«Tanjawi» es el título de un precioso libro de Wenceslao-Carlos Lozano. Como él mismo ya anuncia al comienzo, la amable presión de amigos y familiares casi le obliga a escribirlo, y el resultado es una delicia. De manera que hay que agradecerle a ellos que lo acuciaran para que se animara a hacerlo.
Leer sobre Tánger desde el prisma de un auténtico tanyawi dota a la obra de un valor añadido. Si, además, se trata de alguien con una vida tan interesante como la del autor y que retrata a personajes como los que ha rescatado para que formen parte de su paisanaje, el resultado es un texto que hace gozar al lector. Yo lo he disfrutado. Porque, además, está escrito con una sencillez apabullante, es decir, con soltura y pasión, con pulcritud y limpieza. Y eso se agradece. No hay artificios.
Leemos en «Tanjawi»:
<…En todas esas etapas perduró mi inquebrantable amistad con mi padrino que, aunque dentro de otro orden, también participaba de cierta farándula nocturna no muy bien vista por una sedicente gente de bien que chanchullaba en amores con disimulo, pues en Tánger, habiendo tantas jóvenes casaderas con ancianos pudientes, y mujeres mayores agraviadas dispuestas a desquitarse con jóvenes galanes, las infidelidades conyugales estaban a la orden del día, dándose a menudo el caso de maridos que «ponían piso» a sus amantes, todas nacionalidades y religiones confundidas entre gente pudiente. También se dieron sonados casos de profesores enrollados con alumnas, incluso en el mojigato instituto español, sin que aquello tuviera mayores consecuencias.
Algunos balnearios de la bahía -debía de haber una docena de ellos- eran puntos de convergencia ideales para esos encuentros entre heterosexuales y, por supuesto, entre gays y chaperos, una fauna omnipresente en razón de la permisividad reinante en una ciudad en la que abundaba una materia prima de calidad, y por tanto atraía a numerosos aficionados a los efebos, habitualmente de clase alta -bastantes aristócratas-, entre los cuales no escaseaban los españoles, rostros conocidos del cine y el teatro, diseñadores de moda, en cuyas mansiones de amigos locales organizaban sus saraos y se despendolaban a tutiplén para resarcirse de los rigores morales imperantes en la Península. El Windmill, por ejemplo, era un balneario exclusivo de gays y de ambiente inglés. Solía reunirme con Bazi en el Sun Beach, uno de esos locales playeros cuya atmósfera internacional era de lo más relajada, para tomar el sol entre baño y baño y contemplar desde mi tumbona con un pastis en la mano –Pernod o Ricard– los vaivenes de aquel loquerío…»
Mención especial merecen, a mi entender, las páginas dedicadas a «Grandes mujeres» y, por lo que a mí me atañe, el capítulo en el que homenajea a su inolvidable hermano Antonio. Antonio Lozano, al que me unió una cortísima pero intensa amistad. Un hombre que sólo era corazón, y así lo describe también Wenceslao-Carlos. Jamás lo olvidaré cuando estuvimos juntos en Tánger o cuando presenté su libro «Me llamo Suleimán».
Para quienes gustan de regresar literariamente a Tánger, aquí tenéis algo muy especial.
«Tanjawi» ha sido publicado por Esdrújula Ediciones.
«…Al final, mi hermano declara que no debe perderse mis clases, me besa en la boca (¡delante de todo el mundo, el cabrito!) y nos deja, para reunirse con sus amigos, contoneándose como aquel chopo joven, que confundía la brisa con un vendaval…»
Ya es difícil hallar libros que nos sorprendan realmente, pero «El cordero carnívoro» (L´agneau carnivore) puedo asegurar que es tan retorcido, tan directo sin embargo, tan valiente y escrito tan a contracorriente que es llamativo el hecho de que sea una obra publicada por primera vez en Francia allá en 1975, cuando agonizaba Franco. Una fecha que casa muy bien con todo lo que contiene esta novela. Una obra difícil de calificar pero una joya como narrativa. Antifranquista, por supuesto, y anti moralista, algo que siempre asomó en sus obras, Gómez Arcos hubo de exiliarse a Francia durante nuestra dictadura. Allí fue reconocido y laureado como el gran escritor que fue.
Ya he reseñado con anterioridad su novela «Marruecos», que tanto me impresionó. Ahora os hablo de «El cordero carnívoro», que también me ha impactado por su forma tan directa de abordar temas como la homosexualidad, las relaciones incestuosas, la religión, la dictadura franquista, la censura, los abusos de la iglesia…
«…A pesar suyo, mamá contribuía a mi educación.
