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MÁLAGA – 17 OCTUBRE – PRESENTACIÓN DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE

Os comunico que el día 17 de Octubre se presenta en Málaga mi nuevo libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – G.BiblioCafé).
Para mí es un inmenso orgullo que la presentación corra a cargo de uno de los mejores escritores de los últimos años: José Antonio Garriga Vela.
Espero vuestra asistencia.

LIBRERIA PROTEO

LIBRERIA PROTEO

Viernes, 17 de Octubre
a las 19:30

en

Librería Proteo-Prometeo
c/ Puerta de Buenaventura, 6 – Málaga

José Antonio Garriga Vela

presenta el libro de relatos

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO
LARACHENSEMENTE

de Sergio Barce

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954). Escritor y articulista de larga trayectoria, es autor de obras de teatro como Aquellas añoradas sirenas roncas y despeinadas, premio Miguel Romero Esteo, o Formas de la huida, Premio Enrique Llovet; de libros de relatos como El vigilante del salón recreativo o El anorak de Picasso, entre otros, y de varias novelas que le han supuesto el reconocimiento de la crítica y del público: Muntaner, 38, con la que obtuvo el Premio Jaén de Novela; El vendedor de rosas, Los que no están (Premio Alfonso García Ramos), así como Pacífico, editada por Anagrama como la anterior, y que fue galardonada con el Premio Dulce Chacón a la mejor novela publicada en lengua española en 2008, y finalmente El cuarto de las estrellas, Premio Café Gijón 2013.

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA (foto Hoyesarte)

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA (foto Hoyesarte)

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«NOTICIA DE ESTE MUNDO», UN LIBRO DE GONZALO MURO

Gonzalo Muro publica el libro Noticia de este mundo, que edita Jam Ediciones, para Generación BiblioCafé. Otro impecable trabajo de edición de Mauro Guillén, y que ha contado con las excelentes ilustraciones de Fuensanta Niñirola.

Noticia de este mundo - Portada

Entrar en las páginas de Noticia de este mundo es, advierto, como abrir un enorme arcón en el que se almacenan pequeños paquetes, muy bien envueltos, en los que, al ir desenvolviéndolos, vas encontrando objetos tan inesperados como sorprendentes.

Abro, y cada pequeño paquete lleva una etiqueta adherida al papel de celofán: Origen, Soledad, Travesía, Canciones, Noticias, Autografías y Relatos. Así se divide el libro. Y comienzo a sacar de cada uno de ellos el contenido que, como digo, viene tan perfectamente presentado.

Origen

“El sexto día. La fila era larga y pesada. La abrían los hombres y la cerrábamos mujeres y niños. Polvo y viento eran nuestro único paisaje, sed y hambre, las únicas voces”

Dividido en siete textos cortos, siete como los siete días que Dios tardó en crear el mundo, tratan precisamente de esto, pero de una manera sumamente original. Gonzalo Muro es brillante, porque él crea el mundo desde los ojos de la inocencia, de unos niños-seres-imaginarios que lo amoldan a su antojo, como pequeños dioses aturdidos y desorientados. Pero hay una belleza primitiva, un desafío estético para ofrecernos imágenes, sensaciones y conceptos bien planteados. Hay un algo de magia inevitable en todo este origen del mundo, con frases talladas e intachables.
Aunque el arranque puede desorientar, porque no sabes si estás ante unos relatos o ante poemas narrativos o ante poesía trascendental y onírica, al continuar te das cuenta de que, sea lo que sea, el comienzo es muy seductor.

FUENSANTA ILUSTRACION 1

Soledad

“El hombre más solo del mundo se sienta a su mesa para escribir una carta a sí mismo…
(…) …Mis pies de ciudad olvidaron la caricia de la arena mojada en una tarde de invierno; asfalto es su única rima. Mi boca de gramófono esparce silencios a la oscuridad sin esperar respuesta, olvidada del eco devuelto…”

Al igual que en Origen, en Soledad hay frases tan esbeltas como seductoras.
Aquí Gonzalo Muro utiliza flashes, rápidos, impactantes, tan efectivos como desasosegantes. Sigue ese poso de poesía que nos hace creer que estamos ante un poeta innato. También ante un creador de sensaciones gélidas. Soledad: un paréntesis de versos puros.

