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LARACHE – SIGLOS XV-XVI (12ª PARTE)

12ª parte de la Historia de Larache durante los siglos XVI y XVII…

Año 1631. Al-Ayaxi, que asediaba Larache, con la intención de negociar el rescate de dos de sus hombres aún cautivos en España, permitió que los soldados españoles pudieran abandonar por unos días la fortaleza para recoger leña y, a la vez, envió al franciscano fray Antonio de Quesada, al que retenía desde hacía meses, para que negociara su propio rescate. El fraile informó entonces al Gobernador que el morabito preparaba a sus huestes y que planeaba atacar Larache con un fuerte contingente en el curso del año siguiente, un año especialmente trágico en estas crónicas.

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Planta de Larache de Bernardo Alderete, 1614, Biblioteca Nacional

Así es. El 7 de febrero de 1631, Al-Ayaxi cayó por fin sobre la ciudad y Larache quedó casi prácticamente aniquilada. Así lo cuenta García Figueras, que señala que ese día un gran número de soldados, al mando del capitán don Diego Ruiz de Colmenares, salió para recoger leña y fueron sorprendidos por los hombres de Al-Ayaxi. Había sucedido que un espía, que trabajaba para España, llamado Ben Abud, informó falsamente que las tropas del morabito no atacarían hasta la primavera. Su traición se debió a que Al-Ayaxi lo había apresado y bajo amenaza de muerte pasó a servirle a él. En cualquier caso, el ataque causó 436 bajas entre muertos y prisioneros, dejando las defensas de Larache con apenas 200 hombres. Desesperado, el Gobernador Sebastián Granero pidió ayuda urgente, siendo los Gobernadores de Ceuta y de Melilla los primeros en auxiliarlo con el envío de algunos soldados. Y no es hasta el día 19 de febrero cuando llegan los barcos enviados por el duque de Medinasidonia, el marqués de Villafranca y don Luis Bravo con soldados (apenas 48 hombres) y víveres, sin que pudieran alcanzar la costa dos galeras que se vieron imposibilitadas de cruzar la barra de Larache debido a la tempestad reinante. Y, mientras tanto, los miles de seguidores de Al-Ayaxi se instalaron en el campo exterior rodeando la ciudad,  pero sin que, incomprensiblemente, Al-Ayaxi atacase aprovechando su evidente ventaja limitándose a hostigar con fuego de arcabuz durante las noches.

Ante el peligro evidente que suponía esta amenaza, Felipe IV ordenó al Consejo de Guerra que tomara cartas en el asunto. Tras varias reuniones, se decidió exigir responsabilidades al Gobernador Sebastián Granero y nombrar como sustituto al duque de Medinasidonia (una elección personal del monarca que, sin embargo, no se concretaba por las dilaciones del duque quien, no obstante, comenzó los preparativos de las fuerzas que llevaría consigo). Pero las noticias del descalabro sufrido por las tropas españolas en Larache, hacía muy complicada la recluta de hombres en Andalucía. Todo esto retrasó la llegada de las fuerzas a Larache hasta el mes de marzo, con tan solo 200 hombres. Sin embargo, nada ocurrió porque, también de manera sorpresiva, Al-Ayaxi cambió de objetivos y retiró parte de las huestes que asediaban la ciudad del Lucus para atacar Tánger primero y La Mamora después, con sendos fracasos para el morabito, con lo que la presión sobre Larache disminuyó. Pero al poco, estaba de nuevo cerca de la ciudad justo en el momento que los notables de Fez proclamaban a Al-Ayaxi como único soberano del reino.

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FELIPE IV

Mientras tanto, con muchas dificultades, el duque de Medinasidonia trataba de conseguir más hombres para reforzar las defensas de Larache, y dado que seguía sin aceptar el cargo de Gobernador de la ciudad, finalmente Felipe IV designó al capitán don Fernando Navarrete Sotomayor.

