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«MESHI SHUGHLEK. NO ES ASUNTO TUYO», UN LIBRO DE ALBERTO MRTEH

Mi amigo Alberto Mrteh estaba como niño con zapatos nuevos en la Feria del Libro de Madrid. Acababa de salir su libro y se enfrentaba a sus potenciales lectores. Le brillaban los ojos, y se movía nervioso, cosa que, por cierto, ocurre incluso sin que publique nada. Es curioso e inquieto, un hombre hambriento de saber. Me fascina su insaciable necesidad en adentrarse especialmente en la cultura marroquí. Instalado en el sur del país, va asimilando cada experiencia como si bebiera de un licor afrodisíaco. Su natural generosidad, que me ha demostrado ya en varias ocasiones, se aúna a su querencia a aprender de todo y de todos. Da bocados a la realidad que le rodea. Se desplaza en los medios de transporte más populares y exprime a los viajeros que van a su lado para saber de sus vidas, de sus costumbres, de sus sueños. Todo lo apunta (para eso es escriba). Todo lo memoriza. Y, de manera lógica e inevitable, lo vierte en sus escritos que comparte en su blog (El zoco del escriba) y ahora también en este primer libro publicado por Huerga & Fierro. Su título es ya de por sí sugerente: Meshi shughlek (No es asunto tuyo).

Con Meshi shughlek he efectuado un curioso paseo por Marruecos, un viaje que nace y termina en el interior de los hammanes que ha ido visitando el autor por diversas ciudades, pero en especial en Kenitra. Lo he seguido pasando de sala en sala, oyendo la caída del agua que él escuchaba, escrutando a los personajes que acuden a esos baños públicos para descubrir cómo su voraz curiosidad los estudia hasta en el menor de los gestos. Yo los observaba con las palabras de Alberto y los veía moverse con las sensaciones que él describe en cada página. Era como sentarse a su vera para escucharlo, oyendo sus impresiones susurradas en voz baja. Cada visita es un cuadro, cada sala una fotografía, un personaje pasa a ser una escultura moldeada por sus manos.   

“…Sentado en el banco cubierto por la toalla, un hombre descansa frente a mí después del baño. Está un poco calvo, lleva recortada su blanca barba y tiene una enorme barriga, como la mayoría de los hombres magrebíes de mediana edad. No lo distinguiría de muchos otros, salvo por una lágrima que le corre por la mejilla. Por un momento me parece que quizás no sea más que sudor, pero el hombre respira hondamente y en el suspiro muestra su pena, de una pérdida quizás, de lo que tuvo y no supo retener o de lo que nunca logró. Nunca había visto llorar a un marroquí. Sus movimientos son pausados, parece que le cuesta hasta respirar. Le busco con la mirada para entablar conversación con él y así saber qué le provoca ese dolor. Necesito matar mi curiosidad y resulto demasiado atrevido con la mirada fija, como hacen los niños que aún no conocen las reglas sociales. Sin embargo, el hombre sigue ausente y seguramente ni siquiera desee hablar con nadie. Se cubre con la chilaba de color gris que rima con su rostro ceniciento y se dispone a salir. Al cruzarse conmigo, le sorprende mi saludo y me da la mano deseando que disfrute con salud del hamman, pero me quedo intranquilo sin saber qué le ha ocurrido a este señor de barba blanca para que acabe llorando en público…”

La variedad de personajes es tan diferente como los días de visita y como las salas de cada hamman. Y hay en cada uno de esos episodios, a los que continúo asomándome siguiendo sus pasos, una pequeña y sencilla historia que Alberto descubre y graba con sus ojos. A veces sonrío con lo que me enseña, en otras ocasiones me emociono, hay instantes para reír, como cuando lleva a su padre al hamman Shabi, de Kenitra, y también capítulos en los que la rabia y la frustración cobran vida, pero tratados con una delicadeza exquisita. Sirva de ejemplo el siguiente párrafo al hablar del odioso personaje de Azdin, que, sin duda, literariamente es un retrato perfecto.

