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“LA LETRA Y LA CIUDAD: SU TRAMA EN TÁNGER”, UN LIBRO DE RANDA JEBROUNI

La letra y la ciudad su trama en Tánger - portada

Acaba de salir el nuevo volumen de la colección Ensayos Saharianos, que publica Ediciones Alhulia: el libro de la profesora Randa Jebrouni La letra y la ciudad: su trama en Tánger. Un profundo estudio sobre la literatura que ha nacido al abrigo de esta ciudad como inspiración, como argumento, como excusa o como decorado.

Acudí al Instituto Cervantes de Tánger a la presentación de su primera versión, coordinada por Rocío Rojas-Marcos, pero se trataba de una edición muy limitada y los asistentes, con Javier Rioyo y la propia Rocío Rojas-Marcos a la cabeza, insistimos en que el libro merecía mayor difusión. De ahí la importancia de que la editorial Alhulia, bajo la dirección de José María Lizundia, haya tenido el acierto de publicarlo en España.

Mi amistad con Randa Jebrouni viene ya de largo, siempre intentando colaborar juntos en alguna actividad y, la verdad, por una u otra circunstancia, siempre ha ocurrido algo para ir posponiéndolo. Pero quizá este libro nos permita que, al presentarlo en Málaga, podamos por fin hacerlo.

En La letra y la ciudad: su trama en Tánger, la profesora Jebrouni repasa las obras más emblemáticas de la literatura tangerina, desde Ángel Vázquez a las páginas de Mohamed Chukri y a las del maestro Ramón Buenaventura, pero arrancando desde los primeros viajeros, como Domingo Badía, hasta llegar a los libros de Paul Bowles y Juan Goytisolo. Dedica capítulos a la literatura que nace bajo la sombra de la generación beat y hace un análisis de Tánger en la literatura española actual. Pero he de agradecerle que, cuando aborda la novela negra, junto a las novelas Tangerina, de Javier Valenzuela, Sueños de Tánger, de Jon Arretxe, y La Aljamía y La clave de Sol, ambas de Javier Roca, haya elegido uno de los títulos de mi trilogía tangerina: El libro de las palabras robadas, al que dedica varias páginas. Escribe Randa Jebrouni, entre otras cosas, lo siguiente acerca de mi obra:

“…en esta novela (El libro de las palabras robadas), la ciudad es un lugar de contrabando, y en este caso, de un valioso libro, que contiene lo prohibido y, por consiguiente, debe estar protegido. Tánger y Dalila, ciudad y mujer son las encargadas de guardar este libro secreto; Dalila es una mujer extremadamente bella, como la ciudad:

<Era una mujer magnífica, en todos los sentidos. Y durante estos años he visto crecer a Sara, y, mientras era niña florecía, Tánger se marchitaba. Cuando Dalila murió, la ciudad se hizo más triste, y eso es verdad… Así es la vida, Elio, una sucesión de pequeños acontecimientos que llenan nuestro vacío…>

La ciudad está en estrecha relación con el resplandor de Dalila, personaje muerto, que revive en el recuerdo de Elio y que es recordada como tantos otros acontecimientos que ocurren en la vida de una persona. Aunque se marchitaba cuando la hija de Dalila crecía, como si Sara se alimentara de la belleza de la ciudad, simboliza el sueño inalcanzable o la mujer idealizada e imposible, la integridad ética, y Tánger se convierte en la guardiana final del códice porque siendo el paraíso anhelado de los protagonistas, ha de ser también el último refugio contra el mal. Elio vuelve a Tánger al final de una etapa de vacío y aturdimiento para vivir en paz con Sara.

