Archivos Mensuales: abril 2011

«UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Sergio Barce

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE”

(ISBN  978-84-9991-123-6).

Ha sido publicada por Editorial Círculo Rojo.

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Este es un fragmento de la novela:

   <El paquete de Gitanes está medio roto pero Mustapha guarda en su interior cuatro cigarrillos. Los saca con sumo cuidado, temiendo que se deshagan entre los dedos. Tami, Samir y Lotfi lo miran con cautela, como si asistiesen a un rito ancestral que se representara sólo para ellos. A Tami le sorprende descubrir que ese día Mustapha parece ya mayor. En sus dedos, al coger los cigarrillos, ve las manos de un adulto, pese a que no es más que un par de años mayor que él.


   Se han colado en el Castillo de las Cigüeñas y se han escondido en uno de sus corredores laterales. Huele a orines y a humedad, pero están a salvo de la curiosidad de la gente entre los escombros de siglos y las arañas que habitan los rincones. Allí nadie los va a descubrir, amparados por el abandono al que está sometido el monumento, con sus escaleras ciegas y desdentadas, las torres vigías cercenadas y parte de los techos y artesonados completamente hundidos; una especie de esqueleto cuyos huesos fueran desintegrándose sin remisión posible.

   Mustapha le da un cigarrillo a cada uno, saca una caja de cerillas y frota un fósforo. Le da lumbre a Lotfi, a Samir, luego a Tami. Finalmente se enciende su pitillo. Los cuatro se miran de reojo y estallan en una carcajada. Las risas retumban en el corredor desconchado y olvidado por las centurias y se convierten en un sonido metálico que retumba igual que el motor de un barco. Tami se pone a toser, y Lotfi le da unas palmadas en la espalda.

   -Me gusta esto –murmura Mustapha. Luego, posa sus pupilas en Tami-. Ahora vas a convertirte en un hombre de verdad…

   -¿Vamos a ser hombres sólo porque fumemos? No le hagas caso –Lotfi, con su cara brillante, en la que destacan sus labios gruesos, menea la cabeza de un lado a otro-. Yo escuché una vez a mi padre decir que un hombre sólo es un hombre cuando se acuesta con una mujer.

Castillo Laqáliq o de las Cigüeñas

-¡Qué tontería! –exclama Samir. Las sombras del corredor le resaltan la leve cicatriz que tiene en su mejilla izquierda, un mínimo arañazo que se grabó en la piel, casi oculta por la montura de sus gafas-. Los hombres son hombres, safi… Yo ya llevo fumando tres años, así que no me hace falta otra cosa… –añade con suficiencia altanera.

   -Eso es mentira, Samir –le reprocha Mustapha, sin mirarlo, concentrado en coger su cigarrillo como lo hacen los actores en las películas-. Pero si me dijiste que lo habías probado en el curso pasado… Y que te quemó los pulmones la primera vez que te tragaste el humo…

   -¿Cuándo he dicho eso? –se yergue, provocador-. ¡Nunca te he contado algo parecido!

   -En la puerta de tu casa, con tu hermano Dris –vuelve a decir Mustapha, y le arroja una mirada a Samir que lo enmudece y le obliga a bajar los ojos.

   La tos de Tami se ha aplacado en medio de esa pequeña discusión y vuelve a dar otra calada a su cigarrillo. Pero, enseguida, la tos pertinaz regresa y casi se ahoga.

   -No sabes fumar… -le dice Mustapha.

   Tami levanta una mano para que aguarden un instante a que se recupere.

  

     -No sabe hacer nada. Nunca sabes nada, porque en tu cabezota sólo hay serrín.

   Ni siquiera lo mira cuando Samir habla de él, como si estuviera ausente. Tami sabe que lo hace adrede, para herirle más, aunque nunca ha sabido la razón de su encono; desearía preguntarle por qué lo dejó solo en el mercado, por qué no le avisó de que estaba el mejazni, pero no se atreve. Teme, en el fondo, que eso le cause mayores problemas. Lo cierto es que desearía no verlo nunca más, que desapareciera de su vida, que desaparecieran los dos juntos: Amin y él.

   -Pero si nunca ha fumado de verdad –replica Lotfi, muerto de la risa-. Cuando se haya tragado un paquete entero, entonces seguro que ya no tose. Necesita su tiempo, que se acostumbre… En cuanto se ponga a quemar cigarrillos uno detrás de otro dejará de toser, ya veréis…

   -Le he cogido el paquete a mi tío –confiesa entonces Mustapha con una expresión pícara en sus ojos-. Pobre de mi primo Zacarías, le van a dar una paliza… Seguro que cree que ha sido él el que se lo ha quitado… Pobrecillo –repite varias veces.

   -¿Y para qué tiene que acostarse un hombre con una mujer? –pregunta inesperadamente Tami tras exhalar el humo de otra calada.

   Desde que ha escuchado a Lotfi, le está dando vueltas al asunto, sin comprenderlo, aunque tenga una escueta idea de lo que eso significa; aún nadie le ha explicado nada del asunto y sólo hay lo que puede imaginar, que realmente no es mucho.

   Lotfi y Mustapha se ríen y le dan un suave pescozón en la cabeza. Pero Samir, que se siente humillado por Mustapha, se levanta y le da un manotazo al cigarrillo de Tami, se lo tira al suelo y lo pisa con su sandalia.

   -¡Ya está! –ruge-. ¿Ves? Ya no volverás a toser, mierdecilla. No sé para qué vienes con nosotros… ¡Estoy harto de estar con vosotros! Yo ya he probado kifi, pegamento y más cosas… No sé qué hago con unos niños pequeños…

CASTILLO DE LAS CIGÜEÑAS patio

  -Vamos a ver a Salwa… -propone entonces Mustapha, amarrando las ganas imperiosas que le han entrado por darle una patada en el culo a Samir. No sería la primera vez que se pelearan, pero sabe que eso ya no arreglará nada. Apoya una mano en la pierna de Tami-. Venga, terminad de fumar. Cuando la veas, te contaré qué es lo que quiere decir el padre de Lotfi.

  Oír el nombre de Salwa le ha hecho recordar su desembarco con Barbarroja, su rescate de la Princesa de Argel. Ahora va a verla de nuevo y, tal vez, le regale su pañuelo o una joya como pago por los servicios prestados.

   La gente inunda la calle de tierra, comprando a los campesinos que se han instalado en el lateral del Mercado. Huele a melón y a sandía, a chumbos y a melocotones; la menta y la hierbabuena, los cocos y las naranjas mezclándose en el ambiente caldeado del mediodía con la brisa oceánica que sube del acantilado. Los cuatro amigos corren sorteando a la gente. Suben las escaleras de la casa de Mustapha, seis o siete calles más allá del Mercado Central. A Tami le cuesta seguirlos y llega el último a la terraza. Le duele el pecho, no en exceso, pero es una punzada de púas que se refocila arañándole por dentro.

   Trepan por el pretil que separa el inmueble del otro edificio de al lado. Las sábanas se secan al sol, sábanas blancas resplandecientes, igual que nubes que se hubiesen quedado prendadas de alguna niña, y las alfombras, pesadas y ardientes, se airean colgadas de tendederos de alambre.

