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De vuelta al «DICCIONARIO DEL DIABLO» de AMBROSE BIERCE

En efecto, tras el artículo que dediqué a este libro de Ambrose Bierce, y de colgar algunas otras definiciones, hoy reproduzco algunas más. Y es que el “Diccionario del Diablo” (The Devil´s dictionary, 1911) no ha perdido ni acidez ni actualidad, pese a haber sido escrito hace ya cien años.

 Sergio Barce, mayo 2011

Clérigo, s. Hombre que se encarga de administrar nuestros negocios espirituales, como método de favorecer sus negocios temporales.

Cobarde, adj. Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Ladrón, s. Comerciante candoroso. Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire dijo:–Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos –y se calló. Como los demás lo alentaron a proseguir, añadió:–Ese es el cuento.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Matrimonio, s. Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.

Ron, s. Bebida ardiente que produce locura en los abstemios.

Ruido, s. Olor nauseabundo en el oído. Música no domesticada. Principal producto y testimonio probatorio de la civilización.

Sobre, s. Ataúd de un documento; vaina de una factura; cáscara de un giro; camisón de una carta de amor.

Solo, adj. En mala compañía

Ambrose Bierce

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MOHAMED SIBARI, escritor larachense

Mohamed Sibari

Mohamed Sibari, nació en la provincia de Larache en 1945. Narrador prolífico, poeta accidental, Sibari es uno de los escritores más conocidos de Larache. Mérito suyo, como el de Dris Diuri, Mohamed Akalay o Momata, es la de escribir su obra en castellano, cuando su lengua natural es el árabe. Dejaré para más adelante hablar en otro artículo de sus cuentos, y hoy me centraré en su libro “Poemas del Lukus”.

En él, Sibari hace una recopilación de su obra poética que estaba diseminada en publicaciones, revistas y periódicos tanto marroquíes como españoles. Son poemas en los que habla de su amada Larache pero también de sus sentimientos más profundos.

 Larache

 Bella y esbelta

Mirando a su delta

De peineta sus alminares.

Su rostro, por Helios besado de día,

Y de noche alabado por Selene.

En su pecho, amor eterno

Y mezcla de confesiones.

Su falda, de jardines.

Un pie en frondosa tierra,

Y el otro, en azul de los mares.

En las Hespérides, su templo de flores.

En los meandros de su río,

El camino de las deidades,

De allende los mares.

Ésta es nuestra villa,

Ésta es mi Larache.

 Tuve la fortuna de escribir el prólogo a este libro, y que transcribo:

Sidi Mohamed Sibari es un narrador, un contador de cuentos y, por tal motivo, los poemas que se recogen en este libro destilan, como no podía ser de otra manera, la naturaleza de cuenta cuentos del autor. Efectivamente, no es difícil leer como un relato algunas de estas poesías.

Los poemas de este libro son un racimo hecho de injertos; no existe una unidad temática sino que, haciendo honor al título del libro los <Poemas del Lukus> son, más bien, afluentes que nacen de ese río mítico. Así, Sibari se regodea en los meandros del Lukus para cantarle a su amada ciudad de Larache o al propio río o a la gente del pueblo; pero se atreve también a cantarle a otras ciudades: a unas por su hermanamiento con Larache, como Almuñécar, y otras porque forman parte de otro mito que parece encandilar a este escritor: Granada, Córdoba… es decir, Al-Andalus. Pero no olvida a Ceuta, ni a Tetuán. <Ablución> sería quizá un ejemplo de lo que busca en tales versos. Son, en fin, sus ciudades, las que ha conocido en profundidad, de las que guarda un sentido de la nostalgia muy peculiar, personal, entrañable e intransferible.

