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«LARACHE: MITO E INFANCIA EN LA OBRA DE SERGIO BARCE», POR EL ESCRITOR MARIO CASTILLO DEL PINO

Mario Castillo del Pino, amigo, autor de esa novela maravillosa que es Mi avión herido, me dijo hace tiempo que pensaba escribir sobre el viaje que hizo a Larache acompañado por su familia y por una de mis novelas. Hoy he recibido por fin ese texto, que se ha hecho de rogar. Sin embargo, la espera ha merecido la pena. Al acabar de leerlo, le he enviado un whatsapp a Mario para decirle que ya hablaremos porque, en estos momentos, no podría hacerlo: me ha emocionado demasiado y comienzo a estar mayor para dar ningún espectáculo, por mucha confianza que nos tengamos. En cualquier caso, el texto que ha escrito sobre aquel viaje y lo que ha escrito sobre mis obras ambientadas en Larache, me ha llegado al alma, me ha tocado, me ha hecho volar (por qué negarlo). Es un texto bellísimo en la forma, lo que no me sorprende porque Mario Castillo escribe como quiere; y también es un texto bellísimo en el fondo. Lo he paladeado, primero porque me he sentido reconfortado al descubrir que ese Larache que he ido modelando en mis historias quedará para siempre en el recuerdo de quienes me lean, y segundo porque a quién no le gusta sentir el afecto de un amigo. Yo hoy lo he sentido. Y ahora, ya puedo darte las gracias, Mario.

Espero que disfrutéis de su texto con la misma intensidad que yo.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

LARACHE: MITO E INFANCIA

en la obra de Sergio Barce

por Mario Castillo del Pino

   Nacemos demasiado pronto. Seres indefensos y vulnerables. Mal formados e incapaces de mantenernos en pie, de alimentarnos por nosotros mismos, entregados a una experiencia soñada y olvidada. Pero, sobre todo, desposeídos de la habilidad de acumular recuerdos concretos durante los primeros años de nuestra vida. La ausencia de asideros que anclen lo que realmente somos. Es en esa tierra de nadie, aguas pantanosas que desdibujan la realidad bajo una espesa neblina, en donde nace el mito y en donde los sueños más persistentes se nos acomodan para el resto de nuestra vida. Los primeros años de infancia surgen y se recomponen como fantasmas que nos habitarán para siempre, preñados de historias contadas, retazos de memoria ajena que pululan en el entorno familiar, mil veces contadas, mil veces olvidadas. Olores, tactos, luces ocultas en las sombras.

Sergio Barce vivió en Larache algo más de la primera década de su vida. Es en ese momento, a los trece años de edad, en el que desafortunadamente es desarraigado por el destino y traído a tierras extrañas. Digo desafortunadamente porque esa experiencia trunca su letargo infantil, el acogedor, cálido y seguro refugio que para Sergio niño supone Larache. Sin embargo, por otro lado, estoy profundamente convencido de que esos acontecimientos históricos que provocaron el exilio de miles de nativos hispanos en tierras marroquíes es un hecho afortunado, ya que fruto del desarraigo surge todo un corpus literario, una Ítaca milenaria y mitológica a la que todos estamos obligados a retornar. Fruto de esa experiencia, hoy disfrutamos en sus textos de una infancia revisitada, el Avalon difuso que hubiese sido imposible sin la distancia. Por eso es afortunado su exilio y por eso se lo agradecemos sus lectores.

LARACHE (foto página de Radio Larache)

LARACHE (foto página de Radio Larache)

En todos nosotros acontece un momento en la vida en que todo comienza a ser concreto y toma cuerpo. Es ese momento de la adolescencia a partir del cual todo lo vivido es contemporáneo a nuestra memoria y los acontecimientos de nuestra vida tienen fecha en el calendario. Antes de ese punto todo es mítico, velado, irracional. Es por eso que la más tierna infancia, esos primeros años mágicos, no son lugares en un mapa. Esos años son, en definitiva, la geografía del alma.

La mayoría de nosotros compartimos el espacio físico de ambos mundos: el soñado en el duermevela de la infancia y el posterior, fruto de la vigilia aguda y descarnada de la razón; seguimos pisando como adultos los mismos empedrados en donde pateamos nuestros primeros balones soñando que éramos estrellas del fútbol. Todavía continuamos pasando por las mismas calles, pero ahora para, digamos, renovar el carné de conducir o para hacer la declaración de la renta. O entramos en ese mismo portal en donde dimos nuestro primer beso nervioso, pero ahora para recoger el resultado de una prueba médica que nos inquieta o para encargar unos muebles de cocina que no podemos pagar.

