Sugerente foto con mi novela El libro de las palabras robadas y con la biografía de Mohamed Chukri de Rocío Rojas-Marcos, tomada por nuestro amigo común Pablo Macías, director del extraordinario documental La vida perra, que tantos galardones ha obtenido en su carrera por distintos festivales, y ahora el no menos exitoso (A)plomo.
Ya anuncié que mi amigo y paisano León Cohen Mesonero había publicado nuevo libro: 100 microrrelatos. Y ahora leo un artículo de mi también amiga y poeta Paloma Fernández Gomá, a la que tanto le debemos quienes escribimos en las dos orillas. Aquí os dejo tanto el enlace a través del que podéis leer este artículo, bellamente titulado La memoria marroquí de León Cohen, como el que os llevará hasta el audio en el que se recoge la entrevista que ha ofrecido a Radio Sefarad sobre su nueva obra.
De nuevo una novela del escritor melillense afincado en Málaga, Antonio Abad, me ha sumergido en una trama original y distinta; ambientada en Marruecos, sí, pero con un conocimiento profundo de sus gentes y de su tierra, lo que hace más gozosa la lectura. Más gozosa y más real. Ya me ocurrió con su magnífica novela Quebdani, que siempre recomiendo, porque es de esos libros que se le quedan a uno en el interior y que rumiamos una y otra vez. Ahora, con este nuevo título, El renegado, ocurre algo parecido. Tarda uno en desprenderse de Dalmiro, su protagonista, un español, un cristiano, que huyendo de la pobreza en Melilla tras un hecho luctuoso acaba por vivir con unos rifeños y, durante años, tratará de convertirse en uno de ellos. Antoni Abad, sin embargo, no se muestra nada complaciente con su personaje, y con los pies en la tierra nos plantea la dificultad que supone para un rumi el tratar de ser admitido como un igual entre los rifeños.
“Una vez en Amarach asistí al sepelio de un pariente de Yilali. Yo no disponía de lienzos para envolver el cuerpo de Farid, ni tenía suficiente agua para lavarlo, ni aceites ni perfumes; solo tenía una manta y un poco de agua con la que primero rocié sus cabellos, luego su cara, su pecho, sus piernas, sus manos, hasta llegar a los pies. No me costó mucho cavar un agujero porque la tierra era blanda, aun así el dolor que sentía por la muerte de mi amigo me mermaba las fuerzas y a cada azada que golpeaba en la tierra (una azada que afortunadamente encontré) era un golpe que yo mismo me daba en mi corazón. Todo el tiempo estuve llorando y cuando al fin arrastré su cuerpo hasta el fondo, recostado sobre el lado derecho y con su rostro mirando hacia La Meca, el siguiente paso fue aún peor. La tierra que tenía que cubrirlo la iba echando poco a poco y caía con un sonido oscuro, como si cada paletada renunciara a servir de impacto sobre aquel cuerpo que tan vilmente había sido masacrado. Al terminar, tuve la sensación de haber estado plantando un árbol, un árbol sin tronco, sin ramas, sin hojas, solo sus raíces debían quedar sepultadas para siempre. Luego busqué una piedra y la hinqué a la altura de la cabecera. Era una piedra blanca, pesada, que recogí de los escombros del morabo; una piedra para señalar su tumba, sin flores, sin nombre, y junto a la piedra una lata vacía que llené con agua para que bebieran los pájaros.
Cuando al final, acepté reconocerme en su recuerdo, las palabras que tenía que pronunciar no me salían. Tampoco conocía ninguna plegaria en amazigh como despedida de este mundo. El pecho se me había encogido; en la garganta se me había hecho un nudo y no paraba, silenciosamente, de llorar.
No sé cuánto tiempo estuve en aquella situación, carcomido por el lamento y la compleja soledad que me embargaba. Era la segunda vez que me enfrentaba a la muerte, a esa desconocida noche que nos instala en una paz permanente cerrándonos los ojos sin misericordia para no abrirlos jamás.
