Archivos Mensuales: abril 2012

VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO, del escritor larachense JOSÉ EDERY BENCHLUCH

JOSE EDERY BENCHLUCH

VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO  (1)

 Pongo (1) entre paréntesis porque para asimilar y comentar este libro de 600 páginas he decidido hacerlo en tres partes. Es decir, cada 200 páginas, porque si no lo hago de esta manera, cómo dar una idea exacta de la riqueza y variedad que ofrece al lector.

Es verdad, “Viajando por el Magreb Hispánico”, de mi paisano y cada vez más entrañable amigo Al Tebib José Edery, es una especie de Summa en el que con una sencillez deslumbrante nos da una lección de conocimientos (me asombra su cultura, porque un buen lector, y yo me considero como tal, percibe al instante que no se trata de un “cortar y pegar” sino de verdadera sapiencia) y nos regala además tal cantidad de anécdotas personales que he llegado en algunos instantes a envidiarle –en el sentido más malsano de la palabra-.

Primeras 200 páginas, y me quedo a las puertas de la Independencia de Marruecos. Ése es el capítulo que me espera más tarde cuando vuelva a hincarle el diente al libro de Pepe Edery. Pero hasta llegar aquí, en este original viaje al Magreb Hispánico, de su mano he sabido que “…en el siglo XVIII cuando las tropas inglesas que luchaban en tierras norteamericanas contra los indios, diezmaron al 95% de la población regalándoles para el crudo invierno mantas impregnadas de exudados de enfermos de viruela, enfermedad a la que los indígenas eran muy sensibles por falta de inmunidad previa”,  que Franco, pese a lo que luego se “vendió” por parte del régimen, no estaba tan tranquilo antes de verse con Hitler en Hendaya, o por qué los mejillones que crecían en el barco hundido en Larache eran tóxicos.

A. Mesa, José Edery y Sergio Barce

Leyéndolo, Pepe Edery me ha llevado a Túnez, a Argelia, pero también a Ber Sheeva y a las Alpujarras moriscas. Me ha detallado la historia de Al-Andalus, la expulsión de los moriscos y los judíos de la España intolerante de los Reyes Católicos, y me ha hecho soñar con los corsarios. Me ha explicado parte de la historia de Marruecos, y me ha descubierto la tradición existente entre los sefarditas del norte y algunas ciudades costeras de Marruecos de regalar como joya de compromiso matrimonial una pulsera, su origen y su significado; o cómo se formó la Atlántida y también cómo desapareció para convertirse en leyenda. Me ha dado una explicación de las motivaciones de Moisés y de Abraham, me ha narrado la historia del Arca de Noé desde diversos prismas, y me ha desentrañado algunas tradiciones religiosas tanto de los musulmanes como de los hebreos marroquíes, del Alcorán y de la Torá, de La Meca y del pozo Zem Zem, e incluso me ha desvelado la existencia de muchos cuentos magrebíes que tienen a las anguilas como protagonistas o el de la leyenda de la propia Aixa Candixa, que nos atemorizó a varias generaciones de niños…

CONCHITA MONTENEGRO

Y me ha dejado boquiabierto el comprobar los nombres de los personajes históricos que, sólo en las primeras 200 páginas, ha tenido Pepe Edery el privilegio y la suerte de tratar personalmente: como la mítica actriz Conchita Montenegro, el legendario Mehdi Ben Barka, el coronel Dlimi, los embajadores De la Serna o Martín Gamero, el general Emilio Jiménez-Ugarte, Carlos Spotorno, el comisario Ali Belkacem…    Así, dicho de esta manera, uno pensaría que lo que estoy leyendo es un plomazo aburrido e intragable. ¡Error! Si uno ha mantenido una buena charla con Pepe Edery, cuando lee este libro siente que le está escuchando hablar, porque lo que ha hecho, simple y llanamente, es poner por escrito lo que nos habría contado de estar sentados alrededor de una mesa con un buen té, es decir, narración oral por escrito, sus palabras transcritas, como si se hubiera grabado y luego hubiese pasado a papel lo que su mente privilegiada había descargado… Lees y le estás escuchando, es su voz la que te susurra.

Tantos temas y sin embargo no hay cambios bruscos porque enlaza cada uno de ellos de manera natural, ya digo que de la misma manera a como lo habría dicho oralmente (quizá porque le gustaba escuchar a los cuentacuentos en el Zoco Chico, como  me decía el otro día por teléfono), y eso es un acierto para esta clase de literatura (inclasificable, por cierto).   

