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«MI AVIÓN HERIDO», UNA NOVELA DE MARIO CASTILLO

MI AVIÓN HERIDO portada

La imagen del silencio, novela con la que Mario Castillo ganó el Premio de Narrativa Feria del Libro de Almería, me descubrió a un escritor inmenso. Ahora, veinticinco años después, su última novela Mi avión herido, ha sido galardonada con el Premio de Novela María Zambrano de Málaga, y me ha reafirmado en mi idea: es un narrador excepcional, y que, además, ha crecido con los años.

“…Me acerqué a la puerta de la primera cuadra, la más cercana a la cafetería, en donde el Indio dormía. Golpeé con los nudillos suavemente. No hubo respuesta. Volvía a intentarlo. Nada se movió tras la puerta. Esperé un instante y golpeé de nuevo, esta vez más decidido. Ya he terminado, susurré. Oí ruidos de muelle de somier viejo, un carraspeo y unos pasos dudosos acercarse. El Indio entreabrió la puerta y me miró como si no me conociera. Tenía mal aspecto, ojeras, el pelo enmarañado y no se había preocupado de cubrirse como otras ocasiones. La mano derecha sostenía la puerta a medio abrir, la izquierda se mesaba la larga melena. Durante los segundos que duró su desconcierto, me afané en asomar una mirada furtiva entre las sombras. Ya he terminado, le dije. No pareció haberme entendido. No sé ni siquiera si me oyó. Frunció el ceño y levantó la cabeza hacia el cielo ya casi amanecido. Me volvió a mirar a los ojos y me sorprendió escudriñando el interior a sus espaldas. Me sentí cazado y aparté la vista. Le miré a los ojos con mucha concentración. Ya he terminado, le repetí. Siguió ignorándome mientras me miraba largamente. Giró la cabeza ligeramente hacia el interior, pensativo. Después se sonrió cómplice y tras un breve asentimiento para sí mismo, abrió la puerta de par en par sin dejar de mirarme a los ojos. La escasa luz del amanecer se deslizó por el suelo de albero hasta llegar a los pies de la cama. Para mi sorpresa, aquello no parecía una cuadra. No había comedero y aunque las paredes eran de tabla como las demás, estaba decorado con algunas fotos y pósters de caballos, aperos de labranza, una silla de montar y algunas herraduras colgadas de alcayatas. Su cinta del pelo pendía de un perchero de hierro sobre el cabecero. Una chica joven, casi adolescente, de pelo muy corto como el de un muchacho, estaba tumbada desnuda en la cama. La penumbra dejaba ver una piel muy blanca que contrastaba con el pardo de la manta que se arremolinaba contra la pared de madera de la cuadra. Tenía los pechos muy pequeños y el vello púbico negro azulado y brillante, coronaba unas largas piernas de bailarina. Algo se movió junto a la cama. Fue entonces cuando vi a la segunda chica. Esta otra de pelo rubio y media melena, algo más robusta de carnes y pechos grandes, se removía sobre un jergón en las sombras. Parecía desperezarse, pero ya no me atrevía a mirar más y le devolví la mirada a los ojos del Indio que continuaban clavados en mí. No había perdido la sonrisa juguetona y sorprendida…”

Cuando acabé de leer este nuevo libro, sólo le envié un escueto WhatsApp para que supiera que ya lo había acabado. Mario sabía que lo estaba leyendo. Hablamos hace un par de días. Le había llamado, pero, al no responderme, imaginé que estaría volando. Acerté. Me devolvía la llamada nada más tomar tierra. ¿Qué te ha parecido? Me espetó, con la respiración entrecortada. Le ocurre cuando está ansioso. Le dije que no hubiera podido hablar al acabar con su novela, me sentía entonces demasiado emocionado, y que, por ese motivo, me limité a mandar ese corto mensaje. Con esa frase, Mario comprendió que su libro me había fascinado. Además, añadí antes de que me dijese nada, he volado con sus páginas. Podía imaginar su cara al oírme decirle esto. Estaría sacando pecho como un gallo en su corral.

Mario Castillo tenía algunas heridas en su vida, y además mantenía una deuda pendiente. Mi avión herido le ha servido para abrirse en canal, curarse de alguna manera de esas heridas y saldar esa deuda. Me ha impresionado su desgarro porque conozco la envergadura de la cicatriz que ahora se cierra.

