En 2018 se editó mi novela corta El laberinto de Max, publicada por Ediciones del Genal & Mitad Doble, para la colección Manguta de Libros. Hay quien me ha dicho que es un libro que salió redondo. Lo que sí sé es que esta historia ha hecho que sus lectores sonrían, se emocionen y se entristezcan, que se inquieten y queden intrigados y hasta que se carcajeen en algún instante. Si alguien se aburrió con él, no me lo ha dicho. Aquí tenéis un pequeño fragmento para quienes no conozcáis este bello laberinto.
Sergio Barce, abril 2021
Lili entra, y la librería se ilumina. Ha encendido las luces. La primera frase podía crear confusión, y por eso lo aclaro. Pero es cierto que su presencia también causa su efecto. El primero, mi ensimismamiento. Es insoslayable. El segundo, que el local recobra algo de vida. Lili avanza directa hacia mí. Me da dos besos. En las mejillas. Se abraza, como si le doliera el alma. Le duele el alma. Me descubre que le ha costado mucho volver sabiendo que Max ya nunca estará a su lado. Hoy me parece una mujer más indefensa. Es el efecto que causa un dolor obsceno. La pérdida de un ser querido es lo más obsceno de nuestra existencia. Temo que no será una jornada de trabajo muy productiva. De hecho, Lili se marcha a los pocos minutos. Y me siento más solo que nunca. Lógicamente, no abro la librería. Más tarde, alguien aporrea la puerta, como un desesperado. El sábado también permanecemos cerrados.
El fin de semana nos ha servido para volver a intentarlo hoy. Más consciente de lo que se avecina, tiemblo de miedo. He llegado a las seis y media de la mañana. No podía conciliar el sueño. Lili, como es su costumbre, a las ocho (sé que es su costumbre porque me lo ha dicho al llegar). Viene con una blusa y una falda estrecha. Tacones. Me gusta que use tacones. En cuanto se pone las gafas, parece una ejecutiva. Es tan sumamente atractiva. Posee un no sé qué especial. Sus pasos, cuando se mueve, parecen de otra galaxia. Sé lo excesivo de mis palabras. Qué me importa. Parece de otra galaxia, sí. Le cuento que, durante mi espera, me he dedicado a limpiar. Y he puesto algo de orden en el depósito. Eso está bien, me dice. Y ahora, ¿qué hago? Sigo tan atemorizado como el viernes ante la llegada de los primeros clientes. Tendremos que lidiar con los inevitables pésames. Lili piensa que se va a desmoronar. No te vas a desmoronar, la animo. Al decírselo, me doy cuenta de que hemos comenzado a tutearnos. La aflicción une. A veces, separa, es cierto. Pero a nosotros no. Max nos ha unido. Hasta que Lili se canse de trabajar aquí. Espero que no se le pase por la cabeza dejarme solo ante la marabunta. Después del duelo, temo que comience mi martirio. Qué voy a contestar cuando me pregunten por un libro, me lamento. Pero Lili me tranquiliza. Me llamas, y yo te ayudo. De forma inconsciente, nos estamos apoyando el uno al otro. Da unos pasos, se acerca a literatura española actual. Qué manera de cimbrearse. Anda como si fijara el compás. De lo que sea. Regresa con un ejemplar entre las manos. Cierto: se cimbrea que da gusto. ¿Por qué no vuelves a los estantes de literatura española actual? Eso es exactamente lo que más deseo. Pero al tenerla ahora tan cerca, prefiero que no lo haga. Acabo de descubrir un minúsculo lunar con forma de pez en su inmaculado cuello. Querría pescar ese pez con mis labios. Vamos a hacer una cosa, me dice resolutiva. Aparto de su cuello mis ojos de vampiro. Te vas a sentar ahí. Me indica con un gesto la mesa de nogal. Y vas a empezar a leer. Cumplo como un alumno disciplinado. Y me siento, la espalda recta. Desde ahí puedo vigilar casi toda la librería. ¿Cómo coño lo ideó Max para que esto fuera así? Pensaba en todo. Termino de acomodarme. Entonces, Lili deposita el libro sobre la mesa y lo desliza suavemente…
Acaba de aparecer en «Todoliteratura» una reseña sobre mi libro Una puerta pintada de azul firmada por Paco Huelva, un texto sutil y elegante, con el que ha sabido extraer la esencia de los relatos. Os dejo el enlace donde poder leerla:
Como muchos escritores Sergio Barce no deja de recurrir a su pretérito para conformar con ello un imaginario lleno de una mezcla pródiga de realidad y de ficción con la que consigue epatar a sus lectores. Ahora nos ha presentado “Una puerta pintada de azul” en Ediciones del Genal: ocho relatos de una interesante factura.
