Archivo de la etiqueta: José Fernández

MAGALLANES. EL HOMBRE Y SU GESTA (Magellan: der mann und seine tat, 1938), DE STEFAN ZWEIG

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es portada.jpg

Como en todos los libros de Stefan Zweig, ya sea novela, ensayo o, como en este caso, biografía, sus cotas de calidad y belleza son insuperables. Su libro sobre la figura del navegante Magallanes, escrito en 1938, es una lúcida, vibrante y hermosa mirada a la aventura que protagonizó este hombre severo y concienzudo. Baste como botón de muestra el comienzo del capítulo décimo titulado “Magallanes descubre un reino para sí. 28 de noviembre de 1520 – 7 de abril de 1521”:

“La historia de esta primera travesía del hasta entonces innominado océano, <un mar tan extenso que apenas el espíritu humano puede abarcarlo> -según dice el informe de Maximiliano Transilvanus-, es una de las gestas inmortales de la humanidad. Ya el viaje de Colón a los espacios sin lindes fue reputado en su época, y lo ha sido después, como un acto de decisión sin igual; y, con todo, este hecho abnegado no puede compararse con la victoria ganada por Magallanes a los elementos, en medio de indecibles dificultades. Porque Colón navega con sus tres barcos, bien carenados y aparejados, treinta y tres días solamente, y ya una semana antes de echar pie a tierra, unas hierbas flotantes y maderas exóticas y el vuelo de ciertos pájaros le confirman la proximidad de un continente. Sus tripulantes están sanos y animosos; sus naves llevan tanta provisión que, en el peor de los casos, podrían volver a puerto sin penuria. Lo desconocido está ante él, y detrás tiene la patria para sacarle a camino, sea como sea. Magallanes viaja en el vacío más completo, y no partiendo de una Europa confinante, con los puertos y sus hogares, sino de una Patagonia extraña e inhospitalaria.

El hambre y la necesidad los acosan, viajan con ellos y se levantan ante ellos amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las curdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente y, en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de Magallanes en el espacio vacío. Desde el 28 de noviembre, en el que vieron alborear en el horizonte el cabo Deseado, de nada han servido tablas y medidas. Cuantas distancias calculara Faleiro desde su gabinete se han manifestado erróneas, de modo que, cuando Magallanes, cree haber dejado atrás Cipango, Japón, en realidad ha recorrido apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denomina el Pacífico, como desde entonces se llama para siempre. Pero, ¡qué cruel calma, qué martirio el de la monotonía en aquel silencio de muerte! El mar, como un espejo azul, invariable, y siempre el mismo cielo candente y sin una nube, y el aire mudo, y siempre la misma anchura y la misma redondez del horizonte, un corte metálico entre el cielo igual y el agua igual, que poco a poco van grabándose hondamente en el corazón. Siempre la misma nada azul inmensa en torno de los barcos insignificantes, únicos objetos que se mueven en medio de la horrible inmovilidad; y siempre la misma luz cruda del día para ver continuamente lo único, lo mismo; y por la noche, las mismas estrellas de siempre, frías y calladas, a las que interroga en vano. Siempre los mismos objetos en el escaso espacio poblado del barco; las mismas velas, el mismo mástil, la misma cubierta, la misma áncora, los mismos cañones, las mismas mesas… Siempre el mismo olor podrido y dulce de lo que se corrompe en las entrañas del barco. Siempre, mañana, tarde y noche, los mismos encuentros, las mismas caras que se miran unas a otras y de día en día desmejoran en la callada desesperación. Húndense más los ojos en las órbitas, y su brillo se empaña con cada mañana que amanece sin nada nuevo; demácranse más las mejillas, y el paso es cada día más flojo y débil. Como espectros circulan ya, surcadas las mejillas y sin color, los que hace pocos meses eran unos mozos temerarios, que trepaban por las escalas y se movían diligentes para defender el barco de la tormenta. Ahora vacilan como enfermos o yacen extenuados sobre el jergón. Cada uno de esos tres barcos que salieron para una de las más osadas aventuras de la humanidad se ve ahora poblado por unos seres a los cuales apenas se reconocería como marineros, y cada cubierta es un hospital flotante…”

Zweig nos transporta son su verbo prodigioso y maestro hasta aquella época de descubrimientos en la que la aventura era eso, aventura en mayúsculas. Es capaz de transmitirnos la soledad y el vacío inmenso del océano, la incertidumbre ante lo desconocido, la valentía de esos hombres, el descorazonador avance sin destino cierto cuando el hambre, la sed y el cansancio se apoderaba de sus ánimos, y hace que lo experimentemos todo tan vivamente que notamos en la piel las quemaduras causadas por el sol y que los labios se nos resequen y se nos agrieten ante la falta de agua potable. La ansiedad nos envuelve como un manto de ausencia. Queremos que Magallanes alcance su meta, que logre el éxito, que, aunque ya conozcamos el final de su aventura, deje de padecer y esboce al fin una sonrisa que le recompense por su irreductible tozudez, por su pasión y por su padecimiento insufrible.

Stefan Zweig, con su prosa elegante de siempre, me ha hecho vibrar en este viaje, en esta aventura increíble. Un libro maravilloso, de narrativa pura, emocionante y fascinante.

Magallanes: el hombre y su gesta, ha sido editado por Capitán Swing, con traducción del alemán de José Fernández.

Sergio Barce, julio 2021

 

STEFAN ZWEIG
Etiquetado , , , ,