NIEVES, JOANA Y «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS»

Cuando los lectores me escriben, robando tiempo a su tiempo para hacerlo, confiándome que se han visto seducidos por los cuentos de mi libro El mirador de los perezosos, no se puede uno sentir mejor. Es como caminar por una nube por unos minutos.

Hay dos comentarios preciosos escritos por Nieves Martínez y Joana Márquez, lectoras fieles de mis libros, y a las que tengo un enorme cariño, que han coincidido en repasar algunos de los relatos con las sensaciones que han experimentado al leerlos. Compruebo que las dos se han sentido muy identificadas y muy emocionadas. Para mí eso significa haber alcanzado un bello objetivo. Transcribo parte de lo que han descrito, porque merecen que lo comparta.  

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                                  NIEVES MARTÍNEZ

En mi último viaje a Marruecos, Tánger me enamoró, mucho más que otras veces. Así que, no pudiendo estar allí, pensé que <El Mirador de los Perezosos> sería una buena lectura para recrear sus calles y su ambiente. Pero no, no es solo un paseo por Tánger, es un paseo por los sentimientos.

Desde la ternura, que es mi ternura, de <Cabo Malabata>; el dolor de <Avenue Josafat>; la intensidad de los personajes de <Hafa>; hasta el <Mirador de los Perezosos>, donde reconoces a Abdelkrim en tantas caras, y la <Calle Siaghins>, la mejor calle del mundo por todo el amor que encierra. Cada Boulevard, cada Avenue, es un recorrido por el sentir de alguno de nosotros. Sin duda, yo deambulo por <Boulevard Pasteur>, porque tampoco me explico de dónde sale tanta gente a la hora del paseo, y porque me gusta tomarme un té viendo ese ir y venir; porque me encantan los bocadillos a los que ya no les cabe más; porque también maldigo a los politicuchos que me echaron de mi tierra; porque volver me hace feliz y me llena de nostalgia. Porque <cada estancia en Marruecos nos revitaliza el alma>

En estos relatos Sergio Barce vuelve a tocarnos el corazón con su sensibilidad al abordar temas y personajes con gran carga emocional. Nieves Martínez

Joana, por su parte, entre otras cosas, dice:

«…te doy las gracias por esta invitación a Tánger. He volado a ratos desde el viernes hasta hoy sumergiéndome en las hermosas historias que cuentas… Acaricio la portada, todo el libro…

<9 de abril>: Más que escribir has pintado esta historia de forma tan suave y delicada que me parecía sentir los trazos y formas que iban coloreando el lienzo. Una obra de arte digna de admiración ha sido el resultado…<Boulevard Pasteur>: Con las últimas líneas lloro y acuden a mí, irremediablemente, recuerdos de ese Tánger donde también pasábamos los veranos…<Avenue Josafat>: También acabo emocionada. Cuántos momentos comparables hemos vivido en mi familia. El desgarro que sentimos al dejar Marruecos. Y tu manera de contarlo es percibir de nuevo aquella avalancha de tristeza dentro de mí… <Cabo Malabata>: Te has mezclado con ellas, con las Tres Mujeres en el Cabo Malabata, pero sobre todo las has escuchado. Algo tan importante en la vida, saber escuchar a los demás. Escuchar a nuestros mayores, que son sabios. Has insuflado vida a la quietud y belleza de esa pintura, me has acercado tanto a ese significado que le das que también yo quisiera encontrar otra vieja silla oxidada donde esperar esas historias que vendrán. He sentido que traspasaba sigilosamente esa tela para, en el más absoluto silencio, escuchar, escuchar. <Hafa>: Muy real. Algún caso parecido conozco. Una familia unida con unos padres maravillosos, unos hijos ejemplares y la abuelita Latifa -entrañable-, pero siempre hay una sombra que oscurece la felicidad de esta familia. (…) El precioso detalle en estas páginas es la amiga hebrea, Raquel, y sus diálogos con Latifa en haquetía. <Hotel Rembrandt>: ¡Qué imaginación! ¿Te surgió este relato a raíz del problema que tuviste a causa del estrés? Porque para haber olvidado su personalidad, el personaje de Delio Blázquez nos regala unas páginas perfectas. <Dar Niaba>: Larga espera, luego el gozo (que tan bien describes y nos haces sentir en propia piel -siempre-) para, finalmente, olvidar los doscientos treinta y ocho pasos. <Beit Hahayim>: Seguirás regresando toda la vida, Sergio, porque perteneces a aquella Tierra y Marruecos te reclamará siempre. Encantador recorrido por Tánger y aún más encantador cómo lo describes. <El mirador de los perezosos>: Qué triste vida la de Abdelkrim y a la vez qué hermosa locura le trae su bella Ghizlane. Tu relato es intenso, triste, pero también lo dotas de pasión, caricias y ternura que le devuelven la juventud a quien tuvo una difícil infancia que le marcó para siempre. <Calle Siaghins>: Relato muy gatuno. Una dulce y sentimental historia con ese toque de humor que nos trae en las últimas páginas Omayma.