Un silencio expectante escudriñaba las ramas de los árboles que ningún aire movía. El sol se había ocultado detrás de un grupo de nubes. Pasaron pájaros. Sin darme cuenta, cuando fui a despedirme de Farid, me santigüé. Fue un acto instintivo que troqué, rápidamente, con un Allahu Akbar (Dios es grande). <Descansa en paz>, también le dije. Pero su dolor era ahora mi dolor, y su rabia y su venganza tenía que hacerlas mías. No podía dejar que su aliento y su espíritu se quedaran allí, pudriéndose como él bajo la tierra. Tenía que llevármelos conmigo. El Rif me reclamaba para que sus sueños se cumplieran.
Fue lo que le prometí -ya sin llanto- delante de su tumba…”
El protegido, además de una novela de aventuras, tanto personal como colectiva, plantea un recorrido histórico por los años inmediatos a la independencia de Marruecos y a la lucha del Rif por alcanzar su independencia, la represión de los llamados años de plomo llevaba a cabo por el rey Hassan II, la actuación de la guerrilla rifeña, las lealtades y las traiciones… Es como recorrer la historia del país durante esos años tristes y duros de la mano de un cronista que deambulara por los escenarios con una cámara de cine, grabándolo todo. Nos transmite además la miseria de esas tierras, la injusticia de un sistema corrupto, la desafección entre las tierras del Rif insurgente y rebelde y el desprecio de la élite gobernante de Rabat.
Pero esta novela también es un pequeño ajuste de cuentas de Antonio Abad con la Historia, en especial, del trato sufrido por esos españoles que, nacidos en Marruecos, pese a su amor y respeto por el país, nunca pudieron sentirse completamente integrados y aceptados. Un tema que Antonio y yo hemos hablado largamente y en el que coincidimos en muchas cosas.
“…Por qué con toda nueva gente con la que me tropezaba siempre me contaba alguna historia de todo lo malo que habíamos hecho los españoles por estas tierras. A qué venían tantos reproches. Ya se lo dije un día al propio Farid, ¿qué tenía que ver yo con todo aquello? Me encogí de hombros porque la duda o mi ignorancia no me permitían llegar a ninguna conclusión que no fuera mi continuada extrañeza ante su inesperado arrebato de acusarme con viejos agravios.
Ahmed volvió a cogerme del brazo esta vez con más fuerza, como si necesitara mi apoyo para no caerse, y me dijo:
-Aquel día el zoco, como siempre, estaba muy concurrido. De pronto, por el cielo surcaron tres aviones Bristol arrojándonos un buen número de bombas, e incluso hicieron uso de las ametralladoras cuando la gente intentaba refugiarse donde buenamente podía sin que les importara que fueran mujeres o niños. Eso fue un jueves de febrero de 1926.
Hace una pausa y calla como si el silencio le ayudara a poner en orden los resortes de la recordación. Observé entonces su cara como si fuera otra persona, con desánimo, calculando la medida de un tiempo que se obstinaba en permanecer invariable, y el hombre que fue y el que es ahora parecían estar mirándose en el mismo espejo como si entre ellos el único muro que los separaba fuera el de la lástima. No traté de hacerle ningún tipo de pregunta y dejé que él siguiera desahogándose por los otros aspectos de la historia.
