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«FANDANGOS DE TETUÁN», DE ABDERRAHMAN EL FATHI

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Del libro de mi amigo Abderrahman El Fathi, estos versos que al leerlos se escapan al ritmo de una voz flamenca. Unos fandangos, para llenar de música la mañana.

Fandangos de Tetuán, forman parte del libro de poemas Volver a Tetuán, de Abderrahman El Fathi, editado por Q-book, de Cádiz, con prólogo de Juan José Téllez.

FANDANGOS DE TETUÁN

I

Rumores,

puede que los hayas oído.

Hazle caso a los rumores.

Desde que no estás conmigo

ando con pena de amores,

que por ti he perdido el sentido.

II

Las olas

que bañan mi Río Martil,

sólo lo saben las olas,

que voy a llorar por ti

hasta mi última hora,

hasta que llegue mi fin.

III

El Dersa,

montaña de mis recuerdos,

a las laderas del Dersa

arrastra el viento mis sueños

y entierra todas mis penas

mientras por ti me muero.

IV

Las fuentes,

si no te tengo a mi vera

que se sequen todas las fuentes.

No hay razón para la espera.

Si ya no vuelvo a tenerte

se acabó mi vida entera.

V

Que cierren

las puertas de la Medina,

yo le pido a Dios que cierren,

que se me escapa la vida

desde que tú estás ausente,

desde que ya no eres mía.

Abderrahman El Fathi

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SEGUIR APOYANDO A LA LIBRERÍA PROTEO

Los días, las semanas van pasando, y la Librería Proteo-Prometeo de Málaga continúa tratando de levantarse y sobreponerse al desastre de las llamas. Quienes habéis efectuado algún pedido de libro a su página web, no desesperéis si hay alguna demora en los envíos. Hay que entender que sus ordenadores se derritieron, de que sus miles de libros se destruyeron, de que los innumerables pedidos han de tramitarse en un estado de provisionalidad absoluta, trabajando desde espacios y lugares cedidos por instituciones y entidades de manera provisional para que puedan arrostrar la situación mientras los lentos trámites con el seguro, con los proveedores, con los distribuidores y con la reconstrucción del edificio que ha sido pasto del fuego lleguen a buen puerto. Nada es fácil para los responsables y los trabajadores de Proteo. 

La última buena noticia es la que podéis leer en el siguiente enlace: desde el pasado jueves la librería ha abierto un pequeño local desde el que poder atender a sus clientes.

https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2021/06/17/proteo-estrena-local-provisional-recupera-53819407.html

Paso a paso. Como decimos en Marruecos: shuia, shuia.

Así que, a todos, seguid apoyando a la librería comprando libros a través de su web, y sed pacientes con la recepción de los pedidos. 

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7529-31 / MARRUECOS

Eso es lo que pone en la placa con fondo negro y caracteres metalizados: 7529-31 / Marruecos (Almaghrib).

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Es la matrícula del Renault 10 de mi padre, el coche familiar cuando vivíamos en Larache. Aún recuerdo el día que apareció con él. Mi madre y yo (y quizá alguna de mis hermanas también, Marisol o Mónica) estábamos asomados a la ventana del salón de casa, en la avenida Mulay Ismail, frente el jardín del Balcón del Atlántico, y lo vimos llegar desde la plaza de España, despacio, casi al ralentí, como si le diese miedo acelerar o quizá para que su entrada fuese más majestuosa. Se detuvo justo bajo la ventana, y se abrió la puerta del conductor y mi padre, en mangas de camisa, salió del interior, apoyó un brazo sobre el borde de la portezuela y nos miró sonriente ajustándose las gafas de pasta negra. Salí disparado y bajé las escaleras de dos en dos. Cuando aparecí en el portal, mi padre abrió enseguida la puerta trasera del coche y yo seguí corriendo y me lancé en plancha sobre el asiento trasero de cuero  negro, como si me tirase a una piscina. Olía a nuevo y a limpio, y me pareció enorme, un cochazo. Me pegué a la otra puerta y bajé el cristal de la ventanilla, sorprendido de que la manecilla que giraba con una mano pudiese obrar ese milagro. La brisa movió mi pelo lacio (entonces sí tenía el cabello lacio, y rubio) y asomé el antebrazo, sentándome de manera muy formal, como aguardando a nuestra primera salida. Pasaba muy cerca, por la acera del jardín, Fatima El Bouhtoury y una de sus amigas, vestidas con el uniforme de su colegio. Como siempre, me observó con sus grandes ojos almendrados, levantando el mentón, altiva y distante, pero con una medio sonrisa retenida en los labios, con esa manera de mirar de las niñas cuando les gusta algún niño de su edad, pero al que en principio quieren hacer creer que les es indiferente. En esa ocasión, no me importó que me ignorase. Lo que yo quería era que mi padre se pusiese al volante cuanto antes. Solo lo hizo cuando bajó mi madre, que al sentarse en el asiento delantero dijo qué bonito, Antonio. Mis hermanas se sentaron a mi lado, y por fin dejamos el Balcón atrás. Pasamos junto a Fatima y su amiga, que miraron de reojo nuestro coche, tal vez a mí, pero yo fingí que no las había visto, sin girar el cuello. Era mi venganza.

