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MI BALCÓN DEL ATLÁNTICO

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Hoy me siento nostálgico, y me encantaría estar en estos momentos en el Balcón del Atlántico. Necesitaría sentarme en la balaustrada, perder la mirada más allá del horizonte azul, fundirla con el sol justo cuando la bola roja se hunde más allá de los sueños. Necesitaría hoy sentir la brisa que sube de Ain Chakka. Necesitaría cerrar los ojos, y ser aquel niño que jugaba por entre los jardines del Balcón. Hoy me gustaría ver a mi madre subir por entre las piedras del pequeño recodo que hace el Lucus en su desembocadura, justo donde depositamos sus cenizas para que siguiera nadando en sus aguas, y llevarla a la terraza del Central y sentarnos allí un rato junto a Sibari. Pero sólo puedo hacerlo con mi imaginación, y me sabe un tanto amargo este té que bebo a solas.

Un buen momento para ver fotos de mi Balcón, y para releer mi cuento El primer regreso, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente.

Quizá me queráis acompañar en su lectura, aunque ya lo conozcáis. Es una manera de volver, de endulzar este té con hierbabuena y flor de azahar.

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

 

El primer regreso 

La primera vez que regresé a mi pueblo habían transcurrido más de quince años desde que lo abandoné junto a mi familia. Sí, incomprensiblemente habían pasado demasiados años sin volver, sin saber más que lo que alguien nos contaba y que, a su vez, había escuchado de un tercero. Demasiados años, y, sin embargo, todo parecía seguir en su sitio. Las calles apenas habían cambiado. En las paredes de los edificios descubrí los mismos desconchones y las mismas grietas de entonces. Era como si nunca hubiese salido de Larache.

La antigua plaza de España, rebautizada en su día como plaza de la Liberación, continuaba siendo el destino obligado de quien entra en la ciudad, con su aire de matrona que protege en su regazo a quien busca el refugio de sus brazos acogedores. Los soportales, construidos bajo el perfecto compás de un ritmo de huecos y arquerías, seguían resguardando a los cafetines y a las tiendas del sol plomizo del verano. Únicamente la fuente y sus jardines habían cambiado por completo. Los lucidos azulejos celestes y alberos, tan andaluces y tan marroquíes, habían dado paso a una fuente anodina, casi estaliniana, ajena al entorno de fachadas blancas y azules. Incluso los peces de colores, que los niños solían admirar con fantasía, se habían muerto en la estanqueidad de un paisaje deforme. Algo paradójico, teniendo en cuenta que el primitivo nombre de Larache, al-Arà´is, significa jardín de flores.

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Andaba por las aceras con la seguridad de quien camina por su barrio, junto a los vecinos de siempre. Ninguna cara me era familiar, pero ninguna me era ajena. Ocurría lo mismo con la brisa, que subía con suavidad desde los acantilados; podía reconocerla al sentirla en mi rostro, al olerla. En todo momento, sentía el martilleo de mi corazón, retumbando con impaciencia, y avanzaba con el inesperado entusiasmo de mi niñez, de golpe recobrada, que inconscientemente me había dirigido al Balcón del Atlántico.

Pasé junto al Castillo de San Antonio, abandonado a su triste suerte, sobreviviendo de rodillas, sosteniendo el peso de su ruina sobre unos muros calcinados y arenosos. Me asomé al Balcón para emborracharme con el verde esmeralda del océano, para sentir con más intensidad la caricia de su aliento, para escuchar el fragor suicida de las olas rompiendo en Ain Chakka. Aunque llegar hasta allí no era del todo casual. En realidad, existía otro motivo más poderoso: estaba ansioso por volver a la casa en la que viví gran parte de mi niñez. Tenía el Consulado español a mi espalda, y giré la cabeza a la izquierda, con el temor a no encontrarla. Pero el edificio continuaba en pie, algo más triste y, también, algo más viejo.

Mis padres en el Balcón

Mis padres en el Balcón

Su fachada de dos pisos, justo frente al Balcón, en la calle Mulay Ismail, estaba malherida, como el resto de los viejos edificios de la ciudad. Tenía varias cicatrices y parecía desangrarse. Me acerqué con la incertidumbre de saber si sus moradores me permitirían entrar en ella. Lo ansiaba y lo temía. Creía recordarla hasta en sus últimos detalles y venía dispuesto a comprobarlo.

