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NOTAS A PIE DE PÁGINA 16 – CINE, CINE Y MÁS CINE

Mes intenso de cine. Salgo decepcionado del documental Mi nombre es Alfred Hitchcock (My name is Alfred Hitchcock, 2022), de Mark Cousins. Aburrido, y eso que es difícil que nada de lo hecho por Hitchcock lo sea, pero Cousins, que admiro por sus libros y sus otros documentales, enfoca equivocadamente esta cinta. La voz en off impostando al Hitchcock real es una especie de parodia. Las escenas seleccionadas, reiterativas. Imágenes estáticas con el rostro del director británico repetidas una y otra vez, como si nos hablasen de alguien al que nunca se le hubiera fotografiado.

Como antídoto, veo en casa por enésima vez Rebeca (Rebecca, 1940), Recuerda (Spellbound, 1945), La soga  (Rope, 1948) y Los pájaros (The birds, 1962). De un tirón (quiero decir, en cuatro noches seguidas). Y no empacha.

Veo Te estoy amando locamente (2023), de Alejandro Marín, realizador malagueño, y salgo con una sonrisa, pero, a la vez, emocionado de la sala del Cine Albéniz. Me ha parecido una cinta muy bien llevada, que no tiene el menor altibajo, con una excelente banda sonora y unos actores en estado de gracia. La ambientación de los años setenta, muy conseguida. La recomiendo a quienes gustan del cine español. Está por encima de la media.

Leo dos libros interesantes. Por un lado, Videoclub, de Jaume Ripoll, que ha editado Penguin Random House. Se trata de una obra sin grandes pretensiones, escrita por uno de los fundadores de Filmin. Jaume Ripoll procede de una familia vinculada con el mundo del cine. Regentaron salas de cine, videoclubs y se dedicaron a la distribución. A través de sus páginas uno hace un recorrido, en muchos casos sentimental, por la evolución de las salas de cine en España, la proliferación de los videoclubs y su posterior desaparición. Y a uno le vienen muchos recuerdos. Ripoll repasa las películas que le fascinaron, los actores, los directores, las bandas sonoras, así como las producciones que le decepcionaron o que triunfaron o fracasaron, sus experiencias personales en el videoclub y sus diferentes trabajos hasta acabar siendo el fundador de la plataforma Filmin. Todo ello salpicado por distintas anécdotas personales. Deliciosa la que relata en el capítulo titulado “En Inglaterra con Greenaway”. La verdad es que es muy amena la lectura.

Escribe Jaume Ripoll:

“…Mi padre tuvo videoclubs en salas de bingo, salas de cine, panaderías y bares de carretera, pero a su muerte solo conservaba uno, el Casablanca, cuya gestión compartía con una joven socia que tenía nombre de estrella de Hollywood de los ochenta, Maxi: metro sesenta, pelo rizado y una sonrisa a jornada completa con la que mostraba sin rubor unos dientes que habían esquivado demasiadas veces la visita al dentista. Maxi no era cinéfila, pero tenía todas las virtudes que debe tener una buena dependienta: de los clientes recordaba su nombre, sus gustos y los suficientes detalles familiares, enfermedades, efemérides o separaciones, para hacerlos sentir en casa. Junto a ella trabajaba Toñi, una treintañera cordobesa que de haberse apellidado Salazar podría haber formado parte de Azúcar Moreno. Bella, alta y con el maquillaje adecuado para pasar seis horas de martes a domingo bajo la luz de los neones sin descomponerse en el intento. El videoclub no llegó a conocer el datáfono, así que todos los clientes tenían que pagar en efectivo, y el dinero se acumulaba en un cajón del mostrador sin llave de seguridad alguna. Esta información no les pasó por alto a los heroinómanos de la zona, que intentaron atracarnos no pocas veces. Y escribo <intentaron> sin darlo por hecho, porque Maxi y Toñi tenían a buen recaudo otro de esos regalos que nos había hecho un distribuidor de cine en los noventa: un machete digno de una secuela de Rambo que ellas empuñaban sin fragilidad alguna. Lo que nunca adivinaron todos esos atracadores que huían espantados ante el arma blanca era que el cuchillo en cuestión no servía ni para cortar mantequilla. Lo que tampoco supieron fue que su camello era uno de los mejores clientes de nuestro local, uno de los pocos que pagaba recargos por devolución tardía sin rechistar y alquilaba películas de diez en diez las noches de viernes y sábado, pues lo único que lo mantenía despierto durante las madrugadas que tenía abierta su farmacia de la muerte eran las películas policíacas de Bruce Willis y Steven Seagal. Esas en las que los protagonistas paradójicamente perseguían a traficantes como él…”

