Archivo de la etiqueta: Leon Cohen Mesonero

LARACHE vista por… LEÓN COHEN MESORENO en su relato EL ESPÍRITU DE MI PUEBLO

León Cohen Mesonero también se apunta a este desbordante caudal de cuentos y relatos que los autores larachenses no dejan de crear y de componer, y después de varios cuentos, libros y alguna que otra narración bastante emotiva, ahora me hace llegar esta otra que encierra muchas cosas, especialmente los recuerdos que León guarda de Larache, recuerdos que a buen seguro son compartidos por muchos, recuerdos que tampoco dudo que harán remover alguna que otra memoria adormilada, especialmente de la generación de su autor y de alguna anterior, y también posterior, porque no sólo son imágenes difusas del pasado, son lo que su título describe: el espíritu de un pueblo, y el espíritu se perpetúa generación tras generación.

Sergio Barce, julio 2012

León Cohen, con su nieto Alejandro, junto a la estatua de Darwin

“La infancia y la adolescencia configuran nuestro yo más profundo y nos convierten para siempre en lo que somos y seremos.” 

León Cohen, 2006

 

El espíritu de mi pueblo

El espíritu de mi pueblo es la luz cegadora de sus calles en verano, las hojas muertas en la Avenida de las Palmeras en otoño, en los alrededores de los bares Perico y Canaletas…

El espíritu de mi pueblo es la bravura del mar contra la Barra, las luces de los barcos en el horizonte de nuestro mar infinito en las noches de verano,  los paseos al atardecer por el Balcón del Atlántico o hacia los Viveros…

El espíritu de mi pueblo son los juegos infantiles, el palitroque, me las castro, las guerrillas, los huitis, el vicio y las bolas (sepli nacle, piola)…

BALCON ATLANTICO – foto tomada de la web de Houssam Kelai

El espíritu de mi pueblo son sus gentes y sus fiestas, una determinada alegría de vivir que se revelaba en sus gymkanas, sus verbenas, la noche de San Juan, las bodas musulmanas nocturnas, los gnawas, los bailes en la Unión Española, los guateques, el Purím en el Casino Israelita, los baños en la Otra Banda, los espectáculos en el Teatro España, el fútbol en Santa Bárbara, el  Zoco Chico al caer la noche (benditos sábalos recién pescados)…

El espíritu de mi pueblo son los domingos por la mañana: los limpiabotas del callejón de Rosendo y del Pozo, las lecturas en la Unión Española, la sesión continua en el Cine Ideal…

El espíritu de mi pueblo son  sus bares: El Central, el Selva, el Cocodrilo, el Mauri, el Cuatro Caminos, la Marquesina…

El espíritu de mi pueblo son sus topónimos: El Hotel España, La Zamorana, Claudio Berjón, Panadería Alarios, Garaje Martínez, Garaje Recober, Libreria Damián, las tiendas de Ultramarinos de Antonio Español y de Carmelo Rosendo, Almacenes Pulido, Farmacia Amselem, Zapatería Bata, Imprenta Cremades, Ferretería El Yunque, Pasteleria Ayuso, Mi Sastre, La Bandera Española, Casa Martínez, Farmacia Albarracín, Cine Ideal, Cine Coliseo, Cine Avenida, Casa Ros, el glorioso Chabab  (Facundo, Buchaib, Said, Riahi, Montero, Emilín), Zapatería Companys, El Chivato, Emquíes, Kassem, la Compañía Lukus, la Fábrica de Harina, Las Navas, Cuatro Caminos, La Cuesta del Aguardiente, La Escañuela, la Guagua…

El espíritu de aquel pueblo es mucho más, es aquello que nos habita y nos acompaña a todos los que un día fuimos parte de él. Es aquello que una mañana al despertar o una tarde cualquiera al doblar una esquina, resurge y renace en todos y cada uno de los que al abandonarlo, nos llevamos un trozo pequeño del alma de aquel pueblo.

León Cohen Mesonero

Aprovecho para colgar la portada del libro ZARZAMORA Y OTROS RELATOS  publicado por la Editorial Hebraica, en la que hay varios cuentos de mis dos amigos y escritores larachenses León Cohen y José Edery.

Etiquetado , , , , , , ,

LARACHE vista por… LEÓN COHEN

Del libro de cuentos de León Cohen Mesonero, «La memoria blanqueada«, (Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones, Madrid) pertenece el siguiente relato que habla de Larache, su ciudad natal, y en el que recrea la memoria de los años 50 y principios de los 60.

El relato se titula sencillamente «LARACHE«, y dice así:

Larache, tierra de angulas, turmas y sábalos, pequeño puerto pesquero situado en la desembocadura del río Lukus, sobre un acantilado donde rompen las olas inmensas del Atlántico. Fenicia, romana, árabe, española (1610-1691), portuguesa y a partir de 1911 española de nuevo. A la antigua Lixus la formaban a principios del siglo XX, la Calle Real, sus aledaños y una pequeña medina que lindaba con la mencionada calle. Además del río, del mar y del sol, espléndidos. Una vez escribí:

“Larache, pueblo milenario, nacido entre arena y olas, donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina, junto al jardín de las Hespérides. Ningún hijo de aquel pueblo podrá nunca olvidar -incluso después de haber perdido la memoria- aquellos atardeceres del mes de Julio, cuando la brisa que subía desde el Atlántico sellaba una especie de pacto tácito entre sol y mar, trayendo consigo la vida a unas calles desiertas por el implacable sol del mediodía.”

El Larache de los años cincuenta, el de mi infancia, era un pueblo que pasados los años se me antoja peculiar, por su ambiente, por sus personajes.

LEÓN COHEN

Topográficamente, viniendo desde Tánger o desde Alcazarquivir, siempre se llegaba  a Cuatro Caminos y desde dicho cruce se entraba en Larache por la Avenida de las Palmeras, del Generalísimo o de Mohamed V según la época. Algunos de los lugares y edificios más emblemáticos a lo largo de su recorrido eran la casa del Raisuni, la Escuela Francesa de la Mission Universitaire et Culturelle Française. Luego un poco más abajo se hallaba el cementerio de Lalla Mennana, el Jardín de las Hespérides, la escuela de la Alianza Israelita, el  Comisariado y enfrente la Iglesia y al final  la Plaza de España.

Santuario de Lalla Mennana

La Plaza de España era un espacio amplio, con forma entre circular y ovalada, centro neurálgico de la ciudad que por aquel entonces podía tener cincuenta mil habitantes.