<Lo que iba a ser un viaje relámpago se convirtió en toda una experiencia vital. Fue una vida irrepetible, idílica, bohemia. El Café Hafa se convirtió en el mejor lugar para ver la puesta de sol, siempre con un té humeante en la mesa y algo de kif. Se trataba únicamente de estar juntos en aquella casa y sumergirse en otro libro que revivía a través del códice. Fueron decenas de exquisiteces, de obras maestras.>

El hecho de no quedarse en Málaga es sinónimo de una atracción por la ciudad del Estrecho y el preciado códice. No se presentan lugares de encuentro, salvo la avenida principal: el bulevar, la casa de Marshan de Dalila Beniflah: <preguntó entonces a dónde debía levarlo, y el joven le indicó la dirección, en el barrio del Marshan. Por supuesto, la casa de la señorita Beniflah, respondió con cierta suficiencia. Condujo en silencio, Tánger se metía por los cinco sentidos, y el joven recién llegado aspiraba la esencia de la ciudad intuyendo que era un lugar del que iba a tardar en marcharse…>.”

Siempre es reconfortante leer las interpretaciones que se hacen de los propios textos, y estos párrafos que he elegido dicen mucho de la profundidad del estudio que ha llevado a cabo Randa Jebrouni.

Su libro indaga en otras obras y otros autores (además de los ya mencionados antes), y en distintos aspectos de la literatura “tangerina” y en corrientes e influencias: Sonia García Soubriet, Jane Bowles, Juan Vega, el Teatro Cervantes como lugar de memoria literaria, Jesús Carazo, Rey Rosa, José Luis Barranco… Y un capítulo muy interesante, y en cierta medida olvidado en general al abordar esta temática, la de la propia literatura marroquí en torno a Tánger. Aquí, de nuevo, Chukri, junto a la obra de Tahar Ben Jellou, Mustafá El Ouriaghli, Abdeluoahed Stitou, Abdelghani Saifi, Abdellatif Idrissi, Mohamed Larbi Mechtat o Badia Hadj Nasser, lo que nos da una aproximación muy interesante de la actual narrativa marroquí que tiene a Tánger como referencia y que nos aporta títulos sumamente interesantes.

El libro se cierra con la relación entre Tánger y el cine, con lo que Randa Jebrouni nos conduce de esta manera por otro de los medios de expresión artístico que tienen a la ciudad como inspiración.

Y es que Tánger seguirá aportando nuevas obras en todos los campos creativos, porque es la ciudad de los milagros.

Sergio Barce, agosto 2020

SB Y RJ

SERGIO BARCE Y RANDA JEBROUNI

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LA LITERATURA MARROQUÍ EN LENGUA ESPAÑOLA, SEGÚN ABDELKADER CHAUI

Marruecos alegórico ensayos de literatura y cultura

Tras leer el libro Marruecos alegórico: ensayos de literatura y cultura, de Abdelkader Chaui, en el que se recogen artículos, conferencias y entrevistas del autor, he creído necesario destacar la conclusión a la que llega con relación a la literatura marroquí en lengua española, tanto por el significado testimonial como por la puesta en valor de esta literatura por alguien de la talla de Chaui. En ese sentido, el siguiente fragmento de su libro es elocuente:

“…Mi quinta observación, considerando los que acabo de cuantificar, tiene que ver con una de esas entidades literarias que se convirtió en un fenómeno literario que hace pocos años generó una polémica tensa a propósito de su existencia o ausencia-inexistencia. Me refiero a lo que se llama: la literatura marroquí escrita en lengua española, o literatura marroquí en castellano (denominada por Christian Ricci: literaturas periféricas). Y debo hacer notar, a pesar de todo, que esta entidad literaria tiene que ver con dos estructuras de suma importancia: la histórica que corresponde a la influencia cultural del hispanismo (como un fenómeno colonial del protectorado) y sus mecanismos de implantación mediante el establecimiento de nuevas estructuras sociales y económicas en el norte de Marruecos, que, con el paso del tiempo, ayudaron a forjar una élite local integrada o dispuesta a integrarse en el sistema arraigado en la sociedad del norte. Una larga historia para contar detallando los elementos que han contribuido a su elaboración y a su labor. La segunda es una estructura lingüística cultural por el uso de la lengua española como medio de expresión y comunicación, sin olvidar que esta lengua-cultura ha sido siempre vehiculada por el sistema de la enseñanza.

(…) Así que se este modo considero esta literatura como una variante de la llamada literatura marroquí moderna.”

