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TÁNGER – 22 DE FEBRERO – PRESENTACIÓN DE MI NOVELA «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS» EN EL INSTITUTO CERVANTES

El próximo 22 de febrero, a partir de las 19:00 h. estaré en el Instituto Cervantes de Tánger, en la Biblioteca Juan Goytisolo, para presentar la segunda edición de mi novela El libro de las palabras robadas, y hacer un recorrido de Larache a Tánger a través de mis libros.

Os espero.

http://tanger.cervantes.es/FichasCultura/Ficha112597_35_1.htm

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS» EN MÁLAGA

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El público va llegando...

El público va llegando…

Ayer presentamos la nueva edición de mi novela El libro de las palabras robadas (Edic. del Genal – Málaga, 2016). Jesús Otaola, del grupo editorial Proteo, hizo de cicerone en la Sociedad Económica de Amigos del País, en Málaga. Buena temperatura, casi primaveral, en pleno invierno, y sala prácticamente llena. Augurio de buenos resultados, como así fue.

JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT, SERGIO BARCE y JESÚS OTAOLA

JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT, SERGIO BARCE y JESÚS OTAOLA

Mi amigo, el poeta e ínclito profesor José Luis Pérez Fuillerat, desmenuzó a conciencia la novela, desde su estructura hasta cada uno de sus personajes, e invitó a los asistentes a realizar una curiosa lectura «rayueliana» de mi novela, comenzando por otros capítulos y siguiendo un orden aleatorio… También nos sorprendió, además de por su asombrosa capacidad para analizar una novela y sus deslumbrantes conocimientos, cuando habló de la «ruta de los cigarrillos».

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Dijo José Luis:

«Otra manera de seguir la trama, es estar atentos a la ruta de los cigarrillos. Lo que me atrevería a llamar la “nico-travesía” en esta novela de Sergio Barce. Podría sugerir a algunos estudiosos del género narrativo (universitarios que se propongan una tesis tras la lectura de esta sorprendente novela), que observen el ritmo que aporta a esta novela el uso de los cigarrillos; las situaciones que condicionan su uso y abuso por parte del protagonista.

En efecto, Elio Vázquez es un fumador empedernido. Y su psicoterapeuta, Moses Shemtov, lo sabe. A veces utiliza esta obsesión de su paciente por los cigarrillos (sobre todo de marca) para sonsacar sus traumas, que se traducen, en definitiva, en el relato de toda la historia contada desde ese “diván del psicólogo”: la novela que escribe un narrador-escritor dentro de su propia novela.

Veamos el alarde del narrador  sobre la variedad de marcas de cigarrillos, siempre con un significado dentro de las diferentes situaciones del protagonista: Winston, Fortuna, Malboro, Philips Morris, Chesterfield, Ken, Gauloises, Camel, Gold Carlo, Salem, Pacific, Davidott, Baltimore, Pall Mall, Djarum Balck, Dunhill Special Reserve, State Express, Jhon Player Special, Du Maurier, y el exquisito Gitanes…»

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José Luis estuvo, como siempre, chispeante y divertido, y creo que a partir del diálogo que mantuvimos, creamos una atmósfera de complicidad. Pero de entre sus palabras, destaco estas:

«…Resulta imposible una completa y rica interpretación (y disfrute) de “El Libro de la palabras robadas”, si un lector no empata con “las expectativas” propuestas por el narrador en la intromisión de personajes como Robert de Niro en la película “Uno de los nuestros”; la novela “Pacífico” de Garriga Vela; “La Tregua” de Mario Benedetti, “El Libro de arena”, de Borges y “Las bibliotecas de Dédalo”, de Enis Batur; así como los lugares malagueños Librería Proteo, la Escuela de Idiomas, Ciudad Jardín, El Mercado y, sobre todo la relevancia de la idealizada ciudad africana de Tánger, metáfora final de toda la aventura narrada: El sol era deslumbrante y la temperatura, tibia y agradable, me abrazó en una suerte de bienvenida. Olía a mar, a salitre, a madera mojada y a pescado, y todos me eran cercanos, olores archivados en la carpeta de mi niñez, nos dice refiriéndose  a esta ciudad…

¿Se trata de una novela de acción? ¿De personaje? ¿De terror o misterio al estilo de Howard Phillips Lovecraft? ¿De suspense? ¿De amor? Pues creo que tiene de todo un poco este libro “misteriosamente escrito”…»

