Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva
Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva
… Hoy Larache es una de las ciudades marroquíes en las que más intensamente perdura la huella de la presencia española. El entramado de sus calles, el aire de sus edificios, y sobre todo, la traza singular de la antigua plaza de España (hoy de la Libération), recuerdan en todo momento a una pequeña ciudad andaluza. Sobre las fachadas blancas abundan las persianas y los postigos celestes, en una combinación similar a la de Xauen (otra ciudad andaluza, aunque más antigua). Su avenida principal, la de Mohammed V, llena de jardines y de árboles, evoca también paseos ajardinados de las ciudades del sur español. Subimos hacia la plaza precisamente por esta avenida, desde la que se ve lo que queda del Castillo de la Cigüeña. En ese castillo encerraron a los prisioneros portugueses capturados en la batalla de Alcazarquivir. Una vez en la plaza, aparcamos el coche, momento en el que se nos acerca el previsible guardacoches. Es un hombre muy mayor y muy delgado, que saluda con una sonrisa oficial. En el pecho lleva prendida una chapa en la que alguien ha escrito con un pulso tembloroso y un pincel las palabras <garde de estasionamiento>. Larache, siempre a las puertas del Marruecos francés, no ha perdido del todo el castellano, que conmueve ver conservado por el mero apego de la gente en esa forma mestiza y seseante.
Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón, aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso) dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el interminable palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados, disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías” Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad, a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos, recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a Baldomero nunca se supo de él.

EL LUGAR HA CAMBIADO
Aquí, en este lugar,
unos hombres se encontraron.
Algunos, felices,
repletos sus bolsillos de monedas.
Otros, ahogados en la tristeza.
Antes de ser abandonada
esta ciudad fue famosa,
pero la enfermó el mal del olvido.
Pregunta a los barrios del Hachra y el Maqsura,
al adarve Rema y al Zoco Chico,
¿cómo eran?
A la calle Real, con la cuesta del Hammam,
al adarve Laasara,
Yebiel, Leqbibat y el Diwán.
Al Castillo del Fath, y al del Nasr,
cerca del cementerio.
A Lalla Mennana y a Shahar Yenán,
A la Alcazaba, a la mezquita Anuar y, calle abajo,
a la fuente de Ayn Arab, ¡cuántos calmaron su sed en ella!
Desde Demga puedes contemplar
los meandros del río y la hermosa orilla del mar.
El puerto hoy convertido en vertedero
¡cuánto quisimos mejorarlo…!
Pocas cosas había entonces,
pero nada nos faltaba.
Y tanto Hamido como el Ayachi,
Todos eran felices.
Los paseos por Sidi Ued Dar,
las fiestas, cada día en una casa…
Los niños mamaban en los pechos de las vecinas.
Las casas estaban abiertas,
cerradas con cortinas, no con puertas.
Las gentes se reunían en las risas y en las penas.
Nadie escuchaba ni hablaba…
El lugar ha cambiado, y ha cambiado el tiempo.
Mohamed Al Baki
“No deshice las maletas siquiera cuando Antonio ya se había dormido derrotado por el viaje. Su respiración era silenciosa, el pecho subiendo y bajando lentamente. Resulta sorprendente cómo los sentimientos logran embaucarnos, era como estar allí con mi hijo pequeño, nada ha ocurrido y soñaba, pero sólo se trata de una engañosa ilusión que nos hace un quiebro, tal vez el aire, respirarlo de nuevo y sentir que estás ahí, qué sé yo. Cubrí a Antonio con una sábana, y aprovechando su sueño bajé las escaleras del hotel y me marché en seguida al Balcón para contemplar de nuevo, una vez más, el lento descenso de Hércules en busca de su descanso en el inmenso Atlántico, el océano infinito. Girándome, encontraba también allí, frente a la balaustrada, la casa que compré cuando nació mi hijo, ya desvencijada, y la emoción se multiplicó en mi pecho. Quise oír su vocecilla tímida pero entusiasta llamándome desde la ventana…
Creo que pasé horas contemplando con inusual deleite el rugir de las olas entre las rocas, como si ese sonido fuese allí más armonioso que en ninguna otra parte. De veras es extraño el juego de la memoria con el tiempo, en realidad todo lo guarda, todo lo fotografía y lo deja metido en un cajoncito del que creemos haber perdido las llaves, pero no, sigue ahí, y algún ángel o demonio, quién sabe, sigilosamente nos prende en un dedo la llave perdida y nos quedamos embobados, pero enseguida nos abalanzamos hasta él y lo abrimos tras años de olvido, sin importarnos las consecuencias. Yo comencé por bajar el acantilado, y, en algún instante, ya no tenía reloj que marcase las horas, me veía subir desde allá abajo gritando y vociferando con otros niños.
Taha era el más rápido en trepar por las piedras. Todo nuestro anhelo era llegar al Balcón del Atlántico cuanto antes para disfrutar el atardecer. Nos sentábamos sobre la balaustrada y mecíamos las piernas perdiendo la vista en el horizonte, descubriendo lejanos mástiles hundiéndose en el borde del mundo. Lofti, las más de las veces, le daba la espalda al mar y prefería ver cómo las casas se teñían de oro, decía que Al-láh las pintaba con un fino pincel que mojaba en el sol. Era un espectáculo increíble, el dorado descendiendo por las fachadas, cayendo al suelo y arrastrándose quejumbroso, arañando la tierra como tratando de impedir ser engullido por las fauces marinas, y así, luchando por sobrevivir unos segundos más que la tarde anterior, los últimos rayos se teñían de sangre, el fuego del averno, el resplandor del fragor de la batalla que se libraba más allá de nuestros ojos, pero otro día más el sol acababa sucumbiendo pese a la fiera resistencia.
El último en llegar era Pablo. Demasiado grueso para correr cuenta arriba. Era difícil que contemplase el crepúsculo con nosotros. A mi lado se sentaba invariablemente Luis, que aguardaba silencio, inmóvil, arrebatado.
Era lógico que de todos nosotros fuese Lotfi quien utilizara alguna metáfora para describir esos atardeceres, porque él era probablemente el más inteligente y tenía alma de poeta.
-Mira cómo cae el sol… Al-láh es grande. Utiliza unos pinceles muy finos que nuestros ojos no pueden ver. Es el amo del Universo –decía Lotfi”
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