Archivo de la categoría: ARTICULOS

“EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS”, DE SERGIO BARCE, INCOMBUSTIBLE

Mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genal, 3ª edición) ha tenido un largo recorrido y sigue viva. Hace un par de días, alguien, bajo el seudónimo de “André Gide junior”, me escribía para decirme que acababa de leer este libro y que le había parecido tan fascinante que no entendía que no hubiera alcanzado ya mayor repercusión. Además, añadía, es de esas novelas que se te quedan grabadas y no eres capaz de desprenderte de ella durante semanas.

No está nada mal leer este tipo de comentarios, como todos los que reproduzco a continuación sobre esta misma novela. Te dan aliento y te empujan a no cejar en el empeño. 

“Esta es la tercera novela que leo de Sergio Barce y, engolfado en toda su ciencia literaria, proveedora de materia y espíritu, de símbolos y signos, de solaz y conocimiento, se halla siempre un hombre que nos conmueve y nos seduce, que nos provoca ese leve gesto de rebeldía frente a lo inhumano y no nos libra de una lágrima inflamada cayendo lentamente sobre las sombras del corazón.

Manuel Gahete”

 

“Sincronías entre lo real y lo onírico, el yo y el ello, lo racional y lo mágico envuelven esta novela de un halo freudiano. La grave relatividad del espacio tiempo literario se va desmenuzando entre personajes que, en cierto modo, parecen replicar la misma historia, como si huyeran sin saberlo del olvido (otra forma de canibalismo) para conservar el enigmático libro de las palabras robadas.

Una metáfora sobre los espacios ocultos, pues todos arrastramos palabras robadas que nos dejaron espacios en blanco difíciles de escribir.

Súper recomendable.

David Rocha”

 

Esta novela introduce unos elementos novedosos en la narrativa de Sergio Barce que no habían aparecido hasta este momento. Está aderezada por un toque de realismo mágico a través del personaje de su madre muerta con el que va contactando a lo largo de la historia. También el propio libro de hojas blancas en el que se pueden leer todas las palabras de los libros perdidos o destruidos introduce un elemento sobrenatural.

En los últimos tiempos se está sacrificando el arte literario por conseguir una trama atrayente. Se está perdiendo los artesanos de la palabra, los que pulen y embellecen el lenguaje, y no solo importa lo que se dice sino cómo se dice. Esa es la verdadera literatura. Sergio es uno de los escasos escritores que consiguen atrapar con su trama mediante una narrativa precisa, cuidada y elegante sin perder por ello ni un ápice de intensidad en su historia.

Combina de forma magistral ficción y realidad y sabe confundirlas de forma magistral hasta fusionarlas. Es un escritor sensorial especialmente habilidoso en conseguir que el lector empatice con sus personajes lo cual facilita que nos identifiquemos con ellos en muchas escenas.

Cuando impartes un taller literario se insiste a los alumnos en la importancia de  mostrar en lugar de contar y Sergio Barce es el mejor ejemplo de ello.

Susi Bonilla”

 

“La narración continúa in crescendo, irremediablemente y sin dar tregua al lector para desviar su atención de la misteriosa y complicada trama.

Y página tras página, ya sin remisión me encuentro como una más dentro de la historia, vibrando con ella. Sergio Barce es tremendo. Una narración compleja pero llevada a cabo de una forma magistral.

Joana Márquez”

 

“Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria perdidos y reencontrados por el protagonista Elio Vázquez gracias a la terapia certera de un psiquiatra llamado Moses Shentov, entre personajes como editores, periodistas y libreros, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes llenos de humo.

Víctor Pérez”

 

“En <El libro de las palabras robadas>, el misterio y la intriga son las características más recurrentes de las que hace uso Sergio Barce, para adentrarnos en la vida de los protagonistas de esta acción enigmática y de fantasía que se va descubriendo a través de las páginas de la novela.

Paloma Fernández Gomá”

 

“Dos de las veinte razones que doy para leer <El libro de las palabras robadas>:

Por el tratamiento que tiene la familia en la novela. La familia como asunto suele tener una gran –y feliz- presencia en los libros de Sergio Barce. Aquí, lo que comienza como un thriller termina como la relación con un padre y con una madre. Yo creo que tal vez esa sea la parte de mayor poder del libro. La más musculosa.

Porque en la novela aparecen muertos que hablan. (Y no se muere en el intento). Es bien difícil que esto funcione en una novela o en una película. Pero yo les puedo asegurar que aquí funciona. Es más, hay una idea maravillosa de Sergio Barce sobre los muertos, que la da uno de los personajes (muerto) cuando aclara que ellos pierden sus rencores porque pasan horas riéndose de su propia vida cuando mueren. Si esto es así, les digo en serio que morirse no va a tener ya tanta importancia como le damos.

En fin, que ahí llevan ustedes dos de las veinte razones que he dado para leer esta novela, Habrá sin duda muchas más y cada uno encontrará las suyas.

