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YO VIAJÉ JUNTO A ÁNGELA MOLINA, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Definitivamente, los relatos más sencillos son los que llegan más hondo y resultan ser los mejores. No es la primera vez que León Cohen me envía una pequeña exquisitez, y este cuento lo es. Entre recuerdos brumosos surge una historia preñada de lirismo, de candor, de añoranza. La figura de su padre, ese curioso viaje junto a Antonio Molina, la presunta compañía de Ángela Molina, el paisaje de Larache como telón de fondo, y las palabras bien trenzadas de León Cohen… ahí van.

Sergio Barce, febrero 2013

Antonio Molina en el Restaurante EL POZO, del Café Central, Larache – 3 de Noviembre de 1958. El hermano de Ahmed Chouirdi aparece el primero a la izquierda, con gafas. A la derecha está El Hamdouchi, padre del campeón de Marruecos de ajedrez. Foto Salvador.

Antonio Molina en el Restaurante EL POZO, del Café Central, Larache – 3 de Noviembre de 1958. El hermano de Ahmed Chouirdi aparece el primero a la izquierda, con gafas. A la derecha está El Hamdouchi, padre del campeón de Marruecos de ajedrez. Foto Salvador.

Yo viajé junto a Ángela  Molina

El recuerdo de aquel viaje entre Larache y Tánger en el taxi de mi padre me vino hace unos días. Sé que yo era muy pequeño y que en la parte trasera del coche, íbamos Ángela Tejedor, la madre de Ángela Molina, ella, que no debía de tener más de seis meses, un hermano mayor de Ángela  de dos o tres años y yo, mientras en la parte delantera conducía mi padre y junto a él iba Sigue leyendo

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LA CALLE REAL, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN

En el estupendo libro de relatos de León Cohen Mesonero “La memoria blanqueada” (Editorial Hebraica – Madrid, 2006) hay un relato sobre la calle Real en el que León despliega todo sus sentimientos hacia ese lugar tan pintoresco y especial de Larache, esa calle siempre llena de vida que todos, de pequeños, recorrimos corriendo como locos cuando bajábamos al embarcadero.

Una calle tan emblemática como llena de anécdotas, historias y recuerdos. Creo que este pequeño relato es un buen botón de muestra. Y otra pincelada más de este cuadro que estamos escribiendo entre todos sobre el Larache que cada uno de nosotros guarda en su alma, desde Driss Sahraoui a Carlos Tessainer, de Mohamed Sibari a Sara Fereres, de mis relatos a los del propio León Cohen… Pero vayámonos con él a su calle Real.

Sergio Barce, septiembre 2012

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 La Calle Real

 En mi última visita a Larache, no pude, como era mi intención, recorrer la Calle Real. He esperado largo tiempo hasta que ella misma me ha visitado para que la recree. Hela aquí una buena mañana de invierno. Con esta calle me sucede algo inusual: todos mis recuerdos se remontan a cuando tenía menos de diez años. Sobre la Calle Real llueve, han llovido siglos.

Es una calle empinada, que majestuosa, se acerca hasta la villa nueva. Es una calle humilde que desciende hasta el mismo puerto, cercano a las viviendas más pobres. Es por lo tanto una calle que sabe cómo acercar los dos mundos. Es una calle de concordia y convivencia.

En ella habitan una gran mayoría de judíos de origen español, los mismos que, seducidos por los agentes sionistas ya empiezan a emigrar y que en muy pocos años la abandonarán, para instalarse en un país ajeno en la distancia  y en la cultura. Muchos se arrepentirán toda su vida.

También son muchos los musulmanes y los españoles que conviven con los judíos. La mayoría de los españoles no sefarditas, es decir, cristianos, son pescadores de Barbate y de la Higuerita (Isla Cristina).

Viniendo desde la Calle Italia, a la derecha, una bodega profunda y oscura, que quedó fijada en mi retina, por una historia que solía contar mi padre sobre un legionario que por una apuesta se bebió una botella de coñac y cayó fulminado. Ese incidente contado tantas veces por mi padre hace parte de mi educación sentimental, fue para mí una lección práctica de las nefastas  consecuencias de beber alcohol.

Bajando unos metros, la tienda de un fassi (de Fez), a donde solíamos comprar los trompos y las bolas de colores. Era un tipo tranquilo, más bien antipático y que pronunciaba la r con dificultad, a la manera francesa. 

Enfrente, el churrero, que preparaba los mejores buñuelos de la historia. ¿Cómo olvidar su sabor y su textura inconfundibles al disolverse en la boca con un buche de té moruno? Yo disfrutaba como el enano que era, llevándolos bien ensartados en una hebra de palma hasta la casa de mi abuela Luna. Todavía puedo sentir en mi mano el calor que desprendían.

Más abajo del churrero, una escalerilla que llevaba hasta el Barandillo, y adjunta al flanco derecho de la escalera la casa de Cohen, apodado «el avión», un tipo que no paraba de trabajar para que sus numerosas hijas crecieran sin necesidades. Debajo de la casa del “avión”, la sastrería de Bensason, un tipo singular.

Aquí terminaba la primera cuesta, y a partir de ese punto, la pendiente se dulcificaba un poco, convirtiéndose la calle por unos metros, en más transitable. En ese descansillo, dicho en argot ciclista, quiero recordar alguna zapatería y una peluquería, además del lugar de reunión y descanso de los «camalos» judíos, entre los que destacaría a Jaidaued. Según he podido saber más tarde, la mayoría de estos cargadores venían, como mi abuelo, de Debdou. Eran hombres de una fuerza poco usual. 

Luego la calle volvía a recuperar su pendiente hasta llegar a la casa del mecánico dentista León Oziel, padre de muchos hijos, los dos más pequeños amigos míos, y que enviudó de Messody, su mujer, antes de emigrar a lo que entonces se llamaba Palestina. Era un tipo alto, erguido y con mascota, azul o negra según el caso. 

Desde la casa del mencionado dentista, partían dos bifurcaciones, una justo enfrente, que también quiero creer que desembocaba en el Barandillo, a la altura del Hammam, la otra era la callejuela que conducía hasta la sinagoga a la que asistía con mi padre únicamente una vez al año, el día del Kippur.

