Archivo de la categoría: LARACHE – CREADORES Y ARTISTAS LARACHENSES

EMILIO GALLEGO, escultor larachense

Emilio Gallego, nació en Larache en 1960. Inició sus estudios artísticos en Madrid en el taller del pintor Juan Moreno y el escultor Luis Rodríguez, realizó talleres de Arte Actual con Antonio Saura y Darío Villalba, y asistió al estudio de arte contemporáneo de Manolo Arjona. Además de asistir a talleres en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, ha sido copista del Museo del Prado.

Gabriela Grech, Sergio Barce, Emilio Gallego

Emilio Gallego forma parte de esa generación que crecimos en un Larache inolvidable, con una infancia irrepetible. En aquellos años, como su padre era el dueño del cine Ideal, nos “colaba” a las sesiones y veíamos las películas gratis. Nos reencontramos hace un par de años, en un viaje que, para él, supuso la oportunidad de poder entrar en la que fuera la casa de su niñez y en la que creció, sobre el Bazar de Yebari, y tuve el privilegio de  compartir con Emilio esos instantes. Su emoción era la mía, porque esa experiencia yo la había vivido unos años antes y podía intuir lo que bullía en su interior.

Ahora albergamos la ilusión común de que una de sus esculturas (con un texto mío) pueda exponerse de manera permanente en Larache, como homenaje a las tres culturas que siempre han convivido en la ciudad.

EL LECTOR, 2007

Acercarse a la obra de Emilio Gallego supone descubrir un universo tan personal como sugerente. No encuentro una manera sintética de describirla, pues su obra escultórica escapa a cánones cerrados. Por el tipo de obra que realiza, el término actual para definirlo es el de “artista visual multidisciplinar”, aunque, como dice el propio Emilio, “con especial dedicación a la escultura”, pero también a la instalación, a performances, pintura y obra digital, variantes expresivas con diferentes “lenguajes” y técnicas, a las que se aventura porque sus inquietudes son incesantes y van en distintas direcciones. Sin embargo, pese a esa multiplicidad de técnicas, de lenguajes y de herramientas creativas, hay un nexo de unión en el conjunto de su obra, con un discurso propio definido por su compromiso ecológico, social y político.

Parte de sus creaciones (por ejemplo, sus instalaciones) dejan abierta la imaginación al espectador, con espacios libres y huecos al vacío. “Viajar, soñar, tal vez sobrevivir…”  es un claro exponente de lo que digo, pues la obra, abstracta quizá, transgresora sin duda, pero inquietante y muy impactante, incita la curiosidad y la atracción hacia algo que se acerca más al sueño que a la realidad, tal vez a la pesadilla.

Viajar, soñar, tal vez sobrevivir… Instalación. Requena, Valencia

   Al comentarle a Emilio esa sensación de inquietud que me había causado esta obra en concreto, me lo aclaró de manera brillante: “…he entendido porqué podría inquietarte, es normal, ¿no somos nosotros viajeros, emigrantes y un poco desarraigados?, de eso habla la obra en cuestión y de los sueños de las personas… Forma parte de un proyecto llamado «Los Límites. Albergue de Arte Social». Este proyecto trata, así mismo, de cuestionar los límites en muchos sentidos, desde los del arte (¿es el arte un campo cerrado o habla de la vida?), la autoría (¿de verdad lo que creamos es individual o está fuertemente influenciado por lo que conocemos y por lo que viene de una manera extraña hasta nosotros?), también cuestiona los límites de la propia escultura como objeto concreto, saliendo al espacio público a través de otras formas como danza contemporánea, performances, charlas, incluso música. Hicimos en la exposición dieciocho actos, consistentes en media hora de debate de algún tema social y otra media hora de estas actividades más relacionadas con el arte, incluyendo recitales poéticos, jam session de un grupo de gitanos, etc… De manera que, cada día, la sala se veía de una manera muy diferente; no era lo mismo ver la obra junto a una bailarina del vientre que con un quinteto de saxos o un nutrido grupo de gitanos, todo se influencia mutuamente y ésa es la hipótesis del proyecto: los límites son artificiales, todo está conectado y se enriquece con el contacto…”

Lo que se viene en denominar “work in process” y “site specific”, es decir, obra abierta en proceso permanente, y trabajar con los elementos que le sugieren el lugar y el ambiente, es otro de los campos que está desarrollando con más interés Emilio Gallego. En este sentido, hay acercamientos originales a lo que fuera la escultura más primitiva, a las primeras creaciones religiosas del hombre (tótems, esculturas megalíticas, dólmenes…), pero las transforma, y en las ubicaciones en las que ha conseguido montarlas (véanse la Conjunción Totémica en Requena o Tótem ofrenda en Fuenterrobles) consigue efectos de contraste y de contraluz realmente bellos. La mencionada “Conjunción Totémica” de Requena, además, con la conjunción de los elementos naturales, la nieve, lo envuelve en una especie de visión irónicamente cálida, y las viejas formas quedan en suspenso en el aire, como si los tótems, elementos mágicos y religiosos, levitaran milagrosamente. Volúmenes y formas, pues, en un juego aparentemente antagónico: piedra y aire, robustez y solidez contra liviandad e ingravidez.