Jesús Ortega”

 

“Esta es una novela con el formato de thriller psicológico, que sin embargo lleva insertas algunas pinceladas mágicas, que introducen una nota onírica, suprasensorial y un punto de imaginación y fantasía, lo que constituye, como decía Hitchcock, el MacGuffin, la excusa para contar una historia. Una historia que en algunos momentos traspasa la racionalidad de la vigilia para adentrarse en los mundos oníricos del sueño, la alucinación y roza la locura.

Fuensanta Niñirola”

 

“<El libro de las palabras robadas> es un libro muy romántico, con varias escenas que se desarrollan en la Plaza de Toros de Tánger como ciudad protagonista, además de escenas en Málaga y Tetuán. También es un libro que rinde homenaje a los hebreos de Tánger, ya que el psicoanalista que trata al personaje principal de la novela es un hebreo que vive en esta ciudad cosmopolita. Por lo que esta ciudad se convierte en un sueño para el protagonista. Novela que engancha desde el comienzo, tanto por su intriga como por su ambiente.

Naoual Maaroufi”

 

“<El libro de las palabras robadas> aunque podría considerarse una novela negra, también es una narración de aventuras, y, sin embargo, no ha abandonado su manera de relatar intimista y detallista, de manera que el protagonista, aun enfrentándose a una trama que le resulta inexplicable y terrible, también ha de afrontar los problemas vitales que le preocupan: su relación con su hijo, sus fracasos amorosos, la enfermedad de su padre, las inesperadas reacciones de los que cree amigos de toda la vida… Es una novela también muy romántica, pero en el mejor sentido de la palabra.

Yolanda Aldón”

 

“Entre la intriga y la novela negra, página a página vamos descubriendo la fascinante vida del padre de Elio, el protagonista de la historia, el enigmático personaje de Dalila Beniflah, los viajes a Tetuán y a otras misteriosas ciudades, qué significa Tánger para ellos, el pasado errático y misterioso de Arturo Kozer, los intereses ocultos de Joan Gilabert qué significan Marco y Sara, el hijo y la mujer de Elio, en la vida del protagonista y el verdadero secreto de El libro de las palabras robadas, un codiciado y misterioso manuscrito, hasta llegar a un desenlace imprevisible. Con gran maestría el autor de esta novela teje una historia de intrigas y misterios que hará las delicias de los amantes del género.”

Etiquetado , , , , , , , ,

CÓCTELES

Este fragmento, que pertenece a las memorias de Luis Buñuel, Mi último suspiro, se recoge en el último número de la revista Litoral dedicado a “Bares & Cafés”, en concreto en el capítulo titulado “Cócteles”, en el que también hay un precioso poema de Juan José Téllez.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es litoral-barces-y-cafes.jpg

Transcribo el fragmento de Buñuel porque sé que le gustará al amigo Alberto Gómez Font.

“Desde luego, nunca bebo vino en el bar. El vino es un placer puramente físico que no excita en modo alguno la imaginación.

En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el dry-martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente Noilly-Prat. Los buenos catadores que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen <como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo>. Pues el Noilly-Prat, lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.

Luis Buñuel”  

   

Etiquetado , , , , , , ,

CRÍTICA A “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE, EN EL DIARIO IDEAL DE GRANADA, POR JOSÉ SARRIA

De nuevo de la mano del poeta José Sarria, su crítica sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020) en el Diario Ideal de Granada. Agradecido por sus hermosas palabras.

Etiquetado , , , , ,

EL FERRY “IBN BATOUTA”

 

Ahora que las relaciones entre España y Marruecos se complican por problemas meramente estéticos, por cuestiones que a la inmensa mayoría de los marroquíes y de los españoles les perece que se pueden tratar sin tantos aspavientos y sin regalar carnaza gratuita a esos que aprovechan cualquier disputa para azuzar el odio, por asuntos creados para desviar la atención de otros más acuciantes, veo una foto del barco “Ibn Batouta” y esta simple estampa me es suficiente para añorar Marruecos y a su gente. Tras estos meses de pandemia, anhelo volver a viajar hasta allí, necesito regresar a la tierra amada, abrazar a los amigos.

Ese barco pintado de blanco y amarillo era un ferry de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) que unió, que nos unió, a partir de julio de 1966. Cubría la travesía entre Tánger y Málaga. Luego, años después, pasó a realizar la ruta de Tánger a Algeciras.

El “Ibn Batouta” era mi barco. Yo era un niño y ese ferry me parecía un gigante. Recuerdo que, en las vacaciones de verano, dejábamos Larache montados en el Renault 10 de mis padres, también amarillo, con matrícula marroquí, y llegábamos al puerto de Tánger y ahí comenzaba la pesadilla de mi padre. Meter el vehículo en el barco era entonces toda una maniobra de pericia, porque los operarios deslizaban dos largas y estrechas planchas que unían el muelle a la boca de la bodega del “Ibn Batouta” y los coches debían introducir sus ruedas justo en esos dos railes metálicos mientras el ferry se balanceaba. Mi padre sudaba cada vez que se enfrentaba a esa prueba, temiendo no acertar y que el coche quedara colgado en el aire o, peor aún, pudiese caer al agua. Pasado ese mal trago, que se repetía al desembarcar, llegábamos a Málaga, donde residían mis abuelos maternos, que nos esperaban ansiosos por tener noticias de Larache, que ellos habían tenido que dejar en el 57 y que tanto añoraban.