No fueron demasiados los años en los que la visité, pero las visitas fueron intensas, todo el día allí encerrados sin comer y sin beber, oyendo unos rezos y unos cánticos de los que no entendía nada pero cuyas entonaciones no he de olvidar nunca. A mediodía salíamos a tomar el aire y recuerdo cómo los amigos de mi padre gastaban constantemente bromas sobre lo buenas que estaban a esa hora unas gambitas a la plancha o un platito de sardinas y qué decir de unos frojaldres (hojaldres) con té moruno, esa su manera de hacer más pasajero el día más largo, además de ser una expresión inequívoca del humor judeo-marroco-español (permítaseme la palabrota). Al llegar el atardecer, salíamos en grupitos, yo todavía, un mojoncín asombrado, y bajábamos hasta casi el final de la calle,  donde desde un arco se podía divisar el «advenimiento» de la esperada primera estrella, ahí se acababa por fin el martirio. No puedo olvidar la alegría de Monsieur Berros, que en tiempos fue maestro de mi padre, un hombre aquel, naturalmente afable y bromista. Era más bien bajito, enjuto y siempre vestido con una traje marrón adobado en la cabeza por una mascota tan bien acoplada que formaban una pareja inseparable. Se desplazaba con agilidad y velocidad inusuales y torcía el pie izquierdo de modo que este  parecía aspirar a zancadillear al derecho.

Antes de llegar al final de la calle, en la margen derecha se hallaba la casa de Reina «la asría», porque era de Alcazarquivír, donde residió como huésped el comandante Franco, entonces Franquito, en los años veinte.  Ella hablaba de él con cariño. 

Del resto de la Calle Real, apenas quedaban unos metros hasta la desembocadura en el Bar Royal (creo que le decían Royal Bar). Era pues un bar real para una calle del mismo nombre. En fin, qué pena que todo lo demás se haya perdido en mi memoria.

León Cohen, 15-01-2004

León Cohen


                                                                      

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RETRATO, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN MESONERO

El relato, o los diversos cuentos que conforman este relato, de León Cohen es un emotivo «documental» sobre los recuerdos que guarda de su paso por el internado de Souk el Arba. Destila cariño por ese pueblo, y sobre todo por los compañeros y los profesores que marcaron la vida de León. Efectivamente, como explica él mismo, aplica a estos relatos la técnica cinematográfica, como escribiera con una cámara al hombro, y eso los acerca de una manera mágica. Su relato sobre ese primer amor de niño rezuma ternura, pero también una bella emoción gracias a la forma como reconstruye aquel instante mágico. Casi todos hemos vivido alguna experiencia parecida. Revivirlo de nuevo se torna un pequeño placer, nos devuelve por unos momentos a los años de los sueños y de las ilusiones, y nos hace creer que por haberlo vivido  somos especiales, unos privilegiados, y quizá lo hayamos sido. Ahora sólo cabe compartir con León sus viejos sueños de antaño y sus recuerdos en Souk el Arba…

    Sergio Barce, junio 2012

SOUK EL ARBA

Retrato

Zoco el Arba : 1958-1962

¡Las doce y media! Qué hora más extraña para empezar a narrar algo,  algo cuyo comienzo data del año 1958. ¡Cincuenta y un años transcurridos! Casi nada. Siempre he creído, que relatar unos hechos anodinos que deambulan perdidos por  la memoria del autor y que a pocos o a ninguno pueden interesar, es la manera que tenemos algunos escritores de ser generosos con las personas y los paisajes que poblaron nuestro pasado. La magia surge, cuando ese intento de recreación de la vida vivida se convierte en  literatura.

Todo empezó en el <Lycée Liautey> de Casablanca, donde me examiné del ingreso en <Sixième>, equivalente al primero de bachiller. Estaba a más de trescientos kilómetros de mi casa y mis padres me acompañaron, como era natural. Aprobé aquel ingreso, pero todavía me quedaba lo más difícil, convencer a mi padre aquel verano de que me diera la posibilidad de estudiar en  Souk-el-Arba, que se hallaba a ochenta kilómetros de Larache. Era el lugar más cercano, pero no evitaba tener que ingresar como interno con  el gasto consiguiente, que en aquellos tiempos, suponía un desembolso importante para la economía familiar.

Aquel verano, por razones que aún ignoro, fuimos todos los componentes de la familia a veranear casi tres meses a Zarzuela del Monte, el pueblo de mi madre. Un verano que nunca he olvidado. Zarzuela era prácticamente una aldea de la Castilla profunda. Para mí, aquellos parajes, tan secos, tan diferentes a los de mi ciudad, supusieron una novedad no exenta de cierta y agradable sorpresa. Allí aprendí a coger los melones del melonar bajo un sol de justicia, a recorrer los campos yermos castellanos para cazar conejos o perdices con el Tío Valentín (hermano de mi abuelo materno), a montar a caballo con los consejos de mi pequeña amiga apodada <la Chata> y a padecer el dolor en la ternilla del coxis por las noches, a trillar el trigo en un trillo medieval y revolcarme en la paja, a bromear con los mozos del pueblo simbolizados por Bruno, a comer las chuches de Tía Basilia, a acostumbrarme a los olores de los establos caseros, a ir a por agua  a la fuente, a cagar en el campo… Fueron días felices, días de disfrute de nuevas sensaciones y de experiencias irrepetibles. El día que tocó volver, mientras el Mercedes 180D se alejaba del pueblo, todos, mis hermanos y yo, derramamos lágrimas abundantes de pena y de nostalgia, nostalgia de los momentos vividos. Aquel verano fue para nosotros un sueño intenso que duró demasiado poco. Dejamos amigos y amigas entrañables y vivencias únicas que nunca, desgraciadamente, volveríamos a experimentar con tanta ilusión e intensidad. 

Yo tenía once años apenas, y cuando se acercaba el comienzo del curso, usé toda mi capacidad de convencimiento para que mi padre aceptara mi petición de estudiar fuera, tal era mi deseo de proseguir mis estudios. El estudio se manifestaba ya como mi gran vocación. Gracias a la intermediación de mi madre, lo conseguí, y así empecé a construir mi vida, sobre esa base que nunca habría de abandonarme. Siempre he pensado que salvo contingencias imponderables, cada uno de nosotros, con nuestra voluntad y decisión,  somos los labradores de la mayoría de los surcos que jalonan nuestra existencia y que, por tanto, el azar tiene muy poca incidencia. Somos, en definitiva, lo que hemos querido ser.