Marruecos alegórico: ensayos de literatura y cultura, de Abdelkader Chaui, ha sido publicado la Editorial Alhulia, en su colección Ensayos Saharianos, en junio de 2019.

Sergio Barce, agosto 2020

Abdelkader Chaui (Bab Taza, 1950), es escritor y crítico marroquí, autor de la novela Patio de honor, con la que obtuvo el Premio a la Creación Literaria, entre otras, además de numerosos ensayos y artículos.

ABDELKADER CHAUI

ABDELKADER CHAUI

 

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“QUEBDANI”, UNA NOVELA DE ANTONIO ABAD

Quebdani, de Antonio Abad, es una novela original y muy a contracorriente. Ambientada en el poblado de Quebdani, situado en el Rif, y ambientado en los años del Protectorado español entre el desastre de Annual y la inminente independencia de Marruecos, se trata de un retrato nada complaciente de la ocupación española.

QUEBDANI portada

Antonio Abad, nacido en Melilla, y que pasó una gran parte de su infancia en Marruecos, es decir, buen conocedor de la realidad del país, nos sumerge en una historia de venganza llena de sorpresas y de giros inesperados, no tanto por su necesidad de enhebrar una trama que está repleta de un cierto suspense sino por su empeño por descubrir la cara menos amable de lo que fue el Protectorado español en Marruecos, con sus luces y con sus sombras. Y las sombras, en general, han quedado en muchos casos conscientemente olvidadas, de ahí lo imprescindible de obras como ésta.

Me ha gustado este libro de nuestro admirado Antonio Abad, al que siempre escucho con atención cuando hace alguna presentación en el Ateneo de Málaga, aunque ahora, tras la lectura de esta novela, se me hace más que necesario intercambiar con él impresiones y experiencias de nuestro amado Marruecos.

El punto de partida de su novela ya es bastante original: la situación en el Rif ocupado por España contado desde el punto de vista de un rifeño admirador y seguidor de Abd-el-Krim, pero que ha de trabajar en un molino propiedad de un español tirano y despreciable. Un chico que crecerá con la idea de vengar a su pueblo, sometido a un país extranjero y a unas élites coloniales que explotan su país para el beneficio de una metrópoli malherida y resentida en su orgullo. La sombra de Annual y la de la derrota marroquí tras el desembarco de Alhucemas planean en todo momento y alimentan esa sed de revancha del joven al que, despectivamente, llaman Braulio, aunque él se llame Abdelaziz (y al que su madre llamaba Soulami).

“…Era Ramadán cuando fui a comprar, no al zoco el Arbaa, sino al zoco el Jemis, a Comandante. Durante el camino pensé que el nombre que mejor le venía era el de Hayera que, como bien sabes, en amazige significa roca, porque se le veía duro y fuerte; pero a tu hermana María Dolores no le gustaba que tuviera nombre rifeño, así que nada más verlo dijo que el burro se llamaría Comandante y todos en el molino lo llamaron de aquel modo para no contrariarle sus caprichos de enferma…”

Quebdani en 1925

QUEBDANI – Dar Kebdani – año 1925

Hay pocos personajes españoles que merezcan nuestra simpatía, quizá Manol, al que Abdelazziz cuenta toda la historia que también nos relata a nosotros, el único de la familia dueña del molino que simpatiza y empatiza con los marroquíes, y el maestro don Ernesto quien, aunque sólo aparece en esta historia de manera tangencial, sin embargo, para mí tiene una trascendencia simbólica extraordinaria y coprotagoniza una de las escenas más emotivas y devastadoras del libro. En cualquier caso, los diversos personajes que transitan esta novela son de una gran contundencia, y reflejan muy bien esa parte de la sociedad que creyó ser dueña de lo que no les pertenecía.

