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Por la ruta que tomaba el autobús fue adivinando que se dirigía al estadio de fútbol del Souani, situado cerca del barrio de Benimakada, en Tánger. Le extrañó, porque durante muchos años ese campo estuvo abandonado y en ruinas, pero como podría comprobar minutos más tarde, el estadio había sido recuperado para la práctica del fútbol. Una vez dentro y transcurridos unos minutos, atravesó el tiempo con la mirada y en apenas unos segundos recorrió cincuenta años. Se recordó en aquel mismo campo, con apenas dieciocho o veinte años, conduciendo el balón con técnica y maestría sobre la hierba fina. Le vinieron algunas imágenes y momentos inolvidables. Recordó emocionado, cómo el inolvidable Abdellah Stati, ese inmenso e inolvidable futbolista del Tánger Fútbol Club, aquel día en la grada, lanzaba su mirada escrutadora, mientras él realizaba un regate por la banda derecha.
Repitió mentalmente aquel gesto con la cintura que desequilibró a toda la defensa rival. O aquel fallido intento de dejar atrás a ese rápido e inteligente defensa llamado Porras. Ahora pasado medio siglo, volvía como espectador, a la grada, como el gran Stati antes, viendo las evoluciones de su pequeño nieto Álvaro, jugador, para él genial, al que como a los toreros excelsos, le bastaban dos toques y dos gestos, para llenarle de satisfacción y de un mal disimulado orgullo. No pudo evitar sentir nostalgia. Y aunque deseara con todas sus fuerzas estar en el terreno de juego, su tiempo había pasado inexorablemente, y ahora otros habían ocupado su lugar sobre aquél. Si me dieran otra vida, otra oportunidad, si me devolvieran la titularidad, los dejaría con la boca abierta, se dijo, medio en broma, medio en serio, apretando el labio inferior. Había llegado a ser tan feliz en los terrenos de juego, que le costaba admitir la suplencia, en este caso definitiva. Comprendió que ahora tocaba otro tiempo y debía aprender a situarse en él y a disfrutar de otra manera ante una realidad diferente. Álvaro estaba siendo para él, un regalo de los dioses, casi su propia reencarnación futbolística. Había que ocuparse, enseñarle y disfrutar de él y pedirle a Stati que lo bendijera con su saber futbolístico desde los cielos.
P.D. Aunque haya tardado casi medio siglo, este pequeño relato ha querido ser, simplemente, mi respuesta a aquella mirada escrutadora que un día me dedicó, desde las gradas del Souani, aquel jugador mágico, llamado Stati y al que muchos en Tánger todavía recuerdan, como pude comprobar.
León Cohen Mesonero – Junio 2015
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(…) En su gran día, firmó ejemplares de la novela con dedicatorias similares, sin la menor originalidad. Había mucho público gracias a Isabelle Gerofi que había puesto la carne en el asador para que el libro circulase unos días antes. Ella misma, y su hermana Yvonne, no habían dudado en recomendarlo a sus fieles. Emilio Sanz de Soto hizo lo propio con su breve pero ardiente exposición. Pero le impresionaron aún más el optimismo que le demostraba Ángel Vázquez, un devorador de novelas que trabajaba como vendedor para la librería, y el fervor de una chiquilla, una estudiante que acompañaba a Emilio. Se llamaba Miriam Benasuly. Tenía unos ojos hambrientos, esa clase de mirada que se queda flotando en el aire unos segundos interminables tras entornar los párpados, esa clase de mirada que provoca el caos y que desestabiliza la ética. Hasta ese instante, había permanecido en un segundo plano, junto a Emilio Sanz, amigo íntimo de su padre al que había prometido llevarla a esa presentación.
La chica se le había acercado empujada por la admiración que sentía hacia él, pero también cohibida ante la idea de que, siendo tan joven, la ignorara. Se equivocó. Sintió de inmediato cómo Augusto Cobos le retenía su mano entre las suyas unos segundos más de lo que habría considerado como normal, con esa mirada con la que la taladró hasta el alma. Sorprendida, sólo pudo confesarle que estaba fascinada, que había terminado de leerla esa noche y que se moría por volver a hacerlo por segunda vez, y él supo, de inmediato, que no sólo le hablaba del libro. Notó fluir la sangre por las sienes, alterada y densa. Tenía delante a una niña y no sentía ninguna vergüenza por el inconfesable deseo que estaba experimentando. Tenía delante a una niña que era capaz de nublar al resto del mundo. Tenía delante a una niña y en realidad sólo veía a la mujer que iba a ser. No podía permitir que se le escapara el candor de su mirada, y decidió ser su guía, su maestro, su primer amante.
Sacó la pitillera de alpaca, la abrió, sin apartar la vista de esa jovencita, extrajo un cigarrillo y lo atrapó con los labios, como si lo que realmente quisiera cazar fuesen sus juveniles labios. Sintió que su pene se erguía, una erección pura y frenética. Y eso le produjo una rara estupefacción. Sin embargo, un segundo después, Miriam Benasuly era engullida por el resto de los que trataban de acercarse a Augusto Cobos para abrazarlo, y se separaron. Ángel Vázquez le hablaba de algún relato que escribía y que pretendía publicar, pero a él le importaba un bledo, sus cinco sentidos se habían emborrachado de esa niña y perdía el equilibrio al imaginarla entre sus brazos adultos.
Carmen Montes, con ese fino instinto femenino que a muchos hombres les parece terriblemente proverbial, había presenciado el cruce de sus miradas y se había sentido extrañamente incómoda e inquieta. De pronto, de manera absurda, no sólo se sintió mayor sino también demasiado vieja para librar batalla contra algo que aún no quería creer.