para hacerlos sentir en casa. Junto a ella trabajaba Toñi, una treintañera cordobesa que de haberse apellidado Salazar podría haber formado parte de Azúcar Moreno. Bella, alta y con el maquillaje adecuado para pasar seis horas de martes a domingo bajo la luz de los neones sin descomponerse en el intento. El videoclub no llegó a conocer el datáfono, así que todos los clientes tenían que pagar en efectivo, y el dinero se acumulaba en un cajón del mostrador sin llave de seguridad alguna. Esta información no les pasó por alto a los heroinómanos de la zona, que intentaron atracarnos no pocas veces. Y escribo <intentaron> sin darlo por hecho, porque Maxi y Toñi tenían a buen recaudo otro de esos regalos que nos había hecho un distribuidor de cine en los noventa: un machete digno de una secuela de Rambo que ellas empuñaban sin fragilidad alguna. Lo que nunca adivinaron todos esos atracadores que huían espantados ante el arma blanca era que el cuchillo en cuestión no servía ni para cortar mantequilla. Lo que tampoco supieron fue que su camello era uno de los mejores clientes de nuestro local, uno de los pocos que pagaba recargos por devolución tardía sin rechistar y alquilaba películas de diez en diez las noches de viernes y sábado, pues lo único que lo mantenía despierto durante las madrugadas que tenía abierta su farmacia de la muerte eran las películas policíacas de Bruce Willis y Steven Seagal. Esas en las que los protagonistas paradójicamente perseguían a traficantes como él…”
Pero es el libro de Quentin Tarantino, Meditaciones de cine (Cinema Speculation), también publicada por Random, a través de Reservoir Books, con traducción de Carlos Milla Soler, el que más enjundia ofrece. Escribe acerca de Sylvester Stallone lo siguiente:
“…Cuando se estrenó Rocky, se convirtió casi en mi película preferida de todos los tiempos. Soy consciente de que ya he dicho eso unas cuantas veces. Pero aquellos eran los años setenta. Yo era un joven entusiasta del cine, en una época en que las películas eran una pasada. Ahora bien, a menos que uno estuviera allí, en 1976, es muy difícil hacerse una idea del efecto que la película Rocky provocó en el público. Todo en Rocky cogió al público por sorpresa. El protagonista desconocido, lo emotiva que acaba siendo la película, la muy conmovedora música de Bill Conti, y uno de los clímax más intensos que la mayoría de nosotros hemos experimentado en un cine. Yo ya había visto películas en las que algo ocurría en la pantalla y el público vitoreaba. Pero nunca -repito, nunca- como vitoreó cuando Rocky, en el primer asalto, asestó el puñetazo que tumbó a Apollo Creed. Toda la sala había estado contemplando el combate con el alma en vilo, temiéndose lo peor. Uno tenía la sensación de recibir cada golpe que Rocky encajaba. El engreimiento de Apollo Creed por su superioridad sobre ese patán de poca monta parecía una forma de negarse a reconocer la humanidad de Rocky. Una humanidad de la que nos habíamos enamorado después de ver a Stallone a lo largo de noventa minutos de película. Y, de pronto -tras recibir un potente golpe-, Apollo Creed cayó al suelo de espaldas. Vi esa película unas siete veces en los cines, y en todas las ocasiones, llegado ese momento, el público casi saltó hasta el techo. Sin embargo, ninguna vez fue como la primera. En 1976, no hacía falta que me explicaran lo absorbentes que podían a llegar a ser las películas. Ya lo sabía. En realidad, no sabía casi nada más. Pero hasta entonces nunca me había implicado emocionalmente con un personaje principal como lo estuve con Rocky Balboa y, por extensión, con su creador, Sylvester Stallone. En la actualidad, si alguien descubriese la película, sería casi