Archivos Mensuales: febrero 2012

Este 29 de Febrero, en MALAGA – Presentación del libro de relatos UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS CUENTOS de MOHAMED LAHCHIRI

El Centro Andaluz de las Letras (CAL) continúa con su programa de actividades Letras Capitales en Málaga, el próximo miércoles, 29 de febrero, con la presentación de la nueva novela del escritor Mohamed Lachiri, Un cine en el Príncipe Alfonso y otros relatos, publicado por Ediciones Dar Karaounies.

El encuentro será en la sede del Centro Andaluz de las Letras a las 20.00 horas,

y estará conducido por Francisco Morales Lomas y José Sarria.

Una ocasión inmejorable para escuchar de mi entrañable amigo Lahchiri sus extraordinarios relatos, y que ya varias veces me ha permitido colgar de mi blog para nuestro deleite como lectores empedernidos.

Sergio Barce

Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), es periodista, docente y traductor hispano-marroquí. Su obra, escrita directamente en castellano, forma parte de la denominada Literatura Hispanomagrebí. Ha traducido para la prensa marroquí y árabe textos de Neruda, García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, García Márquez, Juan Rulfo, Mario Benedetti, Horacio Quiroga y Borges, entre otros. En 1994, publica su primer libro de cuentos, «Pedacitos entrañables», y en el 2003 el segundo, «Cuentos ceutíes». Ya en 2006 publicó su tercer libro de cuentos, «Una tumbita en Sidi Embarek». Es, además, autor de la novela “Una historia repelente”, publicada por entregas en el diario “La Mañana” en el verano del 2001 y de una antología de poesías (traducidas al árabe) de Nicolás Guillén, publicada en el diario “Al Ittihad al-Ichtiraki”.

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 10

En el primer capítulo de mi novela EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES (Aljaima – Málaga, 2000) escribí lo siguiente:

(…) …Y, sin embargo, furtiva pero impetuosamente, de golpe, esos añejos recuerdos cruzaron ante mis ojos en un torbellino de imágenes lanzadas a fuego cruzado cuando entreví, allá a lo lejos, desde la suave curva que el vehículo tomaba, a mi pueblo.

Larache, a lo lejos

Descubrí sus casas blancas salpicadas de pinceladas azules apiñándose sobre la mansa ladera que se yergue tibia sobre el Lukus, como una inmensa bandera ondeando frente al océano. El atardecer las teñía con esa coloración dorada que volví a ver en Tánger, pero que allí, en Larache, parece más áurea, más intensa, es como si el sol se mostrase aquí más indulgente que en el resto de Marruecos. Me retumbaba el corazón a cien por hora y hasta mis manos temblaban, qué confuso todo, el ayer con el presente y lo rememorado con lo olvidado, lo que se deseó y cuanto detestamos, pero emergiendo entre esa maraña se abre paso la emoción pura y simple que destila y depura y solo saca a flote lo que en algún momento nos tocó el corazón.

Nayib, el taxista que nos llevó del puerto de Tánger hasta Larache, detuvo su reluciente Mercedes de segunda mano importado de Alemania justo al centro del puente que cruza el río, pasadas las ruinas romanas de Lixus, y posó una de sus enormes manos en mi hombro.

-No iora, jáy. Demasiado tiempo sin volver…

¿Quién no ha vivido una experiencia parecida al regresar después de los años? Este album de fotografías es como un viaje de regreso, de la mano de las imágenes que cada uno de nosotros ha ido guardando. También de las que ahora hacemos cuando volvemos, o de las que hacen los que viven actualmente en Larache. Todo forma parte de la misma memoria, la que atesora el pasado y la que cultiva el futuro, es decir, el germen de la  memoria que será.

Y luego entras en Larache, y llegas a la Avenida Mohamed V…

La avenida Mohamed V estaba flanqueada no sólo por los hermosos edificios de una y dos plantas, la mayoría de ellos aún se conservan, por suerte, pintados de blanco y azul, sino por unos preciosos arriates llenos de plantas y palmeras… En esta imagen, estamos mi madre Maru Gallardo y yo, Sergio Barce, precisamente en la avenida, sería el año 1968 más o menos, y en el cochecito mi hermana Marisol.

Dirección a la Plaza de España, hoy de la Liberación, dejas a la derecha el santuario de Lalla Mennana y el Jardín de las Hespérides, y en otra época a la izquierda, tras pasar la iglesia, estaba la tienda donde trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce: La Bandera Española, hoy Bazar Yebari.

