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NOTAS A PIE DE PÁGINA 4 – UCRANIA, LA GUERRA Y LA ULTRADERECHA. EL REFUGIO DE JOYCE Y ZWEIG

 

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“…Cuando el taxi se detuvo frente al hotel Gabriel bajó de un salto y, a pesar de las protestas del Sr. Bartell D´Arcy, pagó al conductor. Le dio un chelín de propina. El hombre lo saludó y dijo:

-Que tenga un próspero año, señor.

-Igual para usted.

Ella se apoyó en su brazo para bajar del coche y dio las buenas noches a los demás desde el bordillo. Se apoyaba ligeramente, tan ligeramente como unas horas antes durante el baile. Él se había sentido feliz y orgulloso entonces, feliz de que fuese suya, orgulloso de su gracia. Ahora, con tantos recuerdos candentes, este primer roce de su cuerpo, musical, perfumado, extraño, despertó en él un agudo impulso de lujuria. Amparado por su silencio, apretó su brazo contra su costado. Sintió que escapaban de sus vidas y deberes, de su casa, de sus amigos, para correr juntos, salvajes y radiantes, hacia un lugar desconocido.

Un anciano daba cabezadas en el sillón de orejas del vestíbulo. Se despertó. Encendió una vela en el despacho e iluminó el camino escaleras arriba. Ellos lo siguieron en silencio. Ella mantenía la cabeza baja y la espalda algo inclinada. Él pensaba en acercarse a ella y agarrarla por las caderas: temblaba de deseo, y solo la presión de sus uñas contra las palmas de sus manos mantenía a raya el impulso de su cuerpo. El portero se detuvo para apagar la vela, que goteaba. Ellos se detuvieron también. En el silencio, Gabriel escuchó el sonido de la cera fundida contra la bandeja y el latido de su corazón contra sus costillas…”

Estos delicados y sensuales párrafos pertenecen a Los muertos (The dead), que a su vez forma parte de Dublineses (Dubliners), escrito por James Joyce (el texto reproducido lo he tomado de la edición y traducción de Diego Garrido para Páginas de Espuma). La descripción de esta pareja, cómo se mueven, los deseos de él reprimidos por ciertas circunstancias, sus actitudes y reacciones, todo se nos proyecta en nuestra imaginación con una claridad perfecta gracias al prodigio de la escritura depurada y casi maniática de James Joyce. Un goce abrir las páginas de los clásicos que nos suelen reconciliar con este mundo que degenera ante nuestros ojos.

La invasión de Ucrania por Rusia es uno de los síntomas más evidentes de esta degeneración que menciono. Pertenecemos a una Europa dormida en los laureles que ha permitido, como ya ocurriera con Hitler, que otro visionario inicie una guerra con consecuencias imprevisibles.

Le respondía a un comentario de Alfredo Taján, que se lamentaba que nadie parase a este monstruo, que el problema reside, además de la desidia del resto de países que ha cedido ante sus anteriores chantajes, que Putin tiene a mano un enorme arsenal nuclear. Esa es una de las razones que explica que los ucranianos tengan que huir aterrorizados.

La Historia es tozuda y se repite. Vladimir Putin es un trasunto de Adolf Hitler y, como tal, se ha limitado a repetir sus pasos. Se atreve incluso a amenazar a otras dos democracias (no olvidemos que Ucrania tiene un presidente legítimamente elegido por las urnas, algo que parecen olvidar algunos comentaristas), en concreto, a Suecia y Finlandia, dos de los modelos más avanzados de nuestra cultura occidental. Estados laicos, modernos y democráticos, en los que reza el imperio de la ley. ¿Qué ocurrirá si se atreve a imponerles su criterio personal, zarista, autoritario y criminal, ese que le sale de los cojones, militarmente? No quiero ni pensarlo.

Son días de incertidumbre por lo que vendrá. Y hay nubes oscuras en el firmamento. Los ucranianos abandonan sus pueblos y ciudades, sus hogares, y dejan atrás sus recuerdos, todas sus vidas. Hay un dolor abrasando los cimientos de Europa. Un dolor que es el eco de otros dolores: los de los refugiados iraníes, iraquíes y afganos que abandonamos en campos de los que ya nadie se acuerda. Los talibanes masacrando a su pueblo ante la cobardía de las grandes potencias occidentales. Y claro, el mal llama a nuestras puertas. Sembramos y recogemos. Hemos olvidado lo que es el sentimiento de humanidad, de hermandad. La xenofobia anda por nuestras calles.