Souk el Arba o Soukel o Zoco el Arba  (el zoco del miércoles), era un pueblito de la llanura del Gharb, bañada por el caudaloso río Sebou, un pueblo, por lo tanto, de agricultores y campesinos, y uno de los centros agrícolas más importantes de Marruecos, que en época muy reciente había pertenecido al Protectorado Francés. Conservaba como herencia de aquella relación, un <cuasi liceo> francés perteneciente a la <Mission Universitaire et Culturelle Française>, en el que se podía estudiar hasta <Troisième> o cuarto de bachiller. A final de los estudios se podía obtener, mediante el examen correspondiente, el <Brevet d’Études du Premier Cycle du Second Degré> (BEPC), una especie de reválida, que en aquellos tiempos era un título con cierto prestigio  y una garantía para quien lo poseía. 

El pueblo que tengo en mi memoria se hallaba situado a orillas de la carretera general que unía Tánger con Casablanca. En esa carretera confluían tres pequeñas vías que podían alcanzar casi, el denominativo de avenidas, avenidas éstas que recorrían todo el pueblo. De aquel pequeño pueblo y de aquella época, me resulta fácil recordar los apellidos de algunas familias, como los Barcesat, Bousbib, Elbaz, Malka, Benoudiz, Soudry, Moussaoui, Moulay Taieb, Bouchta, Tetouani, López… José López o Joselito el Herrero, era un cordobés, bajito, siempre muy arreglado y perfumado, vestido con una sahariana azul marino, camisa blanca y corbata a juego. Recuerdo sobre todo el tono de su voz y su peculiar acento, inconfundible e inolvidable. No es difícil imaginar que había escapado a la zona francesa durante la guerra civil. El ambiente de aquel pueblo era relajado y tranquilo, además de ser palpable cierto bienestar económico.   

Nuestro internado era parte de un complejo escolar integrado por las aulas del colegio, las oficinas y las instalaciones deportivas. Las aulas estaban todas dispuestas en fila, desde párvulos hasta <troisième> (un total de diez aulas, muy amplias y con grandes ventanales), y se extendían sobre un extremo lateral del colegio, separadas de las oficinas, situadas en el ala lateral  enfrentada, por un extenso campo de unos cuatro mil metros cuadrados. El internado, propiamente dicho, que se hallaba en el otro extremo, justo detrás de las oficinas,  comprendía dos dormitorios de una sola planta, uno para las chicas y otro para nosotros, separados por el comedor o refectorio. A partir de las cinco de la tarde, todas las instalaciones del colegio quedaban a nuestra disposición. La vida del interno es ante todo una vida gobernada por el orden y la disciplina, dos valores nada despreciables. Después de siete años en distintos internados, considero que las experiencias allí vividas conformaron de algún modo mi manera de ser y de sentir, no creo sin embargo, que éstos sean lugares recomendables para reforzar la educación. No obstante, nuestro internado tenía un valor añadido indudable, era mixto, y eso hizo que la convivencia y  las vivencias, cobraran aspectos muy singulares y enriquecedores que, pasado el tiempo, he podido calibrar en toda su dimensión. Aprender a apreciar y a conocer a las mujeres desde niño, en sus facetas más diversas, como compañeras y amigas, más allá de las relaciones <unidireccionales> que impone el género, es toda una lección de convivencia y de vida que todos los seres humanos deberíamos recibir. Eso templa el machismo y agudiza la sensibilidad. Entre aquellas compañeras, amigas y maestras de mi vida, puedo recordar con cariño y admiración a Esther, Simy, Elsa, Geneviève, Antoinette, Marie-Thérèse, Flora, Carmen, Gisèle, Denise, Dalia, entre otras muchas. 

Nosotros los internos, siempre distinguíamos entre internos y externos al referirnos a algún compañero, como una manera de expresar que tal o cual persona era o no era de los nuestros.

Por una razón evidente, rara vez las relaciones interno-externo iban más allá de cuestiones relacionadas con los estudios. Aunque yo tuve la suerte, de alcanzar a ser bastante amigo de algunos externos que llegaron incluso a invitarme a sus casas en ocasiones determinadas y donde fui atendido de manera exquisita. La hospitalidad tanto de judíos como de musulmanes, dejaría en mí una huella indeleble para el resto de mi vida. En Marruecos, el huésped es el rey de la casa y como tal ha de ser tratado, algo que Occidente parece haber olvidado tiempo ha.

LEÓN COHEN MESONERO

La única salida que hacíamos los internos durante la semana era la <promenade> del jueves, en que nos llevaban después de comer, en filas de dos a un campo situado a las afueras del pueblo. Era un  lugar de recreo donde algunos jugábamos al fútbol, las chicas paseaban, bueno aunque entre las chicas había de todo, como Denise Segura, aquella hermosa rubia, capaz de correr y saltar más que cualquiera de nosotros… Recuerdo una sed desesperante, que convertía en interminable el camino de vuelta, y las discusiones <futboleras> con mi amigo Pepe Jiménez que duraban todo el trayecto. Los viernes, los pocos internos que por la lejanía de nuestras casas no teníamos más remedio que quedarnos, teníamos cineclub, donde casi siempre proyectaban películas de los grandes genios del humor, como lo fueron sin lugar a dudas, Harold Lloyd, Charlie Chaplin, Buster Keaton o Stan Laurel y Oliver Hardy . Aquellas películas contribuyeron a enriquecer nuestra cultura cinematográfica además de hacernos pasar unos momentos distendidos donde las risas eran continuas. A mí personalmente me desternillaba la expresión de atolondrado de Laurel, un cómico irrepetible. En ocasiones, también proyectaban algunos clásicos antiguos, de cinemateca,  protagonizados por los grandes actores franceses como Raimu o Simon.

Quizás, llevado por una pasión y una visión cinematográfica de la vida, cuando he intentado revivir mis recuerdos, casi siempre he tendido a convertirlos en escenas de cine, en auténticos cortos, porque siempre he visto en el cine a la más perfecta imitación de la vida, incluso por encima de la literatura. Las escenas que a continuación describo, surgieron para retratar momentos irrepetibles, que reflejan la manera en que, el ambiente y las personas, dejaron en mí su marca durante aquellos cuatro años de internado. 

 Escena 1: De cómo nació mi amistad con Maklouf L.