Estos viejos carteles anunciando los negocios que estaban funcionando en el pueblo, me los envía Paco Selva. Y seguramente traerá recuerdos a muchos de los que los conocieron. Pero si seguimos el camino emprendido, aterrizamos finalmente en el regazo de la Plaza de España, que es a donde siempre terminamos todos al volver. Un lugar que fue espectacular:

La Plaza, la fuente, las palmeras, la arquería y los edificios del Hotel España. Café Central, Café Lixus y Hotel Cervantes, también el Casino cuando estaba en pie… Un conjunto arquitectónico único en todo Marruecos. Aquí está León Cohen con su tía Mery…

León Cohen Mesonero con su tía Mery en la Plaza de España

Yo, de pequeño, también solía ir a la Plaza a jugar, a ver los peces de colores, a correr o a montar en bicicleta. Sergio Barce en la Plaza…

Y del pasado, Paco Selva me ha hecho llegar varias fotografías, hoy cuelgo las de diferentes equipos de fútbol, la mayoría de los jugadores son difíciles de identificar, pero en la próxima entrega de fotos incluiré las que contienen a futbolistas que sí hemos conseguido reconocer, bueno, los que Paco ha identificado. Hay que recordar que su padre fue presidente del CF Las Navas y del CF Larache, y por esta razón guarda infinidad de fotos de partidos de fútbol disputados en Santa Bárbara. Estos cuatro equipos deben ser de los años 20 y 30, supongo.

Al igual que estos dos:

En las siguientes fotos que Paco me ha pasado, sí se reconocen, en la superior, a Lama, y, en la inferior, a Emilio y Facundo. Estos datos, por supuesto, son de Paco Selva, por edad él sí puede hacerlo, yo por entonces ni siquiera había nacido.

Estas otras ofrecen una curiosidad en la segunda de ellas: la visita del Valencia CF a Larache… Los grandes equipos de la liga española, jugaban en Santa Bárbara, desde el Atlético Aviación al Athletic de Bilbao…

Esta imagen me la enviaron hace mucho, y no recuerdo quién (espero que me refresquen la memoria). Los espectadores acuden en 1953 a ver un partido del Chabab (así es como me llegó la información junto a esta foto, pero, como bien dice León Cohen, debió de ser el Larache CF, ya que el Chabab apareció más tarde).

Ya que estamos en esos años pasados, que aunque no viví sí conozco por tantos relatos de mi familia y amigos, recupero esta fotografía del Taller de Agustín Barrajón, que nombro en algún relato.

Si se me permite otro paréntesis familiar, aquí están mi madre, Maru Gallardo, con mis abuelos, Manolo Gallardo, que fue policía de tráfico en Larache, y mi abuela Eduarda Martínez. Tras la independencia de Marruecos, mis abuelos se marcharon a Málaga, desde donde siempre recordaban los buenos años vividos en el barrio de la Bilbaína, y los años de Alcazarquivir, los de Villa Sanjurjo o los de Ghemis Sahel, porque vivieron en todos esos lugares… Mis padres continuaron en Larache, para mi suerte.

E inevitablemente, imágenes de los colegios, donde se reconocen la mayoría de los amigos. Esta primera es de los HH Maristas, en el curso que compartieron, de arriba abajo y de izquierda a derecha: Galice, Manolo Hernández, Abdelmeji ben Abdelkrim, Vicente Pro, Antonio Ubeda ,Joaquín  Garcia, Pepe Alberca, Pepe García Gálvez, Paco Osuna, Cristóbal Ortiz, Claudio Columé, Ramón Sánchez, Ricardo Toledo, Daniel Calbo, Jose Ponce, Julián Aixelá y Pepe Edery.

Años después, del mismo centro, otros compañeros, de mi curso, aunque yo no aparezco, como casi nunca cuando hacían estas fotos de grupo, no sé si me ponía enfermo por esas fechas o simplemente es que rehuía posar… El hecho es que nunca estoy junto a mis compañeros de los Maristas, lo que lamento. De aquí sólo logro recordar a Juan Carlos Palarea, Francisco Javier Palarea, Miguel Angel Aguilar, Pablo Serrano Morón, Lotfi Barrada, José María López Garry, Luis Velasco, Guerrero… Se agradecería ayuda para completar la foto. El primero en hacerlo ha sido Vicente Palomares para indicar que él es el que aparece en la quinta fila a la izquierda y su hermano Antonio Palomares en la cuarta, ambos con vestimenta de rayas; y en la fila quinta a la derecha, junto al macetero, Pablo Aledo. Y Juan Carlos Palarea me aclara algunos otros: Pepe Cáceres, José Gabriel Matínez y Luis Simón. Joaquín Mauriño añade que, en la primera fila a la derecha, sentado y con una mano sobre el hombro está Diego Mauriño Medero; y justo más a la derecha, un escalón más arriba (al lado del niño que está de pie) está Victoriano Mauriño Medero. La foto debe ser sobre el año 71.

En esta otra, del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles, reconozco a las que luego serían compañeras mías de clase: Conchi Lama, Gabriela Grech, PeponaTambién Juan Carlos Palarea me indica que están su hermana Viki Palarea y Cristina Navarro. Y como bien indica Mati, la segunda de pie, de izquierda a derecha, es ella, Mati López Quesada, y  la siguiente Marina López Matres.

