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Así fue la presentacion en LARACHE de la novela LA CIUDAD DEL LUCUS del escritor larachense LUIS MARÍA CAZORLA

      El lunes pasado, 14 de mayo, presenté en el Colegio Luis Vives de Larache el libro de mi amigo y paisano Luis Cazorla Prieto, LA CIUDAD DEL LUCUS, y de ambos, del autor y de la novela, he hablado ya en varias ocasiones, de Luis siempre con afecto y con la inevitable admiración que su labor como jurista y escritor me merecen: toda.

Luis María Cazorla y Sergio Barce  (Foto de Itziar Gorostiaga)

      Por la mañana, Luis y yo nos citamos en el hall del Hotel España en el que nos alojábamos gracias a la generosidad y buen hacer de Abdelilah Ennour, Presidente del Centro Marroquí de Estudios Hispánicos, organizador del evento. Habíamos decidido dar un paseo por la Medina, y así lo hicimos bajo un calor tórrido. Sin embargo, la temperatura que notábamos no era la ambiental, sino la que se fue instalando en nuestras entrañas, la nacida de la admiración que nos causaba recorrer de nuevo nuestras calles y las calles de nuestros abuelos y de nuestros padres: la calle Real, la cuesta del Hamán, pasamos por la Mezquita Misbahiyya y por el Mausoleo de Abd-el-Krim Al-Bacuri, pintado de marrón, coqueto ahora gracias a la actuación en el barrio de los propios vecinos que han hecho de esta parte de la Medina una de las mejor conservadas, cuidadas y limpias; y mientras bajábamos me decía Luis que era impresionante pensar que en menos de cincuenta metros, en la calle 2 de marzo, estuviesen la Iglesia de San José, una sinagoga y una mezquita, y que eso era un ejemplo admirable que nos enorgullece, y es verdad; proseguimos hacia el Barandillo, a la Mezquita Zagüia Nasría, recién pintada, que parecía una novia, luego los restos de las murallas de la vieja Alcazaba,  o la propia calle Alcazaba, la mezquita Anwar, la plaza del Majzén, la antigua Comandancia hoy Casa de la Cultura, la Torre del Judío, el mirador desde el que observamos el serpenteante y vivo Lucus, el Castillo de las Cigüeñas, el santuario de Lalla Mennana, el Jardín  de las Hespérides, y caminando buscamos el lugar donde se ubicó un día el Colegio Santa Isabel y luego pasamos por la puerta del Cine Avenida, el último testigo de los numerosos cines que había en Larache, y también por lo poco que ya queda del Palacio de la Duquesa de Guisa, pasto de los tiburones, que es un fantasma de lo que fue, un fantasma tan escuálido que apenas parece posible que un día ese edificio nos causara admiración, y por la Burraquía, y bajamos hasta la casa que levantó el abuelo de Luis, José María Cazorla, en 1928, y en el que hoy hay un despacho de arquitectos, pero que, para nuestro asombro y decepción, especialmente para Luis por motivos obvios, estaban terminando de pintar con unos horribles tonos rosa, que lo han convertido en una especie de tarta de merengue empalagosa, y pasamos por el antiguo almacén de su familia, y Luis me lo explicaba todo con un juvenil entusiasmo, cada detalle, cada recuerdo, y vimos la casa de Trina Mercader cayéndose decepcionada y solitaria, y ese inmueble que, tras el café Lixus, en la calle Mulay Ismail, languidece, pese a su belleza arquitectónico y estética, esperando morir a causa de la desidia de su dueño, decidido a que caiga y se convierta en polvo; como el viejo Castillo Laqbíbat, tan abandonado como desangrado, y regreso al hotel, pasando por la Plaza de España que parece, al menos algo positivo, haber recuperado un poco de vida porque la han blanqueado, la han adecentado y han arreglado sus jardines, y la verdad es que lucía exultante la puerta de la Medina, casi una joya…

Plaza de la Liberación (Plaza de España) mayo 2012

   Ya en el hotel,  se nos incorporó a nuestro paseo Carmen, la esposa de Luis, y proseguimos ahora en coche, con numerosas paradas. Pasamos por toda la Avenida Mohamed V –parece increíble que sigan aún en pie y muy bien conservados los viejos inmuebles que hay a la izquierda cuando vas en dirección a Cuatro Caminos, y ojalá continúen ahí-. Nos encontramos un enorme cartel anunciando la presentación del libro en el Jardín de las Hespérides y nos hicimos allí unas fotos:

Luis Cazorla y su mujer Carmen

El cartel estaba hecho con mucho esmero y detalle. No sé si al final Luis consiguió que se lo diesen de recuerdo.

Carmen, Luis Cazorla y Sergio Barce escoltados por el cartel de LA CIUDAD DEL LUCUS en el Jardín de las Hespérides

Fuimos al Estadio de Santa Bárbara, cuyas viejas taquillas nos parecieron reducidas por el tiempo, como si fuesen de miniatura, llegamos hasta lo poco que ya queda de la Gaba, y regresamos para visitar el cementerio cristiano, y nos quedamos admirando una vez más la armoniosa existencia de los tres cementerios existentes en la zona: el cristiano, el hebreo y el musulmán, como la manifestación más solemne de la convivencia que hemos experimentado en cada una de nuestras vidas larachenses; vimos la deteriorada fachada del Hostal Flora y de la decadente existencia de los antiguos cuarteles de Artillería, de Caballería, de Auto Radio y nos aventuramos a entrar en el de Telecomunicaciones, convertido en una especie de barraca donde viven varias familias muy modestas.

Luis Cazorla y Sergio Barce y detrás la entrada al viejo cuartel de Telecomunicaciones, una joya arquitectónica

Sentimos verdadera pena al ver el estado de la fachada tan hermosa del viejo inmueble, rico en detalles, y nos preguntamos otra vez, por enésima vez, por qué se ha deja caer todo lo que es Historia de Larache…

Luis y Carmen con Telecomunicaciones tras ellos

   El interior es un asombroso paisaje de arquitectura militar en proceso de desaparición, pese a su valor artístico e histórico. Una pena.

