«DEL SILENCIO», UNA NOVELA DE SERGI BELLVER

Siempre he dicho que una de mis obsesiones cuando escribo una novela o un relato es su final, que cuido con esmero porque sé que es lo que dejará en el lector el último sabor de boca. Detesto esos autores que acaban sus historias de cualquier manera. He arrojado más de un libro contra la pared decepcionado por su desenlace tras haberme leído doscientas, trescientas o cuatrocientas páginas anhelando la guinda del pastel.

Todo este preámbulo es para decir que, hace unos diez minutos, he cerrado Del silencio, la novela de Sergi Bellver. Y es de esos textos que tienen un final a la altura del resto de libro.

No había leído nada de mi tocayo Sergi Bellver hasta este momento, pero me he sumergido en las páginas de su novela con el presentimiento de que tras esa atractiva portada se escondía algo que merecía la pena. A veces, las corazonadas aciertan.

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De entrada, me he encontrado una narrativa sólida y cuidada, de esa que sabes que se ha escrito con la sobriedad de quien tiene claro lo que desea transmitir, de esa que intuyes que encierra un corazón enorme tras las palabras impresas. Porque lo que he encontrado en esta novela es un narrador de una gran humanidad y ternura, y de un estilo vibrante.

Del silencio es una novela río que sorprende por la solidez de sus personajes y por la detallada localización física y temporal de su historia: de 1948 a 1969 viajamos con el protagonista de París a Óbuda y de Óbuda a París, de Budapest a Viena y de Roma a Praga. Una novela en la que el silencio es, por supuesto, uno de sus ejes, pero que le sirve a Sergi Bellver para armar jarana con su buena prosa, porque su silencio es el ruido de los males que han ido minando la concordia y la hermandad de los pueblos que conforman este mapa europeo en el que vivimos. Este viaje es un recorrido lúcido, ácido y crítico (tres esdrújulas para describir su novela) de la reciente historia de Europa, en el que asistimos a todos los hitos que han marcado a varias generaciones, desde las consecuencias de la segunda guerra mundial hasta el aplastamiento de los sueños de libertad que nacieron en Hungría primero y en Checoslovaquia años después, y el mayo francés del 68 que, con una mirada desapasionada y madura, Sergi Bellver desmonta de su romanticismo. Lo sorprendente es la facilidad con que logra ubicar al protagonista de esta novela en cada uno de esos acontecimientos, de forma natural, incluso lógica, empujado siempre por las circunstancias y por un ansia de libertad que, a mí particularmente, me hace volver a revivir muchos de los sueños de juventud.

Hay personajes conmovedores: el tío Gábor, Sanyi, la señorita Germain, Omar, Pablo, los abuelos y, por supuesto, Vêra (quién no se enamora de Vêra). Una trama en la que habitan pequeños héroes anónimos que son quienes han escrito realmente la historia de este continente. Y hallo tantos puntos de conexión entre su visión del mundo y el mío que me he reconocido en muchas de sus sentencias. Me gusta esa humanidad que supura de sus frases y esa cercanía al aproximarse a sus personajes hasta convertirlos en seres que respiran y se mueven a nuestro alrededor.

“Pronto llevaré tanto tiempo en Francia como el que pasé en Hungría, a veces Jean o János me suenan igual de raros y ya no sé muy bien a qué lugar pertenezco. Me pregunto cuánto queda en mí del niño que se crió en Óbuda o si de verdad he llegado a hacerme un hombre en Montparnasse. Cada vez me resulta más pesado hablar en cualquiera de mis dos lenguas, la materna y la aprendida, y tengo la sensación de haber ido construyendo un tercer país a mi alrededor, uno invisible y sin banderas, hecho de soledad y de silencio, aunque a veces salga de sus fronteras y me olvide un poco de mi particular guerra civil para visitar a varios de mis aliados…”

La descripción de los lugares donde se ubica la trama es minuciosa, y consigue que nos movamos por ellos como si realmente pisáramos las calles y barrios de París, Óbuda, Praga o Viena, los campos de Sumava e incluso la rivera del Moldava, del Sena, del Danubio… ríos que son vida y que mecen el silencio de la historia que Sergi Bellver ha trenzado como un cordel al que nos ata para que no dejemos de leer.