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Por mi parte, no pude evitar el destacar el toque tangerino o tanyaui de mi novela.  Porque El libro de las palabras robadas es, quizá el libro más complejo que he escrito. Quizá me equivoque y esto  no sea cierto, pero así lo pienso. El libro de las palabras robadas iba a desarrollarse por completo en Málaga, pero mientras la escribía, de pronto, estaba en Tánger. Ni me di cuenta de que había cruzado el estrecho. Fue inconsciente. Fue una alegría encontrarme donde me siento tan cómodo. Era mi primera escapada a Tánger y abandonaba a Larache como lugar donde ambientar mi historia. Es un libro complejo: es una novela negra que habla de la pérdida del padre y de la pérdida de la identidad, habla de un códice pero el códice no es sino el McGuffin que empleo para hablar de todo lo demás. Elio Vázquez es el personaje que escribe un libro dentro de mi novela, y me lleva por las calles de Málaga en busca de un pasado increíble, un pasado lleno de misterios y de aventuras que lo envía de regreso a Marruecos, donde su padre rozó la felicidad. De nuevo un viaje, de nuevo un regreso, de nuevo un paraíso perdido y, de nuevo, el paraíso que existió en aquel país que yo creía que era mío. 

Siento que es mi novela más tangerina. Tánger es una quimera y es un sueño, y Elio Vázquez sabe que es sólo allí donde le espera la felicidad. Ha de sortear la realidad de su pasado y de su presente para poder alcanzarla. Tánger se convierte así en una tierra de promisión, en la tierra en la que los sueños se pueden materializar. Me emociona ese Tánger que mi protagonista busca con desesperación porque es como si yo buscara mi Larache, el que se ha perdido. Mi primer viaje literario a Tánger resulta ser un viaje a través del tiempo de otro y resulta ser la más hermosa aventura. Es una novela muy romántica… Luego, llegó La emperatriz de Tánger, pero este es ya otro viaje diferente: es el viaje al Tánger de los años cuarenta, al Tánger que ya nunca más existirá.

Me encantó poder encontrarme con tantos amigos y escritores de calado que acudieron al acto: Encarna León, Miguel Torres López de Uralde, Pedro Delgado, Salvador López Becerra, José Infante, José Luis Rosas, Inmaculada García Haro, Víctor Pérez, Paco Selva… Además de otros amigos muy queridos y cercanos, familiares y lectores. Me gustó ver a tangerinos y larachenses, que nunca me fallan.

Sergio Barce, febrero 2017

ALGUNAS IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN Y CELEBRACIÓN POSTERIOR…

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Y EL PRÓXIMO DÍA

22 DE FEBRERO

NOS VEREMOS EN EL

INSTITUTO CERVANTES 

DE TÁNGER

 

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SEGUNDA EDICIÓN DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria del protagonista, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes cargados de humo.

Víctor Pérez

Ya está en la Librería Proteo de Málaga, la segunda edición de mi novela El libro de las palabras robadas, con una preciosa portada y maquetación de Reme Baquero. Ediciones del Genal se ha embarcado en esta nueva aventura después de publicarme Paseando por el Zoco Chico y La emperatriz de Tánger.

Si no vivís en Málaga, podéis pedir el libro en vuestra librería habitual en cualquier punto de España, y la recibiréis allí en 24 horas. Ediciones del Genal tiene para eso una muy buena distribuidora.

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«MIRAMAR», UNA NOVELA DE CARMEN ENCISO Y ELOÍSA NAVAS

Ediciones del Genal, ha publicado hace apenas unas semanas Miramar, la nueva novela de Carmen Enciso y Eloísa Navas. 

Tal y como ya hiciesen con El hotel del inglés (Ediciones del Genal – Málaga, 2014), Carmen Enciso y Eloísa Navas vuelven a otro establecimiento hostelero para hilvanar su nueva novela: en esta ocasión, el hotel Miramar de Málaga. Y, como en aquella otra, también aquí las dos autoras consiguen con pericia el escribir a cuatro manos una nueva trama en la que, una vez más, conjugan la historia en minúscula con la Historia en mayúscula.