Estaba rodeada la plaza por una carretera y al margen de ésta edificios de estilo colonial, casi todos ellos separados por calles que hacían de la plaza una especie de centro distribuidor, desde el cual se podía tener acceso a cualquier punto de la ciudad. La Plaza de España estaba rodeada por una carretera flanqueada por un paseo jalonado por multitud de comercios de toda índole. Sobre la acera del paseo, unos soportales formados por arcos de estilo árabe,   además de decorar, hacían de puertas abiertas del paseo. Debajo de los arcos, uno podía disfrutar de sombra en pleno verano y resguardarse de la lluvia inoportuna en invierno. Además, allí estaban los Almacenes «Pulido», Pepe el Indio, la Farmacia Amselem, y la Zapatería Bata, entre otros. Enfrente de «Pulido», en la margen izquierda de la avenida del Generalísimo, la gente podía disfrutar de las terrazas de los bares Perico y Canaletas. Pero sobre todo, en mi memoria perdura el edificio cuya fachada se soportaba sobre aquellos arcos. Era como un laberinto formado por pasillos interminables, llenos de recodos, que mis amigos y yo recorríamos periódicamente, entrando por uno de sus numerosos portales y saliendo cada vez por uno distinto. Hermoso recuerdo de aquellos recorridos misteriosos que nuestra imaginación infantil poblaba de sucesos y fantasmas improbables y que más tarde, en varias ocasiones, he vuelto a recrear  en sueños.

La calle «Chinguiti», una de las arterias que desembocaba en la Plaza de España (si no me equivoco eran siete) era el paseo nocturno, donde la gente deambulaba sin ningún otro propósito que el de recorrerla cuantas veces fueran necesarias.

calle Chinguiti – Hassan II

Saludos, sonrisas, miradas cómplices, aquel bullicio poblado por las personas que se paseaban, solas o en grupo, sin objeto o con el único objeto de mostrarse, de buscarse, de encontrarse ¿Quién sabe? Difícil olvidar su topografía y sus topónimos.

A la derecha, viniendo de la Plaza de España: el Hotel España, el Teatro España, el Yunque, la sastrería del Chato, la marquetería de Bohbot, la tienda de «Pesetilla», el Cine Ideal (donde reinaban Clark Gable, Gary Cooper y Burt Lancaster entre otros ídolos de mi infancia), el bar Matías (donde todo Larache acudía los domingos por la noche para ver, apuntados en un pequeño panel,  los resultados de la jornada futbolística), la papelería de Damián (donde se cambiaban las novelas de Corín Tellado y los cuentos del Capitán Trueno),  finalmente, la Colonial, la tienda de ultramarinos de Gía en la que Carmelo con su bata gris era el dependiente .

Girándose y volviendo por la acera contraria: el bar La Marquesina, la mercería La Zamorana, una tienda de discos, el Bar Tropical, el patio de la Iglesia, la pastelería Montecatine, el almacén de Dolón (esas sandalias enormes que llevaba en verano y la sahariana celeste también enorme), la pastelería Ayuso, la imprenta Cremades (aquel hombre regordete con bigote y con una cojera sobresaliente), la Peluquería de Tomás, el Bar Cocodrilo, la tienda de ultramarinos de Antonio Español y por fin, el Bar Central, lugar de encuentro de todo el pueblo, entre ambos,  la calle de los limpiabotas, de Rosendo y de Casa Ros.

BAR LA MARQUESINA

Los domingos por la mañana, los niños más o menos «bien», nos encontrábamos en la Sociedad Española, uno de los casinos del pueblo, los otros dos eran el Casino Militar y el Casino Israelita. En la biblioteca, nos pasábamos las horas leyendo «Hazañas Bélicas», «El Capitán Trueno», «Roberto Alcázar y Pedrín», «El Guerrero del Antifaz» y tebeos de todo tipo, algunos de cuyos personajes siguen anclados en nuestra memoria, así: Carpanta, las Hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape… A mediodía, los militares y las militaras vestidos con sus mejores ropas, ellos con los guantes blancos y el fajín, ellas con la peineta, cruzaban la Plaza de España, para acercarse a la Iglesia que se encontraba frente al Comisariado Español, entre el Banco Exterior y el Central, en la avenida de Francisco Franco, originariamente la avenida de Las Palmeras. Por la tarde (“l’aprés midi”)  el cine, antes de entrar la visita obligada al carrillo de Driss para abastecernos de cacahuetes y caramelos, yo probaba únicamente los de coco. Por la  noche,  unos cuantos paseos por la calle Chinguiti.

El periódico del pueblo  «El Chivato», estaba dirigido por un personaje singular, cuyo recuerdo borroso se hunde en las aguas profundas de mi primera infancia. El Abate Busoni era un hombre pequeño, vestido de oscuro, cuyo rasgo más destacado era una boina negra, amplia, casi una chapela, que nunca le abandonaba. Por el cargo, es de suponer que fuera un adicto al Régimen y que aquel diario por él comandado, se dedicara a loar al Caudillo y sus obras, además de traer los ecos de la sociedad larachense.

No puedo dejar de mencionar «El Balcón del Atlántico» esa ventana abierta al mar, donde parecían desembocar de manera natural las calles principales de la ciudad y a la que sus habitantes no podían evitar asomarse por lo menos una vez al día, como buscando salir y evadirse hacia el espacio infinito y el horizonte lejano que les ofrecía el mar majestuoso.

Desde el año 1909, como venida del cielo, residía en Larache por razones difíciles de explicar (aunque es sabido que una ley de la República Francesa de 1886 envío al exilio a la familia real), la princesa de la Casa de Orleáns, Isabelle Marie, Laure, Mercedes, Ferdinande,  Duquesa de Guisa, madre del Conde de París, heredero al trono que dejó vacante Luis XVIII, el último rey y el último Luis de Francia. Algunos larachenses pueden todavía recordarla bajando de su Chevrolet negro -con chofer- los domingos a primera hora para ir a misa. Moriría en la misma Larache en el año 1961.

La Duquesa de Guisa

En aquella Larache franquista, la miseria estaba en cualquier rincón, y la duquesa practicaba la caridad con los pobres, labor ésta que seguramente tranquilizaba su conciencia y le permitía estar a bien con su Dios. Cuentan que su marido, Juan III de Orleáns, Duque de Guisa, murió en un duelo por un asunto de faldas en 1940. El hecho cierto es que sus restos reposaban en el viejo cementerio junto a la playa del Matadero. Su hijo el Conde de Paris se dejó ver más de una vez por el pueblo y sus nietas cabalgaban frecuentemente desde su palacete hasta el hipódromo (la Hípica) situado cerca de los Viveros. 

Otro personaje relevante, al menos por el apellido, uno de los hermanos Rotschild, al que por cierto nunca nadie vio ni conoció. Se le atribuía la fundación de la compañía Lukus en 1926, dedicada a la explotación y comercialización de agrios. Más tarde sería adquirida por uno de sus ingenieros, de apellido Gomendio, quien con la mencionada duquesa serían el todo de la burguesía y la aristocracia del pueblo. Hace muy poco he sabido que Joan Crawford fue accionista de dicha compañía.

