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Es en la terraza donde El Hach se siente en paz. Sólo necesita algo de buen tiempo para encaramarse ahí arriba, atrancando la puerta de acceso para evitar que le molesten. Sintoniza su pequeño aparato de radio a una emisora de Tánger (sólo a veces lo hace con Radio Nacional de España, como cuando los atentados de Atocha). Con la voz del locutor de fondo, El Hach desbroza un televisor que le ha traído Filali, el del Banco, y en cuanto se mete a fondo en la tarea se olvida de que el mundo sigue girando más abajo.
Abre el cajón que tiene a los pies para sacar las últimas lámparas que aún le quedan; luego, elige una, la que va a utilizar para esa reparación, y al resto las deja en el borde de la mesa y las estudia unos segundos con sus ojos azules y mayores, igual que si estuviese frente a unos grabados antiguos. Saca un pañuelo del bolsillo de la candora que viste y se lo pasa por el ojo derecho. Tras el cristal velado de una de esas lámparas, descubre el perfil de Yazmín, nítidamente, y se queda quieto tratando de no espantar la imagen surgida del pasado. La ve caminar por la Hípica, orgullosa, con su cuerpo elegante y esbelto, los ojos enmarcados con el negro perfil del khol. Sin embargo, ha sido una fracción de tiempo tan efímera que apenas ha sido suficiente para retenerla un instante resbaladizo. Guarda el pañuelo meneando la cabeza de un lado a otro, refunfuñando contra sí mismo.
Hace ya más de año y medio que es incapaz de recordar los detalles exactos del rostro de su mujer, como si Yazmín hubiese de desaparecer también de su memoria. El Hach trata de resistirse a ello, pero a veces piensa que, haga lo que haga será inútil, que acabará como esos otros viejos con los que a veces coincide por la calle y a los que saluda y sólo saben quedarse ahí, frente a él en silencio, sin reconocerlo, con una expresión de desvarío o simplemente perdidos en un vacío de olvidos.
-¡Bábac!
La voz de Rachida lo despabila de sus elucubraciones y, aunque suele protestar cuando alguien sube a la terraza, agradece ahora que su hija haya aparecido. Huele a té y a menta, y deduce con acierto que Rachida trae una bandeja con la tetera y un vaso junto a unos pasteles de dátiles.
Abre la puerta y la deja pasar. Efectivamente, no se ha equivocado y su hija le deja la bandeja en la mesita, junto al televisor. Se pasa una mano por su cabello gris, abundante para su edad.
-Gracias, princesa.
Ella se marcha sin decir nada, y El Hach vuelve a entornar la puerta atrancándola de nuevo con el palo de madera.
Se sirve un vaso de té, lo prueba con un ruidoso sorbo y vuelve en seguida a su quehacer, la única manera que ha hallado para no agobiarse con su miedo a la senilidad o al Alzheimer. Le aterroriza mucho más ser presa de esta enfermedad que de la muerte. A fin de cuentas, se dice, uno muere, acaba todo y sólo has de esperar a que te acepten en el Paraíso. Pero caer enfermo, perder la cabeza, no saber quién eres, olvidar las experiencias vividas, eso, simplemente, es una idea que no soporta.
Arranca un componente del aparato cuando Tami empuja la puerta y el palo de madera cruje levemente. El Hach levanta la vista con paciencia y ve a su nieto asomando por la estrecha abertura de la puerta a la que sigue empujando.
–Bilati, bilati –dice malhumorado. Se acerca, retira la tranca y abre-. ¿Qué quieres?
El niño lo mira con ojos desamparados, como si le pidiera una limosna o implorara de su misericordia. Con la cabeza, El Hach lo invita a pasar a la terraza aceptando que poco puede hacer ante su nieto que siempre logra doblegarlo. En seguida, Tami se acerca a la mesa, curiosea y sus dedos toquetean las piezas que hay en la mesita.
-¿Qué es esto, abuelo?
-Deja, deja, vas a tirar algo…
Comprueba que su nieto trae el coche teledirigido que le comprara en la Burraquía, por la fiesta del Mulud. Se volvió loco cuando vio el regalo. Tami lo lleva consigo de un lado a otro, como a un perro atado a una correa, y se pasa muchas tardes jugando con el coche en la explanada del Majzén, con su amigo Miguelito. El abuelo también le echa un vistazo a sus pies y ve que lleva igualmente las zapatillas Nike, medio deshilachadas después de unos meses. Recuerda, de pronto, que aún no ha pasado por la oficina de cambio de Mayid Yebari para darle las gracias por su intervención en el embarcadero, algo que le contó su nieto hace ya tiempo, y se maldice por su mala cabeza.