FUENSANTA ILUSTRACION 3

Travesía

“…He levantado la vista para contemplar las nubes de polvo espeso que se agolpa en los senderos umbríos y me ha escalofriado el murmullo ancestral que guía a las estrellas.
(…) …Hay una palabra dulce y hay una palabra amarga, pero sólo tengo una boca. Hay un gesto honrado y hay un gesto ruin, pero sólo tengo un rostro.”

Otros siete textos entroncados más estrechamente con los de Origen que con los tres de Soledad.
La poesía se ha adueñado ya, por completo, del relato. Un largo poema narrado con versos enigmáticos y sombríos pero que trazan el camino de ese hombre y ese coche rojo como la sangre. La voz, el lamento, la canción, su súplica, el ritmo, las palabras del marinero y, finalmente, su propia voz cerrando este círculo, le hablan, le enseñan, le explican esta travesía de un desierto de soledad y de iniciación.
Gonzalo Muro es ahora un poeta en medio de la nada, un hacedor de enigmas y secretos.

FUENSANTA ILUSTRACION 4

Canciones

“…Mis pasos son guiados por un instinto ya casi olvidado, no buscan nada pues todo les es conocido, sólo vagan, recuerdan el camino. Y así llego a ti, a dejarte estas palabras tanto tiempo postergadas, a recuperar esa costumbre ya lejana. Aquí las dejo, donde siempre habitaron pero no fueron pronunciadas. Aquí las dejo, como un mapa en tu mano…”

Seis canciones que, de nuevo, son pura poesía. Canciones a Dios, al amor, a la naturaleza, a la vida. Hay una melodía en cada frase de estos textos, como un llanto de voces. La Canción de Todo lo que Importa es, quizá, la que de veras importa, como la Canción del Retorno es la que, seguramente, más me emocione.

Noticias

“Una bomba en el mercado.
(…) …y una luz borró mis ojos, borró mis labios. El calor fundió en mi piel las monedas, el pañuelo en mi pelo. Y ya no toqué mis juguetes, ni oí promesas de amor bajo un árbol del camino, ni tuve marido a quien honrar, ni puse nombre a mis hijos…”

Gonzalo Muro comienza a girar muy lentamente a estas alturas del libro. Noticias son eso, noticias de este mundo desquiciado que, muy bien escogidas, se transforman con su prosa poética en algo diferente, etéreo. Noticias de la guerra, de la inmigración ilegal, de los niños abandonados, de la anorexia como falsa belleza, de la violencia de género… Y así, en este devenir natural de la prosa poética a la narración, ahora ya inevitable, hallamos un relato breve escrito con rotundidad y con una hermosa prosa, todo ello como contrapunto o contraposición a la noticia escogida: el alzheimer. Y es que El Hombre que Olvidó su Nombre es de una belleza narrativa impresionante. Es sencillamente precioso.
Las Noticias acaban con la ciudad como monstruo impersonal y frío que nos engulle, como anunciando el fin de todo lo hermoso de este mundo.

Durante toda la lectura, se intercalan en cada texto numerosas ilustraciones de Fuensanta Niñirola. Bien escogidas, son los guardaespaldas idóneos en todas las narraciones. Imágenes tan elegantes y sobrias como las palabras. Aquí solo muestro cuatro de ellas, pero sirven ya de prueba evidente de lo mucho que significan para el libro.

FUESANTA ILUSTRACION 2

Autografías

“…Mi oído siempre estuvo dotado para captar la riqueza y los innumerables matices de una conversación. Pocos como yo han podido reflejarlo en la mortaja que supone para una palabra el papel sobre el que se congela.”

