Archivo de la categoría: LARACHE – CREADORES Y ARTISTAS LARACHENSES

«MORO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Este relato lo escribí en julio de 2003, y forma parte de mi libro de cuentos Últimas noticias de Larache, Edit. Aljaima, Málaga, 2004. Lo cuelgo en el blog con algunas pequeñas modificaciones

   El Renault 10 de mi padre ya estaba listo a la puerta del edificio de la Unión Bancaria Hispano Marroquí, cargado hasta los topes, con toda una vida aprisionada en paquetes y en bolsas de plástico. Mi madre se había abrazado a Mina, que había pasado los últimos años con nosotros, y luego lo hizo con Pepita, la mujer de Manolo Álvarez. Yo me había sentado en los escalones de entrada al banco, que era además el edificio donde también vivíamos, en el segundo piso. Nos habíamos mudado allí después de muchos años en Mulay Ismail.

Con mi madre y mis hermanas Marisol y Mónica, a la puerta de nuestra casa, donde estaba también UNIBAN, hoy Banco de Marruecos, en Avenida Mohamed V

   De aquel día, sólo recuerdo que hubo mucho llanto y excesivas promesas. Mustapha, el chico que traía la compra de la Plaza, apareció a última hora con carne de cordero.

   -Ilispania carne no buena, Maru –le dijo a mi madre, como excusa para su regalo de despedida.

   -No podemos llevarla, Mustapha. Pero gracias. Quédatela tú.

   Luisito Velasco, Lotfi Barrada, César Fernández y Pablo Serrano estaban sentados a mi lado, en los escalones grises. Nos habíamos conjurado para escribirnos y volver a vernos muy pronto. Éramos excesivamente ingenuos. Creíamos controlar el tiempo, nuestros destinos y el de los demás. Nada sucedió como habíamos imaginado.

   Yo sentí un extraño desconsuelo, como si barruntara que todo iba a acabar ahí. Pensaba en Javier, y en Isabelita Matamala, que se habían marchado mucho antes, con los que también había hecho en su momento las mismas promesas y que nunca cumplimos. Sólo Luisito y Lotfi serían capaces de escribirme más tarde, aunque luego el tiempo se encargaría de diluir aquella hermandad presuntamente inquebrantable. A Pablo Serrano lo vi en Málaga una sola vez.

   Pablo, que era bastante bruto, fue el que menos habló entonces. Nuestras palabras se confundían en meandros esquivos, en frases huecas que sólo trataban de ahuyentar la ineludible despedida.

Junto a mi madre, con mi hermana en brazos, y Pepita Rodriguez y Miguel Álvarez. Apoyado sobre el Renault 10 de mis padres, matrícula de Larache

   Observábamos a mi padre tensar los ganchos del pulpo que sujetaba los bultos que iban en la baca del coche y descubríamos en su rostro una tensión árida y huidiza. Era como si no quisiera pensar demasiado en lo que hacía. Mi padre estaba a punto de dejar su pasado arrumbado en cada esquina de su pueblo, a punto de abandonar las huellas de su niñez en las callejuelas del barrio de Las Navas, a punto de soltar las amarras que aún lo ataban a las ilusiones de su juventud, a punto de separarse de los restos de una mujer indómita y única, los de su madre, mi abuela Salud, a punto, en fin, de embarcarnos a todos en el Ibn Battuta hacia un futuro incierto y demasiado lejano.

   Yo aún sentía un escalofrío en las entrañas, una especie de hielo incrustado en el estómago que me hacía tiritar. Lo había sentido desde que, la tarde antes, me había marchado con Luisito Velasco para pasar juntos las últimas horas en Larache. Engullí ese tiempo raquítico con la ansiedad del hambriento, con la gula del pecador más indecente, pero se me escapó por entre los dedos con la insolencia de las manecillas del reloj. Nada las puede detener.

   Habíamos dormido uno pegado al otro, y habíamos llorado durante una larga noche sin crepúsculo. Cada uno perdía la mitad de su alma infantil, y sufrimos el desgarro incruento de la separación, nosotros que habíamos crecido juntos. Y ambos comprendimos que las lágrimas, por muy abundantes que sean, no consiguen descifrar el inextricable significado del destino. Luisito  y yo habíamos sido uña y carne, más que hermanos, y sabíamos que nuestro pequeño mundo agonizaba, que nos alejábamos sin guardar la más mínima certeza de volver a vernos. Todo eso nos sumió, a la mañana siguiente, en un profundo silencio que no se quebró ni siquiera cuando fui a subirme al coche de mi padre.