Mercado Central de Larache

  Saltan otro muro y se asoman al último que da a un patio más bajo. Hay una pila, con un grifo de metal y una tabla de madera. Los cuatro chicos se acurrucan en un rincón y aguardan, armándose de paciencia. Tami se da cuenta de que Samir no le quita ojo, como si estuviese a la espera de algún otro instante en el que poder cebarse de nuevo con él. Lo evita, en la medida que puede. Pero Salwa no tarda en aparecer, acarreando una cesta llena de ropa, y Mustapha le da un codazo a Lotfi, que avisa a los otros dos, y todo eso provoca que Samir pierda interés por Tami que se suma a los demás suspirando de alivio. Se vuelven a asomar, con más cautela, tratando de no ser descubiertos por la joven.

   Salwa es delgada. Tiene ojos almendrados, labios de mandarina y un movimiento delicado de cuello; es bonita, y sus brazos desnudos acentúan su belleza. Las cejas son anchas, las pestañas largas, en su nariz hay un diminuto lunar. Lleva una camisa y unos zaragüelles. Deja la canasta en un poyete, cerca de la pila, y abre el grifo. Sale un chorro de agua fresca, transparente, que le salpica la camisa. Salwa se la abre lentamente, desabotonándola con sus dedos diminutos. Ese sencillo acto es, sin embargo, un tiempo interminable de zozobra para los cuatro chavales que no desean más que termine ya de una vez. Por fin, se desabrocha el último botón, pero, para desesperación de los cuatro, no se la quita del todo y se la deja medio abierta.

   Tami siente un escalofrío ardiente que le nace entre las piernas y que anula completamente la punzada del pecho, que desaparece ahora. Posa las manos en el borde del pretil y abre los ojos como tratando de captar hasta el más mínimo detalle de la piel de Salwa. Le parece más hermosa que en el sueño y aborta el impulso por saltar la muralla, presentarse ante ella y ofrecerle su espada.

   -¿No sientes un deseo increíble de bajar? –le susurra Mustapha, y Tami gira un segundo la cabeza para mirarlo con reticencia. Asiente, no obstante, y vuelve a centrarse en la chica-. Si pudieras dormir con ella, pasar la noche a su lado… lo harías, ¿verdad?

   Tami asiente de nuevo y, en su subconsciente, se entreabre una puerta emocionantemente.

   Siguen ahí arriba y, en ese instante, pueden verle algo del vientre; la voz de Lotfi susurra una palabra que les hace creer que también vislumbran el ombligo, pero Tami no logra intuirlo siquiera por más que estira el cuello.

   -Se lo veo… Yo sí se lo veo –repite nervioso Lotfi.

   La chica comienza a lavar la ropa sobre la madera, restregándola con fuerza con una pastilla de jabón de Marsella; luego, enjabonada del todo, la aplasta y la vuelve a restregar ahora contra los surcos transversales de la tabla. El agua sigue salpicando, mojándole la camisa que se le va adhiriendo de tal manera que sus senos, pequeños, turgentes sin embargo, comienzan a esculpirse claramente. Los pezones, de súbito, quedan fijados como si, en realidad, no llevase nada puesto encima, igual que dos botones marrones cosidos a un camisón blanco.

   Mustapha le da otro codazo a Lotfi y éste a Tami. Todos se empujan, nerviosos, riendo a causa de la excitación que comparten. Salwa, ajena por completo a la presencia de los chavales, continúa la faena. Coge una prenda recién lavada y se aparta de la pila para tenderla. Ahora los cuatro amigos sí que permanecen callados, como muertos, asidos por una imagen escapada del paraíso. Levantar los brazos para colgar la prenda provoca que la camisa se abra más y sus senos asoman nítidamente, casi enteros. Tami tiene la boca descolgada, entreabierta, Mustapha está a punto de gritar, mientras Lotfi parece rezar por el movimiento incesante de sus labios…>

Para adquirir o solicitar ejemplares podéis dirigiros a vuestra librería habitual, para que ésta la pida a la editorial o a la distribuidora, cuyos datos son:  Editorial Círculo Rojo – correo electrónico: info@editorialcirculorojo.com  – Teléfonos 950581670 – 647636310

O bien, para pedir más información, contactando conmigo en:  barceabogado@gmail.com

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Portada SOMBRAS EN SEPIA

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Medina de Larache



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«CALLE DEL AGUA. Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí» (2008) de MANUEL GAHETE, ABDELLATIF LIMAMI, JOSÉ SARRIA, AHMED M. MGARA & AZIZ TAZI

CALLE DEL AGUA

Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí

(2008)

de Manuel Gahete, Abdellatif Limami, José Sarria,

Ahmed M. Mgara & Aziz Tazi

     El 29 de Octubre de 2008 acudí a la presentación del libro CALLE DEL AGUA en el Instituto Cervantes de Tánger, dentro del marco del Festival de Cine de Tánger, en colaboración con el Instituto Municipal del Libro de Málaga. Debo decir que fue una decisión acertada por la grata sorpresa que supuso la altura y calidad del evento, reflejo, obviamente, del cuidado con el que se ha afrontado la elaboración y edición de esta obra.

Jose Sarria

     Las palabras introductorias de José Sarria allanaron el camino a las posteriores exposiciones en cuanto aclaró uno de los objetivos marcados por esta obra: no pretender sentar cátedra sobre la presencia o no de ciertos autores, sino la de ser una muestra, una selección que, como tal, no puede abarcar a la totalidad de los escritores y creadores magrebíes que escriben en la lengua de Cervantes. Dicho esto, José Sarria, con la prudencia, mesura y equilibrio que le caracteriza, apuntaló aún más los fines de este trabajo prolijo y detallista: llamar la atención sobre el hecho incuestionable de la originalidad y novedad que supone el que exista una literatura hispanomagrebí como tal, es decir, de autores cuyo idioma propio es el árabe pero que vuelcan su creación en el idioma castellano (lo que los autores de esta antología vienen en llamar la “magrebidad” del español), de la propia existencia de esta literatura, única en los países árabes (por tanto, digna de apoyo) y de la proyección futura de la misma. Y, CALLE DEL AGUA, viene a cumplir ampliamente este afán divulgativo.

     El prólogo del libro es obra de Rodolfo Gil Benumeya Grimau y, en su corto pero denso viaje a través de los avatares por los que ha evolucionado la literatura magrebí en expresión española, viene a destacar el hecho de que quienes han venido poniendo las simientes para que se desarrolle este tipo de literatura, única y sorpresiva, han sido precisamente unos cuantos creadores, solitarios, sin duda, pero que creían firmemente en lo que estaban haciendo. Y la mayor parte de ellos provienen de dos ciudades en concreto: de Tetuán y de Larache (lo que, en este caso, me llena de orgullo, por razones obvias).