Interior de Telecomunicaciones

Pasamos por el viejo barrio de la Bilbaína y por parte de los nuevos barrios del extrarradio, salimos por el barrio de las Navas, fuimos al viejo Faro y estuvimos contemplando el paisaje asombroso que ofrece Larache desde aquel lugar, y salimos luego al Mercado Central, otra joya excepcional, y pasamos por el puerto, todo recién asfaltado, que le da ahora una sensación de luminosidad y limpieza que se echaba en falta, subimos por la cuesta del Aguardiente, y caminamos de nuevo por el Jardín de las Hespérides, ahora con Carmen, de nuevo a la plaza del Majzén, donde la Casa de la Cultura (antigua Comandancia) también se ha recuperado con una reciente transfusión de pintura…

Casa de la Cultura – Comandancia – mayo 2012

Y junto a la Torre del Judío, el cañón restaurado por la Asociación Alkhazaba…

Y pasamos por la puerta de la Alcazaba y paseamos por el Zoco Chico, y allí nos quedamos admirando el conjunto de los soportales, pintadas de celeste sus columnas, con la Mezquita Mayor presidiéndolo todo, y nos detuvimos un buen rato en el bazar de Abdeslam, oyendo los ruidos del zoco, comprando algunos regalos y disfrutando de ese momento de placidez, y se nos pasó la mañana casi como un suspiro, inundados por Larache…

   Nos habíamos recorrido en unas horas tanta historia común, tal cantidad de entrañables recuerdos, tal cúmulo de sensaciones que es difícil de expresarlo, pero espero que, con estas líneas, podáis sentir una pizca del placer que supuso compartir este hermoso paseo. De lo que sí estoy seguro es de que Carmen, al terminar nuestro recorrido, se enamoró un poco más de la ciudad en la que nació su marido. Luis y yo disfrutamos cada paso que dimos, y en lo que sí coincidimos es en reafirmar nuestra convicción de que Larache encierra uno de los patrimonios más rico y bello, pero también más maltratado, de todo el Norte de Marruecos. Y pese a tanta herida, a tanto  deterioro, qué hermosa es su alma…

Sergio Barce, mayo 2012 

El Lucus desde el mirador del Majzén

 

 Para quienes deseen ver alguna imagen de la presentación de la novela podéis acceder al vídeo de nuestro paisano Aziz Bouhdoud, pinchando en: 

     http://www.youtube.com/watch?v=70xhvpCjWE8


 A continuación reproduzco mi intervención al presentar la novela de Luis, una vez que tomaron la palabra la directora del Colegio Luis Vives, Rosa Alises, el Cónsul de España en Tetuán, D. Carlos Díaz Valcárcel, el Presidente del Consejo de la Provincia de Larache, D.Abdelilah Hssissen, el Presidente del Centro Marroquí de Estudios Hispánicos, D.Abdelilah Ennour, y el propio autor, Luis María Cazorla.

Sergio Barce, El Presidente del Consejo Regional Sr.Hsissen, el Cónsul de España en Tetuán D.Carlos Díaz, Luis María Cazorla, el Presidente del CMEH D.Abdelilah Ennour, y la directora del Luis Vives, Dª Rosa Alises  (Foto de Itziar Gorostiaga)

 

“Cuando leí el libro por primera vez LA CIUDAD DEL LUCUS era el borrador de la novela que Luis me hizo llegar antes de publicarla, y fue un privilegio poder hacerlo, una deferencia y una prueba de confianza por su parte.

     Hoy voy a confesar que sentí envidia. Envidia por no haberme dado cuenta antes que Luis del potencial que encerraba esta parte de nuestra historia, con Larache como uno de los protagonistas principales. Sin embargo, también me di cuenta que si yo u otro autor hubiese acometido esta empresa no habría llegado a la altura de su libro. Así que mejor que hubiese ocurrido así. Porque estamos ante una obra literaria e histórica de primer orden, profusamente documentada, para relatarnos cada detalle de lo ocurrido entre 1904 y 1912 en Marruecos, en concreto en las ciudades de Larache, Tetuán, Tánger, Arcila y Alcazarquivir. Al hilo de los avatares de un inmigrante que huye de la crisis económica que sufre Novelda, Alicante, a finales del siglo XIX y se establece como comerciante en Larache, desfilan por sus páginas toda una serie de personajes, en su mayoría reales, y que son parte de la Historia: el rey Alfonso XIII, los sultanes Abd el Aziz o Muley Hafid, el Cherif El Raisuni o el Teniente Coronel Silvestre, el presidente de Gobierno Canalejas, el cónsul español en Larache Zugasti, los lugartenientes de Raisuni, Ben Stitu,  Ben Gazuli y Ben Gazzara, el Duque de Guisa… Y luego, sorprendentemente, esos otros personajes menos conocidos pero que también existieron y protagonizaron estos hechos históricos, algunos de ellos tan curiosos como Hugo Engerer, agente secreto español en Alcazarquivir, o Abd el Kader, sargento de la policía indígena que era inseparable de Silvestre, o el alfaquí Abd es Salam o Mojtar Ben Jarari, mokademin de la policía indígena de Larache, como Abbas Ben Zeineb, caíd del tabor de la policía indígena en Larache, o incluso Leandro Campos, dueño del Bar El Murciano, también de Larache…

Es decir, que lo ha estudiado todo tan detalladamente que incluso Hicham, el dueño del ferrane (horno de pan) que describe en su libro, también existió.

Esto dota a su novela de un valor histórico incalculable, y además de los personajes mencionados y otros muchos más, también los acontecimientos que suceden, ya sean las disputas políticas como las diplomáticas o militares, incluso las reuniones, las conferencias o las decisiones que se adoptan están documentadas, sacadas de archivos, obtenidas de historiadores y de estudiosos a los que Luis ha consultado en cada momento, y para completar todo ello aún más, si es que eso fuera necesario, Luis Cazorla visitó personalmente cada uno de los lugares donde se desarrollaron los acontecimientos históricos para poder describirlos con autenticidad y rigor, desde Sidi el Yamani a Telata de Reisana pasando por Alcazarquivir, Asilah, Tánger y, por supuesto, Larache.

   Más aún, las calles, las tiendas, los comercios, los pequeños negocios de la época, tanto los de Tánger como los de Larache o Alcazarquivir, son descritos con exactitud.

   Si uno presta atención a lo que nos narra, salta a la vista que ha tratado de que con la descripción de los lugares y del ambiente, el lector se vea físicamente en el Marruecos de principios del siglo pasado, y con su narrativa logra que estemos en medio de la muchedumbre que esperaba en Tánger la llegada del káiser Guillermo II o que seamos testigos de la reunión celebrada entre Zugasti y El Raisuni en su Palacio de Asilah…

   Con una narrativa muy accesible y fácil de leer, Luis nos sumerge en las intrigas que se sucedieron entre las diferentes potencias europeas por hacerse con el control de Maruecos en el pasado siglo. Y es brillante especialmente cuando novela los avatares por los que atraviesa el enfrentamiento que se produjo entre España y Francia por hacerse con el control de la situación. En ese sentido, su novela se hace absolutamente galdosiana, y tiene sus raíces en la gran literatura española centrada en la historia común de España y Marruecos, estoy hablando de “Aita Tettauen” de Pérez Galdós, de “La forja de un rebelde” de Barea o de “Imán” de Sénder. Y es que su novela está a la par de estas grandes obras histórico-literarias.