Hay tiendas y negocios unidos al apellido de su dueño, que son imborrables de nuestra memoria… Es el caso de Rosendo:

Como también son imborrables los amigos de la infancia, a los que hemos visto en alguna ocasión pero que siguen ahí como parte de nosotros. Eso me ocurre con Aguilar, que vivía a mitad de la calle Chinguiti, donde además su madre tenía una peluquería. Recuerdo los días en su casa haciendo espiritismo, o lo que creíamos que era espiritismo y que sólo nos hacía temblar de miedo y partirnos de risa…

Una fotografía de unos amigos: Manuel Fernández Padilla, Pablo Serrano, Juan Cuevas y Juan José Brito.

Quizá sea Miguel Alvarez una de las personas que más relaciono con mi familia y con mi niñez. Era mayor que yo, pero pasé muchos momentos a su lado, y es como de mi familia.

En esta imagen Miguel Alvarez y yo estamos con nuestras madres, en la Gaba.

La familia Alvarez vivía al lado nuestra en la última planta del edificio de Uniban. Manolo Alvarez era compañero de trabajo de mi padre. En los otros pisos de esa planta vivían Torres y Matamala. Pero antes de irnos a la avenida Mohamed V para residir en el inmueble de Uniban, mi niñez estuvo en el Balcón del Atlántico, en concreto vivíamos en este edificio que aún continúa en pie, y nuestras ventanas son las que están justamente sobre el cartel de la teleboutique:

Más anuncios del pasado, y más apellidos: Coloma, Alarcón, Revilla

Me gusta construir este album con los recuerdos pero también con el presente de la ciudad. Mis amigos de ahora son también fundamentales. Esta mañana me ha llamado Abderrahman Lanjeri para contarme que Luis Cazorla estaba por la Medina explicando a un grupo de personas dónde se desarrolla la historia que narra en su novela «La ciudad del Lucus»… Abderrahman es un luchador por conservar a Larache en pie, por defender su patrimonio. En esta imagen, lo vemos organizando al grupo que, hace unos años, hicimos una batida por la playa peligrosa para concienciar a la gente de que hay que mantenerla limpia. Fue muy divertido. Llevábamos unas camisetas azules que rezaban: TODOS SOMOS LARACHE, y en caracteres más pequeños todos los apellidos larachenses que recordábamos…

No puedo dejar de mencionar a la madre de Abderrahman, que hace un cuscús alucinante. Aquí está junto a la princesa larachense Angeles Ramírez.

Uno de los poetas de nuestra ciudad, el elegante Mustapha Bouhsina, que de tarde en tarde nos regala algún poema sobre Larache. Si alguien es sentimental, sus poesías le llegarán. Un escritor infatigable.

Y otra persona que merece la pena conocer de entre nuestros paisanos es Said Hauat, siempre disponible para cuanto hemos necesitado al realizar alguna actividad en Larache.

De Abdelmawla Ziati, autor teatral larachense, he hablado en este blog, por su inagotable esfuerzo por levantar el teatro en la ciudad, y por sus obras. En esta fotografía aparece junto a otros dos autores larachenses, a quienes tengo un gran respeto y afecto: Ahmed Demnati y Mohamed Benaboud.

De Demnati quiero colgar alguna poesía en este blog, y aunque me ha enviado poemas sueltos, aún no he conseguido ninguna traducción al castellano, pero ya llegará, y podré ponerlas en los dos idiomas.

En esta otra fotografía aparecemos varios larachenses, en una reunión informal que hicimos en Málaga, en El Pimpi. Estamos, y José Miguel Palarea me ha ayudado a completar todos los nombres: delante, Miguel Montecatine, detrás, Mercedes e Isabelita Matamala; siguen Isabel Barrales, Charo Matamala, Sole, Alfonso Ariza, Augusto Sarmiento, Sergio Barce, Juan Carlos Palarea, Jose Miguel Palarea, Juan A. Hidalgo y Pepito.

En esta otra imagen, que me ha pasado Karim, hay otro montón de paisanos y amigos y conocidos, que son fantásticos: Karim Ouhrich, Zineb Naoual, Sarita NL, Mounir Kasmi, con el que he compartido ya un montón de mesas redondas y buenos momentos, Mariam Benani, Said Allam, Isadac Fatima Zohra, Touriya Alem, Rajaa Zaidi, Igor Quezada, Abdo Didane, Khalid Didane y Morad Jah.

Joaquín García Camúñez me ha enviado esta composición fotográfica que él mismo ha hecho. Tres amigos que se reencontraron 55 años después, muchos años sin olvidarse unos de otros, que se retrataron juntos; debajo, ellos cuando eran chavales: Joaquín, Claudio Columé y Manolo Hernández Saris; y abajo cuando estudiaban juntos, y como él dice, al volver a verse decidieron ser niños de nuevo, en Larache…

Ya casi al final de mi novela «Sombras en sepia» (Pre-Textos – Valencia, 2006), el protagonista, Abel Egea, se despide de Samir cuando está a punto de marcharse de Larache.  Y dice así:

(…) Como le había prometido, Samir vino a despedirse de él. Se lo encontró a la puerta del Hotel Salam, departiendo con Abdeslam. Abel se había traído el Orion hasta la misma entrada del establecimiento y los dos le ayudaron a meter la maleta, el bolso de mano y unas bolsas con algunas compras: naranjas e higos secos, chuparquía, hierbabuena, dátiles, especias y ejemplares de «La Mañana» que le facilitó Rachid, el dueño de la Librería Al Ahram.

