Archivo del Autor: sergiobarce

LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 20

Página 20 de fotografías que voy rescatando de diferentes blogs y sitios webs sobre la historia de Larache. Desde octubre del pasado año no lo hacía.

Creo que hay en esta ocasión alguna foto bastante buena, e imágenes originales de espacios, calles o lugares emblemáticos de la ciudad.

Las fotos, como indicaba antes, provienen de varios sitios amigos: Houssam Kelai, Manolo Alarcón, HHH Los de Larache, Casino de Larache, Radio Larache, etc… 

Sergio Barce, junio 2020

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Rio Lucus y las salinas

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Zoco Chico a primeros del siglo pasado

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Zoco Chico

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Zoco Chico – puerta de la Alcazaba

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Entrada desde la calle Alcazaba a la plaza del Majzén

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Noticia sobre el doctor José Galbis, larachense

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Avda Mohamed Zerktouni

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calle Chinguiti (Avda Hassan II)

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Consulado español en Larache 

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«A PROPÓSITO DE NADA» (APROPOS OF NOTHING), AUTOBIOGRAFÍA DE WOODY ALLEN

A PROPÓSITO DE NADA portada

Como siempre, sumergirse en un texto de Woody Allen (al igual que en una de sus películas) es, en la mayoría de los casos, asegurarse pasar un buen rato, en este caso, un buen rato de lectura. Y su autobiografía A propósito de nada (Apropos of nothing, 2020) no desmerece esta afirmación. Como seguidor incondicional de su obra, temía, como los demás, que este libro no llegara a publicarse después de la irracional campaña orquestada en su contra. Pero Alianza ha salido a batirse el cobre por él, de lo que hemos de alegrarnos.

El libro es un relato ágil, rápido, fluido y, por supuesto, con sus dosis de humor, en el que Allen nos detalla su larga vida desde su nacimiento hasta el día de hoy. Me ha sorprendido la cantidad de personajes (escritores, actores, productores, músicos, cómicos, técnicos, dramaturgos…) que ha tenido la fortuna de tratar y de conocer. Y no me refiero a los años en los que Woody Allen ya goza de una fama merecida, sino a que, desde sus comienzos, por una u otra razón, ha ido coincidiendo con algunos de estos artistas que fueron marcando su trayectoria o su manera de encarar el trabajo. La lista es tremenda, y guarda algunas anécdotas sorprendentes.

WA

Curiosa su familia, y cómo habla de ellos. Y muy interesante sus opiniones sobre los actores y técnicos (directores de fotografía especialmente) con los que ha trabajado codo con codo.

Su relación con las mujeres ocupa un espacio importante, y a veces es desternillante al hablar de ellas. Pero sí queda claro que, en casi la práctica totalidad de sus relaciones sentimentales (su primera mujer Harlene, su segunda mujer Louise Lasser -que es un capítulo realmente sorprendente-, su vida con Diane Keaton…) siempre acabaron manteniendo un vínculo de afecto y cariño que ha perdurado en el tiempo. Algo que, claro, no ha sucedido con Mia Farrow.

Precioso su permanente homenaje y admiración hacia su esposa Soon-Yi.

WA y Soon Yi

WOODY ALLEN Y SOON YI

Hay quien achaca a este libro un defecto: el espacio tan amplio que dedica a las acusaciones y denuncias que Mia Farrow ha lanzado contra él durante estos años. Pero, aunque pueda ser cierto que sea algo extenso, no lo es menos que Woody Allen tiene sobrados motivos para hacerlo. ¿Cómo te defiendes si no es de esta manera frente a ese ataque furibundo de algunos medios azuzados por Mia Farrow y de los que azuzan aquellos que se embarcan en estas cruzadas sin conocer la realidad de lo ocurrido?