-Es verdad -prosiguió- que Abdelkrim estaba perdiendo la guerra, por eso no se comprendía que se hubieran ensañado con una multitud inocente, a no ser que lo hicieran por pura venganza. Hubo muchos muertos y muchos heridos. Primero se oyó un rugido inmenso que atronaba los cielos y luego el estampido de las explosiones. Yo me encontraba en un puesto de carne y a poco todo el zoco olía a carne quemada. Espantado por lo que estaba sucediendo, perdido, ciego, corrí desesperado, apretando los dientes, entre gritos y derrumbes hasta que un impacto de metralla me impactó. Caí al suelo en medio de aquel desorden. Todo el mundo huía despavorido hacia ninguna parte, gritando como locos, buscando donde protegerse de las balas suicidas que tamborileaban sobre sus cabezas. Cuánta rabia sentí por lo que estaba ocurriendo. La desolación era total. Los muertos y los heridos fueron incontables. Muchos padres perdieron a sus hijos y muchos hijos perdieron a sus padres. Cuánta gente también, sin brazos, sin pernas, que quedaron mutilados para toda la vida. Bajo aquellas columnas de humo que ascendían desde los puestos calcinados de los vendedores, el zoco parecía la entrada del infierno. Recuerdo que no podía respirar. La sangre me brotaba, una sangre viscosa, caliente, sucia. Cuando los aviones se marcharon alguien me ayudó a levantarme, pero a poco perdí el conocimiento. Desperté en otro lugar lleno de vendajes. Con el tiempo aquellas heridas se curaron, pero no las de mi corazón.
Nada sabía yo de lo que acababa de contarme. En mi casa cuando se hablaba de la guerra con los moros solo se mencionaba la masacre que había hecho en monte Arruit cuando salieron huyendo del desastre de Annual y que por eso no nos tendríamos que fiar de ninguno, por criminales y traidores.
El rostro de Ahmed de repente palideció. Parecía que acababa de adivinar lo que yo estaba pensando, pero, precisamente por eso quise alejar de mí cualquier conjetura que me afectara. Quién era yo para juzgar esos hechos en uno u otro sentido. El mal era la guerra producida por el odio viniera de donde viniera. Se lo dije:
-No tendría que haber ninguna guerra.
Ahmed volvió a mirarme. Lo hizo recriminándome lo iluso de mi pronunciamiento, y mientras caminábamos, desprendiendo una sonrisa mustia, como si la urgente necesidad de apoyarse en mi brazo le fuera necesario, continuó:
-…pero quién lo iba a pensar. La historia volvió a repetirse. Esta vez no eran aviones españoles, sino aviones marroquíes. Que Alá los maldiga y castigue con las llamas del infierno. Sus bombas mataron a dos de mis hermanos. A uno de mis sobrinos la metralla le arrancó una pierna. Tiene ahora mas o menos tu edad. Él no puede huir a las montañas para unirse a la insurrección con el grupo de Izem, pero me ha jurado que hará todo lo posible para vengar la muerte de su padre.
Yo guardé silencio y al mismo tiempo miraba al cielo porque me parecía que los designios de la fatalidad podían repetirse por esos caprichos del destino que hace que los males siempre recaigan sobre los mismos. Afortunadamente por el cielo solo flotaban las nubes; y Ahmed, dándose cuenta de mis barruntos, esgrimiendo una disuelta sonrisa por mis posibles temores, me dio una palmadita en la espalda y me señaló uno de los puestos del zoco en donde tomar un buen vaso de té.
Estando sentados, el ajetreo y el bullicio que se expandía en nuestro entorno era incesante. Ahmed había venido al zoco a comprar, pero también a verse con alguien…”
Disfruto de las novelas ambientadas en Marruecos cuando percibo que su autor conoce a los marroquíes y conoce al país, mientras que me producen cierta urticaria esos otros que, con una breve visita, se convierten en especialistas de un país cuya cultura e idiosincrasia es muy difícil de asimilar y a veces de comprender. Se necesita una vida para ello. Y El renegado es de esos libros que te abren el país en canal.
También me ha parecido muy interesante y original cómo Antonio Abad ha sabido engarzar la trama de su historia y la vida de sus protagonistas con los atentados que ocurrieron en Tetuán y luego el de Sjirat en julio de 1971. Eso lo hace aún más verosímil, trenzando sabiamente realidad y ficción, alma mater de una buena novela histórica o ambientada en un período concreto.