El Raisuni era el «baja», una especie de alcalde impuesto por los españoles para reconducir conductas «indebidas» de los marroquíes. Aquel hombre, gordo inmenso, era un personaje temido que se dedicaba con mayor intensidad de la necesaria a imponer su ley marcial a través de sus guardias, dos esclavos negros de dos metros, que maltrataban hasta la muerte en ocasiones, a todo pobre indígena que violara su ley. El baja era además el padre de mi compañero «Jali» en el colegio Francés que estaba justo enfrente de su casa.

Avenida Mohamed V

“Era con seguridad la primavera del año 1956, eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Mlle Vermury estaba terminando de impartir la última clase de la semana, era Viernes. Llamaron a la puerta. Por la puerta entreabierta pude observar como uno de los guardaespaldas del «Raisuni» conversaba con nuestra profesora. Siempre recordaré su expresión de persona acostumbrada a obedecer. Era un hombre negro, muy alto, que siempre llevaba una jilaba o chilaba inmaculada, entre blanca y parda, de ese color amarillo que no acaba de ser blanco. Tenía aquel gigante un porte erguido y hasta distinguido a pesar de su presumible humildad. Desde muy pequeño, aquel hombre y su compañero de gran parecido físico con él, me inspiraban temor y admiración. Los mayores contaban historias de palizas de muerte propinadas por estos esbirros del Raisuni a pequeños delincuentes y borrachos. Mademoiselle Vermury entró de nuevo en clase y se dirigió en voz baja a nuestro compañero Jali, segundos después éste se marchó con el hombre negro. Dicen que se llamaba Rabah. Aquel día, quiero recordar que salimos antes y nos recomendaron que nos fuésemos directamente a nuestras casas. Del resto del transcurso de aquella tarde, no atino a asegurar si fue vivido o contado. Enfrente del cementerio de Lalla Mennana. Situado a medio camino en la avenida de las Palmeras, justo en la esquina de una bocacalle que une a ésta última con la calle Chinguiti, fueron quemados vivos los dos guardaespaldas por una pequeña horda enfurecida. El caíd de una kábila cercana a Larache fue colgado de un árbol en pleno centro de la Plaza de España, seguramente por haber sido colaborador de los españoles y para que sirviera de ejemplo. Era la Independencia. Pocos días después, mis amigos y yo pudimos visitar los restos de la casa del baja y constatar las huellas de la batalla. Todavía recuerdo el olor a quemado.”

Mr. John era el profesor de Inglés. Vivía con sus dos metros de altura en la Plaza de España. Todas las mañanas se dirigía con su bastón y una especie de sombrero tirolés al Bar Selva donde desayunaba. Mi padre solía decir que era un nazi disfrazado de inglés. Sin embargo, desde la distancia y la perspectiva de los años pasados, su porte elegante y su estilo refinado eran demasiado ingleses como para ser confundido con la tosquedad alemana. Era un hombre solitario y misterioso. Cuando acompañaba a mi prima a clase, Mr John sentado tras su bonita mesa de estudio, me obsequiaba con un caramelo. Nunca he olvidado esa extraña sensación de placer que me producía verle manejar el tarro de cristal desde donde extraía los caramelos con una parsimonia indescriptible, bajo la tenue luz de una lámpara de mesa. Siempre me pareció un mago metido en faena. Una mañana de la década de los sesenta, ya  anciano,  apareció muerto en su cama.

Rafael, “Machaco” (Pinocho, el Chaleco), así apodado porque le gustaba el anís, era un judío pobre, dicen que culto. Contaban que se había atrevido a escribir una misiva al Alto Comisario para que le arreglaran algún elemento doméstico y que recibió respuesta. Caminaba siempre ataviado con un sombrero y la colilla prendida en los labios. Usaba gafas de múltiples dioptrías. Pedía con disimulo tabaco y algún dinero para ir tirando. Por supuesto que recibía la ayuda de la Comunidad Judía.

Aunque un poco tartamudo, era  buen conversador, con gran sentido del humor  y un gran contador de anécdotas y de chistes. Había conseguido forjarse una pequeña leyenda y no defraudaba. Desapareció en una de las emigraciones hacía Israel, donde supongo que acabó sus días dominado por la nostalgia de su pueblo y por lo inhóspito y desconocido de aquel país nuevo y duro. La comunidad israelita estaba constituida por un entramado social relativamente complejo, donde predominaba la clase baja de aquella época: mecánicos, pescadores, cargadores, tenderos, empleados de banca etc… gente en suma que ganaban apenas para comer y medio vestir. Destacaban por su escaso número algunos profesionales como farmacéuticos, maestros y hombres de negocios. Hay que subrayar  que la clase social israelita no se distinguía mucho de la española.

Cine Avenida de Larache

No he de olvidar mencionar los cuatro cines de Larache: el Ideal, el Teatro España, el Coliseo María Cristina y el Avenida que pertenecían a personas diferentes como eran los señores Benasuli, Amarito y Gallego, no recuerdo si simultanea o sucesivamente.

La Escañuela, la Valenciana, el Pasaje Gallego, Pentodo, Ulzurrum, Bensason el sastre, Salomito el electricista, Pariente el boxeador, Don Carlos (Chalomico el cra), los taxistas: el Gafas, el Parra, el Trompeta, Timimi. Joaquín Hernández (el manco), Rubén el chofer, el fotógrafo Benguigui, Facundo, Bozambo.

Antonio Español y Carmelo Rosendo, los practicantes Saja y Benchluch, los Maristas, el Patronato, la Escuela Francesa y la Alianza Israelita, Federico y la Portuguesa, el cambista Amar, los chatarreros David Trojman y Belliti, el recepcionista del Hotel España, al que mi madre apodaba con cierta sorna no exenta de cariño “el poeta” Serfaty. Todos estos nombres  y muchos más a los que mi ingrata memoria no hace justicia, conforman el recuerdo de un pueblo y de una infancia sorprendente y entrañable a los que con este pequeño relato he tratado de rendir homenaje.

León Cohen, 2001

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,

RACHID Y EL SEÑOR LEVY, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

León Cohen también parece cada vez más animado a llenar este blog de buenos relatos, y en esta ocasión me remite «Rachid y el señor Levy«, cuento que incluyó en su libro «La memoria blanqueada«, pero con un final modificado con respecto al original (esto es una manía de todos los esritores, cuando lees algo escrito hace tiempo lo cambiarías de arriba abajo). Es otro cuento para disfrutar.

Sergio Barce

Rachid y el señor Levy

Como cada día el viejo profesor recorría la amplia avenida que separaba su casa de la Facultad. Él no era un profesor cualquiera, tampoco se le podía considerar un emigrante magrebí como había tantos cientos de miles en París. Él era distinto, por algo sus alumnos y sus colegas universitarios le apodaban con cariño y respeto, el viejo profesor.