Sergio Barce tuvo la “fortuna” de deslindar ambos mundos; los primeros años en África quedaron pues lejos en la distancia y el tiempo. Así, desde el exilio y el desarraigo se fue forjando en Sergio Barce un espacio mítico, inalcanzable. Es en ese entorno plagado de cíclopes, medusas, monstruos y sirenas en donde nos emplaza con una obra dedicada al retorno. El ramillete de libros bellísimos que nos ha regalado a lo largo de los años es su fortuna como poeta y su drama como persona. Para el lector sensible, su Marruecos revisitado es un viaje de introspección hacia lo que realmente somos. Sergio Barce, a lo largo de toda su obra larachense, se vuelve del revés y nos muestra las hilaturas con las que fue tejida su inocencia. Es una traslación vertical, un viaje en el tiempo, una caída a las simas de la memoria. En definitiva, un descenso emocionado por la madriguera que, como Alicia, ha sabido horadar para nosotros.

Sin embargo, sus libros están preñados de desconsuelo y decepción. Al mismo tiempo que nos traslada a las profundidades de su infancia, en algún momento de su vida adulta, tuvo la osadía o el coraje de volver físicamente a los lugares que le inspiraban. Fue, supongo, el pago de una deuda, un compromiso personal, no literario. Es de ese viaje perpendicular del que se nutre su obra, contraposición de la esencia mítica de si mismo y el encuentro con los espacios físicos que la acogen.

Evidentemente todos tenemos nuestro propio Abdelazziz que nos llevara de la mano, todos hemos compartido juegos con nuestros propios Loftis y nuestros propios Dukalis. Todos hemos corrido como Tami por nuestro Zoco Chico y hemos nadado desafiantes en nuestras playas peligrosas. Todos hemos encontrado nuestras sirenas varadas y nos hemos refugiado en nuestros tañidos propios de laúd. Todos hemos soñado largos y emocionados matinales en nuestro propio Cine Ideal. Pero hay una gran diferencia entre su experiencia y la mía. Yo vi crecer a mis amigos, vi envejecer a mis ídolos de infancia, incluso algunos, ya demasiados, se me fueron muriendo por el camino. Vi cómo, después de años de abandono, me derribaron el cine Duque en donde ocultaba la fascinación de unos ojos infantiles. En cambio Sergio Barce y todos los que tienen la “fortuna” de haber conservado intacta la memoria, a los que les guardaron bajo llave los recuerdos míticos de la primera infancia, han tenido que luchar ante la cruel disyuntiva de rememorar la geografía del alma en la distancia, o bien ceder a la tentación de regresar y buscar entre los escombros. Esa disyuntiva define con claridad todas las páginas en las que Larache es la protagonista de su obra.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

Desde que leí su primer libro hace ya muchos años, Sergio Barce inoculó en mí una inquietud difusa, susurrada, embriagadora, casi opiacea. Larache pasó por tanto a engrosar la larga lista de lugares míticos que atesoro. Sinceramente, nunca pensé que un autor contemporáneo y tan cercano a mí (prometo que nuestra amistad no enturbia un ápice mi criterio como lector exigente) pudiese crearme con tanta intensidad un espacio onírico que me influyese personal e íntimamente con tal virulencia. El Larache mítico de su obra fue creciendo dentro de mí como un ser extraño, me fue habitando y se quedó conmigo para siempre.

Personalmente guardo con celo esos espacios oníricos que me alimentan los mitos. Me gusta protegerlos de la mirada sucia y decepcionada. Los mantengo a la distancia suficiente para que no pierdan el halo tibio y sugerente de lo soñado. La Nueva York de Midnight Cowboy, la Troya de Homero, El Jardín de las Delicias del Bosco, la Venecia de Mann, la Casablanca de Bogart. Todos comparten el privilegio de la ficción pero algunos sufren la desgracia de contar con espacios reales que les han robado el nombre. Los soñados, por fortuna, están a salvo. Sin embargo, los inspirados en escenarios reales están condenados a las hordas de turistas, las cámaras, la decepción. Lógicamente he intentado evitarlos siempre que he podido; no pisar el polvo de mis lugares míticos y dejar que reposen para que me sigan alimentando los sueños. Desgraciadamente no siempre he podido protegerlos. La vida es larga y el mundo pequeño. En algunas ocasiones he sido capaz de crear mundos paralelos, espacios con idéntico nombre (el del mito y el del usurpador mezquino) que han convivido desde entonces sin interferencias. Atesoro, sin embargo, un caso que es excepcional: el Larache de Sergio Barce. El espacio mítico de su obra ha sobrevivido, afortunadamente, a mis botas sucias.

