Archivos Mensuales: julio 2021

«MOHAMED CHUKRI», UN LIBRO DE ROCÍO ROJAS-MARCOS

 

“…Él sabía, mejor que nadie, cuando se miraba al espejo, que había sido esa infancia sarnosa la que había forjado al adulto de mirada atribulada con la que podemos verlo en todas las fotografías suyas que se conservan. Un hombre enjuto, moreno, de ojos muy negros, pelo rizado y un bigote teñido de marrón por la nicotina del humo del cigarro siempre encendido. Un hombre de gesto desolado. Un hombre triste.”

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Este retrato físico que hace Rocío Rojas-Marcos de Mohamed Chukri es la mejor carta de presentación que se puede hacer para el arranque de esta magnífica y acertada biografía del escritor marroquí. Y, en las siguientes páginas, nos lleva en volandas haciendo un recorrido por toda la vida personal y literaria de Chukri, algo nada fácil teniendo en cuenta que su vida la ha contado él mismo en sus novelas y en sus relatos. Hay que ser muy osada y muy valiente para arrostrar esta aventura, y Rocío, enganchada desde hace tiempo a Tánger, no ha podido sustraerse a la tentación de ahondar en quien vagó por las calles de esta ciudad siendo muy pobre y muy desdichado y siendo ya un autor reconocido y admirado. A mi modesto entender, ha logrado su propósito y nos ha regalado un libro exquisito.

Aunque quienes hemos leído la casi totalidad de la obra de Chukri reconocemos fácilmente su vida, ya narrada, ya desmenuzada por el propio autor, la visión de Rocío Rojas-Marcos tiene el valor de haber logrado compendiarla, de reunir esos fogonazos que dejaba sueltos en distintos libros y de aunar en noventa páginas todo su itinerario vital, desde esa infancia llena de penurias, violencia, desesperación y miseria, hasta su muerte, analizando de una manera diáfana y clarificadora la relación que mantuvo con Paul Bowles, Jean Genet y Mohamed Mrabet, y es aquí donde Rocío despliega los más enjundiosos de sus análisis. Pero tampoco deja a un lado la producción literaria de Mohamed Chukri que, de la misma manera, descompone hasta mostrarnos las entrañas de sus libros, sus motivaciones para escribirlos, las razones para contar lo que narraba en cada uno de ellos.

“…Un matiz interesante en relación al asunto de la censura de El pan a secas es que Chukri aseguraba que el verdadero motivo de prohibir su libro no era que hablase de prostitución, ni de sexo, ni de alcohol con un vocabulario que en Marruecos siempre arrancará un Hshuma, vergüenza, ruborizando al interlocutor, o lector en este caso. Lo interesante es que Chukri defendía que el odio a su padre era lo que realmente aterraba al sistema patriarcal establecido. Si él era capaz de desautorizar a la figura paterna y despreciarla sin pudor, eso era una puerta abierta a la insubordinación de toda la generación que lo leyese…”

Este estudio de Rocío Rojas-Marcos nos descubre lo que realmente bullía o podía bullir en la cabeza de Chukri respecto a Mrabet, de ese odio irreverente y sorprendente que destapó frente a Paul Bowles cuando el escritor americano ya había fallecido, de su camaradería con Genet… No voy a desvelar nada de las conclusiones a las que llega Rocío en cada uno de estos episodios de la vida de Mohamed Chukri, pero sí dejar constancia de que son sumamente reveladores y enriquecedores.

Y de lo que sí dan muestra estas páginas es de un respeto, una admiración y un candoroso cariño sobre la figura de Chukri. Es como si Rocío Rojas-Marcos hubiese decidido entregarnos una biografía entre mantillas, acunando a su personaje, arropándolo tras tanto sufrimiento, tras tanto dolor, como si sintiera un cierto pudor al desnudar el alma del escritor y las entretelas de su obra.

Leyendo el siguiente párrafo, no hay dudas de ese afecto que le profesa:

“…hubo un cuaderno, resulta casi enternecedor el matiz de que fuese un cuaderno escolar el elegido para escribir sobre su infancia. Un cuaderno de hojas gastadas en el que grandes letras hablaban de miseria y hambre. Pero ese cuaderno nunca se ha encontrado.

