Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

Asociación Cultural XENIA

Dados los estrechos lazos existentes entre la asociación cultural LARACHE EN EL MUNDO, que presido en España y Abderrahman Lanjeri en Larache, y la Asociación Socio-Cultural XENIA, que preside Ángeles Ramírez, os traslado la carta que nos ha enviado Ángeles por si fuera de vuestro interés y, por supuesto, por si decidís colaborar con XENIA:

Madrid, Octubre 2011

 Mis queridos amigos :

Como sabeis Xenia Asociacion ha iniciado su andadura con unos estatutos y una legalización, que se ha materalizado en el registro de asociaciones   y como último paso a realizar,  suscribirnos en una entidad bancaria, como asi ha sido,  y  cuyo número de cuenta y Banco  es la que figura en el documento anexo.

Y es,  a partir de ahora,  que se están iniciando los proyectos, pequeños proyectos y actividades tanto a nivel cultural como a nivel social y medio ambiente :

–La inaguración de un primer congreso internacional  Hispano-Marroqui a celebrar en Larache sobre la persona y obra de Dn. Mohamed Sibari. 

.La entrega de un material educativo y mochilas a 42 niños de un poblado cercano a Larache.

-La preparación de unos cursos de formación de formadores para jovenes, para la creación de microempresas dentro del programa y servicios de empleo y poderlos replicar en Larache.

–Un proyecto para  promover el papel de la mujer, en el medio rural y urbano.

–La preparación de unas jornadas de medio ambiente y sostenibilidad creando espacios de sensibilizacion para la recuperación de zonas degradadas de Larache.

Todos los que queráis colaborar en estos o los que se vayan preparando a nivel de cooperacion al desarrollo podeis tener la oportunidad de hacerlo tanto a nivel  de  voluntarios,  importante igualmente en estas actividades,  como a nivel económico, mediante aportaciones.

Teniendo en cuanto que estas aportaciones se pueden desgravar segun la ley 49/2002 del 23 de diciembre y que serán desde el 10% y 30% en la base liquidable de cada ejercicio.

Angeles Ramírez

Vicente Ferrer afirmaba:

«La postura de ayudar a los demás es un deber moral de los seres humanos y no debe ser entendido como algo especial, y que la lucha fundamental por la Paz, los derechos humanos y la dignidad de la vida, radica en la acción».

Ojalá que nuestra Asociación siempre esté en la línea que indicaba Vicente Ferrer., y por ello  en nombre de todos aquellos que vamos a ayudar os damos las gracias. 

Fdo.: Ángeles Ramirez Gutiérrez – Presidenta 

www.xenia.org.es

 COMO  COLABORAR

 “Mejorar la vida de muchas personas está en tus manos. Escoge de qué manera quieres colaborar y participa en el cambio”

 Como socio/a colaborador:

 Tu apoyo es fundamental para poder dar a conocer nuestro trabajo a más personas cada día y conseguir que se sumen a este gran proceso de transformación que estamos llevando a cabo.

 Xenia tiene una política de transparencia que te hará confiar en nuestra labor. Al hacerte socio/a o realizar una donación puedes especificar,  para que deseas que esta donación se destine o bien destinar su aportación a una determinada área de nuestro programa de desarrollo: educación, mujer, ecología, y medio ambiente y sostenibilidad, emprendimiento en los jóvenes, investigación  y te mantendremos informado, en todo momento, de la evolución de nuestro trabajo y de las diferentes actividades que organicemos

 Hacerte socio de XENIA con una mínima cuota de 10 euros cada tres meses,   no supone ningún compromiso. Podrás darte de baja y volver a colaborar cuando lo desees, así como modificar tus datos o cuota cuando lo necesites. Para lo cual, sólo tienes que ponerte en contacto con nosotros en nuestra dirección de correo electrónico info@xenia.org.es

material educativo y mochilas entregado por Xenia

 Como donante

 Podrás colaborar con un importe que tu consideres, NO PONEMOS CANTIDAD FIJA…SIEMPRE SERÁ LA QUE MEJOR VENGA CON TUS POSIBILIDADES, LO QUE SI SABEMOS ES QUE NUNCA TE VAS A ARREPENTIR POR ELLO.

 Mediante  TRANSFERENCIA BANCARIA – Puedes elegir la cuota mensual que más se adapte a tus posibilidades:

Datos para realización de transferencias dentro de España.

