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«SERGIO BARCE, UNA LITERATURA ENTRE MARRUECOS Y ESPAÑA», POR EL PROF. ENRIQUE LOMAS

El profesor de la Universidad de Alicante, Enrique Lomas, acaba de publicar dentro del libro Literatura hispanoafricanas: realidades y contextos, de la editorial Verbum, un estudio sobre mi producción literaria, hasta el año 2013, cuando publiqué El libro de las palabras robadas

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Según se indica en el resumen de la edición «…El artículo rastrea la búsqueda identitaria en la escritura de Sergio Barce, uno de los autores paradigmáticos de esta literatura de las dos orillas, con el objetivo de analizar la reescritura del Marruecos literario en un marco híbrido y transfronterizo, a medio camino entre Europa y África, reflejo de una visión del Magreb de estos escritores que abandona los rasgos exotizantes para explorar la puesta en valor de una sociedad y de un territorio sentidos como propios.«

En fin, me ha parecido un estudio realmente increíble,. Y es que Enrique Lomas, al que conocí hace unos años en la Universidad Abdelmalek Essaâdi de Tetuán, una persona excepcional en todos los aspectos, ha ahondado en mis novelas y relatos y ha conseguido extraer lo mejor de ellos.

Podéis leer este artículo entrando en el siguiente enlace de la Universidad de Alicante, y pulsando «descargar»:

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http://rua.ua.es/dspace/handle/10045/48596

ENRIQUE LOMAS

ENRIQUE LOMAS

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portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

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LARACHE – DEL 24 AL 30 DE JULIO – FESTIVAL LIXA DE TEATRO

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Vuelve un año más el teatro a Larache 

FESTIVAL LIXA DE TEATRO 2015

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«EL BILLAR EN LARACHE: LA CONSORTE Y LA TIZA», UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE JOSÉ EDERY

Mi querido Pepe Edery me ha enviado un pequeño relato, escrito larachensemente. Como siempre, está lleno de experiencia y sabiduría, y es un retrato más de ese Larache que se perdió en el pasado; destila recuerdos de una vida muy activa y bien aprovechada, todo hay que decirlo, pero también una guasa que se agradece mucho. Así que os recomiendo que no dejéis pasar la oportunidad de disfrutar y de sonreír con este relato de Pepe Edery.

Sergio Barce, julio 2015

EL BILLAR EN LARACHE: LA CONSORTE y LA TIZA

Antes de irnos de vacaciones este verano y para que descanséis de mis artículos durante estos meses, os envío este recuerdo larachense que me ha venido a la memoria. Historieta que en los últimos años he visto reproducida en muchos artículos y chistes.

Trabajaba como médico en el Hospital de la Cruz Roja creado por las Hijas de la Caridad en 1922, situado en la Explanada de Puerto nº 1, y en el que hacían sus prácticas de enfermería muchas jóvenes y atractivas larachenses. Mi vida transcurría entonces, junto a una de mis sucesivas consortes y pocos años antes de conocer y casarme con mi primera esposa, entre el hospital por la mañana, las partidas de billar tras el almuerzo y los paseos por la calle Chinguiti con mi pareja. Intercalando estos con paradas y aperitivos en el Bar Gallego, en el Bar Matías, en el Cocodrilo, en el Bar Perico, en el Bar Mauri, en el Canaletas o en el Bar Central. Pues ya que mi pareja de entonces, Conchita, guapa y atractiva sevillana y de muy buena estampa pero de difícil e inestable carácter, era imprevisible en sus actuaciones. Vivíamos en la planta baja, que habían abandonado mis primas al emigrar a Israel, del edificio de mi tía y donde nací, en la peatonal calle Baleares.

BAR MAURI

BAR MAURI

Mis diarias partidas de billar las jugaba en el Bar Los Alicantinos (calle Chinguiti después del Pasaje de Dris Ben Hamú) y rara vez en el Bar La Marquesina (calle Chinguiti con Cervantes) ya que en este solían jugar verdaderos “maestros” y siempre estaba ocupado. Recuerdo entre los expertos a mi compañero de curso de los Maristas Luís Vázquez qepd, prestigioso fotógrafo, que fue posteriormente varias veces campeón de España de billar. En Los Alicantinos se apuntaban las partidas en una pizarra con una tiza blanca que solíamos conservar en la oreja, a diferencia de otros locales en que había un contador de bolas.