El Renault 10 recorría las calles como un Rolls. Subimos la cuesta de la plaza, pasamos frente al Palacio de la Duquesa de Guisa y fuimos hasta el Vivero y la Hípica y regresamos luego por la avenida Mohamed V. Un trayecto de prueba con resultados más que satisfactorios. Al estacionar frente a casa, José Miguel López se acercó y le dijo a mi padre vaya coche, macho, y miró el salpicadero. Vaya coche, repitió. Yo ya me había bajado y me acercaba a Lotfi Barrada y a Luisito Velasco que me esperaban sentados en la balaustrada comiendo pipas. Hemos visto a Fatima, dijo Lotfi. Y yo, le respondí; pero lo hice distraídamente, como si no quisiera hablar del asunto.

Sergio barce, junio 2021 

CRÍTICA A «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE, EN EL DIARIO IDEAL DE GRANADA, POR JOSÉ SARRIA

De nuevo de la mano del poeta José Sarria, su crítica sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020) en el Diario Ideal de Granada. Agradecido por sus hermosas palabras.

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EL FERRY «IBN BATOUTA»

 

Ahora que las relaciones entre España y Marruecos se complican por problemas meramente estéticos, por cuestiones que a la inmensa mayoría de los marroquíes y de los españoles les perece que se pueden tratar sin tantos aspavientos y sin regalar carnaza gratuita a esos que aprovechan cualquier disputa para azuzar el odio, por asuntos creados para desviar la atención de otros más acuciantes, veo una foto del barco “Ibn Batouta” y esta simple estampa me es suficiente para añorar Marruecos y a su gente. Tras estos meses de pandemia, anhelo volver a viajar hasta allí, necesito regresar a la tierra amada, abrazar a los amigos.

Ese barco pintado de blanco y amarillo era un ferry de la compañía Limadet (Lignes Maritimes du Detroit) que unió, que nos unió, a partir de julio de 1966. Cubría la travesía entre Tánger y Málaga. Luego, años después, pasó a realizar la ruta de Tánger a Algeciras.

El “Ibn Batouta” era mi barco. Yo era un niño y ese ferry me parecía un gigante. Recuerdo que, en las vacaciones de verano, dejábamos Larache montados en el Renault 10 de mis padres, también amarillo, con matrícula marroquí, y llegábamos al puerto de Tánger y ahí comenzaba la pesadilla de mi padre. Meter el vehículo en el barco era entonces toda una maniobra de pericia, porque los operarios deslizaban dos largas y estrechas planchas que unían el muelle a la boca de la bodega del “Ibn Batouta” y los coches debían introducir sus ruedas justo en esos dos railes metálicos mientras el ferry se balanceaba. Mi padre sudaba cada vez que se enfrentaba a esa prueba, temiendo no acertar y que el coche quedara colgado en el aire o, peor aún, pudiese caer al agua. Pasado ese mal trago, que se repetía al desembarcar, llegábamos a Málaga, donde residían mis abuelos maternos, que nos esperaban ansiosos por tener noticias de Larache, que ellos habían tenido que dejar en el 57 y que tanto añoraban.