       Efectivamente, desde las revistas ALMOTAMID en Larache y KETAMA en Tetuán, durante la época del Protectorado, los primeros autores marroquíes que se atrevieron a crear en castellano encontraron allí su primer trampolín para dar a conocer sus poemas, ensayos o traducciones. El profesor Fernando de Ágreda señala al respecto: Dris Diuri nos ofrecía generosamente su colaboración… y decía en unos de los párrafos de su carta escrita el 14 de Junio de 1978: “Debo aclarar que todos mis trabajos – o pequeños libros – están escritos en el Gran Idioma Cervantino y no he podido encontrar ninguna ayuda para su publicación o traducción a otras lenguas…Finalmente desearía hacer una pequeña observación: tal vez sea el único marroquí o somos muy contados los que escribamos en español, pero desgraciadamente no contamos con asistencia en ningún sentido por parte de nadie. Navegamos en mar solitario o en bosque sin luz. Y creo sinceramente que merecemos un poco de atención. (1)

      A esta llamada de auxilio que ya hacía el poeta larachense en 1978 es a la que acude CALLE DEL AGUA, como si de un barco de rescate que navegara por el estrecho se tratara. Y es justo que así lo haga, pues es digno de reconocimiento el esfuerzo que supone el hecho de, sin ayuda alguna, sin apoyo institucional, sin la promesa no ya de una segura publicación sino siquiera de ver la luz en medios más asequibles (por ejemplo, la prensa, y hago en concreto esta alusión porque, actualmente, como si se acrecentasen las dificultades, también han desaparecido, para nuestra desgracia, los escasos periódicos o suplementos diarios que se publicaban en español en Marruecos); es decir, sin prácticamente salidas a sus creaciones, estos autores se empecinan en seguir escribiendo en castellano. De ahí que Rodolfo Gil quiera rendir un sutil pero merecido homenaje a esos francotiradores que han abierto el camino a otros soñadores: desde esos autores marroquíes que se lanzaron a escribir en revistas literarias en el Protectorado a la “figura principal” del periodista Said Jedidi quien, también contra corriente, ha sabido liderar y mantener un informativo televisivo en castellano desde  la Televisión Marroquí, algo homérico, y no soy excesivo, tras casi treinta años fajándose contra viento y marea; sin que el prologuista olvide, tampoco, al periódico L´Opinion con su página en español como “semillero principal de mucho intento de creación en lengua española” o a la tristemente desaparecida La Mañana en la que tan extraordinaria labor desarrollara la periodista Khadija Warid; ni deje de mencionar la labor de otros periodistas y profesores de literatura y lengua española como Mohamed Larbi Messari, Mohamed Chakor, Bounou, Ahmed Mgara, Abellatif Limami y Aziz Tazi (estos tres últimos coautores del libro objeto de este artículo), o la labor desarrollada por la Asociación Española de Escritores Marroquíes en Lengua Española (AEMLE) y la Asociación de Hispanistas Marroquíes de Fez. (2)

Said Jedidi

     CALLE DEL AGUA, como vengo diciendo, ha sabido estructurarse de una manera inteligente, fácil y accesible al lector profano que pretenda acercarse a esta literatura tan “sui generis”, pues, de varios plumazos, puede hacerse una idea muy certera de lo que ésta significa y lo que abarca. Tras el prólogo de Rodolfo Gil, ya mencionado, un estudio introductorio por parte de los cinco autores nos sirve para marcar las pautas, orientaciones y casuística de la obra, y hasta justificar esta antología. Estudio introductorio que se desmiembra, a su vez, para situarnos en el marco geográfico referencial, el desarrollo histórico del español en el Magreb, la interesante evolución que va del hispanismo a la “creación” literaria en el propio Magreb, con un posterior desarrollo a través de los autores, y, por último, lo que quizás emerge de todo este trabajo, a saber, la fijación, para algunos audaz, para mí certera, de la “literatura hispanomagrebí (o literatura española escrita en el Magreb) frente a la denominación de <escritores magrebíes de expresión en castellano>” (3).

     Como los autores de esta antología se preocupan de subrayar “el lector va a encontrar una literatura que hace una considerable apuesta por la musicalidad, cobrando el texto un gran sentido educativo a través de la moraleja…, apareciendo en escena imágenes hasta ahora casi inéditas en la literatura española peninsular, junto a elementos literarios… consustanciales a su identidad personal, étnica o racial. Además de un vocabulario que enriquecerá el acervo español…”.

Ahmed Mgara & Abdellatif Limami

     Para rematar la faena, CALLE DEL AGUA, con acierto absoluto, viene a ofrecer al lector la posibilidad de descubrir esta nueva literatura a través de sus narradores y de sus poetas y, en esta dualidad, dedicar un análisis panorámico a cada género (Abdellatif Limami lo hace con la narrativa y Aziz Tazi con la poesía) y luego un análisis específico a los autores seleccionados (Manuel Gahete presenta a los narradores y José Sarria a los poetas), para cerrar la obra con una muy buena selección de textos de los autores estudiados, con lo que tenemos una visión global, en horizontal y en vertical, de ellos y de las obras que están gestando.

     No puedo dejar de mencionar a los autores seleccionados porque, en definitiva, ellos son los artífices reales que sustentan la antología. Manuel Gahete efectúa el correspondiente análisis crítico de los narradores, que son: Mohamed Chakor, Mohamed Sibari, Mohamed Akalay, León Cohen Mesonero, Said Jedidi, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Lachiri, Ahmed M. Mgara, Larbi El Harti y Ahmed Daoudi. Mientras que los poetas, analizados de la misma manera por José Sarria, son: Moisés Garzón Serfaty, Mohamed Chakor, Mohamed Sibari, Sara Alaoui, Mohamed Toufali, Mohamed Doggui, Aziz Tazi, Mezouar El Idrissi, Abderrahman El Fathi, Moufid Atimou, Souad A. Abdelouarit y Jalil Tribak.

Manuel Gahete

Aziz Tazi

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Valiente me parece el hecho de que sus autores, sin reservas, derrochen honestidad y sinceridad y adviertan, desde el comienzo, que nadie busque, aún, una obra excelente, inolvidable, una obra magna o un autor transcendental, pues, esto es lo cierto, estamos ante una literatura en ciernes, en pañales. En la presentación del libro en Tánger, tanto Manuel Gahete, al referirse a los poetas, como Abdellatif Limami, respecto de los narradores, dejaron bien claro que, en una mayoría de ellos, aún no se ha producido una depuración en su escritura… “Por eso, el lector de ciertas obras  de esta escritura de marroquíes en lengua española se siente frustrado cuando establece su primer contacto con sus creaciones: muchas dificultades lingüísticas, carencia de una verdadera estructura novelesca, trama sencilla (simplista a veces), “creadores” transformados en “albañiles” por no decir “peones”. Pero como el fenómeno está en sus premisas, los altibajos son normales y evidentes”. (4)

     Me atrevería a decir, sin ambages, que siendo todo ello cierto, también lo es que ya comienzan a verse los primeros frutos de una “elevación” paulatina en la obra de esta literatura hispanomagrebí, es decir, una concienciación en los propios autores de una mayor exigencia crítica, un mayor esfuerzo por parir obras más trabajadas, de mayor enjundia literaria.