Y luego, claro, están sus consejos respecto al trato con el ciudadano magrebí, especialmente con el marroquí, al que tan bien conoce, y que me han hecho sonreír en muchas ocasiones: el síndrome del cepillo,  y sus anécdotas como médico, algunas de ellas hilarantes, como la del difundo bereber del Atlas o el accidente del agregado militar de la Embajada de la URSS, de la que él se convirtió en protagonista “voluntario”, sus recuerdos de acontecimientos que marcaron a generaciones, como el terremoto de Agadir, y muchos aspectos del trato social en Marruecos, con una especial relevancia al concepto de la hachuma, que tantas discusiones provoca a la hora de interpretarla correctamente. Y todo ello condimentado con una buena narración, rápida y eléctrica, que da al libro vitalidad; se nota que Edery le ha hecho a su libro una buena transfusión de sangre, que para eso es un médico excepcional.

Y, claro, entre líneas, durante toda la lectura aparece una y otra vez Larache. Pepe Edery me contaba en una ocasión, con motivo de regalarme un ejemplar de su libro “Guía Sanitaria de África” que con cualquier excusa introduce a su pueblo del alma en todo lo que escribe. Aquí no iba a ser menos. Sirvan dos ejemplos para terminar esta parte de mis impresiones de su libro, de las primeras 200 páginas.

La primera surge cuando al relatar lo sucedido durante la II Guerra Mundial en los países del Magreb, con motivo del desembarco aliado en Marruecos al mando del general Patton en las playas de Safi, Fedala (hoy Mohammedia) y en Port Lyantey (hoy Kenitra), rememora sus recuerdos de niño:

 <El conjunto de los efectivos anglo-norteamericanos que participaron en el desembarco en los dos países magrebíes fue de unos 600 buques, 70.000 soldados y una importante fuerza aérea. Aunque incomprensible por mi corta edad recuerdo la visión, desde la azotea de mi casa, de las pequeñas y redondeadas nubes negras que aparecían alrededor de los aviones que volaban a lo largo de la costa en dirección sur, probablemente para intervenir en el desembarco. Se debían a los disparos de la artillería antiaérea, pero nunca supimos si era la artillería francesa ubicada en las playas del Protectorado francés de Mulay Busselham, cerca de la frontera hispano francesa de Arbaua, o de los cañones españoles instalados cerca de Larache. Lo curioso y lo recuerdo perfectamente es que nunca acertaron con sus tiros a ningún avión, a no ser que se equivocaran intencionadamente y fueran disparos de advertencia a pesar de que las nubecillas de los proyectiles al estallar se observaban cercanas a los objetivos aéreos>.

O bien con un cierto regusto emotivo, especialmente para los lectores de más edad, como cuando recuerda cómo eran los trenes que llegaban a Larache durante la época de la posguerra en el Protectorado:

Estación Ferrocarril de Larache

<El convoy ferroviario de Franco estaba encabezado por la locomotora “Montaña del Norte”, de la serie de máquinas denominadas “cocodrilos”. Alguna de estas locomotoras sirvieron para mantener durante el Protectorado en la posguerra la línea férrea comarcal marroquí entre Larache (estación de Menzah) y Alcazarquivir (estación de Kerman). En cuyo trayecto de 36 kilómetros, con parada intermedia en el entonces aeropuerto de Auámara, se tardaba entre hora y media y dos horas (¡a una velocidad media de menos de 20 kilómetros por hora!) y las tarifas eran de siete, cinco y tres pesetas respectivamente la primera, segunda y tercera clase. Lo de las “clases” era un eufemismo, ya que todos los vagones eran iguales, completamente de madera y la diferencia dependía, y así eran distribuidos, de la clase social del viajero y del equipaje, así como de los bártulos o mercancías vivas (generalmente gallinas) que le acompañaban>.

Como especialmente emotivo es el homenaje que Pepe Edery rinde en este libro a Mohamed V. Cuenta José Edery lo siguiente:

MOHAMED V

<la discriminación y directivas xenófobas, las sufrí  de forma similar personalmente, como he relatado en otros capítulos, no sólo durante la época del Gobierno de Vichy, sino en años posteriores. Aquéllas se aplicaron a la mayoría de mis correligionarios y determinados grupos de ciudadanos musulmanes del Magreb (excepto en la zona del Protectorado español), por parte de muchas administraciones (sobre todo culturales) dirigidas o controladas por las autoridades francesas. Lo que no se debe olvidar es que a la persecución y medidas discriminatorias contra los judíos de Marruecos por parte de las autoridades francesas de Vichy en el país, e opuso tenazmente, a pesar de sus limitados poderes legislativos y ejecutivos, el entonces Sultán Mohamed Ben Yusef, Mohamed V. En el mismo sentido, dio instrucciones a su Jalifa de Tetuán en la zona del Protectorado español, S.A.I. Mulay el Hassan El Mehdi, en relación a ciertas discriminaciones a sus súbditos de confesión judía por parte de determinados sectores de las autoridades españolas, presionadas por los gobernantes y dirigentes nazis>.