Una mañana de octubre de 1958, el primer día de clase, en nuestro primer recreo, busqué un lugar en el patio donde dar rienda suelta a mi pequeña melancolía. Más que patio era un campito de unos tres o cuatro mil metros cuadrados, con árboles y sin pavimentar, lo cual le daba cierto aire de parque de esparcimiento. Yo estaba taciturno, como cualquier niño que se siente desubicado en un lugar nuevo y extraño, cuando, de repente, oí una voz cálida y amistosa: era un compañero de clase que se interesaba por mi situación. Su apariencia y su actitud me infundieron una mezcla de confort y de bienestar que agradecí para siempre. Sin saberlo, aquel encuentro fue el inicio de una entrañable amistad que duraría tres años, hasta que Maklouf abandonó Marruecos. Durante aquellos años, compartimos meriendas y aficiones como el atletismo o el fútbol, así como interminables conversaciones sobre un mundo que empezábamos a conocer. Comentábamos con ánimo, nuestras marcas en velocidad o salto de altura y él me daba consejos sobre cómo mejorarlas. También, no faltaba más, nos deteníamos en elogiar las cualidades de tal o cual jugador de fútbol de la época. Sin embargo, lo que más huella dejó en mí de aquellos primeros meses de amistad incondicional, fue la manera magistral con la que Maklouf me introdujo en aquel mundo mágico que sería para mí la mitología griega y sobre todo la IIiada de Homero. Como un maestro de la épica, relataba con una parsimonia que aún hoy me sorprende, cómo, para vengar la muerte de su hermano Héctor, que era  el más valiente de los hijos de Príamo, y el guerrero más poderoso de toda Troya, el incomparablemente bello Paris, disparó su flecha con tal puntería que el invencible Aquiles cayó fulminado. Describía a aquellos personajes con mucho cariño y todo lujo de detalles, se detenía cada vez que mencionaba uno nuevo, como dibujando su retrato muy lentamente, midiendo los tiempos y acompasando gesto y palabra. Explicaba quién era y cómo era, de manera que para mí, la imagen de los personajes de Homero fue para siempre la que me transmitió mi amigo. Tanto es así que, inevitablemente, los troyanos siempre serían los buenos, y los griegos comandados por el terrible Agamenon los malos. Aunque todos se me aparecían con un halo de divinidad, de fuerza y de belleza, que la voz cálida y el estilo lento y ampuloso en ocasiones, de aquel contador singular contribuyeron a reforzar. Yo me sentía diminuto ante un cuentista de tal dimensión. Nadie hubiera jamás podido imaginar, que aquellos dos niños de apenas doce años, que caminaban tranquilamente por el recreo, fueran discípulos del genial Homero. A través de ML también entraron y se instalaron en mi vida todos los dioses del Olimpo. Así, la mitología griega se convirtió en un vínculo entre nosotros, que no sólo nos entretenía, también nos unía.

SOUK EL ARBA

Más tarde, mi amigo, que vivía muy cerca en Mechra-Bel-Ksiri, me contaría que él era hijo de personas muy mayores, sobre todo su padre que, casualidades de la vida, había sido compañero de infancia de mi abuela en Larache. Su padre, apodado <el Mismisi> era un buen bebedor de <cachacha>, o <magia>, un aguardiente casero que él mismo, como buen judío marroquí, preparaba. Maklouf  fue sin duda, el gran amigo  de mi primera adolescencia.

 Escena 2: Aquella hermosa tarde de Abril de 1961

Acababa de mojarme un poco las manos y había aprovechado para beber. Eran las cinco o las seis de la tarde de un domingo del mes de Octubre de 1960. Como cada Octubre, éste era para mí el tercero, los internos nos incorporábamos al nuevo curso. Era en Zoco el Arba, un pequeño pueblo del interior de Marruecos,  en la llanura del Gharb,  cuya población europea  estaba formada por colonos, dedicados en su mayoría a la agricultura. También vivían allí algunos republicanos españoles refugiados. Me di la vuelta y la vi por  vez primera, no pude evitar detener mi mirada en ella. Aquel rostro <pluscuamperfecto>, me dejó anonadado, estupefacto.  Desde aquel instante supe que estaba enamorado, acababa de cumplir catorce años y vaya si fue fuerte el impacto. Ella me miró sin verme, me sentí como un pequeño lagarto observado por una diosa.

Habían pasado seis meses desde el día del  hechizo, era el veintitrés de Abril de 1961. ¿Cómo olvidar aquella fecha? En aquellos meses debieron de ocurrir multitud de incidentes, como por ejemplo, que ella aprendió mi nombre de pila, que sus múltiples pretendientes me contaban sus escarceos y sus asaltos sin éxito a mi pequeña reina devenida más cercana. Yo, seguro de que ella sólo podía ser mía y sorprendentemente a un tiempo atemorizado por la impenitente duda que siempre subyace en estos casos, sonreía a mis rivales sin mostrar interés, mientras, esperaba mi momento, como el cazador que conoce la guarida del lobo y disimula ante sus competidores. Confieso, transcurrido tantos años, que demostré una gran astucia y prudencia para mi corta edad.  Nunca más tarde, he vuelto a tener  esa  habilidad de jugador de póquer. Aquel día, del que no recuerdo muy bien si era viernes o sábado como tampoco atino a recordar por qué aquel fin de semana ella se quedó en el internado, aunque  poco importa para lo que voy a contar.

Debían de ser las seis o las siete de la tarde de aquel día de hermosa primavera. Íbamos a entrar a la clase de <permanence> para repasar un poco antes de cenar. Ella se me acercó y me dijo algo que no recuerdo, aunque todavía se me acelera el corazón y me tiemblan las piernas de puro vértigo. No sé si alguno de nosotros o los dos, lo habíamos premeditado o si ocurrió de manera espontánea, pero acabamos sentados en el mismo banco, a pesar de que la clase estaba medio vacía. La luz de la tarde conservaba aunque atenuada, algo de la fuerza del día. La primavera, en aquella zona del país,  era un regalo de vida naciente, de belleza, de luz, de ruidos y de olores agradables que nunca he podido olvidar. Me costaba trabajo creer que pudiéramos estar tan cerca y tan juntos. Cada  vez que nos mirábamos,  todo a nuestro alrededor desaparecía como si sólo los dos pobláramos aquella clase. El verde de sus ojos era un mar infinito de dulzura. Embelesados, dejamos pasar algunos minutos, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. No recuerdo como ocurrió, pero intuyo que a partir de un cierto momento, me dije que no podía dejar escapar aquella ocasión, me armé de valor y debí pronunciar dos o tres palabras parecidas a: <je voulais dire que je t’aime>. Recuerdo como ella,  supongo que llevada por la emoción, quizás en un intento de mostrarme su apoyo y de arropar mi inseguridad, tomó mi mano y la arrastró suavemente hasta hacerla reposar bajo la suya sobre la mesa del banco. Sonrojados, con un ligero temblor en todo el cuerpo ,embargados por la euforia y por la intensidad de la situación, permanecimos unos interminables e inolvidables minutos en silencio, mi mano en su mano, su mirada en la mía, como tratando de apurar y quizás de inmortalizar aquel momento. Se llamaba Flora Benet, era tierna, hermosa y rubia como Afrodita.    