Abel le deslizó unos dirhams a Abdeslam, que se lo agradeció varias veces, efusivamente. Por su parte, Samir le dio un largo y sincero abrazo, besándole en las mejillas.

-¿Volverás? -le preguntó cuando se soltaban.

-Por supuesto.

No era una contestación con la que pretendiese cubrir el expediente, sino que había decidido hacerlo de nuevo. Tenía muy claro que ya no existen distancias, que, en menos de cinco o seis horas, se plantaba en Larache. Y no quería desaprovechar ese lujo.

-Me alegra oírlo. Ya sabes dónde tienes tu casa.

-Shukram, jai -respondió Abel.

-Lamento que no la encontrásemos -Samir apretó los labios, notando que algo se les evaporaba de las manos, una sensación de desencanto-. Te lo digo de verdad.

Sin decir nada, Abel se metió en el coche. Miró al frente; en nada le afectaban las palabras de Samir. Sabía, perfectamente, dónde estaba, lo que anhelaba, qué era lo que le esperaba en los próximos años. Y se sintió bien consigo mismo. Con una flema digna de un amanuense, Abel se había sacado el saquito con el tabaco y se sirvió una buena rayita de rapé. Luego, sonrió, lacónico.

-¿Sabes qué es lo que yo más lamento?

Samir negó con la cabeza. Pero al fondo de los ojos glaucos de Abel, vislumbró un lejano estremecimiento. Abel giró la llave y el motor bramó por el tubo de escape. Volvió a fijarse en el final de la Avenida Hassan II, en el perfil gigantesco de La Tulipe. El desconcertado Samir apoyó las manos en el borde de la ventanilla del coche, como si temiera que Abel acelerase y lo dejara allí.

-Dímelo -suplicó.

No le habría perdonado que se  hubiese llevado consigo la respuesta. Pero Abel le miró, con una expresión suave y relajada, que utilizó también en sus palabras, cargadas de sinceridad.

-No haber regresado antes…

Sergio Barce

LARACHE – foto de Itziar Gorostiaga

OS AGRADECERÍA A TODOS ME ENVIÁSEIS FOTOGRAFÍAS VUESTRAS PARA IR AÑADIENDO AL BLOG. PODÉIS HACERLO A MI CORREO: barceabogado@gmail.com


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LARACHE y la ASIGNATURA DE TERAPEÚTICA FÍSICA, un relato del Doctor JOSÉ EDERY BENCHLUCH

El escritor larachense Dr. José Edery

    José Edery, después de publicar su libro «Viajando por el Magreb Hispánico», parece que se aburría un tanto y se ha puesto a escribir de nuevo, supongo que le ha entrado el «mono» de la narrativa, y, como suele hacer, tiene la deferencia de enviarme su último relato, un retazo de sus recuerdos de estudiante, para colgarlo en mi blog para deleite de todos. Es un relato muy divertido, la verdad, en el que Larache se convierte involuntariamente en la protagonista de la anécdota.

Sergio Barce, febrero 2012

    LARACHE Y ASIGNATURA DE TERAPÉUTICA FÍSICA

En los exámenes orales universitarios existe la creencia constatada de que cuando el alumno permanece largo tiempo en la sala a puerta cerrada examinándose o delante del tribunal en sesión pública, es señal inequívoca que va aprobar e incluso sacar buena nota. Si por el contrario el tiempo es corto y breve lo más probable es que suspenda o regrese en septiembre.

Yo cursaba el tercer curso de medicina, que en realidad era el cuarto si contábamos tras el Preuniversitario, el curso Preparatorio común a las carreras de ciencias con biología, matemáticas, física y química. En dicho curso las materias eran la Farmacología con  el “Manual de Velázquez” dada por el emblemático “Don Emilio” Muñoz, el catedrático más elegante y dandy de España; la Patología General enseñada por el Profesor de la Higuera alias “El Breva”, la Fisiología Especial por el Prof. Rafael Mora (hermano del Catedrático de Histología Abelardo) y la Terapéutica Física que impartía el catedrático Ignacio García Valdecasas “El Chispa”, oriundo de la granadina región de Riofrío (Loja) uno de los mayores criaderos actuales de esturión y caviar beluga de Europa. (ver  “Viajando por el Magreb Hispánico”).

El sobrenombre de “El Chispa” tenía su lógica ya que entonces la asignatura trataba principalmente de aparatos terapéuticos eléctricos (Rayos X, Onda Corta, corrientes galvánicas etc.) y sus fundamentos. Una asignatura con pocas patologías, árida y poco atrayente, y sobre todo basada en la Física. Materia esta que había impartido en Preparatorio en Granada el duro catedrático “Don Justo” Mañas, a causa de cuyos exámenes los alumnos se iban a otras facultades para poder aprobar ya de por sí un difícil curso selectivo.