Una vez leído su libro, creo aún más en su inocencia, de la que no había dudado nunca porque no suelo dejarme arrastrar por olas de odio sin una base real que pueda palpar. Aún creo en la presunción de inocencia, y no en la presunción de culpabilidad que es el axioma imperante en nuestros días. A Woody Allen ningún tribunal lo ha condenado por abusos, pero el tribunal de la irracionalidad sí lo ha hecho. Llamativo, como decía más arriba, el hecho de que todas sus parejas le hayan apoyado sin fisuras. Me quito el sombrero ante su actitud y a su manera tan elegante y poco estridente de enfrentarse a toda esa jauría.

Lo que sí me ha parecido realmente patético es la actitud de muchos de los actores que han trabajado para él y que le han dado la espalda tras las acusaciones de abusos. Lo han hecho, en palabras de ellos, para no verse señalados y para no perder posibles futuros trabajos. En las palabras de Woody Allen al narrar estos hechos asoma, por supuesto, su decepción por esos artistas que no han querido creer en él.

En definitiva, que la autobiografía de Woody Allen merece la pena y que me lo he pasado francamente bien leyéndola, y que entrar en su universo es descubrir que vivimos en mundos muy, muy diferentes. Y, sinceramente, hay cosas que le envidio de una manera malsana.

Sergio Barce, junio 2020

A propósito de nada (Apropos of nothing, 2020) se ha publicado en España por Alianza Editorial, con traducción de Eduardo Hojman.

Como anzuelo para que leáis este libro, os transcribo la parte en la que explica por qué razón se cambió su nombre de nacimiento, Allan Stewart Konigsberg, por el de Woody Allen:

“…Ya podemos oír la voz del psicólogo diciendo: <Querías tanto ser famoso que el deseo te avergonzaba>. Una teoría plausible, pero, incluso si fuera cierta, ¿qué utilidad tiene?

Mientras tanto, seguía habiendo algunas frases con mi nombre en manos de columnistas y sentí que tenía que cambiármelo rápido. Cambiarme el nombre encajaba a la perfección con mi quimera de entrar en el mundo del espectáculo. En esa época lo hacían todos los artistas y algunos escritores y directores e incluso productores, y ese gesto me convertiría en uno de ellos. Con los años, mucha gente especuló sobre por qué me lo cambié a Woody Allen. Algunos decían que se debía al clarinetista Woody Herman. Woody Herman me gustaba, pero esa conexión jamás se me cruzó por la cabeza. Si uno puede creer lo estúpida que puede llegar a ser la gente, una de las hipótesis era que yo jugaba mucho al stick ball, un juego improvisado con palos de escoba y una pelota, en las calles de Brooklyn, y esos palos eran de madera, es decir, wooden. La verdad es que fue una decisión arbitraria. Yo quería mantener algo del nombre original, por lo que usé Allen de apellido. Jugueteé con J.C.Allen, pero me pareció que terminarían llamándome Jay, que es como se pronuncia la <J> en inglés. Coqueteé con Mel, pero había un famoso comentarista radiofónico de los Yankees que se llamaba Mel Allen. Finalmente, mi TDAH se impuso y Woody se me ocurrió de la nada. Era corto, quedaba bien con Allen y tenía un toque ligero y vagamente cómico, a diferencia de, por ejemplo, Zoltan o Ludovico. El nombre me ha dado buen resultado, aunque en algunas ocasiones, como los dos tocamos el mismo instrumento, me han llamado señor Herman; y una vez una vendedora de Bloomingdale´s, que me había reconocido por mi aparición en The Tonigh show y que se había puesto muy nerviosa mientras me atendía, dijo: <¿Eso es todo, señor Woodpecker?>. (Referencia al personaje de animación Pájaro Loco, cuyo nombre original en inglés es Woody Woodpecker. N. del T.)