Relata García Figueras que, antes de la llegada de Navarrete, se produjo en junio de 1631 un motín contra el todavía Gobernador de Larache, Sebastián Granero. Lideraron el motín dos soldados, Juan Poyatos y Juan Manuel de Escalante, que pretendieron apoderarse del Castillo de Santa María de Europa y retener allí a Granero hasta que llegase alguno de los barcos que traían bastimentos a Larache y, utilizando su rehén, conseguir regresar a España en ese mismo barco. Pero Granero logró detenerlos y los arcabuceó. Otros seis de los amotinados huyeron y se unieron al enemigo. Y, mientras tanto, Al-Ayaxi hubo de olvidarse de su asedio a la plaza para centrarse en sofocar une revuelta contra su poder en la Kasba de Salé.

En julio de 1631, mientras Sebastián Granero viajaba a España para rendir cuentas por su mala gestión, llegaba a Larache su sustituto, don Fernando Navarrete, un prestigioso soldado que había servido en Orán y otras plazas y que hablaba perfectamente el árabe. En seguida, puso en conocimiento del monarca que las defensas de la ciudad estaban en mal estado por los ataques sufridos, que contaba en esos instantes con 600 hombres (muchos destinados de manera provisoria), que los avituallamientos eran deficientes y que de los 52 cañones de bronce y 36 de hierro con los que contaba 26 de ellos eran inservibles y apenas tenían munición. Y llegado el año de 1632 todo seguía igual, con la ventaja de que Al-Ayaxi continuaba ocupado con sus luchas en Salé lo que dio un respiro a Larache.

Por entonces, a Al-Ayaxi se le presentó otro enemigo: el nuevo sultán Mawlay al-Walid, proclamado como soberano por los andaluces de la Kasba y Salé la Nueva. Al-Walid trató enseguida de granjearse el apoyo de los holandeses contra España, pero Felipe IV estaba más preocupado por Al-Ayaxi y el duque de Medinasidonia negoció con los moriscos y acordaron prestarse ayuda mutua. Esto no fue obstáculo para que, también, se negociase con Al-Ayaxi el canje de prisioneros. El morabito retenía desde hacía año y medio a 70 soldados españoles de la derrota infligida a Granero el 7 de febrero de 1631 por los que pedía 1.400 ducados de plata y la entrega de los cuatro marroquíes que el conde de Villamor apresó en su momento. Pero el conde acababa de fallecer y de los cuatro cautivos, solo uno estaba localizable, ignorándose el destino final de los otros tres, que bien pudieran estar pagando su pena en una de las galeras españolas. El problema residía en que sin la entrega de sus cuatro hombres Al-Ayaxi no aceptaba el trato, aunque le pagasen la cantidad fijada.

El 20 de abril de 1632 se produce otro imprevisto que complica la situación: en la Torre del Judío se retenía al espía Ben Abud y al único cautivo de los cuatro que solicitaba Al-Ayaxi y ese día, estos dos hombres junto al centinela cristiano que los custodiaba que deserta, huyen de la plaza.

Rescatar a los 70 cautivos españoles parecía enredarse aún más. De los 600 hombres destinados en Larache en esos momentos, los integrantes de la Compañía de Granada, que llegaron en su momento solo como apoyo provisional, llevaban ya dos años en la plaza y necesitaban ser reemplazados. El duque de Medinasidonia trataba de reclutar hombres en Jerez, pero el Cabildo se resistía a cederlos, y, para colmo, el 26 de abril de 1633, sin que se hubiera aún resuelto este problema, el alférez Sebastián Albertos, que había salido de la plaza junto a tres soldados para recoger unos carneros y cazar, fue capturado por los marroquíes y uno de los soldados murió.

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Por entonces, el capitán Navarrete cesa como Gobernador de Larache regresando sorpresivamente el que fuera antes denostado en el cargo don Sebastián Granero, que, a decir de García Figueras, debió demostrar que no eran tan responsable en el descalabro sufrido en 1631. Fuera como fuese, ahí estaba de nuevo como Gobernador de Larache.

Tres años después de su captura, de los 70 soldados españoles cautivos de Al-Ayaxi, por fin regresan libres 59 hombres tras cerrar las interminables negociaciones, hombres que entran casi desnudos y malnutridos.  España abonó por el rescato 800 reales de plata doble por cada uno de ellos, salvo dos de ellos por los que hubo de pagarse 1.200 reales por cada uno; más otros 11.200 reales en compensación por los cautivos marroquíes que no se pudieron entregar a Al-Ayaxi.