     Sería el caso, por ejemplo, de Mohamed Bouissef Rekab. Narrador agresivo y aguerrido, sufre en sus primeras obras de ese mismo mal que ya mencionan los autores de CALLE DEL AGUA, es decir, la descompensación en la estructura narrativa, trama simple, etc… Sin embargo, una de sus últimas novelas “Aixa, el cielo de Pandora” (5), con un dominio absoluto del castellano, es una novela ambiciosa, que no defrauda en ningún aspecto: narración que bebe del realismo social acunado por Mohamed Chukri, trata todos los temas que obsesionan a los creadores marroquíes (las contradicciones de su sociedad, la interacción entre las tres culturas, la moral…), pluralidad de narradores y puntos de vista, un marco geográfico concreto (en este caso, la ciudad de Larache, y en menor medida Tánger y Tetuán), mezcla de realidad y ficción, la crudeza de la miseria representada en el personaje protagonista, la dignidad, sin embargo, del desheredado, y, como colofón, un cuidado en el lenguaje, con frases de una belleza formal que trascienden el propio texto (“se hallaba rodeada de tristezas detenidas en su vida”).

    Es en esta obra, quizás más que en ninguna otra, donde el uso del castellano sirve al autor para dar rienda suelta a tramas, personajes y creaciones que, en árabe, le estarían vedados. No olvidemos que el árabe, como idioma del Profeta, no puede ser utilizado para contar ciertas historias, para transcribir ciertas expresiones que se considerarían blasfemas. El castellano, en este sentido, sirve al escritor de vía de escape para contar lo que no puede en su idioma original. Por supuesto que, con esta afirmación, no estoy diciendo más que lo que he dicho, pues lo cierto es que los autores magrebíes que utilizan el castellano como arma literaria lo hacen porque lo han decidido libremente, porque es “su idioma creativo”.

     Otro ejemplo de esta evolución positiva sería el de Mohamed Akalay, evolución fácil de advertir desde “Entre dos mundos” (6) del año 2003 a los relatos que recopila en “Entre Tánger y Larache” (7) de 2006. Mientras que en su primera novela también aflora esa falta de pulso narrativo, una estructura simplista, narrador errático, en su siguiente libro hallamos relatos de gran factura literaria, entre los que destaca «Luz de vida», un cuento redondo, bien construido, sobre el sentido de la vida y la ilusión por disfrutar de nuestra existencia sea cual sea nuestra edad, con el que Akalay, además, ganó el Premio Eduardo Mendoza de Relato Breve. Y tanto «Alcoba y amor»  como, sobre todo, «El peso de la vida» constituyen dos pequeñas joyas.

Sergio Barce, Mohamed Akalay, Abdellatif Limami, Said Jedidi, Mohamed Sibari y Abderrahman El Fathi

Sergio Barce, Mohamed Akalay, Abdellatif Limami, Said Jedidi, Mohamed Sibari y Abderrahman El Fathi

     En la poesía se hallan claros valores en alza. El hecho de que, en muchos casos, estos creadores sean profesores universitarios de literatura o lengua española les hace dominar mucho mejor el idioma y crear, en ese aspecto, con una mayor soltura. Aunque Manuel Gahete también indicó en la presentación del libro que falta aún mucho camino por andar para poder hablar con propiedad de una poesía hispanomagrebí que descolle, lo cierto es que los poetas presentes en ese acto, Abderrahman El Fathi y Moufid Atimou, con la lectura de varios de sus poemas, demostraron que, a poco que evolucione sus respectivas obras, se van a convertir en voces a tener en cuenta y, en concreto, dentro del panorama de la poesía hispanomagrebí, quizás en dos de las más importantes. Aunque, como bien dice Aziz Tazi “…la verdadera y certera expresión poética se logra, en la poesía magrebí escrita en español, de una manera satisfactoria en algunos casos y de un modo exquisito en otros pocos” (8)

     Quizás deba pedir disculpas por esta digresión imprevista, pero el abanico de posibilidades que se abre cuando se analiza el fenómeno de la literatura hispanomagrebí hace inevitable el tomar alguno de sus afluentes o remontar el río a contracorriente para puntualizar algún punto o subrayar alguna opinión anterior.

      Lo importante, en definitiva, es el hecho en sí de que CALLE DEL AGUA, como resultado del loable esfuerzo de sus cinco autores, sirva para dar a conocer, como así lo logra, a estos narradores y poetas magrebíes que luchan por no zozobrar en este maremágnum de la globalización pero que, en su singularidad, en su tenacidad por defender la libertad del creador para elegir su idioma de expresión artística, siguen manteniéndose a flote y, cada vez, con más seguridad y brío.

     La selección de textos de CALLE DEL AGUA termina con varios poemas de Moufid Atimou, y me parece acertado cerrar este artículo con los últimos versos del titulado “Las envejecidas caras”:

 …

Me acuerdo de estas envejecidas caras,

Cuando andaban firmes como montes,

Que andan curvados y tristes,

Temiendo tropezar en granos,

Sin poder levantarse nunca más. (9)

     Los escritores hispanomagrebíes, por el contrario, parecen avanzar erguidos, sin temor a tropezar, levantándose una y otra vez, pese a los imponderables.

 Sergio Barce

(1) “Dris Diuri y la revista Al-Motamid (Trina Mercader). Una aventura utópica” artículo de Fernando de Ágreda publicado en La Gaceta Informativa de Larache nº 5, Noviembre de 2006.

(2) Prólogo de “Calle del agua” de Rodolfo Gil. Páginas 13 y ss.

(3) “Calle del Agua”. Páginas 21 y ss.

(4) Abdellatif Limami. Página 52 de “Calle del agua”.

(5) “Aixa, el cielo de Pandora” de Mohamed Bouissef Rekab. Quórum Editores, Colección Algarabía. Cádiz, 2007.

(6) “Entre dos mundos” de Mohamed Akalay. Ed.AEMLE, Tánger, 2003.

(7) “Entre Tánger y Larache” de Mohamed Akalay. Sial Ediciones. Madrid, 2006.

(8) Aziz Tazi. Páginas 85-86 de “Calle del agua”.

(9) “Las envejecidas caras” (Inédito, verano 2007). “Calle del agua”. Página 241

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LARACHE vista por… JAVI LOBO (2)

Mohamed Sibari & Javi Lobo

Ya hay imágenes captadas de Javi Lobo en este blog. Incluso adelanté que había fotografías suyas que retrataban «su» Larache en blanco en negro, y que esas eran estampas fascinantes. De entre las fotos que me envió, de las que hizo en blanco y negro, en tonos grises, con aroma añejo, he escogido ocho que hacen un empate entre las que captan el entrañable afecto por sus amigos y las que detienen el tiempo en las calles del pueblo. Estas últimas encierran una belleza sutil, casi modélica. Las otras respiran simplemente el tiempo de la amistad.

zapatos de segunda mano

Fernando y Miguel Angel

Esos zapatos, que vivieron la vida de otros, aguardando la llegada de quien de nuevo los hará caminar, pisar la tierra, sentir el latido de la impaciencia con una carrera, bien el taconeo de la espera de quizá una ilusión pasajera. Vemos puestos de zapatos viejos en el Zoco Chico como algo natural que, sin embargo, casi se ha desterrado de este otro lado del estrecho, pero que, para otra gente, sin recursos, siguen siendo casi un pequeño tesoro. Mientras, Miguel Angel y Fernando Pérez conversan animadamente en la Casa de España de Larache, bajo la atenta mirada de Javier.