Tami deja el coche en el suelo y apoya la barbilla en el borde de la mesa. Sus enormes ojos, tan azules como los del abuelo, van deslizándose por cada una de las herramientas y por las piezas que tiene delante, como si estuviera frente a un expositor desordenado. Cuanto capta lo graba en sus retinas y lo almacena en su memoria, inagotable y portentosa según cuenta El Hach.
-¿Qué estás haciendo, abuelo? –Pregunta con una ingenuidad desarmante.
-¿No lo ves? –El niño menea la cabeza de un lado a otro, sin decidirse por nada.- ¡Me tomo un té!
Los dos sonríen, mientras El Hach alza su vaso, sopla sobre la superficie humeante y sorbe con un ruido que a Tami le recuerda el gorgoteo de una pequeña fuente. Luego, da un mordisco a una de las pastas y el resto se lo da al niño que se lo traga con glotonería.
Pasan un rato juntos, el abuelo finiquitando el trabajo encargado y el nieto admirando su habilidad, que adivina certera, y dando cuenta del resto de los pastelitos de dátiles hechos por las manos delicadas de Rachida. De pronto, El Hach se da cuenta de que la cercanía de Tami le parece emocionante y, aunque lo disimule, no deja de mirarle de hito en hito, regocijado por el hecho de que el niño haya heredado el color de sus ojos; al menos algo suyo en uno de sus descendientes, dice a veces a los conocidos, algo que le recuerda que ha sabido crear una familia y que no terminó al irse Yazmín. (…)

Estimado amigo Sergio
Cuando uno se dedica a leer no por placer, sino por trabajo, que es mi caso, llega un momento que sólo devoras libros de ensayo y de los temas que se supone te «interesan» profesionalmente. El placer lo vas dejando y dejando y al final ya casi ni guardas tiempo para leer por el gusto de leer. Yo te confieso que estoy alineado en el primer «tipo» y sólo hago incursiones rápidas y concretas cuando mi mujer me recomienda alguna de las muchísimas novelas que lee.
Atrás queda mi imagen de lector compulsivo, capaz de tragarse El Señor de los Anillos en dos días de lectura de casi 20 horas diarias (dos días de desaparición física y mental), y todavía me asombro cuando lo recuerdo.
Esto, para decirte que esperaba un momento adecuado para leer tus novelas. Tenía que ser algo especial para que nada me interrumpiese. Y la excusa perfecta ha sido un viaje que inicié el día 23 a Ginebra (un Congreso tedioso y gris, como la ciudad), en cuyas idas y vueltas, y en los ratos de hotel, tenía pensado empezar a leer tus obras.
Comencé por Sombras en Sepia. Lo abrí en el avión de Melilla el 23, y me enganchó totalmente. Lo terminé el viernes 24. De esta novela me gustó la forma en la que afrontas el retorno a Larache y también la actitud personal ante el tema inmigratorio, sin contar la forma en la que el protagonista inicia la búsqueda. Hubo para mí momentos de intensidad como cuando se conocen Abel y Samir, y la forma que tienes de narrar la amargura de una ciudad que fue y ya no existe me emocionó.
Yo también he visto evolucionar a Larache desde el año 1990. No sé si te conté que la primera vez que estuve en Larache fue ese año. Me acababa de casar y conseguí convencer a mi mujer para hacer un viaje por todo el norte de Marruecos en coche. No había investigado aún nada sobre estas ciudades, pero algo me atraía de ellas por las narraciones de personas mayores que vivieron esa época y por los libros que había podido encontrar.
El viaje, enero de 1990, representó la firme decisión de volcar parte de mi trabajo en esa zona, por lo que es fácil adivinar que me atrapó totalmente. La entrada a Larache fue muy sugestiva (o casi tópica), porque veníamos desde el Sur y recalamos, como no, en la inefable Casa de España, donde al sentarnos con un Bon Jour y prepararnos para pedir el socorrido «Sole Menier «, se nos acercó un camarero (que luego supimos que llamaban Pelé) con una chaqueta de un verde fosforescente rabioso y nos dijo: «¿Qué van a tomar los señores, una San Miguel?” …entonces ya pudimos entender una cosa: habíamos llegado a casa.