“…Ese mismo día que me dijo que leyera aquello que ponía el periódico, que se lo leyera en voz alta, delante de Celestino para ver si era verdad que yo sabía leer, yo se lo leí, se lo leí antes de que ocurriera lo de Mauro y Celestino, y Celestino recibió una fuerte bofetada de tu padre y le dijo que si no le daba vergüenza que un moro como yo supiera leer y él no. Pues bien, ese mismo día, cuando yo estaba leyéndole el periódico a tu padre, fue cuando se le acercó a Tomás Dávila un chivanni.

Tomás Dávila estaba sentado junto a la mesa de los talonarios, en el suelo la lata de pintura colorada, y el viejo se le acercó negándole con la cabeza que lo que él se llevaba y lo que ponía en el recibo fuera lo mismo. Tendría aproximadamente unos setenta años, una larga y puntiaguda barba totalmente cenicienta, la chilaba raída, las sandalias de esparto, las manos como dos sarmientos temblorosos y toda la espalda era un arco de sumisión que un bastón de la sujetaba hasta donde la dignidad humana parece que no existe. Tenía acierto aspecto de unos de esos santones tan venerado por nosotros, un morabito. Los españoles bien que cuidaban de protegerlos y de engatusarlos para su causa y su conveniencia. El que vivía cerca del molino, estaba más que comprado por Tomás Dávila y recibía un ziyart anual puntualmente. En más de una ocasión lo sacó de un mal apuro, pues era mucha su influencia. Así que aquel pobre viejo se puso a gritarle a tu padre en amazige. En seguida se agolparon unos cuantos curiosos apoyando la postura del anciano, y luego otros más.

Tomás Dávila se levantó, lo cogió de la pechera de su chilaba sin miramientos y lo empujó tan brutalmente que cayó haciendo un ruido, raro, como cuando se tira un objeto de madera. Se produjo un grave silencio, de fieras al acecho, de rifles de pelotón. Nadie decía nada. El viejo tirado en el suelo apenas gemía, parecía un montón de ropa, de ropa vieja y sucia en la entrada del porche, amparándose en su propio abandono, latiendo todavía, sin dignidad, con rabia que nadie vio, que nadie podía escuchar.

Tuvieron que meterlo en la batea de una camioneta del ejército y llevarlo a Quebdani para que lo curara el médico. Varias costillas rotas y el miedo sucesivo recorriendo miradas en los días de zoco.

De aquel hecho no se dijo nada. Tratarnos con mano dura por cualquier asomo de protesta era toda una consigna que se había extendido para asegurar la permanencia en el Protectorado.

-Comida y leña es lo único que entienden -dijo Tomás Dávila. Cuando lo comentaba en la cantina, ufano, una copa de tinto en su mano, duras y oscuras sombras en algunos ojos.

-Lo malo -le contestó Mariano Sepúlveda, el cantinero- es que nosotros sólo sabemos darle leña. Fíjese en Francia, le dan más duro que nosotros, pero al menos el gobierno mete mucho dinero y personal especializado.

Se llevó la copa a los labios y se la empinó de un solo trago. Detrás del mostrador el cantinero se la volvió a llenar. Era un hombre enorme y barrigón que se cubría con un mandil lleno de manchurrones su ropa. Había también en el salón del bar algunos soldados que estaban dando cuenta de una botella. El ambiente era rancio, avinagrado y en el techo un ventilador de grandes aspas giraba lentamente. Su ritmo parecía marcar la permanencia de un tiempo empeñado en girar sobre sí mismo. Removía el aire, pero era el mismo aire, el mismo humo de los cigarrillos, el mismo tiempo indolente. Sólo las moscas trataban de romper el vuelo acompasado de esa órbita perfecta que era el ventilador describiendo líneas errantes en la sala menos aquellas que daban con sus vidas en las tiras de los papeles reales que colgaban del techo.