Son algunas de mis impresiones al cerrar El mirador de los perezosos. Me ha sabido a poco… Joana Márquez«

 

 

CON JOANA MÁRQUEZ
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«INFIERNO Y PARAÍSO DE LAS ISLAS», UN LIBRO DE MIGUEL ÁNGEL MORETA-LARA

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                                                                                 MARÍA OSTEN

“Otra mujer fascinante fue la escritora alemana María Osten (María Gresshöner, 1918-1942), perteneciente a la generación literaria de Joseph Roth y Anna Seghers. Estuvo en España junto a su compañero Mijaíl Kolstov (1898-1940), corresponsal de Pravda y agente de Stalin en España. María Osten también publicaría en la revista republicana El Mono Azul (dirigida por María Teresa León y Rafael Alberti) un reportaje titulado <Niños españoles> (16 de octubre de 1936). Cuando fueron llamados a Moscú, aunque María fue aconsejada por sus amigos Malraux y Koestler sobre la conveniencia de no regresar a la URSS, fueron ejecutados.

María Osten había sido amante, durante algún tiempo, del dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956), con el que se carteó hasta el final. Quizá fuese ella la que suministrara noticias sobre la entrada de las tropas franquistas en Málaga, en febrero de 1937, y el genocidio de la carretera de Málaga a Almería, por donde huía la población civil masacrada por la aviación y el cañonero del ejército golpista. Este trágico suceso es conocido como la Desbandá. Brecht estrenó en París el 16 de octubre de 1937 la obra Los fusiles de la señora Carrar, donde recogía este episodio. Ahora ya sabemos que Brecht contó con colaboradoras en la escritura de su teatro y de su poesía: siempre dijo que escribía por amor (más bien al amor de la pluma de esas mujeres, aunque luego firmara las obras como propias). Muchas -quizá todas- se deben exclusiva o parcialmente a sus amantes secretarias.

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                                                                           MARGERETE STEFFIN

Precisamente es el caso del drama Los fusiles de la señora Carrar, escrito en colaboración con otra mujer de grandísimo interés, la escritora, actriz y traductora (inglés, francés, ruso, sueco, danés…) Margarete Steffin (1908-1941) que murió de tuberculosis en Moscú, en tanto Brecht sería muy probablemente liquidado por la Stasi de Berlín Este mucho más tarde (según algunas versiones). Brecht supo tener siempre a su alrededor a una mujer muy apañada, diestra y generosa con la máquina de escribir, como otros intelectuales y escritores: Gregorio Martínez Sierra tuvo a María de la O Lejárraga, Juan Ramón Jiménez a Zenobia Camprubí, Mijaíl Bulgakov a Yelena Shilovskaia, Robert Capa a Gerda Taro…

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                                                                  MARGERETE BUBER-NEUMANN

Esta Margarete, que no llegó a estar en España (sino a través del drama referido), me lleva a otra: Margarete Buber-Neumann (1901-1989) que, casada con el comunista alemán Heinz Neumann, recaló por un tiempo en la España de la Guerra Civil. Cuando regresaron a la URSS, su marido fue ejecutado, pero con ella rizaron el rizo: condenada en un campo de concentración fue entregada posteriormente a la Gestapo, que la confinó en el campo de Ravensbrück. Allí amistó con otra mujeraza, la periodista y traductora checa Milena Jesenská (1896-1944), conocida por la relación epistolar que mantuvo con su paisano Franz Kafka. Milena no llegó a sobrevivir, pero Margarete, que contó su peripecia en Prisionera de Hitler y Stalin, le dedicó una biografía (Milena)…”

Este interesantísimo fragmento es solo una guinda de un sabroso pastel titulado Infierno y paraíso de las islas (El Desvelo Ediciones) de Miguel Ángel Moreta-Lara, libro al que ya me refería en un anterior post mientras lo leía. Y es que, una vez finalizada su lectura, uno es consciente de que se ha sumergido en un texto realmente fascinante.

Como los párrafos anteriores, hay en este volumen capítulos que me han desvelado decenas de secretos y de historias de las que, hasta ahora, era un absoluto ignorante.

Miguel Ángel abre el libro hablando de la escritora Judith Schalansky, nacida en 1980, y autora de Atlas de islas remotas: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, y ya, con esta entrada uno se da cuenta de inmediato de que el libro va a ser un viaje fascinante. Primer libro que anoto para comprar, seducido por lo que Moreta-Lara cuenta de él. Pero, a medida qua avanzo en la lectura, anoto otro título para buscarlo, y luego otro, y otro más… Entonces me doy cuenta de que Miguel Ángel me está enredando con esos títulos que ha ido sacando de un baúl sin fondo, pero mágico. Junto a los libros, sus autores, en especial escritoras que han quedado, en muchos casos, en el olvido, pero con vidas tan interesantes que me quedo con ganas de saber más. Y me pregunto, leyendo lo que he leído gracias a Miguel Ángel, cómo es posible que yo no hubiera hallado antes tanta belleza.