¿Qué escribiría en estos instantes Stefan Zweig? ¿Le embargaría la misma angustia y pesimismo que lo llevó al suicidio al ver que la Europa que tanto amaba desaparecía bajo el avance de los nazis?

Mientras, tenemos en todos los países europeos al huevo de la serpiente ya encubándose. Putin es ruso, pero no es comunista. Lo explico para los que, desde siempre, atribuyen el hecho de ser comunista por la única razón de haber nacido en Rusia (esto viene del franquismo, ni más ni menos). Vivir en la Alemania nazi tampoco te convertía en miembro del partido, por eso tantos exiliados. Como los hubo en la España franquista y en la Cuba castrista. Putin es ruso, pero es un dictador megalómano y cruel, con su propia ideología personal. Como los otros dictadores que ha habido, hay y habrá. Solo hay que ver esa secuencia que se ha emitido por televisión en la que, en público y ante los altos cargos del país, denigra, humilla y trata con la punta del pie al Jefe de los Servicios Secretos rusos que tartamudea y palidece ante su presencia, tal y como le ocurría a quienes se cuadraban frente a Hitler.

Pero, también como a Hitler, a Franco y a Mussolini, a Putin lo apoya la extrema derecha europea, y curiosamente gente tan dispar como el impresentable de Maduro o el peligroso Bolsonaro, e incluso el patético Donald Trump, ese cáncer maligno para la democracia, han expresado su admiración por la determinación del dictador ruso. Un día conoceremos qué negocios tienen entre manos Trump y Putin, como los tuvieron las familias de Bush y de Bin Laden.  

Sí, hay muchos huevos de serpientes que se encuban en nuestros países aparentemente cultos y blindados contra los totalitarismos. Vox está levantando alas en España, y ese es uno de los huevos de la serpiente. Hermanos de Putin en sus principios antidemocráticos, antisolidarios y vengativos: el que no piensa como yo, está contra mí. Esa es la divisa de la ultraderecha. Han vuelto como en los años treinta y cuarenta, y lo hemos permitido. Los medios de comunicación debieran haber hecho de cortafuego y, al contrario, les han dado toda la publicidad del mundo. Quizá acaben siendo amordazados, como lo son ahora los opositores y periodistas que no comulgan con Putin, y se arrepientan.

Puede que sea tarde si no reaccionamos. Quiero ver un resquicio de luz donde no lo hay, que nos despertemos de una vez, que en toda Europa vayamos arrinconando a la ultraderecha malsana que es hermana de gente como Putin, Bolsonaro, Maduro, Díaz-Canel, Kim Jong-un y demás sátrapas americanos, africanos, asiáticos o europeos… Y también a los populismos y los trumpistas de derecha y de izquierda, que de los dos haberlos, haylos; y que tanto daño están causando, con esos politicastros (en España, como en el resto de los países, tenemos ahora mismo varios ejemplos reveladores) que solo miran su interés y el de su partido, que juegan con los sentimientos de la gente, que en nada son ejemplares, pero que saben manipular a sus seguidores. Si no lo hacemos ya, el mundo será otro y en nada mejor al que conocemos. Pero creo que las personas decentes somos más, los que valoramos la independencia de los pueblos, la libertad y el imperio de la ley, la democracia en su mejor expresión, el derecho de la gente a expresarse en libertad, a crecer como seres humanos y no como siervos o esclavos de nadie, ni siquiera de una ideología o de una religión, de ninguna bandera, de ningún país. Seamos hombres y mujeres libres. Y por todo esto me refugio ahora de nuevo en James Joyce y en Stefan Zweig. Necesito ver esa luz en alguna parte.

