Lili entra, y la librería se ilumina. Ha encendido las luces. La primera frase podía crear confusión, y por eso lo aclaro. Pero es cierto que su presencia también causa su efecto. El primero, mi ensimismamiento. Es insoslayable. El segundo, que el local recobra algo de vida. Lili avanza directa hacia mí. Me da dos besos. En las mejillas. Se abraza, como si le doliera el alma. Le duele el alma. Me descubre que le ha costado mucho volver sabiendo que Max ya nunca estará a su lado. Hoy me parece una mujer más indefensa. Es el efecto que causa un dolor obsceno. La pérdida de un ser querido es lo más obsceno de nuestra existencia. Temo que no será una jornada de trabajo muy productiva. De hecho, Lili se marcha a los pocos minutos. Y me siento más solo que nunca. Lógicamente, no abro la librería. Más tarde, alguien aporrea la puerta, como un desesperado. El sábado también permanecemos cerrados.
El fin de semana nos ha servido para volver a intentarlo hoy. Más consciente de lo que se avecina, tiemblo de miedo. He llegado a las seis y media de la mañana. No podía conciliar el sueño. Lili, como es su costumbre, a las ocho (sé que es su costumbre porque me lo ha dicho al llegar). Viene con una blusa y una falda estrecha. Tacones. Me gusta que use tacones. En cuanto se pone las gafas, parece una ejecutiva. Es tan sumamente atractiva. Posee un no sé qué especial. Sus pasos, cuando se mueve, parecen de otra galaxia. Sé lo excesivo de mis palabras. Qué me importa. Parece de otra galaxia, sí. Le cuento que, durante mi espera, me he dedicado a limpiar. Y he puesto algo de orden en el depósito. Eso está bien, me dice. Y ahora, ¿qué hago? Sigo tan atemorizado como el viernes ante la llegada de los primeros clientes. Tendremos que lidiar con los inevitables pésames. Lili piensa que se va a desmoronar. No te vas a desmoronar, la animo. Al decírselo, me doy cuenta de que hemos comenzado a tutearnos. La aflicción une. A veces, separa, es cierto. Pero a nosotros no. Max nos ha unido. Hasta que Lili se canse de trabajar aquí. Espero que no se le pase por la cabeza dejarme solo ante la marabunta. Después del duelo, temo que comience mi martirio. Qué voy a contestar cuando me pregunten por un libro, me lamento. Pero Lili me tranquiliza. Me llamas, y yo te ayudo. De forma inconsciente, nos estamos apoyando el uno al otro. Da unos pasos, se acerca a literatura española actual. Qué manera de cimbrearse. Anda como si fijara el compás. De lo que sea. Regresa con un ejemplar entre las manos. Cierto: se cimbrea que da gusto. ¿Por qué no vuelves a los estantes de literatura española actual? Eso es exactamente lo que más deseo. Pero al tenerla ahora tan cerca, prefiero que no lo haga. Acabo de descubrir un minúsculo lunar con forma de pez en su inmaculado cuello. Querría pescar ese pez con mis labios. Vamos a hacer una cosa, me dice resolutiva. Aparto de su cuello mis ojos de vampiro. Te vas a sentar ahí. Me indica con un gesto la mesa de nogal. Y vas a empezar a leer. Cumplo como un alumno disciplinado. Y me siento, la espalda recta. Desde ahí puedo vigilar casi toda la librería. ¿Cómo coño lo ideó Max para que esto fuera así? Pensaba en todo. Termino de acomodarme. Entonces, Lili deposita el libro sobre la mesa y lo desliza suavemente…
LA MUJER DEL HAMMÁN
Hoy es sábado, y después del viernes santo las tiendas y los bazares vuelven a abrir. Dris y Ahmed gandulean sobre sus esteras, tapados con sus mantas de cordero, aguardando a que, como cada mañana, Lalla Sahida los levante para que desayunen. Y en efecto, eso es lo que sucede. A las siete de la mañana los está zarandeando, y ellos haciéndose los remolones, fingiendo estar aún dormidos, solo para provocarla y escucharla protestar. Dris lo hace por inercia, porque imita a su amigo Ahmed. Pero finalmente, cuando ella se da por vencida, acaban por salir al diminuto salón, un habitáculo de dos por dos metros, donde ella espera sentada en el borde de la mtarba, con los brazos descansando sobre las piernas, vestida con un caftán deslucido sobre el que se ha puesto un dfin y con un hiyab verde cubriéndose la cabeza.