ENTIDAD FINANCIERA: BANCO SABADELL ATLANTICO – Número de cuenta bancaria: 0081-0134-99-0001364139

 Datos para realización de transferencias desde fuera de España.
ENTIDAD FINANCIERA: BANCO SABADELL ATLÁNTICO – Número de cuenta bancaria:  ES 92 0081-0134-99-0001364139 . BS ABESBB

·Información – Xenia Asociación para la Cooperación al Desarrollo  se compromete a informar a las empresas y personas donantes sobre las actividades y proyectos donde se emplean sus aportaciones económicas.

Desgravaciones – Para que tu donación , según la Ley 49/2002 del 23/12, se pueda desgravar en la base liquidable de cada ejercicio final del contribuyente, será necesario que nos envies los siguientes datos: Nombre y apellidos | Dirección Postal | N.I.F. | Cantidad aportada y día en la que se efectuó el ingreso.

Fernando de Ágreda, Angeles Ramírez & Sergio Barce

 

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«MORAS PISOTEADAS», relato de MOHAMED LAHCHIRI

Hay un escritor, del que ya he hablado en este blog, y hay un amigo, con el que he compartido buenos almuerzos y buenas tardes de literatura, siempre en Larache, que me parece singular y de una calidad aún por reconocer: Mohamed Lahchiri. Es de esos autores que merecerían mayor proyección, pero ya se sabe que, para eso, se ha de tener un buen enchufe o un buen contacto (¿es lo mismo?) o que la flauta suene por casualidad. Pero yo lo reivindico de nuevo, porque, como también piensa Cristián Ricci, sus relatos son excelentes. Tiene publicados varios libros de relatos: PEDACITOS ENTRAÑABLES en 1994, CUENTOS CEUTÍES en 2004, UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK Y OTROS CUENTOS CEUTÍES de 2006 y UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS RELATOS de este mismo año. Y sale también a la calle su primera novela, de la que ya hablaré cuando la tenga en mis manos.

Mohamed Lahchiri

A su libro UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK… pertenece el cuento MORAS PISOTEADAS, que el profesor Ricci considera el mejor de este libro, y yo coincido con él, un título con cuyo doble significado juega Lahchiri para contarnos su visión del Marruecos de los años sesenta, visto desde el prisma de un marroquí caballa (nacido en Ceuta); una visión nada complaciente, muy realista, muy crítica con el antiguo régimen, y muy humana. Ahora que la primavera árabe está en su punto álgido, ahora que también en Marruecos se respira ese nuevo aire de cambio y de libertad, conviene repasar el pasado de la historia reciente de Marruecos para que no se pierda la perspectiva, y creo que este relato es una muestra ejemplar. Un relato fascinante.

Sergio Barce, octubre 2011

MORAS PISOTEADAS

Se baja del autobús con el chiste -protagonizado por una mujer y el cobrador- pegando saltos de pez en la superficie de su pensamiento. Se pone a darle forma al chiste en su cabeza por si lo cuenta en el recreo a alguna de las alumnas con las que le gusta hablar o a una profesora guapa.

La mujer paga con un billete de 50 dirhams hecho una piltrafa y el cobrador le da de vuelta monedas y un billete nuevo de 20 con el rostro a plumilla del rey Mohammed VI en una de las dos caras. Y la señora mira el billete y se lo tiende al cobrador, preguntando qué es esto. Al comprender que la mujer nunca ha visto el billete –que no es tan reciente, ya todo el mundo lo conoce-, el cobrador le pregunta –siempre bromista con su acento de campesino árabe- ¿cuánto tiempo hace que no sales de tu casa?, y hace saltar un chorro de carcajadas.

El chiste y también el tema que ha rodado entre el conductor y dos o tres viajeros habituales. Hablaban de cierto lugar, en la campiña de por aquí, en el que sólo quedan ancianos y adultos de más de cincuenta; y niños, claro; todos los jóvenes –y todas- se han largado a Italia. Los ganados andan sueltos de sol a sol; no queda por ahí ni un solo pastor.

Cruza deprisa y corriendo la interminable avenida Mediouna (ahora se llama Mohammed VI) de la que hace no mucho tiempo decía que era la más contaminada del mundo, sobre todo cuando aún estaba, ahí abajo, en Ben Chdía, la estación de autocares de Casablanca.