Mario tiene la capacidad de usar el lenguaje como si fuese el dueño del diccionario. Lo hace fácil, pero sus adjetivos, sus sustantivos, su sintaxis, no son en absoluto simples. La riqueza de sus armas es inagotable. Mario Castillo, voy a decirlo, aunque seguramente le incomode, es un hombre culto. Sus conocimientos rezuman a borbotones cuando mantienes una conversación con él, las ideas le brotan con tal rapidez que, a veces, las palabras se le atropellan. Sus alumnos dan fe de ello. Me hubiera gustado ser su alumno, aunque me conformo con ser su amigo. En su libro se asoma ese hombre instruido y cabal.

MARIO CASTILLO foto de Diario de Sevilla

MARIO CASTILLO foto del Diario de Sevilla

Y es que, en Mi avión herido, Mario combina exquisita y sabiamente varias historias y varias épocas de su vida. Por un lado, nos desvela la más sangrante de sus heridas abiertas, que trata de cerrar, que logra cerrar: la muerte de su padre. Una muerte que es inesperada, previsible, dolorosa, devastadora, violenta. Una muerte que sumió a Mario en un mar de preguntas y en un remordimiento que le ha perseguido durante años. Por otro, las pesadillas de aquel terrible accidente de Spantax en Málaga al que él acudió para ayudar en las tareas de salvamento. Otra experiencia vital ésta, pero también desgarradora. Por último, una explicación pendiente a sus hijos: muchos por qué en el aire, que Mario necesitaba responder, aunque ellos no hubiesen formulado las preguntas. Con estas páginas, también paga esta deuda con la que estaba hipotecado.

Pero, ¿por qué ahora? El detonante de esta magnífica narración fue un ataque al corazón que llevó a Mario al borde de la muerte… Esa es la puerta que se abrió a una resolución definitiva: enfrentarse con el pasado, afrontar el futuro.

“…Sin embargo, mi espíritu desasosegado y mi incapacidad física para estarme quieto han impedido, afortunadamente, que me haya convertido en oficinista o sepulturero. Fue durante esos mismos años de infancia cuando me senté con mi padre por primera vez a los mandos de un avión. Arriba, a miles de pies sobre las sombras, en la cabina de una PA28, miré el panel de instrumentos, alcanzable, ajustado a mi cuerpo como un traje de látex, y volví a sentir el ardor en el pecho, esa mezcla de quietud y de zozobra que solo me ofrecían los momentos felices, la clausura de mis cajas de cartón o el escritorio de mi padre. Alcé la mirada hacia las nubes altas en el horizonte y la bruma que me impedía ver la tierra. Me llegaba el sonido grave del motor, taladrado por los bips bips bips agudos de la identificación en morse de una baliza. Avión tuyo, dijo mi padre…”

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De forma que, desde estos cuatro puntos cardinales (el abismo de la propia muerte, cercana y real, la amarga muerte de su padre, los pasajeros calcinados en el Spantax, desvelar los fantasmas más íntimos a sus hijos), Mario Castillo traza su plan de vuelo y nos lleva en su avión herido.

Le dije a Mario: me has hecho volar. Y es cierto. Las páginas de esta novela te llevan por los cielos, sientes lo que el piloto narrador te describe, sientes los mandos, sientes el placer, sientes el miedo.

Junto a Mario Castillo, pisé los restos del Spantax, y me sentí abrumado por ese paisaje de horror; volé por los cielos a su lado, como si llevara una vida haciéndolo; acudí al sepelio de su padre y me embozó la desorientación del piloto que Mario es, perdido en una ruta desconocida; pasé instantes placenteros con sus abuelos (su abuelo me recuerda al mío, se parecen en tantos detalles que me ha sorprendido el comprobarlo) y correteé con el pequeño Mario por el campo; descubrí a su lado el sueño de la aviación cuando despegó pilotando un coche; vi a través de su imaginación lo que sus ojos no llegaban a descubrir en la penumbra del cuarto del Indio (cómo he disfrutado las páginas de su infancia, los días del Ranchito); regresé con Mario al triste pasado de su abuelo encarcelado en el campo de concentración de Torremolinos (la crueldad sin límites que hubo de soportar antes de acabar ese infierno), que me emocionó, como tantas otras cosas; pisé la pista del aeropuerto como si fuera uno más de los pilotos y de los técnicos que pululaban cerca del hangar; me perdí entre la lluvia y sentí miedo, mucho miedo; lo acompañé durante unas horas en la habitación en la que lo habían ingresado, mientras respiraba a duras penas, hasta que Auxi entró y, sigiloso, me escabullí para dejarlos a solas…

Hay también mucho amor en este libro. Me conmovió la relación con su padre, los silencios, las palabras nunca dichas. Curiosamente, el sábado pasado hablé con mi padre, y lo hice más de lo habitual. Mario es el culpable. Se lo agradezco.