SOUK EL ARBA

                                        Escena  3: Escena de refectorio

Era una escena digna de una película de Elia Kazan. Sentados a oscuras, cada uno en cada una de las tres mesas octogonales del refectorio de los mayores, en un salón que no debía de tener más de 100 metros cuadrados, como si los tres protagonistas se hubieran puesto de acuerdo previamente en la escenografía. Parecía un ensayo  y sin embargo así se habían dispuesto de manera aparentemente espontanea. Ciertamente daban medio.

Clair era del 41 o del 42, Paco Hidalgo del 40 y Rattazi del 43. Clair era enorme, alto y delgado, rubio y con aspecto desenfadado, más que andar, arrastraba las piernas y casi siempre portaba un pullover marrón que le llegaba muy por debajo de la cintura cubriendo gran parte de sus vaqueros. Paquito no medía más de un metro sesenta, era el mayor, y se había granjeado el respeto de sus compañeros, porque era reflexivo y muy amable además de ser muy firme en sus decisiones. Rattazi, el más joven, era también el más temperamental  y parecía el más violento quizás porque su fuerte complexión y su timidez excesiva nos imponían a los más pequeños, la realidad era que siempre fue de trato gentil con nosotros.

Habíamos terminado de comer, era mediodía y todos habíamos abandonado el comedor excepto ellos tres, que eran del grupo de los más mayores, eran alumnos de <Troisième>, una especie de cuarto de bachiller que en Zoco el Arba  era  el último curso. Era el año 1958, mi primer año de internado, yo tenía doce años y aquellos compañeros de internado eran como mis mayores. Más tarde nos enteraríamos de que su actitud de aquel día, parece que premeditada, era para protestar porque la comida les parecía de muy poca calidad. La directora del internado, la oronda y dictatorial Mme G. les conminaba a salir del comedor, pero ellos cada uno en su estilo, se negaban de manera cada vez más agresiva. La tensión iba in crescendo y todos los internos esperábamos expectantes a que alguno de ellos cometiera alguna barbaridad. Estaban o al menos parecían realmente enfadados. Una mezcla de sorpresa, pánico, admiración y una cierta complicidad nos embargaba, mientras Clair lanzaba gritos de desesperación, presa de un aparente ataque de histeria y Rattazi emitía gruñidos como un felino en estado de alerta. Únicamente Paquito mantenía el tipo y conversaba con la directora. Mme G. no las tenía todas consigo, cualquier cosa podía ocurrir. La situación se prolongó algunos minutos e imagino que llegaron a algún tipo de acuerdo, aunque no puedo recordar cuales fueron las consecuencias para los rebeldes, parece que su estrategia por esta vez funcionó. Fue mi primer encuentro en vivo con una manifestación contra  una situación injusta.

 Escena 4: <Les Carottes>

 Todavía no han dado las siete de la mañana, lo sé porque la campana no ha sonado aún. A través de los grandes ventanales, puedo oír los zureos de las tórtolas que por la mañana descansan en las copas de los eucaliptos que rodean nuestro internado. Es cualquier día de primavera en el viejo internado de Souk-el-Arba. Soy de los internos más antiguos  y siento una cierto orgullo al decirlo. Para ser un interno viejo han de pasar unos años, tiempo que no todo el mundo resiste. Hay que sumar una serie de experiencias, de castigos y de habilidades, que en este microcosmos son muy útiles. Es en definitiva un sistema carcelario con internos más jóvenes. La alcaidesa o mejor dicho la directora Mme G. es una señora gruesa y poderosa, una francesa viuda o separada que ha sabido bandearse y regir su internado con mano dura. Aquí nadie le tose. De  vez en cuando uno de los mayores le monta el número de la rebeldía en el comedor para impresionar a los más jovencitos, pero todo queda al final en agua de borrajas. A mí una tarde, casi al final de curso, también me tocó rebelarme. Y es que no me apetecía, era incapaz de comerme la ensalada de zanahorias, y muy cuidadosamente la lié en mi servilleta y la metí dentro del tubo metálico que soldado a la mesa nos servía para guardar aquella. No me había dado cuenta, Mme G. estaba plantada con los brazos cruzados detrás de mí: <Reprends tes carottes et fais moi le plaisir de les manger> dijo. Yo me negué, me torteó y me mandó arrodillarme fuera del comedor. No acepté comerme las malditas zanahorias aunque si obedecí su orden de arrodillarme. Pero a nuestra directora, le pareció corto el castigo a mi terquedad y pretendió humillarme de la manera más cruel y vergonzosa. Se equivocaba. Invitó a todas las niñas a desfilar dándome una torta. Las puso en un serio aprieto,  pues la mayoría eran mis amigas. Las ayudé. Antes de que ninguna tuviera tiempo siquiera de decidirse, me levanté, dije alguna barbaridad y salí corriendo, huí del internado. Extrañamente, no recuerdo adonde fui, ni nada más, de aquella tarde de rebeldía del año 1961.     

Este retrato quedaría incompleto, si no aludiera a aquellos profesores, que por su personalidad unas veces y otras por su  saber comunicar, dejaron en mí una traza, que pasados los años me devuelve a ellos.

 Monsieur Hiel : <De la complejidad de una incógnita llamada simplemente x>

Es el momento de recordar… Atrás quedaron ocultos en el bosque del tiempo y la memoria, momentos, paisajes, olores y personas irrepetibles e inolvidables. Puede que fueran las tres de la tarde, puede que fuera otoño cuando Monsieur Hiel se dirigió con un caminar firme y decidido hacía el estrado. Como era costumbre en él, llevaba la mano derecha metida en el bolsillo de su gabardina beige mientras sostenía con la otra mano su <cartable>  de color marrón oscuro. De complexión fuerte, de cabello rubio aunque muy escaso, usaba unas gafas de montura metálica y cristales transparentes. Nuestro profesor de matemáticas era en aquella época un hombre que debía de rondar los cuarenta. Monsieur Hiel no tenía labios, su boca podía ser fácilmente dibujada por un simple trazo de lápiz. Sin embargo tenía sonrisa, esa sonrisa única compuesta por el alargamiento de la comisura de unos labios inexistentes y por el brillo irónico de unos ojos diminutos. Puso el maletín sobre la mesa, se quitó la gabardina. Llevaba una chaqueta de cheviot bajo la que se adivinaba un chaleco verde, una camisa pulcramente blanca y una corbata indefinida, era un hombre cortado a la medida de su tiempo. Era el año 1959. Antes de empezar su clase, nos dirigió una mirada escrutadora aunque amable, era su manera de cerciorarse de que no faltaba nadie. Luego se llevó ambas manos abiertas al mentón como si de repente sintiera la necesidad de concentrarse, como si nunca antes hubiera hecho ni dicho lo mismo. Entonces pronunció unas palabras parecidas a éstas:

< -Imaginad que alguien nos preguntase el precio de una manzana dándonos como información previa el precio de diez manzanas, por ejemplo cien pesetas. Para interpretar los datos conocidos escribiríamos esta sencilla expresión matemática: 10 x = 100. Dicho de otra manera, habríamos sustituido el precio de una manzana por x, de forma que x sería como un pronombre personal universal que nos facilitaría la escritura. Es lo que en Álgebra llamamos la incógnita, el valor que no conocemos y pretendemos conocer, simplemente eso… >. Con este razonamiento sencillo y a la vez elaborado a lo largo de una ya dilatada experiencia didáctica, Monsieur Hiel nos introdujo en la misteriosa Álgebra, en una manera nueva de pensar y de relacionar entes y conceptos matemáticos. A partir de aquel día, despejar la x de una ecuación, se convertiría para mí en un reto del que casi siempre salía airoso. Así recuerdo entre luces y tinieblas la primera lección de Álgebra, pero recuerdo sobre  todo aquella <après-midi> y a Monsieur Hiel. A ese su saber comunicar y entusiasmar,  que producía en mí efectos mágicos, como esa mezcla de sentimientos tan difíciles de describir, aunque próximos a la curiosidad y euforia que experimentan los enamorados. Este pequeño apunte quiere ser un homenaje a su magisterio y a su persona.

 Monsieur Barcesat

Si traigo a colación a Monsieur Isaac Barcesat, que fue mi profesor multidisciplinar, tanto de Idioma Español, como de Ciencias Naturales y  de Jardinería, es porque era más próximo y familiar que los restantes profesores, ya que era de Larache (donde nació en 1913), por lo tanto hablaba español y era además compañero de infancia de mi padre. Estaba concluyendo sus estudios de Veterinaria cuando la Guerra Civil le sorprendió en Madrid. Debido a sus simpatías por la República, hubo de  trasladarse a Souk el Arba, que era zona francesa, huyendo de los falangistas, donde se afincó ejerciendo como profesor. Su francés era sui generis, con un marcado <rulado> de la r que siempre parecían ser dos cuando él la pronunciaba. También recuerdo una de sus frases favoritas: Lo dijo Blas punto redondo. Era un hombre más bien bajito aunque de complexión fuerte (lo que le hacía parecer más alto), con unas gafas de amplias dioptrías y en su  rostro, las marcas de un probable acné juvenil. Era un tipo muy vitalista y trabajador y desempeñaba su labor de profesor con honradez y dedicación, aunque seguramente fuera un veterinario frustrado (su especial entusiasmo explicando Anatomía, así lo revelaba). Hace poco supe que emigró a Israel en 1968, donde falleció en la ciudad de Beer-Cheva en el año 2002. Me alegra saber que vivió una vida larga y guardo de él un grato recuerdo como profesor y como persona. Fue de hecho un representante genuino de una generación, que se vio doblemente afectada por  algunos de los tumultuosos sucesos del siglo XX, primero por el golpe de estado contra la República y luego por la Independencia de Marruecos y la posterior emigración casi obligada a Israel. Los sionistas nunca imaginaron el inevitable desarraigo que iban a causar en aquellos inmigrantes. 

En Souk el Arba, León Cohen, en la fila de abajo a la derecha, con sus compañeros y su profesor Monsieur Goddard

 Monsieur Goddard

 No recuerdo su nombre de pila (Yves? Paul?), pero sí su apuesta presencia y su gran carisma. Fue mi profesor de Educación Física durante tres años en Souk el Arba  y posteriormente en Rabat. Monsieur Goddard, además de ser y saberse un seductor a la antigua usanza, era un tipo que desprendía confianza, era fácil sentir cariño y respeto por él. Con él, ocurría lo mismo que con Monsieur Barcesat. Mi profesor de gimnasia había perdido parte de su pierna derecha (desde la rodilla hasta el pie) durante la Segunda Guerra Mundial. Había sido antes, un excelente futbolista. Tenía una prótesis de madera (pata de palo) como los barbudos y terribles piratas de los cuentos y películas. Sin embargo, su gran porte y su distinción, conseguían disfrazar su minusvalía. Fue mi profesor de gimnasia desde mi primer curso en Zoco el Arba hasta el último, siete años después, en Rabat, con algún paréntesis cuando estuve en Tánger. Me trataba como a alguien de la familia. El último año, en el <Lycée Descartes>,  me eligió para la selección absoluta de fútbol del liceo, donde estudiaban más de  dos mil jóvenes. Reconoció públicamente, que el pequeño León, así me llamaba en Zoco el Arba, se había convertido en un extraordinario jugador. Yo tenía por entonces diecinueve años, y fue aquel año de 1966 en el que más y mejor jugué y disfruté con el fútbol, aunque eso me costaría dejar de lado los estudios y perder el curso. Hasta mis propios compañeros de equipo, reconocían la gran calidad de mi juego. En más de una ocasión, fui sacado a hombros del terreno de juego. Fue, dicho sin ambages, un año glorioso. Con Monsieur Goddard practiqué varios deportes con balón, como  Volley,  Baloncesto y Balonmano, pero también aprendí  a apreciar el Atletismo. Esa educación en el deporte, me ayudó en mi vida posterior y siempre me ha acompañado y ha sido parte de mi formación integral. 

                                                                                    León Cohen

                                                                                  Otoño de 2009

 

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JAQUETÍA – CARTA A JUANITA NARBONI – un relato del escritor larachense LEÓN COHEN

Al hilo del relato en jaquetía que me envió Mercedes Dembo, León Cohen me recuerda este otro relato que escribió y que es el único en el que emplea el judeoespañol que le enseñaron su abuela y sus tías paternas.