Estación de autobuses de Casablanca

Como suele hacer últimamente cada vez que pasa por ahí, mira las vallas de hierro pintadas de blanco, verde y rojo que protegen de la chusma las aceras, los espacios verdes y el asfalto de la entrada principal del palacio real; una chusma que se desparrama por ahí las siete mañanas de la semana, camino de buscarse el sustento. Sonríe de nuevo al comprobar que las vallas ferrosas están colocadas en el asfalto, quedando la acera de la avenida dentro de la zona protegida, de manera que los andantes –entre los que figuraba él tres veces por semana, esto es, cuando tiene clase a las ocho de la mañana- se ven obligados a caminar un buen trecho de la calzada, a veces casi rozando la tromba de vehículos que un semáforo desencadena cada poquito tiempo. La chusma no debe ensuciar la acera del palacio del Sultán. Piensa que los conductores de estos vehículos -como los andantes- forman parte de la infinidad de pelotones de hormigas que, a todo lo largo y a todo lo ancho del paisito, andan en un continuo desvivir en busca del sustento, casi embrutecidos; no piensan en nada más que en la supervivencia y ya no creen en nada más que en la justicia del más allá.

Y mientras piensa en las tres colegas del instituto, a quienes le une una cordialidad de muchos años y algún que otro chiste no verde, y a quienes dijo, no hace mucho, que cada muy poco tiempo se le aparecía algo nuevo que indicaba que Marruecos iba cada vez peor, y contó lo de las vallas, que no sólo protegen las zonas verdes del palacio, sino también la acera que da a la avenida, … destilando algo de la rabia que le late en las entrañas contra los que dirigen el país, … mientras piensa en la reacción de las tres madamas, que le dijeron, como si fueran una sola persona, pues si no fuera por el majzén, por el Rey, por sidna, por la monarquía, los marroquíes –rifeños, árabes, yeblíes, tetuaníes, fecíes, susíes, saharauis, …- nos comeríamos los unos a los otros, …Él había leído alguna vez, en algún artículo, que la afirmación de que la paz imperaba en una sociedad marroquí, compuesta por tantas razas y tantos colores, gracias a la monarquía, era muy del agrado de Hassan II. Y una de las tres colegas dijo que la democracia, las libertades y esas cosas que hay en Europa no podrían funcionar en Marruecos; adoptemos eso y esto será el caos, la jungla pura …

PALACIO REAL DE CASABLANCA

Mientras piensa esto, descubre que en los suelos de los jardines, en el asfalto y en la acera de la entrada del palacio se encuentran desparramadas moras blancas y negras o rojinegras, caídas de unos árboles altos y rebosantes de hojas verdes –es primavera, claro, piensa-. Sólo descubre ahora que son moreras porque sólo ahora ve los frutos en el suelo; unos frutos que le retrotraen al niño de doce años que fue hace mucho tiempo y le pusieron delante aquel sorpresón de su niñez que no ha olvidado: las moreras que encontró en Chauen el grupo de niños y grandullones ceutíes que fue ahí a seguir sus estudios, porque en Ceuta sólo había enseñanza marroquí primaria y porque en el internado de Tetuán no cabían todos.

Llegaron ahí en el arranque de la primavera y las ramas de las moreras rebosantes de hojas verdes se inclinaban bajo el peso de los frutos blancos o negros, que estaban buenísimos y cubrían los bordillos de la entrada a la ciudad y las calles principales. Lo que más sorprendió a los más críos caballas fue el que hubiese una fruta tan rica –que no habían visto ni probado nunca antes- y que uno pudiese comer todas las moras que pudiesen sus ganas sin necesidad de dinero.

Eran hijos de familias musulmanas pobres de Ceuta, donde no se conocía ni la ensalada ni el postre y sólo se ponía sobre el ataifor un plato de cualquier cosa, con un inmenso pan amasado por la madre o la hija mayor y hecho torta en el horno del barrio; y habían sido enviados por sus familias a abrirse camino en el Marruecos prometedor de la independencia recién recuperada.

El primer día en que el autocar les dejó en el internado del Instituto al-Machichi, y después de dejar maletas, bolsos e incluso bártulos en el dormitorio, donde cada uno había elegido una cama, y como todavía faltaban algunas horas para el almuerzo -habían salido de Tetuán a eso de las ocho y media- se echaron a las calles a conocer un poco la pequeña ciudad, encontrándose los más pequeños, los doceañeros, con el sorpresón de los majestuosos árboles verdes desprendiéndose de sus frutos negros y blancos. Se ayudaron unos a otros para encaramarse y comerse las moras en las mismas ramas. Comieron hasta no poder llevarse a la boca ni una sola morita más. Algún paisano grandullón les preguntó si se habían traído con ellos todo el hambre de su barrio ceutí.