   Seguía aún entre las ácidas ascuas de la noche, cuando, de pronto, apareció el susi del bacalito de al lado, con su babi azul y el mostacho trasquilado. Llevaba una pequeña bolsa de papel arrugada entre las manos. Se acercó a mi madre. Hablaron en voz baja. Vi que a ella comenzaba a traicionarle la amargura. Luego, los dos se giraron para mirarme con curiosidad. El susi se acercó a donde seguíamos sentados y me dio la bolsa de papel arrugado. Estaba llena de caramelos.

Avenida Mohamed V

   -Para ti, jay. Para el viaje, que es muy largo, por Dios.

   Yo continué allí sin moverme, no sé ni siquiera si le di las gracias. El susi se metió las manos en los bolsillos del babi azul, me dio la espalda, se despidió de mi padre y regresó al bacalito arrastrando los pies, pensativo. En ese instante, me di cuenta de que casi nadie de los que rodeaban a mis padres decía una palabra. Y, desde hacía unos minutos, los amigos se habían ido arremolinando alrededor del coche, como cobijando a mis padres con sus últimos abrazos.

   Me puse a pensar en Juan Yankovich, en Taha, en el hermano Espinosa, en Matilde, en José Gabriel, en Colomé, en los Sedeño, en Carlitos Tessainer, en Gabriela Grech, en la señorita Puri Paz, en Fatima, en Emilio Gallego, en Marina Gambero, en Javier Ruiz, en mi primo Antonio Abad… era un mar de nombres y de historias. En cuántos pensarían mis padres.

   -¿Y Silvana? –pregunté a Luís súbitamente, despabilando así de mi extraña ruta por esos nombres.

   -En su casa.

   Salí corriendo. Me metí en el callejón sin salida. Asía la bolsa de los caramelos con todas mis fuerzas. Corrí como si me empujara un viento iracundo hasta llegar a la casa de Silvana Fesser. Llamé a la puerta, con la respiración atolondrada y demasiado excitado como para recobrar el ritmo de mi corazón. Abrió su madre. Silvana no estaba allí, así que le di la bolsa de caramelos a aquella mujer que no entendía nada.

   -Dígale que es de mi parte –balbuceé con un leve temblor en la mandíbula. La mujer sonrió con una dulzura llena de conmiseración.

   Para cuando volví con mis amigos, el equipaje ya estaba fatalmente asegurado en la baca. Mis hermanas pequeñas estaban sentadas en el asiento de atrás del coche. En pocos minutos, todo comenzó a correr, a pasar ante mi vista con una especie de inusitada armonía. Manolo López Gambero, Abdelazziz Hakhdar, Manolo Alvarez, Juanito Vargas y los demás compañeros de trabajo volvían a abrazar, uno a uno, a mi atribulado padre. Mi madre, por su parte, se había aferrado a un pañuelo empapado de rocío que le servía, además, de refugio para ocultar su cara desencajada.

Sergio Barce y Antonio Abad, en el Balcón del Atlántico

   Algunas niñas aparecieron con Juan Carlos Palarea. Conchita Lama me miró con sus inmensos ojos aguamarina, como si fuese el último reflejo del Atlántico. En apenas un minuto, me vi al lado de mis hermanas metido en el coche, avanzando lentamente por la avenida Mohamed V. Sólo escuchaba el llanto reprimido de mi madre, el silencio sepulcral de mi padre, las voces que nos despedían a gritos y que se apagaban poco a poco a nuestras espaldas. Luisito se había quedado con el brazo medio encogido, dudando si yo conseguía verlo allí parado en el bordillo de la acera, entre tantos adultos que agitaban sus pañuelos enmudecidos. Pero sí, lo veía llorar desde mi miedo a la frontera, lo veía llorar solo, detrás de mis propias lágrimas.

   Mi padre aceleró. Fue un acto de rabia y de huida, pero también de valentía, y de temor a que le embargara el arrepentimiento. Pero ya todo estaba escrito y no había vuelta atrás. Había perdido de vista a Luisito. Pegué la frente contra el cristal, tembloroso y repentinamente acobardado.