Aquella mañana, sin saber por qué, los recuerdos le asediaban. Mientras caminaba, en un extraño intento de recobrar su infancia, se detuvo y volvió la vista atrás, como si todo su pasado le siguiera los pasos (todo hombre camina con su pasado a cuestas), como si su memoria fragmentada se extendiera cronológicamente sobre el camino recorrido, entonces recordó…

Ksar el Kebir

Rachid no era un chico corriente. Había nacido en Mechra Bel Ksiri, una aldea de la llanura del Gharb situada a medio camino entre el Norte y el Sur de Marruecos. Cuando nació Rachid, aquél era un pueblecito de colonos franceses en su gran mayoría de origen valenciano (ellos se auto denominaban españoles «naturalisés“). Recalaron allí siguiendo la ruta de la naranja. Sin embargo, aquél no sería el último destino de Rachid, pues muy pronto se trasladaría al Norte, donde su padre se establecería como carnicero. En aquellos tiempos El Ksar el Kebir era la capital comercial del Protectorado Español. Aquél cambio supuso una promoción social para toda la familia y fue determinante para que ocurrieran años más tarde los sorprendentes hechos que voy a narrar.

Desde muy pequeño, al salir del colegio, Rachid solía deambular por el zoco «chico», aunque los Miércoles era cuando más gustaba de entretenerse, aquél día el zoco se llamaba zoco del «arba» o del cuarto día. Ese día venían los fabuladores, sus personajes preferidos. La gente se arremolinaba a su alrededor formando corros en cuyo centro estos charlatanes tan peculiares narraban con incomparable maestría historias de las mil y una noches, mientras un público fiel escuchaba atónito sus fábulas. Dotados de una voz potente y de una memoria prodigiosa, estos encantadores del verbo tenían una indudable capacidad para atraer y mantener la atención de los transeúntes que acababan convirtiéndose en la mayoría de los casos, en sus seguidores.

Zoco Chico de Larache

Otro de los juegos favoritos de Rachid (todo se convertía en juego a esa edad) era llevar al horno sobre una tabla de madera, los seis panes que su madre amasaba cada dos días. Colocaba la tabla sobre su cabeza y salía feliz hacia el horno que se hallaba a doscientos metros de su casa. No sólo disfrutaba durante el trayecto, haciendo equilibrios para demostrar y demostrarse su habilidad, sino también cuando se entretenía con el panadero, ayudándole a introducir el pan en el horno con una rudimentaria pala de madera, y a observar como aquél iba cociéndose entre poderosas llamas que le recordaban el purgatorio de los cristianos. 

En las noches de verano, Rachid solía sentarse a mirar las estrellas. Mientras las contemplaba, se distraía inventando juegos mentales. Le divertía por ejemplo cambiar el lugar y la función de los seres y las cosas. Imaginaba el cielo en lugar del mar o a Dios con forma de mujer, imaginaba a todos los hombres ricos y felices en un paraíso lleno de árboles frutales, de ninfas y de ángeles desnudos, era un poco el mundo al revés. Muchas noches el sueño le sorprendía soñando en un universo feliz. Así pasaron muchas lunas hasta que Rachid se convirtió en un muchacho fuerte y apuesto.

Había completado los estudios primarios, y llegó el día de darle la vuelta a la página y empezar a trabajar. Como solía  suceder en estas ocasiones, el padre de Rachid acudió a un buen amigo y éste accedió a darle el que sería su primer empleo. J. Levy, ese era el nombre del comerciante judío en cuyo almacén Rachid empezó como aprendiz de contable. Fueron sólo unos meses que determinarían su porvenir y su actitud vital. El señor Levy era un hombre sabio y cariñoso cuya personalidad marcaría profundamente la de Rachid.  

Entre otras muchas cosas, enseñó a Rachid que aunque nos llenara de luces y de sombras que el ignorante desconoce, sólo el conocimiento nos hace más libres. Sólo a través de él se abre el abanico y se multiplican las opciones que nos permiten elegir o no con dignidad. Le enseñó que vivir era como caminar y hacer de cada pisada una piedra, una huella, un símbolo que los demás pudieran seguir. Le enseñó que todos somos peores porque tenemos un yo que se afirma contra  el otro. Rachid aprendió, y siguiendo los consejos del maestro, no sólo conquistó Paris y La Sorbona, sino que hizo de toda su vida un vivo ejemplo de cuanto le enseñó el viejo humanista judío. Ser apodado  «el viejo profesor» era todo un título, todo un resumen para una vida dedicada al estudio, la enseñanza y la dedicación a sus semejantes, pensó el doctor Rachid mientras reemprendía el camino de la Facultad. Como dominado por una fuerza invisible no pudo evitar algunos instantes más tarde volverse de nuevo hacía su pasado…  

Era invierno, aunque en aquellas latitudes tanto el verano como el invierno eran estaciones suaves, atemperadas por la proximidad del mar. La noche temprana había sorprendido a Rachid terminando el balance contable mensual. Qué oscuridad,  se dijo mientras caminaba con paso veloz hacia su casa , la lluvia no invitaba a otra cosa. Tardaría todavía un buen rato, pues tenía primero que llegar a la Alcazaba y luego adentrarse por el laberinto de sus callejuelas angostas y tortuosas. Tenía un presentimiento aquella noche, incluso en algún momento le invadió una extraña sensación de miedo, ¿Estaré nervioso? se preguntó mientras aceleraba el paso. Al atravesar la puerta que daba entrada a la Alcazaba, se sintió en casa, sin embargo se equivocaba…

De repente tuvo la sensación de que alguien le seguía, y cosa aún más extraordinaria, la calle estaba iluminada a pesar de no ser aquella, noche de luna. Miró a todos lados, pero no había nada ni nadie que explicara esa claridad misteriosa venida de ninguna parte. Se asustó, aunque saberse cerca de casa, le dio alguna tranquilidad. Ni más tarde, ni nunca, alcanzó a adivinar por qué en aquellos minutos de terror, recordó que su madre estaría aún despierta esperando su llegada. Qué va a ser de ella si no llego esta noche – se preguntó. Por fin llegó, subió las escaleras saltando los escalones de tres en tres. Aquella noche no pudo conciliar el sueño.

Pasaron siete días y siete noches durante los cuales, a su vuelta a casa, Rachid oyó pasos tras él y la enigmática luz iluminó su camino. Guardó el secreto hasta entonces. Todo fue diferente a la noche siguiente. Aquella noche cuando se disponía a abrir la cancela del patio por el que se accedía a su casa, un irrefrenable deseo le hizo volverse. Aquella fue una visión fantasmagórica propia del mundo de los sueños… En la bocacalle, se erguían tres formas humanas de más de dos metros de altura vestidas con túnicas de distinto color. Cada una, aunque sería más apropiado decir cada uno porque los tres se distinguían por una barba canosa y amplia, portaba un candelabro cuya luz, por la fuerza del destello,  no parecía real. A su pesar y como impelido por una atracción indomable, Rachid se dirigió hacia el lugar donde permanecían inmóviles los tres seres que a él se le antojaban como una combinación humano-galáctica. Al llegar a su altura, el joven aprendiz de contable se detuvo como deslumbrado, encantado, atónito, perplejo, asombrado, atolondrado por lo que sus ojos tenían tan cerca.