Cuando el ferry hacía la travesía a Málaga, el viaje por mar se hacía eterno. Y cuando cambió para cruzar de Tánger a Algeciras, el trayecto en coche también resultaba interminable con esas carreteras de un solo carril en cada sentido. Esos eran viajes de verdad, bajo el calor del mes de julio o agosto, sin aire acondicionado, solo con las ventanillas bajadas, a poca velocidad porque los coches entonces no tenían la potencia de ahora, cargados hasta los topes, con la baca llena de maletas y regalos, con cinco personas metidas en el interior del Renault 10. Viajábamos de la misma manera que los emigrantes marroquíes que cruzan Europa. Exactamente igual. Pero aquellos eran viajes inolvidables. Luego, al finalizar las vacaciones, regresábamos a Marruecos, a Larache, ilusionados por volver.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es ibn-batouta.jpg

En uno de aquellos viajes en el “Ibn Batouta”, en mi barco, me perdí. No sé cómo lo hice, pero mis padres no daban conmigo y, mientras los delfines acompañaban el avance del ferry (no me lo invento, era así, el mar lleno de bellos delfines saltando a los costados del barco) yo me adentré por alguna zona y me quedé dormido sentado en una butaca de madera. Debía de estar agotado de corretear de un lado a otro. Mi padre dio aviso, y mi madre lloraba pensando que me había asomado con imprudencia por la borda y había acabado ahogándome. Qué exagerada. Yo, mientras tanto, inocentemente, soñaba a pierna suelta. La tripulación se puso a buscarme, hasta que alguien pensó que ese niño que dormía como un lirón con pantalones cortos y corbatita podía ser el niño perdido. No me regañaron o al menos no lo recuerdo. Pero mis padres ya no dejaron que me alejara de ellos.

Nunca me aburrieron esas travesías. Si no era porque me quedaba observando fascinado a los delfines era porque jugaba con otros niños que solo conocía en cada viaje, niños marroquíes y niños españoles, y a los que ya nunca volvía a ver. También me quedaba junto a algún mecánico que salía a fumarse un cigarrillo y lo escuchaba mientras hablaba de su trabajo o de cualquier cosa. A veces, el trayecto se complicaba si la mar estaba picada. El ferry se movía de verdad, como un frágil cascarón, y no como ahora, más seguros y mejor construidos, y yo me reía viendo a los viajeros que se asomaban a las barandillas para vomitar. Los niños tienen esa pizca de crueldad, y yo no me iba a librar.

Todo esto que narro no es más que un dibujo, una acuarela que me sirve para contar que, en realidad, cuando dejaba Marruecos y veía alejarse su costa, creía ir a mi país, porque no dejábamos de ser españoles, aunque mis bisabuelos se hubiesen instalado en Larache a principios del siglo XX, y, sin embargo, cuando estaba en España, al igual que le ocurría a mis padres, deseaba volver sobre la misma estela blanca que habíamos dejado atrás dibujada en el mar, como si fuesen las miguitas de pan que hubiésemos ido arrojando desde el “Ibn Batouta” para no perdernos a la vuelta.

Miro de nuevo esta fotografía y doy un salto en el tiempo. Me veo de nuevo en cubierta, notando la caricia de la brisa, y me llega el olor del puerto de Tánger, que no huele igual que los otros puertos; y me veo también bajar a la bodega y montarnos en el Renault 10 amarillo, ver a mi padre al volante, en tensión, cruzando sobre las dos planchas metálicas, como un equilibrista, mientras desembarcamos, detenernos ante el gendarme que echa un vistazo a los pasaportes y con una tiza hace un garabato sobre el cristal delantero y con un gesto ordenar a mi padre que avance. Tomar la antigua carretera de la costa, un viaje de horas, hasta ver de pronto asomar el faro de Larache, el acantilado de Ain Chakka, el puerto pesquero, el castillo, todo como una estampa. Y pensar que apenas en unos quince minutos ya estaremos de nuevo en casa.

No. Ni entonces ni ahora ningún político o ninguna cuestión política romperá todo lo que nos une.

Sergio Barce, junio 2021

 

 

 

Etiquetado , , ,

“UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE, POR JOSÉ SARRIA PARA DIARIO LUZ CULTURAL

Una preciosa reseña del poeta José Sarria sobre mi libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Gena, 2020) que se ha publicado en Valencia, en el Magazine Diario Digital Luz Cultural.

 Una Puerta Pintada de Azul

Etiquetado , , , , ,