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“LA CAUTIVA”, un relato de Sergio Barce con la voz y las imágenes de PACO MORALES

Paco Morales, es decir, Fran, ese narrador magnífico que nos está encandilando a todos con sus comentarios en el blog (firmando como Fran Morgar), me ha hecho un regalo alucinante.

Ha tomado mi relato “La Cautiva”, que escribí inspirándome en el cuadro de otro paisano  nuestro, Rachid Sebti, y que publiqué en este blog el 18 de enero de 2011, y le ha puesto “voz” e “imagen”, y como resultado ha montado un corto increíblemente bello, con imágenes seductoras y “cautivadoras”, incluyendo además algunas de nuestro pueblo, de Larache, que me han emocionado más de lo que hubiera previsto. Incluso el modo de narrar en <off> mi pequeño relato lo transforma en algo más hermoso de lo que en realidad es.

Así que no he podido reprimirme y os brindo la oportunidad de saborear este corto realizado por Paco Morales que seguro os va a encantar a todos.

Para verlo entra en:

Dice Fran en su muro en Facebook:

 Cuando leí este relato de Sergio me encantó esa equilibrada dosis de sensualidad e inocencia en la mirada de este niño que nos guía sutil y certero como el objetivo de una cámara. La respiración contenida, controlando el pulso frente a la protagonista: la contemplada. La mujer se desnuda de su consciencia, desflora sus carnosos pétalos para expandir su aroma… un acto que le anestesia. Sólo quiere ofrecerse. Arde, se incendia.. así la rosa al abrirse, se entrega y sacrifica sabiendo que tal vez no habrá un mañana. Se desnuda de misterio frente a la ciudad que la observa olvidando que es la propia ciudad quien la nutre y alimenta.

LA CAUTIVA de Rachib Sebti

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“LA CAUTIVA”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Ve la ciudad a través de la ventana enrejada, los niños que juegan en el callejón de abajo, las pieles secándose en las azoteas. Le gusta ver cómo el sol, cálido, se adormece sobre los muros encalados, y siente en su piel desnuda la brisa que sube del mar.

LA CAPTIVE, óleo sobre lienzo, del pintor larachense RACHID SEBTI

Él la observa en silencio desde la puerta entornada, conteniendo la respiración para que ella no le descubra. Anhela que la sábana se deslice del todo y deje al descubierto el resto de su espalda, pero ella está ensimismada y no se mueve en absoluto, atrapada por el mundo exterior, igual que una cautiva encarcelada en una torre inexpugnable.

Unas gaviotas planean durante unos eternos segundos a pocos metros de la ventana, despliegan las alas con elegancia pero también con soberbia. Cuando se alejan, la joven apoya la barbilla en sus brazos, que mantiene cruzados sobre la cama deshecha. Sus ojos se pierden de nuevo por entre los hierros forjados, se pregunta si tras alguna de esas ventanas que ve desde ahí arriba habrá otra mujer como ella. De nuevo la brisa da un suave soplido y los vellos transparentes se le erizan. Habría deseado que esa sensación se la hubiesen provocado los labios de un hombre.

Él continúa sin moverse tras la puerta de madera, agazapado como un ladrón. Está tentado de entrar, de acercarse a ella y asir con una mano la sábana que la cubre desde la cadera. Nunca ha visto una mujer desnuda, y el misterio se torna febril. Balbucea débilmente el nombre de ella, pero no sucede nada y nota cómo una seca calentura agrieta sus labios aún infantiles. Le tiemblan las manos, le tiembla el corazón. De pronto, avergonzado, se da cuenta de que ha rezado para que ella se levante, la frazada caiga y se gire. Pero la curiosidad es más poderosa y, en seguida, se olvida de que es posible que haya cometido un pecado. No logra alejarse de su escondite.

La joven permanece unos minutos vagando por la ciudad, tal vez soñando con alguna historia de amor. Le gusta pasar el tiempo ahí sin cubrirse, y fantasear con unas manos desconocidas que la acarician sin pudor. Sin duda, es algo que le fascina por encima de cualquier otra cosa. Sabe, ya lo ha experimentado antes, que llegará un momento en el que un extraño ardor se le instalará en el vientre y que las mejillas se le encenderán como ascuas, será entonces cuando perderá de nuevo la consciencia por una fracción de segundo. Teme que llegue ese instante, pero a la vez no puede reprimir el ansia porque eso ocurra cuanto antes. Entreabre los labios, y sus dedos se aferran con fiereza a las sábanas blancas.

El chico la ve inclinar la cabeza, la frente contra el antebrazo derecho, y la coleta se alza dejando el cuello al descubierto. Es como si, por fin, le mostrara impúdicamente su cuerpo. Y es tal el impacto, que recula y se cae al suelo. Se aterroriza ante la idea de que ella le haya oído, de que le descubra violando su intimidad, pero la mujer continúa ahí, sentada sobre lel muslo izquierdo, con la espalda descarnada y temblorosa, la cabeza refugiada entre los brazos, aterida por el abrazo silencioso que aún la rodea por el talle, perdida en algún recoveco de su imaginación.

Ella, sin inmutarse, ha vuelto a oírle, sabe que, como cada tarde, el niño la observa con cautela, que sólo aprende qué es la vida. No le molesta, sólo teme que un día su madre lo descubra entrando a hurtadillas para espiarla. Se lo imagina con el sudor perlado sobre el bigote imberbe, los ojos abiertos como platos y la respiración desacompasada. Eso le halaga, incluso insufla su vanidad femenina. Se queda aún un buen rato con los brazos encima de su cama vacía, notando cómo el sol de la tarde se atreve a entrar para posarse en sus hombros. Agradece el suave calor. No abre los ojos, pero aguza el oído y nota cómo el chaval se ha levantado, estirando el cuello para verla aún mejor. No sabe la razón, pero en algún instante ella imagina que algún día ese chico la recordará como está ahora, en esa postura, y que la pintará en un lienzo. E imagina también que, ya siendo muy vieja, será ella misma la que contemple ese cuadro, y que recordará su atractivo cuerpo desde la puerta entreabierta del cuarto, conteniendo la respiración, a escondidas…

Sergio Barce, enero de 2011

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