   Al girar en Cuatro Caminos, la vi. Silvana caminaba al lado de su padre. Pegué mi cara aún más contra el cristal del coche. El vaho de mi respiración lo empañó hasta cubrir de una niebla imposible aquel rostro lleno de candor, de ojos celestes y suaves pómulos. La borré con mis ansias, con un garabato de aliento desesperado. Jamás volví a verla.

   El viaje hasta Tánger fue tan silencioso que duró un suspiro. Yo permanecí con la cabeza hundida entre los hombros hasta llegar al barco, como si me hubiese tragado la lengua. Todo quedaba lejos, así, sin más.

   Cuando veo a los emigrantes marroquíes viajar por las autovías en dirección a Algeciras, con todos esos bultos pertrechados en los maleteros y en las bacas de sus vehículos, no puedo evitar el ver de nuevo a mi familia en aquel Renault 10 amarillo, con matrícula de Larache, desembarcando en el mismo puerto de Algeciras al que ahora ellos se dirigen. No hay diferencia alguna. Todos viajamos con la misma memoria a nuestras espaldas.

   Pocos días después, ya en Málaga, asistí a mi primera clase en mi nuevo colegio. El profesor, un hermano marista al que apodaban El Pichi, me presentó de mala gana al resto de la clase. Me sentaron en un pupitre que había quedado vacío pocos días antes. Manolo Franquelo, mi compañero de mesa, me susurró que el niño que antes ocupaba mi sitio había muerto la semana anterior. Yo ahora ocupaba su ausencia.

   Entonces El Pichi se acercó a mí. Me ordenó que abriese el manual de inglés y que leyese un párrafo, un párrafo que me señaló con un dedo inquisitorial. Luego apoyó, de manera amenazadora, su puño cerrado en mi cabeza. Yo jamás había oído antes una palabra en inglés y, mucho menos, lo había visto escrito, porque en Marruecos sólo estudiábamos francés. De manera que comencé a leer. Imagino que pronuncié esas letras absurdas como mejor pude, quizá imitando el acento francés. El profesor no tardó en hacerme callar de inmediato dándome un coscorrón, que provocó el consiguiente alboroto de los chavales que se mofaron de mi ignorancia. Pese al dolor del golpe y al de la humillación pública, no me atreví a levantar la cabeza ni a quejarme, pero entonces él siseó para que le prestara atención.

Sergio Barce, con Rachid Serroujk

   -Así que no sabes leer este texto… –sus ojos pequeños y huidizos se achicaron, como si me escrutara para cerciorarse de que permanecía atento a su discurso. Se llevó las manos a la espalda, dio unos pasitos en la tarima, junto a su mesa, y entonces arrastró su siguiente palabra con un desprecio desconocido: Moro… Moro –repitió.

   Mi pupitre se agigantó, como engulléndome, y yo me convertí en un insignificante insecto, notando mis mejillas arder como ascuas. Por primera vez en mi vida me sentía solo, acobardado y extranjero.

   Permanecí encerrado en mi dormitorio durante toda la tarde. Mi habitación no tenía ventanas. Era un séptimo asediado por otros bloques de ladrillo visto y terrazas anónimas. Echaba de menos a Lotfi Barrada y a Juan Carlos Palarea y a Yankovich y a José Gabriel… Pero en ese instante, milagrosamente, mi paisaje se dibujó en el techo arrugado de la habitación. Tumbado boca arriba, mis ojos veían las callejuelas de mi pueblo, y recé con todas mis ansias para despertar de esa pesadilla, para despertar en la habitación de Luisito, para despertar donde nunca me habían humillado, donde siempre me había sentido seguro y feliz.