Cuatro larachenses: El Hachmi Yebari, Luis María Cazorla, Abderrahman Lanjeri y Sergio Barce –  LARACHE EN EL MUNDO estuvo presente  (Foto de Itziar Gorostiaga)

   Una de las partes más sabrosas del libro, y que Luis debió disfrutar al narrarla, es cuando detalla los prolegómenos del primer encuentro físico entre el teniente coronel Fernández Silvestre y el Cherif El Raisuni. El primero un militar arrojado que se movía por un impulso irrefrenable, y el segundo, Raisuni, astuto pero igualmente firme en sus decisiones.

El Raisuni

El choque entre ambos se intuye a cada página, se sabe inevitable, pero es fascinante contemplar a través de la novela de Luis Cazorla cómo se movían uno y otro, cómo jugaban sus cartas y cómo trataban de ganar la partida para sus respectivos intereses. La descripción de ese encuentro es como contemplar a dos púgiles que bailaran en el cuadrilátero para tantearse y descubrir los puntos débiles de su rival…

Fernández Silvestre

   Además de ello, hay un sesudo estudio de la política exterior española con respecto a Marruecos. Frente a la torpeza que demostraron los políticos y algunos militares de la época, Luis construye tres personajes con los que trata de desnudar los errores cometidos por aquéllos, tres personajes que trata con verdadero mimo: José Luis Ninet, el comerciante protagonista de la trama que nos sirve de hilo conductor, del que luego hablaré, el capitán Ovilo, que representa a esa clase de militar más prudente en contraposición al impulsivo Silvestre, y el cónsul español en Larache, Zugasti, al que es evidente que Luis profesa una especial admiración por la labor que desarrolló en nuestro pueblo y por su prudencia. Creo que ellos representan en su novela lo que España debió de hacer en su momento.

    Por tanto, es una obra fundamental para los que sienten interés y curiosidad por conocer esa parte de la historia de Marruecos que desembocó en la creación del Protectorado y que llamará la atención de los estudiosos de ese período, pero que también hará disfrutar a los amantes de las novelas históricas. Viaje en el tiempo, viaje a un pasado romántico, a un pasado de aventura absoluta.

   Pero también un viaje de regreso al Larache de los antepasados más cercanos de Luis María Cazorla.

  Dicho esto, pasemos página, y digamos que hoy estamos en Larache. Digamos de nuevo que Luis Cazorla Prieto nació en Larache y que su padre era también larachense. Y digamos que quien les habla es larachense hijo de padre larachense. Si además Larache es una parte importante de la novela, parece inevitable que hable de una de las protagonistas de su novela: su pueblo natal. Y para hacerlo creo que hemos de partir de una leyenda y de una fecha inscritas en la fachada de un edificio que sigue aún en pie cerca del Mercado Central de Larache:   J.Mº C. 1928.

   La leyenda son las iniciales del nombre del abuelo Luis, José María Cazorla, que levantó ese viejo inmueble, y el número 1928, es el año en el que lo construyó. En ese mismo edificio estudió y tuvo su despacho de abogado su padre, Luis Cazorla Navarro.

   Y parto de este detalle porque, mientras leía la novela, tuve la sensación, quizá errónea, quizá aventurada, de que el protagonista de la historia, Jose Luis Ninet, es una especie de personaje creado por Luis partiendo de su abuelo y de su padre. Es sólo una intuición, pero estoy convencido de que en el fondo rinde un pequeño homenaje a ellos a través de Ninet. O quizá lo sea de manera inconsciente y yo lo haya descubierto sin que Luis lo hubiera pensado siquiera.

   Cuando Luis Cazorla desciende a lo más sencillo de la trama, la vida cotidiana de sus personajes, o cuando estos se mueven por las calles de Larache, su pluma se detiene, queda suspendida en el aire, y entonces se demora para saborear los recuerdos de su pasado. Eso es el subconsciente y eso es lo inevitable.

   Así lo hace cuando Fernández Silvestre desembarca en Larache y Luis nos pinta la barra del Lucus, el puerto, las callejuelas… O cuando nos describe el cambio urbanístico que se va produciendo en Larache con el ensanche y la llegada de nuevos inmigrantes…

   La familia de Luis tenía un almacén de vinos y de otros productos, y cuando en la novela describe el local propiedad de José Luis Ninet supongo que, aunque lo sitúa en otro lugar de la ciudad, en realidad describe el local de su abuelo…

    “La algarabía colosal de ruidos, olores y puntos de venta de toda clase de productos –ropa, especias, clavos, alfombras, comestibles y un sinfín de utensilios mezclados en extraña armonía- causaba una honda impresión en los sentidos por muy a menudo que se frecuentara el Zoco Chico de Larache. Allí, en el extremo cercano a Bab-el-Barra o Puerta de Afuera, límite exterior urbano, tenía su sede uno de los establecimientos comerciales más importantes de la ciudad. Casa Ninet se anunciaba por medio de un llamativo cartel azul añil con su leyenda en español seguida de la árabe en formato más pequeño. En aquel animado espacio irregular cuajado de todo tipo de tiendas y bacalitos, el negocio de Jose Luis Ninet ocupaba varios de los locales asomados a los armoniosos arcos simétricos sostenidos por sobrias columnas dóricas que jalonaban aquel centro neurálgico de la ciudad. Sólo el comercio de André de Laroche, cabeza de la colonia francesa, aventajaba al español en arcos ocupados, no así en la pulcritud del encalado que éstos lucían.

José Luis Ninet, alicantino de Novelda, de menguada estatura, complexión robusta, finos modos y metido en años, regentaba aquel próspero establecimiento en el que se podía adquirir casi de todo.”  (Pág. 22-23)

Zoco Chico de Larache

Y cuando entramos en el ferrane de Hicham, Luis Cazorla en realidad anda regresando a su pasado para describirnos un horno que seguramente contempló en su niñez, o que forma parte de la niñez de su abuelo o de la niñez de su padre, porque sólo alguien que lo ha vivido lo puede describir de esta manera:

“Absorto por el panorama que ofrecía a sus ojos curiosos, Cantéliz acabó topándose en el lado izquierdo del Zoco Chico con la Mezquita Naziria y, frente a ella, con el callejón donde estaban situados los principales hornos de la ciudad. Un suave olor agradable le anunció su proximidad con varios metros de antelación.