Otra sorpresa les esperaba en el comedor del internado: donde se encontraron con otros chicos que no conocían y a quienes miraron con cierto menosprecio al verles casi todos con chilabas de lana negras y con la capucha colgando sobre su pecho, llena de cuadernos y algún libro –los de Ceuta vestían vaqueros, zapatillas, jerseys, cazadoras…-

Eran hijos de campesinos de Bab Taza, Bab Berret –o Berred-, Beni Ahmed… El comedor era una gran sala con mesas en forma de hexaedro alrededor de cada una de las cuales estaban colocadas sillas; manteles de hule, platos, cuchillos, tenedores, cucharas; todo nuevo y brillante. El internado había sido abierto pocos meses antes. Muchos nunca habían comido con cuchillo y tenedor. Él recuerda que en su casa comían alcuzcuz –cuando se comía alcuzcuz…- con cucharas grandes y toscas de madera y alguna cuchara de metal, que siempre se apresuraba a coger él, porque no le gustaban nadanada las cucharas de madera hechas a mano. Eran grandes y había que abrir mucho la boca.

De primero, les trajeron ensalada de lechuga, tomate, pepino, caballas en conserva… de segundo, potaje –alubias-  y de tercero, ¡pollo! con patatas fritas.

Los críos, que tenían la barriga llena de moras, comieron hasta no poder moverse, pero no pudieron terminar ni la ensalada, ni el potaje, ni las patatas fritas.

Muchos hablaron de los tres platos, más el postre -¡plátanos! el día en que llegaron- en la primera carta que mandaron a la familia. Queridos padres: Pido a Dios todopoderoso que, al estar esta carta en vuestro poder, os encontréis en un perfecto estado de salud. Así empezaban sus cartas los ceutíes. Más o menos. Él, al ver que sus paisanos grandullones escribían cartas a Ceuta, cogió su bolígrafo Parker –regalo de un tío, que le hacía feliz-, arrancó una hoja de un cuaderno y decidió pergeñar su carta en árabe, para que la leyera su padre –de cuyas regañinas, collejas y palizas estaba más que harto- y viera lo bien que escribía su vástago en la lengua del Corán. En otras palabras: que viera que no era un inútil.

Y hablando, en la carta, de los tres platos de comida, más el postre, que les daban en el almuerzo y la cena, y al no saber cómo se decía “plato” en árabe clásico, puso el nombre con que era llamado el recipiente en árabe hablado en Ceuta y en Marruecos -pensó que era la misma palabra para el árabe escrito y el hablado en Marruecos-: tabsil, plural: tabasil.

Ceuta

Poco después –quizá un día o dos-, mientras entraba al comedor, se le cayó la carta, no supo cómo, y alguien la encontró; y al preguntar de quién era y como nadie dijo esta boca es mía, leyó –en voz alta, para que el autor reconociese su obra- precisamente el párrafo que ponía que “nos dan tres tabasil más el postre en el almuerzo y la cena. En el desayuno, mantequilla, mermelada, café con leche, molletas recién traídas del horno…”; y mientras algunos chicos prorrumpían en risas burlonas, él decía es mía, para sentirse –con dolor- un hazmerreír. Rompió la carta y escribió a su familia en español, en letra muy clara, para que sus hermanas pudieran leerla y traducirla a su madre. Por qué escribirla en árabe con la de veces que había sentido que su padre no le quería. Y no contó lo de los tres tabasil…

Aunque el hecho de ser ceutíes –que vivían con españoles- les hacía sentirse superiores en Marruecos, sobre todo superiores a los demás chicos del internado, a quienes consideraban unos palurdos con sus chilabas sempiternas, e incluso a los de Castillejos o Chauen –conocían mucho mejor que ellos el español, que era la lengua con la que se estudiaban las asignaturas más importantes (hasta el profe de dibujo era español), se vestían mejor que ellos, jugaban al fútbol mejor que ellos, sabían de cine y de cantantes más que ellos, etc…- pensaron desde el primer momento que su futuro estaba en Marruecos y no en Ceuta ni en la España de Franco; todo lo que les rodeaba, las buenas comidas, el buen trato, los profesores, etc…, les hacía pensar así. Un país que trata de esta manera a sus vástagos es un país con un gran futuro. Sólo tenían que agarrarse bien a los estudios. Marruecos iba bien bien y en el optimismo sobre el futuro no cabía ni una mota de sombra.