La ciudad nos encantó, pasearla y vivirla varios días de estancia en el entonces más que decrépito palacio de la duquesa de Guisa. Luego Tetuán y Tánger fueron otra cosa, otras vivencias y otros impactos, pero Larache siempre se nos quedó grabado en los paseos nocturnos que hacíamos por la medina, bajando al puerto, y verla ir empeorando año tras año no deja de producirnos una gran tristeza.Y luego las aventuras de Tami (Una sirena se ahogó en Larache) la inicié el viernes 24 y la he terminado hoy en el avión Ginebra-Málaga, hacia las 9 de la mañana. Estos benditos viajes de trabajo que me han hecho levantar a las 3 de la mañana pero que me permiten volcar las horas que sean necesarias para leer una novela.
Aquí vuelves a la ciudad, pero de una forma más poética porque los sueños del niño se mezclan de una forma extraordinaria con un entorno hostil pero al mismo tiempo amable: Tami tiene ángeles y demonios en su vida, como todos, pero él en su corta experiencia ya va determinando qué tipo de vida será la que pudiera vivir, si se le permite hacerlo, claro.
Te felicito por tu compromiso social que está desnudo en tus dos obras, y casi te agradezco que el pederasta de la novela se llame Pierre y no Pedro, cosa que en estos momentos de falta de optimismo nacional casi no te hubiera perdonado. Al final con esta obra me pasa como con La Vida Perra de Juanita Narboni (verdadero motivo de mi primera visita a Tánger en ese recordado 1990). En ambas tuve la añoranza posterior de haberme hecho un croquis geográfico de las andanzas de Tami por una ciudad viva, y en permanente transformación: las idas y venidas, que en el caso de Larache también deberían haber incorporado un plano de secciones por las terribles pendientes.Te acercas a Larache mediante la elaboración de tus recuerdos y la búsqueda de la realidad. Yo me acerqué mediante la búsqueda documental, más como investigador, pero en el fondo mi Larache también es una creación en la que encajan perfectamente edificios con nombres de autores, épocas, planes de organización y que siento como mía de alguna manera. Esto lo comparto con otras ciudades, Melilla por supuesto, y sobre todo Tetuán, y Tánger, cosa que no he conseguido nunca en las otras ciudades españolas que conozco y donde he vivido como Málaga, Badajoz y Oviedo.
Me temo que soy un norteafricano compulsivo, y que mi vida y mi casa están de este lado del océano. Tal vez se me ocurre que Melilla tendría que ser también objeto de tu curiosidad y dedicarle una de tus novelas, seguro que eres capaz lo que tantos pretenden y no consiguen nunca: llegar a su verdadero espíritu.
Quiero agradecerte que hayas convertido este gris viaje ginebrino en una suma de sentimientos tan reales y tan intensos. Mi sincera enhorabuena y muchos ánimos para seguir contándonos a tu forma ese tiempo que ya no existe pero que sigue presente en nosotros.
Antonio Bravo Nieto – mayo 2013
Acabo de leer Sombras en sepia, del escritor Sergio Barce Gallardo, premiada en el I Certamen de Novela “Murcia Tres Culturas”, en 2006.
Si hay que detener su lectura es solo para beber agua, respirar hondo o tomar un lápiz para anotar algo al margen de la página leída.
Creo que, además de ser una “novela contemporánea”, es la novela del autor. Autodiegética, es decir casi enteramente autobiográfica, con la excepción de la trama, la relación entre los actantes, Abel Egea, Nadja y el casi fantasmal Mustapha, incómodo para un lector sensible. Realista desde luego, pues el final no podía ser de otra manera en un tiempo actual. El lector sabe ya, mediante una prolepsis descrita en dos páginas y media (págs. 200-202), cuál es el final en la relación Abel, setentón, y Nadja, joven marroquí de 17 años junto a su hijito Zacarías. Por lo tanto, lo interesante de toda esta novela está en la emoción que suscita en el lector al identificarse, ineludiblemente, con los sucesivos “juegos” nostálgicos del Larache de su niñez y juventud, hábilmente descritos por el narrador, como enzerani convencido, desde una perspectiva espacial malagueña (citas de El Palo, el mercadillo del barrio de Huelin, calle Héroes de Sostoa, carretera de Cádiz…) y temporal, de añoranza de esos años de adolescencia.