Javier Lobo y Pelé

Es difícil imaginar la Casa de España de Larache sin Pelé, su amabilidad, su sonrisa. Ahí se le escapa junto a Javi, se les nota cercanos. También es difícil no pensar en la misma Casa de España sin Curro, que se marchó a Málaga no hace demasiado. Hay lugares que están indisolublemente unidas a ciertos personajes, eso las hace quizá más humanas, más nuestras. También me gusta esa imagen del mercado que ofrece lo que se puede  vender y que la cámara de Javi parece envolver en un halo de misterio, de lejanía, de sueño brumoso, como si fuese la mercancía de un legendario comerciante llegado a la calle Real desde Tombuctú. Es la magia del blanco y negro, de su blanco y negro…

Luego está la calle Mulay Ismail, mi calle de los primeros años de mi vida. Es una foto tomada antes de que derribaran el chalet de Gomendio, que se atisba a la izquierda. Ya entonces el viejo edificio del fondo, el más hermoso de Larache, comenzaba a desangrarse. Hoy es casi una ruina moribunda, pero hay orgullo en su perfil, en la altivez de su torreón, como si sacara pecho. Su gris pálido es como un escalofrío que recorriera a Javi mientras enfocaba y pulsaba, temiendo seguramente que un día no volviera a ver semejante belleza.

calle Mulay Isamil

Agustin Souza y Javi Lobo

Hay mucho más en las fotografías de Javi Lobo de lo que aparentemente vemos. Incluso en esos pequeños objetos, viejos y usados, que se venden en el zoco, vuelca tanta pasión por llevarse con su cámara a su Larache que termina por dejar algo de sí mismo. Tal vez sea un algo de nostalgia, quizá un mucho de rebeldía contra lo inevitable, y también mucho cariño por los amigos que un día estuvieron a su lado por esas mismas calles, decidiendo si subir al campo de Santa Bárbara o bajar al embarcadero y cruzar a la otra banda…

Sergio Barce, abril 2011

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«EL EXAMEN», Un cuento de MOHAMED LAHCHIRI

    No dejan de sorprenderme los amigos. Les pido un cuento, un relato, y generosamente me los envían para colgarlos de mi blog. Supongo que lo hacen por la amistad que nos une, por el aprecio recíproco. Mohamed Lahchiri, un escritor extraordinario, de cuentos hechos con los jirones de los recuerdos, siempre me deja atónito, bien haciéndome reír con algunos de los relatos que ya ha publicado, bien tocándome el corazón con alguna narración llena de frustración o de ira.

   Ma ha enviado un cuento llamado «El examen«. Es de los segundos, de esos en los que Lahchiri se deja llevar por la rabia. Él es un buen hombre, amigo de sus amigos, ya hemos quedado en vernos en Larache para volver a tomar algo juntos, y cuando se mete en honduras, cuando describe un acto ignominioso o vergonzoso, estalla. (Si he de recomendar alguno de sus libros, me encanta «Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes» -Dar Al Karaouine, Casablanca, 2006).

    Os ruego que no dejéis pasar este relato sin leerlo, luego habrá tiempo de hablar, pero seguro que a ninguno os dejará indiferente su lectura.

Sergio Barce


EL EXAMEN

un cuento de Mohamed Lahchiri

 La niña después aprobó el baccalauréat –uno ya ni se acuerda de cómo lo celebramos o si lo celebramos o no-, estudió en la Fac literatura francesa y antes de terminar los estudios encontró trabajo en la patria chica, Ceuta, luego se casó, tuvo, a su vez, una niña y colorín colorado.

Todo esto son cosas nuestras que el olvido sólo podrá enterrar cuando nosotros mismos estemos bajo tierra, pero lo que ocurrió en aquel examen, aquel ogro nuestro de examen de finales de los setenta y principios de los ochenta, que llamábamos ach-chahada al-ibtida-ia, para acceder a la enseñanza secundaria,… aquello está cosido a nuestra carne –la de Suaad y la de su papá- como un tatuaje.

Creo que los mejores años de mi vida se los dediqué a esta niña mía, que había nacido en el setenta y dos. Le hacía el biberón, le lavaba el culito un montón de veces al día, le enseñaba a no ser dictadora, le cantaba, le hacía ejercicios físicos y otras cosas que sacaba de un libro sobre la salud, le acercaba la radio o el magnetófono cuando la música era buena, y un etcétera que pesa una pila de años.

Cuando arrancó a hablar –era muy despierta- y después de los chispazos de felicidad de sus primeros años de cotorreo, me arremangué a enseñarle árabe clásico y francés, inventando mil y un juegos y trucos para incrustar en la cabecita cosas y más cosas. A veces pecaba de autoritario pero un qué haces morobruto, tan rotundo como una bofetada bien colocada, se me echaba encima y me apresuraba a echar tierra sobre lo sucedido y errequeerreábamos.

¡Y cuántos cuentos le conté y le leí! Tantos que alguna vez le dije que su papá era una perfecta Shahrazad. Y cuando aprendió a desplegar sus alas lecturales empecé a comprar cuentos y revistas infantiles, leerlos, corregir algo o poner alguna vocal y darle a la niña lectura cuando ella me lo pedía o cuando cazaba ocasiones propicias para ello.

Hasta que llegó el año de aquel examen, al final del quinto y último año de la enseñanza primaria. Fue a principios de aquel año escolar cuando apareció por quioscos y aceras de Casablanca un libro que tuvo un éxito de ventas inmediato. Un volumen que recogía exámenes finales de cursos anteriores, del quinto año de la enseñanza primaria. Eran textos en árabe y en francés con preguntas y ejercicios. Se titulaba “Atahaia-o lil imtihan”, esto es: “Me preparo para el examen”. En cuanto vi el libro, salté sobre él (antes de que se me adelantase alguien, porque sólo había uno camuflado como un camaleón en medio de una alfombra de revistas, periódicos y libros). Volví a casa (mi volumen color marrón bajo el brazo) hecho un niño con ropa nueva de aid y con monedas cosquilleantes en el bolsillo.

La pobre niña a veces parecía abrumada por el peso de la importancia con que yo cargaba aquel examen. Los dos programamos hacer cada día uno de los exámenes. Un día uno de francés y otro día uno de árabe. En los días normales lo hacíamos por la noche. Pero en los días festivos y en las vacaciones, por la mañana, al despertar, porque esa es la mejor hora para estudiar, le decía yo, la cabeza ha descansado toda la noche y está preparada para recibir lo que le echemos. Y si en las vacaciones estábamos en Ceuta, pues lo hacíamos ahí, a pesar de alguna protesta de la abuela para que dejara que la aaila se fuera a jugar.