Y aquí, súbitamente, Gonzalo Muro da un giro copernicano. Se zambulle en el relato, y lo hace con letras mayúsculas. El libro, de pronto, crece.
Sobrio, soberbio, Un lugar limpio y bien iluminado, tomando como pretexto el relato de Hemingway, es un retrato bien delineado, la estampa de toda la vida de un hombre contada hábilmente en pocas líneas.
Por el contrario, la segunda autografía titulada Regreso a Babilonia, es un juego de impostación en el que Gonzalo Muro se traviste de F. Scott Fitzgerald, le arrebata la pluma y escribe en su lugar con la misma elegancia de la que hiciera gala el escritor americano.
Dos potentes relatos que abren majestuosamente este otro paquete hallado en el arcón de Noticia de este mundo.

Relatos

“…reivindico con orgullo mi labor: recuperar el oficio de náufrago.
(…) …No sabían que náufrago es también quien camina entre extraños o aquel a quien el fuego de campamento ni alegra ni reconforta tras una larga caminata”.

Memorias de un cimbalista es un cuento sobre la inseguridad, sobre la frustración personal y profesional, sobre los sueños que no alcanzamos. Agrio y, sin embargo, emotivo. Es tan humano como real.
Lamentaciones de un náufrago imposible. Lleno de humor elegante, es un relato bien trazado, con una historia curiosa y original que no es sino una metáfora de la soledad, buscada o no. En cualquier caso, un excelente cuento sarcástico y sutil.
El tercero de los Relatos, La estación de Zúrich, es sencillamente bonito. Aquí, Gonzalo Muro hace de arquitecto: construye una complicada estructura a base de bucles, de narración circular hasta convertir lo contado en una historia tan mágica como envolvente. La mujer del vestido rojo se queda grabada en la memoria, en medio de la estación, sentada sobre sus maletas (¿quizá vacías al comienzo?). Me ha encantado. Perfecto.
Y, para cerrar los relatos y el libro, Locura de piernas. Leyéndolo pensaba en Cyd Charisse, en sus interminables y perfectas piernas de bailarina y de vamp, pero también, a causa de los juegos descriptivos del autor, en Marilyn y en la Novak. Es otro relato magnífico, que mantiene el listón que había subido desde las autografías. Este cuento de cine que narra la historia de una actriz con piernas imposibles, una actriz desconocida que únicamente es reclamada para que sus piernas sustituyan a las de las famosas estrellas en las escenas que estas extremidades son las protagonistas, está tan bien llevado que, cuando la sorpresa final nos pilla desprevenidos, nos deja desarmados.
Un excelente punto final para que cerremos el libro muy lentamente.
                                                             Sergio Barce, octubre 2014

GONZALO MURO

GONZALO MURO

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«SOMBRAS EN SEPIA» Y «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELAS DE SERGIO BARCE, SEGÚN ANTONIO BRAVO NIETO

Leyendo los ensayos del último número de la revista Dos Orillas, en la que participo, y de la que daba cuenta días atrás, me topé con un exhaustivo estudio del historiador e investigador Antonio Bravo Nieto, titulado Una guía desconocida de la ciudad de Tetuán: El Tetuán artístico y pintoresco de Juan Beigbeder y Antonio Got.

DOS ORILLAS. EL ESTRECHO DE GIBRALTAR. FROMTERA LITERARIA. Monográfica XIII-XIV
Y me di cuenta de que hacía mucho que no nos escribíamos.
En su día, fue muy generoso al enviarme planos, fotos y documentación relacionada con edificios de Larache, que conoce en profundidad, y que se pueden consultar y ver en este mismo blog.
De pronto me vino a la memoria un correo que me envió en mayo de 2013 en el que me contaba, detallada y exquisitamente, qué sensaciones le habían causado mis novelas Sombras en sepia y Una sirena se ahogó en Larache, que le había hecho llegar por entonces. Y al releerlo, le escribí y le pedí permiso para ponerlo aquí, a lo que ha accedido.