Aunque el callejón era corto, la homogeneidad de las casas que lo delimitaban y el enjambre de personas que por allí pululaban le dificultó dar a la primera con el horno de Hicham. En pocos metros se agolpaban indígenas vestidos con amplios seruales, cuya parte trasera se descolgaba hasta las pantorrillas, y con una especie de chaleco o bedaia, descolorido por el uso, a través del cual se podían apreciar fuertes torsos y poderosos brazos embadurnados de restos de harina; mujeres recubiertas con enormes caftanes y holgados jaiques; hombres coronados por xambrinos o sombreros de paja coloreada, que hacían olvidar el resto de su vestimenta; algún que otro transeúnte vestido de negro desde los zapatos hasta el sombrero de ala corta y, por fin, varios individuos vestidos a la europea con traje de tonos claros que se fundía con el colorido que prevalecía en aquel entorno.” (Pág. 64-65)

Comandancia de Larache

Pero es la pequeña escena en la que Jose Luis Ninet, abrumado por los violentos acontecimientos que acababan de producirse en Casablanca, decide das un paseo por Larache para despejarse, cuando Luis se deja llevar realmente por algo de nostalgia y por mucho de los propios recuerdos o los de su abuelo o quizá los de su padre. E incluso se adivina un deseo porque Larache salga de su ostracismo, que se le escapa del subconsciente. Y lo escribe así:

“Tras despedir a Zugasti, Ninet decidió salir a dar un paseo. Necesitaba respirar, estirar las piernas. Lo que menos le apetecía en esos momentos era encerrarse en su oficina o subir a casa. Atravesó a paso lento y meditativo la vieja plaza de armas del siglo XVII donde se asentaba el Zoco Chico. Se dirigió hacia Bab el-Barra o Puerta de Afuera de la medina. La franqueó entre los dos fuertes baluartes que la flanqueaban y pasó por debajo del revellín que, poderoso y desafiante, la defendía. Tomó el camino hacia la playa del embarcadero, en la que las últimas luces del día se desvanecían ante el empuje irresistible de la noche. No pudo ir lejos porque la rampante oscuridad se lo impidió, no era recomendable adentrarse por esos lugares de noche y sin protección.

Iba ya de regreso cuando, ayudado por la última luz, repasó en el volumen de tres edificaciones en obras que emergían en la gran explanada que se extendía ante la puerta de la medina. <Para eso sí que está sirviendo lo de Algeciras>, musitó. <La autorización general concedida por el sultán para que los extranjeros puedan comprar y edificar en un radio de diez kilómetros de los ocho puertos abiertos al comercio parece que, al menos en Larache, está empezando a dar sus frutos>, reflexionó según traspasaba la Puerta de Afuera.”  (Pag. 230-231)

Larache

Pero quizá sea otro detalle más sencillo y simpático el que demuestre sus hondas raíces larachenses, un detalle que sólo alguien de aquí no puede evitar referirlo: en medio de toda esta trama histórica, en medio de esta novela en la que hay información documentada en cada una de sus páginas, en una escena en la que caminan juntos el padre Alvarez, Ninet y Sintal por las callejas de la medina, Luis Cazorla desliza súbitamente una pincelada de su propia niñez, sin duda de la niñez de su abuelo y de la niñez de su padre, también sin duda de la niñez de todos los larachenses, y es la presencia súbita e inesperada de la Aixa Candixa…

“Declinaba la tarde cuando el griterío de una nutrida chiquillería que venía de la playa del acantilado atrajo su atención. Iban gritando con estruendo: <¡Aissa Kandisha!>, mientras volvían la cabeza hacia el océano Atlántico. <¡Bah, cosa de niños! Huyen de la bruja Aissa Kandisha, que sale del mar cuando se va la luz del día para comerse a todos los niños que puede>, explicó Ali Sintal en su pulcro castellano.” (Pag. 354)

Y es que, si no me equivoco, tras el entrañable personaje de Jose Luis Ninet se esconden tres protagonistas: el propio Luis, su abuelo y su padre. Y todo este largo viaje entre la historia y la aventura que Luis María Cazorla ha construido en su novela no es sino el viaje de regreso hasta un vetusto edificio que se mantiene en pie en la ciudad de Larache, un edificio en cuya fachada reza una leyenda que dice: J.Mª.C 1928, y en cuyo interior, si abriésemos su puerta con prudencia, descubriríamos que aún sigue viva la memoria de una familia, la memoria de la familia Cazorla, los Cazorla de Larache.

Sergio Barce, mayo 2012

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Presentando MÚSICA ANDALUSÍ de JULIO RABADÁN

El pasado lunes, 16 de abril, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Málaga, junto al historiador Enrique Sánchez, presenté el libro de Julio Rabadán «Música andalusí» publicado por la Editorial Club Universitario (Alicante).

Sergio Barce, Julio Rabadán y Enrique Sánchez

Cada una de nuestras intervenciones, estuvieron acompañadas por las grabaciones de canciones y melodías que Julio ha obtenido en sus viajes al Magreb o a los Balcanes, entre otros lugares, con temas originales de la antigua música andalusí que han llegado después de los siglos a las nubas de Marruecos o han quedado como reliquias en canciones sefarditas conservadas de generación en generación. Eso creó en el acto un aroma singular. 

Fui el primero en intervenir, y esto fue lo que dije sobre el libro de Julio Rabadán:

     Cuando un amigo te pide que estés a su lado en un acto como éste, respondes sin pensar. Así fue como sucedió. Julio me llamó y me dijo: me gustaría que presentaras mi libro. Y yo le repliqué: pero de qué voy a hablar si apenas sé de música. Algo escribirás, respondió.

   Comencé pues a leer el libro de Julio. Y mientras iba leyendo sus páginas, una serie de imágenes, como espectros, comenzaron a vagar a mi alrededor, y luego comencé también a escuchar sonidos difusos, extraños y enigmáticos, que poco a poco se transformaron en melodías armónicas que sonaban de fondo… De pronto, esos espectros se pusieron a danzar y la música se apoderó del espacio.