En fin, sólo llevo un tercio del libro, pero qué tercio tan bueno. Me esperan los otros dos, que prometen ser aún mejores. Seguiré informando.

Sergio Barce, abril 2012

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RACHID Y EL SEÑOR LEVY, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

León Cohen también parece cada vez más animado a llenar este blog de buenos relatos, y en esta ocasión me remite «Rachid y el señor Levy«, cuento que incluyó en su libro «La memoria blanqueada«, pero con un final modificado con respecto al original (esto es una manía de todos los esritores, cuando lees algo escrito hace tiempo lo cambiarías de arriba abajo). Es otro cuento para disfrutar.

Sergio Barce

Rachid y el señor Levy

Como cada día el viejo profesor recorría la amplia avenida que separaba su casa de la Facultad. Él no era un profesor cualquiera, tampoco se le podía considerar un emigrante magrebí como había tantos cientos de miles en París. Él era distinto, por algo sus alumnos y sus colegas universitarios le apodaban con cariño y respeto, el viejo profesor.

Aquella mañana, sin saber por qué, los recuerdos le asediaban. Mientras caminaba, en un extraño intento de recobrar su infancia, se detuvo y volvió la vista atrás, como si todo su pasado le siguiera los pasos (todo hombre camina con su pasado a cuestas), como si su memoria fragmentada se extendiera cronológicamente sobre el camino recorrido, entonces recordó…

Ksar el Kebir

Rachid no era un chico corriente. Había nacido en Mechra Bel Ksiri, una aldea de la llanura del Gharb situada a medio camino entre el Norte y el Sur de Marruecos. Cuando nació Rachid, aquél era un pueblecito de colonos franceses en su gran mayoría de origen valenciano (ellos se auto denominaban españoles «naturalisés“). Recalaron allí siguiendo la ruta de la naranja. Sin embargo, aquél no sería el último destino de Rachid, pues muy pronto se trasladaría al Norte, donde su padre se establecería como carnicero. En aquellos tiempos El Ksar el Kebir era la capital comercial del Protectorado Español. Aquél cambio supuso una promoción social para toda la familia y fue determinante para que ocurrieran años más tarde los sorprendentes hechos que voy a narrar.

Desde muy pequeño, al salir del colegio, Rachid solía deambular por el zoco «chico», aunque los Miércoles era cuando más gustaba de entretenerse, aquél día el zoco se llamaba zoco del «arba» o del cuarto día. Ese día venían los fabuladores, sus personajes preferidos. La gente se arremolinaba a su alrededor formando corros en cuyo centro estos charlatanes tan peculiares narraban con incomparable maestría historias de las mil y una noches, mientras un público fiel escuchaba atónito sus fábulas. Dotados de una voz potente y de una memoria prodigiosa, estos encantadores del verbo tenían una indudable capacidad para atraer y mantener la atención de los transeúntes que acababan convirtiéndose en la mayoría de los casos, en sus seguidores.

Zoco Chico de Larache

Otro de los juegos favoritos de Rachid (todo se convertía en juego a esa edad) era llevar al horno sobre una tabla de madera, los seis panes que su madre amasaba cada dos días. Colocaba la tabla sobre su cabeza y salía feliz hacia el horno que se hallaba a doscientos metros de su casa. No sólo disfrutaba durante el trayecto, haciendo equilibrios para demostrar y demostrarse su habilidad, sino también cuando se entretenía con el panadero, ayudándole a introducir el pan en el horno con una rudimentaria pala de madera, y a observar como aquél iba cociéndose entre poderosas llamas que le recordaban el purgatorio de los cristianos. 

En las noches de verano, Rachid solía sentarse a mirar las estrellas. Mientras las contemplaba, se distraía inventando juegos mentales. Le divertía por ejemplo cambiar el lugar y la función de los seres y las cosas. Imaginaba el cielo en lugar del mar o a Dios con forma de mujer, imaginaba a todos los hombres ricos y felices en un paraíso lleno de árboles frutales, de ninfas y de ángeles desnudos, era un poco el mundo al revés. Muchas noches el sueño le sorprendía soñando en un universo feliz. Así pasaron muchas lunas hasta que Rachid se convirtió en un muchacho fuerte y apuesto.

Había completado los estudios primarios, y llegó el día de darle la vuelta a la página y empezar a trabajar. Como solía  suceder en estas ocasiones, el padre de Rachid acudió a un buen amigo y éste accedió a darle el que sería su primer empleo. J. Levy, ese era el nombre del comerciante judío en cuyo almacén Rachid empezó como aprendiz de contable. Fueron sólo unos meses que determinarían su porvenir y su actitud vital. El señor Levy era un hombre sabio y cariñoso cuya personalidad marcaría profundamente la de Rachid.  