Pero es el libro de Quentin Tarantino, Meditaciones de cine (Cinema Speculation), también publicada por Random, a través de Reservoir Books, con traducción de Carlos Milla Soler, el que más enjundia ofrece. Escribe acerca de Sylvester Stallone lo siguiente:

“…Cuando se estrenó Rocky, se convirtió casi en mi película preferida de todos los tiempos. Soy consciente de que ya he dicho eso unas cuantas veces. Pero aquellos eran los años setenta. Yo era un joven entusiasta del cine, en una época en que las películas eran una pasada. Ahora bien, a menos que uno estuviera allí, en 1976, es muy difícil hacerse una idea del efecto que la película Rocky provocó en el público. Todo en Rocky cogió al público por sorpresa. El protagonista desconocido, lo emotiva que acaba siendo la película, la muy conmovedora música de Bill Conti, y uno de los clímax más intensos que la mayoría de nosotros hemos experimentado en un cine. Yo ya había visto películas en las que algo ocurría en la pantalla y el público vitoreaba. Pero nunca -repito, nunca- como vitoreó cuando Rocky, en el primer asalto, asestó el puñetazo que tumbó a Apollo Creed. Toda la sala había estado contemplando el combate con el alma en vilo, temiéndose lo peor. Uno tenía la sensación de recibir cada golpe que Rocky encajaba. El engreimiento de Apollo Creed por su superioridad sobre ese patán de poca monta parecía una forma de negarse a reconocer la humanidad de Rocky. Una humanidad de la que nos habíamos enamorado después de ver a Stallone a lo largo de noventa minutos de película. Y, de pronto -tras recibir un potente golpe-, Apollo Creed cayó al suelo de espaldas. Vi esa película unas siete veces en los cines, y en todas las ocasiones, llegado ese momento, el público casi saltó hasta el techo. Sin embargo, ninguna vez fue como la primera. En 1976, no hacía falta que me explicaran lo absorbentes que podían a llegar a ser las películas. Ya lo sabía. En realidad, no sabía casi nada más. Pero hasta entonces nunca me había implicado emocionalmente con un personaje principal como lo estuve con Rocky Balboa y, por extensión, con su creador, Sylvester Stallone. En la actualidad, si alguien descubriese la película, sería casi imposible de reproducir ese tipo de inocencia del espectador. Para empezar, tendría que lidiar con la celebridad y la carrera posterior de Stallone. Y no digo esto como una indirecta o como un comentario sarcástico. Es un hecho que el Stallone de Planet Hollywood no es el Stallone que se sentó en el sofá de Dinah Shore a contar anécdotas graciosas sobre la época en que pasaba hambre… (…) Parte de la euforia vinculada a la respuesta del público al combate culminante en Rocky se debió a que, después de cinco años de cine de los setenta, la verdad es que no esperábamos que las cosas le fueran a ir bien a Balboa. Y no me refiero a que no esperábamos que ganase el campeonato del mundo de los pesos pesados. ¿No iba a ganar jamás ni una mierda! Nuestra única esperanza era que no quedara como un puto hazmerreír. Por eso, el final fue tan sorprendentemente conmovedor y catártico. Por eso, cuando Apollo Creed cayó de espaldas en la lona, dimos saltos de alegría. Porque, a partir de ahí, al margen de lo que acabara pasando, Rocky ya había demostrado que no era un hazmerreír. Y, cuando llegamos al último asalto y Rocky tiene a Apollo Creed contra las cuerdas, asestándole un zurdazo y un derechazo, y un zurdazo y un derechazo, y el público presente en el pabellón entona: <Rocky… Rocky…>… ¡Joder! Sencillamente, nunca se había visto nada igual. Después, en la entrega de los Óscar, la película replica en la vida real su milagrosa victoria. Desde ese momento, el cinismo de los setenta ya no tenía ningún futuro…”