En la primavera de 2013 leí su novela Una sirena se ahogó en Larache. Personalmente creo que es la obra más bella que ha escrito y que encumbra y culmina su serie larachense. Aunque eso el tiempo lo dirá. Dudo que Sergio sea capaz de mantener su pluma alejada del tintero oscuro y espeso de su memoria africana. Fue una obra que me impactó especialmente. Tenía todos los elementos que había atesorado en sus obras anteriores, universos que habían flotado como escombros dentro de un torbellino antes de precipitarse y tomar su forma definitiva. De pronto comprendí que toda su obra anterior no había sido más que un cortejo, un preámbulo, una preparación, un flirteo, un rondar de león al acecho, jugando con su presa. Una sirena se ahogó en Larache es el zarpazo definitivo, la obra que cataliza el mito con el que ha coqueteado durante tantos años. Es una pequeña gran obra dedicada al abandono, el desconsuelo, la vulnerabilidad y, al fin, a la redención y la esperanza.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Casualidades del destino, o no, a principios de ese mismo verano de 2013, mi mujer propuso un viaje de familia. Los niños se iban alejando y el viaje del verano siempre ha supuesto un reencuentro, un paréntesis en nuestras vidas paralelas y distantes. El mayor propuso Marruecos. Todos aceptamos ilusionados. He de reconocer, sin embargo, que a mí me asaltó una sombra de duda, un miedo oculto, casi un vértigo. Unos amigos nos recomendaron Assilah, en la costa atlántica. Fue entonces cuando el miedo tomó forma. Sabía que Larache estaba cerca, más al sur. Era un destino fácil de esquivar, las guías para turistas suelen ignorarla para destacar lugares más pintorescos, más a la medida y expectativa de un turista europeo. Pero yo supe desde ese momento que estaba condenado a arrasar la memoria sagrada de mi Larache mítico, que quedaría desde entonces descarnado, expuesto, indefenso bajo los pasos casuales, la mirada trivial, la obscenidad de un selfie. Pude haberlo ignorado, pero no lo hice. El canto hipnótico de la sirena me arrastró sonámbulo. Supe que había perdido la partida, que la atracción hacia el vacío era demasiado irresistible. Rendido, llamé a Sergio y le dije que en unos días visitaría Larache. Me dio el teléfono de un taxista amigo de la familia Barce, de varios de sus íntimos de la infancia, reencontrados, “re-conocidos” tras años de ausencia. No me fue fácil ignorar el miedo cuando identifiqué los nombres que me pasó ilusionado, personajes de sus cuentos, fantasmas de sus novelas larachenses. En los días previos a la partida, releí la Sirena de Sergio Barce. La devoré con gula, con fruición, con ansiedad. En el último momento, casi como un gesto simbólico, metí el libro en mi mochila para que me acompañase.

Unos días después, mientras cruzábamos el mar y el contorno de África se hizo preciso, supe que aquel viaje sería especial. No era mi primera visita a Marruecos. Recordé la primera vez que de niño crucé de Málaga a Tánger a bordo del Ibn-Battuta, cuando mi padre me llevara con apenas ocho años a recorrer el desierto por pistas perdidas en la frontera con Mauritania en 1971 en un destartalado Seat 124. Desde entonces, mis visitas a Marruecos habían sido escasas pero recurrentes. He aterrizado muchas veces en Tetuán, Tánger y Casablanca. He volado sobre el Mediterráneo con el Atlas al frente y el Atlántico perdido en el horizonte. Pero sabía que en esta ocasión sería diferente. Me estaba internando furtivamente en el sueño de otro, profanando sus vivos, sus muertos, sus fantasmas. De alguna manera me alivió el pensar que también eran míos, que el Larache que Sergio Barce nos había confiado en sus páginas sinceras pertenecía a la memoria colectiva de sus lectores tanto como a él mismo.

Llegamos a Marruecos en pleno ramadán. La novena semana del año lunar hace que la vida cambie radicalmente para los musulmanes. Todo se ralentiza, casi detenido. Los restaurantes y bares prácticamente vacíos, las calles desiertas sin el habitual ajetreo vivo y colorido de África. Me resultó extraño. No era el Marruecos que recordaba. Pero me gustó sentir en los silencios la espera paciente. Pasé esos primeros días paseando por la medina de Assilah. Nos refugiamos del calor en las calles encaladas y frescas. Pasamos un día en Chefchaouen, abrumados por el olor esencial a especias y el azul añil de sus paredes. A ratos al caer la tarde, durante esos días de espera, cuando las calles de la medina recuperan la vida, nos refugiábamos cansados en la terraza que da a las murallas de Assilah que miran al mar. Mis hijos se dedicaban a callejear, el mayor con sus lápices y su cuaderno de dibujo, el mediano paseando largamente con un libro bajo el brazo y la pequeña, inquieta, lo capturaba todo con su cámara voraz. Mi mujer y yo nos tomábamos un respiro en la terraza. Yo releía detenidamente el libro de Sergio Barce que siempre me acompañaba como un talismán, un perro fiel, una preparación. Una emboscada.