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                                                                    ISABEL OYARZÁBAL SMITH

Esos libros sobre islas y esos otros sobre barcos, esos autores malditos y no tan malditos, pero atrapados en sus mundos mágicos, la historia de tantos desarraigados y de tanto exiliado español (un tema al que Miguel Ángel le ha dedicado ya anteriores textos). Si hubiera que elegir de toda esta galería, me quedo con los capítulos que centra en los piratas, “Las locas de Lydie Salvayre” (ya he recibido el primero de los libros que me he visto en la necesidad de comprar: Siete mujeres), el dedicado a la increíble malagueña Isabel Oyarzábal o las páginas sobre Carmen de Burgos Colombine… Y también lo que cuanta sobre Malcolm Lowry y sobre Olivia Laing… En realidad, no sé, creo que me quedo con todo el libro.

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                                                              CARMEN DE BURGOS «COLOMBINE»

El final es muy curioso. Se cierra con el capítulo “Todos los coños el coño: un apunte de coñosofía ilustrada”. Y confieso que me he quedado ”encoñado”.

Pero también es un precioso homenaje a esas mujeres que crearon y lucharon pese a las circunstancias, que supieron vencer a una sociedad patriarcal y machista, a regímenes autoritarios, a hombres que las trataban de marginar… Y Moreta-Lara las recupera para nuestro disfrute y gozo.

Sergio Barce, octubre 2022

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UNA «LECTURA TANGERINA», DE ALBERTO GÓMEZ FONT, DE MI LIBRO «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS»

Comparto este comentario tan reconfortante de Alberto Gómez Font (filólogo, lingüista, profesor, corrector, que fue director del Instituto Cervantes de Rabat…) sobre mi libro El mirador de los perezosos, que me ha alegrado el día. Mientras leía el libro, Alberto me iba dejando audios en mi móvil que, lo confieso, comenzaron a ser adictivos. Que alguien te vaya «retransmitiendo» relato a relato sus impresiones, casi en directo, y que palpes en sus palabras que los está disfrutando, confieso que alimenta el ego y te anima a seguir escribiendo. También me hizo dos o tres apreciaciones que le agradezco y que me servirán para agregarlas en la segunda edición, que ya apunta en el horizonte. Sergio Barce, 20 de octubre de 2022.

LECTURAS TANGERINAS

Quienes me conocen y saben de mis costumbres no se extrañarán de que siga con mi afición a leer libros relacionados con mi querida Tánger: obras —de ensayo  y de historia— sobre esa ciudad, novelas o colecciones de relatos que trascurren en ella, y obras escritas por autoras o autores tangerinos. 

Así, la segunda parte más importante de mi biblioteca (justo por detrás de la dedicada a los libros sobre el uso y la norma de la lengua española), es la de mi colección de libros, revistas, folletos, revistas y artículos de Tánger y sobre Tánger, en la que ya hay más de 600 títulos en cuatro lenguas: español, francés, inglés e italiano. 

Y cada vez que llega un nuevo libro a esos anaqueles es fiesta en mi corazón, más aún si lo escribió un buen amigo con el que comparto mi amor por Tánger, como es el caso de la colección de relatos que les muestro hoy, escritos por Sergio Barce, autor de otras obras tangerinas que también les recomiendo. 

Es uno de esos libros que no pueden soltarse hasta llegar a la última página, y nos divierte, a los que sabemos de quiénes habla, la cantidad de personajes reales —amigas y amigos del autor y de este lector— que salen en las historias, entre ellos un tal Alberto Gómez Font… 

En «El mirador de los perezosos» Sergio Barce hace convivir relatos de ficción con otros autobiográficos, crónicas de sus paseos por Tánger, y el resultado es un equlibrado y delicioso cóctel tangerino. Un libro bonito, muy bien escrito, que destila amor por Tánger. 

Y no solo es un libro bonito por lo que el autor nos cuenta, sino que también los es por su mimada edición, con tapas duras —algo ya poco habitual—, con una fina maquetación —caja, interlineado, márgenes— y con un tamaño de letra que permite una cómoda lectura. 

Alberto Gómez Font  

 
SERGIO BARCE Y ALBERTO GOMEZ FONT
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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS» EN LA FERIA DEL LIBRO DE TORREMOLINOS

El pasado 7 de octubre, presentamos mi libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal) en la Feria del Libro de Torremolinos, a la que acudí invitado por Manuel García Iborra, al que agradezco la atención que me prestó en todo momento. La presentación corrió a cargo de mi amigo Jesús Ortega, con el que comparto, además de la profesión de abogado, la afición al cine y a la literatura, que nos resultan más gratificantes. Jesús es también un lector casi compulsivo, con el añadido de que se acuerda de todo lo que lee, algo que envidio de forma malsana, amante del jazz y poseedor de un agudo humor negro, razón por la que quizá es un profundo especialista en Kafka y en todo lo que se publica clandestinamente (si hay un libro por descubrir, él ya lo ha leído). Estuvimos muy bien acompañados por un nutrido grupo de asistentes y, para mi sorpresa, en la firma posterior se vendieron todos los ejemplares del libro. De manera que, entre la amena presentación de Jesús Ortega, nada kafkiana por cierto, el diálogo que mantuvimos a continuación y las ventas, todo salió a la perfección.

Os dejo una parte de lo que Jesús expuso sobre El mirador de los perezosos y algunas imágenes del evento.

  <Sergio Barce comienza a tener ya una obra considerable, en continuo incremento sobre todo en los últimos años, en la última década. Esa gran actividad es síntoma de que probablemente escribe con placer y de que se encuentra a gusto con la voz que va formando. Pero nos encontramos ya con una obra considerable y hay que ordenarla.