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A través de los personajes de Mercedes y de Trini, recorreremos los avatares del hotel Miramar desde los años veinte (cuando aún se denominaba hotel Príncipe de Asturias) hasta 1966, cuando se produce el cierre de este emblemático establecimiento. Mercedes representa en esta obra la pequeña historia vista desde el prisma de la clase alta, ésa que podía permitirse el lujo de alojarse y de, incluso, residir de manera casi habitual en el hotel; y Trini, por el contrario, a la clase más popular de Málaga, la que vivía en corralones y para la que, cruzar la frontera del río Guadalmedina para llegar al centro de la ciudad, era incluso una aventura. Como en las novelas de Galdós, Carmen Enciso y Eloísa Navas dibujan el paso del tiempo a través de las peripecias personales y familiares de sus dos protagonistas a la par que retratan de manera eficaz la situación social y política del momento que les ha tocado vivir, es decir, la Historia de Málaga en esos años.

“…El merendero estaba en la playa, muy cercano al hotel. Nos atendió el dueño, Antonio Martín. Explicó, ante la curiosidad de mi esposo, que era del pueblo de Algarrobo y que había trabajado de licorero en las Bodegas Príes, ubicado justo enfrente del chambao. Del negocio de había ocupado su esposa, María Coral, hasta que falleció y entonces él se había hecho cargo. Decidió remozarlo y de paso cambiarle el nombre de La Coral por Antonio Martín para no tener que recordar a su esposa constantemente. Nos contó que el merendero había cambiado mucho desde que se abrió en 1886 con cajas de madera, palos hincados en la arena y un entramado de cables y cuerdas para sostener las esteras que protegían del sol a los clientes. <No son más que cuatro mesas y otras cuantas sillas de enea, ese era el mobiliario>. Dijo que siempre tuvieron clientela, primero procedente de los baños de Apolo y de La Estrella y luego se sumó la del hotel, que aumentó muchísimo desde que lo frecuentaran los reyes…”

Los avatares de Trini están llenos de sinsabores. No puede ser de otra manera para quien vive en el popular barrio de El Perchel. Con curiosidad, nos introducimos en ese barrio y en las vidas miserables de principios del siglo pasado, las ilusiones que despiertan en los más humildes los cambios que llegan con la República, la devastadora experiencia de la guerra civil, la desoladora huida de miles de malagueños de los bombardeos a la ciudad por los sublevados, la cruda realidad de una posguerra triste y gris, los cambios que, poco a poco, van ocurriendo con el paso de los años, las nuevas ilusiones que se materializan en los hijos.

El hotel Miramar será testigo de esa vida llena de altibajos, y será también testigo de cómo esa mujer que comenzó como limpiadora en el establecimiento, acaba siendo primero denigrada y luego rehabilitada para convertirse en gobernanta. Carmen Enciso y Eloísa Navas saben sacarles partido a las frustraciones de una vida salpicada por la mala suerte, el infortunio y, sobre todo, por los contratiempos de unos años convulsos y de una realidad que suele cercenar los sueños de los más humildes.

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CARMEN ENCISO Y ELOÍSA NAVAS – foto de La Opinión de Málaga

Por el contrario, Mercedes es la otra cara de la moneda. Una mujer de muy buena posición que se aloja en el hotel, con un marido de origen suizo primero, y, luego, sola en compañía de su criada. Por supuesto, la visión de los acontecimientos que se van produciendo tanto en el hotel Miramar como en Málaga, y en España en general, es muy diferente, a veces opuesta, a la de que se enfrenta Trini. Porque, como bien demuestra esta novela, la guerra no golpea de igual manera a unas capas sociales que a otras.

Para mi sorpresa, durante la guerra civil, Mercedes encuentra refugio en el Tánger internacional, y, con el paso de los años, se convierte en su ciudad.

“…Esta ciudad me ha enamorado, no hay día que no me sorprenda un rincón, una calleja en escalera, el color, su olor o sus gentes. Los españoles, cuando llegan aquí, se vuelven tolerantes, o quizás sea que los que vienen son los abiertos de mentes y de corazón. Hasta la Iglesia es mucho más comprensiva…”

(La proliferación de novelas que se han editado en los últimos cinco años, ambientas en la misma época y en la misma ciudad tangerina, comienza a ser llamativa).