Fue entonces cuando como surgidas de las profundidades Rachid pudo oír estas palabras: » – Escucha hombrecito; has sido elegido por el Rabbi Levy. Por eso estamos aquí y así permaneceremos mientras tú seas digno de nosotros. Las palabras que vamos a pronunciar no volverás a oírlas nunca más y jamás apareceremos de nuevo ante ti. «

El gigante de la túnica roja habló el primero: «-Yo digo, como símbolo de la Sabiduría, que no es más sabio aquél que acumula más saberes sino aquél que atesora más amigos.» Se hizo el silencio, y de nuevo se oyó otra voz irreconocible que parecía provenir de la figura del centro: «-Yo afirmo, como reprentante de la Honradez, que sólo el hombre honrado es poseedor de la noche y dueño de su vigilia y de sus sueños.» El tercero que vestía una túnica verde se pronunció en estos términos: «-Yo soy la Humildad, y digo que el humílde no es aquél que oculta sus virtudes en un gesto de soberbia, sino el que aprecia de igual manera a los otros y a sí mismo.»

Aquella noche Rachid, como no podía ser de otro modo, tardó bastante en conciliar el sueño, sin embargo, tanto le apremiaba la curiosidad, que trató por todos los medios de dormirse, con el único objeto de preguntarle al día siguiente al señor Levy, el por qué de todo lo sucedido. Así amaneció inevitablemente.

Lo primero que hizo Rachid al llegar a la oficina, fue contarle a su jefe y maestro, todo lo acontecido durante la última semana y más precisamente la noche anterior.  El señor Levy le escuchó con atención, no pudiendo evitar esbozar una sonrisa que parecía delatar su participación en los hechos.  Luego habló:

Mira Rachid, siempre he considerado que entre las muchas virtudes que enriquecen la vida de un ser humano, la sabiduría, la honradez y la humildad son las que nos confieren mayor altura  y dignidad y son también aquellas  que mejor nos protegen de la osadía de la ignorancia, de la tentación de la corrupción y del atrevimiento de la vanidad. Como virtudes primordiales que son, las mandé acompañarte y protegerte mientras trabajas conmigo. Es mi manera de hacerte el heredero de lo más hermoso que aprendí en la vida, pero además lo hago en honor a tu padre, mi amigo y mi igual en tantos aspectos.          

Aquel extraño encuentro, a medio camino entre la realidad y el sueño, y las misteriosas palabras del señor Levy, que tanto tiempo le llevaría comprender, determinarían el comportamiento futuro de nuestro personaje. Nunca más volvió a trabajar con el viejo judío. Poco después emigraría a Francia…

Mientras caminaba, aquella mañana, por fin el viejo profesor se sintió  el continuador de la inestimable herencia que le dejó el señor Levy y pudo vislumbrar el alcance de su magisterio. Por fin comprendió el significado de aquellas figuras alegóricas. 

Al llegar a la Facultad, se topó como cada día con el conserje, se saludaron e intercambiaron unas palabras. El conserje se despidió con una sonrisa cómplice que parecía revelar la existencia o el conocimiento de un pasado común (?).  ¿Acaso el señor Levy… ?     

Nota del autor: La verdadera historia sobre la que se basa este relato mágico, ocurrió entre un joven llamado Jacob C. Levy y un señor de nombre Driss. Fue en Larache, durante el primer tercio del siglo XX. Y es que la historia no cambia si se permutan los protagonistas.   1994-2010     

             

León Cohen Mesonero

León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos” es autor de los siguientes títulos:  “Relatos robados al tiempo” Año 2003. Editorial: www.librosenred.com,  “Cabos Sueltos” Año 2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor en 2004.  “La Memoria Blanqueada”. Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com, y es coautor de “Ufrán Año 2010. Hebraica de Ediciones  Madrid. Y «Cartas y Cortos » está previsto que salga en el primer semestre de 2011.

Etiquetado , , , , ,

EL 139, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

LEON COHEN

El 139 es un precioso, conmovedor relato de Léon/León Cohen. Ha tenido la generosidad de enviármelo -siendo un relato inédito, su generosidad es aún mayor- para vuestro deleite y el mío. Y además he descubierto que los dos pensamos que Ava Gardner es la actriz más bella del cine.

Sergio Barce

El 139

El 139 no es un número cualquiera. Para empezar, es un número primo y la suma de sus dígitos da 13. Para seguir, el segundo y el tercer dígito son el triple del que les precede. El 139 se  me aparece como un número erguido, elegante, que expresa una cantidad importante, ya sea en años, kilómetros, euros o kilogramos. Además, incluye entre sus dígitos al número 39 y al número 13. El 39 es un número mágico: Sucede al insípido 38, delimita la frontera entre el final de la juventud y el comienzo de la madurez, es un múltiplo de 13, ahí es nada. Para los españoles del siglo XX, el año 39  representa el final de la Guerra Fratricida y el comienzo del Franquismo, y para los europeos, el inicio del segundo desastre mundial. Para los judíos, es el principio de la Shoah, el Holocausto. Todo esto y mucho más encierra el 139.  

Nunca había reparado en ello, pero la Guerra Civil española afectó de manera cruel y determinante a muchos miembros de mi familia. Así, mi madre nunca se hubiera trasladado desde la provincia de Segovia a  Larache, de no haber sido  forzada por una situación económica producto de la guerra, que fue la responsable de una emigración masiva desde los pueblos a las ciudades y a otros países durante los primeros años de la posguerra. La pareja de mi tía Raquel y padre de mi prima Flora, tuvo que escapar a Venezuela y sólo veinte años más tarde pudo conocer a su hija. Mi abuela y toda su familia perdieron a su hijo y hermano Yudá, que además era el sostén y el cabeza de  familia. Puede decirse que la guerra marcó las vidas  de todos estos seres.