Por un lado, y contra todo pronóstico, yo era su única razón de ser. Ni papá ni mi hermano Antonio sintonizaban con su universo. Pero ella sentía que, a falta de amor, podíamos establecer entre nosotros profundas relaciones de odio. Y, al no ser ya un niño, me consideraba perfectamente capaz de comprender el laberinto de su mente…»
«…Ella, mamá, estaba al corriente de todo lo que había entre mi hermano Antonio y yo, y le importaban un bledo nuestras relaciones sexuales, pero no podía soportar el universo de amor con el que mi hermano me protegía…»
«Se inició la misa. El latín desveló sus poderes mágicos y me hechizó, echando por tierra toda mi resistencia. Yo no veía a Dios por ninguna parte en la capilla, pero la Iglesia, con sus artimañas de misterios y de ritos, se iba apoderando de mi sensibilidad. La presencia de mi hermano me inducía a desear un Apocalipsis. Las palabras en latín que salían suavemente de su boca acariciaban los rincones más secretos de mi cuerpo, como si fueran dirigidas a mí y no a Dios. Y cuando mamá y yo nos acercamos al altar abrió los ojos, fijó en mí su mirada, y me hinqué de rodillas en el reclinatorio, porque la tormenta del deseo me dejó sin fuerzas…»
Estos otros tres párrafos que he escogido de la novela, muestran a las claras la depuración en su manera de narrar. Audacia y concreción, armas bien usadas, como su demolición consciente de una moral que impregnó a generaciones de españoles.
«El cordero carnívoro», para quienes no conozcan esta obra, puede ser un descubrimiento absoluto. Está editada por Cabaret Voltaire, con traducción del francés de Adoración Elvira Rodríguez.
Ayer viernes, presentamos el libro de Conrado Herráiz «Yelía o el astillero» en la Librería Isla Negra, de Málaga. El acto lo condujo Javier La Beira, como editor. Tuve la fortuna de poder presentar esta obra. Antes del ameno y divertido diálogo que mantuvimos con Conrado y con el ilustrador Pepe Atencia, leí unas palabras que había preparado para la ocasión, y que os reproduzco:
«Es difícil escribir con sencillez, muy difícil. Pero aún lo es más el transmitir ciertas sensaciones y afectos sin caer en la petulancia o en el “empalagosamiento”.
Conrado Herráiz lo hace. Quiero decir que escribe sin ser petulante y sin resultar empalagoso. Al contrario. En “Yelía o el astillero” te va seduciendo párrafo a párrafo y te lleva con él a Larache; en concreto, hasta un astillero. Y Pepe Atencia, con sus ilustraciones, va a la par. Trazos sencillos, sin artificios, pinceladas como flashes o como latidos de un mismo corazón.
Pero hablemos de narrativa.
La virtud de Conrado con este libro es que te transporta de manera tan sugerente que llegas a creer que te envuelve la niebla y la humedad de la ciudad, que te instalas a su lado y trabajas codo con codo con él, que Conrado te acompaña mientras tú también cortas madera, pules tornillos, separas clavos galvanizados, usas el formón y el martillo y vas levantando lascas, y mientras haces todo eso escuchas a Nass El Ghiwane que suena desde el fondo de un cubo y te llenas los pulmones del olor a pintura, a pescado y a maromas y cabos podridos.
Si además conoces Larache, las páginas de “Yelía” te hacen creer que estás de vuelta y que paseas por el muelle de su puerto pesquero; y que, algo más tarde, bajo su cielo deslumbrante y celeste, y bajo la luz de su sol piadoso, que cae como un atardecer eterno, también llegas a soñar que deambulas por entre los barcos varados que esperan ser reparados y que descubres a los gatos y a los perros vagabundos adormilados por el sopor junto a las tapias o bajo el casco de los pesqueros.
Escribe Conrado Herráiz palabras emotivas y emocionantes, preñadas de un cariño hacia la gente del astillero que te embozan; pero también hay lugar para el humor y para la añoranza.
Uno de sus párrafos dice así:
“Abro el balcón para fumar un último cigarro. En el silencio, se escucha galopar a un caballo, ligero, por el asfalto, sin carruaje, sin carga, sin jinete, a las once y media de la noche, entre edificios, gasolineras, locales de boda y bancos internacionales. Marruecos es un lugar extraño.”
Estas frases tan hermosas te llevan en volandas a Larache. Los que somos de allí hemos visto esa escena en alguna ocasión.
Y sí, Conrado tiene razón: Marruecos es un lugar extraño. Pero también es embaucador y adictivo. Y Larache, por alguna razón inexplicable, o quizá por influencia de los djinns, es, pese a su decadencia imparable o quizá por este motivo, la amante más seductora del reino. Cómo no caer rendido a ella.
Creo que todo lo que he dicho son argumentos suficientes para que os adentréis en el libro de Conrado, aunque también podéis hacerlo únicamente por el placer de sentir la caricia de la brisa atlántica y el cuerpo de Yelía pegado a ti mientras lees acerca de esta perrita callejera y sobre los increíbles personajes del astillero.
Aquí lo que se nos ofrece es un fino delicatessen larachense al que no debéis resistiros.
