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«ALIOSHA EN LARACHE», POR LEÓN COHEN MESONERO

Traigo este interesante texto escrito por mi amigo y paisano el escritor León Cohen Mesonero en el que hace un curioso juego de memoria sobre su infancia en Larache utilizando a Aliosha, el personaje de los hermanos Karamazov, como si fuera su alter ego, un juego lleno de añoranza y melancolía teñida de cierta desilusión y con un hermoso homenaje a su pueblo de Larache y a la literatura en general.

Sergio Barce, enero 2021

Aliosha: Trilogía

Las opiniones de Albert Camus me condujeron hasta Dostoievsky, a “Crimen y Castigo” y a los “Hermanos Karamazov”. Entre Iván y Aliosha elegí al segundo. En esta  trilogía le rindo homenaje a Aliosha, aunque no sé todavía si convertirme en él puede resultar una idea poco acertada, descabellada o incluso pedante. Aunque el nombre del personaje no añade ni quita nada a lo relatado, sigo ignorando si la elección del nombre ha sido un capricho o una argucia literaria.

En esta trilogía, el escritor envuelto en su universo literario, vuelve a reescribir los primeros capítulos de su vida, a través del personaje  Aliosha, mostrando una vez más su innegable percepción de la vida como una novela o una película que merece la pena ser contada e incluso imaginada, desde un presente que le permite retocarla y ahondar en detalles, que el niño o el joven protagonista en su momento, no pudieron captar mientras vivían. 

 

Capítulo 1

 Larache: Primeros pasos

Aliosha ha salido a pasear sin objeto, camina con alegría, es muy joven y la vida para él es un descubrimiento diario. Todo le sorprende y le asombra. Mira con admiración a su padre y trata siempre de contentar a su madre. Quiere agradar. Son sus primeros pasos por el camino. Cree que todos los que le rodean son sus maestros y que todos encierran algo que aprender. No se hace planteamientos extraños, ni preguntas sin sentido. Los maestros están para enseñar y la letra con sangre entra, como dice su amigo “Nisimico”, que por cierto es bizco. Hay que ser disciplinado y aplicado. Siempre va contento hacía el Colegio Francés de su pueblo. Le gusta. Sus amigos son numerosos y virtuosos. De su colegio guardará para siempre un grato recuerdo. Ahí recibiría los primeros conocimientos básicos. Aprendió a leer y escribir en el hermoso idioma de Ronsard y de Molière. Aunque Aliosha estaba todavía demasiado verde para percibir que aquel colegio sería la primera puerta de entrada a una cultura que, como su piel, le acompañaría toda su vida y que, en cierto modo, determinaría su futura manera de hacer y de pensar. Todavía pasado medio siglo, era capaz de recordar los nombres de algunos de sus maestros como Mlle Beniluz, Monsieur Quiot, Mlle Vermury o Monsieur Carné.

Aliosha tiene una familia amplia y se siente reconfortado y protegido. Su madre le canta el ángel de la guarda antes de dormirse: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. La naturaleza es misteriosa y bella. Siempre se extasía ante los colores de algunas mariposas. El campo huele a vida. Aliosha es un niño feliz y tan ingenuo que conmueve. Su padre le puso ese nombre, el del más pequeño de los hermanos Karamazov en homenaje a Dostoievsky. Aliosha es curioso. Recorre con los amigos todas las calles y callejones de su pueblo. No hay rincón que se le resista. A su edad es algo atrevido. Pero él quiere saber dónde vive. Cuando no tiene colegio, le gusta estar en la calle a todas horas, incluso a la sagrada hora de la siesta, y eso le ha acarreado algún que otro disgusto con los padres de sus amigos. Le encantan los juegos y los practica todos. Ha aprendido a convivir con el espléndido sol y con el mar majestuoso. Le sorprende la belleza de los acantilados de su pueblo natal y la bravura de su mar. Aliosha ama la vida y sus encantos. Sus amigos van a la Iglesia, a la Mezquita o a la Sinagoga. En esto, él se siente un poco despistado y no entiende muy bien estas cosas, que en cierto modo le resultan extrañas como niño que es. Pero, en el fondo le da igual entrar en un templo que en otro, con tal de acompañar a algún amigo. Luego los dos se ríen, como si les hicieran gracia estas cosas de mayores. A él lo que le ocupa y le distrae es correr, saltar y jugar todo el tiempo. También ha descubierto el cine y le apasiona ver películas, incluso en sesión continua. Aliosha es un niño feliz.