   De esta manera, mientras seguía leyendo, imaginé a Julio entre documentos, apuntes, notas y archivos, buscando toda esa información que le ha servido para armar un extraordinario mosaico de historia, leyenda, aventura y erudición con el que, además, deja constancia de la rica  variedad e influencia de la música andalusí en la cultura tanto española como magrebí. Le veía absorbido por toda esa basta documentación que se apoderaba de su estudio y que le abstraía de la realidad, y era capaz incluso de imaginar a Julio recibiendo a las esclavas cantoras (qaynat) que ayudaron a que se implantara en Córdoba la escuela de Medina, las tres esclavas llamadas Alam, Fadl y Qalam (que era vasca pero educada en Medina). Sin embargo, el pudor me impide describir cómo se produjo tal encuentro entre Julio y las tres esclavas, sólo es preciso recordar que estamos hablando de una época llena de sensualidad y de misterio, con lo que poco hay que añadir a esa escena…

   Sumergido en la trama histórica que relata Julio en su libro, seguí imaginándolo en su estudio, con las esclavas danzando cerca de su escritorio y con las moaxajas tomando forma en las melodías poético-musicales que las acompañaban en tales bailes. Ciertamente, trabajar de esta manera debe ser un lujo envidiable. Pero así seguía imaginándomelo. Poco a poco, gracias a su narrativa sencilla y eficaz, que facilita tanto la lectura de cuanto nos cuenta de la evolución histórica como también el acceso a su  temática aunque el lector sea un profano en la materia, poco a poco, como digo, nos encontramos en su libro en medio del mítico Al-Andalus. Y las tres esclavas de Julio ahí moviéndose para mi deleite, y además cantándome a la vez una nuba dedicada al amor.

   Mientras tanto, loa avatares políticos y sucesorios, la llegada de los almorávides primero y de los almohades después, teñían de temor a las palabras que iba escribiendo, como un presagio de oscurantismo, y por eso imaginé entonces que Julio invitaba al gran músico persa Ziryab para que tocara el laúd y ejecutara una de sus creaciones. Julio se abandonó en ese instante a un nuevo placer, el de la música más elitista de Al-Andalus, y embriagado por ella osó ordenarle al maestro que ejecutara algunas nubas sólo para sus oídos, como si fuera el nuevo sultán. Llegaron a tal grado de sintonía que ambos mantuvieron una larga discusión acerca de las diferencias que, con el tiempo, habían ido surgiendo en las formas musicales en Marruecos, en Túnez o en Oriente Próximo… En este punto, hube de dejarlos a solas, porque Julio trataba de absorber las enseñanzas del maestro y mi presencia le distraía.

   Qalam, que de las tres esclavas es la de más carácter, se llevó a Fadl y a Alam a pasear por los jardines de Medina Azahara. También ellas saben cuándo estorban. Julio, hasta entonces entusiasmado por ellas, ni siquiera notó su ausencia, concentrado como estaba en tañer un nuevo laúd al que Ziryab había añadido una cuerda más. Estaba como un niño con un juguete nuevo. Yo también abandoné el estudio mientras él acariciaba el laúd, con la esperanza de encontrarme a solas con las tres esclavas, pero para mi desconsuelo ya se habían alejado camino del palacio.

   Sin embargo, imagino que por deferencia hacia mí, Julio había dispuesto que una orquesta, que no se sabe bien de dónde había salido, me endulzara la espera interpretando una nuba de Marruecos, así que me senté decidido a escucharles en cuanto atacaron la obertura de la pieza, que se llama Mchliah.

   Pasaron las horas, Julio y Ziryab continuaban debatiendo, discutiendo y estudiando los ritmos que Abu Yusuf Al Kindi detallara en un manuscrito allá en el siglo IX, y también los modos o Maqamat arábigo-andaluces: el rast, el maqam nawa atar, el maqam nahawand o el ramel al maya, y finalmente, los dos músicos, separados por siglos de distancia, tañeron sus instrumentos e improvisaron melodías andalusíes.

   En algún instante, invitaron a pasar al estudio a varios de los músicos de la orquesta y me cerraron la puerta en las narices, por hereje, por hereje musical me dijeron a modo de aclaración. Aturdido, oí entonces sonar una kueitra, poco después era un kanún el que destacaba, pero otro de los músicos se atrevió audazmente a acompañarlos con su nay. Cuando escuché el sonido del tar deduje que el director de la orquesta se había sumado también a ellos como un músico más, y después sonaron una zorna, un mezoued y una derbouka… También oí el ritmo febril de unas castañuelas, y entonces ya no pude reprimirme, me levanté de donde aguardaba sentado estoicamente y entreabrí la puerta del estudio: allí estaba Julio en medio de esa Babel musical… en absoluto éxtasis. Y pensé, mientras volvía a cerrar la puerta con sigilo, que esos músicos estaban absolutamente locos.

  

Medina Azahara

Justo en ese momento, me llegó el sonido de un rabab, que es el instrumento propio para declarar sentimientos amorosos, y, como por ensalmo, las tres esclavas reaparecieron tras su largo paseo. Insinuantes, me miraron con oscuras intenciones. Por primera vez en mi vida la oscuridad me pareció deslumbrante. Pero ese sueño no me pertenecía y pasaron por mi lado como si yo no existiera para ellas, y se fueron al encuentro del afortunado Julio. Será porque es músico, me dije para consolarme.

   Seguí pacientemente esperando, leyendo este libro que él escribía ahí adentro. Y así llegué al capítulo de las formas literarias, inevitable si se habla de música andalusí porque la poesía era, y sigue siendo, fundamental para los andaluces: la moaxaja, el zéjel, la jarcha…

   En ese punto, la música cesó de sonar en el interior de la habitación. Una de las esclavas se asomó al vano de la puerta y me hizo claros gestos con la mano para que entrara. Julio estaba ahí escribiendo sin parar. Ni rastro de los músicos. Pero Alam, Qalam y Fadl retomaron sus bailes en una danza insinuante al compás de una melodía que provenía de la nada, quizá de la fantasía del propio Julio que, ante la imposibilidad de rescatar ciertas formas y ritmos, trataba de imaginarlas.

  Algo me impulsó a mirar por encima de su hombro. Se explayaba en esa página sobre la gran carga erótica de muchos de los poemas, de las jarchas, resaltando que la mujer andalusí se expresaba por medio de la lengua romance con una total libertad sexual que puede sorprender al lector actual… Y transcribió entonces uno de esos poemas, y yo lo fui leyendo en voz alta a medida que él lo escribía:

Amiguito, decídete,

Ven a tomarme,

Bésame la boca,

Apriétame los pechos;

Junta ajorca y arracada.

Mi marido está ocupado.

 Vaya con la mujer andalusí… exclamé, y las tres esclavas se rieron de mí. Julio estaba ya acabando de escribir las últimas páginas de este libro tan especial por su originalidad, y le vi titular otro capítulo: “danzas y bailes”. Y añadir cuán famosas fueron las bailarinas gaditanas.