 Sergio Barce, 26 de febrero de 2022

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 2 – CONTAR LAS CUARENTA, CON MORETA-LARA. EN EL HAMMAM, CON KILITO

En noviembre pasado, paseé por Tánger con Marta Cerezales Laforet, Rocío Rojas-Marcos y Miguel Ángel Moreta-Lara, ahí es nada (en uno de los cuentos que formarán parte de mi nuevo libro relato algún detalle de ese deambular). Hacía frío, pero el sol asomaba con cierta holgura y los perros y los gatos habían ocupado las zonas de las aceras donde más calentaba. A veces parecíamos extraños que nunca hubiesen vivido o estado en Marruecos, quizá porque los cuatro tratamos de embebernos de cuanto allí nos rodea. Fue un rato agradable, lleno de silencios, en especial cuando entramos en el cementerio judío, que nos sobrecogió por muchas cosas. Caminar por Tánger es viajar en el tiempo.

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Tras leerme sus poemas de su Dietario salvaje (que me ha deparado más de una sonrisa), ando con el otro libro que me regaló Miguel al despedirnos: Contar las cuarenta. Es incalificable, pero estoy aprendiendo muchísimas cosas con él. Hay notas de viajes, relatos, meditaciones (por así llamarlas) o más bien reflexiones, recuerdos, fogonazos de inspiración y textos nacidos porque sí. Me ha sorprendido conocer el destino de Miguel Hernández Torralbo, el dueño de un local mítico de Málaga: <El cantor de jazz>, por el que casi todos recalamos en nuestra juventud. Tal y como lo cuenta Miguel Ángel, lo cierto es que hay historias que son pura devastación.

Pero lo que me trae hoy aquí es que, Contar las cuarenta, publicado por El Desvelo Ediciones, me ha recordado un texto que leí hace tiempo de Abdelffatah Kilito. Cuando lo menciona en sus páginas, algo se ha encendido en mi cabeza, lo he buscado y he vuelto a leerlo. Se titula Una temporada en el hammam, y, como bien dice Miguel Ángel Moreta-Lara (que junto a Ahmed Ararou lo tradujeron del francés), es “un texto absolutamente perfecto”.

Extraigo un pequeño párrafo del relato:

“…El hamam es un descenso al otro mundo. No se sube al hamam, se baja; es difícil imaginar un hamam encaramado. Tan pronto como empujas la puerta para penetrar en la primera sala, hay que bajar un peldaño, por lo menos un peldaño. El hamam es un lugar crónico, situado en las profundidades de la tierra, en las entrañas subterráneas; como inframundo, es oscuro, sin estrellas ni sol, lejos del día y de la noche, fuera del calendario y de la cronología. El sol no tiene acceso a ese mundo de los muertos, a esa morada de las sombras de formas indecisas, que sólo reflejan de manera imperfecta las formas del mundo superior, del mundo bañado por el sol. El hamam es un espejo empañado, en cuya superficie se proyectan vagas siluetas, apariciones inciertas. Uno se transmuta en su propia sombra desde el instante en que baja a esta catacumba, fosa ahogada por un vapor espeso y sofocante…”

Sigo leyendo a Miguel Ángel a cuentagotas, para que no se acaben sus historias. Y, entre medio, se cuela alguna novela o algún diario. Esas cosas que hacemos los lectores impenitentes, que no dejamos de abrir los libros que tenemos a mano mientras miramos de soslayo los otros volúmenes que también nos esperan en una esquina del escritorio.

Sergio Barce, 25 de enero de 2022

 

ABDELFFATAH KILITO
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«LOS PERROS DE TÁNGER», UN POEMARIO DE ISAAK BEGOÑA

Nos vemos en Tánger

dijiste

Y aquí he venido a esperarte

entre barcos a la deriva

sueños y malandros

Entre la bruma del estrecho

con una vieja chilaba

y zapatos ajados.

Este bellísimo poema se titula Nuestra historia siempre vuelve, y pertenece al libro Los perros de Tánger, de Isaak Begoña.

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El volumen recoge unos textos cargados de humanidad, añoranza y buena poesía. Tánger como inspiración, como lugar de retorno, como destino del alma y de los sueños. Isaak Begoña ha confeccionado un hermoso mosaico de palabras que me han taladrado, como lo hará a cualquiera que sienta esta nostalgia impenitente por Tánger en particular, por Marruecos en general, porque en su compleja sencillez te alcanzan el corazón. A veces, los versos me llegan y se varan en mi pecho. Los poemas de Isaak Begoña lo han hecho.