Hay muchas páginas en las que se describen varios vuelos. El del horror del Spantax, el de la ilusión cuando se aprende, el de la felicidad plena al volar por primera vez, el del terror al ser consciente, irremediablemente tarde, que no se han cumplido los protocolos, el del último viaje con el avión de tu vida… Pero cuando Mario Castillo se demora en los detalles técnicos, en las maniobras, en las explicaciones primorosas de cada uno de esos vuelos, no habla sólo de lo que parece a simple vista, Mario nos está mostrando algo más: nos habla de él, abriendo de par en par su interior. Hay mucho que desvelar, todo lo que se había prometido descubrir a sus hijos para que supiesen quién es él en realidad. Ha sido un acto de valor.

“…Autorizados a descender directos a Andraitx a mil pies. Preparé el avión y reduje un poco de motor para dejarlo planear suavemente hacia la isla que ya cubría todo el horizonte frente a nosotros. Canturreando su canción inventada, y moviendo el cuerpo como si estuviese poseído, mi padre tiró de la palanca de gases y el avión empezó a descender a quinientos, setecientos, mil pies por minuto en el variómetro. Entonces, en medio de su estribillo desafinado, gritó:

-¡Yuhuuuuuuu! ¡Deja que el viento nos lleve! ¡Vamos! ¡Deja que el viento nos lleve!

Nivelé el avión a mil pies sobre un mar encrespado de olas blancas y rotas cuando teníamos la costa norte de la isla prácticamente frente al morro del avión. De pronto se quedó en silencio, sonriente, pensativo. Nos miramos cómplices un instante y dejamos que el avión se aproximase a los acantilados.

Ese es nuestro lugar de encuentro, el puerto de arribada que me permite la memoria. Arriba, a miles de pies sobre un mar embravecido y distante que arrastra desde el norte una violenta tramontana. Desde entonces cuando establezco régimen de crucero y permito que mi avión se estabilice, cierro los ojos un instante y tras el rugir apagado del motor todavía puedo oír su canturreo entusiasmado. Es allí arriba en donde sigue oculto, donde me espera cada vez que asciendo en su busca, el paraíso de los vivos. Por eso creo que nunca vino a ocupar una silla a la mesa del salón de los muertos. Es allí arriba donde lo encuentro, en cada vuelo. Hasta que un día me enfrente a mis aguas de Toulon, mis balas, mi cordero. Mientras tanto, esperaré paciente sobrevolando la línea del horizonte que me marca el instrumento de mi avión. Donde la luz no proyecta las sombras de un cuerpo que no es mío. Sobre la línea del horizonte…”

Si te hubiese llamado al acabar la novela, no habría podido articular una palabra. Eso también se lo dije cuando hablamos por teléfono. Y es que el último capítulo del libro es el capítulo perfecto para cerrar esta historia. No voy a desvelar nada, pero es sublime: sencillo, emocionante, donde el principio y el fin, el futuro y el pasado se dan de la mano. Es como si te dejara de pronto los mandos del avión, sin avisar… Y vuelas.

-November-Xray, autorizado a despegar pista uno-cuatro… -escuché cuando cerré la novela. Y volé como los pilotos de antes, sin GPS, con una vieja brújula como compañera y dos o tres referencias que Mario me había indicado poco antes de subir.

Sergio Barce – agosto, 2016

Mi avión herido se ha publicado por etclibros El Toro Celeste, Málaga, 2016.

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Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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idea de carlos nieto

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A CONTINUACIÓN, MÁS IMÁGENES…

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «LA BELLEZA», UNA NOVELA DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE

Ayer presenté la novela de Miguel Torres López de Uralde, La belleza, galardonada con el Premio de Narrativa Francisco Ayala de este año, en el Centro Andaluz de las Letras.

A continuación, os reproduzco mis palabras, a la que siguió un ameno coloquio, en el que intervinieron muchos de los asistentes. 

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce  (Foto: Víctor Pérez)

 “La única obsesión del hombre es la memoria de su pasado, no su pasado real.”

“El delito no afecta en nada a la culpabilidad.”

Entré en La belleza sin saber qué iba a encontrarme. Me temía una novela críptica, seguramente seria y, por supuesto, muy filosófica; quizá una especie de tratado disfrazado de relato acerca de la belleza desde un punto de vista estético. Pero cuando llevaba apenas unos párrafos, me di cuenta de que Miguel Torres López de Uralde me estaba embozando con su aparente sencilla narrativa, y comenzaba a crearme una especie de angustia vital, incluso notaba una cierta ansiedad.