Después de muchas vueltas al asunto pienso que la opción más plausible es que el cuaderno se perdiese, o simplemente lo tiró porque no tenía mayor importancia, pues lo que había escrito era simplemente el guion que se hacía para luego componer el capítulo completo al empezar a hablar en español empleando su memoria de analfabeto. Esas páginas estaban llenas de notas, eran los andamios de su montaña de pan…”

Una biografía muy bien escrita, con nervio y pasión, con entusiasmo y autoridad, pero también con delicadeza. Un libro por el que Chukri habría brindado con un buen vaso de vino tinto.

Mohamed Chukri ha sido publicado por Zut Ediciones.

Sergio Barce, julio 2021

 

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MAGALLANES. EL HOMBRE Y SU GESTA (Magellan: der mann und seine tat, 1938), DE STEFAN ZWEIG

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Como en todos los libros de Stefan Zweig, ya sea novela, ensayo o, como en este caso, biografía, sus cotas de calidad y belleza son insuperables. Su libro sobre la figura del navegante Magallanes, escrito en 1938, es una lúcida, vibrante y hermosa mirada a la aventura que protagonizó este hombre severo y concienzudo. Baste como botón de muestra el comienzo del capítulo décimo titulado “Magallanes descubre un reino para sí. 28 de noviembre de 1520 – 7 de abril de 1521”:

“La historia de esta primera travesía del hasta entonces innominado océano, <un mar tan extenso que apenas el espíritu humano puede abarcarlo> -según dice el informe de Maximiliano Transilvanus-, es una de las gestas inmortales de la humanidad. Ya el viaje de Colón a los espacios sin lindes fue reputado en su época, y lo ha sido después, como un acto de decisión sin igual; y, con todo, este hecho abnegado no puede compararse con la victoria ganada por Magallanes a los elementos, en medio de indecibles dificultades. Porque Colón navega con sus tres barcos, bien carenados y aparejados, treinta y tres días solamente, y ya una semana antes de echar pie a tierra, unas hierbas flotantes y maderas exóticas y el vuelo de ciertos pájaros le confirman la proximidad de un continente. Sus tripulantes están sanos y animosos; sus naves llevan tanta provisión que, en el peor de los casos, podrían volver a puerto sin penuria. Lo desconocido está ante él, y detrás tiene la patria para sacarle a camino, sea como sea. Magallanes viaja en el vacío más completo, y no partiendo de una Europa confinante, con los puertos y sus hogares, sino de una Patagonia extraña e inhospitalaria.

El hambre y la necesidad los acosan, viajan con ellos y se levantan ante ellos amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las curdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente y, en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de Magallanes en el espacio vacío. Desde el 28 de noviembre, en el que vieron alborear en el horizonte el cabo Deseado, de nada han servido tablas y medidas. Cuantas distancias calculara Faleiro desde su gabinete se han manifestado erróneas, de modo que, cuando Magallanes, cree haber dejado atrás Cipango, Japón, en realidad ha recorrido apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denomina el Pacífico, como desde entonces se llama para siempre. Pero, ¡qué cruel calma, qué martirio el de la monotonía en aquel silencio de muerte! El mar, como un espejo azul, invariable, y siempre el mismo cielo candente y sin una nube, y el aire mudo, y siempre la misma anchura y la misma redondez del horizonte, un corte metálico entre el cielo igual y el agua igual, que poco a poco van grabándose hondamente en el corazón. Siempre la misma nada azul inmensa en torno de los barcos insignificantes, únicos objetos que se mueven en medio de la horrible inmovilidad; y siempre la misma luz cruda del día para ver continuamente lo único, lo mismo; y por la noche, las mismas estrellas de siempre, frías y calladas, a las que interroga en vano. Siempre los mismos objetos en el escaso espacio poblado del barco; las mismas velas, el mismo mástil, la misma cubierta, la misma áncora, los mismos cañones, las mismas mesas… Siempre el mismo olor podrido y dulce de lo que se corrompe en las entrañas del barco. Siempre, mañana, tarde y noche, los mismos encuentros, las mismas caras que se miran unas a otras y de día en día desmejoran en la callada desesperación. Húndense más los ojos en las órbitas, y su brillo se empaña con cada mañana que amanece sin nada nuevo; demácranse más las mejillas, y el paso es cada día más flojo y débil. Como espectros circulan ya, surcadas las mejillas y sin color, los que hace pocos meses eran unos mozos temerarios, que trepaban por las escalas y se movían diligentes para defender el barco de la tormenta. Ahora vacilan como enfermos o yacen extenuados sobre el jergón. Cada uno de esos tres barcos que salieron para una de las más osadas aventuras de la humanidad se ve ahora poblado por unos seres a los cuales apenas se reconocería como marineros, y cada cubierta es un hospital flotante…”