Don Ignacio García Valdecasas era un hombre alto, de aspecto serio, de tez bronceada por el campo, con un andar como cansino y algo encorvado que daba la sensación de una persona rural más que de un profesor universitario. Aunque ello encubría una gran humanidad, profundos conocimientos profesiones y una amplia cultura. Pero su verdadera afición era sus tierras y olivares en Riofrío. Durante mi etapa ministerial conocí a dos de sus hijos: un destacado letrado en Jaén y un prestigioso diplomático y Embajador, con el que establecí una estrecha amistad y recordando siempre en nuestras conversaciones  a su padre.

Medina de Larache

La clase de Terapéutica Física comenzaba a las nueve de la mañana, por lo que “era obvio” que yo no asistía nunca por mi incompatibilidad fisiológica, a lo largo de mi vida universitaria y luego profesional, de levantarme “tan temprano”. Llegó en el mes de junio  el correspondiente examen final de la asignatura, de la que al no llevarla preparada pensaba dejarla para septiembre. Fue entonces cuando nuestro compañero de curso ¿Gerardo? Cánovas, murciano que residía en el Colegio Mayor Isabel la Católica, sobresaliente estudiante  y persona de una gran religiosidad practicante (“desapareció “de la facultad a partir de dicho curso) como la mayoría de los compañeros de entonces, me convenció para presentarme al examen. Era medianamente alto y fuerte con una constitución semejante a la de Alfredo Segura Sánchez.

Me atiborré de comprimidos de Preludín (otros solían tomar Simpatina o Centramina) durante una semana con casi un continuo insomnio y una hiperactividad mental; y un jueves por la tarde tras esperar unas dos horas me llegó mi turno oral para examinarme. A Cánovas por lógica alfabética le correspondió antes, y al terminar el examen, que duró apenas diez minutos, con mucha desilusión me dijo que le habían dejado para septiembre (nunca más supe ni supimos de él). Por su resultado me iba a retirar del examen pero me convenció para que me presentase cuando me llamaran, y a pesar de su decepción y tristeza se quedó acompañándome.

El lugar del examen era una gran sala con hileras de grandes bancos de madera separados por un ancho pasillo central. Y al fondo a la derecha un estrado con una mesa, a bastante distancia de la primera fila (por lo que no se podía apenas escuchar al profesor ni al examinado) donde se enfrentaban catedrático y alumno.

Don Ignacio alzó la cabeza y con voz fuerte, pero con unas facciones que mostraban gran extrañeza casi gritó: ¡¡José Edery Benchluch¡¡ (Aquí se le trabó un poco la lengua con el segundo apellido). Acudí a la mesa deprisa, pero con paso mesurado posiblemente por la hiperactividad, seguridad y optimismo que me producía el Preludín.

Me dijo de inmediato: <Yo a Vd. no le conozco ni le he visto nunca en mis clases, pues le recordaría, sobre todo por sus apellidos >. Por lo que casi me iba a retirar dando por asegurado el suspenso. Pero por efecto milagroso de la droga le respondí con voz firme pero respetuosa:

<Discúlpeme Don Ignacio, pero es que a las nueve de la mañana tengo que asistir todos los días a la sinagoga para mis rezos.>

<Por favor, repítame lo que ha dicho, por si lo he entendido mal.>

<Si Señor. Como soy judío y practicante, mi deber religioso es participar con mis correligionarios a los rezos en la sinagoga de la calle Arandas, por la Plaza de la Universidad.>

Muy respetuoso hacia los demás por su formación humana y social y sus firmes creencias religiosas, aunque fueran diferentes, su semblante cambió por uno más agradable e interesado.  En la España de esos tiempos, aunque existía una grandísima ignorancia (y en la actual), pero no incultura, sobre personas y ortodoxia de las otras religiones, existía un gran respeto religioso en el trato personal entre ellas.

Intercambiamos preguntas y respuestas. Curiosamente conocía mi ciudad natal, Larache, donde tenía amigos, entre ellos la familia Gomendio, propietarios del Lukus, la mayor empresa y terrenos agrícolas del Protectorado; y un amigo colega, el doctor Rogelio Consuegra así como de otras personas y hechos que no recuerdo. ¡Han transcurrido 56 años¡ Hablamos durante cerca de tres cuartos de hora de ellos, de mi ciudad, de religión, etc. Todo ello ante la expectación y casi admiración de mis compañeros, como supe más tarde, pues suponían que estaba realizando un brillantísimo examen por el tiempo que transcurría. Si hubieran conocido la temática que intercambiaban el examinante y examinador, no se lo habrían creído.