Tánger, Larache, Alhucemas, Alcazarquivir… son espacios instalados en su memoria o en la de sus progenitores, que vivieron en lo que se denominó el protectorado español, y de los cuales consigue atrapar lo esencial para colocar en los mismos, a personajes que parecieran imposibles, y en donde la luz, los olores, los sabores, los rezos, los cánticos, la vestimenta, la dureza de la vida, la miseria de muchos o la orfandad son los detonadores necesarios para generar unos cuentos de una extraordinaria aunque también a veces triste belleza.
“Últimas noticias de Larache”, “Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente”, “En el jardín de las Hespérides”, “El libro de las palabras robadas”, “El laberinto de Max”, “La emperatriz de Tánger” o “Malabata” entre otros, conforman una forma de escribir y de entender el mundo y las relaciones entre diferentes, que merecen ser leídos para demostrar cómo en un momento dado, en determinados lugares como los citados, al igual que en otras épocas lo fueran Toledo, Granada, Mallorca, Sevilla o Córdoba, por poner solo unos ejemplos, se engendró el prodigio de una convivencia en paz y en libertad entre cristianos, hebreos, hindúes y musulmanes.
Algunos de los relatos contenidos en “Una puerta pintada de azul” me han recordado a unos de los grandes escritores marroquíes, tan olvidado en la España de hoy en día, verdad, como lo fuera Mohamed Chukri, especialmente en lo relativo a la vida de algunos infantes y jóvenes, abandonados en la calle, que se ganan el pan como buenamente pueden y que están más cerca de la animalidad, la miseria, las drogas, el alcohol y la prostitución: un círculo vicioso que tan de manera excelsa dibuja Chukri en “El pan a secas”, entre otras de sus obras.
Las historias de Sergio Barce que emanan de “Una puerta pintada de Azul”, impulsadas por la memoria propia o ajena, endulzadas con el aroma de azahar, el olor del jazmín, el agua de lavanda, los refritos, las calles, las balconadas, los bares, los sonidos de las mezquitas, las sinagogas y las iglesias convocando al unísono, cada cual a sus fieles, los bazares, los zocos, las estridulantes chicharras en el campo…, supone entrar en un mundo, que, aunque mejorable en muchos asuntos, suponía unos niveles de tolerancia y hermandad entre los seres humanos que componían esos círculos, que hoy se me antojan imposibles de reproducir, pero que existieron, y de ello es lo que da fe Sergio Barce, de esa cohabitación necesaria enfangada ahora por los radicalismos y fundamentalismos de unos y de otros.
El último de los relatos, y el más extenso, denominado “Cara de Luz”, supone un ejercicio literario digno de resaltar. Doce horas en la vida de un octogenario, el Hach Ahmed el Ouazzani, un carpintero que siempre fue querido por todos, que no sabe que ese día morirá de un infarto y quedará derrumbado, abandonado a su suerte, en las oscuras calles de Larache. Pero, Sergio Barce nos hace acompañarlo en un recorrido por la ciudad desde el amanecer hasta su fallecimiento, pero también, por la ejemplaridad de su vida, por el interior de sí mismo y sus cavilaciones y por todas las vidas que vivió con el paso de sus días, permitiéndonos con ello, ver las distintas aristas de Larache en ese casi centenar de años.