Subí la escalera con lentitud. Todo se había hecho más pequeño, más accesible. Olía a especias y a carne de cordero. Me detuve en el rellano, frente a la puerta, frente a la misma puerta marrón. Me agarrotaba una especie de miedo absurdo, de temor indescifrable a algo borroso, pero mi mano derecha golpeó con los nudillos hasta que, desde del fondo del interior, alguien respondió con sílabas ininteligibles.

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

La hoja se abrió con timidez, apenas lo justo para permitir que el rostro de una mujer mayor, arrugado y pintado con henna, me estudiara con inquietud. Dijo algo en árabe. Como viera que no la entendía, acudió a su parco español, aunque finalmente me las ingenié para que entendiese que su casa fue mi casa y que le pedía permiso para entrar.

—Mi marido fuera. Sola…

Era una mujer a la antigua usanza, respetuosa con la costumbre y, por supuesto, vergonzosa, pese a la edad. Asentí, comprensivo. La mujer debió de ver mi desilusión en la forma en que bajé la cabeza o en cómo entorné los ojos, decepcionado y frustrado, y, sólo entonces, se atrevió a abrir la puerta del todo.

Assalam âleykum —dijo—. Sólo un momento, por favor —añadió enseguida, como para que supiese que era un gesto de cortesía extraordinario por su parte. Seguramente no quería que me demorase por si llegaba su marido.

Recobré el ánimo y le agradecí su amabilidad inclinando la cabeza. Pareció satisfecha, y me dejó entrar.

Balcón Atlántico de Larache - Sergio Barce y Antonio Abad

Balcón Atlántico de Larache – Sergio Barce y Antonio Abad

De la misma manera en que recuperé el ánimo, lo perdí al instante. Ya en el interior, no reconocí nada de aquel desolado páramo. Sus dueños estaban en obras, reformaban el piso, y habían derribado todas sus paredes. El suelo estaba cubierto por completo de escombros. Una gran habitación deforme y en ruinas, era lo único que yo veía desde la entrada. La mujer atisbó de nuevo mi fracaso, aunque en esta ocasión comprendió que era tan abrumador que no podría consolarme. De manera que, educadamente, se alejó unos pasos de mí para dejarme a solas con aquella devastación demoledora.

Seguí un buen rato allí, muy quieto, en medio de la soledad de sus paredes abatidas, con los pies aplastando trozos inertes de ladrillos y de cemento seco. El aire, denso y ardiente, estaba emborronado con el polvo que aún seguía flotando sin acabar de posarse. Maldije la hora en que decidí buscar mi antigua casa.

Di un paso, torpe, muy corto, y me detuve. En ese instante, a mi derecha, vi a mi abuelo Manuel, el padre de mi padre, que salía de su habitación ajustándose primero la boina y, luego, sus gafas redondas de monturas de pasta marrón.

—Me voy al Central a echarme un cafelito.

Balcón - Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

Balcón – Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

De pronto comprendí que mis pies aplastaban parte de mi pasado, que los recuerdos de aquella casa yacían en el suelo, agonizantes. Pensé que, quizás, después de todo, llegar ese preciso día era un quiebro inteligente del destino. Estaba siendo testigo de los últimos estertores de ese ayer que moría ante mis ojos.

Di otro paso, y luego otro, caminando sobre esos trozos de recuerdos quebradizos, sobre pedazos llenos de esperanza, de sueños, de risas, de melancólicos latidos. Pisaba con cuidado, como si pudiera aplastar por descuido un beso de mi madre, una caricia de mi padre hecha en la espalda de su mujer, un abrazo escondido al abuelo Manuel. Todo eso quedaba recluido entre los ladrillos rotos, bajo los montones del arenoso cemento. Intuí que, no obstante, las voces, las palabras, los susurros, seguirían oyéndose en el eco imborrable de la memoria.

Sin las paredes de las habitaciones, el rectángulo escuálido de esa casa se me antojaba irreal, podía ser cualquier edificio de cualquier parte del mundo o bien un cuadro de naturaleza muerta. Di vueltas en redondo, aturdido, confuso. La mujer marroquí parecía haberse olvidado por completo de mi presencia y se esforzaba ahora por llenar un saco con los escombros.

En el Balcón... Sergio, Juan Carlos y Javier

En el Balcón… Sergio, Juan Carlos y Javier

Pero, de improviso, en medio de ese territorio yermo y hostil, reconocí mi hogar. Estaba allá, al fondo, encarcelado en el marco de una ventana solitaria. En sus fronteras limitadas, el verde esmeralda del mar. Sin duda, era la ventana del salón de mi casa, aquella ventana a la que nos asomábamos mi madre y yo cuando oíamos el silbido inconfundible de mi padre al regresar a última hora de la tarde o cuando aguardábamos con ansiedad la llegada del camarero que traía en una bandeja plateada la paella recién hecha en el Casino.