Medina

 

Los zocos

grandes y pequeños

son una alfombra de luz

que baja desde la kasbah

hasta el puerto

Territorio de verano

alacena de mis recuerdos

y sueños.

La edición está muy cuidada y es un placer tener el libro entre las manos. Los textos están en español, francés y árabe, con traducción de Abdelkrim Zekri Tarifet y Véronique Hoffmann-Martinot, acompañados de suaves y delicadas ilustraciones de Lucie Geffré. Edita Volapül Ediciones.

Sergio Barce, diciembre 2021

ISAAK BEGOÑA
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«DEL SILENCIO», UNA NOVELA DE SERGI BELLVER

Siempre he dicho que una de mis obsesiones cuando escribo una novela o un relato es su final, que cuido con esmero porque sé que es lo que dejará en el lector el último sabor de boca. Detesto esos autores que acaban sus historias de cualquier manera. He arrojado más de un libro contra la pared decepcionado por su desenlace tras haberme leído doscientas, trescientas o cuatrocientas páginas anhelando la guinda del pastel.

Todo este preámbulo es para decir que, hace unos diez minutos, he cerrado Del silencio, la novela de Sergi Bellver. Y es de esos textos que tienen un final a la altura del resto de libro.

No había leído nada de mi tocayo Sergi Bellver hasta este momento, pero me he sumergido en las páginas de su novela con el presentimiento de que tras esa atractiva portada se escondía algo que merecía la pena. A veces, las corazonadas aciertan.

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De entrada, me he encontrado una narrativa sólida y cuidada, de esa que sabes que se ha escrito con la sobriedad de quien tiene claro lo que desea transmitir, de esa que intuyes que encierra un corazón enorme tras las palabras impresas. Porque lo que he encontrado en esta novela es un narrador de una gran humanidad y ternura, y de un estilo vibrante.

Del silencio es una novela río que sorprende por la solidez de sus personajes y por la detallada localización física y temporal de su historia: de 1948 a 1969 viajamos con el protagonista de París a Óbuda y de Óbuda a París, de Budapest a Viena y de Roma a Praga. Una novela en la que el silencio es, por supuesto, uno de sus ejes, pero que le sirve a Sergi Bellver para armar jarana con su buena prosa, porque su silencio es el ruido de los males que han ido minando la concordia y la hermandad de los pueblos que conforman este mapa europeo en el que vivimos. Este viaje es un recorrido lúcido, ácido y crítico (tres esdrújulas para describir su novela) de la reciente historia de Europa, en el que asistimos a todos los hitos que han marcado a varias generaciones, desde las consecuencias de la segunda guerra mundial hasta el aplastamiento de los sueños de libertad que nacieron en Hungría primero y en Checoslovaquia años después, y el mayo francés del 68 que, con una mirada desapasionada y madura, Sergi Bellver desmonta de su romanticismo. Lo sorprendente es la facilidad con que logra ubicar al protagonista de esta novela en cada uno de esos acontecimientos, de forma natural, incluso lógica, empujado siempre por las circunstancias y por un ansia de libertad que, a mí particularmente, me hace volver a revivir muchos de los sueños de juventud.

Hay personajes conmovedores: el tío Gábor, Sanyi, la señorita Germain, Omar, Pablo, los abuelos y, por supuesto, Vêra (quién no se enamora de Vêra). Una trama en la que habitan pequeños héroes anónimos que son quienes han escrito realmente la historia de este continente. Y hallo tantos puntos de conexión entre su visión del mundo y el mío que me he reconocido en muchas de sus sentencias. Me gusta esa humanidad que supura de sus frases y esa cercanía al aproximarse a sus personajes hasta convertirlos en seres que respiran y se mueven a nuestro alrededor.