Conjunción Totémica. Requena, Valencia

Totem ofrenda. Fuenterrobles, Valencia

  En concreto, el proyecto “La Espiral Totémica” es muy importante para Emilio, Consta de 22 esculturas diseminadas en diez municipios del interior valenciano (tanto en la propia naturaleza como en los municipios) en los que habla de equilibrio con la naturaleza, de integración con la comunidad y de desarrollo sostenible (la espiral), y como dice Emilio “todo ello resultado de la fascinación por los parajes que fui conociendo cuando me instalé a vivir aquí y de la colaboración con una ONG medioambiental”.

Es evidente el interés de Emilio por la naturaleza, pero también por el significado de la vida, tanto espiritual como físico, y los elementos terrenales (piedras, barro, minerales) se entrelazan con sus inquietudes intelectuales. La fuerza de la naturaleza, la fuerza del hombre como especie creativa, todo ello con el respeto a la naturaleza. Usa, pues, los elementos que encuentra en ella, en esa dualidad tan suya de hallar el entorno apropiado para su expresión artística.

Como resultado de estas inquietudes, a finales de 2010, Emilio se embarcó en una aventura original y expeditiva: celebrar el equinoccio junto al dolmen de M´Zora, cerca de Larache. Lo que en principio sólo fue una vaga sugerencia que me lanzó para reunirnos con algunos amigos, Emilio, entusiasmado con esa idea inicial, lo convirtió poco a poco en un acontecimiento creativo y levantó un encuentro entre artistas de diversos campos junto a Charley Case, que también ideaba algo por esa zona. Proyecto en el que contó con la ayuda de Anne-Judith Van Look, la escultora que dirige la “Galería Aplanos” de Assilah, y Guillermo, el hijo de Emilio, fue quien grabó y montó el vídeo del encuentro (que se puede ver en el blog de Emilio Gallego).

M´Zora – encuentro multicultural de artistas 2010

En M´Zora, Emilio aplicó la técnica “work in process”, se llevó unas ideas y algunos materiales, sin ideas predeterminadas, abierto a todos los estímulos que pueda recibir, y allí lo concretó en una creación nacida del instinto y del momento, sin que para el artista el resultado final sea importante (como bien dice Emilio, no por arrogancia, sino porque hacerlo de otra manera le condicionaría y el resultado del aquí y ahora no sería el mismo). Pero sé que está muy contento con los resultados obtenidos, porque a Emilio Gallego, Marruecos le inspira más que otros lugares. Él lo expresa soberbiamente: “quizá sea una manera de combatir la nostalgia, que siempre conlleva dolor”. Como inspiración, ideó nuevas formas, con minerales y otros materiales, para fundir el elemento natural con la cultura marroquí, y de ahí creaciones como “Turbante de sueños”, de una belleza plástica arrobadora.

Hay otro proyecto más en manos de Emilio, muy simbólico, el de la Universidad de Valencia, “Claro de Luces”, que habla  de la cultura en si, de la importancia de la observación, de la conservación del conocimiento y de la apertura de mente necesaria para el mismo. Está inspirado en las formas de un observatorio astronómico situado en los altos del Rectorado; este es un galardón que concede la Universidad a la gente que colabora con ella en algo o a gente que quiere distinguir de manera sencilla, es decir, no con la parafernalia y los honores que suponen la concesión de la Medalla de Oro o el Doctorado Honoris Causa.

TURBANTE DE SUEÑOS

Estamos, pues, ante un creador que combina la naturaleza, tanto los materiales que ésta ofrece como su propio paisaje en bruto, y los objetos que se mueven en varias dimensiones espaciales, con lo que “pinta” en el mayor mural que se puede exponer, el espacio libre. Sus esculturas ofrecen múltiples interpretaciones, están siempre abiertas a conjeturas y juegos de imaginación, de manera que, de una forma  natural, consigue que quien las contempla intervenga en su juego y trate de descifrar su intención oculta.