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Tropecé con un ladrillo, con un resto polvoriento de un pasado ya lejano, pero seguí avanzando atraído por la llamada ineludible de esa ventana. Estaba emocionado. Mi casa, toda ella, me esperaba en aquel reducido espacio, un espacio vacío con un paisaje a lo lejos. Pisaba, ya sin contemplaciones y sin complejos, todas y cada una de las vivencias de mis padres, de mi abuelo, las de mi infancia inolvidable, que habían quedado rezagadas allí mismo. Apenas me separaban de la ventana del salón dos o tres metros, pero en ese exiguo trayecto, tan intenso, tan increíble, comprendí que mi vida no podía entenderse sin el recuerdo permanente de aquellos días, que guardaba en mi interior más profundo sencillos e imborrables detalles: el olor de la almadraba, la algarabía que estallaba en la romería de la Patrona Lalla Menana, el fragor de las olas rompiendo contra las rocas del Balcón del Atlántico, la leyenda del Teatro España, la sensación del fango en mis pies cuando me adentraba en las aguas del Lucus, la Gaba, con el tumulto lejano de los jabalíes en estampida, la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central, la imagen del guerrab que se apostaba a la entrada de la calle Real ofreciendo su agua a los más sedientos, ese té con flor de azahar que tomábamos bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas, en el Jardín de las Hespérides. También comprendí que seguían vivos aquellos crepúsculos azafranados que contemplábamos embobados desde el Castillo de San Antonio, el eco del almuecín llamando a la oración o anunciando el inicio del ramadán, el bullicio de los estrechos pasajes de la Burraquía por los que correteaba con mis amigos, la música que escapaba por encima de los muros del Casino, las pantallas mágicas del Ideal, del Avenida y del Coliseo que me transportaron al viejo Oeste o a la legendaria Arabia. Me veía de nuevo subir la antigua calle Chinguiti, entrar en los jardines señoriales del Palacio de la Duquesa de Guisa, detenerme en el cafetín de la Estación de la Valenciana para tomar un café bajo las aspas gigantes y rancias de sus ventiladores agotados, saludar a Sor María que me vigilaba desde la ventana del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, volver a mi clase de los Maristas, pasar por el Colegio Luís Vives, llegar al Club Hípico y adentrarme por la arboleda del Vivero para tumbarme en medio de su silencio, sólo roto por el gorjeo de las tórtolas. Me daba cuenta así de que nunca llegué a alejarme del todo de las calles del barrio de Las Navas, que aún escuchaba el griterío de las gradas del Estadio de Santa Bárbara, que me veía correr una vez más por todas sus callejuelas con el ímpetu desbordado y la inconsciente alegría de la infancia.

Todo eso lo reviví en aquellos escasos minutos, unos minutos suspendidos en el vacío. Cuando logré llegar a la ventana, me detuve de nuevo, y me puse a tirar con insistencia del borde del vestido de mi madre hasta que ella me asió con fuerza de la cintura, me incorporó a la silla que tenía a su lado y, apretándome contra su pecho, nos quedamos en silencio mirando aquel horizonte verde esmeralda que se mecía allá abajo del acantilado, cadencioso, hipnótico.

Sergio Barce

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

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RECUERDOS DE LARACHE, POR CARLOS GALEA

Carlos Galea me ha ido enviando algunos escritos en los que hace pequeños retratos de sus años en Larache. Como son retazos cortos, pero intensos, me ha parecido bien agrupar dos de ellos y colgarlos en el blog como si fuesen fogonazos de la memoria. Seguramente muchos de los larachenses que pertenecen a su generación recuperarán también ciertas imágenes de entonces, y hasta les haga recuperar sus propios recuerdos. De nuevo Larache, sí, como algo inevitable que nos acompaña permanentemente, que nos visita a hurtadillas cada noche, como lo hace seguramente con Carlos.