“…Nunca me ha resultado tan agradable como hoy entrar en los baños, mojado como estoy por la lluvia, el calor resulta aún más reconfortante. Cuando por fin me instalo, me llama la atención desde el primer momento un hombre con la cabeza rapada que se encuentra junto a la enorme pila donde se llenan los cubos. La barba mal arreglada le enmarca la cara de mirada afilada. Su expresión es tan intensa que me resulta imposible dejar de mirarlo. Cuando se levanta, puedo observarlo al detalle. Lleva puestos dos calzoncillos blancos, uno ajustado y, por encima, otro con la goma dada de sí que le cuelga por debajo de las nalgas cuando se descarga un cubo de agua para refrescarse. Ha pillado la parte delantera con el más ceñido y así evita que se le caiga por completo. Es moreno de piel y de cuerpo robusto, seguramente por el trabajo en el campo o en alguna otra actividad que requiera intenso ejercicio físico.

Me habría olvidado de él si no hubiese sido por una mirada de uno de sus acompañantes. A su lado se encuentran en el suelo dos niños a los que grita todo el tiempo. Ya he visto antes ojos como aquellos que clamaban auxilio. Me alerta y analizo la situación. Nadie puede decir que les está pegando, pero no le hace falta levantar la mano para ejercitar un trato salvaje. Mi corazón se acelera. Nunca he visto una escena similar en el hamman. No les está golpeando, me digo, pero los somete con continuas órdenes, llenas de agresividad, con un asfixiante caminar a su alrededor, con su vigilancia sin descanso. Y no necesito esperar a que le aseste el primer puñetazo para comprender lo que ocurre entre ellos. Conozco bien esos ojos infantiles que piden ayuda: mi verde mirada reflejada en el espejo del baño que me servía de refugio. Y también los distinguí en ojos fraternales. Los latidos son cada vez más fuertes. Esta maldita escena que siempre me alcanza, por mucho que huya y me mude de ciudad, por mucho que corra y me cambie de país. Esa lucha de miradas, la salvaje y la temerosa, siempre terminan por atraparme y por remover todos los recuerdos…”

Sigo visitando los hammanes a los que nos lleva Alberto Mrteh en este lento y marroquí paseo que disfruto igual que un largo sueño. Se siente en cada página el vapor, el agua caliente y el agua fría, los murmullos de las voces, los gritos de los niños, el chapoteo, y notas, a través de las palabras de Alberto, las miradas de los otros usuarios que devuelven, a veces con cierta impertinencia, su incomodidad al verse observados; aunque, hay que decirlo, la abrumadora mayoría se limita a seguir con sus quehaceres, a olvidarse del mundo exterior, y la paz se va aposentando en el espíritu.

Hay un párrafo que resume muy bien en qué consiste todo lo que Alberto pretende, que no es más que un ejercicio de voyerismo sin maldad, de voyerismo cultural y antropológico, pero lleno de humanidad. Escrutar, descubrir, asimilar. Hallar en definitiva el secreto del hamman.

“…Me siento y disfruto contemplando a las distintas gentes del hamman, observando cómo se comportan, imaginando sus vidas, como el viejo que se limpia lentamente y al que se le van cayendo los calzoncillos, o el joven de bañador azul que parece tener algún problema que le preocupa porque no para de cambiar de sitio y en ninguno permanece porque no se encuentra a gusto, o el señor velludo que se echa champú incluso por su tupido pecho, o el viejecito que entra cubierto hasta la cabeza con una toalla tan ajustada al cuerpo que le dificulta el andar y que respira aliviado cuando la cuelga sobre un gancho de hierro en la sala fría o el ksel barbudo que en el vestuario lleva puesto un albornoz blanco y, por encima, aún otro estampado que diría que es de mujer, pero que con esa barba le da aspecto de marajá de Las mil y una noches. Estoy sentado mientras me cambio y los miro a todos ellos, se acerca el ksel de bigote para decirme que no ha podido atenderme antes. Me había olvidado de él, distraído por lo que veía, y le propongo que lo dejamos para otro día…”

Meshi shughlek significa “no es asunto tuyo”. El título lo resume todo. Pero Alberto me ha llevado a todos esos lugares, me ha enseñado lo que sus ojos veían, me ha hablado entre líneas de su pasado y de su presente con una sinceridad apabullante y me ha mostrado otra cara de Marruecos que pocos han sabido describir como él. Quizá ha cometido un error al hacerlo porque, al final, gracias a seguirlo por este itinerario de aprendizaje ha acabado por ser asunto mío.

