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FELIZ AÑO A MUSULMANES Y HEBREOS, POR JOSÉ EDERY

Como siempre, un gusto y un honor recibir un texto de mi amigo el tebib Pepe Edery. Con ocasión de la celebración del nuevo año musulmán y del nuevo año hebreo, una de sus lecciones magistrales que tanto nos enseñan.

FELIZ AÑO NUEVO JUDÍO y MUSULMÁN 

Recuerdo que poco antes de venirnos a España, hace tres décadas y media, hubo en la Esnoga Principal de Rabat en la Avenue Henry Popp un acto inter confesional judeo musulmán por coincidir Rosh Achaná con el Año Nuevo islámico, el primero de Muharram. Dicha coincidencia no se ha vuelto a repetir entre ambas confesiones excepto quizás hace dos años en que coincidieron el mismo día y mes el Yom Kipur con el fin del Ramadán, el Aid el Fitr o Aid el Seguer (“Fiesta Pequeña”).

Aunque El lizcor o “recordar” es una norma de supervivencia y convivencia del judío; memorizar y recordar hechos o leshanén como decíamos en nuestro Marruecos es bueno también. Hace una belhgá de años el Papa Gregorio XIII dijo que el Año Nuevo quistiano tenía que empezar el día de la Brit Milá de Jesús, supuestamente un primero de enero. Pues durante los casi seis siglos anteriores se celebraba el 21 de enero coincidiendo con un equinoccio primaveral. Por lo que es invariable casi como los “muestros” (ZL por Moïse Rahmani) que sufre muy pocas variaciones en otoño el uno de Tichrí.

Pero el Año Nuevo musulmán al ser lunar, pero sin años bisiestos que le regulen como el muestro va desplazándose hacia atrás a lo largo del año. Pero he aquí lo curioso o lo casi ignorado por muchos shudiós, quistianos y mulselmin y que relato ampliamente en las seiscientas páginas de cada una de mis dos últimas obras ketubot: “Viajando por el Magreb” y “Viajando por el Magreb Hispánico”.

 ¿Sabías que el Primero del mes de Muharram que se celebra el Año Nuevo islámico se debe a que recuerdan la victoria y salida de Moisés sobre el Faraón de Egipto?

Al jazú, como diría Joha, voz lo voy a levaer.

Mos dezían muestros sahbim shajenim en Tánger, Tetuán, Arcila, Alcazar y sobre todo en Larache, que la Fiesta del Achor o Achura (de achra que es diez o décimo día) en el mes de Muharram, los primeros diez días son los mejores del mes y el del Achor el mejor de todos. Los sunitas (los muestros del Magreb) en Achura celebran el ayuno y el agradecimiento de Musa (Moshé Rabenu) por su victoria sobre Faraón. Y los musulmanes chiitas, sobre todo en Kerbala (acordarvos de las procesiones y la tostazinas con vergajos, como el Rebí Abraham zl, que se dan en las espaldas) conmemoran el asesinato del Iman Housein Ben Alí, nieto del Profeta Mahoma, y al que consideran el legítimo Califa.

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¿Sabías también que el ayuno musulmán en Muharram tiene su origen en el Yom Kipur o “Día del Perdón” que celebraban los judíos en la península arábica?

Sucedió que Mahoma visitando la ciudad de Medina el décimo día en el mes de Muharram vio que sus numerosos habitantes judíos estaban ayunando. Al preguntarles les respondieron que por el perdón de sus pecados y por agradecimiento al Creador del Holam. Y relata el segundo Califa Omar Ben Khatab quien declaró Muharram como el primer mes del año y denominó Ras as Sana (“Cabeza de Año”) al primer día; que Mahoma ayunó y ordenó a sus seguidores que ayunasen. Y para que en lo sucesivo no coincidiera con el ayuno judío, instauró que se efectuase un día antes al décimo día. Y Mahoma explicó a sus fieles que en dicho día El Dió hizo la mayoría de sus prodigios como: Crear la Tierra y las estrellas, la creación de Adán y el Paraíso y creó a Gabriel y a los ángeles. Y coincide, dicen sus Hadiths, con el milagro de Musa (Moisés) con el Faraón y el nacimiento de Ibrahim (Abraham).