ANTONIO BRAVO NIETO - foto sur.es

ANTONIO BRAVO NIETO – foto sur.es

De lo que me escribía por entonces, me llamó poderosamente la atención que mis novelas hubieran sido capaces de atrapar a un lector tan contumaz y voraz, y quizá por eso agradecí tanto sus palabras y que ahora comparto con todos.
Esta mañana han salido para Melilla mis dos últimas obras: El libro de las palabras robadas y Paseando por el Zoco Chico, Larachensemente. Sólo espero que le causen el mismo efecto.

Para quienes no lo conozcan, Antonio Bravo Nieto es Doctor en Historia del Arte, académico correspondiente de las reales academias de Bellas Artes de San Fernando, de la Historia y de Bellas Artes de San Telmo, siendo nombrado Cronista Oficial de la Ciudad Autónoma de Melilla en 2004) Ha colaborado en diferentes proyectos de investigación con varias universidades e instituciones: UNED, Universidad de Málaga, Escuela Nacional de Arquitectura de Tetuán, Estudios Melillenses e Instituto de Cultura Mediterránea. También ha formado parte de varios grupos de investigación: del Proyecto Patrimoines Partagés (proyecto Euromed Heritage de la Unión Europea), de Modern architecture in the mediterranean sources, characterization, preservation, y de Architecture Beyond (proyecto COST).
http://www.architecturebeyond.eu/
Ha recibido varios premios de investigación y un diploma Europa Nostra por sus trabajos relacionados con la restauración del patrimonio, habiendo desarrollado investigaciones sobre la arquitectura de los siglos XIX y XX, la arquitectura militar y fortificaciones en la Edad Moderna y la historia de Melilla y el norte de África en general.
En fin, que una persona con su currículum dedique su tiempo a leer mis novelas es para sentirse satisfecho.
                                                               Sergio Barce, octubre 2014

Estimado amigo Sergio

Cuando uno se dedica a leer no por placer, sino por trabajo, que es mi caso, llega un momento que sólo devoras libros de ensayo y de los temas que se supone te «interesan» profesionalmente. El placer lo vas dejando y dejando y al final ya casi ni guardas tiempo para leer por el gusto de leer. Yo te confieso que estoy alineado en el primer «tipo» y sólo hago incursiones rápidas y concretas cuando mi mujer me recomienda alguna de las muchísimas novelas que lee.

Atrás queda mi imagen de lector compulsivo, capaz de tragarse El Señor de los Anillos en dos días de lectura de casi 20 horas diarias (dos días de desaparición física y mental), y todavía me asombro cuando lo recuerdo.

Esto, para decirte que esperaba un momento adecuado para leer tus novelas. Tenía que ser algo especial para que nada me interrumpiese. Y la excusa perfecta ha sido un viaje que inicié el día 23 a Ginebra (un Congreso tedioso y gris, como la ciudad), en cuyas idas y vueltas, y en los ratos de hotel, tenía pensado empezar a leer tus obras.