“……ella pone el disco de Janácek. Suena la primera pieza, encuentro una navaja y Vêra me traduce el título de la serie, <En el sendero cubierto de maleza>. Nos comemos el embutido y el pan de pie, frente a la cocina, y con los siguientes movimientos del piano, pelo la fruta, le doy un trozo a Vêra, me como otro y me chupo el jugo del pulgar. Dejo la navaja en un vaso y terminamos de cenar callados, con los acordes del tal Firkusný columpiándose en el ambiente de la estancia, la boca llena de pulpa de melocotón y la mirada clavada en la mirada del otro. <Buenas noches>, me dice entonces Vêra antes de besarme, y no entiendo, ni me importa, ya con los sabores de la fruta y de Vêra mezclados en mis labios. <La pieza, se llama así>, insiste, y le borro la sonrisa y otro <Bunas noches> con la lengua. Acaba la primera cara del disco pero la música ha dejado su manto en el silencio y la penumbra del piso. Nos acercamos a la ventana y allí, descalzos, me acuerdo de aquella otra isla de paz que un día compartimos, tan distinta Kispest de Malá Strana y aquella casa en el llano de este piso en la colina, pero con la misma sensación de refugio apartado del mundo y la misma compañía de los árboles. Tan distintos nosotros, también, de aquel par de jóvenes, con todas las heridas invisibles y todos los fantasmas que ahora nos habitan. Me siento en el sillón y Vêra se queda de pie frente a mí. Pero mi rostro a su vientre, exhalo desde lo más hondo y le abrazo así, mientras ella me acaricia el pelo desde arriba. Deslizo la mano por debajo del vestido, le subo media falda y, con el tacto y la memoria, leo la cicatriz de su rodilla. Con todo este silencio cargado de las palabras que no supimos ni pudimos decirnos en Budapest ni en todos los años que siguieron, cada uno en su mitad de esta Europa rota, sólo tenemos la piel y el gesto para que mañana, cuando volvamos a separarnos, no nos quede dentro tanto vacío. Trepan mis manos por sus muslos, retiro una tela y otra, le busco el sexo, le meto despacio dos dedos y me los llevo a la boca. <Te recordé bien>, le digo a Vêra, que me tira del pelo un instante y me devuelve la mirada hambrienta, los dos sumidos en el abismo del otro, ya sin sonreír ni jugar, sino como quienes cumplen al fin un juramento. Todos los sabores de Vêra permanecían intactos en mi recuerdo, la sal de su sexo, el pan de su vientre y la tierra de su espalda. Todos sus rincones se abren de nuevo a mis sentidos, el fulgor de su cuello, la fibra de su hombro y la especia de su axila…”

Hay mucha música en estas páginas, desde Beethoven y Chopin hasta The Beatles y David Bowie, pasando por el jazz y el rock, y hay también mucho cine, del que a mí me gusta y del que Sergi Bellver me ha descubierto o, al menos, del que ha conseguido despertar mi curiosidad. Así que esta novela no sólo habla del silencio del dolor, de la pérdida y de la nostalgia, del amor fraterno, paterno o romántico, también lo hace del silencio que se quiebra con un buen tema musical o con el sonido de un film proyectado en un viejo cine del siglo pasado. Pero sobre todo habla del amor escrito en silencio, pero en mayúsculas.

Ya he dicho antes que las páginas de esta novela contienen altas dosis de humanidad y ternura, y he de reconocer que hay momentos que llegan al corazón. La señorita Germain y su piano, su carta, su silencio. El dolor de Vêra y la luz que enciende Vêra en la vida de János. Esos entrañables momentos de intimidad a los que Sergi Bellver dota de verdad. Y, como ya anunciaba al inicio, su final es un broche excelente para quedarse con un sabor dulce en los labios, el mismo sabor de la pulpa de ese melocotón que comparten los amantes protagonistas.

“…Esta mañana, al levantarme y salir al porche, el mundo entero ha desaparecido. Los abuelos no están, la camioneta tampoco y la niebla lo tapa todo a sólo unos metros de la casa. No se oye ningún pájaro, ni a las gallinas, ni el crujido de una sola rama, ni rastro de viento. Creo que si le arrojara una piedra a la niebla, aun con todas mis fuerzas, la engulliría en silencio, como si ya no hubiera suelo ni paisaje en los que caer al otro lado…”

Del silencio ha sido publicada por Ediciones del Viento.

Sergio Barce, diciembre 2021

 

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