En muy escasas ocasiones me he arrepentido de haberme cambiado el nombre y he pensado, en cambio, que el original ya estaba bien. Konigsberg tenía un tono germánico serio. Kant era de Konigsberg. Hoy en día en Konigsberg hay un monumento en mi honor (a menos que algunos airados ciudadanos ya lo hayan derribado con una cuerda, como ocurrió con el de Sadam Husein) y no hay ninguna razón para hacerme un homenaje en Konigsberg. No provengo de allí, jamás he estado y desde luego no he hecho nada para mejorar la vida de sus habitantes, pero mi apellido es Konigsberg y tal vez tengan una gran necesidad de héroes. La escultura en cuestión la escogí yo, de entre las muchas opciones que se postularon en un concurso. Me sorprendió lo buenas e inteligentes que eran todas y terminé decidiéndome por la más sencilla y modesta, que consistía en un par de gafas sobre una vara. En la realidad es mejor que lo que acabo de describir. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. Nunca me solicitaron mi opinión y ni siquiera me informaron de que iban a instalarla. Simplemente, erigieron una estatua de mí en la ciudad, una verdadera estatua de bronce de esas sobre las que les gusta posarse a las palomas. También en este caso, a menos que una muchedumbre enfurecida la haya arrancado, sigue allí. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba. Me gustaría decir que realicé algo noble y valiente en Oviedo para merecer ese honor, pero, además de ir de visita, filmar un poco en esa ciudad, pasearme por sus calles y disfrutar de su hermoso clima (al igual que Londres, en pleno verano está fresco y gris y cambia todo el tiempo), no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí. Oviedo es un pequeño paraíso, solo estropeado por la antinatural presencia de una imagen en bronce de un pobre infeliz…”

WA Y AM

WOODY ALLEN Y ARTHUR MILLER recogiendo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes

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«EL BALCÓN DE LUNA», UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Me llegó ayer este relato de León Cohen lleno de añoranza. Es uno de sus textos más delicados y emotivos. Tiene un ritmo pausado que le confiere ese toque de apacible fluir que tanto me reconcilia con una narración bien escrita. Y con él, nos lleva hasta ese balcón tan especial de Larache. Lo comparto rápidamente en mi blog antes de que León se arrepienta de haberlo enviado, para que todos podáis disfrutarlo.

Sergio Barce, junio 2020

El Balcón de Luna

Más tarde o más temprano, el tiempo nos devuelve al jardín de la infancia, al jardín de los recuerdos, que para mí siempre será el Balcón de Luna”

Cuando uno recorre los habitáculos de su memoria, la memoria de su vida, uno se topa con escenas, instantes, lugares y personas que dejaron una huella perenne e imborrable. Algunos de esos lugares son paradigmáticos y es inevitable referirse a ellos por lo que significaron en su momento y con el transcurrir del tiempo. Uno de esos lugares fue y sigue siendo el balcón de mi abuela Luna.

El balcón de Luna es bastante más complejo que un voladizo de unos seis metros de longitud por uno de ancho, rodeado por una barandilla de hierro. Bajo esa forma común y sencilla subyacen otros muchos significados que lo convierten en un referente de mis recuerdos y en mucho más. Ese balcón no es solo lo que parece, sino lo que representa para el adulto que recuerda y para el escritor que transforma en palabras los recuerdos. Es el balcón de mi primera infancia, y más tarde el de mi memoria. Es también el balcón de la nostalgia. Es una atalaya desde donde contemplar mi pasado y el de mi familia, pero también el pasado de mi pueblo natal. Es el lugar desde donde el niño extendía su mirada soñadora hacía todo lo que ocurría enfrente, al lado y debajo. Donde la vida se le presentaba en todo su esplendor y su bullicio, llena de voces, de ruidos y de colores. Pero también es el balcón de la alegría y de las emociones. Y es además uno de los pasadizos a través del cual la memoria del adulto se reencuentra con su pasado. Es un balcón que hace parte de una casa, pero también de un sueño, el sueño del niño que fue feliz. Ese balcón convertido ya en un símbolo es parte de mi memoria vital, pero también de mis ensoñaciones, de manera que siempre que puedo, vuelvo a él para recuperar ese tiempo perdido que fue el de mi infancia, en una suerte de diálogo diacrónico conmigo mismo.

