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hay escritores que te llevan a los sitios
literariamente
y casi literalmente
tienen ese don
ese oficio dorado
hacen que pienses que respiras en otro lugar
que has fumado incluso allí
comido
dormido
amado
al norte de África te llevan
por ejemplo
a mí me ha pasado
a la ciudad donde nació ella
así, con poco más que palabras
palabras y ese ungüento de los escritores buenos
esa tenaz ligazón de la que salen las frases
los párrafos, los relatos
a ese Balcón del Atlántico que es Larache
a una encrucijada por donde yo he caminado
en la cual he olido un mundo diferente
allí me trasladó
Sergio Barce es el escritor
como no me pareció suficiente
darle las gracias sin hablarle
se las doy ahora con estos versos
le agradezco caballero su viaje
la estancia y su compañía
le debo una invitación a conocer mi Madriz
al Suances de sus olas y su ría
a donde usted me diga.
«…A Jacobi siempre le había gustado pararse para saludarlo porque admiraba sus ademanes elegantes y porque, para él, era un honor que los demás lo viesen hablar con el señor Beniflah. En realidad, pese a las reglas de cortesía, Jacobi sabía que era el mejor amigo de su padre y el hombre más espléndido que había conocido. Tenía guardados, como un tesoro, los días del Pessah, cuando cada año acudían invitados, junto a Mustapha Laabi y a Manuel Gallardo, a la casa del señor Beniflah. Era capaz aún de escuchar su voz modulada desde las escaleras.
-Y ahora, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen.
Era el momento, la señal esperada que indicaba que tanto su padre como Mustapha Laabi y Manuel Gallardo podían subir a la casa. Jacobi solía ir pegado a la pernera del pantalón de su padre, empujado por la curiosidad, profundamente emocionado. Y de esta forma tan ceremonial, entraban a la casa del señor Beniflah, donde la familia los recibía con los brazos abiertos y una bandeja de matzas.
-Cerrad la puerta, ya entraron.
Con estas palabras, el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, y a un cristiano y a un musulmán para sentarse juntos alrededor de la misma mesa y recordar la liberación del pueblo de Israel…»
«…La hierbabuena, el cilantro y la pimienta la compramos a la misma vieja a la que Mina solía acudir cuando necesitaba estos condimentos. La mujer apoyaba la espalda a la pared y, en cuclillas, protegida por el jaique y por un sombrero de paja con borlas azules, sobre una estera raída, ofrecía su parca mercancía. Pese a lo exiguo, Mina no encontraba otra hierbabuena de esa calidad y esa frescura. Le pagó y me dio la talega con las compras.
–Saha! –dijo la anciana tras besar las monedas, que escondió entre los pliegues de su chilaba.
El olor del cuero, el olor del tinte, el olor de la fruta y el olor del salitre. Había en el Zoco Chico una mixtura de voces que se enredaban con tales aromas, diferentes en su origen y en su intensidad. El olor de los mulos, el olor de los borriquillos, el olor de los camellos y el olor de sus excrementos aplastados contra el suelo. Todo era como un mosaico de pestilencias dulcificadas, amortiguadas, camufladas bajo otras fragancias más agradables. El olor del pachuli, el olor del sándalo, el olor del agua de rosas y el olor del agua de azahar. De pronto, una suave caricia de frescura, un soplido gélido que te hacía aspirar todo el aire que podías, hasta hinchar los pulmones. El olor del sudor, el olor de las especias, el olor de los perfumes y el olor de los dulces de dátiles y de almendras. Te alimentabas de puro olfateo, te mareabas y te reanimabas en una fracción de segundo con la reacción instintiva de los sentidos ante el jolgorio de tales encontronazos. Y luego, bajo la alcaicería milenaria, el olor del té resbalando por los objetos de cobre, de cristal, de oro y de plata, el olor de las joyas envejecidas, el olor de las pulseras, el olor de las ajorcas y el olor del índigo. Asombrados, mis escuálidos ocho años lo absorbían todo. Nunca más vería algo semejante. En ningún otro país habría de encontrar esa mescolanza, ese tiovivo incesante en el que los colores se engarzaban a los olores como humo embriagador. Todos los sentidos estaban atentos, hambrientos y vivos.»
Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte. Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.

‘Larachensemente’, hecho a la manera de Larache, llevado a cabo según la centenaria tradición de forja de conciencias que fue a lo largo de los siglos la atlántica y norteafricana ciudad de Larache. Eso quiere decir ‘larachensemente’. Y ese es el subtítulo de un libro de relatos verdaderamente único, conmovedor y cercano, demasiado cercano, tan cercano que parece imposible que uno no haya estado jamás en África, en el África más próxima, y sin embargo tenga la sensación al leer este conjunto de cuentos de Sergio Barce de que su vida estuvo allí, su pasado y buena parte de sus recuerdos, porque sólo los grandes escritores logran compartir verdaderamente su memoria con sus lectores a través del arte que destila ese oficio suyo de narradores.
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