“Pronto llevaré tanto tiempo en Francia como el que pasé en Hungría, a veces Jean o János me suenan igual de raros y ya no sé muy bien a qué lugar pertenezco. Me pregunto cuánto queda en mí del niño que se crió en Óbuda o si de verdad he llegado a hacerme un hombre en Montparnasse. Cada vez me resulta más pesado hablar en cualquiera de mis dos lenguas, la materna y la aprendida, y tengo la sensación de haber ido construyendo un tercer país a mi alrededor, uno invisible y sin banderas, hecho de soledad y de silencio, aunque a veces salga de sus fronteras y me olvide un poco de mi particular guerra civil para visitar a varios de mis aliados…”

La descripción de los lugares donde se ubica la trama es minuciosa, y consigue que nos movamos por ellos como si realmente pisáramos las calles y barrios de París, Óbuda, Praga o Viena, los campos de Sumava e incluso la rivera del Moldava, del Sena, del Danubio… ríos que son vida y que mecen el silencio de la historia que Sergi Bellver ha trenzado como un cordel al que nos ata para que no dejemos de leer.

“……ella pone el disco de Janácek. Suena la primera pieza, encuentro una navaja y Vêra me traduce el título de la serie, <En el sendero cubierto de maleza>. Nos comemos el embutido y el pan de pie, frente a la cocina, y con los siguientes movimientos del piano, pelo la fruta, le doy un trozo a Vêra, me como otro y me chupo el jugo del pulgar. Dejo la navaja en un vaso y terminamos de cenar callados, con los acordes del tal Firkusný columpiándose en el ambiente de la estancia, la boca llena de pulpa de melocotón y la mirada clavada en la mirada del otro. <Buenas noches>, me dice entonces Vêra antes de besarme, y no entiendo, ni me importa, ya con los sabores de la fruta y de Vêra mezclados en mis labios. <La pieza, se llama así>, insiste, y le borro la sonrisa y otro <Bunas noches> con la lengua. Acaba la primera cara del disco pero la música ha dejado su manto en el silencio y la penumbra del piso. Nos acercamos a la ventana y allí, descalzos, me acuerdo de aquella otra isla de paz que un día compartimos, tan distinta Kispest de Malá Strana y aquella casa en el llano de este piso en la colina, pero con la misma sensación de refugio apartado del mundo y la misma compañía de los árboles. Tan distintos nosotros, también, de aquel par de jóvenes, con todas las heridas invisibles y todos los fantasmas que ahora nos habitan. Me siento en el sillón y Vêra se queda de pie frente a mí. Pero mi rostro a su vientre, exhalo desde lo más hondo y le abrazo así, mientras ella me acaricia el pelo desde arriba. Deslizo la mano por debajo del vestido, le subo media falda y, con el tacto y la memoria, leo la cicatriz de su rodilla. Con todo este silencio cargado de las palabras que no supimos ni pudimos decirnos en Budapest ni en todos los años que siguieron, cada uno en su mitad de esta Europa rota, sólo tenemos la piel y el gesto para que mañana, cuando volvamos a separarnos, no nos quede dentro tanto vacío. Trepan mis manos por sus muslos, retiro una tela y otra, le busco el sexo, le meto despacio dos dedos y me los llevo a la boca. <Te recordé bien>, le digo a Vêra, que me tira del pelo un instante y me devuelve la mirada hambrienta, los dos sumidos en el abismo del otro, ya sin sonreír ni jugar, sino como quienes cumplen al fin un juramento. Todos los sabores de Vêra permanecían intactos en mi recuerdo, la sal de su sexo, el pan de su vientre y la tierra de su espalda. Todos sus rincones se abren de nuevo a mis sentidos, el fulgor de su cuello, la fibra de su hombro y la especia de su axila…”

Hay mucha música en estas páginas, desde Beethoven y Chopin hasta The Beatles y David Bowie, pasando por el jazz y el rock, y hay también mucho cine, del que a mí me gusta y del que Sergi Bellver me ha descubierto o, al menos, del que ha conseguido despertar mi curiosidad. Así que esta novela no sólo habla del silencio del dolor, de la pérdida y de la nostalgia, del amor fraterno, paterno o romántico, también lo hace del silencio que se quiebra con un buen tema musical o con el sonido de un film proyectado en un viejo cine del siglo pasado. Pero sobre todo habla del amor escrito en silencio, pero en mayúsculas.

Ya he dicho antes que las páginas de esta novela contienen altas dosis de humanidad y ternura, y he de reconocer que hay momentos que llegan al corazón. La señorita Germain y su piano, su carta, su silencio. El dolor de Vêra y la luz que enciende Vêra en la vida de János. Esos entrañables momentos de intimidad a los que Sergi Bellver dota de verdad. Y, como ya anunciaba al inicio, su final es un broche excelente para quedarse con un sabor dulce en los labios, el mismo sabor de la pulpa de ese melocotón que comparten los amantes protagonistas.