Y lo que relata es tal y como fue, porque yo lo viví con la misma intensidad. Esa película me emocionó por muchas razones, las mismas que indica Tarantino, pero también por la sencillez del argumento, por la manera en la que Rocky trataba a su novia Adriane, magnífica Talia Shire, y porque la humildad del personaje se te pegaba al alma. Lo primero que hice tras ver Rocky fue comprarme la banda sonora de Bill Conti, en LP. Y la ponía en el picú una y otra vez. ¿Quién no es capaz de tararear las notas principales?

También he tenido ocasión de ver El faro (The lighthouse, 2019) de Robert Eggers, con dos magníficos Robert Pattison y Willem Dafoe. Película claustrofóbica, no apta para el gran público, difícil y de tempo contenido, pero con imágenes potentes y una historia curiosa que, a mi entender, se malogra en parte con el desenlace.

Recupero la cinta La vida de los otros (Das leben der Anderen, 2006) de Florian Henckel Von Donnersmarck, cinta magnífica, que te llega a lo más hondo, y que, si bien me gustó cuando se estrenó, ahora me ha encantado aún más. Y la de Fahrenheit 451, de Truffaut, que, gracias a la historia de Ray Bradbury y a esos excelentes actores que son Julie Christie y Oskar Werner, se mantiene más actual que nunca. De obligada revisión.

¿Qué sería de nuestras vidas sin el cine?

                                                                      Sergio Barce, 28 de agosto de 2023

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 14 – EL PASO DE LOS AÑOS, LA AUTÉNTICA BOMBA NUCLEAR

No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.

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Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.

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Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.

También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama. 

Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe: 

“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”

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La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista. 

“…Su padre había prometido llegar a las seis.

Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.

Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…” 

Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme)

Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.

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A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.

Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:

“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”

Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.

Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:

“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”

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Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.

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Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.

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Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.

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Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.

Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.

Sergio Barce, 6 de agosto de 2023

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«EL CAFTÁN AZUL» (LE BLEU DU CAFTAN), UN FILM DE MARYAM TOUZANI

Me encanta el cine de Maryam Touzani. Una excelente actriz, ahí está como muestra su papel en Razzia (2017). Pero como realizadora, me parece aún mejor.

Si su anterior película, Adam (2019), ya me gustó, este nuevo título que ha dirigido, El caftán azul (Le bleu du caftan) sube un escalón más. En Adam nos hablaba de los problemas de una madre soltera, en El caftán azul aborda otro tema igualmente delicado en la sociedad marroquí: la homosexualidad masculina. Un hecho que convive a diario en Marruecos, pero que se tapa y se oculta, que se censura y se reprueba.

En sus dos películas, Touzani utiliza imágenes de una gran belleza plástica, pero de una sencillez y economía de medios deslumbrantes. Sabe mover la cámara, situar a sus actores, exprimir lo mejor de ellos para hacer de la cinta una historia creíble y profundamente humana. Ese pequeño taller de confección se convierte en un universo lleno de miradas, silencios, palabras abortadas y sueños imposibles. La delicadeza con la que aborda la homosexualidad del protagonista masculino se sustenta en la contenida interpretación de Saleh Bakri, austero, minimalista, que dota a su personaje de un candor que lo acerca de tal  manera al espectador que logra nuestra afinidad, nuestra simpatía, nuestra solidaridad. Llegamos a comprender esa lucha que mantiene en su interior, sus contradicciones y sus miedos. Sólo le basta una mirada de soslayo para completar un diálogo que no se pronuncia. Así son de potentes las imágenes de esta cinta. 