Zweig nos transporta son su verbo prodigioso y maestro hasta aquella época de descubrimientos en la que la aventura era eso, aventura en mayúsculas. Es capaz de transmitirnos la soledad y el vacío inmenso del océano, la incertidumbre ante lo desconocido, la valentía de esos hombres, el descorazonador avance sin destino cierto cuando el hambre, la sed y el cansancio se apoderaba de sus ánimos, y hace que lo experimentemos todo tan vivamente que notamos en la piel las quemaduras causadas por el sol y que los labios se nos resequen y se nos agrieten ante la falta de agua potable. La ansiedad nos envuelve como un manto de ausencia. Queremos que Magallanes alcance su meta, que logre el éxito, que, aunque ya conozcamos el final de su aventura, deje de padecer y esboce al fin una sonrisa que le recompense por su irreductible tozudez, por su pasión y por su padecimiento insufrible.

Stefan Zweig, con su prosa elegante de siempre, me ha hecho vibrar en este viaje, en esta aventura increíble. Un libro maravilloso, de narrativa pura, emocionante y fascinante.

Magallanes: el hombre y su gesta, ha sido editado por Capitán Swing, con traducción del alemán de José Fernández.

Sergio Barce, julio 2021

 

STEFAN ZWEIG
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«MOHAMED CHUKRI», DE ROCÍO ROJAS-MARCOS

Acaba de entrar en casa la biografía que Rocío Rojas-Marcos ha escrito sobre el gran Mohamed Chukri, editado por Zut Ediciones. Hoy mismo me sumergiré en las primeras páginas…

 

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ESCRIBIENDO DE LARACHE 3

Aquí os dejo la tercera entrega de los libros con Larache de protagonista que habitan en mi biblioteca. Alrededor de mi libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente, tenéis títulos y autores como Viajes a Larache, de Mohamed Laabi; Acercamiento al español de Larache, de Juan Carlos Martínez Bemejo, y El olivo de Larache, de Carlos Tessainer y Tomasich.

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LARACHE – SIGLOS XVI-XVII (12ª PARTE)

12ª parte de la Historia de Larache durante los siglos XVI y XVII…

Año 1631. Al-Ayaxi, que asediaba Larache, con la intención de negociar el rescate de dos de sus hombres aún cautivos en España, permitió que los soldados españoles pudieran abandonar por unos días la fortaleza para recoger leña y, a la vez, envió al franciscano fray Antonio de Quesada, al que retenía desde hacía meses, para que negociara su propio rescate. El fraile informó entonces al Gobernador que el morabito preparaba a sus huestes y que planeaba atacar Larache con un fuerte contingente en el curso del año siguiente, un año especialmente trágico en estas crónicas.