Portada SOMBRAS EN SEPIA

Comencé por Sombras en Sepia. Lo abrí en el avión de Melilla el 23, y me enganchó totalmente. Lo terminé el viernes 24. De esta novela me gustó la forma en la que afrontas el retorno a Larache y también la actitud personal ante el tema inmigratorio, sin contar la forma en la que el protagonista inicia la búsqueda. Hubo para mí momentos de intensidad como cuando se conocen Abel y Samir, y la forma que tienes de narrar la amargura de una ciudad que fue y ya no existe me emocionó.
Yo también he visto evolucionar a Larache desde el año 1990. No sé si te conté que la primera vez que estuve en Larache fue ese año. Me acababa de casar y conseguí convencer a mi mujer para hacer un viaje por todo el norte de Marruecos en coche. No había investigado aún nada sobre estas ciudades, pero algo me atraía de ellas por las narraciones de personas mayores que vivieron esa época y por los libros que había podido encontrar.
El viaje, enero de 1990, representó la firme decisión de volcar parte de mi trabajo en esa zona, por lo que es fácil adivinar que me atrapó totalmente. La entrada a Larache fue muy sugestiva (o casi tópica), porque veníamos desde el Sur y recalamos, como no, en la inefable Casa de España, donde al sentarnos con un Bon Jour y prepararnos para pedir el socorrido «Sole Menier «, se nos acercó un camarero (que luego supimos que llamaban Pelé) con una chaqueta de un verde fosforescente rabioso y nos dijo: «¿Qué van a tomar los señores, una San Miguel?” …entonces ya pudimos entender una cosa: habíamos llegado a casa.
La ciudad nos encantó, pasearla y vivirla varios días de estancia en el entonces más que decrépito palacio de la duquesa de Guisa. Luego Tetuán y Tánger fueron otra cosa, otras vivencias y otros impactos, pero Larache siempre se nos quedó grabado en los paseos nocturnos que hacíamos por la medina, bajando al puerto, y verla ir empeorando año tras año no deja de producirnos una gran tristeza.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Y luego las aventuras de Tami (Una sirena se ahogó en Larache) la inicié el viernes 24 y la he terminado hoy en el avión Ginebra-Málaga, hacia las 9 de la mañana. Estos benditos viajes de trabajo que me han hecho levantar a las 3 de la mañana pero que me permiten volcar las horas que sean necesarias para leer una novela.
Aquí vuelves a la ciudad, pero de una forma más poética porque los sueños del niño se mezclan de una forma extraordinaria con un entorno hostil pero al mismo tiempo amable: Tami tiene ángeles y demonios en su vida, como todos, pero él en su corta experiencia ya va determinando qué tipo de vida será la que pudiera vivir, si se le permite hacerlo, claro.
Te felicito por tu compromiso social que está desnudo en tus dos obras, y casi te agradezco que el pederasta de la novela se llame Pierre y no Pedro, cosa que en estos momentos de falta de optimismo nacional casi no te hubiera perdonado. Al final con esta obra me pasa como con La Vida Perra de Juanita Narboni (verdadero motivo de mi primera visita a Tánger en ese recordado 1990). En ambas tuve la añoranza posterior de haberme hecho un croquis geográfico de las andanzas de Tami por una ciudad viva, y en permanente transformación: las idas y venidas, que en el caso de Larache también deberían haber incorporado un plano de secciones por las terribles pendientes.

Te acercas a Larache mediante la elaboración de tus recuerdos y la búsqueda de la realidad. Yo me acerqué mediante la búsqueda documental, más como investigador, pero en el fondo mi Larache también es una creación en la que encajan perfectamente edificios con nombres de autores, épocas, planes de organización y que siento como mía de alguna manera. Esto lo comparto con otras ciudades, Melilla por supuesto, y sobre todo Tetuán, y Tánger, cosa que no he conseguido nunca en las otras ciudades españolas que conozco y donde he vivido como Málaga, Badajoz y Oviedo.

Me temo que soy un norteafricano compulsivo, y que mi vida y mi casa están de este lado del océano. Tal vez se me ocurre que Melilla tendría que ser también objeto de tu curiosidad y dedicarle una de tus novelas, seguro que eres capaz lo que tantos pretenden y no consiguen nunca: llegar a su verdadero espíritu.

Quiero agradecerte que hayas convertido este gris viaje ginebrino en una suma de sentimientos tan reales y tan intensos. Mi sincera enhorabuena y muchos ánimos para seguir contándonos a tu forma ese tiempo que ya no existe pero que sigue presente en nosotros.

Antonio Bravo Nieto – mayo 2013

 

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«MAMY BLUE», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Mamy Blue es uno de los relatos que forman parte de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – Generación Bibliocafé – Valencia, 2014). Y es una pequeña historia de esas que, de tarde en tarde, te trae de regreso la memoria, inesperadamente.