Una excelente novela para revisitar toda esa época y entender algo más lo ocurrido en el Rif y los sentimientos de quienes luchaban por la independencia de ese territorio.
El renegado ha sido editado por la Consejería de Educación, Cultura, Festejos e Igualdad de la Ciudad Autónoma de Melilla.
Acaba de publicarse por Círculo Rojo el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero, que promete buenas dosis de lectura y reflexión. Toda la información sobre su nueva publicación, titulada 100 microrrelatos, podéis encontrarla en el siguiente enlace a su blog:
Un tema atractivo es el que nos plantea Youssef El Maimouni en su novela Cuando los montes caminen (Rocaeditorial, 2021): la presencia de las tropas marroquíes en el ejército franquista. A esto se añade que la historia está escrita por un autor de origen marroquí, nacido en Ksar El Kebir, y que la relata en primera persona, lo que la dota de más realismo y verosimilitud. Otro aspecto es el del posicionamiento adoptado por el narrador que, en este caso, es el de un joven que no entiende la sinrazón de la guerra y que tampoco actúa como la mayoría de sus compañeros, empujados más por el odio y la venganza que por cualquier otro instinto.
El siguiente párrafo puede servir de resumen ejemplificador del espíritu de esta novela:
“…debían de ser unos cuarenta hombres. Fueron alineados en una pared de la plaza. El mismo número de soldados marroquíes y legionarios los vigilaban de cerca apuntándolos con los fusiles mientras otro grupo comprobaba que no quedara nadie escondido. Tres oficiales llegaron acompañados de un cura. En cuanto lo vieron, los rendidos empezaron a gritar, a suplicar. Pedían que cumplieran con su juramento de guerra, que a los prisioneros no se les podía fusilar. Uno de los oficiales susurró algo en la oreja del cura y esta realizó la señal cristiana, una cruz dibujada en el aire con la mano de la que le colgaba un rosario. Murmurando alguna oración piadosa se retiró dando la espalda a los prisioneros.
Cuarenta disparos al unísono ahogaron las vidas de aquellos soldados. Solo uno tuvo tiempo de levantar el puño y gritar: <¡Viva la República!>. Un legionario se acercó hasta el cuerpo del hombre que había gritado con el puño alzado y con ojos relucientes le disparó en la cabeza para luego gritar: <¡Viva Cristo Rey, hijo de puta!>. Los demás lo imitaron y tirotearon los cuerpos que yacían sin vida, ensangrentados y apelotonados. Se vengaban. Sentían que de esa manera se hacía justicia. En el asalto a la iglesia habíamos tenido otras seis bajas más, un total de once muertos aquel día, más dieciséis heridos graves. Todos querían saldar las cuentas con el enemigo. Ni prisioneros ni vivos iban a quedar.
¿Qué razones movían a cuarenta hombres escasos a luchar contra todo un ejército? ¿Qué les impidió huir junto con sus familias y alejarse de la barbarie de la guerra? Cavamos un foso y arrojamos los cuerpos sin alma. Mudos, no podían responder a nuestras preguntas. Nadie nos explicaría de dónde provenía tanto odio.
Dominada la situación, tanto los soldados marroquíes como los legionarios aprovecharon el momento libre de ocupaciones para demostrar la verdadera naturaleza de sus caracteres. Saquearon iglesias y casas. No dudaban en apropiarse de cualquier objeto inútil que pareciera tener un mínimo de valor para más tarde intentar ponerle un precio o intercambiarlo. El pillaje se convertiría en una costumbre, aunque de aquel pueblo no conseguirían muchos objetos de valor más allá de sábanas, toallas, mantas, cubrecamas, vestidos y muebles que, por su gran tamaño, no podrían transportar y que acabaron en medio de las calles, recibiendo el castigo del sol y las meadas de los perros. Las casas quedaron prácticamente desvalijadas, destrozadas, llenas de las huellas de los animales furiosos del ejército.