¡¡E instituyó para sus fieles que durante el mes de Muharram estaría prohibido luchar!!- Quizás habría que hacer “recordar” a miles de personas y dirigentes del Próximo Oriente esta prohibición; y que el mes de Muharram es uno de los cuatro meses sagrados del Islam.

¿Y sabías que durante la semana de Ashura fue tradicional en el Magreb, además del ayuno para el perdón de los pecados, visitar los cementerios, purificarse en un río si es posible, dar una generosa sakat (sedaká) y degollar un animal? Es una gran coincidencia con preceptos mosaicos del mes Tichrí.

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Y al jazú, todo lo que voz escrivo y es por lo que disho este alhad en el programa Shalom de TVE mi querido javer el luzido Presidente de la Federación de Comunidades Judías de España Isaac Querub Caro, a preguntas de la endiamantada directora la melillense Coty Aserín de Bendahan. Partiendo de sus premisas de que “la diversidad religiosa y cultural enriquece”; ambos y sobre todo el tanshaui multicultural Querub, defendieron el dialogo inter religioso, así como retomar y continuar la historia en común. Dar solución al drama de los refugiados y emigrantes, y sobre todo dar voz a los musulmanes moderados (yo añadirá “cultos e instruidos”) para activar positivamente el dialogo inter religioso, que desde las Comunidades Judías de España han venido impulsando periódicamente.

En esta línea de armonía y paz de Shalom, me uno a sus propósitos para desear junto con mi familia, a nuestros queridos amigos y paisanos shudiós, muslemin, y quistianos, unas Felices Fiestas y un Feliz Año Nuevo, Leshaná Tová Umetuka 5777, M´brouk al Aid u Ras as Sana 1438

Que ze voz haga todo lo güeno con sajá, buen mazal y perijá para toda vuestra aila (mishpahá), amen  

En Málaga farsheados por berajá del Dió: DR. JOSÉ EDERY BENCHLUCH-  Septiembre de 2016

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VIGON, LA VOZ DEL RHYTHM AND BLUES MARROQUÍ

Vigon es un cantante marroquí nacido en Rabat en 1945, cuyo verdadero nombre es Abdelghafour Mouhsine, que representa al más puro estilo rhythm and blues. Con una extensa discografía, que va desde 1965 a la actualidad, Vigon ha colaborado con artistas de la talla de Jimi Hendrix o los Rolling Stones.

En el siguiente enlace, podéis ver y escuchar una de sus actuaciones para televisión:

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VIGON

VIGON

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En el siguiente enlace, Vigon Bamy Jay (es decir, Vigon, Erick Bamy y Jay Kani) interpretan un clásico…

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«MEDINA VERSUS ENSANCHE», UNA CONCEPCIÓN DE LA VIDA, SEGÚN MÓNICA LÓPEZ

Para comprender cuál es la concepción de la Medina y del Ensanche, como modos de vida articulados, nada mejor que la explicación de que nos ofrece mi amiga Mónica Lóipez en su blog Los colores de la memoria. Podéis leerlo entrando en:

https://loscoloresdelamemoria.wordpress.com/2016/09/07/medina-versus-ensanche/

MEDINA DE LARACHE

MEDINA DE LARACHE

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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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«Jardín de las Hespérides, 1971» (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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«VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU», POR LEONOR MERINO

 VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU

Por Leonor Merino

(Drª Universidad Autónoma de Madrid, especialista en Literaturas del Magreb, traductora y ensayista)

LEONOR MERINO

LEONOR MERINO

Publicado: Tres Orillas, Algeciras (Cádiz), nº 13-14, Septiembre, 2009, pp. 177-179.

 

Este homenaje no es un libro in memoriam con artículos científicos, al que estamos habituados en el ámbito universitario, sino que está engarzado con narraciones, que se convierten en confesiones amistosas, de las vivencias -anécdotas compartidas-, con el añorado y destacado hispanista marroquí Abdellah Djbilou: su etapa de estudiante de doctorado en Madrid, su docencia en la Facultad de Letras de Tetuán de la que fue también vicedecano, su docencia luego en la Universidad del rey Saud de Riad y en la Escuela de Traducción de Tánger de la que fue director adjunto y, por fin, el retorno a su querido Madrid, como profesor jubilado y traductor de la embajada de Emiratos Árabes Unidos.