Un repentino malestar había asaltado a Lazzari ante la primera llamada del centinela. Le parecía muy raro, ahora que se encontraba personalmente metido, oírse interpelar de ese modo por un compañero, pero se tranquilizó con el segundo <¿quien va?>, porque reconoció la voz de un amigo, precisamente de su misma compañía, a quien llamaban en confianza el Moreno.
-¡Soy yo, Lazzari! -gritó-. ¡Manda al jefe del piquete que me abra! ¡He cogido el caballo! Y que no se den cuenta, ¡porque me meten un puro!
El centinela no se movió. Con el fusil embrazado, estaba inmóvil, tratando de retrasar lo más posible el tercer <¿quién va?>. Quizá Lazzari se daría cuenta por sí solo del peligro, retrocedería, quizá podría sumarse al día siguiente a la guardia del Reducto Nuevo. Pero Tronk, a pocos metros, lo miraba severamente.
Tronk no decía ni una palabra. Ora miraba al centinela, ora a Lazzari, por culpa del cual probablemente le castigarían. ¿Qué significaban sus miradas?
El soldado y el caballo ya no distaban más de treinta metros; esperar aún habría sido imprudente. Cuanto más se acercaba Lazzari, más fácil sería acertarle.
-¿Quién va? ¿Quién va? -gritó por tercera vez el centinela.
Y en su voz subyacía como una advertencia privada y antirreglamentaria. Quería decir: <Retrocede mientras estás a tiempo. ¿Quieres que te maten?>
Y finalmente Lazzari comprendió, recordó como en un relámpago las duras leyes de la Fortaleza, se sintió perdido. Pero en lugar de huir, quien sabe por qué, soltó las riendas del caballo y se adelantó solo, invocando con voz aguda:
-¡Soy yo, Lazzari! ¿No me ves? ¡Moreno, eh, Moreno! ¡Soy yo! Pero, ¿qué haces con el fusil? ¿Estás loco, Moreno?
Pero el centinela ya no era el Moreno, era simplemente un soldado de cara adusta que ahora alzaba lentamente el fusil, apuntando a su amigo. Había apoyado el arma en el hombro y con el rabillo del ojo echó un vistazo al sargento primero, invocando silenciosamente un gesto de que lo dejara. Pero Tronk seguía inmóvil y lo miraba severamente.
Lazzari, sin volverse, retrocedió unos pasos tropezando con las piedras.
-¡Soy yo, Lazzari! -gritaba-. ¿No ves que soy yo? ¡No dispares, Moreno!
Pero el centinela ya no era el Moreno, con quien todos sus camaradas bromeaban libremente, era sólo un centinela de la Fortaleza, con uniforme de paño azul oscuro con bandolera de cuero, absolutamente idéntico a todos los demás de la noche, un centinela cualquiera que había apuntado y ahora apretaba el gatillo. Sentía en los oídos un estruendo y le pareció oír la voz ronca de Tronk: <¡Apunta bien!>, aunque Tronk no había resollado.
El fusil lanzó un pequeño relámpago, una minúscula nubecilla de humo, incluso el disparo no pareció gran cosa en el primer momento, pero después fue multiplicado por los ecos, rebotó de muralla en muralla, se quedó mucho tiempo en el aire, muriendo en un lejano murmullo como de trueno.
Ahora que había cumplido con su deber, el centinela dejó el fusil en el suelo, se asomó por el parapeto, miró hacia abajo esperando no haber acertado. Y en la oscuridad le pareció, en efecto, que Lazzari no había caído.
No, Lazzari estaba aún de pie, y el caballo se le había acercado. Después, en el silencio dejado por el disparo, se oyó su voz, y con qué desesperado sonido:
-¡Oh, Moreno! ¡Me has matado!
Eso dijo Lazzari, y se dobló lentamente hacia adelante. Tronk, con rostro impenetrable, aún no se había movido, mientras una confusión bélica se propagaba por los meandros de la Fortaleza.»
Estos párrafos pertenecen a la maravillosa novela «El desierto de los Tártaros» (Il deserto dei Tartari), de Dino Buzzati, un clásico de la literatura que nos narra la vida de Giovanni Drogo, un oficial que es destinado a la enigmática Fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto y donde nunca sucede nada. Es la historia de un anhelo, de un destino deseado que nunca se materializa, y también un implacable retrato del paso del tiempo, inexorable y fatal. Una novela de lectura obligada.
En mi memoria aún se mantienen vivas las desoladoras imágenes de la adaptación cinematográfica que realizó Valerio Zurlini en 1976, donde Giovanni Drogo era interpretado por Jacques Perrin, al que acompañaban Vittorio Gassman, Fernando Rey, Max Von Sydow o Paco Rabal, con una inmortal banda sonora de Ennio Morricone.
Este año se estrena un remake. Habrá que comprobar si alcanza la belleza de aquella cinta.
El fragmento del libro que he reproducido pertenece a la nueva edición publicada por Alianza Editorial, con traducción del italiano de Esther Benítez.