Sergio Barce

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GABRIELA GRECH, fotógrafa larachense, en Televisión Española

Gabriela Grech

Se emitió ayer, 30 de enero, el programa TV Española «Shalom», donde se habla de los judíos de Marruecos. Interviene en él Gabriela Grech, fotógrafa larachense de la que ya se ha colgado en este blog parte de su trabajo. En el programa se ven sus fotografías, tanto de Larache como las que hizo a Curro en la Casa de España. Muy emotivo, seguro que gustará a los paisanos que les recuerdan. Gabriela resalta en su intervención la composición que hizo con imágenes de las lápidas de los cementerios cristiano, hebreo y musulmán de Larache, y subrayó la convivencia pacífica que tanto nos enriqueció a todos.      Sergio Barce

Para ver este programa, cuya duración es de apenas 15 minutos (Gabriela aparece a partir del minuto 6 aproximadamente), podéis hacerlo en el siguiente enlace:

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20110130/shalom-encuentro-hispano-marroqui/1001475.shtml

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MOHAMED AKALAY, escritor larachense

Hoy se ha llevado  mi alma y me ha dejado la suya entre las manos

del relato «Alcoba y amor»de Mohamed Akalay  

Mohamed Akalay nació en Larache en 1946. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y profesor visitante de la Universidad de Messina (Sicilia) y de la Abdelmalik Essaadi de Tetuán. Desde que nos conocimos, conectamos en seguida, y he de decir que Akalay es una de esas personas que se hacen entrañables enseguida. Siempre me ha demostrado un afecto sincero, y los momentos que hemos compartido en Larache, en Tánger, en Madrid o en Málaga, han estado rodeados de jolgorio y de simpatía.

Mohamed Laabi, Mohamed AKALAY y Sergio Barce

 Como creador, Mohamed Akalay, al igual que nuestro paisano Sibari, pertenece a ese grupo de escritores marroquíes que han elegido el castellano para escribir, y él lo hace francamente bien, como si ésta fuera su lengua primera. Su conocimiento de los clásicos españoles le llevó a escribir y publicar su tesis sobre las Mâqâmat: Las mâqâmat y la picaresca, al-Hamâdani y al-Harîrî. Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache”(Tánger, 1998), tesis dirigida por la doctora Ingrid Bejarano y leída en la Universidad de Sevilla.

Como narrador, Akalay tiene cuentos cortos de gran elegancia, especialmente los que recopiló en su libro Entre Tánger y Larache” (Sial Ediciones, Madrid, 2006), colección de relatos entre los que destacan “Luz de vida” (Premio Eduardo Mendoza de Relatos Breves en 2003) y el titulado “Mi hija y nada más” (Premio Internacional de Narrativa Sial en 2006).

Sus ojos color miel poseen contornos de féretro, pero sus pupilas tiritan de vivacidad, son nervio puro; y si guardan la memoria de muchos momentos de vida de tardes lluviosas, también vislumbran con ilusión, en su propia alcoba, horizontes de miles de deseos; de días deslumbrantes. El hilo del azaroso destino que ha vivido, le dice que seguirá bebiendo de la lucidez que le transmite el conocimiento de la muerte. El mundo, su mundo, es su cobijo; no encuentra otro placer más que en él, encerrado; lejos de la gente; languideciendo en la edad. En ese lugar puede verla a ella todas las mañanas, viajando sola a través de los espacios del infinito”   (Inicio de Luz de vida)

 “Entre Tánger y Larache” nos habla, con realismo, de las injusticias sociales que crean una boda frustrada o la viudez en la mujer marroquí, la infidelidad, el terrorismo o la Intifada. Y lo hace con mesura, guardando una cierta distancia como narrador, pero sin perder nunca su propia visión de estos acontecimientos que influyen en el día a día de las mujeres, desde un prisma profundamente humano y humanista.

En el prólogo, escrito por nuestro común amigo Cristian H. Ricci, profesor fundador de la Universidad de California, se dice: “Rescato, entre otras cosas buenas que nos brinda Akalay en este libro, los siguientes puntos: las mujeres árabes no están más sometidas que muchas mujeres del mundo occidental; la desmitificación de que todo árabe sea un terrorista en potencia; la mirada profunda en la condición de la mujer árabe que pierde a su esposo e hijos por motivos bélicos o políticos; la convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos en Marruecos…”

Tuve el orgullo de presentar su libro en el “Día de Larache en Málaga” que organizó nuestra asociación cultural “Larache en el Mundo” en colaboración con AEMLE y El Corte inglés. Acto del que guardo un emocionado recuerdo tanto por lo que allí se dijo como por el reencuentro que se produjo con muchos larachenses que residen en Málaga y Sevilla.

