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«YELÍA O EL ASTILLERO», UN LIBRO DE CONRADO HERRÁIZ

 Ayer viernes, presentamos el libro de Conrado Herráiz «Yelía o el astillero» en la Librería Isla Negra, de Málaga. El acto lo condujo Javier La Beira, como editor. Tuve la fortuna de poder presentar esta obra. Antes del ameno y divertido diálogo que mantuvimos con Conrado y con el ilustrador Pepe Atencia, leí unas palabras que había preparado para la ocasión, y que os reproduzco:

«Es difícil escribir con sencillez, muy difícil. Pero aún lo es más el transmitir ciertas sensaciones y afectos sin caer en la petulancia o en el “empalagosamiento”.

Conrado Herráiz lo hace. Quiero decir que escribe sin ser petulante y sin resultar empalagoso. Al contrario. En “Yelía o el astillero” te va seduciendo párrafo a párrafo y te lleva con él a Larache; en concreto, hasta un astillero. Y Pepe Atencia, con sus ilustraciones, va a la par. Trazos sencillos, sin artificios, pinceladas como flashes o como latidos de un mismo corazón.

Pero hablemos de narrativa.

La virtud de Conrado con este libro es que te transporta de manera tan sugerente que llegas a creer que te envuelve la niebla y la humedad de la ciudad, que te instalas a su lado y trabajas codo con codo con él, que Conrado te acompaña mientras tú también cortas madera, pules tornillos, separas clavos galvanizados, usas el formón y el martillo y vas levantando lascas, y mientras haces todo eso escuchas a Nass El Ghiwane que suena desde el fondo de un cubo y te llenas los pulmones del olor a pintura, a pescado y a maromas y cabos podridos.

Si además conoces Larache, las páginas de “Yelía” te hacen creer que estás de vuelta y que paseas por el muelle de su puerto pesquero; y que, algo más tarde, bajo su cielo deslumbrante y celeste, y bajo la luz de su sol piadoso, que cae como un atardecer eterno, también llegas a soñar que deambulas por entre los barcos varados que esperan ser reparados y que descubres a los gatos y a los perros vagabundos adormilados por el sopor junto a las tapias o bajo el casco de los pesqueros.

Escribe Conrado Herráiz palabras emotivas y emocionantes, preñadas de un cariño hacia la gente del astillero que te embozan; pero también hay lugar para el humor y para la añoranza.

Uno de sus párrafos dice así:

“Abro el balcón para fumar un último cigarro. En el silencio, se escucha galopar a un caballo, ligero, por el asfalto, sin carruaje, sin carga, sin jinete, a las once y media de la noche, entre edificios, gasolineras, locales de boda y bancos internacionales. Marruecos es un lugar extraño.”

Estas frases tan hermosas te llevan en volandas a Larache. Los que somos de allí hemos visto esa escena en alguna ocasión.

Y sí, Conrado tiene razón: Marruecos es un lugar extraño. Pero también es embaucador y adictivo. Y Larache, por alguna razón inexplicable, o quizá por influencia de los djinns, es, pese a su decadencia imparable o quizá por este motivo, la amante más seductora del reino. Cómo no caer rendido a ella.

Creo que todo lo que he dicho son argumentos suficientes para que os adentréis en el libro de Conrado, aunque también podéis hacerlo únicamente por el placer de sentir la caricia de la brisa atlántica y el cuerpo de Yelía pegado a ti mientras lees acerca de esta perrita callejera y sobre los increíbles personajes del astillero.

Aquí lo que se nos ofrece es un fino delicatessen larachense al que no debéis resistiros.

Sergio Barce, 3 de enero de 2024″

  

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«KIF Y ORIENTALISMO: EL CANNABIS Y LOS VIAJEROS Y ARTISTAS ESPAÑOLES EN MARRUECOS – 1813-1912», UN LIBRO DE ALBERT ARNAVAT

Recibo por fin el esperado libro escrito por el profesor titular de la Universidad Técnica del Norte, Ibarra (Ecuador), Albert Arnavat, titulado Kif y orientalismo: el cannabis y los viajeros y artistas españoles en Marruecos – 1813-1912, que, por el momento, sólo se ha editado en formato digital. Digo esperado y ansiado, porque tuve la fortuna de leer el borrador que me hizo llegar el profesor Arnavat antes de su publicación, algo que me enorgullece.