En un momento dado miró su reloj, y casi sorprendido por el largo tiempo transcurrido, interrumpió la conversación y me hizo sacar dos papeletas con temas del examen (normalmente era una cada vez). Me preguntó que cuál prefería y cómo había preparado la asignatura. Fui correcto y le respondí que regular. Y apenas llevaba dos minutos exponiendo el tema que había escogido, me paró y con gran sorpresa por mi parte me dijo, con un tono cariñoso:

<Creo Señor Edery que no voy poder darle un sobresaliente como probablemente se merece; debido a su no asistencia a las clases a lo que doy gran importancia. ¿Qué le parece un notable?.> A lo que le respondí muy serio simulando contrariedad y educadamente:

< Lo que Vd, decida Don Ignacio. Muchas gracias.>

Y regresé al banco donde me esperaba con una cara de sorpresa que nunca se me olvidará mi querido compañero Cánovas. Y de paso observaba las miradas de admiración, asombro, respeto, o todo junto en una sola expresión, de los compañeros que esperaban su turno de examen, ante mi “larga exposición” en tiempo y temática entre profesor y alumno. Y que no podían escuchar ni nunca sospecharían, por la distancia existente entre ellos y la mesa del examinador.

Tengo que aclarar que en Granada nunca asistí a una ceremonia en una sinagoga, ya que desde 1492, no existen ni se realizó ninguna apertura nueva, incluso hasta el día de hoy. Ni de la inventada por mi, puesto que la única ubicación de un templo era un oratorio casi clandestino de confesión baptista al que asistí con un amigo, situado cerca de la Facultad de Derecho en la calle Arandas. Y la colonia judía en la ciudad entonces estaba compuesta únicamente por la familia Godman, propietaria de la academia de lenguas extranjeras “Mangol” en la calle Reyes Católicos. Y por nueve estudiantes universitarios (entre ellos los larachenses, futuros médicos, Esther Amselem y Alejandro Abehsera) procedentes del entonces Protectorado de España en Marruecos, de Ceuta y de Melilla. Y que para un acto colectivo religioso judío es obligatorio la presencia de un mínimo de diez hombres adultos (minián).

 Dr. José Edery Benchluch .

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LARACHE vista por… ALEJANDRO GÁNDARA en su novela CIEGAS ESPERANZAS, Premio Nadal 1992

    Uno de los galardones literarios más prestigiosos de España es el Premio Nadal. Carmen Laforet fue la primera ganadora con su mítica novela “Nada”, en 1944, y  luego vendrían Miguel Delibes, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Álvaro Cunqueiro, Jesús Fernández Santos o Fernando Arrabal, entre otros.

      En 1992, gana el Nadal el escritor Alejandro Gándara con la novela “Ciegas esperanzas”, y curiosamente la mayor parte de la acción de su historia se sitúa en Larache, quizás la más humana de la novela.

      Ambientada en los años inmediatos a la declaración de Independencia de Marruecos, relata la difícil relación entre Martin y una chica marroquí, Salima, y a cuya relación, a causa de la situación política y religiosa del momento, se opone frontalmente el hermano de ésta. Y Abdellah, el mejor amigo de Martin, trata de hacerle comprender también el peligro que entraña esa relación amorosa.

Larache

Hay escenas que se desarrollan en la Plaza de España, otras en la calle Chinguiti y también en La Medina, o bien en las que se mencionan lugares o espacios concretos de Larache, como el Casino de la Casa de España.

 (…) -¿De verdad trabaja en el Lucus? –Martin había puesto un brazo delante de Abdellah, que empezaba a marcharse.

   Salima continuaba revoloteando entre las otras muchachas. La cara se le había ido encendiendo, pero seguía yendo de un lado a otro como si el juego la excitara cada vez más en vez de fatigarla. No miraba a Martin y Abdellah, pero los muchachos estaban suficientemente cerca y formaban parte de un público que ella metía sin querer en su juego, igual que metía las miradas furtivas pero intensas de los hombres de los corros. La mirada de Martin, por su parte, era de las que esperan una contestación y esa espera le retenía contra la incomodidad de Abdellah.

-De verdad trabaja en el Lucus, pero tú no sabes lo que es el Lucus –gruñó Abdellah.

-¿No es la fábrica de conservas? –preguntó distraído y tratando de alargar el ultimátum que le había dado su amigo.

-No sé qué quieres de Salima –dijo el cojo mientras empujaba sin convicción el brazo que le cortaba el paso-. La fábrica de conservas, sí. Muchas mujeres esperan a la puerta hasta que cae alguna de dentro. ¿Qué crees que es Salima, Martin?

  Es un libro muy bien escrito. Gándara narra con un estilo conciso y seco, y se demora a conciencia cuando trata de plasmar los temores de sus protagonistas, el miedo a la muerte, la sensación de que todo acaba. Hay un sabor amargo en toda la novela, en la que, por un lado, si bien se construyen los personajes con cierta sobriedad, subrayando en ellos las contradicciones que el choque cultural les causa, especialmente el religioso, por otro es evidente que el autor no conocía del todo Larache, aunque eso no menoscaba en absoluto la calidad de la novela, por supuesto, pero sí que delata que o bien la había visitado muy de pasada o que la conocía a través de terceras personas, porque unas veces sitúa establecimientos o calles erróneamente o los identificada con nombres inexistentes, como si fuesen de oídas. En todo caso, creyó acertado elegir Larache como el escenario perfecto para contar la problemática que se suscitaba durante los años cincuenta en el Protectorado español de Marruecos.