Sergio Barce, septiembre 2014

Este es el enlace para escuchar el tema musical que da título al relato:

Mamy Blue

Recuerdo que un día me quedé pegado al escaparate del Bazar Eléctrico, el que estaba en la avenida Hassan II, junto a la tienda del susi que hacía esquina con la calle Cervantes. Me había quedado allí mirando la portada del disco de los Pop Tops. El disco de 45 rpm se exhibía en el escaparate de la izquierda, entre aparatos y componentes eléctricos, que era lo que realmente vendían allí, como una especie de extraño pájaro tropical que menudeara por entre cardos y chumberas. Los Pop Tops estaban liderados por Phil Trimm, y el grupo lo formaban siete miembros, con el aspecto típico de la época, medio hippies, flower power, con melenas, vistiendo, como tenía que ser, pantalones campana bien ajustados y camisas de cuello alado y floreadas, y a veces con un chaleco abierto. El disco en cuestión contenía la canción que se escuchaba entonces por todas partes: Mamy Blue. Y yo quería ese disco.
Acabó por aparecer por mi casa, pero no sé si lo compró mi padre, lo que dudo, porque a él le gustaban Paul Anka y Elvis, y también Frank Sinatra, o conseguí que me lo regalasen, lo que ahora me parece incluso sorprendente. Fuera como fuese, la canción estaba en el aire, y en Larache se escuchaba en el Casino, y escapaba de los tocadiscos y de las radios por las ventanas de las casas.

POP TOPS
Tengo la imagen de Phil Trimm, con un pañuelo anudado a la frente, sus dientes separados, rodeado de aquel numeroso grupo de los Pop Tops, enmarcados en la pantalla de la televisión, en blanco y negro, como si el mundo, más allá de Larache, fuese gris.
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con Los agentes de Cipol. Y no me pregunten por qué.
Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.
Entonces era todo muy pop: James Bond y las chicas Bond, Raquel Welch, Barbarella, Julie Christie, The Beatles y el submarino amarillo, el Fantomas de los sesenta, Modesty Blaise… Los bailes de disfraces en el Casino se impregnaban de todos estos iconos y de otros muchos. Y Mamy Blue sonando en el tocadiscos, que llamábamos «picú».

«Oh, Mamy, oh, Mamy, Mamy Blue, oh, Mamy Blue…».

También las chicas de Larache eran muy pops. Llevaban faldas muy cortas y felpas anchas. Ya fuesen cristianas, hebreas o musulmanas. La palma se la llevaba una chica que se llamaba Salwa. Era de película. Y yo la seguía muchas veces por la calle, a cierta distancia, disimulando, como si llevara el mismo camino que ella.