Sergio Barce, Mohamed Sibari & Rachid Serrokj

Mohamed Sibari con Sergio Barce

Por tanto, los poemas hablan de su tierra y de la otra tierra que aún sigue en sus sueños, la de los mitos y las leyendas: Lixus, Medina Azahara, la patrona de Larache <Lalla Mennana>…

No desdeña, sin embargo, desnudar sus sentimientos en otros poemas del libro. Habría que destacar en este sentido alguno de estos últimos: <Me pregunto>, <Vieja luz>, y sobre todos <Sueño>. Ahí sí desborda su sentido poético al narrativo y el mirarse las entrañas le obliga a destilar su pluma y pulir el estilo. Y, posiblemente, sea en sus poesías más íntimas donde la obra alcance su verdadero valor.

No olvida, por supuesto, a los personajes, pues su vena narrativa se lo impide, y dedica versos a sus amigos pero, también, a sus enemigos, y mientras a los primeros los mece en una barca cruzando el Lukus, a los otros los empuja hasta la mar, más allá de la desembocadura del río y los caricaturiza y los ridiculiza. Sólo ahí se le suelta la mano y desliza su humor corrosivo.

<Poemas del Lukus>, en definitiva, es una amalgama de los poemas que ha ido escribiendo Mohamed Sibari durante mucho tiempo, años quizás. No le intimida el hecho de no aglutinarlos en un tema en concreto sino que los expone tal cual son, tal y como han sido concebidos y paridos. <Mi río> podría ser el corazón del libro, el que justifica su título, posiblemente la declaración de amor a su tierra, el poema que explica el por qué sigue escribiendo desde su Larache, desde el Balcón del Atlántico, clavadas sus pupilas cristalinas en las aguas de <su río>.

 Mi río

Mi río, no es cualquier río

Mi río llora y gime

Mi río canta, sonríe y ríe.

El Guadalquivir nace en la sierra.

Mi río, como el maná, nace del cielo.

Es fruto del aire, del viento, rayos, truenos,

Tormentas, nubes, granizo y finalmente agua bendita.

Mi río es atalaya de civilizaciones,

Historia fenicia, romana y musulmana.

De oráculos, mosaicos y anfiteatros.

De marineros, salazones, alevines y delfines

En nupcias o fiestas,

Atrae a sus hijos desde allende los mares.

Mi río alimenta, y sed sacia a pino,

Eucalipto, álamo, olivo o acacia.

Mi río es alegría, inspira.

Es musa literaria, bañada en bucólica poesía.

Mi río purifica,

Y en su regazo a los pies de “Larache”

Como un vigía,

El camino indica a los creyentes,

En época de romería.

Mi río, es mucho río.

Este poemario fue presentado por Sibari en el Día de Larache en Málaga que organizó la asociación cultural <Larache en el Mundo> que presido en colaboración con AEMLE y El Corte inglés, en julio de 2007.

«Día de Larache en Málaga», julio de 2007, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés. En la mesa, cuatro autores larachenses: Mohamed Sibari, Mohamed Akalay, Sergio Barce & Carlos Galea

Entre su profusa obra destacan <El babuchazo> (La-la Menana y AEMLE, Tánger, 2005), <El caballo> (EMI, Tánger, 1993), <Cuentos de Larache> (AEMLE, Tánger, 1998), <Pinchitos y divorcios> (La-la Menana, Madrid, 2002) o <De Larache al cielo> (AEMLE, Tánger, 2006).

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Diálogos de películas 4

Un hombre soltero (A Single Man, 2009) de Tom Ford

Colin Firth:   Si vais a tener un mundo sin tiempo para los sentimientos, no creo que yo quiera vivir en él.

 

 Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the Cuckoo´s nest, 1975) de Milos Forman:

 Jack Nicholson: Me han dado una descarga de 10.000 voltios y ahora me encuentro… lleno de energía. La próxima mujer con la que me acueste se iluminará como una máquina tragaperras y empezará a soltar dólares.

Cielo amarillo (Yellow sky, 1949) de William A. Wellman:

— ¿Queréis decirme qué hacemos cruzando un desierto que ni una serpiente se atrevería a cruzar?
— Un desierto es un espacio y un espacio se cruza.

Cyrano de Bergerac (1990) de Jean-Paul Rappeneau:

Gérard Depardieu:  Un beso es un acento invisible en la palabra amor.