   Sucedió que un tórrido día de chergui veraniego y de mucho trabajo en el hospital, terminé muy tarde al igual que algunas enfermeras y que mi amigo y compañero el Dr. Eloy Hontoria. Una de ellas, Pilar, hija de un destacado militar y que utilizaba el coche de su padre, al verme subir la Cuesta del Aguardiente a pie y bajo un Sol aterrador, se ofreció a llevarme a mi casa. Pero me comentó que tenía antes que pasarse por el Hostal Flora (en la carretera de Alcazarquivir) para un encargo. Una vez en la terraza del hostal y ante el cansancio y calor que experimentábamos y que hacía, la invité a un aperitivo antes de regresar a casa. Entre libaciones y libaciones “por el calor” y con el acaloramiento que se estaba produciendo entre nosotros, con la complicidad de un encargado del hostal que conocíamos bien, terminamos en una de las habitaciones. Y tales fueron las lecciones magistrales de “enfermería” que practicamos que acabamos rendidos y adormilados.

BAR LA MARQUESINA

BAR LA MARQUESINA

Cuando despertamos eran cerca de las ocho de la tarde. Y yo aterrado por la escena que me esperaba de mi consorte trianera Conchita, y a pesar de los buenos momentos transcurridos, y aunque prestos ambos a proseguir; solo se me ocurrió una pregunta:

-Por favor Pilar, ¿tienes una tiza?

La respuesta lógicamente fue de sorpresa y negativa, pero como las mujeres reaccionan mas prontamente e inteligentemente que los varones, bajó rauda a la recepción y subió con una tiza. La guardé y tras unos breves retozos amorosos, nos vestimos, subimos al coche y me llevó cerca de mi casa, dejándome prudentemente en la calle Cervantes. Me puse la mitad de la tiza en la oreja y con paso rápido me dirigí a mi domicilio contorneando La Marquesina y el garaje de Recober, y llegué a casa. Donde me esperaba en el portal mi consorte Conchita con semblante de guardia civil airado y aspecto endiablado y enfurecido de Aicha Kandisha. Nada más verme, soltó la pregunta de rigor femenina:

-¿De donde vienes y tan tarde?

Yo con mi lección preparada, sabiendo el odio que profesaba a mis compañeros de billar le expliqué:

-Mira Conchita, he estado toda la tarde haciendo el amor con Pilar la hija del comandante y en su casa. No hemos parado de magrearnos y de jawar (coitar) aunque siempre pensando en ti. Y así continuaba contando lo sucedido pero a mi manera, hasta que bruscamente me interrumpió para increparme

-¡ Pepe, no sabes mentir¡ Te has pasado toda la tarde y sin probar bocado con la pandilla de tus amigotes jugando al billar. Y sabe Dios donde, porque no estabas ni en la Marquesina, ni en La Unión Española ni en Los Alicantinos.

-¡Y no me sigas mintiendo porque la prueba es que se te ha olvidado de quitarte la tiza del billar de la oreja¡ 

Cabizbajo y a media voz le contesté:

-Llevas razón querida. Siempre la llevas. No te puedo engañar. No ha colado lo que te he contado.

Y con la moraleja de que siempre hay que decir “la verdad” a tu pareja; a las pocas semanas corté con mi perspicaz consorte, aprovechando que cambiaba de hospital y de ciudad con destino al de Kenitra.

Buenas vacaciones y verano- Dr. José Edery Benchluch- Madrid 2015

CAFÉ CENTRAL

CAFÉ CENTRAL – RESTAURANTE EL POZO  (Foto de Adela Manso Osuna)

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LA NOVELA «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER» DE SERGIO BARCE, SEGÚN EL ESCRITOR MANUEL GAHETE

La presentación de mi novela La emperatriz de Tánger en Córdoba, en el Conservatorio Profesional Músizo Ziryab, corrió a cargo de dos autores y estudiosos excepcionales, Antonio Moreno Ayora y Manuel Gahete.

Reproduzco aquí el texto de la intervención de Manuel Gahete, a quien admiro profundamente y que me demuestra su amistad con una gran generosidad. Manuel Gahete es Catedrático de Lengua y Literatura, y doctor en Filosofía y Letras. Entre muchas otras actividades y cargos, es socio fundador del Ateneo de Córdoba, miembro numerario y director del Instituto de Estudios Gongorinos de la Real Academia de Córdoba y actual  Presidente de Asociación de Escritores de Andalucía. Conferenciante, traductor, articulista y crítico, colabora en prensa y revistas especializadas. Su obra poética, con la que ha obtenido los más importantes premios, ha sido traducida al francés, inglés, italiano, rumano y al árabe.