Tenemos por un lado las novelas y por otro los libros de relatos o de crónicas. Todos hablan de Marruecos, incluso cuando parece que hablan de Marruecos. Y entre las novelas, tenemos unas de género negro o policiaco (Malabata, La Emperatriz de Tánger) frente a otras de corte más intimista (Una sirena se ahogó en Larache, Sombras en Sepia o El Libro de la Palabras Robadas). En el otro bando, diríamos, nos encontramos con relatos más cortos, que a veces, y con independencia de su extensión, funcionan como pequeñas novelas, y otras más bien como crónicas (Ultimas noticias de Larache, Paseando por el Zoco Chico).

Entre estos últimos se sitúa Una Puerta Pintada de Azul, que para mí fue el mejor de sus libros en el momento en el que salió, y del que El Mirador de los Perezosos se diría que es primo hermano, pero sin que, al mismo tiempo, sea en absoluto una imitación o una segunda parte.

Ambos libros versan sobre una ciudad: Una Puerta Pintada de Azul sobre Larache y El Mirador de los Perezosos sobre Tánger. Ambos están conformados por relatos. Pero mientras que en Una Puerta Pintada de Azul primaba la ficción (desde el punto de vista estructural), en El Mirador de los Perezosos prima la crónica, la crónica literaria, que parte de los hechos reales como material. Todo relato debe contener siempre una verdad, pero en el relato-crónica la verdad se nos pone directamente por delante. Sergio se utiliza a sí mismo como personaje y nos cuenta cosas que, aparentemente, le han sucedido.

En los últimos años se habla bastante de autoficción, sobre todo desde el éxito de ventas de Karl Ove Knausgaard, y su obra en seis tomos llamada Mi Lucha. El género, o más bien la etiqueta, ha sido ensalzada y denostada por igual, como si fuese algo nuevo. Pero no es algo nuevo. Ha existido siempre, solo que antes no se le ponía ninguna marca ni vendía como tal producto. ¿No eran autoficción, por poner algunos ejemplos, escritores como: Jack Kerouac, Charles Bukowski, Osamu Dazai, Serguei Dovlatov o Annie Ernaux?

Lo que sucede es que algunos escritores prefieren comenzar con un material inicialmente inventado (al que luego agregan con disimulo estratos ya menos inventados), mientras que otros se sienten más cómodos partiendo de su propia vida (aunque luego agreguen, también con disimulo, inventos de todo tipo). Al final da lo mismo. Solo hay dos tipos de libros, como le respondió Oscar Wilde al Fiscal en uno de sus juicios: los buenos y los malos. (Y, aunque brillante como siempre, fue injusto aquí Wilde, porque también están los libros mediopensionistas, que casi siempre dan pequeñas alegrías.) Y todo esto por no hablar además del comportamiento del cerebro humano, que parece ser que trabaja en general como si elaborase ficciones, descartando, aumentando y editando los hechos.

Dicho lo cuál: los textos que más me gustan de El Mirador de los Perezosos son justamente los que hablan del propio Barce. Me dan una mayor impresión de fluidez. Todos los relatos de El Mirador de los Perezosos tienen lugar en Tánger.

Tánger es una ciudad que de inmediato se asocia a la literatura. Por allí han viajado, vivido, escrito, o simplemente han ido de visita o de juerga, innumerables autores: A. Dumas (que estuvo dos días, pero dejó una crónica), M. Twain (que estuvo solo unas horas, el 1 de julio de 1867, viajando desde Gibraltar, y que también dejó una crónica para su periódico), Roberto Arlt (que viajó por el norte de África escribiendo artículos periodísticos, y de quien se editó póstumamente la colección llamada Aguafuertes Marroquíes), Gertrud Stein (inmortalizada en España por Mecano ―una rosa es una rosa es una rosa― y que, entre otros hábitos peculiares, tenía el de mandar a la gente a vivir a Tánger; mandó a Matisse y también al más famoso de los extranjeros residentes en Tánger), A.B. Toklas, Paul Bowles (enviado también por consejo de G. Stein cuando era un joven músico; le hizo caso), Jane Bowles, Truman Capote, Tennessee Williams, Jack Kerouac, G. Corso, A. Ginsberg, Burroughs (escribió su libro más conocido en Tánger), André Gide, Jean Genet, Ángel Vázquez, Ramón Buenaventura, Juan Goytisolo, Carmen Laforet, Mohamed Chukri, Mohamed Mrabet… Por no hablar de otros muchos autores actuales que escriben igualmente sobre Tánger, porque de algún modo se han puesto de moda las historias sobre el Tánger colonial.