Os adelanto que es un libro preciosista y precioso. De una alta calidad, tanto por el trabajo de investigación llevado a cabo por Albert Arnavat como por la profusión de imágenes de obras orientalistas, todas ellas maravillosas, que acompañan al texto. 

El libro muestra una visión del consumo y la cultura del cannabis en Marruecos entre los años 1803 y 1912 a partir de testimonios de viajeros -aventureros, espías, militares, políticos, diplomáticos, religiosos, historiadores, naturalistas, profesores, abogados, comerciantes, geógrafos, agentes coloniales, médicos, periodistas, escritores, etc. – y artistas españoles – pintores, dibujantes, grabadores y fotógrafos- que reflejan la arraigada tradición multisecular de su uso en la sociedad magrebí. Fueron testigos y describieron su consumo, y algunos incluso declararon conocimientos de primera mano sobre la sustancia. A partir del vaciado de publicaciones coetáneas y bibliografía especializada junto con los fondos de las pinacotecas de los principales museos y colecciones privadas, se muestran sus testimonios que participaran de una manera decisiva en la conformación de la imagen de lo magrebí en España y del consumo de cáñamo como un componente de esa cultura.

Reproduzco a continuación unos fragmentos de las conclusiones recogidas en la propia obra:

«Este libro explora la representación del consumo de cannabis en Marruecos a través de la mirada de viajeros y artistas españoles en el siglo XIX y la primera década del XX, entre 1803 y 1912, en una combinación de fuentes textuales y visuales. Se observa un fuerte sesgo orientalista, donde la cultura magrebí es vista con una mezcla de fascinación y miedo, reflejando los prejuicios y estereotipos de la época. Los textos analizados revelan una visión etnocéntrica, donde el consumo de kif es interpretado en algunos textos como un signo de atraso y barbarie, contrastado con la supuesta superioridad de la civilización europea. Se destaca la influencia de la desinformación y la exageración en la construcción de una imagen distorsionada del consumo de cannabis en Marruecos, que centraban gran parte del imaginario orientalista destinado a construir una imagen del musulmán como colectivo irracional.

También se analiza la presencia del consumo de kif –y en menor medida de opio– en la pintura orientalista española, donde se utiliza como un elemento exótico y atractivo para el público europeo. Se destaca la importancia de contextualizar estas representaciones dentro del marco del colonialismo y la búsqueda de lo exótico en el arte del siglo XIX. El libro ofrece, en definitiva, una crítica al orientalismo en la representación del consumo de cannabis en Marruecos, mostrando cómo los prejuicios culturales y la desinformación influyen en la construcción de una imagen sesgada de otras culturas. 

El orientalismo cultural español centró la atención en el sur geográfico, en el Magreb. En el territorio del vecino meridional y en su sociedad se ha proyectado el imaginario multiforme y exótico del sueño romántico del Oriente. Este se desarrolló, en palabras de Edward Said, «impregnado de luminosidad, fantasía, suntuosidad, indolencia, sensualidad, crueldad y despotismo», a lo que podríamos añadir el consumo ancestral de sustancias narcóticas».

Englobados en la divulgación científica y geográfica, dentro del proceso colonial europeo en torno al reparto del continente africano, los viajeros y artistas peninsulares se embarcaron en busca de nuevos motivos y experiencias en el Magreb motivados por una auténtica fascinación y por la gran demanda de lo exótico en el mercado cultural y artístico europeo, ofreciendo una perspectiva de la vida cotidiana y el consumo de cáñamo en el norte de África a través de ojos hispanos. Casi siempre les une un espíritu aventurero, cierto atrevimiento y valentía, necesarios para adentrarse en el Marruecos de la época y su obras contribuyeron a mejorar el poco conocimiento que se tenía de este pais. Y a la mayoría de ellos, les impresionó el consumo generalizado de cannabis, denominado kif en este país. Los testimonios inequívocos de los textos y las imágenes analizadas reflejan la extensión e importancia de su consumo visionario y su arraigada tradición multisecular. Los viajeros –aventureros, espías, militares, políticos, diplomáticos, religiosos, historiadores, naturalistas, profesores, abogados, comerciantes, geógrafos, agentes coloniales, médicos, periodistas, escritores, pintores, fotógrafos, etc.– fueron testigos y describieron su consumo, y algunos de ellos declararon conocimientos de primera mano sobre la sustancia ya que reconocen explícita o implícitamente su consumo, ya que de otro modo no se explican algunas de sus reflexiones, fantasías y experiencias.