Cuando el ferry hacía la travesía a Málaga, el viaje por mar se hacía eterno. Y cuando cambió para cruzar de Tánger a Algeciras, el trayecto en coche también resultaba interminable con esas carreteras de un solo carril en cada sentido. Esos eran viajes de verdad, bajo el calor del mes de julio o agosto, sin aire acondicionado, solo con las ventanillas bajadas, a poca velocidad porque los coches entonces no tenían la potencia de ahora, cargados hasta los topes, con la baca llena de maletas y regalos, con cinco personas metidas en el interior del Renault 10. Viajábamos de la misma manera que los emigrantes marroquíes que cruzan Europa. Exactamente igual. Pero aquellos eran viajes inolvidables. Luego, al finalizar las vacaciones, regresábamos a Marruecos, a Larache, ilusionados por volver.

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En uno de aquellos viajes en el “Ibn Batouta”, en mi barco, me perdí. No sé cómo lo hice, pero mis padres no daban conmigo y, mientras los delfines acompañaban el avance del ferry (no me lo invento, era así, el mar lleno de bellos delfines saltando a los costados del barco) yo me adentré por alguna zona y me quedé dormido sentado en una butaca de madera. Debía de estar agotado de corretear de un lado a otro. Mi padre dio aviso, y mi madre lloraba pensando que me había asomado con imprudencia por la borda y había acabado ahogándome. Qué exagerada. Yo, mientras tanto, inocentemente, soñaba a pierna suelta. La tripulación se puso a buscarme, hasta que alguien pensó que ese niño que dormía como un lirón con pantalones cortos y corbatita podía ser el niño perdido. No me regañaron o al menos no lo recuerdo. Pero mis padres ya no dejaron que me alejara de ellos.

Nunca me aburrieron esas travesías. Si no era porque me quedaba observando fascinado a los delfines era porque jugaba con otros niños que solo conocía en cada viaje, niños marroquíes y niños españoles, y a los que ya nunca volvía a ver. También me quedaba junto a algún mecánico que salía a fumarse un cigarrillo y lo escuchaba mientras hablaba de su trabajo o de cualquier cosa. A veces, el trayecto se complicaba si la mar estaba picada. El ferry se movía de verdad, como un frágil cascarón, y no como ahora, más seguros y mejor construidos, y yo me reía viendo a los viajeros que se asomaban a las barandillas para vomitar. Los niños tienen esa pizca de crueldad, y yo no me iba a librar.

Todo esto que narro no es más que un dibujo, una acuarela que me sirve para contar que, en realidad, cuando dejaba Marruecos y veía alejarse su costa, creía ir a mi país, porque no dejábamos de ser españoles, aunque mis bisabuelos se hubiesen instalado en Larache a principios del siglo XX, y, sin embargo, cuando estaba en España, al igual que le ocurría a mis padres, deseaba volver sobre la misma estela blanca que habíamos dejado atrás dibujada en el mar, como si fuesen las miguitas de pan que hubiésemos ido arrojando desde el “Ibn Batouta” para no perdernos a la vuelta.

Miro de nuevo esta fotografía y doy un salto en el tiempo. Me veo de nuevo en cubierta, notando la caricia de la brisa, y me llega el olor del puerto de Tánger, que no huele igual que los otros puertos; y me veo también bajar a la bodega y montarnos en el Renault 10 amarillo, ver a mi padre al volante, en tensión, cruzando sobre las dos planchas metálicas, como un equilibrista, mientras desembarcamos, detenernos ante el gendarme que echa un vistazo a los pasaportes y con una tiza hace un garabato sobre el cristal delantero y con un gesto ordenar a mi padre que avance. Tomar la antigua carretera de la costa, un viaje de horas, hasta ver de pronto asomar el faro de Larache, el acantilado de Ain Chakka, el puerto pesquero, el castillo, todo como una estampa. Y pensar que apenas en unos quince minutos ya estaremos de nuevo en casa.

No. Ni entonces ni ahora ningún político o ninguna cuestión política romperá todo lo que nos une.

Sergio Barce, junio 2021

 

 

 

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