Tras varios días recorriendo el interior y la costa atlántica, habíamos planeado la visita a Larache para el día siguiente. Nadie en la familia comprendía mi interés y mi insistencia pero se dejaban hacer. Sabían que era importante para mí. De alguna manera, mi visita a Larache se había ido convirtiendo quedamente en el eje de nuestro viaje. Todos lo sabían y estaban dispuestos a acompañarme, a seguir mis pasos sonámbulos. Aquella noche me dormí inquieto, ilusionado, cuando la algarabía de la calle se silenció ya de madrugada.

Como cada mañana, Abdul nos recogió temprano. Queríamos detenernos en un mercado rural a mitad de camino y pasear por las ruinas romanas de Lixus antes de adentrarnos en Larache. Le pedimos que se saliese de la general que va de Tánger a Rabat, así que su Mercedes blanco desvencijado se internó por las carreteras de la costa. Siempre me ha gustado tener el océano cerca. Abdul conoce a la familia Barce desde hace años y durante el camino tortuoso me fue contando historias de Sergio, de su madre. De sus vidas africanas. Yo no solo le dejé hacer, sino que le animaba sutilmente a seguir hablando. Abdul, amable y hospitalario, no se hacía rogar demasiado. Sus historias de la vida durante el protectorado me fueron acercando a la mítica Larache de las páginas de Sergio Barce. En algunos momentos quise vislumbrar en las palabras de Abdul cierto orgullo, incluso nostalgia, de haber sido parte de esa etapa de la historia de su pueblo. Yo esperaba el rencor anidado hacia el colono, silencio tenso al menos. Pero nada de eso ocurrió. Cuestiones políticas e históricas aparte, Abdul se había criado en la mezcolanza cultural del protectorado, era parte de su vida, parte de su infancia. Y nadie reniega del limpio y transparente gozo de los primeros años. En sus palabras quise ver un posicionamiento personal, vital, no político. La mitad de sus mejores amigos de infancia eran españoles. Abdul no renegaba ni sentía vergüenza de sus años españoles. Era su vida, al fin y al cabo.

Tras caminar media hora entre piedras sueltas y sillares insinuados de los restos romanos de Lixus, alcanzamos la parta alta, en donde los muros del templo aún son reconocibles. Sabía que estábamos cerca de Larache, apenas siete quilómetros nos separaban de la desembocadura del río Lucus. Pero me dejé sorprender cuando una vez coronada la colina, miré al sur y la vi. La vi allí en la distancia, sus muros blancos y el acantilado recortado al contraluz del Atlántico. El río desembocando ancho hacia el océano, las casas empinadas que terminan en la escalinata del puerto. Aun en la distancia, creí reconocer las barcas que cruzan el río hacia las playas de la otra banda. Casi pude reconocer a Tami agachado en la orilla junta a su sirena. Ya no pude soportarlo más. Vamos, dije. Y me arrojé a pasos largos colina abajo. Inquieto. Impaciente. Ilusionado. Mi familia me siguió a regañadientes.

Era media mañana cuando Abdul nos dejó en mitad de la plaza de la Liberación, otrora plaza de España. Ovalada, rodeada de arcadas que esconden la frescura de los soportales, me trasladó inmediatamente a los primeros años que Sergio Barce vivió y corrió por esos empedrados. La rodeamos con interés, los bares vacíos, los edificios coloniales abandonados, el olor del pasado. Buscamos primero la librería de Rachid. Teníamos que entregarle un mensaje y un abrazo de parte de Sergio. La librería es amplia y fresca. Me recordó a las librerías de mi infancia; estantes añejos repletos de cuentos infantiles aún en español algunos, textos en árabe, historias descatalogadas de Larache, manuales sobre el Corán; las obras de Segio Barce, cómo no; mostradores con anaqueles de madera bruñida; vitrinas con cristal biselado que atesoran material de oficina que parecen de segunda mano. Pregunté por Rachid, que nos recibió distante y frío. Tras un gesto de duda, confundido, se disculpó pues tenía que marcharse y no podía atendernos como él hubiese querido. Estaba saliendo en ese momento. Tras otra larga pausa que me pareció inhospitalaria, nos dijo que se dirigía al entierro de su padre. Sin más preámbulo, se marchó. Supuse que para Sergio sería importante. Lo llamé al móvil inmediatamente. El padre de Rachid ha muerto, le dije. Supuse que querrías saberlo. Otra pieza se desmoronaba desde la torre desde donde construyó su infancia. Supe que, como Rachid, no tenía muchas ganas de hablar y no le importuné con mis historias de turista casual.

Los primeros pasos por sus calles, me desvelaron algo que ya Sergio me había adelantado. Larache no es una ciudad turística, no es un escaparate para consumistas de imágenes, no es el museo de lo exótico en el que se han convertido muchas ciudades marroquíes. Larache es auténtica y lo supe desde el primer momento que pisé sus calles empinadas. Larache es sucia, desarreglada, caótica, desconchada. Auténtica. Bellísima.