Odalisca, pintura de Frederick Mulhaupt

   Entre bailarinas gaditanas y esclavas cantoras, me dije, voy a terminar por aprender música…. Sin embargo, eso provocó la ira de las tres esclavas, que se sintieron molestas o quizá menospreciadas al verse comparadas con esas bailarinas de la antigua Gades, y Alam, Qalam y Fadl, para mi desconsuelo, dejaron de bailar, recogieron sus ropas y se marcharon.

   Julio seguía tan ensimismado en su libro que no reparó en mi desdicha. Y no obstante, seguí leyendo por encima de su hombro, y reconozco que me volví a enganchar a su lectura, a la música que sonaba en Al Andalus, a la danza de otras esclavas, a las melodías, a las jarchas, a las moaxajas y a las nubas…

Y por un segundo, escuché, en lo que yo imaginaba, la música que Julio soñaba.

Y entonces me dijo: me gustaría que presentaras mi libro. Y yo le repliqué: pero de qué voy a hablar si apenas sé de música. Algo escribirás, respondió. Y comencé a imaginarme a Julio en su estudio, con las tres esclavas danzando y cantando, mientras él escribía entusiasmado este libro lleno de sensualidad, de magia y de ritmo, un libro que suena a Música Andalusí.

Sergio Barce, abril 2012

Sergio Barce, Julio Rabadán y Enrique Sánchez

 

 

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VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO, del escritor larachense JOSÉ EDERY BENCHLUCH

JOSE EDERY BENCHLUCH

VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO  (1)

 Pongo (1) entre paréntesis porque para asimilar y comentar este libro de 600 páginas he decidido hacerlo en tres partes. Es decir, cada 200 páginas, porque si no lo hago de esta manera, cómo dar una idea exacta de la riqueza y variedad que ofrece al lector.

Es verdad, “Viajando por el Magreb Hispánico”, de mi paisano y cada vez más entrañable amigo Al Tebib José Edery, es una especie de Summa en el que con una sencillez deslumbrante nos da una lección de conocimientos (me asombra su cultura, porque un buen lector, y yo me considero como tal, percibe al instante que no se trata de un “cortar y pegar” sino de verdadera sapiencia) y nos regala además tal cantidad de anécdotas personales que he llegado en algunos instantes a envidiarle –en el sentido más malsano de la palabra-.

Primeras 200 páginas, y me quedo a las puertas de la Independencia de Marruecos. Ése es el capítulo que me espera más tarde cuando vuelva a hincarle el diente al libro de Pepe Edery. Pero hasta llegar aquí, en este original viaje al Magreb Hispánico, de su mano he sabido que “…en el siglo XVIII cuando las tropas inglesas que luchaban en tierras norteamericanas contra los indios, diezmaron al 95% de la población regalándoles para el crudo invierno mantas impregnadas de exudados de enfermos de viruela, enfermedad a la que los indígenas eran muy sensibles por falta de inmunidad previa”,  que Franco, pese a lo que luego se “vendió” por parte del régimen, no estaba tan tranquilo antes de verse con Hitler en Hendaya, o por qué los mejillones que crecían en el barco hundido en Larache eran tóxicos.

A. Mesa, José Edery y Sergio Barce

Leyéndolo, Pepe Edery me ha llevado a Túnez, a Argelia, pero también a Ber Sheeva y a las Alpujarras moriscas. Me ha detallado la historia de Al-Andalus, la expulsión de los moriscos y los judíos de la España intolerante de los Reyes Católicos, y me ha hecho soñar con los corsarios. Me ha explicado parte de la historia de Marruecos, y me ha descubierto la tradición existente entre los sefarditas del norte y algunas ciudades costeras de Marruecos de regalar como joya de compromiso matrimonial una pulsera, su origen y su significado; o cómo se formó la Atlántida y también cómo desapareció para convertirse en leyenda. Me ha dado una explicación de las motivaciones de Moisés y de Abraham, me ha narrado la historia del Arca de Noé desde diversos prismas, y me ha desentrañado algunas tradiciones religiosas tanto de los musulmanes como de los hebreos marroquíes, del Alcorán y de la Torá, de La Meca y del pozo Zem Zem, e incluso me ha desvelado la existencia de muchos cuentos magrebíes que tienen a las anguilas como protagonistas o el de la leyenda de la propia Aixa Candixa, que nos atemorizó a varias generaciones de niños…

CONCHITA MONTENEGRO

Y me ha dejado boquiabierto el comprobar los nombres de los personajes históricos que, sólo en las primeras 200 páginas, ha tenido Pepe Edery el privilegio y la suerte de tratar personalmente: como la mítica actriz Conchita Montenegro, el legendario Mehdi Ben Barka, el coronel Dlimi, los embajadores De la Serna o Martín Gamero, el general Emilio Jiménez-Ugarte, Carlos Spotorno, el comisario Ali Belkacem…    Así, dicho de esta manera, uno pensaría que lo que estoy leyendo es un plomazo aburrido e intragable. ¡Error! Si uno ha mantenido una buena charla con Pepe Edery, cuando lee este libro siente que le está escuchando hablar, porque lo que ha hecho, simple y llanamente, es poner por escrito lo que nos habría contado de estar sentados alrededor de una mesa con un buen té, es decir, narración oral por escrito, sus palabras transcritas, como si se hubiera grabado y luego hubiese pasado a papel lo que su mente privilegiada había descargado… Lees y le estás escuchando, es su voz la que te susurra.

Tantos temas y sin embargo no hay cambios bruscos porque enlaza cada uno de ellos de manera natural, ya digo que de la misma manera a como lo habría dicho oralmente (quizá porque le gustaba escuchar a los cuentacuentos en el Zoco Chico, como  me decía el otro día por teléfono), y eso es un acierto para esta clase de literatura (inclasificable, por cierto).   

Y luego, claro, están sus consejos respecto al trato con el ciudadano magrebí, especialmente con el marroquí, al que tan bien conoce, y que me han hecho sonreír en muchas ocasiones: el síndrome del cepillo,  y sus anécdotas como médico, algunas de ellas hilarantes, como la del difundo bereber del Atlas o el accidente del agregado militar de la Embajada de la URSS, de la que él se convirtió en protagonista “voluntario”, sus recuerdos de acontecimientos que marcaron a generaciones, como el terremoto de Agadir, y muchos aspectos del trato social en Marruecos, con una especial relevancia al concepto de la hachuma, que tantas discusiones provoca a la hora de interpretarla correctamente. Y todo ello condimentado con una buena narración, rápida y eléctrica, que da al libro vitalidad; se nota que Edery le ha hecho a su libro una buena transfusión de sangre, que para eso es un médico excepcional.