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COLEGIO FRANCÉS – LARACHE, año 1953

Pero la felicidad es una flor caduca y frágil como el cristal. También puede ser un estado de ánimo y como tal es efímero. La felicidad del niño Aliosha tiene que ver entre otros, con la admiración que le produce el paisaje, y su pueblo, que él considera un rincón en el cielo, con la alegría de estar con sus primeros amigos, con la seguridad que le infunde un entorno familiar donde se siente querido y protegido, y con la dicha de la sorpresa y del aprendizaje constantes. Como no puede ser menos a su edad, vivir es para él una aventura nueva e ilusionante en ese torrente, en el que la fuerza arrolladora de la vida irrumpe imparable a diario, conquistando y arrastrando a este principiante que todavía ignora las vicisitudes y las sorpresas del camino.

 En el año 1956 en el que el niño Aliosha va a cumplir su primera década, aquel mundo personal e idílico, más propio de los sueños, donde siempre era primavera y donde vivir era un gozo diario, se tambalea, quizás zarandeado por la envidia de los dioses del destino. De manera tan inesperada como cruel, su plácida infancia se topa y se enfrenta de repente a las contrariedades de la vida y a una tormenta de sucesos imprevistos, a partir de los cuales no quedará en él sitio para la inocencia y la ingenuidad que le han acompañado hasta entonces.  

Todo empezó aquella luminosa tarde de abril, cuando Rabah, el esclavo negro del baja Raisuni, vino al colegio a buscar a su compañero Jali. Era la Independencia de Marruecos. Las consecuencias de este hecho histórico y a pesar de todo ciertamente previsible, serían nefastas. No para el pueblo marroquí que recuperaba su autonomía, sino para la población española que se vería en la tesitura de abandonar a corto o medio plazo, aquella tierra que para muchos era la suya y la única que conocían. Era la cara oscura y menos amable de la colonización. De hecho, apenas unos meses más tarde, su padre iría a buscar mejor fortuna a Venezuela y, en septiembre, le seguirían por razones muy distintas con el mismo destino, su prima (probablemente la persona a la que más quería en ese momento) y su tía. Afortunadamente, su padre volvería un año más tarde. Madre e hija no regresarían nunca.

 Un viernes nueve de agosto de 1957 se produjo la muerte de su otra tía con apenas treinta y dos años. Lo más cruel de la muerte de una persona joven son los años de vida robados. La muerte siempre está ahí agazapada, al otro lado de ese fino hilo de alambre que la separa de la vida y sobre el que caminamos todos los días todos los mortales, siempre dispuesta a pegar el zarpazo y a derrumbarlo todo. Además suele llamar sin avisar.

Ocurrió todo en un año. La familia se descompuso para siempre y la felicidad de Aliosha quedó hecha añicos. Todos esos acontecimientos supusieron para la sensibilidad de aquel niño de nueve o diez años, sacudidas y desgarros muy fuertes y profundos que superaría con el tiempo, pero que inevitablemente dejarían huellas y heridas imperecederas en su memoria sentimental. Aliosha sentía que había sido expulsado del paraíso en el que habían transcurrido esos primeros e inolvidables años de su corta vida.

 El niño tuvo que pasar página, dio la vuelta a la esquina de la infancia y se dirigió titubeante a la calle desconocida de la adolescencia. Nadie jamás podría robarle los años felices de su primera infancia pasados en aquel pequeño y hermoso pueblo lleno de luz,  a orillas del majestuoso mar Atlántico.

  León Cohen – Junio de 2020

https://leoncohenmesonero.blogspot.com/

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UNA FOTO DE ANTONIO CÉSAR MUÑOZ

Recibo otra excelente fotografía que, estoy seguro, invita a abrir mi nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul.

