ABDELAZZIZ
A Abdelazziz Hakhdar,
el amigo sentimental.
En el carrito de madera, pintado de azul intenso, Mohammed ofrecía el mayor y más exquisito de los surtidos: caramelos, pipas de girasol, pipas saladas, garrapiñada, garbanzos fritos, almendras, chicles, avellanas… Abdelazziz me había comprado un cucurucho lleno de garrapiñada y unos caramelos con sabor a cocacola antes de entrar en el Ideal. Proyectaban una de Louis de Funés, que a él le encantaba.
A Abdelazziz Hakhdar le gustaba llevarme al cine. Sigue leyendo →
Dukali estaba sentado en el techo del castillo de San Antonio, el antiguo Hospital Civil, esa especie de proa que asoma al acantilado medio en ruinas, sobreviviendo a duras penas al inexorable paso del tiempo que va erosionando el pasado de Larache. Allí arriba, Sigue leyendo →
En cuanto llegábamos al embarcadero, yo buscaba con excitación la barca de Abdussalam. Aguardábamos en un orden anárquico nuestro turno, observando la perezosa y rutinaria pelea de los barqueros pugnando por hacerse con otros pasajeros nuevos. Las pateras chocaban entre sí, como frágiles cascarones, y el sonido de esos golpeteos y el del agua, lamiendo las escalinatas grises, se mezclaban con las voces de los barqueros y las de nuestros padres mientras regateaban fijando el precio para que nos ayudasen a cruzar a la otra banda. Al fin, descubría a Abdussalam y tiraba de la camisa de mi padre señalándole aquella barca quejumbrosa. Mi padre cedía entonces su turno a los que nos seguían, hasta que Abdussalam conseguía acercarse lo suficiente para que saltásemos a su embarcación. Sigue leyendo →




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