Sergio Barce, abril 2013

Carlos Galea, Rosendo y las dos Africas, junto a otras chicas

Carlos Galea, Rosendo y las dos Africas, junto a otras chicas

 

LA ESCUELA FRANCESA

En el curso escolar siguiente a nuestra llegada de Francia, mi hermano Manolo y yo fuimos admitidos en la Escuela de la Misión Cultural de esta nación en Marruecos. Estaba ubicada en aquel entonces en una calle que bordeaba el Balcón del Atlántico, saliendo de la plaza de España. Años después la trasladaron a un hermoso chalet situado en la avenida del “Generalísimo”, frente al Palacio del Raisuni, Bajá de la ciudad.

Era bastante difícil ingresar en ella, pero mi madre lo consiguió porque el director, “Monsieur” Louis Albisson, fue muy sensible a la situación política y económica de nuestra familia. Sigue leyendo

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LOS DEL GUEBIBAT – Un relato de AHMED CHOUIRDI sobre el Barrio El Guebibat de LARACHE

He de confesar que, tanto Ahmed Chouirdi como Driss Sahraoui, se han convertido en un verdadero hallazgo, de pronto contamos con dos narradores excepcionales sobre el Larache de los últimos casi sesenta años, y eso, además de una suerte es un lujo para nosotros, especialmente para mí al contar con ellos ya como colaboradores habituales del blog.

Hoy toca otro de Chouirdi. Si <Ain Chakka> me pareció bueno, su elaborado relato del Barrio de El Guebibat, muy atinadamente titulado <Los del Guebibat>, me parece excepcional. Y digo que excepcional por la manera en que relata y por el rico entramado que cose entre los recuerdos de calles, familias y personajes, y, además, todo sazonado por esa pátina de respeto, añoranza y nostalgia por esa convivencia entre las tres culturas que en Larache fue tan especial.

Llamo la atención sobre las anécdotas de los personajes cuando eran niños, de esos otros que aparecen mientras los recitadores regalan sus cuentos a voz en grito –no tienen precio los retratos humanos que Chouirdi hace de quienes actuaban en el Zoco Chico-, ni tampoco otros detalles aparentemente menores que, a los que somos de allí, nos hacen revivir y recordar nuestra infancia, seamos de la generación que seamos, porque todo se repite cíclicamente en el tiempo en las calles de Larache…

No sé por qué hago una introducción tan extensa cuando lo que de veras merece la pena ser leído es lo que viene a continuación… Que disfrutéis con los del Guebibat…

Sergio Barce, noviembre 2012

Ahmed Chouirdi

Ahmed Chouirdi

LOS DEL GUEBIBAT

por Ahmed Chouirdi

El famoso barrio Lagbibat llevaba a lo largo del tiempo otros dos nombres: Calle Hospital, debido a su proximidad al antiguo hospital civil y Calle Gran Vizir Sidi Ahmed Ganmia, en relación con el segundo Gran Vizir (como Primer Ministro actual) del khalifa Moulay el Hassan Ben Mehdi, representante del Sultán en el Norte de Marruecos y que siguió al primer Gran Vizir Mohammed Ben Azouz en el año 1931.

El Guebibat comienza a partir de la puerta que lleva el mismo nombre, donde se conecta con el Zoco Chico y desciende hasta Sigue leyendo

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LA BAHÍA DE LARACHE un relato de CARLOS GALEA

Carlos me remite este escrito titulado LA BAHÍA DE LARACHE, con el que pacientemente describe toba la bahía de la ciudad desde Punta Negra hasta la Punta de la Cárcel. Es un recorrido tomado desde el ayer, desde el tiempo en el que Carlos vivía aún en Larache, por eso, algunos detalles ya no son como fueron pero, obviamente, ahí reside el valor de su relato, en que los detalles siguen vivos, en que aquel Larache romántico y embaucador no ha desaparecido, sigue sobreviviendo en la memoria. Es un recorrido plácido, pausado, relajante, y por esa razón recomiendo arrellanarse, no mirar el reloj y leerlo como si se saboreara un manjar exquisito.

Sergio Barce, noviembre 2012

LA BAHÍA DE LARACHE

Al sur de la costa de Larache se encuentra la Punta de la Cárcel, y al lado opuesto Punta Negra. Al oeste, el mar con sus maravillosos crepúsculos en los que el sol se hunde lentamente en el horizonte, pareciendo en los últimos instantes un barco de fuego, adornado de nubes teñidas de rosa por su luz moribunda, formando el conjunto un cuadro maravilloso, inolvidable.

La Punta de la Cárcel debe su nombre a Sigue leyendo

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF – Semblanza de Larache III – IV

Esta es la continuación de los escritos que, durante 2007, Sara Fereres escribió  sobre Larache y que tituló como <Semblanza de Larache>. Hoy traigo los siguientes (II y III) y que las dirigía especialmente a quienes no conocían la ciudad. Son como una sencilla pero detallada postal de presentación.