Nadja y Tlata de Reixana, el pequeño pueblo de la joven, a pocos kilómetros de Larache, “pequeño paraíso que dio cobijo a la familia Egea”, son en realidad el alma del autor (fautor, que diría Oscar Tacca), con las vivencias más enraizadas en esa ciudad marroquí donde vivió con su familia hasta cumplir los 13 años (“-Vengo de Málaga, pero viví aquí muchos años. No sé si me creerá, pero siempre digo que soy de Larache. Aquí es donde fui realmente feliz” – pág. 49).
Como lector identificado con el tema, la trama y su desarrollo, me atreveré a comentar algunos aspectos que me han dejado “enganchado” a esta novela, mezcla de tradición barojo-galdosiana (nada de experimentación, por otra parte innecesaria) y novedosa en cuanto a su episódica forma de estructurarla, el juego de avance-retroceso que te hace contemplador continuo y enamorado de esa aparente realidad de lo narrado. Nunca confundido. Siempre paseando por las calles descritas, estrechando la mano de los mismos amigos, incluso participando del temblor del erotismo contenido del actante-sujeto, Abel Egea.
Cito numéricamente:
1. El pasado es siempre prólogo imborrable. De ahí que la nostalgia sea el leit motiv de la novela.
2. Es la nostalgia de un jubilado, viudo y con una sola hija, que verá convertida la monotonía propia de ese estado en una peripecia digna de ser vivida (y contada): el encuentro con una joven inmigrante en una playa de Málaga, cuando “un cielo azul profundo ametrallado de diminutas estrellas” le hizo abrir los ojos.
3. Ojos abiertos para inmiscuirse en una vida ajena, y soñar con una nueva familia, menos (o quizás, más) buscada (soñada).
4. Esta es la diégesis de la novela: voces de personajes, espacios, tiempos y sucesos son tan verosímiles que transportan al lector a un mundo y una sociedad cercanos.
5. El mundo de la emigración. Pero el deseo siempre presente de tener que volver al origen. Ese mismo deseo que se instala en Nadja al responder a la llamada del marido, Mustapha, y la necesidad de “volver” a las vivencias inolvidables del pasado en Larache, tal como confiesa el narrador constantemente.
6. El tema de la hospitalidad entre los habitantes de Tlata de Reixana y Larache es el símbolo de la buena convivencia entre las tres culturas: «-Yo soy Samir- le estrechó la mano apretándola con fuerza-. Ahora te vas a cambiar, te vas a poner una chilaba y vas a comer en casa» (pág. 47).
“Aquí en Larache vivimos las tres culturas sin problema alguno» (pág. 55).
También en el recuerdo de la relación tan cordial entre un cristiano, Abelardo Egea, padre de Abel, con un musulmán, Mustapha Ben Laabi y un judío, Jacobbi Cohen.7. Aquí tenemos uno de los resultados de la lectura de esta novela: la catarsis que produce en el lector, obligándole a superar tópicos xenófobos. Curiosa la definición que se hace de Suecia, como una casa de locos, donde vive su hija.
8. Pero quizás lo que más sorprende sea la relación entre el anciano Abel y la jovencita inmigrante marroquí, Nadja. Nada que se parezca a la Lolita de Nabokov. Pero nada hay más hermoso que el pasaje de erotismo contenido de la pág. 189-190, interrumpido por el llanto del niño Zacarías. Y sobre todo en la pág. 215, cuando Abel “quería sentir su agitación (la de Nadja), su ansiedad vibrante y emocionada…” que a este lector le recuerda los versos del poeta sufí, Ben Farach, de Jaén (s. X) cuando dice en su poema “Castidad”:
“Y pasé con ella la noche / como el pequeño camello sediento al que el bozal impide mamar […,] que no soy como las bestias abandonadas / que toman los jardines como pasto».
9. Detalles importantes de narrador total son los relatos intercalados: el ahogamiento del nieto de la Motrilica; el recuerdo de los años vividos y disfrutados con su mujer, Carlota; la relación entre David y Lidia, sus fieles amigos; la historia del Monstruo, que solo era un pobre infeliz, llamado Eneas Martín Jiménez, que trabajaba como mulero para la legión….
10. En definitiva: una galería de varias estancias formadas por un gran cuadro de entrada y varios aguafuertes intercalados, plenos de colorido, de lenguaje kinésico y, sobre todo, de un hondo y sincero sentimiento nostálgico, desde una realidad esperanzada: “Las nubes grises iban quedando atrás y, a cada metro que avanzaba, el día se hacía más celeste…”
Un lector que ha disfrutado con esta novela:
José Luis Pérez Fuillerat
Málaga, 15 de julio de 2014