En esta ocasión, la foto es de Antonio César Muñoz, y le agradezco que me la haya hecho llegar para poder compartirla.

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OTRO PEDACITO DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», UN LIBRO DE SERGIO BARCE

El título de mi nuevo libro, Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), es también el de uno de los ocho relatos que conforman el volumen.

Aquí tenéis el comienzo de ese cuento, que espero que zarandee vuestra curiosidad por abrir esta puerta…

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UNA PUERTA PINTADA DE AZUL 

   Abdeslam abre el candado y a continuación hace lo propio con la doble puerta de madera pintada de azul. Tiene la heredada manía de hacerlo siempre tras depositar la barra de hierro que asegura esa puerta sobre los adoquines. Tal vez sería más cómodo dejarla apoyada en la pared, entre el puesto de sidi Ahmed y el suyo, lo que le evitaría tener que doblarse como una alcayata para recogerla del suelo, pero así lo hacía Tahar y antes que él El Hach. No me calientes la cabeza, suele decir Abdeslam a quien le sugiere esa otra alternativa. Esta operación la viene repitiendo cada mañana cuando regresa del primer rezo desde hace más de cincuenta años. Luego, también invariablemente, coloca la mercancía que va a exponer bajo el techado, entre las dos columnas, y da un repaso a lo que deja en el interior de su pequeño bazar. Cuando acaba de distribuirlo todo, se arremanga la chilaba, se sienta en el bordillo de su local y con la mano sobre la frente dormita cerca de una hora hasta que llega Hamid con su té de la mañana y unos churros envueltos en papel de estraza. Con parsimonia abre el cartucho, lo extiende sobre el suelo, el papel ya manchado por el aceite, y sitúa el vaso con el té hirviendo al otro lado. Tras un largo minuto de aparente meditación, da el primer ruidoso sorbo al té con flor de azahar y a continuación mordisquea uno de los churros. Es uno de los pocos placeres de los que disfruta durante el día.

   El silencio del Zoco Chico a esa hora de la mañana lo abraza de manera cálida, como si se tratara de una mujer que lo esperara con las primeras luces del alba para darle un beso de bienvenida. Mientras tanto, sus pequeños ojos negros olisquean a los que van llegando a ese pequeño rincón de Larache. Los reconoce a todos. Sabe de qué pie cojean, la mayoría son hijos de viejos compañeros del Istiqlal, y también conoce los secretos más recónditos de sus familias. Si contara todo lo que sabe de la gente de la Medina… Pero Abdeslam se limita a observarlos, a seguirlos con la mirada, a adivinar qué es lo que van a hacer a continuación. La mayoría, como él, también tienen sus manías y sus rutinas que se repiten una y otra vez.

   Cuando el sol despunta por encima de los edificios y cae tímidamente sobre su cabeza es cuando recoge el papel de estraza ya sin restos de los churros, lo arruga, coge el vaso de té también vacío y se refugia en el interior del diminuto local. Le gusta entonces envolverse con el olor del cuero y del hierro, de la plata y del oro, de la lana y de la piel de cordero. Su microcosmos está lleno de pequeños objetos y de grandes sueños, aunque estos últimos, desde que Mariam falleciera, yacen adormilados en no sabe dónde.

   Suele haber poco movimiento en el Zoco Chico durante la mañana. Si tiene suerte puede que baje algún nuevo cliente de la Maison Haute. Son visitantes acaudalados en su gran mayoría, pero son pocos y bastante rácanos a la hora de comprar. Además, en general, prefieren marcharse a Asilah para hacer sus compras, tal vez porque es un pueblo diseñado para turistas, pero eso es solo una presunción. Él prefiere a los que vienen del Hotel España. Son otro tipo de visitantes que buscan lugares más auténticos y, si se trata además de descendientes de larachenses españoles, sabe que tiene una venta segura. Lo de ser paisanos los enternece y flaquean a la hora de regatear y comprar algo. Para ellos en especial guarda pequeños anzuelos que sabe que les atraerá sin remedio, como unas botellas vacías que pertenecen a otro tiempo con logos grabados en los que puede leerse D.M.Ariza y Bengoa o bien Propiedad Montecatine Hnos., y en ambos casos también grabado el nombre de la ciudad de Larache bajo el título comercial, unas de vidrio azulado y otras esmeralda, y también les reserva pequeños programas de mano con títulos que se estrenaron hace mucho en el cine Ideal o en el Avenida… 