Sus palabras me introducían en la vida del protagonista: un maduro profesor y poeta en el declive de su vida, que, asediado por el comienzo del Alzheimer y obsesionado con la trágica muerte de su mujer, parecía abocado a un final inmediato, y quizá por ello había decidido que el poemario que acababa de escribir sería también su última obra.

En apenas dos o tres páginas, Miguel ya me había convertido en cómplice de ese hombre del que apenas sabía nada, pero al que por alguna razón comenzaba a comprender.

La forma de narrar de Miguel me sumía en una profunda inquietud. La trama iba dando pequeños giros, y me preguntaba qué era lo que iba a encontrarme a continuación.

Hábil, como hacía Alfred Hitchcock en sus películas, una insinuación o un interrogante quedaba suspendido al final de cada capítulo. La intriga a cuenta gotas.

Yo me iba identificando con el profesor, y sus miedos y fantasmas eran mis miedos y mis fantasmas.

Esa alumna que se presenta para forzarlo a que dirija su tesis, me planteaba serias dudas de si sería una especie de réplica envenenada de su mujer muerta o de un ángel negro venido para vengarse. A la vez, ir descubriendo el pasado del viejo poeta abría otros misterios que, en mi fuero interno, deseaba que no se confirmasen. Le había tomado afecto al profesor, y no quería que Miguel le hiciese pagar más de lo que ya había pagado.

Además de usar con acierto los resortes de Hitchcock, Miguel parecía poseer el poder de fascinación de Patricia Highsmith.

Me hizo que sospechase de Ada, la esposa muerta, y por eso llegué a pensar que fue una pérfida que ocultaba algo que el profesor no querría descubrir nunca (qué acierto de la novela que existan unas maletas nunca abiertas o un billete de avión sólo de ida); me hizo dudar de lo que hizo en su momento su mejor amigo, el gordo Fuentes, y por eso llegué a barruntarme que le habría traicionado; e incluso me hizo recelar también de Valentina, la criada, y por eso llegué a creer que finalmente acabaría convirtiéndose en algo así como la criada de Rebeca.

Pero Miguel seguía conduciéndome para que creyera lo que no iba a ocurrir, y cuando nos acercábamos al precipicio, daba un nuevo volantazo y me llevaba por otro camino.

El viejo poeta y su aventajada alumna, Elena, se convirtieron en los catalizadores de esta historia, porque, a través de la relación que se entablaba entre ellos, Miguel me desvelaba los demás misterios, como si sus encuentros se hubieran programado para cerrar algunas heridas, aunque eso significara abrir otras nuevas.

La belleza es una novela en la que no hay asesinatos o robos, ni persecuciones por el Monte Rushmore, pero es una novela con una intriga sutil, la intriga de la vida, el suspense del olvido y de la culpa. Una novela que nos plantea dilemas morales y personales, y que tiene un final cortante y amargo, pero que probablemente sea el final más lúcido.

Miguel Torres López de Uralde, me ha conducido por los pasadizos de una pesadilla real y cercana, y por ello más aterradora. Y, sin embargo, nunca ha dejado de mostrarme dónde se esconde la belleza de su narrativa.

Sergio Barce

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La belleza

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MÁLAGA – 1 DE JUNIO – PRESENTACIÓN DE LA NOVELA «LA BELLEZA», DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE

La belleza

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Este próximo miércoles, 1 de Junio, tengo la suerte de presentar la novela de Miguel Torres López de Uralde, La belleza, reciente Premio de narrativa Francisco Ayala. La presentación será a las 20.00 horas, en el Centro Andaluz de la Letras, calle Álamos, 24, de Málaga.

«Veneraba la belleza desde joven y casi nunca tuvo escrúpulos en gozar de ella cuando las circunstancias se los permitieron. Sentía que la belleza iba irremediablemente unida a la juventud: No hay nada más soberbio que lo recién estrenado, había escrito. Por eso siempre había puesto sus ojos en mujeres mucho más jóvenes, tal y como le sucedió con Ada.»

 

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«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», DE SERGIO BARCE

Aquí tenéis el primero capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Punto de Vista Editores, 2016). Una historia que navega entre Málaga y Tánger, una historia en la que el pasado irrumpe en el presente y, lo que parecía inamovible, es dinamitado por los secretos que afloran de manera violenta e inesperada.

Espero que estas primeras páginas, os inciten a seguir leyendo la novela…

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras, pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

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Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

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