Sergio Barce, 1 de noviembre de 2021

 

ALBERTO MRTEH & SERGIO BARCE
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UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

El director de cine y montador Luis Sánchez-Gijón, tras leer mi libro Una puerta pintada de azul, escribió lo siguiente (y tras darme permiso para publicarlo, aquí lo hago, sin ocultar mi agradecimiento por sus palabras, al contrario, orgulloso de haberle sugerido esta reflexión tan literaria):

«Memoria líquida que se escurre entre los dedos. Narración en presente que enfatiza con acertado dramatismo el uso del pretérito para lo pretérito. El paseo de Leopold Bloom por un Dublín trasmutado en Larache…»

Gracias, Luis.

 

 

(Foto de Herminia Luque)
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«DESNUDO DE TI», UN POEMA DE OUIDAD BENMOUSSA

Ayer se presentó en el Ateneo de Málaga el libro Mar de Alborán. Antología de la poesía contemporánea andaluza y marroquí, edición y selección de José Sarria y traducción del árabe, y al árabe, de Khalid Raissouni, publicado bajo el patrocinio de la Fundación Málaga. La labor de Pepe Sarria es encomiable al reunir en este libro a treinta y seis poetas andaluces y marroquíes para dar una amplia panorámica de la producción poética que une a ambas orillas, fin último de esta obra: abrazar, reunificar, fusionar. Un trabajo necesario e imprescindible para conocernos mejor. 

A modo de pincelada, como muestra de la calidad de los autores seleccionados, he elegido este hermoso poema de la poeta Ouidad Benmoussa (Alcazarquivir, 1970), titulado Desnudo de ti

DESNUDO DE TI

de Ouidad Benmoussa

 

Quién dijo que el cielo no escucha

No siente

No se cansa

No se pierde

No se entristece

No ama

Quién dijo que ella no se despierta con anhelo

Y con pasión se duerme

Él, que dice que su pecho no está repleto del gemido de la separación,

Del rugido de la despedida

Quién dijo que su noche ya no es como su día:

Una noche doliente

Y un día herido

Aquel cielo es mi semejanza

Ese soy yo

 

Desnudo de ti

A menudo me visto de este cielo

Y de mi yo

Para verte desde la hendidura del relámpago

Centelleando

Desnudo de ti

Me calienta la ausencia

Me cubre la distancia

Yo soy el extraño

Desnudo de ti

No me disimula ningún cuerpo.

 

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TÁNGER VISTA POR PÍO BAROJA

Extracto del texto escrito por Pío Baroja en enero de 1903 sobre Tánger, que se publicó en sus Ensayos (Apud.Obras Completas, t.VIII, Madrid – Aguilar, 1954) y que recoge el siempre recordado, entrañable amigo, profesor Abdellah Djbilou, en su libro Tánger, puerta de África (Editorial CantArabia, 1989).

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Lo transcribo por ser una mirada curiosa y hambrienta de un peninsular recién llegado en aquella época, y por estar escrito por uno de los grandes autores de nuestras letras. Escribe Pío Baroja:

“Es difícil formar una idea clara de Tánger; parece, a primera vista, que España es la nación que tiene mayor influencia.

Para un español, el cambio de Andalucía a Tánger apenas podría notarse si los hombres de esta tierra no llevaran sus ropajes árabes y no hablaran árabe.

El aspecto de la población es casi idéntico al de una población agrícola española. Una gran parte de los habitantes, los hebreos y españoles, hablan castellano; la moneda que circula es española; los letreros de las tiendas, en español aparecen; los anuncios, en español, y el periódico que veo en mano de los que charlan en el zoco, está escrito en castellano también. La colonia española es numerosísima: bastantes miles de almas. Por cierto, que se dijo en Madrid que España enviaba a Tánger al Infanta Isabel para que, en caso de un levantamiento de los indígenas, la colonia española se refugiase en el barquito de guerra. Es una idea graciosa.

Pues, a pesar de toda esta influencia española, parece que España es la que menos pito toca en este desafinado concierto tangerino.

Para un artista, claro es que este país es admirable; los espectáculos pintorescos se presentan a cada paso. Cuando, desde el barco, llegamos a la puerta de la ciudad, tuvimos que comparecer con nuestras maletas delante de unos moros que estaban sentados, formando tribunal, en la entrada de la Aduana. Un viejo magnífico, que presidía, el jefe, nos miró benévolamente; le habló al oído a un joven de cabeza afeitada y ropaje amaranto; luego se dignó echar una ojeada sobre nuestras pobres camisas, y nos dejaron pasar sin más obstáculo.