Sergio Barce

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FRAGMENTO DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE

Una puerta pintada de azul, mi nuevo libro, se compone de ocho relatos, con el común denominador de Larache como lugar donde se desarrollan las historias, salvo uno que transcurre en parte en una casa de Tánger.

Aquí os dejo un fragmento del libro, el comienzo del segundo de los textos que lleva por título Las mujeres de mi padre.

LAS MUJERES DE MI PADRE  

Mi abuela Salud. ¡Ah, mi abuela! Es de esas personas de las que has escuchado hablar toda tu vida y que lamentas no haber podido tener a tu lado. Murió mucho antes de que yo naciera. Y sí, habría dado cualquier cosa por haberla conocido, porque ella es la heroína de la familia, nuestra Kahina.

Se llamaba María Salud Cabeza y era originaria de Cádiz. Llegó a Larache con mi abuelo, que provenía de una acaudalada familia que se había arruinado tras varios negocios calamitosos. Recalaron en Marruecos en busca de un nuevo horizonte y de una vida mejor. Sí, los españoles eran quienes a principios del siglo pasado cruzaban el estrecho en sentido inverso.

Ya en Larache, mi abuelo paterno entró a trabajar en un establecimiento llamado La bandera española, donde se convirtió en uno de los empleados más fieles y cumplidores, pero también en un hombre demasiado serio e introvertido. Era la cara opuesta a María Salud, una mujer vibrante, llena de vida y divertida. Por supuesto, ella era la que llevaba los pantalones y la que dirigía la vida familiar, y en el barrio de Las Navas se convirtió en todo un personaje. Además de sus tareas domésticas, era la matrona del barrio, e incluso hacía las funciones de practicante. Cuando recibía un aviso, se arreglaba ceremoniosamente y cogía su maletín de cuero negro, en el que siempre tenía todo su instrumental preparado, y atravesaba las callejuelas del barrio resuelta a cumplir con la faena. Y le daba igual de quién se tratase. Atendía por igual a una mujer musulmana que a una hebrea o a una cristiana, y, si se trataba de gente humilde, rechazaba que le pagasen. La mayoría de los niños que correteaban por Las Navas habían nacido gracias a su ayuda. Su influencia, por tanto, se extendía más allá de los confines de su casa. Y así se ganó el respeto de todas esas familias.

Mi padre me relata anécdotas de ella y lo hace con un orgullo contagioso. Una de las historias que protagonizó y que más me fascinan tuvo lugar curiosamente frente al que años más tarde sería su consuegro, sin que ninguno de los dos supiese en ese instante que sus vidas se entrelazarían más adelante. El incidente ocurrió poco después de finalizar la guerra civil española…

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FIRMANDO EJEMPLARES DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL»

Pese al frío y a las mascarillas, inmensamente feliz con la cantidad de lectores que ayer lunes se animaron a acercarse a la Librería Proteo, de Málaga, para que les firmara mi nuevo libro ‘Una puerta pintada de azul‘, tal y como recogió mi amigo Alfonso con su cámara mientras aguardaban turno.

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No puedo recordar a todos los que pasaron por allí, pero sí mencionar a Musta Kadda, Nuria Rico, José Andrés Salazar y María José, Inma y Charo, Pablo y Sergio, Elisa González y Pepe, Enrique Lobera, Pepe Mayo, Pilar y Cristóbal Jarillo, José Luis Rosas, Javi, Jose y Juan Carlos, Antonio Berrocal, Alfonso González, Carlos Postigo, Ricardo Fdez Palacios, Dolores Campos, Alfonso Muñoz, Miguel de San Nicolás, Carlos Martín, Miguel Losada… En fin, muchísimos amigos y lectores. Gracias a todos.

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