Amanece, que no es poco (1989) de José Luis Cuerda:

¡Alcalde, queremos que la chavala sea comunal!



El forastero (The Westerner, 1940) de William Wyler

Walter Brennan:    ¿De dónde viene, forastero?
Gary Cooper:    De ningún sitio en particular.
-W.B.:    ¿Y a dónde se dirige?
G.C.:    A ningún sitio en particular. Todos los sitios son buenos para pasar de largo.


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Otros libros, otros autores: CUENTOS REUNIDOS (2010) de PAUL BOWLES

El pasado año se publicó el volumen

«CUENTOS REUNIDOS» de Paul Bowles

en edición, intrroducción y notas de Rodrigo Rey Rosa

para la editorial Alfaguara.

 <Bajo la luz gris de la mañana, el hombre miraba desapasionadamente al profesor. Con una mano le apretó las narices. En cuanto el profesor abrió la boca para respirar, el hombre le agarró la lengua y tiró de ella con todas sus fuerzas. El profesor sintió náuseas, trató de recuperar el aliento; no vio lo que iba a ocurrir. No llegó a distinguir el dolor causado por el brutal estirón del dolor causado por el filo del cuchillo. Luego vino un interminable período de asfixia, mientras el profesor escupía sangre mecánicamente, como si él mismo no fuera parte del proceso…>  (Del relato <Un episodio distante>)

 Como presumía, este libro recopilatorio de varios de los relatos de Paul Bowles no podía defraudar, y no podía hacerlo porque la mayor parte de ellos son familiares para quienes somos asiduos del autor americano que se afincó en Tánger. No hay, pues, sorpresas, pero sí deleite, deleite por volver a leerlos, deleite por gozar de buena literatura.

     <Sólo dos días después, él la llevó a su habitación. Como suponía, era hermosa. Aquella noche fue muy dichoso, pero por la mañana, cuando ella se fue, comprendió que quería estar con ella todo el tiempo. Quiso saber cómo era la casa de su tía y cómo pasaba el día. Así comenzó para Lahcen una mala época. Era feliz únicamente cuando ella estaba con él y podía llevarla a su cama, y verla a ella tendida a un lado y la botella de coñac al otro, erguida en el suelo al costado de la almohada, donde podía asirla fácilmente. Cada día, después de que ella se fuera, yacía inmóvil pensando en todos los hombres que podría ir a visitar antes de regresar con él. Cuando le hablaba de esto, ella se reía y le decía que pasaba todo el tiempo con su tía y su hermana, que ahora había llegado de Meknes. Pero él no podía olvidar su preocupación.> (Del relato <Historia de Lahcen e Idir>)

 Por supuesto que, a mí, de los maravillosos cuentos que se recogen en este volumen, son los ambientados en Marruecos los que me interesan más y, sinceramente, creo que son los mejores del volumen.

Relatos como <Junto al agua> (By the water, 1945), <Mil días para Mokhtar> (A thousand days to Mokhtar, 1948), <Historia de Lahcen e Idir> (The stroy of Lahcen and Idir, 1961) o <Misa del gallo> (Midnight Mass, 1979), se entrelazan con algunas obras maestras (esto es una opinión personal) como <Un episodio distante> (A distant episode, 1945), <El tiempo de la amistad> (The time of friendship, 1962) o <Allal> (1976).

 <Durante el desarrollo de su mutua amistad había llegado a pensar que él era muy semejante a ella, aun cuando supiera que cuando lo conoció era diferente. Ahora comprendía la peligrosa vanidad que estaba implícita en su fantasía: sin ninguna razón, había supuesto automáticamente que su vinculación con ella había sido en definitiva beneficiosa para él; que como consecuencia de su relación con ella, era inevitable que él hubiera mejorado. En su deseo de verlo cambiar, había empezado a olvidar cómo era Slimame en realidad. <Nunca llegaré a comprenderlo>, pensó con impotencia, convencida de que por el hecho mismo de sentirse tan cercana a él, nunca podría observarlo desapasionadamente.>  (Fragmento del cuanto <El tiempo de la amistad>)