“…Esta mañana, al levantarme y salir al porche, el mundo entero ha desaparecido. Los abuelos no están, la camioneta tampoco y la niebla lo tapa todo a sólo unos metros de la casa. No se oye ningún pájaro, ni a las gallinas, ni el crujido de una sola rama, ni rastro de viento. Creo que si le arrojara una piedra a la niebla, aun con todas mis fuerzas, la engulliría en silencio, como si ya no hubiera suelo ni paisaje en los que caer al otro lado…”

Del silencio ha sido publicada por Ediciones del Viento.

Sergio Barce, diciembre 2021

 

SERGI BELLVER
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BIOGRAFÍA DE «JAN MORRIS», POR ALBERTO OLMOS

La editorial Zut viene publicando una colección llamada Vidas térmicas, biografías concentradas en apenas 100 páginas sobre personajes realmente interesantes. Ya escribí de la magnífica biografía escrita por Rocío Rojas-Marcos acerca del gran Mohamed Chukri, con el añadido de haber tenido la suerte de acompañarla en su presentación en Málaga.

Ahora, acabo de leer otro de los títulos de estas Vidas térmicas, el dedicado a la vida de Jan Morris, que rubrica el escritor y periodista Alberto Olmos. De nuevo me encuentro con un texto interesantísimo y bien armado, que hace de la lectura un pequeño placer. El personaje elegido, además, es singular: James Morris es Jan Morris. James fue el único periodista que acompañó a la primera expedición que coronó el Everest en 1953 y, junto a este acontecimiento, cubrió otros eventos históricos que lo convirtieron en un afamado reportero freelance. Pero en 1972, viaja a Casablanca y, clandestinamente, jugándose la vida, cambia de sexo. A partir de ahí, su vida es otra.

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“…Jan Morris tiene a su vez mucho que decir sobre las diferencias entre ser hombre y ser mujer, pero casi ninguna de sus aportaciones guarda relación con la sexualidad. Ya vimos que Morris no era una persona esclavizada por la pasión erótica, ni siquiera se le nota en ningún momento muy concernido por ella. Siendo hombre o siendo mujer, ni los hombres ni las mujeres le vuelven loco.

Su inmersión completa en la feminidad empezó en aquella clínica de Casablanca. Morris considera que pasó 35 años como hombre, diez a media distancia entre ambos sexos y el resto de su vida (que serían 49 años) <como yo misma>. En ningún momento Jan Morris se siente parte de un grupo o colectivo, sean <los transexuales> o <las mujeres>. Desde luego nunca se sintió parte de <los hombres>. Durante toda su vida gozó, gracias a su singular hiperestesia, de una visión de sí misma cercana a cierta soberanía identitaria, un yo mítico y determinante que, desde una genuina vanidad, se consideraba distinto a cualquier otro sobre la faz de la Tierra…”

No hay morbo alguno en esta biografía, trazada con gran concisión y en la que es evidente que Alberto Olmos, atrapado por este sorprendente personaje, nos contagia su curiosidad por desentrañar quién se escondía tras James Morris y quién tras Jan Morris. Con su narrativa, nos conduce por una vida de 94 años en las que la misma persona fue marido, padre de cinco hijos, soldado y reportero, pero también mujer, compañera de la que antes fuera su esposa, historiadora y novelista. No se puede tener una existencia más fascinante y diferente.

“…Morris consideraba que el género orientaba de alguna manera al otro género, el literario, de modo que como hombre lo natural, según su concepción, era escribir reportajes y, como mujer, novelas. En realidad, Morris solo escribió dos novelas, a partir de los años ochenta, pero el cambio de sexo le parecía determinante hasta para la elección de expresión literaria; le parecía determinante para todo…”

Interesante seguir sus huellas y su concepción de la vida y de la literatura a través de los ojos de Alberto Olmos.

Jan Morris ha sido publicada por Zut Ediciones, en octubre de 2021.

Sergio Barce, diciembre 2021

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