Pero la inmensamensa mayoría de los chicos caballas –especialmente tras el afrancesamiento de la enseñanza en el Norte de Marruecos- tuvieron la suerte de fracasar en los estudios y volver a Ceuta, a buscarse la vida, en la patria chica o en la Europa de los sesenta. A él no le tocó esa lotería y se quedó aquí.

Desde el par de años y algunos meses que estuvo en Chauen, a donde llegaron en 1963, no recuerda haber visto moras hasta ahora, primavera de 2006. Más de cuarenta años –se están celebrando los 50 años de la independencia del país- en los que los moros de la morería fueron pisoteados, machacados con saña. Medio siglo en el que acabamos como estas moras caídas que convierten el paso por la acera y los adoquines de la calleja paralela a la parte del palacio que da a al-Ahbas, en un andar pegajoso.

Rey Hassan II

Medio siglo después, esto es un hervidero de rateros –la palabra es casi ratas o ratones- corruptos, prostituidos hasta la médula, sin una pizca de escrúpulos, con muchamucha pocavergüenza. ¿Cuál fue la palabra por la que aquel sindicalista fue condenado a varios años de cárcel, con Hassan II aún vivo? Dijo que los ministros eran una turba de bandía (palabra casablanquesa procedente de la “bandits” francesa) y el diario español que le había hecho la entrevista la tradujo por: mangantes. Una palabra que le costó varios años entre rejas (por injurias). No sólo los ministros, señor Sindicalista, la inmensamensa mayoría de nosotros es mangante.

Primero nos han pisoteado, como a las moras de acera y después de haberse asegurado de que estábamos bien machacaditos, se pusieron a enseñarnos –con el comportamiento y no con los consejos, como aconsejan los especialistas de la educación que hay que enseñar a los nenes- a ser hijos de perra; esto es, corruptos hasta el culo, mucho más falsos que todos los ejemplos de la falsedad registrados por la historia, y un nauseabundo etcétera; toda una maquinaria de Ministerio del Interior en marcha para encauzar en la normalidad el mentir, el ser corruptos, el romperle el pescuezo a los escrúpulos, a los principios, en suma: aceptar todo, absolutamente todo por el dinero; volcándonos encima vómitos de desprecio doloroso y descorazonador de cristianillos valientes, a los que la vida ha hecho rodar hasta tierra de moros.

Y la jugada le salió redondadonda al siniestro Ministerio y al adalid; todo les sale redondo a todos los adalides de este nuestro mundo árabe musulmán que nos ha tocado, y que, cada vez que se les ocurre organizar elecciones, las despachan todas con victorias increíbles del 99, 99 por ciento de votos a favor.

Y en este punto, ya cerquita del instituto, pilla aquel chiste que se contaban los marroquíes en los años sesenta y setenta, en el que un grupo de alumnos –altezas reales, altezas a secas e hijos de grandes familias seleccionadas- se encuentran estudiando geografía en el Colegio Real y el maestro abre un mapa y se pone a preguntar “¿Esto qué es?” y el alumno de turno responde “Francia”, “Italia”, “España”, etc. Y de pronto, el maestro pone el dedo –o la regla- en el mapa de Marruecos y un principito responde: “Eso es la finca de mi tío”… que le parece el mejor remate para sus reflexiones pesimistas.

Mohamed Lahchiri, 2006

 

Sergio Barce junto a Mohamed Lahchiri, con Abdellatif Limami y familia, almorzando en el puerto de Larache

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Este 19 de Octubre, en TETUÁN, Exposición LARACHE / AL-ARAICH de la fotógrafa larachense GABRIELA GRECH

   Tras su paso por Casablanca, la Exposición itinerante del trabajo fotográfico de Gabriela Grech, se inaugurará este 19 de Octubre en el Instituto Cervantes de TETUÁN.

     Otra oportunidad más para poder admirar sus imágenes sobre Larache, su paisaje urbano y su paisaje humano.