Pocos son los hombres que se atreven a hablar con auténtica libertad cuando se refieren a su corazón. Es así porque se quiere esconder la verdad de lo que somos” (del relato El judío sabio de M.Akalay)

Es curiosa nuestra relación personal, suele transcurrir bastante tiempo para que coincida una ocasión en la que podamos vernos, pero siempre tengo la sensación con Akalay de que entre una y otra sólo han transcurrido unos días, y retomamos nuestras conversaciones con aparente naturalidad. Y al escribir esto, me doy cuenta de que hecho en falta volver a encontrarle, charlar con él y tomarnos algo juntos mientras nos reímos.

Sergio Barce, Mohamed AKALAY, Prof. Abdellatif Limami, el periodista y escritor Said Jedidi, Mohamed Sibari y el poeta Abderahman El Fathi

Akalay ha sido también antologado en el libro La sombra de los vientos. Narradores marroquíes contemporáneos (Destino, Barcelona, 2004) y es el presidente de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española. Tiene publicada la novela: Entre dos mundos” (Tánger, 2003) y actualmente está preparando tres libros de ensayo próximos a ser editados: «La influencia de las maqamat árabes en la picaresca española«, «El derecho de la mujer en el Islam» (que según me dice es una recopilación de conferencias para los alumnos del Master en la Universidad de Messina, Italia) y, por último, «El Convenio hispano-marroquí de la Seguridad Social«. Mohamed Akalay ha obtenido, además de los galardones antes indicados, el Premio Victoria Kent de relatos breves en 2004 y la Cruz de Oficial de la Orden del Mérito Civil de manos de S.M. Juan Carlos I.

Sergio Barce, enero de 2011

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El film del realizador larachense CHRIF TRIBAK, «Le temps des camarades», en Grenoble

EL TIEMPO DE LOS COMPAÑEROS (Le temps des camarades)

Viernes, 11 de febrero 2011, 20: 00 H.

Ciclo de cine árabe

En colaboración con el Cinéma les Méliès, y la sección árabe de la Escuela Internacional de Grenoble, dentro del ciclo de cine árabe que se celebrará entre el 11 y el 18 de febrero de 2011.

Se proyectará el film:

El tiempo de los compañeros de Mohamed ChrifTribak

Con Farah el Farsi y Mohamed Assou

Tras la proyección, habrá un encuentro con el director larachense Mohamed Chrif Tribak, en la Sala Juliet Berto  (Contacto:  04 76 54 43 51  – Precio: 5 euros)

LE TEMPS DES CAMARADES (avant prenière inédit a GRENOBLE)

Vendredi, 11 Février 2011, 20 :00

MOHAMED CHRIF TRIBAK

CYCLE CINEMA ARABE

En collaboration avec le Cinéma Le Méliès, et dans le cadre des 10 ans de la section d´arebe de la Cité Scolaire Internationale de Grenoble, cycle cinéma arabe du 11 au 18 février 2011.

AVANT PREMIERE – INEDIT A GRENOBLE

Le temps des camarades de MOHAMED CHRIF TRIBAK

Avec Farah el Fassi et Mohamed Assou

Nord du Maroc. Début des années 90. Son Bac en mains, Rahil décide, contre l’avis de sa famille, de poursuivre ses études à l’Université. Elle y découvre l’influence croissante des islamistes.

A l´issue de la projection, recontre avec le réalisateur Mohamed Chrif Tribak.  (Lieu :   Salle Juliet Berto  – Contact :  04 76 54 43 51  – Tarif unique:  5 euros)

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LUIS MARIA CAZORLA, jurista larachense

Luis María Cazorla Prieto, nació en Larache en 1950. La verdad es que no sé por dónde comenzar, puesto que su currículum es tan amplio como diverso, aunque supongo que Luis me permitirá resaltar, antes que otra cosa, nuestra amistad, que se va cimentando poco a poco y que es realmente entrañable. Y además, tengo la primicia, que comparto con quienes osáis en leer mi blog, de que, en pocas semanas, verá la luz su próxima novela LA CIUDAD DEL LUCUS, obviamente ambientada en gran parte en Larache, como ya anuncia su título. Será, pues, en el instante en el que se edite, cuando hable de Luis María Cazorla escritor de ficción. Hoy, como adelanto, hablaré de Luis María Cazorla jurista. Sigue leyendo

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