De sus observaciones podemos destacar que el kif era extensamente consumido de diversas formas, fumado en pipas, principalmente sebsis, e ingerido bien en una preparación hecha con manteca, bien en una de las diferentes compotas conocidas como majún. También el uso del hachís, ingerido o fumado en pipa, es explicado por diversos viajeros. A pesar que en esos años no se ha podido documentar específicamente su elaboración a partir de las plantas de cannabis marroquí, probablemente también era elaborado en el país, a la vez que importado de Túnez y Egipto, de la misma manera que se importaba el opio. Sea como sea, en la década de 1860 era un hecho que el término hachís, escrito comúnmente «haschisch», había sido integrado definitivamente al imaginario colectivo peninsular y al de los otros países europeos, y se consideraba que era usado por millones de personas en todo el planeta, continuando en la actualidad como la droga ilegal más consumida en el mundo.

Es importante destacar que mientras que los testimonios de viajeros anteriores a 1860 no contienen ninguna valoración negativa del consumo de kif –sino todo lo contrario, es una «adorable hierba», hace «desvariar la imaginación con ideas agradables», produce los «sueños más agradables», un «inexplicable bien estar» y «excita fuertemente la pasión erótica»–, a partir de la traumática experiencia de la Guerra de España contra Marruecos de 1859–1860, las visiones negativas y peyorativas aparecen en las crónica de los viajeros, de todas las ideologías. Se inician y repiten las informaciones falsas, llegando a afirmar que su abuso llega a producir la imbecilidad, la locura y hasta la muerte. En cambio, cabe destacar que en los testimonios pictóricos de su consumo, que aparecen precisamente a partir de esas fechas, no se aprecia ninguna percepción negativa. Al contrario, a diferencia de esos textos, las imágenes pictóricas están dominadas por la neutralidad, exentas de crítica alguna, y en muchos casos por el ambiente plácido, agradable y somnoliento del kaif y la sensualidad de las odaliscas en un Oriente humeante.

La descalificación por incomprensión de otras culturas ha sido uno de los pretextos más utilizados históricamente para ignorar y aplastar los derechos ajenos. Todo viajero puede albergar contradicciones de juicio y sentimiento, y en general, los viajeros del norte al sur, han subestimado las personas, sus instituciones, creencias, usos y costumbres. Han aplicado su patrón cultural basándose en el hecho, para ellos indiscutible, de su propia superioridad. Y el cannabis no fue una excepción. 

Y es que, como escribió el filósofo Ernst Bloch (1885–1977), «Algo, desde luego, es cierto: nada en tierras extrañas es exótico, sino el extranjero mismo».

Personalmente, creo que el Instituto Cervantes en Marruecos ya está tardando en invitar al profesor Albert Arnavat a presentar esta obra en algunos de sus centros.

Sergio Barce, 7 de septiembre de 2024

 

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«MORO», DE PABLO BARCE, PREMIADO EN EL CERDANYA FILM FESTIVAL

Nuevo galardón para el cortometraje MORO, que ha dirigido mi hijo Pablo Barce. Esta vez ha sido un premio especial: el Premio Mirada Social, en el 15º Cerdanya Film Festival.