Las calles de esta ciudad ofrecen un aspecto abigarrado y pintoresco.

Como ayer, día primero del año, por rara coincidencia, fue día de fiesta para judíos, mahometanos y cristianos, todo el mundo se echó a la calle, y era el ir y venir de moros, árabes, hebreos y negros, rifeños, admirables tipos de fiereza, que deben dormir con un fusil; judíos de finísima cabeza y hopalandas oscuras, cubiertos con el fez negro o azulado; mujeres moras, envueltas en inmensos jaiques blancos; aguadores medio desnudos, de tipo egipcio, que proceden del Sur, en los confines meridionales del Imperio; soldados mulatos, y  luego la muchedumbre europea. De cuando en cuando pasan algún gentleman a caballo, alguna miss espiritada, montada en un borrico, al que un morazo que grita <Balac!, balac!> hace correr a palos.

En las tiendas parece que lo que está en venta es el tendero, generalmente un moro que ha engordado con la inacción, y que ofrece al comprador un semblante rollizo y barbudo, como el de un fraile español; otras veces, entre las mercancías amontonadas, se ve a un judío greñudo, que mira con sus ojos tristes a la multitud abigarrada que corre por la calle.

El Zoco chico es la Puerta del Sol de Tánger; se charla, se fuma, se toma café y, sobre todo, se miente, como en la famosa plaza madrileña.

El Zoco grande es una explanada que ahora está intransitable de fango y porquería, rodeada de tenduchos, y en el que las freidurías ponen un olor insoportable de aceite de argán.

Al ver freír estos pastelillos y buñuelos que un moro o un judío cochinísimo manosea, se encontrarían apetitosas las gallinejas del puente de Toledo.

En los cafés moros, concurridos desde la mañana hasta la noche, se toma café con posos y se fuma kif, una mezcla de tabaco, cáñamo índico y salvia, bastante agradable, pero que adormece a los moros y hace que sus cánticos sean más lánguidos. El encargado del café va y viene con sus pies descalzos entre las tazas de café puestas en el suelo sobre una esterilla.

Los mendigos son horribles; nada tan aparatoso como alguno de estos desgraciados, de cuyo rostro apenas queda más que los agujeros purulentos de los ojos y otra caverna en el lugar de la nariz. Los hay de todos colores; pero principalmente mulatos; pasan la vida acurrucados en un rincón pidiendo limosna con voz quejumbrosa.

En algunas tiendas se ven unos moros con barbas blancas y anteojos; me dice un indígena que son notarios, y un europeo añade, sonriendo:

-Notarios y memorialistas de portal.

Esta mañana vi al célebre Harris, corresponsal del Times, según se dice, más bien agente diplomático de Inglaterra. Parece que su retirada de Fez se debe a que su presencia comprometía al sultán. Los moros le llaman Diablo. Es un hombre delgado, bajito, de barbucha roja, puntiaguda; tiene tipo de judío. Hace diez años que vive en Tánger. Tiene una casa al otro lado de la bahía, casi ya en la cabila. Debe ser hombre enérgico y a propósito para la misión que desempeña. Inglaterra hace las cosas bien.

Veo a Canalejas con la plana mayor de su partido. Se pasea por las calles; yo creo que habla de política. En España no se hacen las cosas tan bien como en Inglaterra.

Cuando supe que había noticias de Fez y todo el mundo decía que los santones han aconsejado a Abd-el-Aziz que llame a su hermano, fui al telégrafo; era ya anochecido y llovía de una manera horrorosa. El telégrafo inglés está fuera de la ciudad, y no hay más remedio que telegrafiar por él, porque el español (cosa castiza) está roto hace días. Pues en el camino del telégrafo encontréme con rifeños atléticos, tremendos, con sus fusiles, que pasaron tranquilamente a mi lado. No ocurre nada; pero, sin embargo, al principio, la cosa impone.

Otro espectáculo hermoso: Un rifeño, guapo chico, de veinticinco años, y una famosa inglesa, borrachos perdidos, haciendo eses por las calles.