Paul Bowles

 Un libro, en fin, para tenerlo siempre a mano y releer las historias de Paul Bowles, saboreándolos, mientras nos sumergimos en algún paisaje al borde del desierto o en una barraca a las afueras de Tánger, mientras experimentamos las alucinaciones de alguno de sus personajes tras haber fumado kif o tomado majoun, o quizá, simplemente, descubrimos la vida de algún europeo que, a través de la socarrona mirada de Bowles, trata de adivinar el alma marroquí. Una gozada.   Sergio Barce

 

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«UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Sergio Barce

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE”

(ISBN  978-84-9991-123-6).

Ha sido publicada por Editorial Círculo Rojo.

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Este es un fragmento de la novela:

   <El paquete de Gitanes está medio roto pero Mustapha guarda en su interior cuatro cigarrillos. Los saca con sumo cuidado, temiendo que se deshagan entre los dedos. Tami, Samir y Lotfi lo miran con cautela, como si asistiesen a un rito ancestral que se representara sólo para ellos. A Tami le sorprende descubrir que ese día Mustapha parece ya mayor. En sus dedos, al coger los cigarrillos, ve las manos de un adulto, pese a que no es más que un par de años mayor que él.


   Se han colado en el Castillo de las Cigüeñas y se han escondido en uno de sus corredores laterales. Huele a orines y a humedad, pero están a salvo de la curiosidad de la gente entre los escombros de siglos y las arañas que habitan los rincones. Allí nadie los va a descubrir, amparados por el abandono al que está sometido el monumento, con sus escaleras ciegas y desdentadas, las torres vigías cercenadas y parte de los techos y artesonados completamente hundidos; una especie de esqueleto cuyos huesos fueran desintegrándose sin remisión posible.

   Mustapha le da un cigarrillo a cada uno, saca una caja de cerillas y frota un fósforo. Le da lumbre a Lotfi, a Samir, luego a Tami. Finalmente se enciende su pitillo. Los cuatro se miran de reojo y estallan en una carcajada. Las risas retumban en el corredor desconchado y olvidado por las centurias y se convierten en un sonido metálico que retumba igual que el motor de un barco. Tami se pone a toser, y Lotfi le da unas palmadas en la espalda.

   -Me gusta esto –murmura Mustapha. Luego, posa sus pupilas en Tami-. Ahora vas a convertirte en un hombre de verdad…

   -¿Vamos a ser hombres sólo porque fumemos? No le hagas caso –Lotfi, con su cara brillante, en la que destacan sus labios gruesos, menea la cabeza de un lado a otro-. Yo escuché una vez a mi padre decir que un hombre sólo es un hombre cuando se acuesta con una mujer.

Castillo Laqáliq o de las Cigüeñas

-¡Qué tontería! –exclama Samir. Las sombras del corredor le resaltan la leve cicatriz que tiene en su mejilla izquierda, un mínimo arañazo que se grabó en la piel, casi oculta por la montura de sus gafas-. Los hombres son hombres, safi… Yo ya llevo fumando tres años, así que no me hace falta otra cosa… –añade con suficiencia altanera.

   -Eso es mentira, Samir –le reprocha Mustapha, sin mirarlo, concentrado en coger su cigarrillo como lo hacen los actores en las películas-. Pero si me dijiste que lo habías probado en el curso pasado… Y que te quemó los pulmones la primera vez que te tragaste el humo…

   -¿Cuándo he dicho eso? –se yergue, provocador-. ¡Nunca te he contado algo parecido!

   -En la puerta de tu casa, con tu hermano Dris –vuelve a decir Mustapha, y le arroja una mirada a Samir que lo enmudece y le obliga a bajar los ojos.

   La tos de Tami se ha aplacado en medio de esa pequeña discusión y vuelve a dar otra calada a su cigarrillo. Pero, enseguida, la tos pertinaz regresa y casi se ahoga.