Cruzamos la plaza ovalada y me dirigí sonámbulo hacia la puerta que da acceso al Zoco Chico. Estaba allí, al fin, entre tenderetes con ropas de colores, frutas, especias, pescados. Me detuve nada más entrar, inmóvil, abducido. Metí mi mano izquierda en el bolso que colgaba de mi hombro en bandolera y palpé a ciegas el libro de Sergio. Noté sus bordes y sus páginas, acaricié la cubierta satinada y acogedora. Tami, me dije bajito, a modo de saludo o de eco reencontrado. Mi mujer y los niños se adentraron a curiosear entre los puestos del zoco. Yo me quedé paralizado, mirándolo todo con voracidad, oliendo los colores tibios del medio día, huyendo entre las sombras frescas de los portales, ocultos, sugerentes. Barrí con la mirada la plaza rectangular como si lo buscara. Un niño salió corriendo de un portal y se perdió por una de las callejuelas que bajan a la medina. Esperadme aquí, le dije a mi mujer. Vuelvo enseguida.

Le seguí los pasos. Tuve que acelerar el ritmo para no perderlo. Fui bajando a grandes saltos por las escalinatas que salvan el desnivel hasta el río. Giré en recodos de calles imposibles, observado por mujeres que se asomaban entre la ropa tendida, hombres que se refugiaban a la sombra de los portales, detenidos en el tiempo y refugiados en la inactividad del ayuno. Al fin lo perdí de vista. Me quedé quieto, extenuado, y cuando recobré el aliento fui ascendiendo lentamente por otras calles angostas que no reconocía, deshaciendo mis pasos de vuelta al Zoco Chico. En medio de una callejuela encalada de añil, un letrero grabado en piedra me llamó la atención. Era una placa homenaje al que fuese el último rey taifa de Sevilla. Lo recordé inmediatamente. Sergio Barce lo nombra en Una sirena se ahogó en Larache. Un anciano trabajaba el cuero a la puerta de un taller de curtiduría. Le pregunté sobre la placa y su relación con Larache. Se levantó animoso y en perfecto castellano me contó toda la historia. Pasamos hablando más de quince minutos. Su hija estudiaba aparejadores en la Universidad de Granada y un sobrino vivía en Málaga. Insistió en que pasase a la casa. Llamó a su mujer que con gran algarabía me ofreció té. Le dije que mi familia me esperaba en el zoco y tenía que marcharme. Acababa el Ramadán y nos invitó a comer con su familia para el sábado siguiente. No supe qué decir. La verdad. Volvíamos a España el jueves y nos sería imposible. Agradecido, les ofrecí mis respetos y me marché con la promesa de volver con mi familia. Cuando conseguí encontrar el lugar de nuevo dos horas después, el portal del pequeño taller estaba cerrado. No pude resistirme y le pedí a mi hija que me hiciese una foto con el libro de Sergio y la placa como testimonio de mi lealtad.

MARIO CASTILLO en Larache

MARIO CASTILLO en Larache

Comimos pescado en un pequeño bar junto al puerto y después del almuerzo nos acercamos a las barcas que cruzan la desembocadura del Lucus hasta las playas de la otra banda. Cuántas veces lo había leído en los cuentos y en las novelas de Sergio; cuántas veces imaginado, soñado. Nos tumbamos en la arena al otro lado con la algarabía de fondo de unos niños que se lanzaban al agua desde el espigón, allá en la distancia, a los pies de la medina. Yo releí la escena en que Tami descubre a su sirena varada en la arena. Miré la ciudad blanca al otro lado y lo dejé marchar, imaginando que Tami me miraba mientras leía su nombre en unas páginas ajenas. Tras unas horas, volvimos a cruzar al lado de la ciudad y subimos despacio las calles empinadas. Vimos atardecer desde el mirador del paseo, arriba, en la parte nueva. Cuando el sol se ocultó tras el océano, volvimos nuestros pasos hasta la plaza de España. Abdul nos esperaba con una sonrisa. No preguntó nada. Yo se lo agradecí.

Nos alejamos de Larache en la semioscuridad y cuando cogimos la carretera hacia el norte pude ver el brillo espeso del río mezclarse con las aguas revueltas del Atlántico. Las dos orillas, la ciudad colgada del acantilado, la medina que parece precipitarse hacia el río, las luces que parpadean distantes. Una sirena que agoniza en la playa.