Éste es el recorrido que he efectuado -en alerta mi alma-, por las líneas de los textos que le han brindado quienes se han quedado en el desconsuelo de su ausencia repentina, pero también con el recuerdo del Amigo en las pupilas, para siempre.

Abre el estupendo libro -maquetado, diseñado e ilustrado por la probada sensibilidad de Saíd Messari-, los testimonios elegíacos de Fernando de Ágreda: “Lloro por tu pérdida/ Y por tanto silencio […] Lloro ahora por lo que fue/ Y por no haberlo cambiado […] Bailes y risas sin parar/ Que no he podido evocar/ Hasta hoy, cuando solo es/ Tiempo de llorar”. Rico en recuerdos permanece este arabista que, en su soledad y espontánea generosidad, desgrana una pléyade de profesores y lugares de las “dos orillas”, salpicada de acontecimientos al hilo de la evocación del Amigo perdido, instantes de juventud compartida, por tierras fasíes.

Alí Menufi, esforzado hispanista en la Universidad cairota de Al-Azhar -la más prestigiosa del Islam suní-, evoca el tiempo compartido con el amigo-colega, en la pionera programación académica de traducción e interpretación en la Facultad de Letras de Riad, traduciendo ambos al árabe La enseñanza de la traducción, bajo la dirección de Amparo Hurtado Albir de la Universidad Autónoma de Barcelona. Djbilou (Yeblí, Montañés o Montesinos como él decía), sólo permaneció allí tres cursos: “se salvó de la máquina infernal de hacer dinero”. Sus aspiraciones intelectuales eran otras.

Alberto Gómez Font, Coordinador General de la Fundéu, revive de la mano del amigo desaparecido las correrías y andanzas nocturnas por uno de los barrios más castizos de Madrid -Chamberí-, mostrando al mismo tiempo campechanía y desinhibición en su relato fraterno. Alberto conoció bien a Abdellah: el sueño perseguido largamente por ser padre -su culminación en Aimán; el regreso a la capital de España, viviendo en un piso, próximo al del amigo de aventuras, precisamente en el mismo viejo barrio donde había sido estudiante, cuando era un vitalista soltero; el Café Comercial -“su oficina”-, donde se inspiraba y escribía, donde veía pasar la vida, fumando, tras los ventanales del vetusto café-refugio. Sí, Madrid sin Abdellah no es lo mismo, para Alberto.

Mª Jesús Viguera Molins, reconocida arabista, hace referencia al porte apuesto, dinámico, y al amor tranquilo por las dos orillas del amigo ausente, al mismo tiempo que va destacando sus obras admirables. Y a él van dedicados tres poemas sobre Ixbiliya: la Sevilla andalusí por excelencia, tan amada por la dinastía taifa de los ‘Abbadíes, y “por todos envidiada”, como cantó y lloró, en su desesperación mortal, el rey-poeta al Mu‘tamid, ante tanta pérdida.

Precisamente una profesora de la universidad de Sevilla y hoy directora del Instituto Cervantes de Marrakech, Mª Dolores López Enamorado, festeja el valor de la memoria: “rescatar uno a uno los instantes vividos, hacerlos presentes y evitar así que el olvido borre el recuerdo a las personas con las que hemos recorrido una parte del camino”. Así, vuelven las imágenes de cuando era estudiante y fue generosamente recibida por Djbilou, por entonces vicerrector en la Universidad de Tetuán. Mas tarde, los trabajos mutuos compartidos y, siempre, su sonrisa, en la mirada, en sus gestos, en su mesura, que le delataba…

El insigne arabista Pedro Martínez Montávez, cabalmente, se refiere a que “no era sólo su sonrisa”… En un no muy lejano encuentro casual con Abdellah, por el barrio de Huertas en Madrid -cogollo intelectual del Siglo de Oro y corazón bohemio del Romanticismo-, el intuitivo arabista -zahorí del alma hispana y árabe- atisba un rictus entristecido en aquella sonrisa abierta, generosa, que siempre precedía al hispanista amigo. Entristecido, el arabista se pregunta si quienes dedicamos nuestro empeño y parte de nuestra existencia a “traducir” estamos capacitados para interpretar, descifrar, el dolor del Otro, que acalla por pudor o por evitar pesadumbre, desconsuelo, al Amigo. La sensibilidad, la ponderación en los trabajos de Abdellah Djbilou ya fueron loadas por su maestro, sobre todo en orientalismo modernista.