-La semana pasada fueron tres bombas, una en el Hotel Darsa, otra en la Delegación de Hacienda una tercera en un local comercial. Esta última, dice el periódico, fue la que causó más víctimas -decía Tomás Dávila-. Al día siguiente, unos grupos de agitadores se infiltraron entre los manifestantes y con piedras, palos, barras de hierro y demás objetos contundentes arremetieron entre gritos subversivos contra los policías encargados de mantener el orden. Incluso algunos elementos vestidos de uniforme fueron apaleados y desarmados por los alborotadores. No hay derecho a que esto ocurra. No se puede permitir ser blando con esta gente. Fíjate en lo que hacen en cuanto se les permite un margen de confianza, que lo ven como una muestra de debilidad de nuestro Gobierno. Por eso te digo que nada de ser blando, nada de que se te suban a las barbas. Mano dura, Mariano, y ya está bien de contemplaciones con esta gentuza. El general Silvestre, ese sí que los tenía bien puestos, una autoridad así es lo que haría falta. Desengáñate, Mariano, al moro leña, y cuanta más mejor…”

Es un largo extracto de esta magnífica novela, pero creo que muy representativa de lo que Antonio Abad trata de transmitir al lector: la decadencia de un sistema colonial ya insostenible, la realidad pertinaz e inevitable que va arrinconando los delirios de grandeza de quienes acudieron a Marruecos a explotar el país y a sus gentes, el racimos y la xenofobia que también se dio entre muchos militares africanistas y entre muchos empresarios y busca fortunas, el trato denigrante al marroquí por parte de esos mismos personajes, el desmembramiento de una estructura social creada de manera artificial sólo apoyada en la razón de la fuerza, el origen del odio al invasor, las consecuencias inevitables de todo ello…

Quebdani, además de ser un libro de una calidad narrativa incuestionable, es, como ya he dicho, una novela necesaria para comprender qué fue el Protectorado español en Marruecos, en concreto, en la zona del Rif. Porque esa parte de nuestra historia común está llena de aristas y de historias hermosas y de otras historias terribles. Y todo ha de ser mostrado.

Sergio Barce, agosto 2020

Quebdani, ha sido editada por etclibros (eltoroceleste), primera edición 1997 y segunda en 2018.

antonio abad

ANTONIO ABAD

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“A LO LEJOS” (IN THE DISTANCE), UNA NOVELA DE HERNÁN DÍAZ

“La luz era asfixiante. La blancura los amordazaba, los colmaba, los ahogaba. Entre lágrimas y parpadeos, apenas llegaban a intuir la planicie, tan lisa y cegadora como un lago helado. A pesar del calor, que era descomunal, el primer reflejo de Hâkan fue mirar hacia abajo para asegurarse de que el hielo que pisaban era lo suficientemente grueso. A lo largo de la llanura helada, se advertía una trama en relieve, con aspecto de panal; las celdas llegaban a medir un metro en el punto más ancho, y el patrón se extendía en todas direcciones, hasta donde alcanzaba la vista, formando un diseño sorprendentemente regular. La sal se amontonaba en unas líneas que se alzaban hasta cuatro o cinco centímetros por encima del suelo; colapsaban con un crujido bajo las ruedas del carromato, pero a menudo se revelaban lo bastante resistentes como para soportar el peso de las personas. El horizonte era un lazo corredizo.

Lorimer condujo a su gente más allá, hasta internarse en aquella deslumbrante extensión. Al igual que James Brennan, que solía detenerse cada pocos pasos para examinar un guijarro o batear un poco de tierra en busca de oro, Lorimer se paraba para tomar un puñado de sal, inspeccionarlo con atención y finalmente dejarlo caer. Su semblante se iba tornando más serio con cada muestra que descartaba. Desmontaba tan a menudo que al cabo de un rato decidió continuar a pie, y se arrodillaba con tanta frecuencia que terminó por seguir a gatas. Sus hombres, aún en sus monturas, lo miraban con desconcierto. Nadie hablaba. Aunque no se detuvieron en ningún momento a descansar, para cuando acamparon al anochecer no habían avanzado más de nueve kilómetros, según la estimación del malhumorado guía. Lorimer, hosco tras aquel infructuoso día en el lago salado, no quiso cenar y se fue a trabajar al carromato. Más tarde, esa misma noche, los hombres se acurrucaron alrededor del pequeño fuego (la leña se había convertido en una seria preocupación) mientras el naturalista permanecía fuera del círculo de luz, convertido en un bulto solitario. Hâkan no comprendió todas las palabras que se intercambiaron por encima de las tazas de latón, pero la amargura del tono resultaba evidente. Cuando se extinguió el fuego, todos coincidieron en que dejar a alguien de guardia era una preocupación innecesaria en semejante páramo…”

Este fragmento pertenece a la novela A lo lejos (In the distance), de Hernán Díaz, del año 2017, galardonada con el Saroyan International Prize, el Cabell Award, el Prix Page America y el New American Voices Award.