imposible de reproducir ese tipo de inocencia del espectador. Para empezar, tendría que lidiar con la celebridad y la carrera posterior de Stallone. Y no digo esto como una indirecta o como un comentario sarcástico. Es un hecho que el Stallone de Planet Hollywood no es el Stallone que se sentó en el sofá de Dinah Shore a contar anécdotas graciosas sobre la época en que pasaba hambre… (…) Parte de la euforia vinculada a la respuesta del público al combate culminante en Rocky se debió a que, después de cinco años de cine de los setenta, la verdad es que no esperábamos que las cosas le fueran a ir bien a Balboa. Y no me refiero a que no esperábamos que ganase el campeonato del mundo de los pesos pesados. ¿No iba a ganar jamás ni una mierda! Nuestra única esperanza era que no quedara como un puto hazmerreír. Por eso, el final fue tan sorprendentemente conmovedor y catártico. Por eso, cuando Apollo Creed cayó de espaldas en la lona, dimos saltos de alegría. Porque, a partir de ahí, al margen de lo que acabara pasando, Rocky ya había demostrado que no era un hazmerreír. Y, cuando llegamos al último asalto y Rocky tiene a Apollo Creed contra las cuerdas, asestándole un zurdazo y un derechazo, y un zurdazo y un derechazo, y el público presente en el pabellón entona: <Rocky… Rocky…>… ¡Joder! Sencillamente, nunca se había visto nada igual. Después, en la entrega de los Óscar, la película replica en la vida real su milagrosa victoria. Desde ese momento, el cinismo de los setenta ya no tenía ningún futuro…”
Y lo que relata es tal y como fue, porque yo lo viví con la misma intensidad. Esa película me emocionó por muchas razones, las mismas que indica Tarantino, pero también por la sencillez del argumento, por la manera en la que Rocky trataba a su novia Adriane, magnífica Talia Shire, y porque la humildad del personaje se te pegaba al alma. Lo primero que hice tras ver Rocky fue comprarme la banda sonora de Bill Conti, en LP. Y la ponía en el picú una y otra vez. ¿Quién no es capaz de tararear las notas principales?
También he tenido ocasión de ver El faro (The lighthouse, 2019) de Robert Eggers, con dos magníficos Robert Pattison y Willem Dafoe. Película claustrofóbica, no apta para el gran público, difícil y de tempo contenido, pero con imágenes potentes y una historia curiosa que, a mi entender, se malogra en parte con el desenlace.
Recupero la cinta La vida de los otros (Das leben der Anderen, 2006) de Florian Henckel Von Donnersmarck, cinta magnífica, que te llega a lo más hondo, y que, si bien me gustó cuando se estrenó, ahora me ha encantado aún más. Y la de Fahrenheit 451, de Truffaut, que, gracias a la historia de Ray Bradbury y a esos excelentes actores que son Julie Christie y Oskar Werner, se mantiene más actual que nunca. De obligada revisión.
Las dos últimas novelas de Julian Barnes y de Cormac McCarthy me dejan un tanto indiferente, como si hubiera visitado a dos viejos amigos y los hubiera encontrado apáticos y sin ganas de recibir a nadie. No obstante, siempre hay algo positivo en lo que escriben, sin duda.
Elizabeth Finch (2022), de Barnes, es una obra de excelente factura mientras se centra en el personaje de la profesora Finch, y ahí reconozco la narrativa del escritor, que siempre he admirado, pero luego se transforma en un ensayo de tapadillo sobre el emperador Juliano el Apóstata. Así que, aunque me atrae el personaje histórico, ya está más que retratado por Gore Vidal, y volver a hacerlo es un ejercicio baldío que, en este caso, menoscaba el núcleo duro de la novela, el de alguien sumamente atrayente y atractiva como es la protagonista: Elizabeth Finch. No obstante, como decía antes, hay páginas que reflejan su indudable maestría.