Cuando escribo estas líneas, han pasado ya tres años desde que caminé por las calles de Larache por primera y última vez. A diferencia de otros lugares-mito que han quedado desterrados por la avidez concreta de la realidad, los espacios ensoñados que nos ha legado Sergio Barce siguen igual de vivos en mi memoria como lector. Mis pasos torpes y breves por la ciudad de su infancia no han hecho más que reforzar la bruma velada y difusa que nos regala en sus historias. El Larache de Segio Barce quedará para siempre oculto entre sus luces y sus sombras frescas, sus olores especiados, sus callejuelas estrechas que descienden rodadas hacia el río y el océano, ecos de pisadas infantiles que se pierden en la distancia hasta que se reencuentran con las rocas golpeadas mil veces por las olas de la memoria. Nos quedará el salobre denso del Atlántico que lame el torso bello de una sirena agonizante.

Mi visita a Larache me tranquilizó. Un pensamiento me golpeaba las sienes mientras volvía a subir a bordo en Tánger para encarar de nuevo el trecho de mar que me devolvía al destierro. El de Sergio, el de todos. Un exilio compartido por los que hemos tenido la fortuna de leer la obra larachense de Sergio Barce. Porque de alguna forma nos pertenece a todos. Su recuerdo, su abandono. Tami está a salvo, me repetía sin querer volver la vista atrás mientras la costa africana se diluía en la niebla del estrecho. Tami está protegido de las inclemencias y la erosión del tiempo. Tami nos quedará como un refugio, una esperanza, un recordatorio de que alguna vez todo fue simple y bello.

Rosebud repite para sí Ciudadano Kane en su lecho de muerte. Rosebud. Rosebud. Cuando Sergio Barce intuya cerca el final, retornará con los ojos cerrados a las calles de Larache y buscará. Tami, quizá repita silencioso con una leve sonrisa esbozada. Tami. Tami. Y se dejará ir en paz.

Solo los grandes son capaces de transformar la realidad con la palabra y entregárnosla de vuelta convertida en magia. Yo tengo la fortuna de conocer a uno. Gracias Sergio. Tienes todo mi aprecio como amigo y mi admiración como escritor.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

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Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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idea de carlos nieto

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELA DE SERGIO BARCE

MATADERO - LARACHE

Fragmento de mi novela Una sirena se ahogó en Larache (2011), Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012.

Baja al Matadero. Bennani lo espera impaciente con ganas de ir al cementerio cristiano donde suelen buscar cigarrones. Saltan la tapia y corren por entre las tumbas, a las que siempre vigilan con recelo, temiendo algún sobresalto inimaginable. Tami se detiene en algunas de ellas para leer el nombre de los muertos y las fechas cinceladas en los mármoles gélidos. Domina perfectamente el castellano, una de las obsesiones de su abuelo que consiguió matricularlo en el Luís Vives, pese a la inicial oposición de Mohammed. En septiembre comenzará el nuevo curso, su segundo año en el colegio español. El Hach sabe lo que supone dominar otro idioma, cómo se abren las puertas cuando buscas trabajo. Ha fracasado con Ahmed, un caso perdido, pero no quiere que le ocurra lo mismo con su nieto menor. Ahmed se negó a estudiar y ahora vaguea por las terrazas de los restaurantes y por los cafetines; el abuelo le augura un futuro complicado. No quiere esa vida para Tami, en el que atisba una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad; posee, por otro lado, una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente. Y, además de todo eso, tiene sus mismos ojos, que no es nada.

   Continúan su deambular por entre las tumbas, y a Tami le impresiona descubrir que, al fallecer, algunos de los que reposan en el cementerio apenas tenían su misma edad. Eso le hace pensar que él mismo podría morir en cualquier momento. Sabe que es débil, que está enfermo; se lo ha escuchado decir a menudo a su madre, a su abuelo, al médico, y la idea de sucumbir tan pronto le aterra. Bennani también anda de hospital en hospital, pero él sufre ataques de epilepsia que son cada vez más frecuentes. Sus enfermedades los unen de una manera fraternal, aunque no hablen de ello.

   Llegan al borde del acantilado, a la última de las hileras que conforma una larga fila de blancos sepulcros. Bennani se ha agachado y Tami lo imita. Tiene entre los dedos de la mano derecha un hermoso ejemplar, tal vez el cigarrón más impresionante que ha visto nunca.

   -Es el rey de los cigarrones –sentencia Bennani levantando la mano.

   Entre sus dedos, el enorme insecto agita encabritado las patas y las antenas, y los ojos saltones se remueven igualmente buscando la manera de huir de esas garras que le tienen aprisionado. La cabeza es verde oscuro y el resto del cuerpo de un amarillo pálido y vegetal. Sin saber la razón, Tami se acuerda de Amin cuando lo acorrala en los callejones de la Medina para robarle o burlarse de él. Mira al cigarrón con condescendencia, como si ahora fuese él quien ocupara el lugar del insecto, y siente compasión.