Si Mohamed El Madkouri -dinámico profesor del departamento de Lingüística de  la Universidad Autónoma de Madrid-, sentado en el seddari azul dorado de Abdellah y a su lado, se hubiera percatado de que el amigo compatriota se estaba yendo, hubiera “leído en vez de libros muertos en la biblioteca y que están siempre allí, uno vivo, sin ejemplar, que se estaba consumiendo…”. Djbilou, perteneciente a la generación del hispanismo marroquí de formación universitaria española y no francesa como sucedía hasta casi finales de los años setenta -como corrobora El Madkouri en su extenso y ponderado texto-, estaba dotado de una formación sólida, de una personalidad crítica, que se hallaba en su producción intelectual, como escritor, como antólogo, como traductor e intérprete profesional “que valora positivamente al Otro y lo hace dueño de su propio discurso”.

En el verano de 2004, atento y risueño, “sentado entre los alumnos como uno más”, permaneció este tangerino hispanista ante la conferencia de la profesora Maribel Lázaro Durán, originaria de Ceuta: una de las cautivas -junto a Melilla- en Al Ándalus wa I asîrâtâni fî I ibdâ´ al magribî al hadîza. Mujtârât chi`iriyya, obra de Abdellah Djbilou a la que trasladó uno de sus mayores anhelos: “el diálogo de la conciliación y el acuerdo, en el espacio común que nos aproxima a marroquíes y españoles”, en esos lazos que unen, que deberían servir a España de alqantara con el mundo árabe, desde hace largo tiempo. Anhelo del que se ha hecho portavoz esta profesora del departamento de semíticas de la Universidad de Granada que, en sus clases de Literatura Árabe Comparada, inculca a los alumnos el acercamiento a las obras de Djbilou -apellido algo difícil de pronunciar para ellos-, y a sus textos escogidos, “brillantemente”.

Sí, verdaderamente tenía una sonrisa contagiosa y un oído atento en la imitación de las entonaciones, de los dejes, de “los tangerinos populacheros”, para Malika Embarek López -excelente conocedora de la obra de Tahar Ben Jelloun-. Esta marroquí, traductora, fue testigo de la propuesta, “irrechazable”, que hizo Juan Goytisolo a Abdellah Djibilou para que tradujera Al jubz al hafi de Mohammed Choukri. Todo sucedió en Torrentbó, en la terraza de la masía -hoy inexistente- del escritor catalán: recuerdo lejano, brumoso, “tan impactante que a veces sospecho que lo he inventado”.

Y durante un Congreso sobre el Magreb que tuvo lugar en Sevilla, Rodolfo Benumeya Grimau -arabista y escritor que se nos fue sin llegar a ver publicado este homenaje- iba anotando los sentires surgidos entre él mismo y el amigo tangerino y marroquí, en definitiva andalusí. Ahora, era el momento de hacerlos públicos, aunque se inicien de “modo inconexo y terminen bruscamente”. Así, al hilo del escrito referido a las democracias, “control de los medios de comunicación” de Chomsky, o bien ante el titular “Árabes e Islam”, se van desgranando una visión del mundo y una esperanza también de Abdellah, “intelectual humano que, entre bromas y veras, se integraba por entero en las reflexiones sobre la humanidad y el tiempo que vivía”.

Del año 2001 data el encuentro de Paloma Fernández Gomá con el “hispanista que siempre estuvo cerca de la otra orilla que une el estrecho de Gibraltar”. Para dar prueba de ello, le envía su aportación manuscrita, Cien años de la visita de Pío Baroja y Rubén Darío a Tánger (1909-2003), para la revista cultural de ámbito internacional, Tres culturas, que iniciaba por entonces su andadura y de la que es directora esta escritora y poeta madrileña. Luego, muchos proyectos quedaron en suspenso: “Se fue en el mejor momento”.

Otro encuentro fortuito con el amigo Abdellah o Abdallah (“que sabe de las glorias e insuficiencias de la/s cultura/s hispánica/s”), por un barrio de Madrid, rico en esencia y costumbres -que pronto elegiría para vivir, soñar, pasear por sus aceras y parques asido a la manita de su único hijo-, da pie, a la exquisita sensibilidad de la conocida arabista y generosa editora, Carmen Ruiz Bravo, para volver a la Antología sobre Tánger en la literatura hispánica contemporánea, Tánger. Puerta de África, que ella misma editó, así como ofrece la ocasión para esbozar la semblanza de este ser, “solidario y solitario, sociable e intimista, observador atento y ensimismado vuelto hacia lo interior, esteta y vitalista quizá tanto como hombre de profunda dimensión trascendente, a través del arte y del espíritu”.