     La exposición se mantendrá en la ciudad tetuaní hasta el próximo 9 de Noviembre, y luego recalará en:

TÁNGER del 15 de noviembre al 8 diciembre 2011

FEZ del 15 de diciembre al 8 de enero 2012

MARRAKECH del 12 de enero al 5 de febrero 2012

Y finalmente en RABAT del 9 febrero al 5 de marzo de 2012.

     Cuando se inauguró en Casablanca, colgué en este blog la conversación que Gabriela Grech mantiene con Francisco Carpio, que os sugiero leáis si aún no lo habéis hecho. Ahora vuelvo a hacerlo, pero en árabe, para nuestros paisanos marroquíes.

En algún momento de esa conversación, Gabriela confiesa que hay un velo de imágenes en su memoria que cubren sus ojos cuando contempla al Larache de hoy… ¿Hay mayor declaración de amor a una ciudad?

    Una parte de su trabajo fotográfico consiste en una yuxtaposición de imágenes: unas, las que Gabriela tomó hace años de algunas calles de Larache, con otras tomadas no hace tanto. La superposición de estas imágenes crea un efecto de estupefacción en quien las observa, al comprobar, como lo hacen los ojos y la cámara de Gabriela Grech, que la realidad va borrando a los recuerdos. De entre ellas, quizá la más sugerente, por su valor simbólico, por el significado para los larachenses, sea la del Cine Ideal.

En esta fotografía, vemos cómo su viejo espectro va siendo devorado por un enorme inmueble que se levanta lenta pero inapelablemente para borrar su huella sin compasión y hacer desparecer los sueños que se refugiaban en su sala de proyecciones desde hacía años…

 Sergio Barce

 

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Periódico LARACHE, Octubre de 1978: Un error muy comentado – La muerte de S.S. Juan Carlos I

En Octubre de 1978, se celebró en la Iglesia del Pilar de Larache, una ceremonia religiosa, con la asistencia de las autoridades locales y de representantes de todas las confesiones. Se trataba del funeral por el sufragio del Papa Juan Pablo I. Sin embargo, el periódico Larache dio la noticia con un error en el enunciado, donde se confundió el nombre del Papa con el del Rey Juan Carlos, lo que dio lugar a chascarrillos y alguna que otra broma. Fue una de las noticias más comentadas de esta publicación larachense, pero por algo ajeno a la noticia en sí. Una anécdota que ha quedado en la memoria de esos años.

Hace días se celebraba la fiesta hebrea del Nuevo Año, y José Edery explicaba, en un extraordinario artículo, el significado de la Fiesta del Gran Perdón (Yom Kippur). También en esta página del periódico Larache, se hace mención a esta celebración del año 1978.

 

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«EL RETORNO» (Au pays) de TAHAR BEN JELLOUN

La primera vez que oyó la palabra moro fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El revisor le dijo así como vale, vale, ya, estos moros nunca entienden nada.

Nueva novela de Tahar Ben Jelloun que me parece lejos de su briosa, emocionante y vibrante narrativa de, por ejemplo, SUFRÍAN POR LA LUZ. Ahora, EL RETORNO (Au pays), publicada en Francia en 2009, llega a España. Tanto la imagen de su portada, que nada tiene que ver con lo que se relata en el libro, como la contraportada, nos crea una expectativa diferente a lo que encontramos en sus páginas.

Lo termino, y mi impresión es la de haber leído una historia gélida, a veces confusa, y muy contradictoria precisamente con las contradicciones que plantea. Tengo la impresión de que Tahar Ben Jelloun tiene una intención cuando se enfrenta a esta historia, pero que, al final, acaba por no encontrar ni el tono ni el pulso. Hay momentos excelentes, pero la historia de Mohamed, este hombre a punto ya de jubilarse, con una fría y distante relación tanto con la  mayoría de sus hijos como con su mujer, que ha vivido como emigrante en Francia y que, al jubilarse, regresa a su pequeña aldea, no acaba de cuajar.

 …estoy triste desde que llegué a Francia, este país no es el culpable de mi tristeza, pero no me ha dado motivos para sonreír…

 No olvides nunca, hijo, de dónde vienes. Dime: ¿es cierto que te haces llamar Richard? ¡Richard Ben Abdalá! No pega nada, maquillas el nombre pero el apellido te delata, Ben Abdalá, ¡hijo del adorador de Alá! ¡No pega! ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has cambiado también el apellido? ¡Ah, has suprimido al adorador de Alá y has dejado Ben! Sí, así te confundirán con un judío, eso es, quieres borrar tus orígenes y hacerte un hueco, lograr un taburete entre los fransauis, y si son judíos, mejor. ¿Te ha funcionado el truco? ¿Encuentras trabajo con más facilidad? ¿Lo has hecho para que te dejen entrar en las discotecas? No me contestó, y se marchó corriendo… ¡Richard!