Entre otras muchas cosas, enseñó a Rachid que aunque nos llenara de luces y de sombras que el ignorante desconoce, sólo el conocimiento nos hace más libres. Sólo a través de él se abre el abanico y se multiplican las opciones que nos permiten elegir o no con dignidad. Le enseñó que vivir era como caminar y hacer de cada pisada una piedra, una huella, un símbolo que los demás pudieran seguir. Le enseñó que todos somos peores porque tenemos un yo que se afirma contra  el otro. Rachid aprendió, y siguiendo los consejos del maestro, no sólo conquistó Paris y La Sorbona, sino que hizo de toda su vida un vivo ejemplo de cuanto le enseñó el viejo humanista judío. Ser apodado  «el viejo profesor» era todo un título, todo un resumen para una vida dedicada al estudio, la enseñanza y la dedicación a sus semejantes, pensó el doctor Rachid mientras reemprendía el camino de la Facultad. Como dominado por una fuerza invisible no pudo evitar algunos instantes más tarde volverse de nuevo hacía su pasado…  

Era invierno, aunque en aquellas latitudes tanto el verano como el invierno eran estaciones suaves, atemperadas por la proximidad del mar. La noche temprana había sorprendido a Rachid terminando el balance contable mensual. Qué oscuridad,  se dijo mientras caminaba con paso veloz hacia su casa , la lluvia no invitaba a otra cosa. Tardaría todavía un buen rato, pues tenía primero que llegar a la Alcazaba y luego adentrarse por el laberinto de sus callejuelas angostas y tortuosas. Tenía un presentimiento aquella noche, incluso en algún momento le invadió una extraña sensación de miedo, ¿Estaré nervioso? se preguntó mientras aceleraba el paso. Al atravesar la puerta que daba entrada a la Alcazaba, se sintió en casa, sin embargo se equivocaba…

De repente tuvo la sensación de que alguien le seguía, y cosa aún más extraordinaria, la calle estaba iluminada a pesar de no ser aquella, noche de luna. Miró a todos lados, pero no había nada ni nadie que explicara esa claridad misteriosa venida de ninguna parte. Se asustó, aunque saberse cerca de casa, le dio alguna tranquilidad. Ni más tarde, ni nunca, alcanzó a adivinar por qué en aquellos minutos de terror, recordó que su madre estaría aún despierta esperando su llegada. Qué va a ser de ella si no llego esta noche – se preguntó. Por fin llegó, subió las escaleras saltando los escalones de tres en tres. Aquella noche no pudo conciliar el sueño.

Pasaron siete días y siete noches durante los cuales, a su vuelta a casa, Rachid oyó pasos tras él y la enigmática luz iluminó su camino. Guardó el secreto hasta entonces. Todo fue diferente a la noche siguiente. Aquella noche cuando se disponía a abrir la cancela del patio por el que se accedía a su casa, un irrefrenable deseo le hizo volverse. Aquella fue una visión fantasmagórica propia del mundo de los sueños… En la bocacalle, se erguían tres formas humanas de más de dos metros de altura vestidas con túnicas de distinto color. Cada una, aunque sería más apropiado decir cada uno porque los tres se distinguían por una barba canosa y amplia, portaba un candelabro cuya luz, por la fuerza del destello,  no parecía real. A su pesar y como impelido por una atracción indomable, Rachid se dirigió hacia el lugar donde permanecían inmóviles los tres seres que a él se le antojaban como una combinación humano-galáctica. Al llegar a su altura, el joven aprendiz de contable se detuvo como deslumbrado, encantado, atónito, perplejo, asombrado, atolondrado por lo que sus ojos tenían tan cerca.

Fue entonces cuando como surgidas de las profundidades Rachid pudo oír estas palabras: » – Escucha hombrecito; has sido elegido por el Rabbi Levy. Por eso estamos aquí y así permaneceremos mientras tú seas digno de nosotros. Las palabras que vamos a pronunciar no volverás a oírlas nunca más y jamás apareceremos de nuevo ante ti. «

El gigante de la túnica roja habló el primero: «-Yo digo, como símbolo de la Sabiduría, que no es más sabio aquél que acumula más saberes sino aquél que atesora más amigos.» Se hizo el silencio, y de nuevo se oyó otra voz irreconocible que parecía provenir de la figura del centro: «-Yo afirmo, como reprentante de la Honradez, que sólo el hombre honrado es poseedor de la noche y dueño de su vigilia y de sus sueños.» El tercero que vestía una túnica verde se pronunció en estos términos: «-Yo soy la Humildad, y digo que el humílde no es aquél que oculta sus virtudes en un gesto de soberbia, sino el que aprecia de igual manera a los otros y a sí mismo.»