-¡Menuda ha sido la algazara que han armado los mozos!

La inglesa se agarraba al rifeño con una fuerza que demuestra su entusiasmo por el mahometismo.

He notado que a los soldados les desprecian; dicen los moros paisanos que aquéllos venden el fusil y las babuchas por un tarro de ginebra. Lo cierto es que, en parte, la sublevación de los Hiata ha sido debida al desenfreno de esa soldadesca desharrapada que se entregó a toda clase de barbaridades cerca de Taza.

Según se dice, cambiaban los cartuchos por comida, creyendo encontrarse en terreno amigo; pero un día agarraron cuarenta mujeres Kabilas y no hay imaginación calenturienta que se figure lo que allí ocurriría. Se armó una de tiros horrible, y aquello fue causa de que los Hiata formaran en la horda de ese Roghi misterioso, del que los moros tienen una idea tremenda. Creen que es un hombre que posee artes mágicas, que obtiene dinero por medios ocultos a todos los mortales. Sin embargo, algunos más avisados aseguran que las armas de los sublevados son de fabricación francesa, y que allí abundan las buenas monedas de cinco francos…

Pío Baroja, 2 de enero de 1903”

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN Y FIRMA DE MI LIBRO «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL» EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

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LUISA MORA Y SERGIO BARCE

El pasado jueves, 16 de septiembre, se presentó mi libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal) en Casa Árabe, de Madrid. Un encuentro que me dejó una agradable sensación final.

Karim Hauser, de Casa Árabe, hizo los honores, efectuando una breve pero elegante introducción para que, a continuación, mi querida y entrañable Luisa Mora, jefa de servicio de la Biblioteca Islámica “Félix María Pareja” de la AECID, tomara la batuta, con energía y mucho humor, y abrió un diálogo conmigo que me pareció que fue fructífero y ameno. Luisa dejó apuntes muy interesantes, como sus impresiones acerca del libro y los relatos que lo conforman, y, entre otras cosas, lanzó varias ideas, que reproduzco:

“Resulta un placer conocer <la ciudad ficcionada> a través de esta mirada literaria que la recrea con gran sensibilidad. Una geografía ya inexistente, con un nivel de detalle que parece fantasmagórica. Larache es, en cierto modo, un estado de ánimo. Y así se suma a otras ciudades literaturizadas (como Vetusta, Macondo, Comala, Liliput, el reino de Camelot…).

En la prosa de Sergio cobra especial relieve todo lo sensorial de Larache, adonde vuelve una y otra vez: los colores (la luz), los olores (la brisa), los sabores…. Es una rica manera de procesar la información <sensorial y sinestésica> (con una adjetivación rica y variada).

El lenguaje es singular, <barciano>: se crean términos como <larachensemente> (que viene de su libro Paseando por el Zoco Chico, pp. 189 y 198) que le gusta y retoma, se utilizan palabras como azaque, candora, anafe (horno portátil) y arabismos o términos en dariya (recogidos en un glosario al final).

En la obra de Sergio se aprecia no solo la influencia de sus lecturas sino también de todo el cine que ha visto y que sigue viendo sin cesar, como siempre cuenta en su blog y en sus conversaciones. De ahí el resultado de muy buenas imágenes literarias, como fotos fijas (en movimiento). También el tiempo está bien delineado: se fija. El manejo del tiempo es lentísimo, circular, a veces agobiante… Y percibo también un ritmo interno en el manejo de ese tiempo. Cómo retoma memorias y vuelve atrás, a lo que vivió de niño, es la sensación de un tiempo lento, parado, con detalles fugaces, congelados, de un tiempo detenido <larachensemente> que también conecta con la sensación de luces y sombras (de aspectos mejorables, de asuntos atávicos). Y lo hace de la mano de personajes sencillos, con vidas corrientes sin grandes proezas, que pasan la vida en el zoco chico o que desean conocer /sueñan con conocer el mar (qué bello), que resultan memorables enfundados en sus chilabas (en foto fija).