Si hay dos chiquillos que sepan cómo poner patas arriba la Medina, esos son sin ninguna duda Dris y Ahmed. Ahora se alojan en la calle de los Chorfa, a un tiro de piedra del Zoco Chico, ocupando una habitación que les ha cedido Lalla Sahida, que se apiadó de ellos al encontrárselos mientras dormían en un zaguán, abrazados el uno al otro para abrigarse del frío, hambrientos y sucios. Se los llevó con la promesa de que se portarían bien y de que la ayudarían cuando ella lo necesitara, y, a cambio, podrían dormir en un cuarto que ella prepararía. Juraron que sí, y no cejaron en darle las gracias desde que abandonaron ese lugar situado al otro extremo de la Medina hasta la casa. Un juramento de falsedad porque en seguida lo infringieron. Desde aquel día, se engolfan en sus barrabasadas, que le han dado algún que otro disgusto a la pobre Sahida.
Lalla Sahida es una mujer robusta, de unos cincuenta años, que sabe que aún atrae a los hombres, aunque los mantiene a raya; una mujer que siempre ha luchado sola contra tanto lobo y contra tanto desaprensivo, y que en su tiempo debió de ser bastante bonita, de hecho, aún queda algún rescoldo de su belleza en esa boca ancha y carnosa y en ese rostro ovalado, en el que se concentra tanta experiencia, pero el paso del tiempo ha envejecido sin duda su mirada.
Sobre una sencilla tagra, ha colocado los vasos, la cafetera humeante y, en un plato, tortas de rarif untadas de mantequilla y de miel. Los chicos se sientan en silencio. Dris rascándose la cabeza, y Ahmed bostezando ostensiblemente. En cuanto Sahida les sirve el café, ellos se lanzan sobre las tortas y comen con un hambre de años. Así llevan todo ese tiempo, devorando cuanto les pone por delante. Ella se limita a sorber ruidosamente de su vaso, como si en vez de café bebiese té, y a observarlos en silencio.
A las ocho menos cuarto Sahida recoge y les dice que han de marcharse hasta que vuelva. Trabaja en el hammán de la calle Real y ha de estar allí a las ocho en punto. Nunca los deja a solas en la casa, porque, camuflada bajo la mtarba, hay una loseta suelta que puede levantarse sin esfuerzo bajo la que esconde algunos dirhams y unos pendientes, un collar de piedras con engarces de plata, y tres colgantes y varias ajorcas de oro. También hay seis monedas de cinco duros, un recuerdo que no quiere que desaparezca, un recuerdo de su padre que le sirve a veces de consuelo. Todo eso, junto a lo que le pagan en el hammán, es todo su patrimonio, y no querría que los chicos pudieran descubrirlo. Además, sabe poco de ellos, aunque siente mucha lástima y le conmueve su situación.
Apenas abren la boca. Durante esa larga semana que llevan ya en la casa, solo les ha sonsacado que Dris tiene once años y Ahmed doce, y que no son familiares. Que Dris abandonó a su padre, con el que vivía en Beni Gorfet, y al que no soportaba por las palizas que le daba cada vez que bebía, y que Ahmed viene del barrio de las Latas, donde se había criado junto a sus abuelos, hasta que los dos fallecieron por una enfermedad extraña e inesperada. Se llevaron los cadáveres de la chabola donde vivían y un tipo llegó una tarde y lo echó a patadas diciéndole que un niño no iba a poder pagarle el alquiler. Y, tras una peripecia de días, acabó construyéndose una cabaña en la esquina de un solar abandonado, al final de la cuesta del fondak, a base de cartones, chapas y maderos. Pero no le gustaba mucho ese sitio porque, por las noches, lo asediaban las ratas. Él es, de los dos amigos, el único que ha pisado el centro de menores. Los mejaznis lo pillaron saltando la tapia del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles después de robar de la capilla un par de candelabros sin demasiado valor, y en otra ocasión se lo llevaron tras una reyerta con otro chico de su edad, un empleado de Mula, al que, de una pedrada, le abrió un tajo en la frente que casi le cuesta la vida…
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