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LA EMPERATRIZ DE TÁNGER de Sergio Barce

Cada día me resulta más difícil comenzar una novela y mucho más espinoso terminarla. Llegar a buen puerto sin hastiarme solo me ocurre con escasos escritores y ciertamente Sergio Barce es uno de ellos. Este malagueño, abogado de profesión, vivió su infancia en Larache y la impronta marroquí de aquellos años impregnó su vida y muy especialmente su escritura. Debe ser cierto que la infancia es la patria del escritor porque toda su obra transverbera el hálito que exhala la otra orilla del Estrecho.

Colaborador habitual de revistas literarias como EntreRíos o Dos orillas, Sergio escribe asiduamente en la prensa marroquí y, en relativo espacio de tiempo, ha publicado una serie de novelas que no han pasado desapercibidas a la crítica especializada.

Así, en el año 2000, veía la luz, en la editorial Aljaima de Málaga, su primera novela En el Jardín de las Hespérides, lugar mítico más allá de las Gorgadas, en el límite del Atlántico, donde comienzan los abismos marinos. En 2004, Barce edita, en la misma editorial malagueña, el libro de relatos Últimas noticias de Larache y otros cuentos, donde regresa inexorablemente de nuevo a la ciudad de su infancia.

En 2006 obtiene el premio de novela Tres Culturas de Murcia por Sombras en sepia, galardón que le concede un cualificado jurado constituido por Luis Mateo Díez, Jon Juaristi, Pedro García Montalvo, Manuel Borrás y la recién nombrada académica de la lengua española Clara Janés.

Su tercera novela, Una sirena se ahogó en Larache, editada en 2011 y finalista del Premio de la Crítica en 2012, vuelve a recuperar el escenario primigenio y los recuerdos familiares imprimiendo al texto un ritmo ágil que acentúa la atmósfera envolvente de una obra inquietante que no elude el leve sesgo del romanticismo, rasgo que Sergio mantendrá trasversalmente en sus obras incluso cuando quedan tintadas por el fucilazo del pavor.

Con El libro de las palabras robadas, publicada como la anterior en Círculo Rojo, en 2013, Barce infunde a su narrativa una vuelta de tuerca, alejando de Larache la acción central que se inicia en Málaga para culminar en otra ciudad de Marruecos que, a partir de ahora, va a llamar poderosamente su atención. Tánger, capital internacional durante el Protectorado, se erige en irresistible foco de atracción y nos acercará inexorablemente a la novela que hoy presentamos, no sin olvidar que, en este live time o intervalo existencial, Barce publicará su segundo libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, obra de 2014, que también tuve el placer de presentar en este magnífico y grato Conservatorio Músico Ziryab de Córdoba, tan bien acogido en toda ocasión por su director Ernesto. Y ya van tres. La primera con Antonio Varo Baena. La segunda con José Sarria. Y la tercera con Antonio Moreno Ayora, tres entrañables amigos que son además excelentes críticos, porque a Sergio Barce le gusta rodearse de gente que inspire confianza, y esto lo entiendo, lo que no llego a entender muy bien es por qué siempre por partida doble, lo que pone a sus presentadores en la tesitura de concertarse, para no repetirse, sobre lo que se ha de decir.

Y una segunda pregunta, porque me queda la duda capital de cómo habría aceptado el mundo árabe hispánico una novela como La emperatriz de Tánger en aquellos momentos oscuros donde el género narrativo se percibía como inmoral y obsceno. Si cuando el egipcio Mohammad Husayn Haykal (1888-1956) publica en 1914, en El Cairo, su novela romántica –considerada como la primera novela árabe–, titulada Zaynab, aspectos y educación campesinos, fue acusado de herejía y traición a los dirigentes religiosos, qué castigo hubieran impuesto a nuestro querido amigo Sergio Barce, que nos transporta al centro de las ardores más exacerbados, ya sea el vicioso y hasta patético afán del donjuanismo (Yamila, Esther, Carmen, Irena); ya, en extremoso grado, el famélico desvarío de la pederastia, ese irracional y peligroso juego que Augusto Cobos, el protagonista masculino mantiene con Miriam, una niña de catorce años, sin perder, por otra parte, ese punto de inefable ingenuidad que convierte lo indigno en justificable y lo perverso en comprensible; aparentemente muy distante –o al menos esto pretende mostrarnos Augusto Cobos– de 

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