Un interesante libro de relatos “Una puerta pintada de azul”.
Acaba de salir la reseña escrita por el poeta Víctor Pérez sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul. Una reseña que me ha parecido preciosa y que resume perfectamente el espíritu del libro.
Podéis leerla aquí, o bien visitando el blog de Víctor Pérez en el siguiente enlace:
¿Qué se esconde tras esa vieja puerta pintada de azul? ¿O es más bien una ventana abierta a los recuerdos azules de la niñez?
Sergio Barce, como por un misterioso magnetismo, siempre vuelve a Larache, y nos arrastra con su ternura, con su sencilla, rica y ordenada prosa. Nos embelesa, nos remueve las emociones para hacernos sentir la belleza del desencanto, la melancolía de los recuerdos y también la realidad social. Asomado a su Balcón del Atlántico, el horizonte no es una frontera, sino un espacio de luz, un brote de resonancias azules que florecen y nos conmueven.
Los personajes que pueblan las páginas de sus relatos: niños desaliñados, mujeres inolvidables, viejos nobles, están todos marcados por el sello de la autenticidad. En sus historias nos acerca al corazón, al dorado espacio de Larache, donde a veces, en días claros, la luz parece nacer de la tierra. Una ciudad súbitamente envejecida, de piel surcada por las arrugas del tiempo y el abandono, surcos de dolor y ausencia, pero donde siempre la memoria rescata los momentos gloriosos.
Víctor Pérez
Foto de Mohamed Laabi tomada en la Plaza de la Liberación de Larache
Ese color intenso, que huele a madera, se va extendiendo entre mis lectores, y se expande y avanza y al final tizna todo el aire con el azul mar de Larache, que es lo que se esconde tras esa vieja puerta con goznes oxidados que os invito a abrir.
Solo hay que empujar la puerta, con suavidad, y el mundo que he creado está ahí, esperando vuestra visita…
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FOTO ENVIADA POR EMILIO ANDRADE
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ANOUAR ELGUELLAFI
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FOTO ENVIADA POR NAIMA HAYAT
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BERNARDO VILA
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DAVID ROCHA
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CHARO RODRIGUEZ CUADRI
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FOTO ENVIADA POR MARIA BACALL
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CON ALFONSO GONZÁLEZ CACHINERO
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FOTO ENVIADA POR ISABEL FLUXA
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CON FLOR COBO
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FOTO ENVIADA POR MOHAMED LAABI
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CON MARÍA DEL MAR ÁLVAREZ
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CON MUSTA KADDA
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EN LIBRAIRIE DES COLONNES de Tánger
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CON NURIA RICO
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FOTO ENVIADA POR ANTONIO CÉSAR MUÑOZ
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CON MIS HIJOS SERGIO Y PABLO
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CON PACO SELVA Y VÍCTOR PÉREZ
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EMILIO GALLEGO
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FOTO ENVIADA POR NIEVES MARTÍNEZ
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FRANCISCO JURADO
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FRANCISCO NAVARRO
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JOSE LUIS ROSAS
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FOTO ENVIADA POR CARMEN VEGA
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JULEN GONZALEZ CUBEDO
LUIS VELASCO Y RACHID SERROUKH en la Librería Al Ahram de Larache
No creo que exista mejor anzuelo para que os animéis a leer mi nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), que ofreceros un fragmento. Que lo disfrutéis.
Todos los días baja y sube esta calle. Llega hasta el puerto, se da un paseo por el muelle y ve el ambiente, se queda curioseando los barcos de pesca ahí amarrados, leyendo los nombres de cada uno de ellos, saludando a los pescadores más veteranos, y aspira el aire preñado de salitre y de mar, oyendo el graznido de las gaviotas que dibujan sus siluetas en el cielo.
Al salir del puerto, se topa con los puestos en los que asan sardinas. También le gusta ese olor denso que le llega de las blancas humaredas que salen de los anafes, pero apenas se detiene y sube de nuevo muy despacito, tratando de no cansarse demasiado porque ya va notando que no tiene la misma fortaleza en las piernas, y a veces se ahoga y respira con dificultad.