Maryam Touzani vuelve a apoyarse, en la protagonista femenina, en esa actriz enorme y fascinantes que es Lubna Azabal, y que con el tiempo se ha convertido en una de mis actrices favoritas. Aquí vuelve a crear otro personaje inolvidable: la esposa prudente y reservada, pero entregada y confidente de su marido. Ella sabe. Ella calla. Pero ella comprende. No ceja en amar a quien, quizá, la engaña de la manera más humillante para una mujer. Sin embargo, es una mujer generosa, abierta, inteligente. Y sabe cuál es su futuro inmediato y desea saborearlo.

También el joven actor Ayoub Missioui, como el aprendiz de sastre, hace creíble su papel, cerrando así un triángulo casi perfecto. La película no necesita más. Sólo estos tres actores y un argumento sin alaracas, pero rotundo y emotivo.

A detacar una banda sonora preciosa compuesta por Kristian Eidnes Andersen (autor que ha trabajado para realizadores como Lars Von Trier, Thomas Vinterberg o Pawel Pawlikowski). Y una fotografía cálida y serena, obra de Virginie Surdej. En el guion, obra de la propia realizadora, colabora su marido, el también magnífico director marroquí Nabil Ayouch. Es decir, un equipo de primera línea para una película magnífica.

Sergio Barce, enero 2021

 

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FOTOS DE CINE – 34

En la fotografía, Lauren Bacall y Humphrey Bogart, encabezando la marcha en defensa de las libertades civiles y en apoyo de los acusados por el Comité de Actividades Antiamericanas. (Tras ellos distinguimos a Paul Henreid o Richard Conte, entre otros).

El pasado mes de mayo, fallecía Kenneth Anger. Fue un escritor y cineasta norteamericano, nacido en Santa Mónica, California, en 1923, que desarrolló toda su carrera cinematográfica al margen de los canales habituales. Su película más famosa, de tipo experimental, como el resto de su filmografía, es Scorpio Rising, de 1964. Pero Anger logró la fama con un libro centrado en el mundo del cine: Hollywood Babilonia (Hollywood Babylon), en el que desvelaba los mayores escándalos del Hollywood clásico. Hay un capítulo, bastante corto, dedicado a la famosa “caza de brujas” que se desató a finales de los años cuarenta contra todos los artistas de los que se sospechaba que eran izquierdistas, campaña de acoso y derribo que impulsó el congresista J. Parnell Thomas pero que capitaneó con una gran insidia el senador Joseph R. McCarthy. En ese capítulo, que en los tiempos que corren me parece interesante rescatar, titulado Marea roja, escribió Kenneth Anger:

“Hacia 1947, la campaña anticomunista capitaneada por el congresista J. Parnell Thomas, había tendido sobre Hollywood un manto tan insidioso como la creciente contaminación de Los Ángeles. Con el Comité de Actividades Antiamericanas garantizándoles la temporada de caza, fanáticos derechistas de Cinelandia hicieron su aparición y, envueltos en la bandera, se lanzaron a un ataque en el que cualquier golpe bajo estaba permitido. Lela Rogers, su obediente retoño Ginger, y Howard Hughes figuraban a la cabeza de esta superpatriótica actitud.