   -¿Los cigarrones tienen reyes? –Le pregunta con el ceño fruncido después de un rato en el que ambos se han mantenido en silencio, uno estudiando a tan singular insecto y el otro con sus dudas sobre si el cigarrón se sentirá desdichado o no.

   -¡Claro, jae! –Dice Bennani con autosuficiencia-. El rey es el único cigarrón que vive cien años.

   -Cien años –musita Tami sin ser capaz de calcular cuánto tiempo son cien años.

   -Toma.

   Lo ase con cuidado de no aplastarlo, mientras el cigarrón se remueve sin cesar plantando cara a esos gigantes que le han capturado. Eso le convence de que efectivamente debe de tratarse del rey, un rey guerrero que lucha hasta el último aliento.

   -¿Qué hago con él? –Le pregunta.

   -Te lo regalo, jae -con el sol, la piel oscura de Bennani brilla y parece que fuera de plomo. El ojo ocular también destaca en su cara, de frente despejada y facciones marcadas por unos huesos definidos.

   Bennani se lo regala todo. Cualquier cosa que se encuentra en la calle se la da, aunque para él sea valiosa o pueda venderla en el zoco y sacarse unos dirhams. Una vez incluso le entregó un billete de cincuenta francos, pero su padre se lo quitó en cuanto lo descubrió en el bolsillo de sus pantalones creyendo que los había robado.

   Van a la casa de Tami. Suben las escaleras estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente. Allí está el abuelo, en su dormitorio, arreglando una tostadora. Unas veces repara viejos cacharros, electrodomésticos, aparatos de radio y televisores, que consigue en Sidi el Yamani o en Asilah y los trae para que Mohammed los venda en su puesto del Zoco Chico y otras los que la gente le acerca para ver si tienen alguna solución o, en caso contrario, si han de tirarlos definitivamente; unas veces trabaja en la terraza y otras en ese rincón de su cuarto, pero sólo cuando siente el relente en la espalda. El anciano recibe una pensión exigua con la que ayuda a su hija y a su yerno a pagar el colegio del niño. Muchas veces dice que si no pudiera ayudarles se marcharía de Larache para no ser ninguna carga, y la madre de Tami se pone a llorar.

   Cuando entran Bennani y su nieto, el abuelo levanta la cabeza y los mira con sus ojos acuosos, con el azul amansado después de un día de faena. El coche está en un rincón, como un detenido al que hubiesen puesto contra la pared. El niño se queda observando el juguete, pero El Hach simula no haberse dado cuenta.

   -¿Qué llevas ahí?

   -Un cigarrón –replica olvidándose del coche, y se lo enseña.

   -Vaya… Es majestuoso.

   Tami mira a Bennani que, ufano, asiente a las palabras de su abuelo.

   -Bennani dice que es el rey de los cigarrones.

   El viejo sonríe, se echa el flequillo gris a un lado, un gesto que es casi una manía, igual que secarse la lágrima perenne de su ojo derecho, y coge con dos dedos al insecto.

   Cuidadosamente, lo deposita en la mesa donde apila otros cacharros. Ha cogido un carrete de hilo azul marino del costurero de su hija y, con una sola mano, lo va desenredando. Rodea luego el cuerpo del cigarrón con el hilo, le hace un diminuto lazo y lo suelta.

   Tami y Bennani dan un respingo cuando el rey de los cigarrones salta de pronto y extiende las alas. Sin embargo, no llega demasiado lejos. El hilo le permite volar sólo hasta donde el abuelo le ha concedido su permiso.

   Con paciencia, vuelve a cogerlo entre los dedos y se dirigen al cuarto de Tami y de su hermano. Ninguno de los dos niños se separa del viejo, pegados a la tela liviana de su candora. Pasa entonces el hilo por la contraventana y allí hace otro pequeño nudo. Luego, suelta al cigarrón que se queda muy quieto en el suelo. Los tres aguardan un rato, pero esta vez no se mueve, ni intenta volar, quizás intuye que ahora no es más que un cautivo en territorio enemigo.

   -Ahora tu cigarrón no se escapará –dice el abuelo saliendo del cuarto.

   El sol se proyecta por la ventana, cayendo en perpendicular sobre la solería. El cigarrón está justo en esa zona más cálida y no parece que le apetezca abandonar el lugar. Hierático, parece una figurita de plástico. Los dos niños aguardan unos minutos, ya con cierta impaciencia, hasta que, aburridos, dejan al cigarrón ahí en el rectángulo soleado, y salen para ir en busca de alguna mujer que, tras la compra, necesite ayuda para llevar las talegas hasta su casa. Una buena manera de sacarse una propina.