Sergio Barce, julio 2012

Sara Fereres con su nieta Rebeca

Semblanza de Larache III

Cuando llegaron los españoles a Marruecos y se instalaron en Larache, muchos de los antiguos habitantes de la zona portuaria, el Pueblo, se dedicaron a construir viviendas y edificios en la parte sur de la ciudad, convertida  a través del tiempo en el núcleo moderno. Los españoles construyeron una larguísima avenida frente al castillo portugués, donde funcionaba la Comandancia Militar hispana, al pie de la cual se extendía el precioso “Jardín de las Hespérides” donde, casi todos los infantes de la ciudad se reunían para disfrutar con sus carreras y juegos, sin peligro alguno. En poco tiempo nuestra amada ciudad fue llenándose con todo tipo de almacenes comerciales y otros  negocios.

TEATRO ESPAÑA

Según parece, el “Teatro España” fue el primer lugar de esparcimiento para todos los larachenses. Con la aparición del cine, ahí se estrenaron las primeras  películas que llegaron a la ciudad. En Larache tuvimos restaurantes, bares, pastelerías, cafés, librerías y papelerías además de toda clase de comercios de ropa, tejidos, zapaterías y hasta clubes. En realidad en mi pequeño terruño gozamos de todo tipo de facilidades para disfrutar de  la vida a plenitud. Como es natural tampoco faltaron los hoteles entre los cuales el mejor sin duda alguna fue el “Hotel España”. Existían otros menos “elegantes” además de alguna que otra modesta posada. Todavía existe el mercado popular  llamado “Zoco Chico”, famoso por la variedad de productos que ahí se expenden. En 1985 estuvimos en Larache mi hijo Alberto, mi finado esposo y yo e intentamos visitarle, pero estaban remodelándole, así que fue imposible poder hacerlo.

Zoco Chico

Fueron numerosos los lugares de esparcimiento que existían en la Larache de mis amores. No podemos olvidar el incomparable “Balcón del Atlántico”, frente al espigón. Tampoco la preciosa Plaza de España, ni nuestro delicioso paseo bajo Los Arcos, abarrotado de tiendas. La inolvidable Ghaba, ese bosque de encinas y alcornoques que bordea la carretera que conduce a la vecina ciudad de Alcazarquivir fue siempre nuestro paseo de los fines de semana. Llegábamos caminando o en bicicleta. Nuestro equipo  futbolístico, el “Larache” (ache, ache, ache, los de Larache estamos aquí)…, instalado, cerca de la Ghaba recibía a sus competidores en su famoso, para nosotros, “Campo de fútbol Santa Bárbara”, el cual muchísimas veces fungió, como pista de carreras  e igualmente fue utilizado para otros eventos  atléticos. El mayor acontecimiento fue cuando se convirtió nada menos que… ¡En una plaza de toros! Pues sí, así sucedió durante la celebración de una de las “Fiestas del Balón”. Nuestro inolvidable promotor, el  Ing. M. Jaquotot, fue la persona que se ocupó de realizar tamaño evento. Tuvimos el inmenso placer de ver a Don Álvaro Domecq rejonear en nuestra modesta e improvisada plaza. Son recuerdos de una época feliz, y supongo que fue muy grata para todos los habitantes de la ciudad.

Larache nunca  alcanzó demasiada prosperidad, ni siquiera en sus mejores tiempos. Había indigentes en cantidad,  como en la mayoría de las ciudades de Marruecos Español. La Zona Francesa fue mucho más próspera. Entre los hebreos de toda la Zona Española existían, en cada ciudad, sendas entidades benéficas sostenidas por sus miembros. Estas se dedicaban a asistir a las familias que carecían de los medios necesarios para subsistir. Las sociedades benéficas judías se ocupaban de proveer a las personas necesitadas de alimentación y vestido durante todo el año. Muchas personas conocerán cómo actúa la tradicional solidaridad hebrea, para atender a sus hermanos menos afortunados. Los españoles también se ocupaban de una pequeña población necesitada, sobre todo durante la Guerra Civil y en años sucesivos cuando Europa se hallaba inmersa en su propia conflagración. Aún hoy recuerdo  la sociedad bautizada como “Auxilio Social”. Su sede ocupaba un amplio local situado a poca distancia de la coquetona Iglesia Católica. Se trataba de un salón comedor donde, numerosas damas de la comunidad católica adscritas a la “Falange Española”, se ocupaban de servir almuerzos a las criaturas que acudían al comedor popular. Fue una labor digna de encomio porque también ellos, los españoles, sufrieron carencias debido a la falta de  insumos alimenticios durante aquella época de posguerra española y de guerra mundial.