Unos pocos, con gestos de desagrado, miraban incrédulos a sus compañeros, que como buenos ladrones fanfarroneaban ante el botín cosechado y vitoreaban a uno que se había vestido de mujer con ropas abandonadas.
-No os estáis comportando como buenos musulmanes.
-Tan solo estamos tomando lo que no es de nadie.
-Sois como animales.
-Si no te gusta, vuelve a tu asqueroso pueblo.
Entre los marroquíes se crearon dos bandos: quienes cometían toda clase de atropellos y quienes, los menos, juzgábamos aquellos actos pecaminosos, prohibidos, haram. A ojos de Dios quedarían como unos desalmados, unos haramis, peor que los kufar. La discusión no fue a más.
Como nos habían prometido al alba, los cabos fueron a manifestar a los superiores el malestar general por parte de las tropas moras. Si seguían sin respetar los horarios de las plegarias, sobre todo el matinal, y si continuaban sirviéndonos aquel café aguado y aquella insípida y desacostumbrada comida, muchos renunciarían, exigirían su paga y regresarían a Marruecos. Toda la respuesta fue que pronto solucionarían aquella situación pero que, hasta entonces, pedían disciplina y fidelidad a la causa. Quedaban muchos rojos por vencer y con nuestra ayuda la guerra finalizaría antes de la llegada del invierno y recibiríamos toda clase de recompensas.
Nadie quedó satisfecho y en cuanto nos avisaron de que la cena estaba lista, un supuesto puré de patata con unas minúsculas y raquíticas zanahorias, nadie probó bocado dejando los ardientes calderos intactos. Los legionarios y los escasos miembros de la Guardia Civil, que se harían cargo del pueblo tras nuestra pronta partida, nos miraban incrédulos. Ignoraban nuestra capacidad para pasar hambre. Durante el ramadán ayunábamos jornadas enteras. Aquello era un juego de niños…”
Youssef El Maimouni, con un lenguaje diáfano y sencillo, cuenta la historia de Yusuf, un joven que se ve abocado por las circunstancias a enrolarse en las tropas sublevadas contra el gobierno legítimo de la República. Su itinerario es el de miles de compatriotas suyos que fueron manipulados y engatusados para formar parte de un ejército que, en realidad, los despreciaba, que los consideraba carne de cañón. Con Yusuf acompañaremos a estos hombres y a los legionarios en su avance por pueblos y ciudades ganando batalla a batalla esa guerra enloquecida que acabó con la victoria franquista.
Hay cuestiones muy interesantes que Youssef El Maimouni plante a los largo de la novela: los motivos que movían a muchos marroquíes a alistarse; la actuación de los marroquíes en una guerra ajena, unos llegados a la península con ansias de sangre y pillaje y otros sobreviviendo para llevar algo de dinero a sus casas, reprimidos además por sus creencias y por su sentido humanitario; la contradicción entre destrucción y muerte y los principios morales establecidos por el Corán; el desprecio de los legionarios rebeldes hacia sus nuevos compañeros de armas marroquíes; la violencia gratuita y deshumanizada de esos mismos soldados hacia los vencidos… También es un acierto el que el protagonista, Yusuf, esté emparentado indirectamente con el General Mohammed Ben Mizzian, con el que mantiene una relación extraña pero muy interesante tal y como se plantea en la novela. Como lo son igualmente la relación entre Yusuf y Asma, la mujer que ama, y la forma original y sorpresiva como se resuelve esta historia, o la que se establece entre el protagonista y el sepulturero musulmán al que ha de acompañar como castigo.
Cuando los montes caminen es, en fin, una novela de guerra y de aventura, por la que desfilan numerosos personajes en un mosaico humano variopinto y realista, un libro muy entretenido, pero lleno de humanidad, que nos muestra uno de los capítulos menos conocidos de la guerra civil española.