En esta especie de análisis introspectivo he llegado incluso a preguntarme: ¿Acaso el balcón de Luna no podría ser también una excusa, una argucia, un invento o una vuelta de tuerca al Tiempo, de las que el escritor se sirve como motivo o argumento para sumergirse en su pasado y relatar lo acontecido junto a lo imaginado? ¿Y por qué no? ¿Acaso nuestra memoria cuenta solo la verdad, nada más que la verdad y toda la verdad? ¿Acaso nuestra memoria no confunde sin proponérselo o a propósito, ficción y realidad?

Ese balcón tiene además su trastienda, que no es sino la vida de la familia de mi abuela, compuesta por mis dos tías Raquel y Mery, mi prima Flora, mi tío Elías y nosotros, sobre todo mi hermano, mis dos hermanas y yo.

En todas las casas hay un alma mater y en esta es sin lugar a dudas Luna, mi abuela, la que cocina, la que cose, la que va al mercado y la que aporta equilibrio y sosiego a las discrepancias familiares. Y a la que extrañamente no recuerdo durmiendo. 

El balcón por la mañana era un mirador desde donde se podían apreciar todos los movimientos rutinarios de los comerciantes de enfrente, desde su llegada, la apertura de los locales, el posterior deambular de los clientes y de los transeúntes y la hora del cierre de las tiendas bien entrada la noche. Era un balcón rebosante de vida. A él nos asomábamos, en él posábamos para hacernos fotos, y desde él presenciábamos el discurrir de la vida desde la calle Italia hacia el Zoco Chico o hacia la calle Real y viceversa. Desde ahí veíamos y oíamos pasar las bodas musulmanas por la noche o los entierros con sus cánticos característicos de día. La vida y la muerte, tan opuestas y tan cercanas.

Pasados los años, volví en muchas ocasiones al balcón de Luna, no sé si en sueños o con la imaginación, me detuve y me asomé para recordar mi primera infancia y desde él la repasé, la recorrí y la recreé. También recobré los olores y los sabores de aquellos años. Olor y sabor del pan amasado en casa que se desprendía del horno cercano en el Zoco Chico, sabor a buñuelos y té, olor a especias de la tienda de Kassem, olor y sabor a dafina…Mientras viva, el balcón de Luna seguirá ahí firme y evocador, habitándome, iluminándome y guiándome por los caminos del recuerdo, como una pequeña luz o un faro a los que poder siempre recurrir y seguir.  

León Cohen Mesonero – Junio de 2020

Leon en el balcon de Luna 2003

León Cohen, bajo el balcón de Luna – Larache, 2003

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PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS 2020 PARA MORRICONE Y WILLIAMS

Se acaba de conceder el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020 a los músicos Ennio Morricone y John Williams.

Para mí, Williams es un músico excepcional y ha compuesto varias bandas sonoras inolvidables (Tiburón, La lista de Schindler...), pero el amo absoluto, mi dios musical, es Ennio Morricone, porque es el músico más revolucionario de los compositores de bandas sonoras (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo, Hasta que llegó su hora, Érase una vez en América, La misión, Los intocables, Cinema Paradiso, La mejor oferta, Los odiosos ocho…). 

Desde que ha salido la noticia, me he cruzado varios vídeos de los conciertos que ofreció Morricone con mi amigo Jesús y  mis hijos, y en los que se interpretaba el tema L´estasi dell´oro, de la banda sonora de El bueno, el feo y el malo. Y la mejor versión fue, sin duda, la que dirigió en Venecia:

Os recomiendo volver a leer el artículo que escribí en su día sobre el libro que Alessandro de Rosa dedicó a Morricone: En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida (Inseguendo quel suono: la mia música, la mia vita, 2017).

Para leerlo entrad en el siguiente enlace:

https://sergiobarce.blog/2017/08/19/en-busca-de-aquel-sonido-con-ennio-morricone/

Un reconocimiento más que merecido.

Sergio Barce, junio 2020

 

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