Bien, por hoy… ¡Se acabó! Me canso cuando permanezco sentada un largo rato. Como les prometí, ya aparecerá otro articulito acerca de Larache. Me despido y (en ´haquetía),  pa´ que no bos guahsheís de lo muestro. Los cuentezitos los desharé pa´mañana… ¡Si tengo y játar, ma sino, cuando cueda! Prometido. Cariños  As´slam´alicum.

Zahrita la Queshadora. Caracas Noviembre 2007.  – Sara Fereres de Moryoussef

Sara Fereres con su hija Raquel Fhima y su nieta

Semblanza de Larache IV

Hoy comenzaremos con un boccata di Cardenale, nuestro inolvidable Balcón del Atlántico. Como sabe la mayoría de los Larachenses, de ese lugar tan particular emanaba tal encanto que es posible asegurar que, hasta el día de hoy, nadie ha podido olvidarlo. Durante los días de asueto, el Balcón fue el lugar preferido para pasear en compañía de  amigos y amigas. Al irrumpir frente al mar, la visión del paisaje era… ¡Espectacular! Una larga y blanca balaustrada de hormigón, fraguada en un estilo muy particular, era lo primero que aparecía ante nuestros maravillados ojos. Un barandal largo, con más de cien metros, aunque no recuerdo si era más, o, menos, pues el tiempo transcurrido desde entonces ha borrado de mis recuerdos  la exactitud de las distancias. Esta balaustrada estaba conformada por una serie de arquitos diseñados según el estilo arquitectónico marroquí, la cual se hallaba suspendida al borde del acantilado, y abajo, muy al fondo del precipicio, podíamos admirar unas  enormes rocas negras bañadas incesantemente por la fuertes y enormes olas del Océano Atlántico. Rompían con tal furia que a pesar de la distancia nos salpicaban. El mar, de color azul intenso, infundía en el espectador tal sensación de furia en su incomparable infinitud, que casi siempre le obligaba a echarse para atrás, para evitar el  remojón. Durante los meses invernales aquel oleaje estruendoso y aterrador del mar, casi negro pero increíblemente hermoso en su furor, quedó grabado, indeleblemente, en el recuerdo. Lo mismo en invierno que en verano, el Balcón fue el paseo imprescindible de los Larachenses. Al acercarnos fijábamos la vista  hacia el horizonte, y esto era algo realmente espectacular. Generalmente el extenso mar se veía tan tranquilo como un infinito lago. Sólo el espigón o rompeolas cortaba la inmensidad acuosa.

Balcón Atlántico (imagen tomada del blog de Houssam Kelai)

Describir el ocaso es como desgranar un poema. Durante los días claros, en cualquier estación del año, nos apoyábamos sobre esa barandilla de cemento para ver como, lentamente y con fruición, el mar se “comía” al Sol. El esplendor de los colores del atardecer inundaba nuestros ojos, dejando, un recuerdo indeleble en nuestra mente. Las aceras eran amplias, como todas las de Larache. Se hallaban decoradas con macizos de flores rojas, amarillas y blancas, emergiendo entre el verdor de las hojas que las arropaban. En el centro del paseo había una especie de templete, ligeramente elevado. Este sostenía, con espigadas columnatas de madera, un techo elaborado con el mismo material. Dicho templete lo usaba una orquesta durante los Domingos, siempre que hiciera buen tiempo para deleitarnos con su música.

Hospital Militar – Castillo de San Antonio

Cerca del Balcón se hallaba en un extremo el Hospital Militar, y, casi opuesto a él, aparecía el mercado central, es decir, “La Plaza”. Les prometo describirla  en la próxima entrega, D.M. ¡Vale la pena! Frente al Balcón,  al atravesar la carretera, podíamos ver una serie de pequeños “Chalets”, muy coquetones, y por supuesto, todos estaban habitados.

Hasta la próxima. Cariñosos abrazos y besos para todos, “paisanos” y simpatizantes. Espero poder seguir complaciéndoos con la descripción de mi amada ciudad, Larache.

Sanos y wuenos que´stís, amén.  – Sara Fereres de Moryoussef.   Caracas Diciembre. 2007.  

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