LEON COHEN

CARTA A JUANITA NARBONI

 En homenaje a Ángel Vázquez(*) y a todos los tangerinos

 por León Cohen Mesonero

Leí tu historia en el año 1976, la contó Ángel Vázquez como todas sabemos. Claro que <el malogrado> de Ángel tardó bastante tiempo en contarnos tu vida perra,  porque como comprenderás hija mía, en el año 76 de nuestro pueblo no quedaba más que la apariencia. Mira mi reina, primero voy a presentarme, yo soy Sol aquella hebreita tan mona que salía con el <ferasmal> de Jacobi. Qué guapo era, con ese pelo negro ondulado y abundante, qué bien puesto, y qué ojos, pero hija mía el tiempo no perdona a nadie, el <mesquin> murió hace cuatro años y lo enterramos cerca de Málaga, en un cementerio judío que está medio escondido, no me explico porque taparon esa <mehara>. Todavía lo estoy viendo caminando como un rey por el Boulevard Pasteur, con su chaqueta marrón de doble pecho, alto y erguido. Ni Robert Taylor se le acercaba en guapura, qué <gial>.  Bueno a ti que te voy a decir que tu no sepas, si me consta que tuviste alguna aventurilla, cuando él paraba en la pensión de Mesody, sí, la que estaba a mitad de la cuesta de la playa. Un pajarito me contó que una noche te metiste en  su cama cuando dormía, valiente <pelagarta> estabas hecha. Recuerdo que me dejaba sentada en el Ford  y se bajaba cerca de Galeries Lafayette para comprar monedas de oro mejicanas en el banco de Méjico que daba a la calle Velásquez. En esa esquina han puesto ahora una perfumería de productos baratos, creo que es de un soussi. Luego por la tarde me llevaba a comer pinchitos <en cade> Elías (hace poco supe que se apellidaba Benzaquen) y por la noche íbamos al Casino, le encantaba el bacarrá. Era el año 47 ó 48 y como no podía ser de otra manera, Jacobi como casi todos era contrabandista y además daba muy bien el tipo.  Pero no voy a pasarme toda la carta hablando de mi <gial>.

Mira la razón por la que te escribo es para darte novedades de cómo ha cambiado Tánger desde nuestros tiempos. Nada que ver reina. Cuando te bajas del barco, lo primero que te viene a la cabeza es <wo, wo, ¿dónde caí?>, ¿qué es esto? El puerto y la aduana parecen del siglo pasado, los taxis son peores que los de Nueva York. Nos fuimos andando por la Avenida de España, <qué guesera es esta> que hasta las palmeras están viejas y estropeadas. El hotel Rif, lo cerraron, con lo que era <ese diamante> de hotel. De los balnearios de la playa, esos que tanto te gustaban, la Pergola, las Tres Carabelas, se perdieron, aquel día el paseo de la playa estaba cubierto de arena, era invierno y además hacía un levante <preto>, así que hasta la playa, esa joya de playa me pareció fea  y desangelada. La Ibense, la heladería, por supuesto estaba cerrada, y casi todos los bares que regentaban los ingleses, te acuerdas que nosotras comentábamos que todos eran maricones, pues bien no queda ni uno, no, ni un maricón no, lo que no queda es ningún bar. Luego subimos la cuesta de la playa que lleva a la Poste, la cuesta ha cambiado poco, la verdad, llegas arriba <quebrada>,  y entonces empiezas a recorrer el Boulevard, ¿qué boulevard es este? Ya no están ni el Comedia, ni Kent, ni Monoprix, ni la Librairie des Colonnes, sí, están los edificios, no los van a tirar, pero todo cambiado, todos son bazares o cafetines, ni una buena cafetería, ni unos buenos almacenes, nada de nada. Me dirás que hay que comprender que Tánger ya no es internacional, es verdad, es verdad, pero hija hay un término medio. ¿Y Porte? Estoy viendo de nuevo a monsieur Porte acercarse a nuestra mesa para dedicarnos un piropo o una sonrisa, ¡qué salón de té <mi bien>! Ahora han puesto uno que parece un desierto, como si hubieran saqueado la cafetería antigua y los ladrones se hubieran dejado algunas cosas olvidadas, porque reina, vaya unos escaparates.

Pero lo peor de todo esto, es que ya no quedan tangerinos, un tangerino se nota, yo vi a mucha gente desconocida, pero no vi ningún tangerino. ¿Qué habría pasado con ellos, se perderían, se esfumarían o peor aún estarían escondidos por miedo a enfrentarse con esa realidad que ya no era la suya?  Juanita, en ocasiones he comentado con otros tangerinos las razones ocultas o demasiado evidentes que nos obligaron a todos a dejar nuestro pueblo. ¿Fue acaso una mano oculta la que nos expulsó? ¿No sería más bien un castigo de unos dioses atónitos y desconcertados, cansados hasta la envidia de permitirnos vivir en un paraíso al que contra su voluntad nos habíamos hecho acreedores? ¿O  fueron los tiempos históricos, eso que llaman el devenir y que siempre acaba impidiendo la existencia prolongada de situaciones diferentes, impropias de la vulgaridad en que se desenvuelve la mayoría? ¿<Chi lo sa>? El hecho cierto es que nos fuimos empujados por esa posible mezcla de fuerzas  misteriosas, abandonamos nuestra torre de Babel, nuestra pequeña Troya, nuestras casas y nuestras avenidas, nuestro Boulevard y nuestro Monte Viejo, nuestras playas incomparables, nuestra façon d’être, ese estilo de vida único e irrepetible. Y nos dispersamos por el mundo, aunque ninguno de nosotros volvió la vista atrás por temor a que nuestro pueblo se convirtiera en montaña de sal como le ocurrió a la mujer de Loth en la mitología judía. Hoy sabemos que la suma de nuestras melancolías ha traspasado los mares y las montañas  y que Tánger desapareció con el último tangerino, que de ella  sólo queda una imagen hueca hecha de recuerdos y de nostalgia.

Hoy sabemos también que Tánger fue paradigma durante un periodo relativamente largo, que abarca más de la mitad del siglo XX, del florecimiento de una cultura cosmopolita que iba  más allá del simple multilingüismo para adentrarse en facetas más amplias como la heterogeneidad religiosa y social de la que surgió una sociedad donde la regla era la pluralidad, el laissez faire y el laissez vivre. En Tánger casi nadie prejuzgaba a nadie ni por su origen social ni menos aún por el religioso o nacional. En este punto los tangerinos fueron más que tolerantes, clarividentes y solidarios. En Tánger se podía pasar sin transición del castellano al francés y viceversa, también era el único lugar en el mundo donde los no judíos hablaban <haketía>, hacía parte de la cultura tangerina. Paradójicamente, esa altura de miras se daba en una sociedad necesariamente cerrada y aislada por un lado por el mar y  por otro  por la frontera con el resto de Marruecos.