Vocalizábamos el texto árabe o desmenuzábamos el texto francés, yo le enseñaba a responder a las preguntas de la manera más simple, no te compliques la vida, hacíamos redacciones, en francés y en árabe, etc.

Descubrí también, en una de las aceras de la avenida Mohammed V, que una revista para niños que llegaba de Túnez dedicaba dos de sus últimas páginas a los exámenes de la chahada ibtida-ia, que eran muy parecidos a los nuestros, un texto en árabe que había que vocalizar, preguntas, etc., luego un texto en francés, … La revista se llamaba “Airfan”, que significa “sabiduría”.

Cada día aprovechaba el trayecto de la casa a la escuela –yo era quien la llevaba todos los días, en moto- para ponerme a hacerle preguntas en el árabe de las recias reglas gramaticales, vocalizando de manera impecable. Y llegaba un momento en el que le decía:

-Et maintenant, je vais te poser des questions en francais…

Y me ponía a hacerle preguntas en francés… ¿A dónde vas ahora? ¿Qué vas a hacer en la escuela? ¿Tienes muchos amigos en la escuela? ¿Qué vais a estudiar hoy?, etc., etc… Si se equivocaba, la corregía y volvía a hacerle la misma pregunta… hasta que llegábamos a la escuela.

Cuando terminamos el libro –creo que eran cuarenta exámenes en árabe y otros cuarenta en francés, un examen en cada página-, yo estaba muy satisfecho, muy optimista. La cría era como unas tijeras cortantes cuando yo le hacía alguna pregunta o le daba algún ejercicio para que lo hiciese.

Y llegó el día esperado, el del examen. En cuanto desperté, la llamé. Me rondaba un temor absurdo de que le pasase algo (una enfermedad o un accidente) que le impidiese hacer el examen. Se despertó enseguida. Le calenté agua para que se duchase. Desayunó bien: Pan de trigo hecho por su madre, aceite de oliva, un gran vaso de leche buena marca Marraquech. La obligué a comerse un trozo de queso.

Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Bouisef Rekab y Mohamed Akalay, cuatro narradores con los que me une nuestra amistad

Mientras íbamos al centro donde le tocaba hacer el examen (en la moto roja Honda que yo utilizaba para ir al trabajo), yo no paraba de decirle que tranquila, lee el texto dos veces, atentamente y responde de la manera más simple, y si no conoces la respuesta a una pregunta, déjala y pasa a la siguiente, y no tengas prisa por salir cuando termines, vuelve a leer lo que has escrito, etc., etc.

En la entrada del centro se bajó de la moto, le di un beso, una palmadita en el culo y la seguí con la mirada hasta que desapareció entre otras niñas. ¡Qué no hubiera hecho yo por que nadie nunca nunca hiciera el menor daño a esa niña de once añitos caminando deprisa hacia el examen! Que duraba todo el día: árabe por la mañana y francés por la tarde.

Fui a recogerla a las once y media. Comió a las doce y cuarto. La obligué a tumbarse en la cama e intentar dormir una siesta.

Cuando salió por la tarde, después del examen de francés, me encontró esperándola. Qué alegría me vas a dar cuando vea tu número en la lista de aprobados, pensé cuando la miraba dándose prisa por llegar hasta mi, sonriente. No esperó que le preguntase para decirme que había hecho bien el examen. Era muy fácil. Claro, te lo dije. En su carita se veía que leía perfectamente mi afán por verla saltarse la barrera de ese examen y que quería con toda su alma darme la gran alegría de verla saltar de alegría.

En los largos días entre el examen y el día de los resultados, yo intentaba vencer los latidos angustiosos de la espera, no pensar en los días que faltaban para la aparición de los resultados, pero a medida que se acercaba el día y cuando se me echaba encima el pensamiento de la cercanía de ese día, se me ponía a latir el corazón y me asaltaba aquel pánico que me solía hincar el diente cuando me veía el blanco de un montón de miradas esperando que tomase la palabra. Era optimista, claro. La niña había machacado el programa y no era nada idiota.

En la víspera del día de los resultados había tanta ansiedad oprimiéndome el pecho que no pude cenar nada. Mejor. Así, cuando el sueño se apiade de mí, dormiré bien. A la mañana siguiente, fui a la escuela donde estudiaba Suaad, en Sebata. Se llamaba Qariat al-Yamaa y era privada. Me dijeron que iban a “colgar” los resultados por la tarde.

Como por la tarde tenía trabajo hasta las seis, fui quizás uno de los últimos en ir a ver los resultados. Una pizarra colgada en la parte exterior de la escuela, con los números de los afortunados escritos con tiza blanca. En lo alto, a salvo de las gamberradas. Tardé en concentrarme, en ver que la lista de números de los que habían aprobado terminaba en ciento noventa y tantos y que el número de mi pequeña ¡era el doscientos diez! Miré una y otra vez la convocatoria con el número de examen de mi niña y una y otra vez los números pegados con tiza blanca a la negrura de la pizarra. La puerta de la escuela estaba cerrada. Por ahí no había nadie.

Eran cerca de las seis y media y yo quería llorar, necesitaba llorar. O gritar de dolor. Un dolor que apretaba cada vez más el nudo que se me había formado en la garganta y en el corazón. Quise arrancar la moto –por no quedarme muerto como una estatua- pero vi que no había apagado el motor, que seguía en marcha. Salí de las callejuelas a la calle principal que llevaba a casa y cerré los ojos para dar vía libre a las lágrimas. Me sentía hundirme en la situación de un niño que ha perdido las faldas de mamá y no tiene dónde agarrarse y se siente cayéndose en el vacío. Luego, fui recuperándome poco a poco, a medida que me acercaba a casa.

Mi desesperación fue tomando la forma de una enorme roca de rencor contra este país tercermundista, este país de mierda que nos ha tocado y en el que ocurrían tantas anormalidades y se cometían tantas barbaridades. Todo un año machacando como una sierra afilada todo el programa, con todo el corazón, con todas las ganas, con toda la inteligencia, sin dejar ningún cabo suelto, ninguno, para esto, para sentirte como una piltrafa colgando de un gancho de carnicería de mala muerte y mi niña, que se iba a llevar el gran dolor de su vida de niña, dolor que yo sentía multiplicado por tres, por cuatro, por cinco…

Recordé –y cómo no- a aquel maestro, aquel animal todo altura y brazos peludos y fuerza que, a mediados de curso le había machacado la mano derecha a mi niña a golpes terroríficos de regla, dejándole marcas moradas que duraron días, no en la palma de la mano, sino en el lado opuesto. ¡Cuánto dolor y cuánto rencor me trituraba las entrañas por aquel maestro! Al verla llorando mostrando la mano machacada, fui, con el corazón haciéndoseme añicos, a enseñar la manita al director del colegio, que resultó ser un abuelete inofensivo y que se limitó a calmarme, a decirme que no, no tenía que hacerle esto a la niña, ahchuma aalih, y ya hablaría con él para que eso no volviese a ocurrir.