A LO LEJOS portada

Hacía tiempo que no me sumergía en una buena novela de aventuras, y ésta lo es. Con una cuidada prosa, Hernán Díaz construye un universo heredero sin duda del cine americano y de escritores como Alan Le May, James Fenimore Cooper o Jack DeWitt. Una historia de pioneros y aventureros que recorren América cuando aún era un lugar para explorar que, en sus manos, se convierte en un territorio inhóspito, casi lunar, deshabitado, como debió de ser en sus comienzos, salvaje y violento.

Es un western y es un libro de viaje, que nos conduce no solo a un paisaje físico sino también a un paisaje humano. Su protagonista, Hâkan, el Halcón, se convierte en una leyenda muy a su pesar, y es a través de su humanidad cómo Hernán Díaz nos ofrece el retrato de un ser humilde y candoroso al que las circunstancias lo van envolviendo en una extraña espiral de violencia que no puede controlar.

Por supuesto, durante ese largo viaje de años que realiza el protagonista de esta historia, se van cruzando personajes variopintos y de distinta calaña. Todos bien trazados, construidos con habilidad, con vida propia. Y a través de ellos asoma la codicia, la avaricia, la ternura, el cariño o el odio más profundo. La aventura en definitiva de la vida.

A lo lejos es una novela para disfrutar, para deleitarse, para, entre sus páginas, volver a cabalgar por praderas infinitas y creer estar protagonizando una nueva empresa como la de Centauros del desierto (The searchers) o como la de Un hombre llamado caballo (A man called horse), la de Jeremiah Johnson, la de El último mohicano (The last of the mohicans), la de El hombre de una tierra salvaje (Man in the wilderness), e incluso de las más recientes, El renacido (The revenant) y The salvation, película con la que tiene varios curiosos puntos de conexión.

Si además de hacernos viajar en el tiempo y de llevarnos a esos paisajes agrestes e inexplorados, que vamos descubriendo con Hâkan capítulo a capítulo, saboreamos buena narrativa, el resultado es esta excelente novela.

“…La negrura que se cernía sobre él lo cubriría por completo. Siempre había percibido el miedo como algo estruendoso. En cuanto lo asaltaba el temor, la sangre y el aire que circulaban por su cuerpo lo ensordecían. Pero ahora, por primera vez, el terror se hallaba suspendido en un vacío silencioso…”

A lo lejos (In the distance), ha sido editada por Impedimenta, con traducción del inglés de Jon Bilbao.

Sergio Barce, julio 2020

HERNÁN DÍAZ

HERNÁN DÍAZ

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“LA REINA DEL EXILIO”, UNA NOVELA DE HERMINIA LUQUE

LA REINA DEL EXILIO portada

“…Dejó el hato encima de la cama y deshizo el nudo. Sacó las prendas. Antes se quitó los guantes de lana; luego ya se pondría los de piel de cabritilla. Hasta para una prostituta importaba la apariencia de decoro, le sentaba bien. Unas manos calzadas con guantes invitaban a ser desnudadas y a continuar desabotonando, desciñendo, levantando y abriendo el resto de ropajes. De igual modo, los cabellos recogidos en un moño incitaban a soltarlos para coger los rizos sedosos y hundir en ellos las manos como en una materia rica y espesa.

Extendió la ropa sobre la cama: el corsé negro, de satén y encaje de Chantilly; la falda de seda gris, la chaqueta de terciopelo azul marino, el sombrerito con velo. Un sombrero a lo Morisot, le había dicho la vendedora de los grandes almacenes, una joven muy simpática que dijo llamarse Denise. Se había fijado en la gracia con la que se recogía el abundante pelo y decidió imitarla.