Para mí, el 139 era el número de identificación que tuve como interno en Souk-el-Arba entre 1958 y  1962. Era el número que mi madre bordaba por las noches previas a mi partida, con hilo rojo sobre todas mis prendas de vestir y sobre las sábanas. Recuerdo sobre todo el número “impreso” sobre los slips blancos (yo nunca usé los clásicos calzoncillos, que siempre me parecieron “cutres”, al igual que las horrendas camisetas de tirantes, que siempre me recordaron a las que portaba el señor Ortega, padre de mis amigos Antonio y Eduardo, cuando se levantaba de dormir la siesta con un humor de perros y con su insoportable olor, mezcla de sudor y tabaco). El trabajo era arduo y necesitaba de gran paciencia (imaginen la tarea de bordado sobre cada uno de cada par de calcetines)  pero era inevitable, ya que esa era la única manera para la lavandería del internado de  distinguir las  prendas de los internos. Mi madre todavía muy joven y muy guapa (mi madre fue excepcionalmente guapa, era de tez clara, pelo castaño muy denso, tirando a rubio, unos preciosos ojos verdes y un pequeño y bello mentón acompañado de unos labios carnosos y bien delineados, la nariz pequeña pero suficiente, un rostro sin ninguna irregularidad, rozando la perfección), sentada junto a la mesa camilla, bordando el número 139 bajo una luz tenue, en silencio, entretenida, en una tarde noche pre-otoñal de finales de los años 50, en Larache, es para mí  quizás la imagen más  dulce y enternecedora que he conservado de ella. La segunda, de parecido contenido emocional, ya en Algeciras, tiene que ver con su rostro tras los visillos, cuando a las cinco y media de la madrugada, me dirigía a tomar el autobús de la fábrica. Yo siempre miraba hacia atrás antes de doblar la esquina, como para despedirme de ella. Aquel gesto mío, antes de desaparecer, parecía infundirle tranquilidad. Cuando empecé a escribir este relato sobre el número 139, siempre supe que me conduciría inevitablemente al recuerdo de mi madre, ya que ese número pertenece a un tiempo en el que todavía para mí, el amor filial  permanecía inalterado.

Los padres de León Cohen

De ella heredé una memoria que algunos tildan de prodigiosa. De pequeño, ella me recitaba la Canción del Pirata, de Espronceda: “Con cien cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar sino vuela un velero bergantín. Bajel pirata que llaman por su bravura el temido… “ . O el pequeño poema de Calderón de la Barca: “Bella flor, qué mal naciste y qué fatal fue tu suerte, si al primer paso que diste, te encontraste con la muerte. El quererte es cosa triste, el dejarte es cosa alegre, y el dejarte con la vida, es dejarte con la muerte.” Parece que este pequeño poema, tiene que ver con una flor que se encontró el poeta entre los restos óseos de una vaca. También de Calderón: «Dicen de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba que sólo se sustentaba con las hierbas que cogía. ¿Habrá otro -para sí decía-más pobre y triste que yo? Y cuando el rostro volvió halló la respuesta viendo que otro sabio cogía las hierbas que él arrojó.» O me cantaba el romance: “La noche de los Torneos pasé por la morería y vi a una mora lavando al pie de una fuente fría…No soy mora caballero, que soy cristiana cautiva, me cautivaron los moros siendo niña pequeñita…”. Este romance, que yo aprendí de muy pequeño y para siempre, me fue recitado, con alguna variante, por el guarda de una fábrica en Andoain, en los años 80, durante un viaje de trabajo. Para mí fue una grata sorpresa, que alguien compartiera conmigo ese conocimiento.

 Las novelas de Corín Tellado, que ella devoraba con asiduidad, llevaban en contraportada un retrato de los grandes actores y actrices americanos. Así aprendí que Ava Gardner había nacido en 1922 como mi madre, Gary Cooper y Humphrey Bogart en 1901 y 1900 respectivamente. 

AVA GARDNER

Yo me enamoré de Ava Gardner en  Las Nieves del Kilimanjaro, donde actuaba junto a Gregory Peck, vi aquella película en el Coliseo María Cristina de Larache, siendo un mocoso de no más de 6 o 7 años. Para mí, siempre sería el rostro de mujer perfecto, el más atractivo y  acorde con mi idea de la belleza femenina. Mientras este relato se escribe, recuerdo su hermosura incomparable y la  angustia  que atenazaba mi pequeño corazón, cuando Peck la recordaba en una inolvidable escena de la película. Nunca un rostro se hizo más acreedor a la  inmortalidad.

El 139 fue un pequeño interno melancólico, triste y muy tímido el primer año, al principio confuso, por el difícil trance que supuso la separación de su familia, para ir convirtiéndose en los años siguientes en un adolescente rebelde y en un interno experto. Durante esos cuatro años de internado, conoció el valor de la amistad verdadera, aquella que se desarrolla más allá de los juegos, a través de la palabra, la dialéctica y el sentimiento. También conoció el encantamiento que produce el enamoramiento a los quince años. Se inició en el aprendizaje del Algebra y del teatro clásico francés que para él significaron dos descubrimientos importantes. Autores como Corneille, Racine o Molière, siempre serían parte de su bagaje cultural. También accedió a la  práctica de diversos deportes entre los que destacó el fútbol. Profundizó en el habla y la escritura de la lengua francesa hasta convertirla  en su primer idioma, por encima incluso de su lengua materna, el español. Podía recordar como en primero de bachiller, el primer día de clase en que Mme Chambrette le preguntó su nombre y apellido, y cómo él, pronunció: Léon Cohen, acentuando la n de Léon  y dejando muda la de  Cohen. La profesora le corrigió, y desde aquel día siempre pronunciaría la n de Cohen y dejaría muda la de Léon. 

Este relato nació mientras observaba el mar desde la playa, vino a mi mente el número 139, y luego el relato sólo, ha ido viajando de un lugar  a otro, desde mi madre hasta Ava Gardner. Pero un relato no es nada, sino es la expresión de un conjunto  de sentimientos, cuya envoltura son lugares, personas  y paisajes del pasado. Aquellos años y aquellas personas debieron de ser fundamentales en mi educación sentimental, porque en todos mis relatos hay una o varias referencias a ellos. Un retorno a un pasado lejano que trato de recrear, ya que recordar es imitar la vida, en un intento de alcanzar la inmortalidad de aquello y de aquellos a los que recordamos.

                                                                       León Cohen 2011.

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y Catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz. Además de artículos científicos, haber escrito varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007, Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entrerríos”.
Es autor de los siguientes títulos: “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com), “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor). “La Memoria Blanqueada” (2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y también es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones, Madrid). «Cartas y Cortos» es su último libro, publicado en 2011. (Más información en este mismo blog)

Etiquetado , , , ,

PASEANDO POR LARACHE, un relato mano a mano de LEÓN COHEN y SERGIO BARCE

Larache – foto de Javi Lobo

Hace unos días, le propuse a León Cohen escribir algo a medias, accedió, y finalmente nos ha resultado una especie de relato-diálogo sobre los recuerdos, Larache y cómo nos ha marcado nuestro pueblo, para bien y para mal. Como todo primer experimento, es imperfecto, pero probablemente sea el germen de algo mejor que está por llegar. Es una conversación que pudo transcurrir durante un paseo por el Balcón del Atlantico o tomando una cerveza en el Bar Central. En esta charla, entre informal y estructurada, dos larachenses, opinamos, recordamos, discrepamos, viajando desde la nostalgia hacia la más patente realidad, y no dejando nunca de manifestar nuestro gran cariño por el pueblo que nos vio nacer y crecer.