Y, claro, entre líneas, durante toda la lectura aparece una y otra vez Larache. Pepe Edery me contaba en una ocasión, con motivo de regalarme un ejemplar de su libro “Guía Sanitaria de África” que con cualquier excusa introduce a su pueblo del alma en todo lo que escribe. Aquí no iba a ser menos. Sirvan dos ejemplos para terminar esta parte de mis impresiones de su libro, de las primeras 200 páginas.

La primera surge cuando al relatar lo sucedido durante la II Guerra Mundial en los países del Magreb, con motivo del desembarco aliado en Marruecos al mando del general Patton en las playas de Safi, Fedala (hoy Mohammedia) y en Port Lyantey (hoy Kenitra), rememora sus recuerdos de niño:

 <El conjunto de los efectivos anglo-norteamericanos que participaron en el desembarco en los dos países magrebíes fue de unos 600 buques, 70.000 soldados y una importante fuerza aérea. Aunque incomprensible por mi corta edad recuerdo la visión, desde la azotea de mi casa, de las pequeñas y redondeadas nubes negras que aparecían alrededor de los aviones que volaban a lo largo de la costa en dirección sur, probablemente para intervenir en el desembarco. Se debían a los disparos de la artillería antiaérea, pero nunca supimos si era la artillería francesa ubicada en las playas del Protectorado francés de Mulay Busselham, cerca de la frontera hispano francesa de Arbaua, o de los cañones españoles instalados cerca de Larache. Lo curioso y lo recuerdo perfectamente es que nunca acertaron con sus tiros a ningún avión, a no ser que se equivocaran intencionadamente y fueran disparos de advertencia a pesar de que las nubecillas de los proyectiles al estallar se observaban cercanas a los objetivos aéreos>.

O bien con un cierto regusto emotivo, especialmente para los lectores de más edad, como cuando recuerda cómo eran los trenes que llegaban a Larache durante la época de la posguerra en el Protectorado:

Estación Ferrocarril de Larache

<El convoy ferroviario de Franco estaba encabezado por la locomotora “Montaña del Norte”, de la serie de máquinas denominadas “cocodrilos”. Alguna de estas locomotoras sirvieron para mantener durante el Protectorado en la posguerra la línea férrea comarcal marroquí entre Larache (estación de Menzah) y Alcazarquivir (estación de Kerman). En cuyo trayecto de 36 kilómetros, con parada intermedia en el entonces aeropuerto de Auámara, se tardaba entre hora y media y dos horas (¡a una velocidad media de menos de 20 kilómetros por hora!) y las tarifas eran de siete, cinco y tres pesetas respectivamente la primera, segunda y tercera clase. Lo de las “clases” era un eufemismo, ya que todos los vagones eran iguales, completamente de madera y la diferencia dependía, y así eran distribuidos, de la clase social del viajero y del equipaje, así como de los bártulos o mercancías vivas (generalmente gallinas) que le acompañaban>.

Como especialmente emotivo es el homenaje que Pepe Edery rinde en este libro a Mohamed V. Cuenta José Edery lo siguiente:

MOHAMED V

<la discriminación y directivas xenófobas, las sufrí  de forma similar personalmente, como he relatado en otros capítulos, no sólo durante la época del Gobierno de Vichy, sino en años posteriores. Aquéllas se aplicaron a la mayoría de mis correligionarios y determinados grupos de ciudadanos musulmanes del Magreb (excepto en la zona del Protectorado español), por parte de muchas administraciones (sobre todo culturales) dirigidas o controladas por las autoridades francesas. Lo que no se debe olvidar es que a la persecución y medidas discriminatorias contra los judíos de Marruecos por parte de las autoridades francesas de Vichy en el país, e opuso tenazmente, a pesar de sus limitados poderes legislativos y ejecutivos, el entonces Sultán Mohamed Ben Yusef, Mohamed V. En el mismo sentido, dio instrucciones a su Jalifa de Tetuán en la zona del Protectorado español, S.A.I. Mulay el Hassan El Mehdi, en relación a ciertas discriminaciones a sus súbditos de confesión judía por parte de determinados sectores de las autoridades españolas, presionadas por los gobernantes y dirigentes nazis>.

En fin, sólo llevo un tercio del libro, pero qué tercio tan bueno. Me esperan los otros dos, que prometen ser aún mejores. Seguiré informando.

Sergio Barce, abril 2012

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LA LEYENDA DE LA-LA MENANA por MARÍA SIBARI

Entrada al Santuario de La-la Menana

LA LEYENDA DE LA-LA MENANA

Creía tener todos los libros de Sidi Mohamed Sibari, y, como ya he dicho otras veces, eso es inevitable siendo como es parte de mi familia. Sin embargo, me di cuenta de que me faltaba uno: “Relatos de La-la Menana” que, por alguna razón inexplicable, aún no había adquirido. Le pregunté a Sibari cómo conseguirlo y hace unos días me llegaba por correo un sobre desde Larache con el pequeño volumen en su interior, y por supuesto con la dedicatoria de mi querido Mohamed Sibari.

Y aunque escribiré un comentario más extenso a su libro, lo que hoy me anima a traerlo es la Leyenda que sobre nuestra patrona de Larache relata al inicio su hija, María Sibari, que con un candor y una sencillez desarmante, en pocas palabras nos desvela su origen y su historia, con los elementos mágicos y legendarios que la rodean. Y como me ha parecido curiosa y muy entretenida, le dije a Sibari que la iba a copiar en el blog; y me contestó: “Sidi, haz lo que te dé la gana”. Y quien lo conoce sabe que esas son palabras de Sibari.

Sergio Barce, marzo de 2012

 LEYENDA

La-la Menana, Patrona de la ciudad de Larache, es hija de Sidi Yilali Ben Abdellah, nacida en el siglo XVI, de la ilustre familia jerifiana de Ulad Mesbah, descendientes del Profeta Muhammad, instalados en la ciudad de Larache desde siglos.

Al cuarto día del nacimiento del Profeta, tiene lugar cada año la romería de La-la Menana a la que acuden grandes personalidades de la ciudad y gentes de todas partes, especialmente de los poblados cercanos a Larache, para celebrar ese día tan esperado por ellos y encender velas en el santuario de esa santa que tanto ayudaba a los pobres y necesitados en su vida, partiendo de la idea de que realizará sus deseos y curará a los enfermos aun estando debajo de su tumba.