Aunque quizás no tantos hayan hablado del Tánger real (y sin que ello sea obligatorio, porque cada uno habla de lo que puede; de hecho, los anglosajones tienden a vivir en su versión propia de las ciudades extranjeras que habitan). Sergio sí que habla del Tánger real. Yo no conozco Tánger. He estado solo una vez físicamente (y puede que menos tiempo incluso que el mismísimo Mark Twain), pero he aprendido más leyendo el libro de Sergio que haciendo de visitante. (…)

(…) De la portada, ya les he dicho que sea trata de un cuadro de la pintora Consuelo Hernández. (…) Pero es que la edición es magnífica. La tipografía de portada es muy buena también y el conjunto da la impresión del gran libro que tenemos delante. La tipografía de interior es cómoda y es respetuosa con la presbicia. Les llamo la atención sobre las guardas, que son las páginas interiores que unen la portada con el resto del libro, que son también de un gran nivel de edición. En fin, y para que no nos llamemos a engaño: tienen ustedes delante el perfecto regalo para estas Navidades. 

                                                                                                                                                     Jesús Ortega>

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CINE EN BLANCO Y NEGRO (1965-2022)

Ver una película en blanco y negro es como entrar en otra dimensión. Para mí, que me he nutrido de películas clásicas de los años treinta, cuarenta y cincuenta, en cine clubs, en los programas de televisión dedicados al cine clásico y en cintas VHS, y ahora en alguna plataforma interesante, no es lo mismo el cine en color que en los tonos blancos, grises y negros, en los contrastes entre las sombras y las luces. En blanco y negro, el cine es más cine, es como si fuese el “verdadero cine”.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es el-buscavidas.jpg«El buscavias» (The hustler, 1961) de Robert Rossen

De 1960 a 1965, se ruedan, a mi entender, las últimas grandes obras en blanco y negro, realizadas por enormes realizadores: “Psicosis” (Psycho, 1960) de Hitchcock, “Al final de la escapada” (Á bout de souffle, 1960) de Godard, “Rocco y sus hermanos” (Rocco e i suoi fratelli, 1960) de Visconti, “El apartamento” (The apartment, 1960) de Wilder, “Dos mujeres” (La ciociara, 1960) de De Sica, “El manantial de la doncella” (Jungfrukällan, 1960) de Bergman, “Viridiana” (1961) de Buñuel, “El buscavidas” (The hustler, 1961) de Rossen, “El cochecito” (1961) de Ferreri, “Yojimbo” (1961) de Kurosawa, “Vidas rebeldes” (The misfits, 1961) de Huston, “La calumnia” (The children´s hour, 1961) de Wyler, “El año pasado en Marienbad” (L´année dernière à Marienbad, 1961) de Resnais, “El hombre que mató a Liberty Valance” (The man who shot Liberty Valance, 1962) de Ford, “La noche” (La notte, 1962) de Antonioni, “El proceso” (Le procés, 1962) de Orson Welles, “El hombre de Alcatraz” (Birdman of Alcatraz, 1962) de Frankenheimer, “Atraco a las tres” (1962) de Forqué, “Los valientes andan solos” (Lonely are the brave, 1962) de Miller, “La escapada” (Il sorpasso, 1962) de Risi, “Lolita” (1962) de Kubrick, “Jules et Jim” (1962) de Truffaut, “Matar a un ruiseñor” (To kill a mockingbird, 1962) de Mulligan, “El ángel exterminador” (1962) de Buñuel, “Ocho y medio” (8 ½, 1963) de Fellini, “Teléfono rojo” (Dr.Strangelove…, 1963) de Kubrick, “El verdugo” (1963) de Berlanga, “Amores con un extraño” (Love with the proper stranger, 1963) de Mulligan, “El mundo sigue” (1963) de Fernán Gómez, “El prestamista” (The pawnbroker, 1964) de Lumet, “Zorba, el griego” (Zorba the greek, 1964) de Cacoyannis, “Siempre estoy sola” (The pumpkin eater, 1964) de Clayton, “La noche de la iguana” (The night of the iguana, 1964) de Huston, “Gertrud” (1964) de Dreyer, “La caza” (1965) de Saura… Son solo una muestra de ese lento languidecer de este tipo de fotografía porque, como se ve en este listado, cada año hay menos películas en blanco y negro.

A partir del año 1965, no rodar en color se convierte en algo excepcional, porque el technicolor domina las pantallas de manera apabullante. Pero desde ese año, de manera esporádica y a “pizzicato”, surgen cintas que son más perfectas y hermosas por su fotografía en ese blanco y negro hipnótico. Los mejores directores que van surgiendo tras la desaparición paulatina de los grandes maestros, pese a la absurda resistencia de las productoras, logran filmar, aunque sea una vez, en blanco y negro, como una especie de reivindicación por el auténtico cine.

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«La batalla de Argel» (La battaglia di Argeli) de Gillo Pontecorvo

Así, desde ese ya lejano 1965, de Bogdanovich a Scorsese y de Allen a Fincher, todos tratan de captar esa magia en gris que a los amantes del cine nos ata a la butaca. No es una lista cerrada, como tampoco lo ha sido la anterior, pero creo recordar las más destacadas de las películas en blanco y negro que se han rodado desde entonces y, repasando los títulos, hay que reconocer que la mayoría de estas películas son muy buenas.

De 1966 son “La muerte de un burócrata” de Gutiérrez Alea; “La batalla de Argel” (La battaglia di Algeri) de Pontecorvo, que utiliza el blanco y negro como si el film fuese un documental, con resultados apabullantes; “Hambre” (Sult) de Henning Carlsen; “Al azar de Baltasar” (Au hasard Baltasar) de Bresson; “Persona” de Bergman, uno de los maestros que supo sacarle todo el partido al “color” grisáceo de nuestras vidas, y “Campanadas a medianoche” de Orson Welles, obra maestra que dirige el genio americano con producción española de Emiliano Piedra, con un blanco y negro muy de meseta castellana pese a la historia más shakesperiana que se ha rodado.