Son cuentos emotivos (los personajes, muy bien construidos, muestran sus emociones, lo que les mueve como humanos) y con ellos se idealiza el pasado hacia el que Sergio Barce se siente gran nostalgia. Con frecuencia son personajes vistos desde arriba, con tono agridulce y cierta compasión por su drama humano y su vida simple. Pero el afecto se aprecia sobre todo en los homenajes a su padre, a su madre, en sus declaraciones de amor a Marruecos donde vivió una infancia feliz, con la inocencia de un niño que vivió en un microcosmos donde existía todo lo necesario para ser feliz…”

Luisa Mora dijo muchas cosas más, pero me quedo con lo que he anotado antes. Me gustó que hablara del estilo <barciano>, y de las palabras que me he inventado, como <larachensemente>. Pero, sobre todo, me quedo con su cercanía, con su intensidad a la hora de preparar este encuentro, con sus hermosas palabras, dichas desde una sonrisa permanente, con su generosidad. Dan ganas de volver a presentar el libro con ella.

Al encuentro, también se incorporó la poetisa, traductora, doctora en Filología francesa… mi amiga Leonor Merino que, el día antes del acto, me ofreció su voz para ser quien leyera algunos párrafos del libro que se presentaba, y accedí encantado, sabiendo de antemano que solo una poeta sabe cómo modular una lectura en público. Y así lo hizo, añadiendo algunos apuntes personales sobre los cuentos que leyó. Fue un contrapunto perfecto al diálogo que manteníamos Luisa y yo, y el que se extendió con los asistentes. De manera que la presentación de Una puerta pintada de azul fue tan intensa como emotiva.

Además, hubo una excelente asistencia de público, teniendo en cuenta los problemas que la pandemia nos ha creado, y que hace recelar a algunas personas antes de decidirse a acudir a un evento de este tipo, como así me indicaron algunos amigos. Aun así, aunque no conozco a todos los que se acercaron, sí puedo hacer constar que me arroparon muchos amigos y lectores, y trataré de nombrarlos a todos (que me perdone quien no se vea transcrito): el escritor Luis Salvago, con quien mantuve el sábado pasado una charla de lo más instructiva (literariamente hablando), su mujer María José, los siempre fieles Charo Sánchez y César Martínez Herrada, que venían acompañados por los guionistas Pedro García Ríos y Rodrigo Martín, que hicieron de fotógrafos improvisados, reflejo de su generosidad; el poeta y “caminante” (él sabe por qué lo digo) tanyaui Farid Othman-Bentria Ramos junto al hombre que sabe vivir: Alberto Gómez Font, recién llegado de Tánger; y Consuelo Hernández, que me dio la bonita sorpresa de su presencia pese a que está tan ocupada en la preparación de su nueva exposición de pintura en la misma ciudad de Tánger; mi admirada Malika Mbarek, sonriente siempre, y su amiga Lucy; Paco León Borrego, que es de Alhucemas y sigue enamorado de Marruecos, como casi todos los asistentes; por supuesto, mis hermanos larachenses, que no fallan nunca: Angie Ramírez, Gabriela Grech, José Miguel Feria, Pilar Vicente Ascaso, Chiqui Pulido o José Manuel Galindo, que me hacen sentir tan bien; e inesperados encuentros como los del escritor, también tanyaui, Leopoldo Ceballos, del arabista Gonzalo Fernández Parrilla, al que por fin conozco en persona, del profesor Mahan Ellison, y la compañía de mis escuderos: Berry y mi hijo Pablo, el único director capaz de hacer que la adaptación cinematográfica sea mejor que el original literario (Alberto Mrteh dixit).

En fin, una presentación redonda en todos los sentidos. Y, al día siguiente, tocó firmar más ejemplares en la Feria del Libro, en la caseta de la Librería Balqís. Allí me reencontré con Beatriz Ballesteros, siempre tan atenta, gentil y efectiva, y me tenía ya preparados mis libros, no solo Una puerta pintada de azul, que era lo que nos convocaba, sino también con otros de mis títulos: Malabata, La emperatriz de Tánger, Paseando por el zoco chico… En fin, armada para que no se le escapara ningún lector. Y de esa guisa comenzaron a llegar quienes se acercan con curiosidad o quienes vienen ya directamente en busca de tu libro. La primera persona que llegó, lamentablemente no recuerdo su nombre, comenzó a preguntarme por el argumento de cada uno de mis títulos y, al final, se llevó el que menos supe resumirle: El libro de las palabras robadas. Me dijo que no había leído nunca nada mío y me prometió que, al acabar la novela, me buscaría por internet y me escribiría con sus impresiones. Veremos qué me cuenta esta lectora inesperada.