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Planta de Larache de Bernardo Alderete, 1614, Biblioteca Nacional

Así es. El 7 de febrero de 1631, Al-Ayaxi cayó por fin sobre la ciudad y Larache quedó casi prácticamente aniquilada. Así lo cuenta García Figueras, que señala que ese día un gran número de soldados, al mando del capitán don Diego Ruiz de Colmenares, salió para recoger leña y fueron sorprendidos por los hombres de Al-Ayaxi. Había sucedido que un espía, que trabajaba para España, llamado Ben Abud, informó falsamente que las tropas del morabito no atacarían hasta la primavera. Su traición se debió a que Al-Ayaxi lo había apresado y bajo amenaza de muerte pasó a servirle a él. En cualquier caso, el ataque causó 436 bajas entre muertos y prisioneros, dejando las defensas de Larache con apenas 200 hombres. Desesperado, el Gobernador Sebastián Granero pidió ayuda urgente, siendo los Gobernadores de Ceuta y de Melilla los primeros en auxiliarlo con el envío de algunos soldados. Y no es hasta el día 19 de febrero cuando llegan los barcos enviados por el duque de Medinasidonia, el marqués de Villafranca y don Luis Bravo con soldados (apenas 48 hombres) y víveres, sin que pudieran alcanzar la costa dos galeras que se vieron imposibilitadas de cruzar la barra de Larache debido a la tempestad reinante. Y, mientras tanto, los miles de seguidores de Al-Ayaxi se instalaron en el campo exterior rodeando la ciudad,  pero sin que, incomprensiblemente, Al-Ayaxi atacase aprovechando su evidente ventaja limitándose a hostigar con fuego de arcabuz durante las noches.

Ante el peligro evidente que suponía esta amenaza, Felipe IV ordenó al Consejo de Guerra que tomara cartas en el asunto. Tras varias reuniones, se decidió exigir responsabilidades al Gobernador Sebastián Granero y nombrar como sustituto al duque de Medinasidonia (una elección personal del monarca que, sin embargo, no se concretaba por las dilaciones del duque quien, no obstante, comenzó los preparativos de las fuerzas que llevaría consigo). Pero las noticias del descalabro sufrido por las tropas españolas en Larache, hacía muy complicada la recluta de hombres en Andalucía. Todo esto retrasó la llegada de las fuerzas a Larache hasta el mes de marzo, con tan solo 200 hombres. Sin embargo, nada ocurrió porque, también de manera sorpresiva, Al-Ayaxi cambió de objetivos y retiró parte de las huestes que asediaban la ciudad del Lucus para atacar Tánger primero y La Mamora después, con sendos fracasos para el morabito, con lo que la presión sobre Larache disminuyó. Pero al poco, estaba de nuevo cerca de la ciudad justo en el momento que los notables de Fez proclamaban a Al-Ayaxi como único soberano del reino.

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FELIPE IV

Mientras tanto, con muchas dificultades, el duque de Medinasidonia trataba de conseguir más hombres para reforzar las defensas de Larache, y dado que seguía sin aceptar el cargo de Gobernador de la ciudad, finalmente Felipe IV designó al capitán don Fernando Navarrete Sotomayor.

Relata García Figueras que, antes de la llegada de Navarrete, se produjo en junio de 1631 un motín contra el todavía Gobernador de Larache, Sebastián Granero. Lideraron el motín dos soldados, Juan Poyatos y Juan Manuel de Escalante, que pretendieron apoderarse del Castillo de Santa María de Europa y retener allí a Granero hasta que llegase alguno de los barcos que traían bastimentos a Larache y, utilizando su rehén, conseguir regresar a España en ese mismo barco. Pero Granero logró detenerlos y los arcabuceó. Otros seis de los amotinados huyeron y se unieron al enemigo. Y, mientras tanto, Al-Ayaxi hubo de olvidarse de su asedio a la plaza para centrarse en sofocar une revuelta contra su poder en la Kasba de Salé.

En julio de 1631, mientras Sebastián Granero viajaba a España para rendir cuentas por su mala gestión, llegaba a Larache su sustituto, don Fernando Navarrete, un prestigioso soldado que había servido en Orán y otras plazas y que hablaba perfectamente el árabe. En seguida, puso en conocimiento del monarca que las defensas de la ciudad estaban en mal estado por los ataques sufridos, que contaba en esos instantes con 600 hombres (muchos destinados de manera provisoria), que los avituallamientos eran deficientes y que de los 52 cañones de bronce y 36 de hierro con los que contaba 26 de ellos eran inservibles y apenas tenían munición. Y llegado el año de 1632 todo seguía igual, con la ventaja de que Al-Ayaxi continuaba ocupado con sus luchas en Salé lo que dio un respiro a Larache.