Podéis ver la noticia en el siguiente enlace:

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20240812/premios-cerdanya-film-festival-2024-106920449?fbclid=IwY2xjawEnNFZleHRuA2FlbQIxMQABHUWprvT68GeZLyLoN1tlkUQIY6PzUmJlopwBBculC_Q2ftfNUAYchgU4IA_aem_2dkOMcfbmaueT82KdQQt-Q

 

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«ARENA EN LOS OJOS», UN LIBRO DE LAURA CASIELLES

Coincidí con Laura Casielles en la Feria del Libro de Madrid de este año 2024 en la caseta de Librería Balqís. Firmábamos ejemplares de nuestros libros Gonzalo Fernández Parrilla, Laura y yo. Ella lo hacía con su obra Arena en los ojos: Memoria y silencio de la colonización española de Marruecos y el Sáhara Occidental, editado por Libros del K.O.

El caso es que la cara de Laura me sonaba de algo y, en algún instante, ella me preguntó si me acordaba de ella. Le confesé que no. Entonces me recordó que allá, por el 2005 ó 2006, más o menos, me hizo una entrevista en Larache para la agencia Efe. ¡En el café Lixus!, exclamé al recordar aquel momento. Habían transcurrido veinte años. (He recuperado la foto de entonces y es la que acompaña a este post)

Al acabar la jornada, muy intensa, nos dedicamos nuestros libros. Acabo de terminar de leer el suyo. Pero, mientras lo leía, no me pude resistir a enviarle un WhatsApp para confesarle que me estaba encantando, que es un libro magnífico. Y ahora que llego a la última página, ratifico lo que le adelanté a Laura: Arena en los ojos es una obra extraordinaria. No sólo por su firme y trabajada narrativa sino por una labor de investigación y estudio profunda y concienzuda.

En Arena en los ojos Laura Casielles nos conduce como una guía atemporal. Con la excusa de sus viajes a Tánger, a Tetuán, a Larache, a Chauen, a Alhucemas, a Axdir, a Sidi Ifni, a Tarfaya, a Esmara, a El Aaiún y hasta Tinduf… Desde el presente, desde esas visitas que efectúa por estas ciudades y por otras zonas del Marruecos que formaron parte del protectorado español, analiza con agudeza lo que fue la presencia de España en estas tierras, con especial atención a los años del protectorado. De su mano, se destapa todo lo que había de podrido en esas actuaciones colonizadoras que se enfundaban en palabras retóricas o giros legales (protectorado, provincia, territorio…). Nos desbroza lo que fue el inicio titubeante del protectorado español y lo que significó Annual o la República del Rif o personajes como Silvestre, Raisuni, Abdelkrim, Franco o Hassán II.

Basta como botón de muestra estos últimos párrafos del capítulo en el que analiza lo que es el auténtico significado de africanismo:

“…la idea de Alándalus será central en el desarrollo del andalucismo, cuya defensa del esplendor de ese pasado de mestizaje es además un contrapunto de la filiación más europea y más homogénea sobre la que se construye el catalanismo. En El ideal andaluz, el libro fundacional que Blas Infante publica en 1915, ya aparece una identificación entre Alándalus, Andalucía y Marruecos que dura hasta nuestros días.

Pero en el cómo, la historia es triste: los franquistas asesinaron a Blas Infante en los primeros meses de la guerra. Y luego, se apropiaron de sus ideas. La deliberada confusión entre lo andaluz, lo andalusí y hasta lo marroquí iba a ser uno de los puntales del colonialismo español.

Fíjate: ¿cuántas veces, cuando escuchas hablar de Marruecos en un medio de comunicación o un discurso político en España, se hace referencia a la idea de que son países hermanos? Es una retórica que viene desde entonces. La idea de hermandad hispano-árabe se empieza a usar después de la conquista de Tetuán, esa guerra que se pinta como reencuentro. Sirve para hacer imaginar fácilmente la idea de parentesco que se usa como legitimación: España es el hermano mayor que va a ayudar al pequeño a que crezca por la debida senda. Y, a base de repetirse mil veces, hace olvidar que la supuesta ayuda está siendo a palos.

Y que de los palos están sacando rédito algunos.