   -No sabes fumar… -le dice Mustapha.

   Tami levanta una mano para que aguarden un instante a que se recupere.

  

     -No sabe hacer nada. Nunca sabes nada, porque en tu cabezota sólo hay serrín.

   Ni siquiera lo mira cuando Samir habla de él, como si estuviera ausente. Tami sabe que lo hace adrede, para herirle más, aunque nunca ha sabido la razón de su encono; desearía preguntarle por qué lo dejó solo en el mercado, por qué no le avisó de que estaba el mejazni, pero no se atreve. Teme, en el fondo, que eso le cause mayores problemas. Lo cierto es que desearía no verlo nunca más, que desapareciera de su vida, que desaparecieran los dos juntos: Amin y él.

   -Pero si nunca ha fumado de verdad –replica Lotfi, muerto de la risa-. Cuando se haya tragado un paquete entero, entonces seguro que ya no tose. Necesita su tiempo, que se acostumbre… En cuanto se ponga a quemar cigarrillos uno detrás de otro dejará de toser, ya veréis…

   -Le he cogido el paquete a mi tío –confiesa entonces Mustapha con una expresión pícara en sus ojos-. Pobre de mi primo Zacarías, le van a dar una paliza… Seguro que cree que ha sido él el que se lo ha quitado… Pobrecillo –repite varias veces.

   -¿Y para qué tiene que acostarse un hombre con una mujer? –pregunta inesperadamente Tami tras exhalar el humo de otra calada.

   Desde que ha escuchado a Lotfi, le está dando vueltas al asunto, sin comprenderlo, aunque tenga una escueta idea de lo que eso significa; aún nadie le ha explicado nada del asunto y sólo hay lo que puede imaginar, que realmente no es mucho.

   Lotfi y Mustapha se ríen y le dan un suave pescozón en la cabeza. Pero Samir, que se siente humillado por Mustapha, se levanta y le da un manotazo al cigarrillo de Tami, se lo tira al suelo y lo pisa con su sandalia.

   -¡Ya está! –ruge-. ¿Ves? Ya no volverás a toser, mierdecilla. No sé para qué vienes con nosotros… ¡Estoy harto de estar con vosotros! Yo ya he probado kifi, pegamento y más cosas… No sé qué hago con unos niños pequeños…

CASTILLO DE LAS CIGÜEÑAS patio

  -Vamos a ver a Salwa… -propone entonces Mustapha, amarrando las ganas imperiosas que le han entrado por darle una patada en el culo a Samir. No sería la primera vez que se pelearan, pero sabe que eso ya no arreglará nada. Apoya una mano en la pierna de Tami-. Venga, terminad de fumar. Cuando la veas, te contaré qué es lo que quiere decir el padre de Lotfi.

  Oír el nombre de Salwa le ha hecho recordar su desembarco con Barbarroja, su rescate de la Princesa de Argel. Ahora va a verla de nuevo y, tal vez, le regale su pañuelo o una joya como pago por los servicios prestados.

   La gente inunda la calle de tierra, comprando a los campesinos que se han instalado en el lateral del Mercado. Huele a melón y a sandía, a chumbos y a melocotones; la menta y la hierbabuena, los cocos y las naranjas mezclándose en el ambiente caldeado del mediodía con la brisa oceánica que sube del acantilado. Los cuatro amigos corren sorteando a la gente. Suben las escaleras de la casa de Mustapha, seis o siete calles más allá del Mercado Central. A Tami le cuesta seguirlos y llega el último a la terraza. Le duele el pecho, no en exceso, pero es una punzada de púas que se refocila arañándole por dentro.

   Trepan por el pretil que separa el inmueble del otro edificio de al lado. Las sábanas se secan al sol, sábanas blancas resplandecientes, igual que nubes que se hubiesen quedado prendadas de alguna niña, y las alfombras, pesadas y ardientes, se airean colgadas de tendederos de alambre.