Larache

 (…) Se detuvo bajo un cartel que decía Cine Chinguiti, miró por una cancela el vestíbulo oscuro y se dio media vuelta enseguida. La calle terminaba y, con la espalda en la cancela, observó la plaza a la que se estaba acercando.  La misma plaza con el jardín en el centro, los arcos de la fachada del zoco y la tienda de Yibari.

  Echó a andar con paso un poco más decidido, espió de pasada por las cristaleras del café que hacía esquina y bordeó la plaza hasta un arco pequeño y una puerta baja por la que se veía la calle grande del zoco. No se metió dentro. Se limitó a quedarse en esa puerta con las manos en los bolsillos y la cara asomada a las casas azules, los parasoles, las esteras y la gente alrededor de las esteras, mucha más gente que la vez en que el grupo de chiquillos tuvo que decidir bajar al puente del Lucus.

Alejandro Gándara

Como digo, la fuerza de su narrativa estriba, por un lado, en la utilización de la época inmediatamente anterior a la Independencia de Marruecos, con los acontecimientos ocurridos en Larache como telón de fondo, y en la construcción minuciosa de los sentimientos, pensamientos y temores de sus protagonistas. Y me gusta cómo consigue transformar a la ciudad de Larache en un personaje más, un personaje que parece influir obstinadamente en el ánimo de los otros personajes de carne y hueso.  

(…) -Tu madre no quería venir a Marruecos. Pero yo pensé que aquí estaba mi salvación –el tono entrenado del maestro estaba desapareciendo en la rapidez del que no quiere tocar mucho las palabras y pisa en ellas como en la superficie de un barro deslizante que mancha al mismo tiempo que empuja-.

(…) Fue una escapada. Y se mezclaron tu madre y Marruecos. Me enamoré de ella pensando que tenía que irme. No me enamoré después, ni antes. Me enamoré pensándolo.

(…) Se hizo triste. Cuatro años. No digo que estuviese triste, digo que se hizo triste. Eso es lo peor que uno puede ver de sí mismo. Yo lo hice con tu madre trayéndola a Larache. Para los españoles ésta es una tierra militar, ni siquiera una tierra de misión. Al final, encontré aquí todo lo que me había hecho escapar. Guarniciones, comerciantes y chupatintas, donde un maestro es todavía menos que en Ciudad Lineal. Se preguntan cómo llegaste a parar a este sitio. No tienes negocio, ni galones: algo te ha pasado en la tierra de atrás.

(…) No fue la ciudad. Al principio creí que era esta ciudad y que debíamos unirnos, aunque fuera mediante la tristeza, estoy seguro de que durante mucho tiempo pensé que la tristeza era un aliado, que debía unirnos contra la ciudad. Pero no era la ciudad, era yo en esta ciudad, lo que vio de mí, lo que vio de mí gracias a esta ciudad y que en Madrid podía explicarse de otra manera, sin necesidad de que me viera a mí.

Santuario Lalla Mennana de Larache

   Ya he hablado en otra ocasión de que en mi novela “En la jardín de las Hespérides” describía la experiencia vivida por mis abuelos y mi madre cuando se produjeron los asesinatos en Larache, tras la muerte del Raisuni, y cómo colgaban y quemaban a la gente que consideraban traidores. Sara Fereres hacía lo mismo en su libro “Larache, crónica nostálgica”, que también analicé. Pues bien, Alejandro Gándara recrea de la misma forma estos acontecimientos de la siguiente manera:

(…) -Los Yahtahary están en Tatla-Reysana. Han subido por la costa colgando gente de los olivos y quemando policías en las calles.

-Larache es proespañol.

-Eso se acabó, Martin.

Distinguió algo líquido en las pupilas de Abdellah. ¿Abdellah sabía llorar? Para el cojo también se acababan muchas cosas y puede que quisiera su parte en los sentimientos de lo que se acababa. Era miserable, en Martin, pensar sólo en Salima. Abdellah estaba allí, con su mundo protegido acabándose. Había perdido al mismo padre, por vez primera era capaz de pensar eso, y estaba a punto de perder a su hermano. Como perdería la casa y el trabajo en las cocheras. Mientras el mundo débil de Abdellah se derrumbaba, llegaba Martin y no quería escucharle.

-He visto a los de la plaza. Hay más de tres mil ahí –dijo, esperando que Abdellah entendiera que se rendía, que quería comprender y, sobre todo, comprenderle por lo que estaba pasando.

El cojo volvió a suspirar, pero esta vez el aire arrastraba un alivio concentrado, el alivio de la proximidad recuperada, de tener a Martin a su alcance.

-Han quemado la casa del bajá Raisunik y han prendido fuego al negro que estaba allí. Ha sido increíble. Mientras ardía, las mujeres le metían hierros.