Aquella noche Rachid, como no podía ser de otro modo, tardó bastante en conciliar el sueño, sin embargo, tanto le apremiaba la curiosidad, que trató por todos los medios de dormirse, con el único objeto de preguntarle al día siguiente al señor Levy, el por qué de todo lo sucedido. Así amaneció inevitablemente.

Lo primero que hizo Rachid al llegar a la oficina, fue contarle a su jefe y maestro, todo lo acontecido durante la última semana y más precisamente la noche anterior.  El señor Levy le escuchó con atención, no pudiendo evitar esbozar una sonrisa que parecía delatar su participación en los hechos.  Luego habló:

Mira Rachid, siempre he considerado que entre las muchas virtudes que enriquecen la vida de un ser humano, la sabiduría, la honradez y la humildad son las que nos confieren mayor altura  y dignidad y son también aquellas  que mejor nos protegen de la osadía de la ignorancia, de la tentación de la corrupción y del atrevimiento de la vanidad. Como virtudes primordiales que son, las mandé acompañarte y protegerte mientras trabajas conmigo. Es mi manera de hacerte el heredero de lo más hermoso que aprendí en la vida, pero además lo hago en honor a tu padre, mi amigo y mi igual en tantos aspectos.          

Aquel extraño encuentro, a medio camino entre la realidad y el sueño, y las misteriosas palabras del señor Levy, que tanto tiempo le llevaría comprender, determinarían el comportamiento futuro de nuestro personaje. Nunca más volvió a trabajar con el viejo judío. Poco después emigraría a Francia…

Mientras caminaba, aquella mañana, por fin el viejo profesor se sintió  el continuador de la inestimable herencia que le dejó el señor Levy y pudo vislumbrar el alcance de su magisterio. Por fin comprendió el significado de aquellas figuras alegóricas. 

Al llegar a la Facultad, se topó como cada día con el conserje, se saludaron e intercambiaron unas palabras. El conserje se despidió con una sonrisa cómplice que parecía revelar la existencia o el conocimiento de un pasado común (?).  ¿Acaso el señor Levy… ?     

Nota del autor: La verdadera historia sobre la que se basa este relato mágico, ocurrió entre un joven llamado Jacob C. Levy y un señor de nombre Driss. Fue en Larache, durante el primer tercio del siglo XX. Y es que la historia no cambia si se permutan los protagonistas.   1994-2010     

             

León Cohen Mesonero

León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos” es autor de los siguientes títulos:  “Relatos robados al tiempo” Año 2003. Editorial: www.librosenred.com,  “Cabos Sueltos” Año 2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor en 2004.  “La Memoria Blanqueada”. Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com, y es coautor de “Ufrán Año 2010. Hebraica de Ediciones  Madrid. Y «Cartas y Cortos » está previsto que salga en el primer semestre de 2011.

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MALAGA – Este lunes, 16 de Abril, presentación del libro MÚSICA ANDALUSÍ de JULIO RABADÁN

El próximo día 16 de Abril, a las 19:30 horas,

en la Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés Málaga

presentación de la monografía ‘Música Andalusí

de JULIO RABADÁN BUJALANCE

por el escritor SERGIO BARCE

y el historiador ENRIQUE SÁNCHEZ MARTÍNEZ.

Monografía exhaustiva sobre la música del periodo Andalusí, tanto desde la vertiente sociohistórica, orígenes y desarrollo, como desde sus aspectos técnicos: ritmos, melodía, armonía, formas musicales, literarias y elementos estéticos, sin olvidar el baile y las diferentes escuelas. Abarcando un periodo aproximado desde los siglos previos a la invasión africana del siglo VII hasta el siglo XVII.

En esta obra se ha tratado de cubrir un vacío, tanto editorial como de investigación, ya que son escasos los estudios sobre esta música donde se abarquen todos sus aspectos de forma unitaria. Actualizando todas las hipótesis, buscando profundizar en su estudio desde los diferentes aspectos o niveles: técnicos y teóricos. Intentando desentrañar todas las imbricaciones, conexiones e influencias, mutuas o no, dentro del contexto de la España medieval y de la cultura islámica de su tiempo.

La obra realiza un recorrido del pensamiento estético, relacionándose con elementos más o menos extramusicales a través de todas las manifestaciones musicales que se produjeron en la España andalusí; moriscas, sefardíes y mozárabes. Obra de interés tanto para historiadores, musicólogos y músicos en general que quieran conocer o ahondar en este aspecto del arte de la España Medieval.