Es en marzo de 1634 cuando el Gobernador don Sebastián Granero consigue ahuyentar a las fuerzas de Al-Ayaxi al vencerlos por un ataque sorpresa, con bastantes bajas entre los hombres del morabito. Esto trajo consigo meses de relativa calma en la zona de Larache, que se prolongó unos tres años al estar Al-Ayaxi defendiendo su posición en Salé, lo que también facilitó que la Compañía de Granada regresara a España. En su lugar, llegó una nueva Compañía reclutada en Sevilla y Cádiz, al mando del capitán don Manuel del Castillo. El resto de las tropas acantonadas en Larache quedaban al mando de los capitanes Diego de Vera, Juan Leonisio de la Portilla y Antonio de Paredes.

Seguirá…

 

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LARACHE, SIGLOS XVI- XVII (5ª Parte)

Quinta entrega de la Historia de Larache en los siglos XVI y XVII…

El estrepitoso fracaso en 1608 de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, en el intento por tomar Larache con el uso de la fuerza, se debió, especialmente, a sus dudas y al temor de que existiesen tropas del sultán aguardando la invasión. Pero lo cierto es que Larache estaba entonces desprotegida y don Álvaro desperdició la coyuntura.

Antes, el sultán al-Xaij había intentado enviar casi 4.000 hombres para defender la plaza, pero el representante de Felipe III, Giannettino Mortara, lo disuadió. Esto llenó de ira al monarca marroquí, que se sintió engañado, y mandó encerrar al italiano. Con argucias, Mortara logró sin embargo volver a convencerlo, con ayuda del duque de Medinasidonia, de que en realidad las tropas españolas habían llegado hasta Larache persiguiendo a un corsario holandés. Sin embargo, Mortara, para evitar ser ejecutado, hubo de efectuar numerosos sobornos y pagos.

Pero Larache no dejaba de ser una pieza de gran valor estratégico, y España lo sabía. Desde Carlos I se había convertido en una ciudad casi obsesiva para los reyes españoles. Tras el fiasco del marqués de Santa Cruz, el recién nombrado Capitán General de Artillería de la Armada Española, don Juan de Mendoza, marqués de San Germán, también empezó a interesarse por Larache, y así se lo transmitió a Felipe III. Pero sus planes, fueron aplazados.

Sin embargo, algo cambió el día 4 de marzo de 1609. Ese día, el sultán Muhammad al-Xaij huyó desde el puerto de Larache junto a su familia con destino a Portugal. Había sido derrotado en Bu Regreg por Mawlay Zidán.

BU REGREG

Felipe III, tras descubrirse una conspiración que pretendía utilizar al depuesto sultán al-Xaij para tomar Larache para la corona francesa, hizo que al depuesto rey de Fez lo trasladasen a Carmona, a fin de controlarlo. Aprovechando que al-Xaij estaba bajo la custodia de España y de que su hijo, Abd Allah, había conseguido derrotar a Mawlay Zidán, Mortara comenzó a intrigar y, gracias a sus gestiones, consiguió que se firmase un tratado en septiembre de 1609 por el que Muhammad al-Xaij cedía por fin Larache a España a cambio de que se le permitiera volver a Marruecos, se le enviasen 6.000 arcabuces y 200.000 ducados. Todo ello, claro está, bajo ciertas condiciones que el italiano consiguió que aceptara Felipe III, entre ellas, que el propio Giannettino Mortara fuese nombrado Gobernador de Larache en cuanto la plaza pasara a manos de los españoles.

Al-Xaij dejaba a sus hijos en España como garantía de que cumpliría con el tratado, y parte del pago de los 200.000 ducados se aplazaba igualmente hasta el instante en que Larache pasara a estar bajo dominio real de España.

Todas estas negociaciones se fueron dilatando, y no se materializaban de manera efectiva. Y, entonces, se produjo la expulsión de España de los moriscos. Hecho relevante que influyó en lo que ocurriría posteriormente. Y es que, aparecían en el horizonte los siguientes problemas: el primero, que se necesitaban todos los navíos disponibles para trasladar a los moriscos a Marruecos; el segundo, que no era posible tomar Larache al mismo tiempo que se llevaba a cabo la expulsión; y, tercero, que el alcaide de Larache era precisamente un morisco granadino. Es decir, todo estaba en contra de la operación. Felipe III dio orden de dejar en suspenso la ocupación de Larache, y al-Xaij permaneció retenido en España.