Las guerras de Marruecos, es sabido, propiciaron el ascenso de una parte del Ejército -la de personajes como Franco, Mola y Sanjurjo- que aspiraba a extender el <espacio vital> de España basándose en ese tipo de teorías. Es con ellos con los que el africanismo adquiere su componente militar. En tanto militarista, el eje de esta corriente sería una moral que, en palabras del franquista Emilio Mola, <tiene por finalidad el engrandecimiento de la Patria por un sistema simple: la guerra>. De ahí su recurrente aparición en cada momento en que era posible diagnosticarle a España una decadencia directamente vinculada a no estar resolviendo las cosas por la vía bélica. En lo teórico, el discurso de estos militares no tenía un gran desarrollo, y tampoco capacidad de alcanzar a amplias capas de la población. Pero, desde 1939, se fusiona con la retórica de la Falange, presentándose como base ideológica tradicional del pensamiento derechista. De la mano de Millán-Astray, otro africanista, llegará también el trenzado con las ideas fascistas.

Para esos militares, las guerras de Marruecos habían sido una escuela. Y lo que habían aprendido en ella era a tener el odio al otro por bandera y a no dejar enemigo vivo. Habían aprendido resentimiento y venganza. Y que matar y traicionar granjeaba medallas y puestos. Habían aprendido a poner el <por cojones> sobre la mesa. Una de mis anécdotas africanistas favoritas es la cuando Primo de Rivera, que coqueteaba con la idea de abandonar Marruecos, visitó el campamento de Ben Tieb, en el Rif, al frente del cual estaba Franco. Allí se encontró con que le ofrecían una comida basada en huevos, para dejarle claro qué es lo que consideraban que no tenía: me fascina imaginar cómo pasaban por esa mesa huevos cocidos, huevos fritos, tortillas, entre miradas de legionario desprecio. Habían aprendido a ser quienes eran en un entorno marcado por una masculinidad a la vez violenta y ambigua que despreciaba todo lo que fuera distinto de sí misma.

Y, mientras, se habían montado un tinglado bien sólido: puestos militares y civiles, una tropa a sueldo que no conocía más jefes que ellos, y toda la tranquilidad para conspirar lejos del control del Gobierno de Madrid y bajo jurisdicción fundamentalmente militar.

<Mis años en África viven en mí con indecible fuerza. Allí nació la posibilidad del rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime>, diría Franco en 1938. Cuentan los cronistas incluso que su mujer solía bromear con que el principal defecto del dictador era <su amor por África>. Cierto o no, en esa anécdota se resume buena parte del vínculo que unió al franquismo con el protectorado marroquí; una relación de guerra, bajo un discurso de amor.

De eso, aunque con todo el -complejo y contradictorio- pasado a cuestas, es de lo que hablamos cuando hablamos de africanismo.”

Sé que este libro levantará ampollas en algunos sectores casposos, pero está tan excelentemente enhebrado, tan bien escrito, expone ideas tan claras y contundentes que es difícil la réplica. Me gusta su punto de vista por valiente y por arriesgado, pero también por sincero y revelador.

Hay mucho material en estas páginas para disfrutar de lo que nos cuenta: cómo mirar a ese pasado con ojo crítico y con la sinceridad como bandera. Es fascinante la manera como Laura Casielles describe cada una de las ciudades por las que pasa o reside por un tiempo, cómo encuentra esos detalles que le hacen reflexionar sobre ese pasado en el que escarba. Atrapa esa manera suya de darle la vuelta al calcetín de la historia para mostrar los descosidos.

La guerra de Tetuán, el desastre de Annual, el rebelde Rif, la guerra civil y la represión en el protectorado, el Tánger internacional, el Tetuán feliz, la posguerra, los negocios y la corrupción, los cementerios, los olvidados soldados que sirvieron a Franco, los escritores marroquíes en lengua española, la llegada de la independencia, la guerra de Ifini, la política educativa, el Sáhara y la mujer saharaui, las fidelidades y las traiciones, las componendas, los falsos discursos… Y los detalles que la autora describe con arete minimalista de lo que sucede ahora en las calles de Marruecos. Ella se fija en mil pequeñas cosas.

Algunos capítulos los he subrayado casi por completo. Con Laura he repasado toda nuestra historia en Marruecos y la de Marruecos en esos años y he aprendido más a través de su mirada; y, a veces, leyéndola, he llegado a pensar que, quienes somos de allí, tal vez hemos idealizado algunas cosas y que quizá hemos querido engañarnos inconscientemente para no sentirnos extranjeros y extraños.