   Cuando un par de horas después Tami regresa, ve que el hilo azul se mantiene colgado aún de la contraventana, pero el cigarrón ha desaparecido. El niño recoge el débil lazo, deshecho, y lo busca por el cuarto, levantando las esteras, la manta, la ropa. El insecto no aparece por ninguna parte. Mira de nuevo el extremo del hilo, desgarrado, es como si lo hubieran cortado con brusquedad, de un tirón violento. Se da cuenta entonces de que la ventana está entreabierta. Saca la cabeza. Del lateral, varios cigarrones saltan y levantan el vuelo igual que una bandada de verdes pájaros minúsculos. Tami se sobrecoge y da un paso atrás a causa de la impresión inicial. En seguida se recupera y vuelve a asomarse. Apenas distingue al compacto grupo que se ha dado a la fuga, confundidos ya al cobijo de las primeras sombras del atardecer. No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey y de que, arrojados, valientes, se han conjurado para liberar al monarca. Tami siente admiración al imaginar el recibimiento de sus súbditos al ver a su rey de regreso al cementerio, a su territorio.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

   Fatigado, se sienta en su estera y se cubre con la manta. Súbitamente un frío intenso se ha ido deslizando por sus extremidades, igual que un hormigueo, hasta llegar a su vientre y luego al pecho. Comienza a tiritar, castañeteándole los dientes. Ya conoce esos síntomas y sabe que está a punto de sufrir una crisis, que empezará a toser y a respirar con dificultad.

   -¡Inmá!

   Llama a su madre varias veces, con un hilo de voz que va debilitándose hasta no ser más que un silbido del pecho, igual que un graznido de cría. Se acurruca bajo la manta, pensando en el cigarrón, en su cohorte rindiéndole pleitesía. El sudor asoma por la frente, pero se extiende en segundos por todo el cuerpo. Incómodo, se revuelve en el jergón, cada vez más agotado, y tose, una, dos, tres veces, ya no puede remediarlo, y se le saltan las lágrimas por el esfuerzo. No le llega el aire, atrapado en sus bronquios de alambre. Lentamente, siente cómo va ahogándose y cómo se aturde hasta casi perder el sentido. Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia. Sólo le siguen dos hombres, que sabe que le serán fieles hasta el final. Tami se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado.

   -¡Capitán! –Le increpa el que parece encabezar el grupo. Se han detenido frente a ellos, con ansias de venganza.- ¡Apártese de ahí! Venimos a hacer justicia…

   -Tengo orden de Salah al-Din de defender el templo…

   -¡Es una Iglesia! ¡Es un templo infiel que ha de ser pasto de las llamas, capitán! ¡Apártese o no respondo de lo que pueda ocurrir!

    Tami mira de soslayo a derecha e izquierda. Sus dos únicos aliados no se han inmutado ante esas amenazas e imitan a su capitán, levantando la hoja reluciente de sus sables que señalan el cielo, como si provocaran a los ángeles. No van a dar un paso atrás y los hombres del batallón lo saben. Dudan. Algunos bajan sus armas, sin saber qué hacer, pues tienen enfrente a hombres que pertenecen a su mismo ejército.

   -Sí, es una iglesia cristiana… La Iglesia del Santo Sepulcro. Pero Salah al-Din ha dado orden de que sea respetada –Tami señala a sus lugartenientes-. Y nosotros haremos cumplir la orden dada, aun a costa de nuestras vidas. Aquí os esperamos…

   De pronto, el batallón se desgaja y un estrecho sendero se abre, dejando paso a un caballo que avanza majestuoso. Tiene el pecho ancho, la crin reluciente, negro azabache, las bridas de oro. Salah al-Din lo monta. Su figura provoca admiración y temor. A pocos metros de Tami, el caballo relincha, se detiene al sentir un leve tirón de su jinete y se gira en una cabriola, elegante, para encarar al batallón que permanece en silencio.

   -¿Quién osará en atacar a mis tres hombres más valientes? –Grita Saladino con voz de trueno-. ¿Quién osará?

   Hay un eco tras sus palabras y su pregunta se convierte en una amenaza y en un reto. El viento ha cesado, el día se ha parado definitivamente.

   Tami entreabre los ojos, a duras penas, y ve a su madre, con la tez lívida, pasándole una esponja húmeda por la frente.

   -Delirabas, hijo mío… ¿Me oyes? Decías unas cosas tan extrañas que me has asustado…

   Le pesan los párpados como si se los empujaran para que se cerraran para siempre, pero Tami se resiste y trata de izar una sonrisa con la que tranquilizar a Rachida.

   -No te preocupes, madre, él ha venido en mi ayuda…

 

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MIS LIBROS SIGUEN VIAJANDO

DÍAS DE LIBROS, FERIAS DEL LIBRO…

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FRENTE A LA SAGRADA FAMILIA, DE LA MANO DE JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ GALLARDO.

Una sirena se ahogó en Larache

Paseando por el Zoco Chico

La emperatriz de Tánger

Gracias.

Por José María Fernández Gallardo

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