La vida perra de Juanita Narboni, film dirigido por Farida Banlyazid

¿Qué me pasó? <no hay mal>,  ¿qué estoy diciendo? Se me fue la olla, como dicen ahora, y me puse a decir tonterías como aquella <meloca> que iba <jarduando> por la Calle Italia. Mira Juanita, reina mía, no quiero hacer esta carta interminable, así que si dios quiere otro día te seguiré contando más cosas de nuestro querido y añorado pueblo, al que como te dije encontré tan cambiado.

                                                                       “Sol  Bensusan”      

                                       28/03/2002

 * Ángel Vázquez: LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI. Seix Barral, Tercera edición 1990.

Nota del autor:   Las palabras <entre corchetes> pertenecen a la haketía o judeo-español.

 

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EQUIPO DE FÚTBOL LOS MACABEOS, DE LARACHE

León Cohen me envía este artículo aparecido en la web de eSefarad sobre el equipo de fútbol Los Macabeos de Larache, y que complementa la información sobre los equipos de fútbol que comencé en el anterior sobre el Larache C.F.

 Los Macabeos, equipo judío de fútbol de Larache 1920-1930

En Agosto de 1987, después de haber emprendido unas investigaciones preliminares sobre el tema del deporte en el Norte de Marruecos, me dirigí al Señor Yehia Aaron Edery, correligionario de Larache en donde residía en la antigua comandancia, hoy día ciudadano Israelí.

Agradezco al Señor Edery, aficionado al fútbol desde su tierna infancia, por haberme proporcionado ricos detalles sobre el deporte en Larache en general y sobre el judío en particular.

Igualmente al Doctor Arthur Hanak que estableció y amplió los “Maccabi World Archives” en Ramat Gan, los cuales permitió consultar libremente.

Por fin a la Profesora Sarah Leibovici q.e.p.d. que tanto ha hecho para la continuación de mis estudios sobre las ciudades de Alcazarquivir y Larache, así como a la Señora Levyne, ex-Directora de los ”Archives et Bibliothèque de l’A.I.U.’ en París y el actual Director el Señor Kupferminc.

Por la composición de la melodía al Señor Micha Fenlendler.

(…) En Marruecos otro factor importantísimo que catalizó el desarrollo y el establecimiento de clubs deportivos fue sin duda la llegada de los ejércitos Franceses y Españoles y la Internacionalización de la ciudad de Tánger, trayendo con ellos los mejores preparadores, que iban a dotar al Deporte de Marruecos de un ímpetu jamás alcanzado. A nivel de fútbol, en las ciudades de Marrakech, Alcazarquivir, Larache, la “iniciativa” adelanta a las asociaciones oficiales como los equipos de “Maguen David” e “Ideal” en Alcazarquivir y los “Macabeos” y la “J.I.D.” (Juventud Israelita Deportiva) en Larache.

escudo de la Juventud Israelita Deportiva de Larache

Los Macabeos jamás jugaron contra equipos judíos de la zona de Protectorado Francés en Marruecos en los años 1920-1930. En Larache se podía ver a un joven aficionado Judío jugar contra otro joven Musulmán en las arenas de la playa, o a un grupo ocasional judío contra un grupo musulmán, hecho que atraía la atención de los bañistas.

Al principio empezaron los jóvenes judíos a organizarse en equipos de barrio y así se podía ver que una calle jugaba contra la otra, como la calle Real contra la calle Chinguiti. El resultado de estas primeras actividades juveniles no se hizo esperar. La nueva etapa llevó a la fundación de un primer equipo local cuyo nombre recuerda tanto la gloria de la Historia Judia: “Los Macabeos”.

Unos cincuenta niños de 12 a 13 años de edad formaron este equipo. Por falta de medios y para poder tomar las primeras decisiones, recibieron los organizadores un local con la ayuda de la Comunidad (lo que llamaríamos hoy día un club) en la “azara” de la sinagoga de ben Hassan de Amselem. Entrenadores y jueces se reunían cada uno a su turno. Copa al comienzo no se jugaba, sino que se contentaban con traer un vaso de cristal (de “Kiduch” como lo llamaban) que traían de sus propias casas. El transporte de estos admirables futuros futbolistas medio profesionales (de ellos recordemos a Elias Fereres, Alberto Fereres, Bensabat, Sonego y otros), se solucionaba alquilando un camión que era sufragado con la aportación de dos pesetas cada uno. No siempre la suerte les sonrió. En Arcila siempre tuvieron problemas visto que el campo llamado Cuya Ruida pertenecía al ejército y se encontraba justo al lado del gran campamento militar. Muchas veces los militares les robaban la pelota, decepcionando así muy profundamente a los jóvenes que no tenían otro remedio que volver a sus casas sin haber concluido el partido.

En general jugaban siempre contra los equipos de Arcilah y Alcazarquivir. Por falta de estructura se disolvió el equipo en 1930 para dar paso al J.J.D. (Juventud Judía Deportiva), medio profesionales, uno entre los varios equipos de fútbol que representaron con mucho honor a Larache: La Santa Barbara (equipo militar), la Radio Militar, la F.T.F.D. (pertenecía al grupo de Maristas), el Príncipe de Asturias, el Lukus, el Teja De Riali (equipo musulmán), el Lixus.

A pesar de que los jóvenes Macabeos abandonaran el terreno, dejaron el mejor recuerdo para las nuevas generaciones, enriqueciendo el folklor Judío con la institución de un himno. Según los datos que he podido reunir podría ser que este fuese el único himno deportivo judío de la zona de protectorado español en Marruecos.

Se ha formado en Larache un equipo
Que el Macabeo se ha de llamar
Porque tiene un buen portero
La defensa no tiene rival
Los tres medios son muy superiores
La delantera es …
Cuando toca l apelota sin … la puerta
Y colocan el gol
La Victoria fue nostra porque asi se esperaba
Y el Ideal de Alquazar
Del campo de pena lloraban
Viban los Macabeos.

 Bibliografía:

1. L Gueron, L’Education physique dans nos écoles, Revue des Ecoles de l’A.I.U., n° 5, avril-juin 1902, pp. 353-359.
2. Maccabi World Archives : S. Skira, Le sport juif au Maroc, Conférence dans le cadre du Séminaire International sur le Sport Juif, Institut Wingate, Israël 1981.
3. Interview con el Sr. David Aaron Edery, Natanya 1987.

Fuente: Los Muestros #17 por David Isaac Beneish

 

http://www.esefarad.com/?p=13290

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