En el libro, Julio Rabadán, en el capítulo sobre las “Formas musicales”, habla de la nuba en Marruecos (Al´Ala) de la siguiente manera:

En Marruecos en general la nuba se compone de un preludio u obertura instrumental de tipo improvisatorio, cuya misión es fijar el modo. Esta es ejecutada al unísono por la orquesta, pero en ritmo libre. A esta obertura se le conoce con el nombre de Mchliah. De seguido, otra pieza instrumental, pero esta vez compuesta sobre un ritmo de carácter binario, llamada Tuchia, que da paso a la primera sam´a (canción), en forma de moaxaja o zéjel, sobre el mizam (ritmo) Basit. Después del ritmo Qaym was nuf, de nuevo vuelta del Btayhim, seguido del Quddam, y finalmente el Daraj. Todos ellos con sus aceleraciones en los puentes conocidos con el nombre de Mussarraf.

Nos han llegado, a través de Al Ha´ik, once de las nubas, de las cuales solo cuatro siguen la regla de unidad de modo. Estas son: nuba Al-Mayah, nuba Rasd-dhil, nuba Irak-ajam y la nuba Hijaz oriental, mientras que las siete restantes no son puras y son: nuba Ramel Al Mayah, que reúne tres modos, el Hassim, el Hamdan y el Inqileb Erramel; la nuba Gran Hijaz que aúna dos modos: el Charki menor y el Mujabneh edil; la nuba Ouchak (la de los amantes), que agrupa a dos modos, el Edhil y el Raml edil; la nuba Rasd, que reúne los modos Zaidan y el Mezmun; la nuba Istihlal, que consta de los modos Irak-arab, la nuba Gharibel al Hassine, con los modos Al garibahalmuharrarah, el modo Sica y, por último, la nuba Ispahán, con el modo Zaward Kamal.

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CARTA A LARACHE, por el escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

CARTA A LARACHE

Querida Larache: mi ciudad, mi pueblo, mi tierra ¡mi madre geográfica! Llevo mucho tiempo sin verte, demasiado. Cuando en 1974 me vi obligado a dejarte, tenía diecisiete años y la vida entera por delante. Ahora me avergüenza reconocer que hubo semanas, posiblemente meses en que no te eché de menos, ni tan siquiera me acordé de ti. Esto hace ya tiempo que cambió, porque conforme uno se va haciendo “charfo”, vuelve la vista atrás y trata de reencontrarse con sus raíces. Espero que no me tengas en cuenta el olvido en que te tuve, porque ahora estás viva y presente de forma continua en mi mente, incluso de vez en cuando en mis sueños; y además por esta carta que, aunque con mucho retraso, quiero que te llegue llena de un cariño infinito. Imagino que al tratarse de “ti”, el cartero te la entregará en la Oficina de Correos, allí donde todos los atardeceres del mes de Ramadán, sonaba la sirena para anunciar a los musulmanes que podían romper el ayuno. ¡No te mereces menos!

             Verás, Larache: Sergio me ha pedido que escriba un “relato” para introducir algo que va a colgar en su blog referente a mí. La verdad es que me lo ha puesto difícil: navegar por el citado blog, leer lo que tus hijos de nacimiento o adopción escriben sobre ti, me ha emocionado profundamente y me pone el listón bien alto.

             ¡Dios mío!, gentes de las tres religiones que allí convivimos, contactando desde lugares tan distintos y distantes del mundo: ¡me ha dejado boquiabierto! Pero sobre todo, me ha emocionado hasta no poder evitar que se me humedezcan los ojos.

 ¿Qué puedo aportar yo a tantos comentarios bellos como te dedican? He leído con especial atención la conversación que tus hijos León y Sergio mantenían paseando por tus calles, sentados tal vez en alguno de tus bares o cafés. Y he decidido arrancar de ese diálogo en que León dice que debe dejarse a un lado la nostalgia y la melancolía para ser realistas; y Sergio se rebela a permanecer impasible y que la desidia y la rapiña te sigan corroyendo, para hilvanar lo que quiero contarte.

 Verás, Larache. Corría el año 1972 y a todos nos entusiasmaba una canción de José Feliciano: “Qué será”. Fuimos a casa de una amiga a oír música y alguien que llevaba el disco lo puso. Pasados unos minutos, la dueña de la casa llamaba a su hija, y al poco tiempo ésta entraba en la habitación para decirnos que quitásemos aquella canción:

-“¿Qué pasa, es que el volumen está demasiado alto?”

-“No, – dijo Pili con lágrimas en los ojos – es que la letra de esta canción , mi madre la identifica con el abandono que está sufriendo Larache”.

 En aquel entonces, no comprendí demasiado; quitamos el disco y pusimos otro. Pero, ¿sabes, Larache?: ya alejado de ti, con muchos años más y el tiempo vivido, he vuelto muchas veces a escuchar la canción y he llegado a entender con pena  lo que aquella larachense sentía. Ahora me identifico con ella plenamente.

“Pueblo mío que estás en la colina

       tendido como un viejo que se muere,

                   la pena, el abandono son tu triste compañía,

                                            pueblo mío te dejo sin alegría”.