La vieja calle Real, por la que tanto transitara cuando era la arteria principal de la Medina, cuando estaba llena de vida, cuando era joven. Recuerda a veces los grupos de hebreos que salían de las sinagogas tras el rezo o tras alguna celebración, y cómo algunos chiquillos cristianos y musulmanes les tiraban sus kipás a los otros niños judíos que acababan revolviéndose y persiguiéndolos para darles alguna patada como respuesta. O caminar por entre las callejas y escuchar las campanas de la iglesia y el rezo del almuédano, en ese vals de rosarios y aleyas. Pero nada queda ya de aquello. Y que tantas cosas hayan ido desapareciendo le causa un cierto pavor, como si fuese el anuncio de que todo lo demás también habrá de perderse en un pozo negro de olvido, de que quizá el mundo se precipita al vacío sin remisión.
Al llegar a la avenida Mohamed V, Ahmed ha de detenerse tratando de controlar el resuello. Está sudando, y se pasa una mano por la frente y vuelve a notar que le duele el pecho, no con tanta intensidad como esa mañana, pero lo suficiente como para que decida hacer una parada y recuperar el aliento. De manera que cruza la calle y entra en el bazar de Yebari.
-¡Hombre! -le da la bienvenida el Hachmi Yebari al Hach Ahmed-. ¡Dichosos los ojos!
-Necesito descansar, jay. Estoy un poco mareado…
Yebari se quita las gafas y deja a un lado las facturas que ordenaba en la mesa que tiene de oficina tras el mostrador, y sale con rapidez y ayuda a Ahmed a sentarse en una silla que tiene siempre lista para cualquier visita inesperada. Por lo general, los amigos pasan, entran y toman asiento, y permanecen un buen rato de cháchara, hasta que lo releva algún otro visitante o la llegada de un cliente que busca cambio de divisas o alguno de los pocos objetos que ya se venden en el viejo bazar.
-¿Un vaso de agua? -le pregunta Yebari preocupado, sujetándolo aún por encima de los hombros pese a que ya se ha acomodado.
-Sí, por favor. Tengo tanta sed…
Yebari vuelve sobre sus pasos y descorre la cortinilla que da acceso a la trastienda, y de allí trae un vaso y una botella de agua Sidi Alí, y tras llenar el vaso se lo ofrece. Ahmed lo bebe a pequeños sorbos, como si le costara tragarse el líquido. Luego, cierra los ojos y echa la cabeza atrás, mientras Yebari recupera el vaso de su mano casi lacia, que cae de golpe sobre la pierna.
-¿Mejor?
Ahmed asiente con la cabeza, sudoroso y un tanto desconcertado al notarse tan agotado y débil. Trata de controlar la respiración, y, como si de un ejercicio se tratase, llena los pulmones y expulsa el aire varias veces, rítmicamente, hasta que cree recuperar las fuerzas. Solo entonces abre los ojos.
-Creo que los años me pasan factura. Ya estoy mayor. Muy mayor. Los achaques no perdonan…
Yebari le sonríe y mueve la cabeza a un lado, como quitándole importancia a sus conjeturas.
-¡Pero si estás hecho un chaval, hombre! -trata de animarlo levantando la voz, como para que lo escuche un público inexistente-. ¡Venga, hombre! –repite-. ¡El Dio te dé lo ueno!
-Pero ¿qué dices, mi rey? Si estoy jalqueado y quedrado, mi weno…
-¿Ya estamos hablando en jaquetía? -les pregunta desde la entrada Sibari, ahí en pie sujetándose en las muletas.
Yebari se ríe y le hace señas para que deje descansar a Ahmed, que ha vuelto a cerrar los ojos.
-¡Ahí os dejo, tortolitos!
Después de beberse otro vaso de agua, Ahmed decide marcharse. Se ha dado cuenta de que ya es más de mediodía.