Llegué al inmueble donde vivíamos, metí la moto en el garaje y me dispuse a subir las escaleras más largas y horribles de mi vida. Despacio, respirando profundamente. Hasta el quinto piso. La niña me había visto llegar desde el balcón de nuestro apartamento y estaba en la puerta esperándome. Vi el asomo de su intención de saltar sobre mí de alegría, pero vio enseguida mi dolor. La cogí y la apreté contra mi regazo, no podía ni levantarla para abrazarla. Alguna lágrima pretendía despuntar. ¿No he aprobado, bbá? Le respondí que no, con la cabeza. Era uno de esos momentos en los que un padre como yo, en el fondo del pozo del miedo por sus hijos, suplica a Dios que me des a mí todos los dolores que pensabas poner en el camino de esta niña de mis ojos.

Ceuta

Las relaciones entre mi mujer y yo hacía tiempo que eran pura mierda y no le hice el menor caso cuando se puso a lanzar sus palabras como cuchillos afilados en la piedra de la maldad, sus palabras como colmillos, lenguas u ojos de serpiente asesina, contra mis esfuerzos que no habían servido para nada, sin el menor respeto por la situación en la que nos encontrábamos su hija y yo. Pero yo estaba demasiado embebido en mi dolor y en el dolor de mi niña que me resquebrajaba el alma. Ya han pasado muchos años desde entonces y no dudo en afirmar que no he pasado nunca una noche como aquella, que fue la peor de toda mi vida. Acabé agotado y dormido.

Al despertar, enseguida me sentí empapado de lo que había pasado la víspera, con ese grito mudo de ¡qué desgraciado soy! inundándome el alma. Sólo pude echarle al estómago una manzanilla fuerte sin azúcar. Eran las ocho y media y tenía que ir al instituto donde trabajaba. Al coger la moto, se me ocurrió pasar por la escuela de mi niña. Por lo menos ¿desahogarme? diciéndole algo al director, como lo mucho que habíamos trabajado la niña y yo, o escuchar alguna palabra de ánimo o consolarme viendo a otros padres en la misma situación que yo.

La decisión de pasar por la escuela me hizo recordar las ideas que solían ocurrírseme cuando tenía la edad de la niña, cuando me decía: Voy a pasar por esta calle (en lugar de esa otra), a lo mejor encuentro un fajo de billetes o un maletín lleno de fajos de billetes (como en las películas) y me hago rico y no necesito estudiar. O (y esto era poner los pies en el suelo) encuentro una peseta o un duro o cinco. Sabía que no iba a encontrar nada, pero todavía creía en los milagros. Pero cuando giraba para entrar en la callejuela que llevaba a la escuela, me latía en el pecho la seguridad absoluta de que no iba a encontrarme con ningún milagro (ya no era ningún imbécil imberbe), sino con la pizarra y sus palotes de tiza horribles que no dejaban pasar más allá del número ciento noventa y tantos. No, no necesitaba levantar la cabeza para recibir de nuevo el garrotazo fatal. Había padres y madres con chilabas y muchos críos. Levanté la cabeza como para hundir más el alfanje en el dolor latiente, como aquellas personas anormales que disfrutan haciéndose daño. ¡Había dos pizarras! Todavía no me había puesto a examinar la segunda pizarra cuando el director del colegio –quien estaba por ahí, acompañado precisamente por el maestro que le había machacado la mano a mi hija- me gritó que ¡hani-an! Volví a mirar la segunda pizarra, donde estaban bien claros los números doscientos acelerando los latidos de todo mi cuerpo: Doscientos tres, doscientos cuatro, doscientos cinco, doscientos seis, …¡doscientos diez! ¡El número de mi niña! ¡Suaad había aprobado! ¿Qué es lo que había pasado? El director me dijo –como si la cosa fuera lo más normal del mundo- ayer llegaron las listas muy tarde y los maestros sólo escribieron la mitad de los números de los aprobados, cuando dieron las seis se fueron, … y ahora han escrito el resto de los números, …¿Y no podían sacrificarse diez minutos y escribir todos los números? ¿No podían hacer ese sacrificio diminuto? ¿No pensaron que iban a venir padres a ver si sus hijos habían aprobado o no? ¿Tan hijos de gran puta son? ¿Tan hijos de gran puta son que han sido incapaces de sacrificarse diez minutos de su perra vida, diez, diez nada más, por sus alumnos y por unos pobres padres –como yo- que vinieron ayer y no vieron los números de sus hijos y pasaron la peor noche de su vida? Ya estaba gritando como alguien que acababa de volverse loco. Recuerdo la cara que ponía el director…¡Que Al-lah vuelque su cólera más terrible sobre vuestra raza maldita! ¡Raza podrida! ¡Hijos de puta más que hijos de puta! ¡He pasado la peor noche de mi vida por culpa vuestra! ¡He pasado por el infierno –lo he visto con estos ojos quemados por el dolor- por culpa vuestra! ¡No sé cómo el odio y el asco que estoy sintiendo hervir en mi pecho no hacen reventar una vena de mi cuerpo o el mismísimo corazón! ¡Cómo podéis ser tan hijos de puta, cómo es posible, no quiero veros nunca más, nunca más, si vosotros sois musulmanes, yo no soy musulmán! ¡Soy un cafir! Con tal de no encontrarme con el asco que me dais me tiraría al fuego del infierno. Era un delirar a gritos, algo que yo ya había visto alguna vez y del que esta vez era el protagonista: un pobre diablo que, al no poder con el peso de una humillación o de una injusticia, pierde los papeles y estalla en mil barbaridades y la gente comprende y se apresura a rodearlo -como para protegerlo de algún mal que pudiera saltar de cualquier parte, en cualquier momento- e intenta tranquilizarle, con abrazos, con besos en la cabeza y en las manos, maldice a Satanás, a ulidi, un hombre de verdad no es el que arma escándalos, sino el que se arma de paciencia, no vas a conseguir nada bueno gritando barbaridades, no te preocupes, que el que nos hace daño, no escapará del castigo de Al-lah.

Me di cuenta de que unas lágrimas de rabia me impedían ver bien y de que temblaba mucho y cómo miraba al maestro que le hizo aquel daño de bestia a mi niña y cómo recordaba que, cuando eso ocurrió, no fui capaz de cagarme en sus muertos, por cobardía o por miedo a que la tomase con ella y la siguiese tratando mal o peor el resto del curso o le hiciese algún daño sutil.

Veía a los padres y las madres que me rodeaban como ejemplares de pobres diablos hundidos en la miseria, en la resignación, en la impotencia más absoluta, piltrafas fáciles entre los tentáculos del majzén. Pero que lograron calmarme, suplicándome que maldijese a Satanás, mucho mucho y pídele a Dios que te perdone por lo que has dicho.

Cogí la moto y me alejé de ahí, pensando que tenía que hacerlo con sumo cuidado, no tenía que pasarme nada nada en este lío inmenso de motos, carretas, coches, camiones, autobuses, …para llegar a casa sano y salvo, estaba llorando otra vez, de la felicidad que sentía de estar a punto de darle la alegría más grande de su vida a la niña que más quería en esta vida. Y recordarle (aunque no necesitaba hacerlo) la promesa que le había hecho si lograba superar la barrera del maldito examen de la chahada ibtida-ia: llevarla todos los días a la playa, todos, a nuestra playa del Tarajal, invitarla ahí, todos los días, a lo que quisiera, a una cocacola o a un buen polo o a un buen helado, a un buen bocadillo,… en el Bar El Espigón, todos los días de los tres largos meses de vacaciones de aquel verano que ya había abierto su abanico de calor y sol.