Salvo este largo período, en el que el personaje de Mercedes pasa a vivir en otro mundo totalmente diferente al de Málaga (Tánger entonces era un lugar tan anacrónico como fascinante), el resto de su vida se moverá al otro lado de la orilla del río: la más privilegiada. Sin embargo, Carmen Enciso y Eloísa Navas introducen un elemento de rebeldía en Mercedes, que arrostrará la realidad a veces en contra del criterio general de su clase social. Esto enriquece sin duda al personaje.

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Otro acierto es ese contraste que las autoras nos muestran entre la Málaga destrozada por la guerra y ese Tánger de vida cosmopolita y sofisticada.

“…A eso del mediodía del lunes oímos a lo lejos una marcha militar.

-Es el himno de Mussolini -nos dijo don Ernesto, que de estas cosas sabía mucho.

Luego nos enteramos de que las tropas italianas habían desfilado por el puente de Tetuán y la Alameda, celebrando el triunfo. En el barrio, en cambio, reinaba el silencio. La sala donde vivía Miguel con su madre tenía una sola ventana que permanecía cerrada para no llamar la atención, por la que nos asomábamos a la calle a través de una rendija del viejo postigo. Todo parecía desierto y abandonado. Entre los que habían huido y los que, como nosotros, se encerraban en sus casas aparentando no estar en ellas, el Perchel se había convertido en un barrio fantasma en esas primeras horas de la ocupación.

A partir del segundo día, de vez en cuando sentíamos el motor de un coche que se paraba delante de alguna de las viviendas cercanas. Eran las nuevas autoridades que venían a buscar a alguien del barrio para llevárselo detenido, acusado de haber colaborado con el régimen republicano. Muchas veces estas detenciones se producían por denuncias de los mismos vecinos, que con este gesto pretendían ganarse la confianza de las nuevas autoridades y así evitar que sospechasen de ellos…”

En El hotel del inglés, las autoras efectuaron un admirable trabajo de documentación. En Miramar, vuelven a hacerlo. Los personajes malagueños más conocidos de esos años, Guerrero Strachan, Pérez-Bryan, Van Dulken… se mezclan con tradiciones populares de la ciudad, con dichos y vocablos propios de Málaga, con la memoria de los edificios más emblemáticos, con decenas de detalles que demuestran esa labor meticulosa de investigación que, sin duda, atraerá a un buen número de lectores malagueños que recordarán en estas páginas muchos de los episodios que han vivido o que les han contado sus familiares. Y, de la misma forma, no es despreciable en absoluto el mismo trabajo de documentación efectuado sobre Tánger para ambientar los capítulos que se desarrollan allí.

Estamos ante un gran fresco pintado desde el interior del hotel Miramar. Desde allí, y guiados por sus dos protagonistas femeninas, recorreremos la historia de Málaga y de los malagueños durante casi cincuenta años, los más duros, los que han ido marcando el carácter de una ciudad y el de su gente. Un viaje al pasado de los nuestros.

Sergio Barce 

“…Durante mis visitas, salíamos al frondoso jardín y dábamos un tranquilo paseo por los senderos entre los raros ejemplares de palmeras y jacarandas, o a la sombra de los pinos, con el olor de los eucaliptos y los falsos pimenteros. A veces veíamos ardillas y camaleones y ella solía decir, bromeando, que era Edward que había venido a visitarla. Yo le hablaba de las fiestas y de los artistas que se hospedaban en el hotel, como Elizabeth Taylor, Ava Gardner, Orson Welles, Jean Cocteau, Anthony Quinn y tantos y tantos otros que venían a Málaga a rodar sus películas…”

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«ESTRATEGIA EMPRESARIAL», UN RELATO DE JOSÉ LUÍS PÉREZ-FUILLERAT

Me ha llegado esta semana un relato escrito por el poeta José Luís Pérez-Fuillerat. Es un cuento curioso, que, muy lentamente, va despertando la curiosidad y la intriga del lector, lo que quiere decir que consigue su objetivo. Pero a mí, personalmente, lo que más me ha sorprendido de su narración ha sido, por supuesto, que una de mis novelas forme parte de la historia.

Me lo había advertido el propio José Luís en su correo, que acompañaba a su envío: «…ahí llevas, adjunto, ese relato que he escrito en estos días, con final especial de homenaje sergiobarciano...»