En 1998, hojeando las novedades literarias en una librería madrileña, Waleed Saleh compró la obra de Djbilou, Diwan Modernista. Una visión de Oriente que reseñó, largamente, en el periódico Al Sharq Al Awsat, en el que, por entonces, colaboraba este gran arabista iraquí de la Universidad Autónoma de Madrid. Sabedor de esta publicación, Abdellah le responde con diligencia, agradecido. Pasados los años, se conocen en Valencia, donde recorren la Albufera y Játiva, topónimos significativos, llenos de vínculos y vestigios árabes. El azar los une de nuevo en la Feria del Libro del Retiro madrileño, muy poco antes de marcharse para siempre, Abdellah: Recuerdos evocados con serena tristeza.

Un homenaje colmado de sentimiento profundo es el de Aziz Amahjour a su profesor-amigo: “tejedor de lazos entre lo árabe y lo hispánico”. En la Facultad de Tetuán-Río Martil y durante el curso 1985-86, un joven Abdellah -“sereno, profundo y preciso”- impartía clases de Literatura Española estableciendo comparaciones poéticas con la Literatura Árabe, al mismo tiempo que evocaba versículos coránicos, “nunca de forma gratuita y siempre con un escrupuloso rigor de método”. Aziz Amahjour, hispanista y poeta, nos recuerda el año de la publicación del Diwan modernista. Una visión de Oriente, coincidente con nuestra entrada en la Comunidad Europea -proclamada a bombo y platillo por nuestra televisión: “por fin somos europeos”-, como si Djbilou nos recordara que no debemos “volver la espalda” a una geografía compartida, “y a un pasado común que grandes monumentos (y muchos elementos no tan visibles) evocan y hacen presentes”. Como si, también, nos abriera de par en par una puerta desde Tánger, con “un quehacer y un arte en el que Abdellah va a destacar con gran maestría”. Emocionada despedida e infinito agradecimiento de quien fuera su alumno, por haber encontrado no sólo ayuda y apoyo en la orientación científica, universitaria, sino Amistad wa trahhumáti alaica.

Finalmente, Jaime Sánchez Ratia -escritor y traductor en las sedes de la ONU- describe con soltura y gracejo las largas caminatas compartidas con el colega-traductor marroquí por Nueva York -camino y vuelta del trabajo-, incapaces de adentrarse en los túneles del metro -“antesala del Averno”-. La brasa ígnea de su cigarro impenitente, parece ser que siempre delataba y antecedía a Abdellah. Esa manera de fumar característica de los marroquíes: “actividad que muchos de ellos consideran tan sólo compatible con ingerir ese café negro como la antracita, hipertenso e infartante que acostumbran a trasegar, de Ceuta para abajo, como si fuera agüita de la India”. Y, a veces, también llamaba la atención ese aire, como ausente, ensimismado en su propio mundo, “muy a pesar suyo”. Pero la sorna rifeña de Abdellah todo lo trastocaba con su risa abierta, contagiosa, que hacia darse la vuelta a los solitarios y madrugadores transeúntes neyorquinos, “todos provistos de sus bolsas de estraza, en las que transportan sus cafés resudados y sus bollos pringosos”. Durante una comida, en el inhóspito comedor de la ONU, mientras Abdellah recita de un tirón los versos de una elegía del ciego sirio Al-Maari, Jaime se percata de que “con lo que en él había de árabe se podían hacer al menos una docena de arabistas”, a pesar de ser hispanista.

Abdellah Djbilou, que contribuyó a cultivar semillas de comprensión y entendimiento entre los seres humanos con destreza y generosidad, mereció este sentido homenaje.

Un homenaje a la Amistad, un recorrido por la Memoria, una despedida que no quiere dejar lugar para el Olvido.

Un homenaje, para volver, ahora, a su obra. Descansa en paz, sadiki. Rahmat-Al-lah ‘alaica.

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

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SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

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