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 «Campanadas a medianoche» de Orson Welles

De este año 66, también son “¿Quién teme a Virginia Woolf?” (Who´s afraid of Virginia Woolf?) de Mike Nichols o “Plan diabólico” (Seconds) de Frankenheimer, dos fantásticas cintas con un uso acertado del blanco y negro para ambas historias, una sórdida y la otra kafkiana.

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   «A sangre fría» (In cold blood) de Richard Brooks

De 1967 son la excepcional “A sangre fría” (In cold blood) de Richard Brooks, que gracias a su fotografía recrea el libro de Truman Capote con sombras inquietantes y violentas, una obra maestra. También se rodaron entonces las cintas españolas “La piel quemada” de Josep Mª Forn y la inolvidable comedia “Un millón en la basura” de Forqué. De 1968, es la obra cumbre del cine de terror y de zombis: “La noche de los muertos vivientes” (The night of the living dead) de George A. Romero. También se rueda “Fando y Lys” de Jodorowsky.

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  “El pequeño salvaje” (L´enfant sauvage) de Truffaut

1970 da a luz otra obra maestra de Truffaut “El pequeño salvaje” (L´enfant sauvage) con una fotografía impresionante del español Néstor Almendros. Del año 1971 es “La salamandra” (La salamandre) de Alain Tanner, y esa joya titulada “La última sesión” (The last picture show) de Bogdanovich, que utiliza el blanco y negro para acentuar la vida monótona, triste y gris de un pequeño pueblo americano. Inolvidable.

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   “La última sesión” (The last picture show) de Peter Bogdanovich

En 1973 se estrena “Trabajo ocasional de una esclava” (Gelegenheitsarbeit einer sklavin) de Alexander Kluge, que se considera una de las cintas que abanderan el llamado nuevo cine alemán, y, en efecto, como veremos, influye en el uso del blanco y negro en numerosos realizadores, especialmente en Wim Wenders, que ya lo hace al año siguiente, 1974 con su “Alicia en las ciudades” (Alice in den städten). Wenders es uno de los realizadores que más rodará en blanco y negro, obteniendo imágenes que para un cinéfilo son imborrables. También ese año el cine cómico acude al blanco y negro con “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein) de Mel Brooks, y es un gran éxito.  1976 es el año de “En el curso del tiempo” (Im lauf der zeit) de Wenders, de nuevo rodando en blanco y negro; y de “El desencanto” de Jaime Chávarri. En 1977 aparece la extraña y extravagante “Cabeza borradora” (Eraserhead) de David Lynch, debut del maestro de lo inquietante, con un blanco y negro en nebulosa, como de pesadilla.

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          “Manhattan” de Woody Allen

Pero en 1979 se proyecta “Manhattan” de Woody Allen y la cinta nos enamoró. Es, quizá, una de las más bellas películas rodadas en blanco y negro. Allen quiso así no solo homenajear a su ciudad sino al cine clásico que tanto admira, y filmó Nueva York como nadie lo había hecho antes. También 1980 es un buen año para el cine en blanco y negro con esa maravilla que es “El hombre elefante” (The elephant man) de Lynch, y ese retrato crudo y sórdido de “Toro salvaje” (Raging bull) de Martin Scorsese. Del mismo año son “De la vida de las marionetas” (Aus dem leben der marionetten) de Bergman y “Stardust memories” de Woody Allen, una película fallida.

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 “El hombre elefante” (The elephant man) de David Lynch

En 1981 se rueda un film que es un divertido homenaje al cine negro clásico de Hollywood titulada “Cliente muerto, no paga” (Dead man don´t wear plaid) de Carl Reiner, con el insufrible Steve Martin que, sin embargo, aquí actúa aceptablemente. Rodarla en blanco y negro les permitió efectuar un llamativo montaje con escenas de películas de los años cuarenta y cincuenta junto a las rodadas con los actores del film. Y en 1982 se estrena “La ansiedad de Veronika Voss” (Die sehnsucht der Veronika Voss) de Fassbinder, otra de las obras fundamentales del nuevo cine alemán. Su fotografía es como un permanente grito. O así lo recuerdo.

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  “La ley de la calle” (Rumble fish) de Francis Ford Coppola

1983 también fue un buen año para las películas en blanco y negro con “Zelig” de Woody Allen, una de sus mejores cintas; “Vivamente en domingo” (Vivement dimanche!) de Truffaut y “La ley de la calle” (Rumble fish) de Coppola, otra cinta inolvidable. Tres películas que se alimentan con magníficas fotografías en blanco y negro que las hacen especiales.