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JOSE LUIS PÉREZ-FUILLERAT

Por supuesto, su ingenio, como hace también en persona cuando nos vemos, no deja de admirarme. Un amigo con el que merece compartir un albariño.

Dentro de pocos días, también compartiremos el parto de su libro de relatos Cuentos de olores viejos y la nueva edición de mi novela El libro de las palabras robadas.

Sergio Barce

Estrategia empresarial

de José Luis Pérez-Fuillerat

  Asistía con la fidelidad de auténtico aficionado a las exhibiciones deportivas de ciclistas experimentados. La velocidad que adquieren en los velódromos y otros circuitos naturales, adoptando posturas sin la más mínima caída, los diferentes obstáculos que salvan, en perfecta sintonía con el vehículo, le parecían algo fuera de este mundo. A pesar de tanta admiración, el empleado Ernesto nunca sintió deseos de imitar a esos artistas deportivos. Su vida transcurría con una normalidad apabullante. Precisamente, asistir a esas actividades que se ofrecían de vez en cuando en la ciudad, rompían la rutina de su vida diaria: por la mañana, muy temprano, una ducha fría en cualquier estación del año; desayuno con pan tostado, frotado con una rodaja de tomate y aceite con pizquitas de sal. A las nueve, en su trabajo, puntual para fichar. Cuatro horas ininterrumpidas entre ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Comida rápida de mediodía y a las tres de la tarde, vuelta al trabajo: ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Vivía solo, pero no se sentía solo. La televisión no le llamaba la atención. Y cine, poco, sobre todo italiano. Desde aquella película en la que a Antonio Ricci le robaron la bicicleta no ha vuelto a ver más cine del país del Dante. “Tanto realismo me agota y me cierra la imaginación”, se decía para autojustificarse. Leía durante un par de horas antes de retirarse a dormir. A veces dos o tres libros a la vez. Dejaba señalada la página y seguía leyendo indiscriminadamente. Pero el final de su lectura diaria, y como lenitivo para iniciar un plácido sueño, era la relectura de las diferentes frases de personas célebres, que había grabado en las paredes de su habitación: “La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”, de Albert Einstein. La que más le gustaba y que presidía el cabecero de su cama era la de J.F. Kennedy: “Nada es comparable al sencillo placer de dar un paseo en bicicleta”. Y así acababa por dormirse, con su imagen subido a una bicicleta, palpando el libro abierto, abandonado en la cama.

Por eso, cuando se anunciaba que habría exhibiciones de acrobacia en bicicleta, o alguna otra concentración de ese deporte, nunca dejaba de asistir. Lo disfrutaba, precisamente porque su trabajo representaba lo contrario de esa actividad: la incertidumbre del ciclista, el posible peligro, no solo de algún accidente, sino, sobre todo, de fracaso en la realización final de los competidores, lo suspendían en un miedo controlado, eso sí, pero que también lo sacaban de la rutina. Estas inquietudes las comentaba entre sus compañeros de trabajo: que, aunque su ilusión sería tener valor para participar como ciclista en alguna de esas modalidades deportivas, creía que nunca podría conseguirlo, solamente por miedo al fracaso. Repetía esta palabra mucho y que aquello que dijo Samuel Beckett, “Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez, pero fracasa mejor”, no le convencía. Pensaba que, en el mundo del trabajo, un error puede costar muy caro; a veces hasta la vida. Y a él le gustaba ir sobre seguro.

Ernesto formaba parte de una compañía en la que el jefe se portaba muy bien con sus subordinados. No controlaba excesivamente sus obligaciones diarias. Sí la hora de entradas y salidas. También observaba, sin que se notara, que todos y cada uno de los empleados cumplía con su cometido y que la empresa superaba cada año los objetivos. También, por esa misma razón, una gran parte de los beneficios eran repartidos equitativamente entre todos los trabajadores.

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Cuando llegó el día de los veinticinco años de vida de la empresa, el jefe sugirió que deberían hacerse un regalo entre todos. Fue una sugerencia que consistía en que cada empleado sorprendería a otro con algún regalo. Esa fue la idea del patrón, añadiendo a su propuesta que nadie sabría a quién entregaría su obsequio. Sería una sorpresa para todos. Cada empleado debía elegir, secretamente, a quién lo entregaría. El jefe lo tenía todo controlado. Los empleados, no tanto. Pero también mantuvieron un suspense que les agradaba y les motivaba.