Mohamed Lahchiri

 Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), profesor de árabe en Casablanca (1970-1981), profesor de español en la misma ciudad (1981-2010). Colaborador en la prensa marroquí en lengua árabe, desde 1973 hasta 1990. Miembro del equipo de la revista marroquí «Attaqafa al Yadida», para la que elaboró una antología de cuentos latinoamericanos y tradujo el libro de memorias El olor de la guayaba de G. García Márquez. Tradujo también La dama del alba de A Casona, La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca, Noche de guerra en el Museo del Prado de R. Alberti y Días y noches de amor y de guerra de Eduardo Galeano (estos dos últimos libros para la revista palestina Al Karmel). Desde 1990 hasta 2003 trabajó en el diario marroquí en lengua española La Mañana, gracias al cual escribió cuentos en castellano, que fueron publicados en un primer volumen en 1994, Pedacitos entrañables y en un segundo en el 2004, Cuentos ceutíes y en 2006 publicó un tercer volumen, Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes. Un cuarto volumen de cuentos será publicado este año.  Lahchiri tradujo al árabe, el pasado año, la novela de M Benedetti, La borra del café, para el Ministerio de Cultura de Emiratos Árabes Unidos.

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Cuadernos de cine: THE FRENCH CONNECTION (1971) de WILLIAM FRIEDKIN

     THE FRENCH CONNECTION de William Friedkin es un clásico de 1971. Cuando la vi en el cine, con ojos en el camino de la infancia a la adolescencia, me fascinó, me impactó como hicieron HARRY, EL SUCIO (Dirty Harry, 1971), SHAFT (1971) o SÉRPICO (1972). Eran películas sin concesiones, de ritmo ágil, concisas en sus diálogos para dejar margen a que el lenguaje de las imágenes hiciesen su verdadero trabajo. Son obras directas, sin dobleces, que nos sumergen en una trama policíaca generalmente obsesiva para su protagonista, y que nos atrapa hasta su desenlace, casi siempre abrupto y sin el epílogo explicativo que se ha impuesto en el cine actual.

Gene Hackman es Popeye Doyle

     Han transcurrido cuarenta años desde su estreno, cuarenta años, ni más ni menos, y vuelvo a verla en formato DVD, y, a continuación, reviso también THE FRENCH CONNECTION II, rodada en el 75 por John Frankenheimer. La experiencia es sugerente. Por un lado compruebas que, efectivamente, el cine de acción de la época era muy dado a esos finales que te dejaban pegado a la butaca tras un disparo seco y mortal o tras un accidente espectacular que acababa con el protagonista (me viene a la cabeza PUNTO LÍMITE: CERO (Vanishing point, 1971), el film de Richard C. Sarafian que tanto defendió Cabrera Infante); por otro, que el paso del tiempo no perdona.

     Nos hemos acostumbrado a películas con presupuestos multimillonarios con escenas más y más sofisticadas (el tiroteo tras el atraco frustrado de HEAT (1995) de Michael Mann es, quizá, un buen ejemplo) y se ha abandonado la economía de medios, la filmación a modo de docu-drama de la labor frustrante y pesimista del policía (ZODIAC de David Fincher efectúa un acercamiento a esa forma de filmar). Entonces los efectos especiales no alardeaban, todo era de un realismo sucio, por así llamarlo, que, me temo, puede decepcionar a los espectadores jóvenes de hoy en día.

     Gene Hackman, que obtuvo el Oscar por su interpretación de Popeye Doyle en FRENCH CONNECTION (aunque, personalmente, es más atractivo su papel en la segunda parte), transmitió perfectamente ese estado de ánimo que se vivía en la década de los setenta: el crimen organizado dominando el mundo de las drogas, a los políticos, a la propia policía, y la lucha individual y contra corriente del agente honesto pero con un punto perverso u oscuro. Revisar esos extraordinarios filmes policíacos, hablo ahora de los americanos, es sumergirnos en la realidad de la época, una de las más gloriosas para el thriller.

Sólo añadir unos títulos más a los ya destacados anteriormente: LA NOCHE SE MUEVE (Night moves, 1974) de Arthur Penn, LA HUIDA (The gateway, 1972) de Sam Peckinpah, SUPERGOLPE EN MANHATTAN (The Anderson tapes, 1971) y la mencionada SÉRPICO (1972) ambas de Sidney Lumet, LA CONVERSACIÓN (The conversation, 1973) de Francis Ford Coppola, EL CONFIDENTE (The friendo of Eddie Coyle, 1972) de Peter Yates, SHAFT VUELVE A HARLEM (Shaft´s big store, 1972) de Gordon Parks, YAKUZA (1975) de Sydney Pollack o LA OFENSA (The offence, 1973) otra vez Lumet. En todas ellas, actuaciones memorables de Clint Eastwood, Gene Hackman, Al Pacino, Robert Mitchum, Sean Connery… y Fernando Rey. Ahí es nada.

Clint Eastwood es Harry el sucio

Richard Roundtree es Shaft

En las dos entregas de THE FRENCH CONNECTION, Gene “Popeye” Hackman trata de dar caza, casi enfermizamente, al jefe de un grupo de traficantes, Alain Charnier, personaje inolvidable al que da vida Fernando Rey. Lo destaco porque, visto desde hoy, el actor español supo dotar a este mafioso de una nueva imagen, diferente por completo a la estereotipada hasta ese instante. De pronto, el jefe de una organización criminal dedicada al tráfico de drogas, es un tipo culto, elegante, muy inteligente, refinado y, además, enamorado. Todo se muestra en breves pinceladas que Fernando Rey aprovecha oportunamente. Y es de justicia recordar que antes de Antonio Banderas o de Javier Bardem, en condiciones menos favorables, Fernando Rey pusiera ya una pica en Hollywood.

Fernando Rey es Alain Charnier en las dos entregas de THE FRENCH CONNECTION

El cine policíaco de los setenta envejece, lamentablemente, porque el grado de violencia al que nos ha acostumbrado el cine actual ha transformado aquellas escenas, que nos parecían duras y hasta insufribles, en ingenuas y, a veces, hasta ridículas representaciones del crimen. La sangre es artificial, los golpes muchas veces carecen de la violencia que tratan de reflejar, las persecuciones (y que conste que la rodada en las calles de Nueva York en THE FRENCH CONNECTION sigue siendo un modelo de montaje eficaz) pierden fuerza a causa de la ausencia de los actuales avances visuales y digitales, incluso las reacciones de los delincuentes se tornan candorosas cuando no risibles. Como diría un personaje de Sam Peckinpah: “los tiempos están cambiando”. Sin embargo, sigue siendo un placer revisitar aquellos años con los ojos de estos cineastas de pura sangre. Go ahead, make my day!

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