Julian Barnes escribe:
“…¿Y en qué categoría entraba mi amor por EF (Elizabeth Finch)? Bueno, yo lo definiría como romántico estoico, eso sería lo apropiado. ¿Y la quise más que a alguna de mis esposas? Digámoslo así: una parte del amor consiste en que la persona a la que amas te sorprenda, aunque la conozcas a fondo y muy bien. Es una señal de que el amor sigue vivo. La inercia mata el amor; y no solo el amor sexual, sino todas las clases de amor. En mi experiencia, las <sorpresas> del amor conyugal, pasados los primeros años, resultan ser a veces simples rarezas; peor, la expresión de alguien no solo aburrida con su marido, sino también consigo misma; con la vida misma, de hecho. No llegué a entenderlo en el momento, claro está. Las sorpresas de EF eran de otra clase. Hay gente que prefiere los libros a la vida, que recelan de implicarse de un modo más profundo, más turbulento. No creo que yo sea así; pero es cierto que tal vez prefería amar a EF que amar a cualquier otra persona que haya conocido, antes o después. No quiero decir que la quisiera más -eso no sería plausible-, sino que la amé concienzudamente: a conciencia y totalmente…”
Dejarse seducir por la protagonista es un delicado placer.
El párrafo pertenece a la edición publicada por Anagrama (marzo, 2023), con traducción del inglés de Inga Pellisa.
Cormac McCarthy es uno de mis autores de cabecera.
Posee una forma de escribir recia, sin concesiones. Ahí está Meridiano de sangre (Blood meridian), No es país para viejos (No country for old men) o La carretera (The road). Recientemente fallecido, nos ha legado como última obra El pasajero (The Passenger) y Stella Maris, dos novelas en un solo volumen. Pero me centro ahora en la primera de ellas.
El pasajero es un ejercicio no sé si de virtuosismo premeditado o de virtuosismo accidental; sea cual sea, se queda en un juego de malabares. La novela arranca muy bien y contiene los mejores diálogos que he leído en mucho tiempo, pero, a la vez, inserta capítulos de ensoñación o pesadilla que no aportan nada, al contrario, ralentizan la lectura, distraen, irritan. Y, para colmo, su final es uno de los más decepcionantes. No guarda relación con la estructura férrea de sus otras novelas.
Pero, como digo, hay diálogos excepcionales y, parte de ellos, muy divertidos. He echado en falta su contundencia de antes, y no es el broche de oro que esperaba. Eso sí, el protagonista, Western, es de esos personajes que se hacen inolvidables. Por algo será.
Uno de los diálogos de McCarthy en El pasajero es el siguiente:
“…Western pagó al hombre y cogió la llave y fue en el coche hasta la habitación y se acostó.
A la mañana siguiente volvió a Wartburg y desayunó tarde en el pequeño restaurante y aprovechó para leer el periódico local. En el aparcamiento dos chavalas estaban mirando el coche. Los parroquianos del bar le lanzaban miradas mientras comía y al cabo de un rato la más joven de las dos camareras se acercó para servirle más café.
Apuesto a que ese coche de allá es suyo.
Western levantó la vista. La chica tenía puntos de sutura recientes en la cabeza. Después de servirle dejó la cafetera en la mesa y sacó su libreta del bolsillo del delantal. ¿Va a pedir algo más?
Quizá sí. Tengo bastante hambre.
Western miró la carta. ¿La wartburger tiene éxito?
Sí. Es bastante popular.
Cerró la carta. Creo que lo dejaré ahora que estoy a tiempo. Miró a la chica.
Usted no es de por aquí, ¿verdad?, dijo.
Uf, no. Odio este sitio.
Me habían dicho que era un pueblo divertido.
¿Wartburg? ¿Y dónde ha oído eso? Me está vacilando, a que sí.
Usted tiene un novio en Petros.
Marido. ¿Cómo lo ha sabido?
Pues no sé. Veo que no lleva alianza.
Sí que la llevo. Pero cuando estoy trabajando no.
¿Le ve a menudo?
Dos veces por semana.
¿Su marido le ha visto ya esos puntos?
Aún no.
¿Qué piensa decirle?
¿Cómo sabe que no me los hizo él?
¿Es médico?