-Eso no ha sido de repente, Abdellah. Algo ha ocurrido.

-Ha ocurrido que Marruecos va a ser independiente. Cualquier cerilla llegará a la pólvora. Hace mucho que tú no vives aquí. Sólo vacaciones. Tu tío para cada tres horas para que los trabajadores toquen la flauta. Todos los días hay problemas nuevos, Andan con mucho cuidado en los últimos tiempos. Pero el Raisunik estuvo esta mañana en el zoco de Tlata-Reysana, no sé qué pasó, lo único que sé es que los guardaespaldas dispararon las metralletas y mucha gente murió. A mediodía ya habían llegado los Yahtahary y por la tarde la noticia de la matanza estaba en Larache.

-¿Y la Comandancia?

-La Comandancia no hace nada. Las tropas están acuarteladas. Tu tío llamó y le dijeron que no saldrían de los cuarteles. Los rumis están en casa, se quedan en casa. Y tú eres un rumi, Martin. No olvides.

También me parece sorprendente en esta novela las escenas casi simbólicas, de ensueño, que se desarrollan en el río, cuando el protagonista trata de cruzarlo y alguien le hace señales desde la otra orilla, y cómo su pesadilla se transforma en el motor para recobrar su pasado que le ahoga de una manera insoportable. Hay párrafos magníficos en esta novela excelente, en un difícil ejercicio con el que Gándara hace un trabajo artesanal con el lenguaje, estilizándolo, sobre todo en las escenas estre Martin como soldado y el extraño, en una conversación alambicada y malabárica que alarga in eternum, utilizando para ello recursos narrativos y lingüísticos asombrosos. Una novela sin concesiones, áspera, honda, y que, además, como he descrito, cuenta con el aliciente de llevarnos hasta unos hechos históricos que tuvieron a Larache como protagonista. Muchas razones para leer este magnífico libro, un Premio Nadal en Larache.

 Sergio Barce, febrero 2012

Alejandro Gándara

Alejandro Gándara, nació en Santander en 1957. Sociólogo y escritor, es autor de las novelas La media distancia, La sombra del arquero, Nunca seré como te quiero o El día de hoy. Además del premio Nadal, ha obtenido entre otros el Premio Herralde de Novela por Últimas noticias de nuestro mundo.

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Este 23 de Febrero, en CEUTA: Presentación del libro LA CIUDAD DEL LUCUS del escritor larachense LUIS MARIA CAZORLA

Después de haber escrito en diversas ocasiones sobre las excelencias de esta novela en este blog, me permito hacer un recordatorio de LA CIUDAD DEL LUCUS con ocasión de su presentación en la ciudad de Ceuta, presentación que se efectuará este próximo día 23 de Febrero. Espero que quienes tengáis la oportunidad de asistir, lo hagáis, merece la pena escuchar a Luis María Cazorla desbrozar su obra y oírle hablar de aquel Larache de principios del siglo pasado. Una ocasión para aprender y disfrutar. Sergio Barce.

Esta es la invitación para el referido evento:

LA CIUDAD DEL LUCUS reposa sobre un fono histórico bien documentado y revela datos poco conocidos. La trama se desarrolla entre 1904 y 1912 en las ciudades de Larache, Tetuán, Tánger, Arcila y Alcazarquivir. Al hilo de los avatares de un inmigrante que huye de la crisis económica que sufre Alicante a finales del siglo XIX y se establece como comerciante en Larache, desfilan por sus páginas toda una serie de personajes (hebreos, marroquíes, españoles y extranjeros), unos imaginarios y otros reales como el teniente Fernández Silvestre o el líder Ahmed el Raisuni. Todos ellos tejen una tupida red de intereses y de sentimientos que conforman la tensión dramática de una novela memorable, con una singular viveza narrativa, que nos abre un mundo desconocido.

 

Luis María Cazorla

Su autor, Luis María Cazorla Prieto, nace en Larache en 1950. Es doctor en derecho, Catedrático de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad Rey Juan Carlos, abogado del Estado, Letrado de las Cortes e Inspector de Servicios del Ministerio de Economía y Hacienda. En la actualidad es Secretario General de Bolsas y Mercados Españoles, director del bufete Cazorla y asociados, Vicepresidente del Consejo Editorial de Aranzadi y miembro de número de la Academia de Jurisprudencia. Ha ocupado cargos como el de Secretario General del Congreso de los Diputados, Director General Técnico del Ministerio de Hacienda, Vicepresidente del Comité Olímpico Español y miembro de la Comisión Jurídica del COI. Autor de más de 20 obras jurídicas y sociológicas, es también autor de novelas y libros de relatos como “El proyecto de Ley y once relatos más”, “Cuatro historias imposibles”, “Ni contigo ni sin tí” o “Cerca del límite”, con la que fue finalista del premio internacional de novela “Javier Tomeo” en 2007. Hijo de larachense de familia oriunda de Novelda.

 Biblioteca Pública de Ceuta  www.ceuta.es/biblioteca

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