Llegado el día, se reunieron todos en la sala principal de la empresa. Se colocaron mesas alrededor del recinto, muy bien ordenadas y repletas de platos con diferentes viandas y bebidas. Adornos oportunos en las paredes para que se notara que era una gran fiesta. Los buenos jefes saben que, si al trabajador se le mantiene contento, la empresa prospera.

Cuando llegó el momento de la entrega de regalos, nadie era conocedor de a quién entregaría cada compañero el suyo. Todos pensaron lo que podría ocurrir, dada la propuesta tan peculiar que se les hizo, pero siguieron su juego. El jefe sabía que su idea podría acarrear algún que otro disgusto entre el grupo de empleados, pero era un recurso más de comprobación sociométrica, dentro de otros varios que aplicaba esporádicamente para conocer la actitud de sus colaboradores. Siempre como estrategias para el bienestar de sus trabajadores y la prosperidad de la empresa.

El jefe invitó a todos a brindar por la empresa y por cada uno de sus integrantes. Se hizo el silencio consiguiente, mientras intentaban el sorbo de saludo, anteponiendo el ‘chinchín’ compartido, como sonido envolvente por el golpecito entre cristales. Así, el oído completó, con el ruidito de las copas, los otros cuatro sentidos con que el vino les iba a deleitar. Comían y bebían mientras charlaban entre ellos.

Cuando el jefe estimó que era el momento de la entrega de regalos, dijo: “Esta empresa ha nacido con vocación de progreso para todos nosotros y para la colectividad. Sabéis que no soy un explotador y que esta compañía paga sus impuestos como mandan las leyes del país. Pero lo que más me interesa es que vosotros estéis contentos y que, si el negocio prospera, vosotros también. Pero he decidido que este aniversario tan transcendente sirva para saber cómo habéis reaccionado ante la propuesta que os hice. Así pues, ya podéis ir a por vuestros regalos y entregarlos al compañero que habéis seleccionado para recibirlo”.

Veintinueve bicicletas salieron de la mano de otros tantos empleados, que se dirigieron todos hacia Ernesto. Sorprendido, quedó en silencio sin saber cómo reaccionar. Todo lo imaginado sobre el mundo de la bicicleta se multiplicó. Se vio sentado en una, paseando alegremente por las calles de la ciudad; superando, en otra, montículos y escalones naturales y, alcanzando, en la más ligera, una velocidad inusitada en algún velódromo de competición. Sin miedo alguno al fracaso.

Tras esa entrega multitudinaria al compañero elegido, como si se tratara del trofeo que merece el primero que llega a la meta, siguió el abrazo del jefe y, seguidamente, un silencio total. Naturalmente, faltaba un regalo, el del propio Ernesto, el empleado fiel, constante, perfecto en su trabajo y rutinario en su comportamiento personal. Temeroso del fracaso.

Por una vez, desobedeció al jefe: no pensó en obsequiar a un único compañero. Cuando oyó aquel día la propuesta del patrón, inmediatamente, en su interior y en secreto como el resto de sus compañeros, meditó muy bien lo que iba a hacer en ese acto del veinticinco aniversario de la empresa.

Extendió una mirada rápida a todos los concurrentes y sacó un gran paquete envuelto en papel transparente, de lujo, con lacitos de colores multiplicados. Lo abrió ante la expectativa de todos y entregó a cada uno de sus compañeros y al jefe, un libro. Un mismo ejemplar para todos y cada uno de ellos de “El libro de las palabras robadas” del escritor larachense y malagueño Sergio Barce.

Quizás ustedes, lectores, estén haciéndose dos preguntas:

Una: ¿Por qué su compañero Ernesto les hace esa clase de regalo?

Dos: ¿Qué pretende el jefe con esa estrategia?

La mayoría terminaría esta historia así:

El empleado Ernesto, a la hora de decidir un obsequio para sus compañeros, pensó que, aunque un libro tiene un valor económico escaso, el que adquiere, cuando se lee, es incalculable económicamente, pues alcanza valor literario, estético, por todo lo que puede sugerir y motivar. Por otra parte, el jefe quería saber cómo reaccionaban sus trabajadores ante la recepción de un regalo y, sobre todo, quién de entre ellos sería el más indicado para sucederle algún día como principal responsable de la empresa. Pues eso.

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