Woody Allen suele aparecer en los mejores años para el cine rodado en esos tonos grises y en 1984 no podía fallar con otra de sus mejores creaciones: “Brodway Danny Rose”. De ese mismo año es la excelente “Extraños en el paraíso” (Strangers tan Paradise) de Jim Jarmusch o “Chico conoce chica” (Boy meets girl) de Leos Carax. En 1986 se rueda “Bajo el peso de la ley” (Down by law) de Jim Jarmusch, otro de los directores abonados al blanco y negro, que, como en su cinta anterior, supo sacarle todo el partido a esta fotografía. Y en 1987 aparece otra maravillosa cinta rodada por el imprevisible Wim Wenders: “El cielo sobre Berlín” (Der himmel über Berlin), quizá su mejor película. Es de ésas que se quedan grabadas en la memoria, con los dos ángeles que bajan a la Tierra, en concreto a Berlín, y deambulan por entre las almas grises de los personajes grises de esta historia gris.

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   “El cielo sobre Berlín” (Der himmel über Berlin) Wim Wenders

A partir de este año, se producen pocas cintas en blanco y negro. No recuerdo ninguna en 1987, y de 1988 es “Lluvia negra” (Kuroi ame) de Shóhei Imamura, también excelente película. La siguiente es de 1990, “Korczak” de Andrzj Wajda. Pero 1991 es el año de “Kafka” de Steven Soderbergh, cinta infravalorada, con una fotografía en blanco y negro excepcional del propio Soderbergh, y de la excelente “Europa” de Lars Von Trier. Al año siguiente, 1992, se alumbra la preciosa cinta “La vida de Bohemia” (La vie de bohème) de Aki Kaurismäki, así como “Sombras y niebla” (Shadows and fog), otra más de Woody Allen.

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 “La lista de Schindler” (Schindler´s list) de Steven Spielberg

1993 es el año de “La lista de Schindler” (Schindler´s list) de Steven Spielberg, que merece un comentario aparte. Siendo una superproducción, rodada por Spielberg, parecía un enorme riesgo rodarla en blanco y negro. Pero verla supuso reconocer la maestría de un director capaz de rodar lo que se propusiera. Renunciar al color supuso conseguir que la matanza en el ghetto de Varsovia fuera aún más realista, porque todos conservamos en la memoria las imágenes de una segunda guerra mundial en blanco y negro. Fue como ser testigos de la realidad, como estar presentes en la peor de las realidades.

Al año siguiente, 1994, se estrena un atractivo y original western en blanco y  negro, “Dead man” de Jim Jarmusch, y otra buena cinta como es “Ed Wood” de Tim Burton que, en color, no habría funcionado de la misma manera. También se rodó en 1994, “Clerks” de Kevin Smith. De 1995 es “El odio” (La Heine) de Matieu Kassovitz, impresionante película que te deja helado, y de “The addiction” de Abel Ferrara, “Lumiére y compañía” (Lumiére et compagnie) de varios directores, “En lo más crudo del crudo invierno” (In the bleak midwinter) de Kenneth Branagh y “Justino, un asesino de la tercera edad” de Santiago Aguilar & Luis Guridi. Al año siguiente, 1997, se proyectan “Kasaba” de Nuri B. Ceylan y “La lección de tango” (The tango lesson) de Sally Potter.

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  “Dead man” de Jim Jarmusch

1998 es otro gran año para el cine en blanco y negro con las excelentes “American history X” de Tony Kaye, la sorprendente “Pi” de Darren Aronovsky, “Following” de Christopher Nolan, la fallida “Celebrity” de Woody Allen y “The General” de John Boorman, que me parece una película injustamente olvidada. De 1999 son “Juha” de Aki Kaurismäki y “La chica del puente” (La fille sur le pont) de Patrice Leconte, y del año 2000 “You´re the one” de José Luis Garci y “Armonías de Werckmeister” (Werckmeister harmóniák) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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   “El hombre que nunca estuvo allí” (The man who wasn´t there) de Joel Coen

En 2001 se estrena “El hombre que nunca estuvo allí” (The man who wasn´t there) de Joel Coen, que es de esas cintas que ves con deleite. Nuevo homenaje al cine negro clásico hollywoodiense, pero con el toque de los hermanos Coen y una fotografía maravillosa. Nueva época de sequía para el cine en blanco y negro, salvo en 2003 con “Coffee & Cigarettes” de Jim Jarmusch y en 2004 con “Temporada de patos” de Fernando Eimbcke y “Aalta” de Benoït Delépine.

Hay que esperar a 2005 para que llegue otra gran cinta: “Buenas noches, y buena suerte” (Good night, and Good luck) de George Clooney, film de riesgo, pero de excelente factura, y “Sin City” de Robert Rodríguez & Frank Miller, una cinta más que entretenida, siempre teniendo en cuenta que es puro cómic.

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   “Buenas noches, y buena suerte” (Good night, and Good luck) de George Clooney

De 2006 es “El buen alemán” (The Good german) de Steven Soderbergh; aunque menospreciada, a mí me parece una cinta con mucho encanto y glamour. En 2007 hay una cosecha variada: “La antena” de Esteban Sapir, “Control” de Anton Corbjin, una excelente película en la que se retrata al líder del grupo Joy Division,  y “El hombre de Londres” (A londoni férfi) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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    “La cinta blanca” (Das weibe band) de Michael Haneke

2009 supone un buen año para las películas en blanco y negro: por un lado, se estrena esa inquietante y rotunda película que es “La cinta blanca” (Das weibe band) de Michael Haneke, y, por otro, la muy interesante “Tetro” de Francis Ford Coppola, pese a que ha sido denostada; y también “Polythecnique” de Denis Villeneuve y “Ciudad de vida y muerte” (Nanjing! Nanjing!) de Lu Chuan, otra de esas cintas que no se olvidan.