Y luego, comenzaron a llegar otros buscadores de tesoros, entre los que había algunos buenos y queridos amigos: el escriba Alberto Mrteh, radiante al ver por fin editado su libro Meshi shughleck, que le presentaré en Málaga, incha alláh, y así nos fotografiamos, cada uno con el libro del otro; la gran Sandra López, artista irredente y revolucionaria, me encanta como es, que llenó el lugar de luz; Julián Enrique López, que es uno de los lectores más fieles con los que cuento, y que se trajo varios de mis títulos para que se los firmara, cosa que hice con el mayor placer; y, cómo no, de nuevo los larachenses y sus sufridores que no dejan de leerme: José Miguel Feria, siempre a mi lado; y Francisco Muñoz Cortado, Isabel Gómez Ramos, Rosa Agrela Díaz y Bautista Negral Pérez; o la tanyaui Anabel de Arcos Pérez, que prefirió para leer lógicamente comprarse Malabata. Y Charo Sánchez, que vino con Mercedes Lascorz.

Farid Othman me visitó en la caseta, como Alberto. Pero otros amigos no pudieron acceder por las colas interminables para entrar en el recinto de la Feria, como el escritor Iñaki Martínez, lo que me resultó frustrante, tanto o más que a él. Ya fuera, me encontré con el también escritor Mohamed El Morabet, que, para celebrar nuestro reencuentro, me regaló un precioso volumen de Idilio, de Javier Montesol, dedicado a la obra de Mariano Fortuny en Tánger (y nos emplazamos para celebrar en poco tiempo una buena noticia que me adelantó a sotto voce). También mi amigo José Luis Fernández Lozano se quedó atrapado en las largas colas, pero lo compensamos y nos vimos fuera y logré dedicarle el libro.

Y el sábado, un café especial junto a Mohamed El Morabet, Luis Salvago, Rocío Rojas-Marcos (feliz ella con la firma de su libro sobre Chukri), Malika Mbarek, Gonzalo Fernández Parrilla y María José. El resto del día fue para Charo, César, Berry, Pablo y Lola.

¿Qué más se puede pedir?

Sergio Barce, 20 de septiembre de 2021

 

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LEONOR MERINO, LUISA MORA, SERGIO BARCE Y KARIM HAUSER
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ANGIE RAMIREZ, SERGIO BARCE Y LEONOR MERINO
SERGIO BARCE Y CONSUELO HERNÁNDEZ
JOSE MIGUEL FERIA Y SERGIO BARCE
LUCY, SERGIO BARCE Y MALIKA MBAREK
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SERGIO BARCE, ANGIE RAMIREZ Y JOSÉ MANUEL GALINDO
SERGIO BARCE, MARÍA JOSÉ Y LUIS SALVAGO
SERGIO BARCE, JOSÉ MANUEL GALINDO Y CHIQUI PULIDO
SERGIO BARCE Y PILAR VICENTE ASCASO
SERGIO BARCE Y ALBERTO GÓMEZ FONT
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LEONOR MERINO Y PACO LEÓN BORREGO
JOSÉ MIGUEL FERIA, KAFRIM HAUSER, ALBERTO GÓMEZ FONT, GABRIELA GRECH, MALIKA MBAREK, LUISA MORA, FARID OTHAM-BENTRIA, LUCY, BERRY, SERGIO BARCE, LEONOR MERINO, COSUELO HERNÁNDEZ Y GONZALO FERNÁNDEZ PARRILLA
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ALBERTO MRTEH Y SERGIO BARCE
CHARO SANCHEZ, SERGIO BARCE Y MERCEDES LASCORZ
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BERRY, SANDRA LÓPEZ Y SERGIO BARCE
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BAUTISTA NEGRAL, ROSA AGREDA, BERRY, SERGIO BARCE, ISABEL GÓMEZ Y FCO MUÑOZ CORTADO
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JULIÁN ENRIQUE LÓPEZ Y SERGIO BARCE
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ROSA, SERGIO E ISABEL
SERGIO BARCE Y ANABEL DE ARCOS
JPSE MIGUEL FERIA, PABLO BARCE, SERGIO BARCE, BERRY, SANDRA LÓPEZ, FARID OTHMAN Y MOHAMED EL MORABET

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