Sergio Barce, enero de 2011

CLAR DE LLUMS

-Para conocer más la obra de Emilio Gallego y su currículum:

www.emiliogallego.es

www.escultoremiliogallego.blogspot.com

https://cid-85f84c472e87799f.office.live.com/view.aspx/Referente%20a%20tus%20esculturas/CURRICULUM%20completo.doc?Bsrc=Docmail&Bpub=SDX.Docs&wa=wsignin1.0

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«LA CAUTIVA», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Ve la ciudad a través de la ventana enrejada, los niños que juegan en el callejón de abajo, las pieles secándose en las azoteas. Le gusta ver cómo el sol, cálido, se adormece sobre los muros encalados, y siente en su piel desnuda la brisa que sube del mar.

LA CAPTIVE, óleo sobre lienzo, del pintor larachense RACHID SEBTI

Él la observa en silencio desde la puerta entornada, conteniendo la respiración para que ella no le descubra. Anhela que la sábana se deslice del todo y deje al descubierto el resto de su espalda, pero ella está ensimismada y no se mueve en absoluto, atrapada por el mundo exterior, igual que una cautiva encarcelada en una torre inexpugnable.

Unas gaviotas planean durante unos eternos segundos a pocos metros de la ventana, despliegan las alas con elegancia pero también con soberbia. Cuando se alejan, la joven apoya la barbilla en sus brazos, que mantiene cruzados sobre la cama deshecha. Sus ojos se pierden de nuevo por entre los hierros forjados, se pregunta si tras alguna de esas ventanas que ve desde ahí arriba habrá otra mujer como ella. De nuevo la brisa da un suave soplido y los vellos transparentes se le erizan. Habría deseado que esa sensación se la hubiesen provocado los labios de un hombre.

Él continúa sin moverse tras la puerta de madera, agazapado como un ladrón. Está tentado de entrar, de acercarse a ella y asir con una mano la sábana que la cubre desde la cadera. Nunca ha visto una mujer desnuda, y el misterio se torna febril. Balbucea débilmente el nombre de ella, pero no sucede nada y nota cómo una seca calentura agrieta sus labios aún infantiles. Le tiemblan las manos, le tiembla el corazón. De pronto, avergonzado, se da cuenta de que ha rezado para que ella se levante, la frazada caiga y se gire. Pero la curiosidad es más poderosa y, en seguida, se olvida de que es posible que haya cometido un pecado. No logra alejarse de su escondite.

La joven permanece unos minutos vagando por la ciudad, tal vez soñando con alguna historia de amor. Le gusta pasar el tiempo ahí sin cubrirse, y fantasear con unas manos desconocidas que la acarician sin pudor. Sin duda, es algo que le fascina por encima de cualquier otra cosa. Sabe, ya lo ha experimentado antes, que llegará un momento en el que un extraño ardor se le instalará en el vientre y que las mejillas se le encenderán como ascuas, será entonces cuando perderá de nuevo la consciencia por una fracción de segundo. Teme que llegue ese instante, pero a la vez no puede reprimir el ansia porque eso ocurra cuanto antes. Entreabre los labios, y sus dedos se aferran con fiereza a las sábanas blancas.

El chico la ve inclinar la cabeza, la frente contra el antebrazo derecho, y la coleta se alza dejando el cuello al descubierto. Es como si, por fin, le mostrara impúdicamente su cuerpo. Y es tal el impacto, que recula y se cae al suelo. Se aterroriza ante la idea de que ella le haya oído, de que le descubra violando su intimidad, pero la mujer continúa ahí, sentada sobre lel muslo izquierdo, con la espalda descarnada y temblorosa, la cabeza refugiada entre los brazos, aterida por el abrazo silencioso que aún la rodea por el talle, perdida en algún recoveco de su imaginación.

Ella, sin inmutarse, ha vuelto a oírle, sabe que, como cada tarde, el niño la observa con cautela, que sólo aprende qué es la vida. No le molesta, sólo teme que un día su madre lo descubra entrando a hurtadillas para espiarla. Se lo imagina con el sudor perlado sobre el bigote imberbe, los ojos abiertos como platos y la respiración desacompasada. Eso le halaga, incluso insufla su vanidad femenina. Se queda aún un buen rato con los brazos encima de su cama vacía, notando cómo el sol de la tarde se atreve a entrar para posarse en sus hombros. Agradece el suave calor. No abre los ojos, pero aguza el oído y nota cómo el chaval se ha levantado, estirando el cuello para verla aún mejor. No sabe la razón, pero en algún instante ella imagina que algún día ese chico la recordará como está ahora, en esa postura, y que la pintará en un lienzo. E imagina también que, ya siendo muy vieja, será ella misma la que contemple ese cuadro, y que recordará su atractivo cuerpo desde la puerta entreabierta del cuarto, conteniendo la respiración, a escondidas…

Sergio Barce, enero de 2011

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LEÓN COHEN MESONERO, escritor larachense

 

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y profesor titular de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz.