Se quitó el modesto vestido de lana, las enaguas, los pantalones interiores. Sintió frío, pero, debajo de la opulenta falda, se dejó tan sólo las medias negras, atándolas con cintas de suave seda al corsé. La falda se adhería a sus muslos de una forma obscena. Qué se le iba a hacer, ése era el efecto buscado. El corsé quedaba diabólicamente ajustado; le afinaba la cintura de un modo inverosímil. Y los pechos ascendían, rozagantes, en balconada. Se abrochó la chaquetilla hasta el cuello. Debajo no llevaba camisa.

Le faltaba el perfume: un costoso perfume del que se puso unas gotas en muñecas e ingles. Se quitó algunas horquillas del moño, y las dejó junto a la ropa, en la silla. Quedaba ponerse el sombrerito. Tenía que parecer que acababa de llegar.

Recordó entonces lo que había pactado con la patrona cuando le entregó el dinero del alquiler. Miró por toda la habitación. No se había percatado de que en una esquina había un cesto de mimbre con tapadera. Sonrió al comprobar que, en efecto, allí estaba la botella de licor y las dos copas. Aunque preferiría que llegara borracho, tan borracho como lo estaba ayer, cuando lo abordó en la calle. El problema era que eyaculase antes de haberla penetrado. Sí, era un riesgo…”

Estos sensuales párrafos pertenecen a la novela La reina del exilio, de Herminia Luque, con la que ha obtenido el Premio Edhasa de Narrativa Histórica 2020.

Hoy sólo le dedicaré unas líneas a esta magnífica novela, pues he de reservarme para el día de su presentación, ya que Herminia me ha pedido que me encargue de ella, lo que supone un bonito reto y una grata responsabilidad. La situación creada por el Covid19 ha retrasado ese instante, pero la fecha se fijará muy pronto y entonces sí que me extenderé con más detalle.

Pero creo que, como avanzadilla, el texto que he reproducido antes es más que elocuente para que los lectores se den cuenta de la calidad de su narrativa, del poder seductor de sus palabras, de su habilidad para embozarnos con el ambiente que describe.

SERGIO BARCE Y HERMINIA LUQUE

SERGIO BARCE y HERMINIA LUQUE

La reina del exilio, se ambienta en el año 1882, cuando la reina Isabel II ya reside en París, en el llamado palacio de Castilla, lejos de la pompa de su corte y apartada de su país.

Herminia Luque sitúe justo ahí su historia, y su pluma nos lleva hasta ese pequeño universo que se creó alrededor de la reina española, lleno de intrigas, traiciones, falso patriotismo, desconsuelo y nostalgia. Como ya ha hecho en sus anteriores novelas, Herminia Luque sabe cómo trenzar con astucia y habilidad distintas historias para sumergirnos en una época, para mostrarnos cómo era la vida tras los muros de una corte mutilada y la que se desarrollaba lejos del mundo palaciego, la cara y la cruz de una sociedad quebrada por los cambios políticos y sociales. Hay en este libro algo del mundo de Dickens y algo del mundo de Pérez Galdós, y esos jugosos antecedentes se dan la mano de una manera natural que nos lleva plácidamente por los salones y habitaciones de ese desangelado y patético palacio en el que se refugió la reina exiliada, y por los más deprimentes de los orfanatos y de las casas de la gente más humilde. Y a todo esto, se añade la riqueza de su cuidado vocabulario que tizna los detalles en apariencia insignificantes, pero con los que logra ambientar la época de una manera portentosa.

Para quien disfruta de la novela histórica, sin duda, aquí encuentra cuanto anhela: un viaje a otra época, una trama llena de quiebros, unos personajes bien definidos y con perfiles atractivos, unas páginas elegantemente escritas.

Nos veremos en la presentación para hurgar aún más en los secretos de sus capítulos.

La reina del exilio, ha sido publicada por Editorial Edhasa.

Sergio Barce, julio 2020

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