Romería de la Patrona de Larache

Cuenta la leyenda que La-la Menana fue dada en matrimonio contra su voluntad a su primo Sidi Tayeb Ben Ezbair. En la noche de boda, y estando a solas, su primo se convirtió en un león, y para escaparse de él, ella se convirtió en una paloma blanca y se paró en una ventanilla de una habitación de Zauia Mesbahía, en que vivían todos los familiares de Ulad Mesbah. Permaneció observándole rugiendo durante un buen rato, luego voló por el aire. Los Ulemas de la ciudad la encontraron más tarde muerta en el lugar donde levantaron su santuario que lleva su nombre hasta hoy en día. Y desde aquel tiempo, la gente visita su tumba para invocar la bendición de esa Santa Virgen.

  María Sibari, Larache, 28 de abril de 2011

Tenéis más información e imágenes en el blog de mi amigo y paisano Houssam Kelai, cuyo enlace permanente lo tenéis a través de este blog, o bien pinchando en:

http://larache-historia.blogspot.com.es/

Santuario de la Patrona de Larache, La-la Menana

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EL RAISUNI, ALIADO Y ENEMIGO DE ESPAÑA, un libro del escritor larachense CARLOS TESSAINER

El Cherif Raisuni con su hijo

Una de las figuras históricas que más me han fascinado siempre de Marruecos ha sido El Raisuni. Tanto, que escribí una novela de aventuras (aún inédita) titulada “Yebel Alam” inspirándome en este personaje contradictorio y polémico.

Luis María Cazorla lo ha utilizado también en su novela “La ciudad del Lucus”, de la que podéis encontrar información en este blog (artículos aparecidos el 9 de febrero y 21 de marzo de 2011), y que también aparece en su nueva novela, de próxima aparición: “Los asesinatos de Cuesta Colorada”. Su retrato del Cherif y su relación con el general Silvestre es magnifico, desvelando de manera novelada los detalles de la larga lucha que mantuvieron ambos personajes históricos.

Pero probablemente el trabajo más profundo que se ha realizado sobre Muley Ahmed El Raisuni sea el libro de ensayo histórico “El Raisuni, aliado y enemigo de España” del escritor también larachense Carlos Tessainer y Tomasich.

Este libro, editado en Málaga por Algazara en el año 1998, desmenuza la vida de El Raisuni desde su nacimiento hasta su muerte con una profusión de datos deslumbrante, que demuestra el trabajo concienzudo y detallista de Tessainer. Con su lectura asistimos a la evolución de un personaje que primero fue un hombre romántico y aventurero y que, con los años, se convirtió en un bandolero que se vendía al mejor postor. Al igual que Cazorla, la relación entre Raisuni y Silvestre ocupa una parte importante del ensayo.

“…sus temores ante la campaña antirraisunista llevada a cabo por inspiración de Fernández Silvestre, eran fundados. Notables marroquíes como Dris er Riffi (antiguo jalifa del Cherif) y Hadi Abd es Selam Tazi, llevaban con buenos resultados la campaña política de desprestigio contra Muley Ahmed, propalando entre las cabilas la creencia de que El Raisuni, con el apoyo alemán, sólo luchaba en beneficio propio; le acusaban también de traidor, de pactar con los cristianos, de quienes había recibido un anticipo de veinte mil duros y quienes acabaría entregando todo Marruecos.

Muley Ahmed El Raisuni a caballo

Esta creencia cobró sobre todo fuerza en el sector norte de las cabilas de Yebala (Anyera, Beni Ider, El Haus y Uadrás). Con ellos se refugió el emir Abd el Malec Mehidim; cuando El Raisuni pretendió que se uniera a él se negaron, afirmando su independencia frente al Cherif.

Estas cabilas obedecían al todavía sultán de la rebeldía Sidi al Hassan.”

Hay una extensa bibliografía que Carlos Tessainer hilvana para contar cronológicamente la evolución de los acontecimientos políticos que jalonan la trayectoria de El Raisuni. Curiosamente ahora me parece que ambos libros, este ensayo histórico y la novela de Luis Cazorla, se entrelazan de una manera singular, y entre estos dos autores larachenses reconstruyen el universo raisuniano: uno como investigador, otro como narrador. Y gracias a estas obras conocemos al detalle, a los fuertes cimientos históricos que sustentan a ambas, la vida y avatares de uno de los mitos de la cultura marroquí.

“…El 25 de septiembre de 1915, en el aduar Jolot (cabila de Beni Gorfet), fue firmado un pacto secreto entre Muley Ahmed y el Gobierno español (representado por Juan Zugasti y Emilio Barrera).

Raisuni

(…) en el pacto se llegó a una fórmula según la cual Muley Ahmed reconoció al Jalifa y su Majzen, de quien se consideró funcionario, pero nada más. Como dato curioso añadir que por el pacto el Cherif, como prueba de sinceridad, envió en calidad de rehenes para que vivieran en Arcila a una de sus mujeres con el hijo de ambos, a los que acompañaron una esclava y dos criadas. Llegaron a la mencionada ciudad a fines de septiembre de 1915, permaneciendo allí hasta principios de febrero de 1919, en que nuevamente se produjo una ruptura de relaciones con él.

Como en situaciones precedentes, antaño con el sultán ahora con las autoridades españolas, siempre que pactó salió fortalecido. Ya se ha visto cómo, a pesar de su innegable poder, su liderazgo era bastante discutido. Tanto la acción de Sidi el Hassan como la política de Fernández Silvestre, redujeron considerablemente su prestigio.

Mas ahora, un Gobierno español empeñado en poner fin a las hostilidades para acabar con una guerra nunca deseada, para iniciar realmente el ejercicio del Protectorado, para garantizar la total neutralidad española en la I Guerra Mundial; y sobre todo el asesinato de Ali Akalai, precipitaron unas negociaciones de las que el Cherif obtuvo armas, dinero y un pequeño ejército bajo su control pagado por España. Se constituyó de nuevo en autoridad del Majzen y su poder semiindependiente, difícilmente podría ser frenado en el futuro…

El libro de Carlos Tessainer es profuso en documentación, un detallado recorrido histórico que nos lleva hasta la muerte del Cherif El Raisuni siendo prisionero de Abd el Krim. Un manual imprescindible para quien desee conocer al Cherif y la época en la que vivió.

Carlos Federico Tessainer y Tomasich vivía junto a mi casa, en el Balcón del Atlántico. Yo apenas le recuerdo, pero mis padres le guardan mucho cariño. Próximamente dedicaré un artículo sobre sus magníficas novelas ambientadas en Larache, y hablaré de Carlos Tessainer como escritor larachense.

Sergio Barce, marzo 2012

Sean Connery como Muley Ahmed El Raisuni en «El viento y el león» (1975)

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