Tanto sus poemas, como sus relatos o sus cuentos, al igual que algunos de los artículos que ha publicado en diversas revistas, desvelan a un hombre comprometido con su tiempo. Su pensamiento, tanto ético como político, y su visión de nuestro mundo es el punto de partida de la mayor parte de su obra. Pero la nostalgia y la memoria (los propios títulos de algunos de sus libros lo corroboran) ocupan igualmente un lugar preferente en su producción literaria, y Larache, como espacio físico y sentimental de esa memoria “recobrada” se torna fundamental.

Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y Leon Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Cuando León Cohen participó en la Casa de la Cultura de Larache en un encuentro de narradores larachenses, organizado por la Asociación “Larache en el mundo”, pese a su ya larga experiencia como profesor universitario y pese a su temple, el enfrentarse a su propio relato en aquel entorno tan entrañable hizo que la emoción reprimida rezumara en cada una de sus frases.

Sergio Barce, enero 2011

Las calles de la infancia huelen a nostalgia.

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar  (León Cohen)

Ejemplo de su empleo de la nostalgia como instrumento narrativo y sentimental, es el siguiente relato.

Recorrido sentimental por las calles de la memoria

Aparqué el coche en la Plaza de España. Me bajé y respiré hondo, como queriendo recuperar los olores perdidos en jardines de la infancia, como queriendo recobrar el aire de tantos años pasados, en un exilio no deseado aunque inevitable,  alejado de mi pueblo. Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón,  aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso)  dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando  a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el  interminable  palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados,  disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías”  Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad,  a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos,  recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a  Baldomero nunca se supo de él.
Aceleré mi paso y en pocos minutos me planté en la segunda rotonda, la de los colegios de los Maristas y de las Monjas, en el primero jugué al fútbol (aquellos regates que hacíamos lanzando el balón contra  las paredes de las clases que limitaban el campo, recuerdo con precisión que Tuito era un maestro en este arte) en el segundo, estudió mi prima Flora y en más de una ocasión asistí a los partidos de baloncesto entre alumnas.
Me detuve de pronto y me percaté por vez primera que aquella imagen fija de la calle hacía mucho tiempo que se había borrado y supe que estaba haciendo un recorrido sentimental donde todo lo relatado fue y hoy ya nada era. Pero yo no tenía demasiado interés en ver lo evidente, así que decidí seguir mi propio camino. Arriba de la cuesta, hacía mi derecha se erguía el Patronato y un campito de tierra donde empecé a hacer gala de mis regates diabólicos con quince o dieciséis años, estaba por fin empezando a jugar bien, aunque fue en Tánger, dos años más tarde cuando exploté y di todo lo que había estado aprendiendo durante tantos años.

Por aquel campito, se podía llegar, si mi memoria era fiel, hasta la playa del Matadero. Luego, la rotonda de los Viveros, a mi derecha la entrada al parque y al lado, la Hípica,  adonde tantas veces acompañé a mi padre a las tiradas al plato y creo que de pichón, de las este era asiduo además de buen tirador, a la izquierda, una gran extensión de tierra baldía, que en nuestra infancia atravesábamos para llegar recortando camino a nuestras casas de la Calle Barcelona. En aquellos descampados tenían lugar nuestras guerrillas de moros y cristianos a pedrada limpia, en ocasiones, nos protegíamos con escudos de madera algunas veces reales y otras imaginarios, porque eso sí, nos sobraba imaginación. Mi vecino, Pepe Ortega Padilla, era nuestro jefe.
Más adelante, una suerte de casas adosadas que siempre se me antojaron ser unos pabellones militares y algo más distantes, al final de ninguna parte, los tres cementerios, los cementerios de las tres culturas, aquellas que hicieron a España y a Andalucía grandes entre las grandes, siglos atrás.
Había llegado al final de la primera etapa de mi viaje sentimental e imaginado por los caminos del recuerdo. Me prometí volver, para recorrer otros lugares…    (León Cohen)

 Además de artículos científicos, varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), y en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos”, y es también autor de los siguientes libros:  “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com),  “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com y edición en papel del autor en 2004),  “La Memoria Blanqueada” ( 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones  Madrid).  «Cartas y Cortos » está previsto que salga en el primer semestre de 2011.