2011 es el año del blanco y negro de “The artist” de Hazanavicius, la cinta que mejor ha homenajeado al cine mudo, genial y divertida. También se rueda “El caballo de Turín” (The Turin horse) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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     “Blancanieves” de Pablo Berger

Y en 2012 se estrenan dos notables películas españolas rodadas además en blanco y negro, es decir, doble riesgo y doble aventura. Se trata de “El artista y la modelo” de Fernando Trueba y “Blancanieves” de Pablo Berger, con las que lo pasé francamente bien por la fuerza de sus imágenes, de sus puesta en escena y de sus intérpretes. También de 2012 son “Frances ha” de Noah Baumbach, “Tabú” de Miguel Gomes, “Mucho ruido y pocas nueces” (Mucha do about nothing) de Joss Whedon, “César debe morir” (Cesare debe morire) de Paolo & Vittorio Taviani y “Oh, boy” de Jan Ole Gester.  

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       “Nebraska” de Alexander Payne

En 2013 se realizan tres buenísimas películas en blanco y negro: la intimista y preciosa “Nebraska” de Alexander Payne, la cruda y apabullante “Ida” de Pawlikowski y una sobria cinta como “A field in England” de Ben Wheatley. En 2014 aparecen “Tusk” de Kevin Smith y “Sin City: Una dama por la que matar” (Sin City: a dame to kill for) de Robert Rodríguez & Frank Miller, y en 2015 la sobresaliente cinta “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra. De 2016 es “Frantz” de François Ozon.

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    «Cold war” (Zimna wojna) de Pawel Pawlowski

Ya en 2018 se nos regala dos obras maestras: “Cold war” (Zimna wojna) de nuevo de Pawel Pawlowski, con una factura deslumbrante y una historia agria, pero bellísima, y “Roma” de Alfonso Cuarón, otra inolvidable película y otra inolvidable historia. De 2019 son “El faro” (The lighthouse) de Eggers y “El diablo entre las piernas” de Arturo Ripstein. Y en 2020 se estrena en Netflix la película “Mank” de David Fincher, que me pareció una obra de arte, sin más, con esos tonos grises que tan bien retrataban el Hollywood de los años dorados.

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    «Mank» de David Fincher

En 2021 se rodaron “La tragedia de Macbeth” (The tragedy of Macbeth) de Joel Coen y “Belfast” de Kenneth Branagh, que aún no he podido ver, pero que ardo en deseos por hacerlo porque prometen buenos momentos cinematográficos.

Mencionaré también algunas cintas que mezclan el color y el blanco y negro, como “Tan lejos, tan cerca” (In weiter Ferne, so nah!, 1994) de Wim Wenders (una vez más), la sorprendente “Memento” de Christopher Nolan, “Kill Bill” (2003) de Quentin Tarantino, “Casino Royale” (2006) de Martin Campbell, con un gran arranque en blanco y negro,  o “Blonde” de Andrew Dominik, que recrea a la perfección escenas que todos conocemos de la vida de Marilyn, como  esa joya (dentro de la propia película) que es la secuencia que reconstruye el rodaje de la famosa escena de “La tentación vive arriba”, cuando el vestido blanco de la actriz es levantado por el aire que asciende del metro. También la serie “Better call Saul” (2015 a 2022), una de las mejores de los últimos años, utiliza el blanco y negro según qué parte de la trama esté contando.

Dicho esto, sería injusto no mencionar a los directores de fotografía que están tras estas imágenes, los hacedores de los más bellos juegos de luces y sombras: Roger Deakins, Gordon Willis, Sven Nykvist, Néstor Almendros y Robby Müller, que quizá sean los que más me sugestionan, junto a otros grandes como Michael Chapman, Tonino delli Colli, Gilbert Taylor, Freddie Francis, Raoul Coutard, Stephen H. Burum, Robert Richardson, Oswald Morris, Conrad L. Hall, Haskall Wexler, Robert Surtees, Janusz Kaminski, James Wong Howe, Russell Harlan, Carlo di Palma, Emilio Foriscot, Gianni di Venanzo, Christian Berger, Walter Lasally, Jean-Yves Escoffier… O gente como Stefan Czapsky, Pierre Aïm, Flavio Martínez Labiano, Matthew Libatique, Raúl Pérez Cubero, Guillaume Schiffman, Daniel Vilar, Ellen Kuras, Mahai Malaimare…

La conclusión, mi conclusión, es que el uso de la fotografía en blanco y negro, aunque minoritario en el cine actual, cuando se ha utilizado lo ha sido muy acertadamente, y en películas de gran calidad que son mejores gracias a esa misma fotografía. Supongo que la razón es la misma que apuntaba al principio: porque el cine de verdad es el cine en blanco y negro, y ningún buen realizador puede resistirse a su encanto y a su magia, al de los sueños imposibles.

Sergio Barce, octubre 2022

 

ROGER DEAKINS
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