Creo que Arena en los ojos es de esos libros que, como ocurre con Al sur de Tánger, de González Parrilla, o con Un cierto Tánger, de Fernando Castillo, por nombrar un par más, nos sirven para profundizar y descubrir lo que no hemos sabido ver con nitidez o no hemos hallado nosotros.

Arena en los ojos ya ha pasado a formar parte de mis libros imprescindibles sobre Marruecos. Y lo será para muchos otros, incha alláh, porque lo merece.

Sergio Barce, 29 de junio de 2024

     

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Laura Casielles y Sergio Barce en el Café Lixus – Larache
Laura Casielles y Sergio Barce – Feria del Libro de Madrid 2024
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UN FRAGMENTO DE LA NOVELA «MIRADNOS BAILAR» (REGARDEZ-NOUS DANSER), DE LEILA SLIMANI

Reproduzco unos párrafos de la novela de Leila Slimani Miradnos bailar (Regardez-nous danser, 2022), editada por Cabaret Voltaire y con traducción del francés de mi querida y admirada Malika Embarek.

«…Esa tarde, mientras iba en su coche en dirección a la capital, Henri recordó que estuvo a punto de irse de Marruecos en 1965, solo unos meses después de su llegada. Había hecho el equipaje y llamado al decano de la facultad para informarle de que no era lo que él había venido buscando. Había huido de su exmujer, de una familia y unos amigos con los que no estaba a gusto. De una vida gris y sin alma que ya no palpitaba, que le transmitía la impresión de haber ingresado por adelantado en el corredor de la decrepitud. Él no había dejado atrás todo eso para encontrarse en medio de un país en llamas, un país donde sus propios alumnos podían caer muertos ante sus ojos. Hoy no se arrepentía de su decisión. Si se hubiera empeñado en marcharse y tomar aquel avión que tenía previsto, no habría conocido a Monette, ni el bungaló, ni esta vida que para él era la más dichosa y bella a la que uno puede aspirar. Y, precisamente, esa felicidad, esa buena vida, era la que a veces le parecía obscena, inadecuada. Pues, tras la inmensa alegría, tras la levedad de esa existencia, en una costa fría donde el sol quemaba, percibía la sensación de miedo y asfixia de la gente.

Le obsesionaba el recuerdo de aquellos días de 1965 en los que cientos de escolares había salido a las calles de Casablanca para protestar por una circular que prohibía a los chicos de más de dieciséis años acceder al segundo ciclo de la enseñanza secundaria. En esa época él vivía en el centro de la ciudad, en el barrio Gauthier. Los había visto cruzar por las avenidas inundadas de sol y caminar hasta el barrio obrero de Derb Sultan. Algunos chicos llevaban a las chicas a hombros. Gritaban: <¡Queremos aprender!>, <Hassan II, lárgate, Marruecos no te pertenece!>, <¡Pan, trabajo y escuelas!>. Los padres se habían unido a ellos, y también los parados y los habitantes de los barrios de chabolas, y habían levantado barricadas e incendiado algunos edificios. Al día siguiente, Henri había pasado por delante de la comisaría central, donde un grupo de padres, con el rostro marcado por la preocupación, mendigaban noticias de sus hijos desaparecidos. Apoyados contra las murallas de la nueva medina, unos soldados apuntaban con sus armas a unos escolares que tenían las manos cruzadas en la espalda. Todavía resonaba en su mente el ruido de los disparos, del estallido de morteros, de las sirenas de las ambulancias, y, sobre todo, de las aspas de un helicóptero, desde donde -según dijeron- el general Ufkir disparaba directamente a la muchedumbre. En los días siguientes, Henri había visto huellas de sangre en las calles de Casablanca y pensó que el poder enviaba un aviso a los ciudadanos. Aquí se dispara incluso a los niños, el orden no se negocia. El 29 de marzo, Hassan II había hecho estas declaraciones: <No hay peligro más grave para el Estado que el de los supuestos intelectuales. Más os habría valido ser unos iletrados>. Esa era, pues, la consigna.»

      

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