-No has podido ir a la mezquita por mi culpa… -se excusa al ponerse en pie, ya más calmado y pensando que la hora del rezo ha pasado mientras permanecía ahí medio mareado en la penumbra del interior del local.
-Luego iré a la tercera oración, no hay problema, jay -lo calma Yebari, que sabe lo aprensivo que es Ahmed.
De pronto, el Hachmi Yebari lo deja un segundo y va hasta el otro extremo del bazar, remueve unas darbukas que tiene en exposición y, tras estos instrumentos, recupera un laúd y se lo lleva a Ahmed, que lo mira con recelo.
-No querrás que ahora me ponga a tocar algo… No estoy en condiciones -y aunque insiste en su negativa, ya ha aceptado el laúd, sentándose de nuevo, y lo empieza a afinar sin dejar de despotricar como un viejo cascarrabias-. Además, necesito estar inspirado y sinceramente…
-¡Jamal! -grita el Hachmi Yebari, y sale disparado a la puerta y desde allí vuelve a vocear-. ¡Jamal! ¡Mohamed!
-¿Qué he hecho para sufrir este castigo? -rezonga Ahmed acariciando la espalda del laúd.
Ha revisado ya la madera, el clavijero, el trazado del mástil, la juventud de los trastes y el estado de las cuerdas. Le sorprende que en el bazar se venda un laúd de tal calidad. Acaricia todo su cuerpo y es como si tuviese a una hermosa mujer entre las manos. La tañe un par de veces, aguzando el oído, y ajusta las cuerdas y la afina con la maestría de un veterano.
Al levantar la vista, ve al Hachmi que regresa con una sonrisa de lado a lado, acompañado de cuatro hombres de los que solo distingue las siluetas porque la luz de la calle entra a sus espaldas y deslumbra a Ahmed.
–Salam ´Alekoum.
Los recién llegados lo van saludando con educación y simpatía, y se van acomodando en los taburetes que Yebari va disponiendo en torno al Hach Ahmed, que los observa con una calma de paciencia. Ve a Jamal Nouman apoyar su guitarra española sobre la pierna, a Abdelhay el Haddad dejar en el suelo la darbuka que le ha entregado Yebari al entrar y ve también a Ahmed el Guennouni con otra guitarra española ya en posición de ataque, y que los tres parecen retarlo a que él sea el que arranque con algún tema para seguirlo. El cuarto recién llegado es el profesor Laabi, que se queda a un lado, con los brazos cruzados a la altura del pecho y que le hace un gesto a Yebari para que no se preocupe por él, como anunciándole que no tardará en marcharse.
El Hachmi Yebari se ha sentado en una silla, al revés, con la barbilla clavada en los brazos que ha cruzado sobre el respaldo, como si fuese un espectador situado tras una barrera.
-Esto es una encerrona -protesta el Hach Ahmed el Ouazzani, pero no lo hace con resentimiento sino con agrado, como si de pronto, al verse acompañado de músicos más jóvenes, el reto le ilusionase, y los otros le sonríen cómplices. Entonces, chasquea la lengua y les ordena: Vamos a tocar algo que le gusta al Hachmi…
Y Yebari se remueve en la silla con un entusiasmo adolescente, mira a Laabi que asiente sonriéndole, y, en efecto, en cuanto comienza Ahmed a rasgar las cuerdas del laúd, los tres músicos lo siguen sin problema alguno, asintiendo con sus cabezas. La Tarara se ha convertido en un tema clásico en cualquier concierto popular. El Hachmi Yebari, al poco, también los sigue tocando las palmas, luego Laabi hace lo propio, con la música in crescendo, inundando el bazar de ritmo y de alegría. Ahmed se olvida al instante de su malestar, y se recupera como si le hubiesen inyectado un medicamento milagroso.
La música amansa a las fieras y atrae a los curiosos. El local no tarda en llenarse de gente que, al pasar por la puerta del bazar, no ha podido resistirse a entrar para presenciar este improvisado concierto. Las palmas de Yebari y del profesor Laabi son enseguida secundadas por los inesperados espectadores que cantan a coro el estribillo, y alguno, incluso, se aventura a bailar.