John Wayne, por unanimidad, resultó elegido Presidente de una cuadrilla de linchamiento autodenominado Alianza Cinematográfica Para la Preservación de los Ideales Norteamericanos. Charles Coburn era el vicepresidente primero. El segundo, Hedda Hopper. (En 1947 Hedda ocupó sus vacaciones recorriendo los Estados Unidos en coche para arengar a los clubs femeninos y conminarlos a boicotear aquellas películas en las que interviniesen actores “comunistas”.) Un realizador, Leo McCarey, y un actor, Ward Bond, figuraron como privilegiados miembros de la alianza. Y Paul Lukas, Robert Taylor, George Murphy y Adolphe Menjou entre los más impacientes por denunciar a todos los Rojos que suponían escondidos bajos sus camas en Beverly Hills. Menjou se hallaba convencido de que una invasión comunista en el país era inminente, y declaró que se trasladaba a Texas… “porque los tejanos, no dejarán un solo comunista vivo”. Gary Cooper, agudo observador político, se jactó de haber rechazado “un montón de guiones con ideales comunistas”.

Horrorizados ante estas medidas, celebridades de otra mentalidad fletaron por su cuenta un avión para ir a Washington a protestar por “esta invasión para privar a los ciudadanos de los derechos sobre sus ideales o creencias”. Eran: Bogart y Bacall, Gene Kelly, June Havoc, John Huston y Danny Kaye.

El cargamento de este avión estelar no compareció ante una audiencia condescendiente o admirada de sus dotes. El grupo de los tiradores al blanco, flechas incluidas, no tardó en declarar no gratos a los Diez de Hollywood. Estos eran: Herbert Biberman, Albert Maltz, Edward Dmytryck, Adrian Scott, Ring Lardner Jr., Samuel Ornitz, John Howard Lawson, Lester Cole, Alvah Bessie y Dalton Trumbo. (Ironía de ironías: tras su condena, Trumbo se topó de bruces con un compañero en desgracia que, curiosamente, no era otro que el congresista J. Parnell Thomas, su antiguo acusador, sentenciado también a chirona por “inflar” su sueldo.) Aliados de estos Diez, que prefirieron el autoexilio a la ignominia de aguantar en casa la situación, fueron entre otros los directores Jules Dassin, Joseph Losey y John Berry, quienes prosiguieron sus carreras en Europa.

El destino de quienes se quedaron en casa fue mucho más sombrío. La lista negra arruinó las vidas y las carreras de talentos magníficos como Anne Revere, Gale Sondergaard, Jean Muir, John Garfield y J. Edward Bromberg. Dashiell Hammett y Lilian Hellman se enfrentaron a sus inquisidores con honor y dignidad; Lionel Stander, el actor con voz de rana, interpretó en beneficio del Comité un fantástico número y les dijo bien claro adónde tenían que irse. Después se radicó en Italia, donde continuó imperturbable su excéntrica profesión. Sidney Buchman, guionista de Capra en Caballero sin espada, se negó a comparecer. Fue declarado en rebeldía y se quedó sin empleo en Hollywood.

La conciencia sirve a veces para algo. Pero algunas celebridades delataron y continuaron alegremente en sus puestos a lo largo de esta época negra: Dmytryck, Elia Kazan, Robbins… Larry Parks fue un caso especial: admitió, para salvar la piel, su afiliación al Partido Comunista.

A las masas no les divirtió la cosa. Para ellas, Hollywood y la política no constituían una buena combinación.”

El capítulo pertenece a la edición de Hollywood Babilonia, publicada por Tusquets, en 1986, con traducción de Jorge Fiestas.   

 

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EL ÚLTIMO CINE DE YEMEN, UN ARTÍCULO DE JAVIER BRANDOLI

A través de Juan M. Aparicio me ha llegado este hermoso y, a la vez, doloroso artículo de Javier Brandoli para El Confidencial, y quiero compartirlo con todos: El último cine de Yemen.

Para leerlo entra en el siguiente enlace:

https://www.elconfidencial.com/cultura/2023-07-01/el-ultimo-cine-yemen-guerra-persecucion-religiosa_3673987/#:~:text=El%20National%20Cinema%2C%20en%20San%C3%A1,queda%20abierta%20en%20todo%20Yemen.