 Invito a todos tus hijos a que escuchen la canción porque seguro que una punzada les oprimirá el corazón. La estoy escuchando estos días, para ratificarme en el mismo sentimiento que invadía a la madre de mi amiga en 1972: congoja. ¡Si ella hubiese visto lo que le deparaba a su ciudad en las décadas siguientes!

 Ahora somos nosotros, los que seguimos vivos y llevándote muy adentro, los que sufrimos tu agonía sin comprender el porqué.

 Sergio y León hablan; León y Sergio dialogan y cambian sentires. De mi corazón roto por ti Larache, destilan lágrimas: grandes y enormes, como la luna que Dukali le dio a su madre como regalo.

 Reconozco Larache, que no voy a verte a menudo. Debo ser un mal hijo,  pero te aseguro que en mí y por mí corre la sal de tus salinas, los temporales que te entraban por el mar haciendo ulular persianas, puertas y postes de la luz; corren los días de levante que llegaban en verano y el olor a almadraba que sigue sin resultarme desagradable: todo lo contrario. Corren los enormes bancos de niebla que entrando por tu “Balcón del Atlántico” invadían tus calles y las lluvias torrenciales que te regaban a ti y a tus campos. ¡Eso por no hablar de todos tus rincones, que como arterias y venas te recorrían y recorren! Toda tú estás conmigo.

 ¿Qué embrujo tienes, qué hechizo echaste sobre nosotros? Es verdad, Larache, todos los que en ti nacimos o vivimos, no podemos olvidarte. Alguien en el blog de Sergio decía que nunca había conocido a nadie que hablase con tanta pasión o cariño de su pueblo como lo hace la gente de Larache sobre ti.

 Ya te he dicho, madre geográfica, tierra mía, que no te visito con la frecuencia que debiera, es más y tú lo sabes, que casi no lo hago. Volvía a verte ¡veintidós años después de haberme marchado! Recuerdo una emoción incontenida y cómo con cierto apuro no podía evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas en más de una ocasión: al recordar a mi padre fallecido, rememorar los recuerdos, meditar sobre la vida que contigo me habían robado…

 Aunque vi derribado el “Teatro España” (al parecer por una mala gestión de los fondos que para su rehabilitación se habían destinado), el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas”, me libré de ver la expoliación que has sufrido después.

 Eso sí, los edificios, sobre los mismos que yo había conocido, habían aumentado en altura, dando a algunas de tus calles una sensación de agobio. En su época, debieron hacerlos con muy buenos cimientos, para poder soportar luego tantas plantas sobre ellos, pues sus bajos seguían siendo los mismos. Pero bueno, con la excepción del “Teatro España” (de indudable valor arquitectónico y larga y rica historia artística), el resto me pareció lógico. La especulación del suelo se ceba sobre cualquier país, y por muy entrañables que nos resultaran, qué duda cabe que los inmensos solares ocupados por el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas” eran piezas codiciadas. Eso sí, podían al menos haber cuidado la estética o mejor dicho, no romperla; y en la antigua Plaza de España o de la Liberación, donde desapareció el “Casino”, construir un edificio en armonía con los restantes, la mayoría de ellos de inspiración andalusí o hispano-árabe, estilo que no creo pueda ofender a autoridad marroquí alguna, pues es consustancial a una cultura común.

 Pude ya apreciar bastante dejadez en cómo te cuidaban: el “Jardín de las Hespérides” era prácticamente un erial y los del “Balcón del Atlántico”, estaban abandonados a su suerte. Habían remodelado la “Plaza de España”, quitándole la fuente alzada que fue construida con azulejos sobrantes de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929; azulejería de considerable valor y belleza y de profundas raíces hispano-musulmanas, que daba al lugar cierta semejanza con numerosas fuentecillas del “Parque de María Luisa” y de los “Reales Alcázares” de Sevilla.

 Me dio rabia esto último, pero me dije que en aras a un modernismo mal entendido, ¡qué disparates no se siguen cometiendo en muchas de nuestras ciudades!

 En aquel viaje pude constatar el cariño de los larachenses de cualquier condición, que se acercaban a mi madre y a mí, nos saludaban apretando con fuerza nuestras manos, preguntándonos por nuestra familia, invitándonos a sus casas o a tomar un café. Como la niña que le regaló a Sergio una postal tuya; eso fue lo que me sirvió de bálsamo para aliviar mi pena por las heridas que ya te estaban haciendo. Creo que me fui en el momento oportuno, el último,  para no ver las barbaridades que contigo han hecho después, para no ser testigo del descuido y el olvido a los que las autoridades te han castigado…

 Luego, tras aquella visita que te hice, me fui derrumbando emocionalmente, porque vino  lo peor. Quiero confesarte algo que nunca he dicho a nadie: cuando fui en 1996, el antiguo chalet de Gomendio (mandado construir por el marqués de Villasinda, que fue su primer propietario y residente) estaba en venta.