BELLEZONES LARACHENSES

Recuerdo las piernas espectaculares de aquellas chicas. Las había realmente preciosas. Pero esas jóvenes, las de la generación de Marisa Fernández Carrillo, Marilé Yepes o María Ortega Ayllón, eran algo mayores que yo (en la niñez, la diferencia de edad parece abismal), y, por tanto, inaccesibles. Yo solo era un niño comparado con ellas, que ya comenzaban a tontear. Me conformaba entonces con levantarles las faldas a las niñas de mi edad, en el patio del colegio Santa Isabel.
Pero era Marisa Alguacil la que me dejaba con la boca abierta. También era mayor que yo. Prima de mi madre, vivió en nuestra casa de Mulay Ismail una corta temporada. Venía de Alcazarquivir, y tuvo que pasar en Larache un tiempo, que se hizo corto. Dice mi madre que solo tenía ojos para Marisa, que me la quedaba mirando embobado, sin abrir la boca, y hasta demoraba el bajar a la calle para jugar con mis amigos Javi Ruiz y Juan Carlos Fernández, que me esperaban con inusitada paciencia en los jardines del Balcón. Yo quería esconderme en los ojos claros de Marisa.
Las niñas de mi niñez: Silvana Fesser, Matilde López Quesada, Amina, Fatima el Bouthoury, Conchi Lama, Yamila Yacobi, Pepona, Gabriela Grech… Me peleé con mi amigo José Gabriel por culpa de Silvana, por un beso en la mejilla que le dio a él y no a mí. Y eso que yo era Illya Kuryakin, que incluso algunos me apodaban Django. Pero José Gabriel era más alto e, incluso, más rubio. Me venció en ese duelo.
Pero he de confesar que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Fatimita era una chica que trabajó una temporada en nuestra siguiente casa, a la que nos mudamos en la avenida Mohamed V, en el edificio de Uniban. Ayudaba a mi madre con los quehaceres del hogar. Ya éramos tres hermanos: dos niñas y yo (y faltaban por llegar otras dos niñas más). Así que había faena en la casa.
Fatimita era delgada, fibrosa, de piel canela, muy guapa y muy alegre. Podría ser cuatro años mayor que yo, es decir, ella tendría entonces unos quince. Me acuerdo que me agazapaba en el pasillo, vigilándola mientras ella alisaba las sábanas de las camas, y cuando estaba más inclinada, sin posibilidad de que pudiera reaccionar, entraba en la habitación a la carrera y me echaba encima suya, por sorpresa, derribándola sobre el colchón, y entonces le hacía cosquillas. Confieso, sí, confieso que aprovechaba para hacer rápidas exploraciones por su cuerpo, que no era como el mío. Y yo quería descubrir lo que imaginaba, o lo que había visto en alguna película francesa. Ella no paraba de reírse, y cuando lo decidía se zafaba de mí sin mucho esfuerzo, hasta con elegancia. Cuando la tenía bajo mi cuerpo me gustaba verla carcajeándose; exudaba una alegría que no he vuelto a ver, como si ningún problema pudiera acecharla en toda su vida. También me gustaban sus dientes, blancos y alineados, con una rara perfección natural, que parecían brillar al asomar entre sus preciosos labios.
Fatimita siempre llevaba su pelo recogido bajo un pañuelo, que, a veces, en el forcejeo, yo le quitaba. Ella, como siempre, se reía. Volvía a ponérselo, y safi. Creo que ella se divertía con ese mocoso que era yo entonces, barruntándose sin duda mis verdaderas intenciones, que debían ser las mismas que las de todos los niños de mi edad. Las mujeres siempre han madurado antes, ya lo sabemos.
Aún me llega el eco de sus carcajadas, descontrolada cuando las cosquillas la vencían, y también el fulgor irrepetible de su sonrisa fresca y cándida.
Pero volvamos a mi confesión de antes: que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Y eso es verdad. Porque lo que ocurría es que Fatimita sobresaltaba a toda la familia cuando, mientras limpiaba el polvo o ponía orden en el salón, de pronto, de improviso, se acercaba al tocadiscos, levantaba el brazo y lo dejaba caer, y la aguja se estrellaba contra el vinilo, que había comenzado a girar. La canción saltaba al aire con un gruñido previo que nos hacía dar un respingo o un salto. A Fatimita le encantaba Mamy Blue, que tarareaba mientras fregaba el suelo, de rodillas, como se hacía entonces, y yo volvía a espiarla, pero supongo que en esos instantes se me caería la baba, atontado: allí estaba, trabajando, pero moviendo el culo suavemente, al compás de la música, y yo le clavaba las pupilas como si descubriera un milagro.
Fatimita pronunciaba Mamy Blue con tal suavidad que parecía que acariciara las palabras. Los labios se convertían en un corazón. Y cuando la canción acababa, yo me lanzaba sobre ella como una red, atrapándola, y su risa inundaba todo el corredor… Se llamaba Fatimita, y, mientras fregaba, bailaba suavemente Mamy Blue. Y ella me hipnotizaba.

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YA EN MADRID, «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE», RELATOS DE SERGIO BARCE

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