Por entonces, a Al-Ayaxi se le presentó otro enemigo: el nuevo sultán Mawlay al-Walid, proclamado como soberano por los andaluces de la Kasba y Salé la Nueva. Al-Walid trató enseguida de granjearse el apoyo de los holandeses contra España, pero Felipe IV estaba más preocupado por Al-Ayaxi y el duque de Medinasidonia negoció con los moriscos y acordaron prestarse ayuda mutua. Esto no fue obstáculo para que, también, se negociase con Al-Ayaxi el canje de prisioneros. El morabito retenía desde hacía año y medio a 70 soldados españoles de la derrota infligida a Granero el 7 de febrero de 1631 por los que pedía 1.400 ducados de plata y la entrega de los cuatro marroquíes que el conde de Villamor apresó en su momento. Pero el conde acababa de fallecer y de los cuatro cautivos, solo uno estaba localizable, ignorándose el destino final de los otros tres, que bien pudieran estar pagando su pena en una de las galeras españolas. El problema residía en que sin la entrega de sus cuatro hombres Al-Ayaxi no aceptaba el trato, aunque le pagasen la cantidad fijada.

El 20 de abril de 1632 se produce otro imprevisto que complica la situación: en la Torre del Judío se retenía al espía Ben Abud y al único cautivo de los cuatro que solicitaba Al-Ayaxi y ese día, estos dos hombres junto al centinela cristiano que los custodiaba que deserta, huyen de la plaza.

Rescatar a los 70 cautivos españoles parecía enredarse aún más. De los 600 hombres destinados en Larache en esos momentos, los integrantes de la Compañía de Granada, que llegaron en su momento solo como apoyo provisional, llevaban ya dos años en la plaza y necesitaban ser reemplazados. El duque de Medinasidonia trataba de reclutar hombres en Jerez, pero el Cabildo se resistía a cederlos, y, para colmo, el 26 de abril de 1633, sin que se hubiera aún resuelto este problema, el alférez Sebastián Albertos, que había salido de la plaza junto a tres soldados para recoger unos carneros y cazar, fue capturado por los marroquíes y uno de los soldados murió.

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Por entonces, el capitán Navarrete cesa como Gobernador de Larache regresando sorpresivamente el que fuera antes denostado en el cargo don Sebastián Granero, que, a decir de García Figueras, debió demostrar que no eran tan responsable en el descalabro sufrido en 1631. Fuera como fuese, ahí estaba de nuevo como Gobernador de Larache.

Tres años después de su captura, de los 70 soldados españoles cautivos de Al-Ayaxi, por fin regresan libres 59 hombres tras cerrar las interminables negociaciones, hombres que entran casi desnudos y malnutridos.  España abonó por el rescato 800 reales de plata doble por cada uno de ellos, salvo dos de ellos por los que hubo de pagarse 1.200 reales por cada uno; más otros 11.200 reales en compensación por los cautivos marroquíes que no se pudieron entregar a Al-Ayaxi.

Es en marzo de 1634 cuando el Gobernador don Sebastián Granero consigue ahuyentar a las fuerzas de Al-Ayaxi al vencerlos por un ataque sorpresa, con bastantes bajas entre los hombres del morabito. Esto trajo consigo meses de relativa calma en la zona de Larache, que se prolongó unos tres años al estar Al-Ayaxi defendiendo su posición en Salé, lo que también facilitó que la Compañía de Granada regresara a España. En su lugar, llegó una nueva Compañía reclutada en Sevilla y Cádiz, al mando del capitán don Manuel del Castillo. El resto de las tropas acantonadas en Larache quedaban al mando de los capitanes Diego de Vera, Juan Leonisio de la Portilla y Antonio de Paredes.

Seguirá…

 

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