FELIPE III

Pero lo cierto es que Larache seguía siendo la perla codiciada. Y, aunque todo parecía contradecir los deseos del monarca español, el marqués de San Germán continuaba por su lado estudiando cómo hacerse con la ciudad. Y así, envió a Juan Bautista Reales para que le informara de la situación de Larache en ese momento. En 1610, todo parecía de nuevo cambiar a favor de las pretensiones españolas, y Larache volvió a estar en el blanco de las intrigas y maniobras palaciegas…

Y así se planificó que se enviaría a al-Xaij de regreso a Marruecos a través del puerto de Vélez de la Gomera, para que, desde allí, ordenase con engaños a las fuerzas que defendían la plaza de Larache a que fuesen hasta Alcázar donde los compensaría por su fidelidad. Desguarnecida así la ciudad, las galeras españolas entrarían en el puerto de Larache y se ocuparían las dos fortalezas, todo ello con la complicidad del alcaide. Toda esta operación arrancó el día 20 de febrero de 1610.

PEÑÓN DE VÉLEZ DE LA GOMERA

En efecto, la escuadra de Portugal condujo a Muhammad al-Xaij que desembarcó en Vélez de la Gomera, donde aguardaría hasta que llegara el dinero prometido. Lo cierto es que tal hecho no se materializaba, y los nobles que acudieron a visitar al sultán mostraron su desagrado ante la idea de que Larache fuera a ser cedida a los cristianos.

Pasados varios meses de larga espera, Muhammad el-Xaij decidió cumplir con el tratado y entregar Larache. De manera que, finalmente, el dispositivo se puso en marcha. La flota para su ocupación la formaban las galeras de Portugal, al mando del conde de Elda, junto a navíos de la Escuadra de Cantabria, al mando de don Antonio de Oquendo, que transportaban nueve Compañías de Lombardía y tres de Sicilia, las Compañías de la Guarda de los Galeones de la Plata, el Tercio de don Jerónimo Agustín y la Compañía del capitán Juan de Alarcón. A bordo, también estaban los hijos del sultán que servían de garantía. Las naves y las tropas salieron del puerto de Gibraltar y llegaron a Larache el día 14 de junio de 1610.

La idea del marqués de San Germán era la de tomar pacíficamente la plaza de Larache, pues así se había pactado. Pero los españoles fueron recibos con cañonazos. Y es que los cabileños, al enterarse de que se aproximaba la escuadra, acudieron en defensa de la ciudad.

Inicialmente, se ordenó el desembarco de 300 hombres cerca del castillo de los Genoveses; desembarco dificultado por el mal estado de la mar y la inesperada resistencia con la que se encontraron. Tras varias horas, las tropas debieron retirarse. De nuevo, España fracasaba en su febril anhelo por conquistar Larache, la deseada. Tal desastre dio lugar, tal y como cuenta García Figueras, a que comenzaran a circular coplas satíricas y burlescas por lo acaecido, siendo la más famosa la compuesta por Luis de Góngora, que, inspirándose en esta batalla, escribió el soneto titulado A un príncipe de España viniendo de la conquista de Alarache:

-¿De dó, sobrino Juan, con pedorretas?

-Señora tía, de Cagalarache.

-Sobrino, ¿y cuántos fuisteis a Alfarache?

-Treinta soldados en tres mil galeras.

-¿Tanta gente? –Tomamoslo de veras.

-¿Desembarcasteis, Juan? -Tarde piache;

que al dar un Santiago de azuauche

dio la playa más moros que veneras.

-¿Luego, es de moros? -Sí, señora tía,

mucha algazara pero poca ropa.

-¿Hizieron de los perros mucho daño?

-No, que en ladrando con su artillería

a todos nos dio cámaras de popa.

-Salud sería para todo el año.

LUIS DE GÓNGORA

En fin, que lo que más me sorprende de cuanto nos relata Tomás García Figueras en su libro Larache: datos para su historia en el siglo XVII es comprobar la cantidad de medios empleados por España, en barcos y hombres, para hacerse con Larache, y que, en todas las ocasiones relatadas hasta ahora, siempre fracasara de una manera tan ridícula. 