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MOHAMED AL BAKI, poeta larachense

MOHAMED AL BAKI es un poeta enorme de Larache. Su encanto personal reside en su humildad, en su elegante presencia (y no hablo de su forma de vestir, sino en el porte con el que se mueve, lleno de prudencia y de saber estar). Es un hombre con una gran experiencia vital al que suelo encontrar por la alcaicería de la Plaza de España de Larache.

Poema dedicado a Larache

Aparece habitualmente caminando muy pensativo, con un libro bajo el brazo, con su largo abrigo negro, y cuando me descubre su sonrisa se dibuja bajo la espesa barba cana. Me besa en las mejillas, nos abrazamos, me habla de sus poemas, me desea siempre salud y buena vida, y que nos veamos pronto de nuevo por nuestro pueblo.

A Al Baki lo descubrí gracias a María Dolores López Enamorado y a Antonio Reyes que tuvieron los reflejos oportunos para descubrir su valía y publicar en edición bilingüe dos de sus poemas en “Larache. Poemas” (Centro Cultural Al Andalus, Martil, Tetuán, 2007).

Lo más impresionante de Mohamed Al Baki es su transformación cuando está ante un auditorio dispuesto a escuchar su poesía. Él, un hombre tan sencillo, tan comedido, de pronto alza el vuelo de sus palabras cadenciosas y trémulas y el tono de su voz se hace profundo, ronco, y los versos suenan como música perfecta. Si los lee en árabe, poco importa no hablar el idioma, su verbo es tan armonioso y la entonación tan estudiada que suple esa carencia. Quienes le disfrutan en árabe, por supuesto, saborean aún mejor cada verso. Se apropia de tu atención, y le sigues oyendo sabedor de que contemplas algo excepcional. Sus poemas salen de lo más hondo, seducen, hipnotizan.

EL LUGAR HA CAMBIADO

Aquí, en este lugar,

unos hombres se encontraron.

Algunos, felices,

repletos sus bolsillos de monedas.

Otros, ahogados en la tristeza.

Antes de ser abandonada

esta ciudad fue famosa,

pero la enfermó el mal del olvido.

Pregunta a los barrios del Hachra y el Maqsura,

al adarve Rema y al Zoco Chico,

¿cómo eran?

A la calle Real, con la cuesta del Hammam,

al adarve Laasara,

Yebiel, Leqbibat y el Diwán.

Al Castillo del Fath, y al del Nasr,

cerca del cementerio.

A Lalla Mennana y a Shahar Yenán,

A la Alcazaba, a la mezquita Anuar y, calle abajo,

a la fuente de Ayn Arab, ¡cuántos calmaron su sed en ella!

Desde Demga puedes contemplar

los meandros del río y la hermosa orilla del mar.

El puerto hoy convertido en vertedero

¡cuánto quisimos mejorarlo…!

Pocas cosas había entonces,

pero nada nos faltaba.

Y tanto Hamido como el Ayachi,

Todos eran felices.

Los paseos por Sidi Ued Dar,

las fiestas, cada día en una casa…

Los niños mamaban en los pechos de las vecinas.

Las casas estaban abiertas,

cerradas con cortinas, no con puertas.

Las gentes se reunían en las risas y en las penas.

Nadie escuchaba ni hablaba…

El lugar ha cambiado, y ha cambiado el tiempo.

Mohamed Al Baki

Ha intervenido como actor en grupos teatrales de Larache y en varias películas, y ha compuesto música y letras para canciones. Además del poemario “Larache. Poemas”, Al Baki ha publicado en árabe el libro <La locura> (Lhbal).

Sergio Barce, enero de 2011

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Manuel Balaguer, pintor larachense

 

Collagraph, monoprint 1 – Manuel Balaguer

 

Manuel Balaguer nació en Larache en 1945, y fue allí donde comenzó a pintar. Lo hacía al aire libre con el también pintor Mohamed Yebary. Su primera exposición fue en la Casa de España de Larache, en el año 1964, y luego lo hizo en el Casino Municipal de Tánger. Estudió Arquitectura Técnica en Madrid, y tras la carrera se estableció en la Costa del Sol, donde conoció al pintor Pedro Escalona que sería quien le impulsaría a estudiar Bellas Artes. Abandonó su trabajo de arquitecto para ampliar sus estudios artísticos en Valencia, y obtiene el título de Bellas Artes en la Universidad valenciana de San Carlos, especialidad de Grabado y Estampación. Sigue leyendo

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