Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

EL COMIENZO DE UNA NOVELA

¿Qué es lo que nos preocupa a los narradores cuando escribimos una novela? Bastantes cosas, cierto, pero una de ellas, y fundamental, es el arranque, las primeras líneas, los dos o tres primeros párrafos. Es el anzuelo. Ahí hay que darlo todo, enganchar al lector, engañarlo incluso si fuere preciso para que se sumerja en nuestra historia y tratar de que no se suelte de nuestra mano. A mí, personalmente, esto me obsesiona. Cuando ya pongo punto y final a la novela (otro detalle no menos importante: cómo dejar al lector en la última frase con la miel en los labios, ensimismado, deseando que el libro no hubiese acabado nunca), en ese instante, como digo, del final de la narración, vuelvo al inicio y reviso y repaso y corrijo las primeras líneas, los dos o tres primeros párrafos. Hasta que no me convence, no lo suelto. A veces, incluso, lo rehago, lo destruyo, lo arrojo a la papelera y vuelvo a escribir otro comienzo.

De los últimos libros que he leído o estoy leyendo, traigo las primeras líneas de Timandra, de Theodor Kallifatides (editado por Galaxia Gutenberg, con traducción de Carmen Vilela Gallego). Así es como ha de empezar una buena novela:

«Estaba acostado junto a mí, desnudo. El resplandor de la lumbre en el hogar se reflejaba en su frente y confería a sus gotas de sudor un brillo de piedras preciosas. En ese preciso momento se oyeron unos pasos. Quedé petrificada. Él respiraba profunda, serenamente.

Alguien viene -dije.

-Que venga quien quiera -me respondió-, hace veinticinco años que los estoy esperando.»

Sergio Barce, abril 2022

 

 

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UNOS VERSOS DE «LAS MIL Y UNA NOCHES»

La sensualidad es uno de los elementos esenciales de Las mil y una noches, y, de entre sus páginas, reproduzco el siguiente fragmento y los siguientes versos:

“…Pero, completamente desnuda, la adolescente ya se había tirado al agua y había desaparecido en el fondo del estanque. Cuando sacó de nuevo la cabeza, al mozo se le olvidó todo: le pareció que era como un fragmento lunar, que su cara se asemejaba al plenilunio en todo su esplendor, o a la claridad que anuncia la aurora por encima del horizonte… La contemplaba a sus anchas y sin rebozo, mientras ponderaba su figura, sus senos redondeados, sus nalgas, que se estremecían con el más ligero movimiento. Tan desnuda como Alá, su Señor, la había creado, la muchacha se dejaba admirar. Entre suspiros emocionados, el joven le dedicó estos versos:

 

¡Qué figura tan perfecta la tuya!

Si la comparo con una flexible

y tierna rama, no te haría honor,

hasta imperdonable sería mi falta.

 

Porque una rama bella sólo es

si cubierta de hojas está,

mientras que tu belleza sólo brilla

en tu más completa desnudez.

 

Y estos otros:

 

¡Flecha que tus ojos han clavado

en el fondo de mi alma!

Rosas púrpuras serían tus mejillas,

de no ser la sombra de ese lunar.

 

Tu talle, tan esbelto como lanza,

como tal y rígida destaca,

aunque tú la curvas al andar

para incitarnos aún más,

no tanto por descuido

como por mitigar

la aflicción en que el alma

se deja atormentar.

 

¡Ay de los que viven el amor con pasión!

¡Cuántos sufrimientos y heridas,

cuánto cuesta a él renunciar!

 

Tomado del primer volumen de Las mil y uno noches publicada por Edhasa, de la edición de René R. Khawam, con traducción de Gregorio Cantera.

Sergio Barce, abril 2022

ODALISCA, 1862 – MARIANO FORTUNY
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UN POCO DE SENSUALIDAD CON LAWRENCE DURRELL

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Un poco de sensualidad y buena literatura nos puede venir muy bien en estos instantes. Para ello, he elegido estos párrafos de la novela Justine, de Lawrence Durrell, primer título de su Cuarteto de Alejandría.

«(…)

-Quiero acabar con esto lo antes posible -dijo-. Creo que hemos ido demasiado lejos para retroceder.

Por mi parte, me sentía como devorado por una espantosa falta de deseos, una voluptuosa angustia del cuerpo y del espíritu que me impedían hablar y aun pensar. Me resultaba imposible imaginarme haciendo el amor con ella, porque la trama emocional que habíamos tejido alrededor de nosotros nos separaba como una barrera: una invisible tela de araña hecha de fidelidades, ideas, vacilaciones que yo no tenía el coraje de arrancar. Cuando Justine dio un paso hacia mí, le dije débilmente:

-Esta cama es horrible y huele mal. Además he estado bebiendo. Quise hacer el amor solo, pero no pude… no hacía más que pensar en ti.

Sentí que me ponía pálido mientras me dejaba caer otra vez sobre la almohada, consciente del silencio que reinaba en el pequeño departamento, solo interrumpido por un grifo que goteaba en un rincón. La bocina de un taxi sonó una vez a lo lejos, y desde el puerto, como el rugido ahogado de un minotauro, llegó la llamada breve y negra de una sirena. Ahora parecía como si estuviéramos absolutamente solos los dos.

La habitación pertenecía por completo a Melissa: el mísero tocador lleno de fotos y de cajas de polvos vacías, la graciosa cortina que palpitaba suavemente en ese atardecer sofocante, como la vela de un barco. Cuántas veces habíamos reposado el uno en brazos del otro, observando la lenta respiración de esa tela transparente y brillante… A través de todo eso, como a través de la imagen de alguien muy querido que se sostiene en la lente de aumento de una lágrima gigantesca, si avanzar el moreno y rígido cuerpo desnudo de Justine. Hubiera tenido que estar ciego para no comprender hasta qué punto había en su resolución una mezcla de tristeza. Nos quedamos largo rato mirándonos cara a cara; nuestros cuerpos se tocaban, sin comunicarse otra cosa que la lasitud animal de aquel atardecer moribundo. Mientras la sostenía livianamente en el hueco del brazo, no pude dejar de pensar en lo poco que nos pertenecen nuestros cuerpos.

(…)

Justine había cerrado los ojos, tan suaves y brillantes como si los puliera el espeso silencio que nos rodeaba. Sus dedos temblorosos se habían aquietado y descansaban en mi hombro. Nos volvimos el uno contra el otro, cerrándonos como las dos hojas de una puerta sobre el pasado, dejando a todo el mundo afuera, y sentí que sus besos, felices y espontáneos, empezaban a componer la oscuridad a nuestro alrededor…”

Los fragmentos pertenecen a la edición de Clásicos del siglo XX, publicada por el Diario El País, con traducción de Aurora Bernárdez.

Sergio Barce, marzo 2022

 

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