Sergio Barce, septiembre 2017

 

 

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LARACHE, SIGLO XVI – 3ª parte

PLANO DE LARACHE - de tectonicablog.com

PLANO DE LARACHE – de tectonicablog.com

Tras la llamada Batalla de los Tres Reyes y de la victoria del río Mejazen, el nuevo sultán Ahmad al-Mansur dio muestras de una gran generosidad al devolver el cadáver del rey don Sebastián y poner en libertad a don Juan de Silva, representante de Felipe II ante el derrotado rey portugués. El rey Felipe II envió pues una embajada en 1579 que encabezaba Pedro Venegas de Córdoba, al que acompañaba el padre Diego Marín, no sólo para mostrar su agradecimiento al sultán y ganarse su amistad, sino también para tratar de que le cediera la plaza de Larache y obtener la libertad del duque de Barcelos, hijo de los duques de Braganza.

Genealógico del duque de Barcelos

Sin embargo, pese al buen recibimiento, Al-Mansur fue dilatando las negociaciones, y no fue hasta 1580 cuando puso por fin en libertad al duque de Barcelos junto a otros ochenta caballeros portugueses que mantenía presos, pero no cedió en modo alguna la plaza de Larache. Al-Mansur volvía pues a acercarse al rey español o a los turcos según le conviniese en cada momento.

Dice Tomás García Figueras:

“Larache, baza esencial de este duelo diplomático entre ambos reyes, a la par que objetivo declarado de Argel, sería durante los últimos años del siglo XVI tema que iba, asimismo, a ocupar lugar de privilegio en las chancillerías europeas. Inglaterra, especialmente, según hemos de ver más adelante, desarrollaría una actividad manifiesta para influir en el ánimo de al-Mansur en contra de los deseos de España.
Tal era la confianza que Felipe II había depositado en los resultados de su Embajada a al-Mansur que, ya desde finales de 1579, don Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medinasidonia, tenía preparado en Cádiz el contingente necesario de hombres y barcos con los que atender la ocupación de Larache y dispuestos a partir con la primera señal que se recibiera de que el sultán había consentido en ceder la plaza. Esta reserva de fuerzas estaba predestinada a mantenerse durante mucho tiempo en estado de alerta, sin que llegara nunca a entrar en acción…”

don ALONSO PÉREZ DE GUZMÁN, duque de Medinasidonia

don ALONSO PÉREZ DE GUZMÁN, duque de Medinasidonia

En efecto, al-Mansur se esforzaba en desviar la atención del monarca español mientras que Felipe II, en esa obsesión suya por conseguir Larache, llegó incluso a ofrecer al sultán las plazas de Arcila o Mazagán a cambio de Larache. Y hasta se presentó una ocasión muy favorable para los intereses españoles cuando al-Mansur recibió informaciones de que los turcos estaban a punto de invadir Marruecos. Ante la amenaza, llegó a un acuerdo con Felipe II: a cambio de Larache, España defendería a Marruecos frente a los turcos. Pero, a última hora, otros problemas hicieron que el ejército turco no invadiera el país y Felipe II vio de nuevo frustrada su aspiración de hacerse con Larache la deseada.
Algo parecido ocurriría a finales de 1583 ante otra amenaza otomana. El patrón de comportamiento del sultán al-Mansur fue idéntico: astuto, supo evitar satisfacer al rey Felipe en cuanto el peligro cesaba.

La obstinación de Felipe II por hacerse con Larache, que no deja de ser realmente llamativa, llegó al extremo de que los tiras y aflojas con el sultán se fueron dilatando durante años, y hasta la reina Isabel de Inglaterra terció en esta contienda entre monarcas, obviamente contra los intereses de su enemigo Felipe II, y le ofreció ayuda militar al sultán para el supuesto de que España decidiera atacarlo.

Pero entre intrigas y traiciones, lo cierto es que el sultán al-Mansur se aliará con todos los enemigos de España, llegando a ser muy estrecha su alianza con Isabel de Inglaterra tras la derrota de la Armada Invencible española por los ingleses. Sin embargo, los acontecimientos posteriores harán que el sultán termine jugando con la reina inglesa como había hecho con el monarca español. Y, al final, la ambición desbordada de Felipe II por Larache se irá diluyendo al paso de los años.

Felipe II, pintura de Rubens

Felipe II, pintura de Rubens

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