Tahar Ben Jelloun

Ben Jelloun se esfuerza por mostrarnos el choque cultural e identitario que se produce en un emigrante marroquí que, desde su llegada a Francia, trata de cumplir con su trabajo en el país que le acoge, y esas contradicciones las materializa en lo que este personaje piensa de la conducta de los franceses, de su concepto de la familia, de su ritmo de vida, y que no comprende, como tampoco entiende que sus hijos puedan sentirse más franceses que marroquíes; y, por otro lado, el mismo personaje ensalza los logros de esa sociedad que le ha acogido, la sanidad, por ejemplo, mientras echa de menos a su país pero curiosamente recordando su aldea como algo estéril, yermo, y sin futuro.

Había conservado de su llegada a Francia unas imágenes que aún hoy recordaba: unas paredes grises, casi negras, unos rostros cerrados, una muchedumbre densa caminando apresurada y silenciosa, un olor extraño a polvo y a perfume vulgar. Los barrenderos de las calles y del metro eran gente de color. Había ricos; otros, algo menos, pero todos circulaban en coches casi nuevos. Unos enormes carteles publicitarios exhibían a mujeres ligeras de ropa o a animales alabando la calidad de las máquinas de lavar. No entendía qué pintaban en esos anuncios los gatos y los perros. Tuvo que pisar una caca para darse cuenta de que éstos estaban por todas partes en este país. ¿Por qué eran tan numerosos? En su pueblo, un perro era obligatoriamente un intruso, un animal que había que alejar a pedradas. Si un perro o un gato pasaban delante de él mientras hacía el rezo, estaba obligado a anularlo y a empezar de nuevo. Los animales son portadores de gérmenes nefastos para el musulmán. Hay que evitarlos; por cierto, en el paraíso no habrá perros. ¡Eso era pues Lala Fransa! Una extraña promesa.

Sí hay que reconocer que Ben Jelloun es realista y crítico con el Marruecos de la época de Hassan II, y que describe con mucho acierto el país:

Dicen que los fransauis quieren a los marroquíes pero odian a los argelinos, los pobres argelinos  no han tenido suerte… (…) tienen petróleo y gas (…) y, sin embargo, los argelinos emigran, cada vez son más los que vienen a instalarse en Fransa, qué desgracia, un país tan rico y un pueblo tan pobre.

(…) En Marruecos es distinto. Somos pobres, siempre lo hemos sido. La gente de la ciudad vive mejor que la del campo. Pero nosotros tenemos el majzén, o sea, al caíd, al bajá, al gobernador, a los representantes del poder central que mandan en nosotros. No se sabe cómo funciona, pero el majzén es la gendarmería, la policía y el ejército, y hacen lo que les da la gana. El que es pobre no tiene ningún derecho. Padece y calla. Al que protesta lo hacen desaparecer. Ése es el Marruecos que dejé en 1960 antes de tomar el tren y luego el barco y luego el tren para llegar a Lala Fransa.

La muerte y el tiempo obsesionan a Mohamed, el protagonista. Pero a mi entender, es el tiempo, el devenir y el cambio que supone el paso a la jubilación, lo que mejor funciona en el relato, mientras que la muerte se transforma en algo que ni conmueve ni lamentamos. Tal vez la escritura de Ben Jelloun sea demasiado fría y distante, el cambio de la tercera a la primera persona en el relato se hace de manera abrupta, en este caso perjudicando al propio texto. Sin embargo, como digo, hay buenos pasajes al tratar el paso del tiempo.

El tiempo. Le daba igual el tiempo, era su enemigo, el que iba a enfrentarlo por primera vez en su vida a sí mismo y a los demás. Lo comparaba con una cuerda larga que no siempre resiste.

(…) El tiempo tenía varias caras, era un traidor que poco a poco lo iría quebrando para acabar con él…

(…) Le gustaba el cansancio que sentía después del viaje, un bello y pesado cansancio, el del deber cumplido, el de la derrota del tiempo, pues, una vez en la aldea, ya no le hacía caso.