Lo hemos titulado PASEANDO POR LARACHE

León: ¿Recuerdas Sergio cuando me reservaste en diciembre de 2004 una habitación en un pequeño hotel en el Zoco Chico? Subí  las escaleras y la cosa no me agradó nada, sobre todo por la humedad y más que por la humedad por la sensación de humedad. El dueño del hotel, un francés insípido del que no recuerdo casi nada, me comentó, el muy osado, que si yo ignoraba que Larache era junto a Londres la ciudad con mayor humedad. El tipo era doblemente ignorante: desconocía que yo era larachense  y que además era químico físico, es decir que me dedicaba entre otras cosas a explicar  que era eso de la humedad relativa. Recuerdo que me sentí agredido por aquel individuo, que con sus palabras me estaba robando sin saberlo, mi identidad y mi pasado. No le conté nada de lo que ahora te digo, le dije simplemente que lo sentía mucho y que desconocía eso que me decía y me despedí.

Sergio Barce y León Cohen durante las jornadas de Diciembre de 2004, con Abdellah Djbilo, Mohamed Laabi, Mohamed Akalay y Mohamed Sibari

Sergio:Lo recuerdo perfectamente. Tuve que buscarte con urgencia otro sitio, creo que al final os alojé en el Hotel Essalam, en la avenida Hassan II. No es gran cosa, pero el conserje, Abdeslam, es una persona fantástica, de esos que sabes que no tienen maldad y es él el que compensa las carencias del establecimiento. Lo cierto es que me desilusionó el incidente porque había escogido con mucha intención el otro lugar porque estaba en el Zoco Chico y porque, además, tiene desde la terraza una vista deslumbrante de todo Larache, pero noté en tu rostro que no era de tu agrado y se solucionó. Luego, traté por todos los medios que os sintierais bien durante el encuentro que, por cierto, deparó instantes muy emocionantes. Pero desconocía lo que cuentas, y entiendo lo que dices. Creo que a todos nos han ocurrido pequeños detalles como ése, y que nos han dolido.

Sergio Barce con Amado, subidos a uno de los leones de las Hespérides

Ese sentimiento del que hablas lo he experimentado cuando he tratado de hacer alguna gestión en Larache con la asociación, queriendo montar algún acto o encuentro cultural –que siempre ha tenido como objetivo dar a conocer a los creadores larachenses, de cualquier ámbito-. Recuerdo al anterior alcalde que me citó en una estación de gasolina en vez de en la Baladiya, yo estaba muy entusiasmado intentando que colaborasen para levantar el festival de música, y también me esforzaba por hacerle comprender que nuestro objetivo era defender el patrimonio cultural larachense (creo que pensaba que le hablaba de la herencia española, cuando lo que siempre hemos defendido es el conjunto de la historia del pueblo, desde las ruinas romanas de Lixus hasta la huella árabe, desde las sinagogas e iglesias hasta las mezquitas y zagüías, los castillos, los inmuebles con valor arquitectónico, todo, porque todo el conjunto es lo que hace singular a Larache). Pero pese a mi pasión, le recuerdo mirando el reloj cada dos minutos, como si oyera llover. Noté que poco a poco mis palabras se fueron diluyendo, sabía que todos los proyectos que le estaba exponiendo le importaban un bledo, y me sentí desengañado y muy desilusionado, aunque luego terminamos por montar por nuestra cuenta y con la ayuda de otras asociaciones locales todos los eventos musicales, literarios y pictóricos que  pusimos en marcha durante casi cinco años. Pero te digo una cosa: el sentimiento que albergamos sobre Larache es insobornable. Te puedes llevar muchas desilusiones, pero nunca muere, siempre lo superas porque las raíces son profundas. Hay centenares de larachenses que nunca volverán porque ya no reconocen a la ciudad… No hablo sólo de larachenses españoles, también de marroquíes. Te cuento una anécdota: a finales del pasado año llegó una mujer marroquí a mi despacho, en Torremolinos, y me dijo que tenía un asunto relativo al negocio que tiene con su marido, viven en Londres y querían que les hiciera unas gestiones; el caso es que me dijo que venía a verme porque alguien le había dicho que yo era de Larache y que era un abogado que trataba con mucha deferencia y afecto a la gente de allí, y que ellos eran también larachenses… Y entonces comenzamos a hablar de la playa, del río, de las calles, y en algún instante, cuando reconocíamos que la ciudad cada vez está peor cuidada y deteriorada, me dijo que echaba de menos la ciudad en la que ella creció, lo bonita que era Larache con sus jardines, y que ya había decidido no volver nunca más porque le daba mucha pena ver cómo estaba desapareciendo la ciudad de su niñez; entonces se puso a llorar. De verdad que me emocionó ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas compartiendo esos recuerdos comunes y el dolor por lo que se ha perdido irremediablemente. Y añadió, con la voz temblorosa, que sólo volvería el día que muriera su padre para acudir a su entierro. Y ya no pudimos continuar hablando.

León: Hemos escrito mucho sobre Larache y sobre la generación de nuestros padres, sobre aquellos hombres que nos parecían gigantes, luchadores e inasequibles al desaliento. Aquella generación de superhombres que poblaban nuestro pueblo y nuestra infancia, algunos de cuyos nombres y apellidos todos llevamos impresos en nuestra memoria. Pero como un día me comentó una amiga, hemos hablado y escrito muy poco de nuestra generación, de la generación siguiente, aquella que vivió su infancia y adolescencia y que sin saber ni cómo ni por qué, un buen día casi por sorpresa, tuvo que abandonar su pueblo, sin comerlo, ni beberlo, y peor aún, sin esperarlo. Creo que esta es la ocasión para recordarlos y recordarnos. Nombres o apellidos como Serna, Ochoteco, Caravaca, Cuqui Ros, Padilla, Romualdo Fernández, Simón Abecasis, Maír Benarroch, Elías Benguigui, Abdeslam, Mustafa Amiar, Tuito y Joaquin Aiselá, Filali, los hermanos Amselem, Santiago Hernández, el inefable Sibari y tantos otros…

Sergio: Eso es verdad, León. Pero quizá lo hacemos como homenaje a nuestros padres. Incluso en las fotografías que estamos colgando en el blog (muchas de ellas me las has mandado tú), ocurre lo mismo, son de generaciones anteriores. Pero trato de incluir las de la tuya y la mía, porque deseo crear un álbum intemporal, intercultural, intergeneracional. Recuperar, como dices, a esas otras generaciones posteriores. Y aunque hay una pequeña diferencia de pocos años entre tú y yo, cuando éramos niños esos pocos años eran casi insalvables, nosotros éramos los mocosos y vosotros los jóvenes que se comían el mundo… Los nombres que citas los conozco pero para mí eran los mayores, y me relacionaba más con los que os seguíamos: Juan Carlos Palarea, Lotfi Barrada, Juan Yankovich, José Gabriel Martínez Yepes, Marina López Matres, Conchi Lama, Gabriela Grech, Luisito Velasco, Yamila Yacobi, Pablo Serrano Morón, José María López Garry… Pero en definitiva, todos estamos unidos por el mismo lazo, el de Larache, y este lazo se ha ido consolidando con los años, me parece genuino y diferente, porque no he conocido a nadie que hable de su pueblo con tanta pasión y cariño como lo hace la gente de Larache.