Ya me entiende.
¿Se los hizo él?
Ya se lo he dicho. Ni siquiera los ha visto todavía.
Bueno, ¿y qué piensa decirle entonces?
Le gusta meter las narices donde no debe, ¿eh? Pues por si le interesa le diré que resbalé y me caí.
Sólo quería saber si tenía una buena historia.
¿Por qué piensa que la necesito? Usted no sabe lo que pasó.
¿La necesita o no?
Puede. ¿Por qué debería decírselo?
¿Y por qué no?
¿De dónde es usted?
De aquí.
Qué va.
¿De Nueva Orleans?
Yo qué sé. ¿Es de allí?
Si le parece bien…
La camarera miró un momento hacia el mostrador y luego le miró otra vez. Usted va de listillo por la vida, ¿eh?
Sí.
Y eso que es bastante mono.
Bueno, usted tampoco está nada mal. ¿Quiere que salgamos?
Ella volvió a mirar hacia el mostrador. No sé, dijo en voz baja. Me pone usted un poco nerviosa.
Forma parte de mi estrategia. Es bueno para la libido.
¿Para la qué?
¿A él qué es lo que le va? ¿El homicidio?
¿Y eso cómo lo sabe? ¿Ha estado hablando con Margie?
¿Quién es Margie?
Esa que está allí de pie. ¿Qué le ha contado de mí?
Me ha dicho que le pidiera para salir.
A esa le voy a patear el culo.
No, es broma. No ha dicho nada parecido.
Más le vale. ¿Quiere algo más?
No, gracias.
La camarera arrancó el tíquet y lo puso boca abajo sobre la mesa. ¿Seguro que es de Nueva Orleans?
Sí.
Nunca he estado. ¿Es jugador profesional?
No. Soy buzo de profundidad.
Qué trolero. Tengo que atender a esos clientes.
Muy bien.
¿Lo que me ha dicho iba en serio?
¿El qué?
Ya sabe. Lo de salir.
Quizá. No sé. Me pone usted un poco nervioso.
Puede que sea bueno para esa cosa que ha dicho antes. Si es que tiene.
¿Cuánta propina quiere que deje?
Pues no sé, encanto. Lo que le dicte el corazón.
Vale. ¿Nos lo jugamos a doble o nada?
¿Cómo voy a saber lo que me estoy jugando?
¿Eso qué importaría?…”
El texto pertenece a la edición de Random House, noviembre 2022, con traducción de Luis Murillo Fort.
Mañana seguiré con esta nota a pie de página hablando de cine y de otros libros. El mes de agosto siempre es propicio para darme un buen atracón de lectura. Y este año ha sido especialmente intenso.
Como muchos sabéis, mi cumpleaños coincide con la misma fecha del fallecimiento de mi madre. 14 de agosto. Por eso se hace un poco raro este día. Supongo que ella lo quiso así. Es un aniversario en el que se comparte la vida y la muerte, la llegada y la partida.
Hay veces que pasan semanas y, de pronto, pienso que no he pensado en ella en todos esos días. Y que su recuerdo se va deformando en mi memoria. Me cuesta cada vez más rememorar instantes de mi infancia a su lado. Temo perderla para siempre. Ya digo que es una fecha anómala. Incluso para pensar en ella.
Me he refugiado un rato en sus fotos. Y creo que he escuchado su voz. O he querido escucharla. Y he acabado por escoger varias de estas fotografías que guardo para compartirlas con vosotros. Sé que muchos de sus amigos y de sus amigas también oirán su risa de nuevo al volver a verla en este álbum improvisado. En este día extraño de agosto.
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JUNTO A MI MADRE, ASOMADOS AL BALCÓN DEL ATLÁNTICO, EN LARACHE
No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.
Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.
Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.
También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama.
Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe:
“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”
La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista.
“…Su padre había prometido llegar a las seis.
Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.
Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…”
Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme).
Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.
A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.
Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:
“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”
Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.
Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:
“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”
Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.
Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.
Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.
Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.
Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.