Dos elementos privan a la novela de ser un relato que nos conmueva: el primero, que no desarrolla en ningún momento la relación afectiva entre Mohamed y sus hijos, nos lo esboza, lo cuenta desapasionadamente y no se adentra en ello, por tanto, no nos hace cómplices del sufrimiento y la frustración del protagonista. Por ejemplo, la relación con su hija Yamila la despacha con unas pocas líneas:

Yamila, su hija mayor, sin tener en cuenta la oposición de sus padres, se había casado con un italiano. Mohamed ya no la veía. Fue doloroso que un no musulmán entrase en su familia. Para él, ella ya no era su hija. Al principio, intentó convencerla, pero Yamila estaba enamorada, se negaba a cualquier discusión, se enfadaba de un modo inhabitual en ella. Es mi vida, no la tuya, no me vas a impedir que viva porque seamos musulmanes. Y además, ¿qué religión es esa que permite a un hombre casarse con una cristiana o una judía y se lo prohíbe a las chicas? ¿Qué significa eso? ¿Crees que seré más feliz con un tipo de nuestra tierra, uno de esos miserables campesinos que me van a encerrar mientras él va a emborracharse con sus amigotes? No, gracias, papá, despierta de una vez, mi vida la decido yo, tú puedes darme tu bendición, si quieres, y, si no estás conforme, no podré hacer nada contra esa estupidez. Estás enfermo, necesitas ayuda. Él agachó la cabeza y se fue, con lágrimas en los ojos. Su mujer intentó calmarlo diciendo que ese matrimonio no funcionaría y que ella regresaría pronto a casa. Él contestó, algo aturdido: ¿qué significa eso de estar enamorada? ¿Qué es este lío que me cae encima como una casa en ruinas y me aplasta la espalda? ¿Acaso tú, yo, nosotros, estábamos enamorados? No sé qué significa eso.

El segundo, más evidente, es cómo se plantea la segunda parte de la historia. Cuando Mohamed ha de jubilarse, que para él es como morir, piensa en regresar a su aldea y construir allí su casa. Este hecho es un fenómeno habitual en Marruecos: los extrarradios de todas las ciudades han crecido vertiginosamente con las viviendas que han ido construyendo las familias que trabajan en el extranjero y que, con ello, muestran a sus conciudadanos cómo han logrado su éxito personal, cómo han prosperado hasta la posibilidad de poder construirse su propia casa en la que pasarán el resto de sus vidas cuando vuelvan.

 Repetía: quiero una casa grande, más grande que todas esas chabolas de la aldea, tan grande como mi corazón…

 Pero en el caso de esta novela, este hecho tan habitual, como digo, se convierte en el giro más extraño de “El retorno”. Cuando Mohamed llega a su aldea, que tanto echaba de menos, de pronto Ben Jelloun nos la muestra como un lugar fértil y verde. Y sin aparente razón, esta novela realista, casi un retrato documental de ese hombre, se transforma como por ensalmo en una novela entroncada directamente con el realismo mágico. Es aquí donde a mi entender la novela se rompe completamente y deja al lector en el aire. Pasa de un realismo amargo a la fantasía más absoluta, con la descripción de Mohamed sentado en ese sillón que instala a la puerta de su recién acabada casa, esperando inútilmente la llegada de sus hijos. Lo que podía haber sido un final emocionante, pasa a ser un extraño epílogo que nos deja absolutamente indiferentes. Si la novela es mágica, la magia se ha de intuir al menos desde las primeras páginas; si la novela es realista, amarga y descorazonadora, como lo es “El regreso”, las quince últimas páginas no pueden ser diferentes, a riesgo de cercenar el conjunto. Incluso el último párrafo es precipitado y en él se intuye la urgencia por acabar cuanto antes.

Pero le reconozco a Tahar Ben Jelloun, como siempre, la solidez de su escritura y su valentía al plantear ciertas cuestiones que afectan a la cultura marroquí y a la religión que, otros autores, ni se atreven a plantear.

 Sergio Barce, octubre 2011

 Los fragmentos que reproduzco de la novela, están tomados de la primera edición de “El retorno” publicada por Alianza Literaria, con traducción del francés de Malika Embarek López.

TAHAR BEN JELLOUN fue Premio Goncourt de Novela en 1987 por «La noche sagrada».

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