Dime, León, ¿qué sientes cuando regresas y ves la silueta de Larache perfilándose a lo lejos?

León Cohen y su hermano David en el espigón

León: Mi distanciamiento de Larache empezó en 1958, con apenas once años. Sin embargo y aunque parezca una contradicción, aquella situación convirtió a mi pueblo en más próximo, lo interioricé muy pronto y siempre deseaba volver. Entre 1958 y 1964, siempre estuve “volviendo” a Larache, a mi casa, viniendo de Zoco el Arba o de Rabat, en cuyos internados respectivos pasé casi siete años. Solía reencontrarme con mi pueblo en Navidad, Semana Santa y para las vacaciones de verano. Puedo por lo tanto afirmar, que desde muy pequeño, volver a Larache fue para mí un deseo constante, casi una necesidad, y que siempre me produjo gran placer. Yo tengo dos recuerdos imborrables llegando a Larache: Uno por las salinas y las ruinas de Lixus, viniendo de Tánger o de Tetuán y otro por la fábrica de harina y Santa Barbara. Ambas entradas confluían en Cuatro Caminos. Pero hay en mi memoria un recuerdo aún más entrañable si cabe, que  era cuando se hacía de noche y al llegar al Crinda viniendo de Tánger (no sé si lo escribo correctamente)  ya se divisaba el destello del faro de Larache, recuerdo muy bien que eran destellos alternos, un primer destello y pasados unos segundos dos destellos seguidos. Esos destellos nos indicaban la proximidad de nuestro pueblo.  Era nuestra referencia nocturna.

En cuanto al sentido de tu pregunta Sergio, pasados cuarenta y siete años, tengo que decir, que aunque mi pueblo no dejará nunca de serlo, como lo siguen siendo mi infancia y adolescencia, mi deseo de volver ya se ha secado, ya no existe, ya dejó de ser hace mucho tiempo.   

Sergio:  He tenido que rumiar tu contestación. Me ha producido un efecto extraño, aunque ya me lo habías dicho de palabra alguna vez, pero leerlo ahora de nuevo, ver que tu deseo se ha “secado”, como dices, de verdad que me ha desolado. Y no eres el único larachense que lo dice… Pero al leerlo o al oírlo se me encogen las entrañas, me invade una sensación de frustración o de devastación. Me rebelo contra las causas que lo provocan, aunque no sirva de nada hacerlo, porque aún, después de tantos años, sigo sin comprender ese proceso de arrasar como sea el viejo Larache que hace que sus hijos se sientan extraños en su pueblo… Hay como una maquinaria lenta pero irrefrenable que apisona la ciudad en la que varias generaciones han crecido. Qué sería de Marrakech si construyeran sobre la plaza Jamma  el Fna, de Córdoba si tirasen la Mezquita, o si en Fez decidieran que la Medina va a convertirse en un nuevo barrio residencial… Larache es la única ciudad que conozco en la que sistemáticamente sus responsables van derribando su propia historia. Los edificios que se levantan en lugar del Teatro España, del Teatro María Cristina /cine Coliseo, los que han enterrado el Cine Ideal, el antiguo Casino, las villas del Balcón, los viejos edificios de principios del siglo XX… Todos ellos catalogados como inmuebles de especial protección…  Menuda ironía. Quizá porque fueron declarados patrimonio de los larachenses fueron abatidos. Pero siendo todo esto verdad, y aunque, te confieso también, sea cada vez más duro regresar por estas mismas razones, también te digo que volver te hace conocer a más larachenses que residen allí y que te abren sus puertas, como siempre han hecho, y a mí, personalmente, me hacen sentirme en mi casa, de nuevo en mi casa.

Una de las veces que estuve en Larache durante las jornadas que hacíamos en verano, recuerdo que caminaba por el callejón que linda con el viejo conservatorio de Don Aurelio y la iglesia, donde ahora está la oficina de Majid Yebari, y que comunica las avenidas Hassan II y Mohamed V. Iba pensativo, después de un día agotador tras una de las actividades, y de pronto se me acercó una chiquilla, no tendría más de doce años, con un pañuelo celeste en la cabeza, y con una sonrisa esplendorosa. Me tocó el brazo y me alargó una postal de Larache, de las que venden en los quiscos, y me dijo que me la regalaba porque había estado en el festival y me había escuchado hablar de Larache y quería que me llevara un recuerdo de mi pueblo. En ese instante, olvidé el cansancio, la presión, los problemas de las jornadas, y tras ver cómo se alejaba sin dejar de reír guardé la postal como si fuera el mejor regalo que podían hacerme. Ese gesto lo compensó todo. Y ese tipo de gesto, me reconcilia con Larache, aunque sólo sea gracias a su gente, la más modesta casi siempre, porque es en ellos donde aún queda algo de ese Larache que nos ha marcado tanto.  Pero fuera de eso, quizá todo se está perdiendo.

León: Ni quería, ni deseo que este paseo se convierta en un paseo por la nostalgia o la melancolía. Este ha de ser un paseo por el realismo. Por mera casualidad, nacimos en un país colonizado, en pleno Protectorado Español y sufrimos las consecuencias.  Contemplada desde la perspectiva del tiempo transcurrido, creo que la colonización fue a pesar de todo un hecho globalmente positivo para Marruecos. Tanto en el norte como en el sur quedaron unas ciudades, unas infraestructuras viarias, y una estructura cultural innegables. El nuevo Larache, aquel que nació a partir de 1911, fuera de la Medina y de la Calle Real, y que alcanzó su máximo esplendor durante nuestra infancia, el Larache que nosotros conocimos, fue una ciudad arquitectónicamente atractiva. Nadie puede negar que la Plaza de España, era y sigue siendo, como poco única.  Tuvimos la suerte de vivir en una ciudad bendecida por la naturaleza, una naturaleza generosa. Cuando la abandonamos, nunca mejor dicho, la dejamos al libre albedrío de sus nuevos dirigentes. Parece que con un criterio muy miope, algunos de estos se dedicaron a borrar toda huella del colonialismo español  y el resultado es el que es. Así de simple. Pretender darle una vuelta de tuerca a la Historia para recobrar lo ya destruido es una pretensión ilusa y vana, por muy bien intencionada que parezca.  Creo por lo tanto, que recordarla a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a aquellos que no la conocen. Nos queda siempre la esperanza de que algún día la bella Lixus volverá a recobrar su esplendor, porque nada ni nadie podrán alejarla de ese sol y de ese mar incomparables. Salud amigo Sergio.

Sergio: Beslama, amigo León.

 Por León Cohen Mesonero

& Sergio Barce Gallardo

Etiquetado , ,