 Durante años,  tuve como meta el que me tocase el “cuponazo” o la lotería para poderlo comprar e ir a pasar allí las vacaciones y cuanto tiempo pudiese. Cuando me dijeron que lo habían demolido para construir un bloque de viviendas y pude ver las imágenes en las que se apreciaba cómo también habían construido elevados edificios en los chalets contiguos (por ahora solo uno se ha salvado), fui yo quien se derrumbó.

 Tú sabes que yo vivía en el “Balcón del Atlántico”, frente a lo que ya no existe. ¡Aquel ya no es mi “Balcón del Atlántico”! Con posterioridad, no oigo sino las fechorías que contigo siguen haciendo: que si han construido sobre gran parte de los jardines del “Palacio de la Duquesa de Guisa”, que si el edificio donde vivía la familia Román está en ruinas… y un largo etcétera difícil de asimilar.

 Tu hijo León le decía a Sergio que había que asumir la realidad de haber nacido en un país entonces colonizado, y que las autoridades se habían empeñado en borrar toda huella del colonialismo español. Pero escucha, Larache: a mí hay algo que no me cuadra. Yo nací siendo ya Marruecos independiente, y como te decía antes, no me fui hasta los diecisiete años de edad. Entonces éramos provincia de Tetuán y lógicamente las autoridades gubernamentales y locales eran marroquíes: y las calles se limpiaban, los jardines se cuidaban con esmero, se arreglaban los desperfectos urbanos, había obligatoriedad de encalar los edificios… ¿Qué ha ocurrido para que te hayan convertido en un ejemplo a no seguir? Cuando me hablan de lo bonito y cuidado que está Arcila -a tan solo treinta kilómetros-, de su potencial turístico convenientemente explotado,  de lo limpia y bella que está, no comprendo qué mal has hecho tú para que, teniendo el encanto que tienes, te hayan castigado y te sigan vejando de la manera en que lo hacen. ¡Y me lleno de  desesperación!

 La nostalgia y melancolía que por ti siento, me resultan imposibles evitar. ¿O es que acaso no son ellas las que me han llevado a escribirte? Pero creo que no son excluyentes con el realismo. Nosotros, tus hijos que en la diáspora vivimos, poco podemos hacer por ti, al menos de forma continuada y eficaz.

 Está claro que la solución debe salir de los hijos que aún te quedan en casa, de los larachenses que te habitan. Su futuro, y con  él el tuyo, está en sus manos. Para mí, ésta es la realidad.

 Deben ser los larachenses que allí viven, los que maldicen y reniegan de los desmanes que contigo están haciendo, los que tomen las riendas de la situación. Ejercer de forma institucional toda la presión que de manera pacífica puedan hacer para conseguir que las autoridades de la provincia y del municipio sean hijos tuyos,  preocupados por tu bienestar y futuro, alejando de una vez por todas a aquellos que a ti llegan para ejercer tu gobierno, procedentes de lejanas regiones de Marruecos y que tan solo se interesan por enriquecerse a cualquier precio, aunque para ello tuvieran que vender hasta el mismísimo “Zoco Chico”.

 Hasta entonces Larache, mi querida y añorada tierra, como dice León refiriéndose a ti: “(…) a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a  aquellos que no la conocen”.

 Mi deseo de volver a verte, aún no se ha secado del todo, pero por el momento, no quiero ser testigo impotente de cómo te siguen maltratando. No soy cobarde, es que en este sentido tengo las manos atadas, y tú lo sabes. Cuando a los hijos que contigo y en ti habitan, cuando a los buenos larachenses se les colme la paciencia y se conviertan en los auténticos protagonistas del gobierno de la provincia y de la alcaldía de la ciudad; cuando finalmente comiences a salir del pozo en que te hallas, retornaré para ver lo que de ti queda, regresaré para asomarme a la barandilla de “El Balcón del Atlántico” y en cualquier tarde de verano, quizás pueda volver a ver ocultarse el sol en el horizonte infinito de tu mar. Entonces, como Dukali le regaló a su madre la luna llena, todos tus hijos: los de la diáspora y los que contigo viven, te devolveremos como presente el esplendor y la dignidad que te han ido arrebatando. 

Hasta ese día en que Dios quiera que vuelva, ten por seguro Larache que te llevo en lo más profundo de mí ser, que formas parte de mí.

CARLOS TESSAINER (Larache, 1956) es autor, entre otras obras, de las novelas «Los pájaros del cielo» y «El árbol del acantilado«.

LAS FOTOS, SALVO LAS ANTIGUAS DE LA PLAZA DE ESPAÑA Y EL CASINO, SON DE ITZIAR GOROSTIAGA

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