–La Tarara sí,
La Tarara no,
La Tarara niña
Que la bailo yo…
Ahmed les hace un gesto con las cejas a Jamal, a Abdelhay y a Guennouni, y alargan la canción para no dejar a los que se han incorporado tarde con la miel en los labios. El jolgorio es impresionante, y Yebari se levanta de la silla sin dejar de palmear e incitando a los que aún no lo hacen a que se unan al coro. Trata de que Laabi se sume también pero el profesor le ruega levantando las manos que no lo ponga en ese compromiso. Cuando acaban la canción, todos prorrumpen en aplausos y vítores.
-¡Otra! ¡Otra¡ ¡Otra! -repiten sin cesar, pero Ahmed ha soltado ya el laúd a un lado y cuando el Hach Ahmed toma una decisión ya pueden insistirle una y otra vez que no da su brazo a torcer.
-Os dejo con ellos, que tienen ganas de seguir tocando… -les dice a todos mientras se despide de los músicos, y luego se abre paso por entre el público que se ha agolpado en número creciente, y sale a la calle acompañado de Yebari.
Desde la acera oyen el siguiente tema que Jamal Nouman ha propuesto a los otros. Y Ahmed asiente al reconocerla.
–Gracias, maestro -le dice el Hachmi Yebari dándole la mano con efusión.
-No sé si a esta hora encontraré ya algo de pescado fresco en la Plaza… -murmura después de echarle un vistazo a su reloj de pulsera-. Ahora tendré que conformarme con lo que encuentre.
-¡Se haga el mazal, hombre! -le desea Yebari con su simpatía contagiosa.
-Incha Al´láh -responde el anciano.
El Hachmi observa su figura encorvada y se da cuenta de que los años se le han venido encima a Ahmed, como si de un día para otro no hubiesen transcurrido veinticuatro horas sino toda una eternidad.
Ahmed se va alejando acompañado de esa música que va quedando poco a poco atrás y deja ya de oírla en cuanto coge el callejón de la iglesia del Pilar, que dibuja una suave curva de media luna.
Al comienzo, casi en la esquina, se topa con una mujer que está sentada en el suelo con un niño pequeño en los brazos, una imagen que siempre le causa desasosiego, así que busca las monedas que lleva en el bolsillo y las deposita en la mano sucia y callosa de la mendiga, que lo mira con ojos lacrimosos, y que besa los dirhams como si fuesen un amuleto.
-¡Saha! -le dice la mujer mientras balancea el cuerpo adelante y atrás para que el bebé no se despierte.
Una vez al año, Ahmed cumple con el azaque entregando una parte de sus ahorros a la Beneficencia Musulmana. Pero no deja de practicar su compasión el resto del año, él que siempre se ha considerado un privilegiado por haber encontrado trabajo cuando lo ha necesitado y que también ha disfrutado con la música recorriendo parte del país, algo que pocos de su generación pueden decir.
Pasa por delante de la oficina de cambio de Majid Yebari, el hermano del Hachmi, y al que todos conocen como el Sueco porque vivió varios años en Estocolmo. La callejuela desemboca en la avenida Hassan II, haciendo también esquina con el antiguo conservatorio de don Aurelio, ahora un mero almacén que Ahmed no sabe a qué dedican. Cuánto daría Ahmed por volver a los tiempos en los que entraba para ver ensayar a la rondalla, o cuando se quedaba con los músicos de la orquesta e improvisaban temas y acababan a las tantas de la noche sin notar el paso de las horas, solo a la búsqueda del compás, de la armonía, del ritmo. Ahora, todo eso le cansa.
Ya en la avenida, ve a Rachid Serrokh en la puerta de su establecimiento, la Librería Papelería Al Ahram. Ahmed se va acercando a él con pasos menos airosos que al comienzo de esa jornada calurosa, como si las horas que ya han transcurrido fuesen sacos de tierra que alguien descargara sobre su espalda.