Mercado Central de Larache

  Saltan otro muro y se asoman al último que da a un patio más bajo. Hay una pila, con un grifo de metal y una tabla de madera. Los cuatro chicos se acurrucan en un rincón y aguardan, armándose de paciencia. Tami se da cuenta de que Samir no le quita ojo, como si estuviese a la espera de algún otro instante en el que poder cebarse de nuevo con él. Lo evita, en la medida que puede. Pero Salwa no tarda en aparecer, acarreando una cesta llena de ropa, y Mustapha le da un codazo a Lotfi, que avisa a los otros dos, y todo eso provoca que Samir pierda interés por Tami que se suma a los demás suspirando de alivio. Se vuelven a asomar, con más cautela, tratando de no ser descubiertos por la joven.

   Salwa es delgada. Tiene ojos almendrados, labios de mandarina y un movimiento delicado de cuello; es bonita, y sus brazos desnudos acentúan su belleza. Las cejas son anchas, las pestañas largas, en su nariz hay un diminuto lunar. Lleva una camisa y unos zaragüelles. Deja la canasta en un poyete, cerca de la pila, y abre el grifo. Sale un chorro de agua fresca, transparente, que le salpica la camisa. Salwa se la abre lentamente, desabotonándola con sus dedos diminutos. Ese sencillo acto es, sin embargo, un tiempo interminable de zozobra para los cuatro chavales que no desean más que termine ya de una vez. Por fin, se desabrocha el último botón, pero, para desesperación de los cuatro, no se la quita del todo y se la deja medio abierta.

   Tami siente un escalofrío ardiente que le nace entre las piernas y que anula completamente la punzada del pecho, que desaparece ahora. Posa las manos en el borde del pretil y abre los ojos como tratando de captar hasta el más mínimo detalle de la piel de Salwa. Le parece más hermosa que en el sueño y aborta el impulso por saltar la muralla, presentarse ante ella y ofrecerle su espada.

   -¿No sientes un deseo increíble de bajar? –le susurra Mustapha, y Tami gira un segundo la cabeza para mirarlo con reticencia. Asiente, no obstante, y vuelve a centrarse en la chica-. Si pudieras dormir con ella, pasar la noche a su lado… lo harías, ¿verdad?

   Tami asiente de nuevo y, en su subconsciente, se entreabre una puerta emocionantemente.

   Siguen ahí arriba y, en ese instante, pueden verle algo del vientre; la voz de Lotfi susurra una palabra que les hace creer que también vislumbran el ombligo, pero Tami no logra intuirlo siquiera por más que estira el cuello.

   -Se lo veo… Yo sí se lo veo –repite nervioso Lotfi.

   La chica comienza a lavar la ropa sobre la madera, restregándola con fuerza con una pastilla de jabón de Marsella; luego, enjabonada del todo, la aplasta y la vuelve a restregar ahora contra los surcos transversales de la tabla. El agua sigue salpicando, mojándole la camisa que se le va adhiriendo de tal manera que sus senos, pequeños, turgentes sin embargo, comienzan a esculpirse claramente. Los pezones, de súbito, quedan fijados como si, en realidad, no llevase nada puesto encima, igual que dos botones marrones cosidos a un camisón blanco.

   Mustapha le da otro codazo a Lotfi y éste a Tami. Todos se empujan, nerviosos, riendo a causa de la excitación que comparten. Salwa, ajena por completo a la presencia de los chavales, continúa la faena. Coge una prenda recién lavada y se aparta de la pila para tenderla. Ahora los cuatro amigos sí que permanecen callados, como muertos, asidos por una imagen escapada del paraíso. Levantar los brazos para colgar la prenda provoca que la camisa se abra más y sus senos asoman nítidamente, casi enteros. Tami tiene la boca descolgada, entreabierta, Mustapha está a punto de gritar, mientras Lotfi parece rezar por el movimiento incesante de sus labios…>

Para adquirir o solicitar ejemplares podéis dirigiros a vuestra librería habitual, para que ésta la pida a la editorial o a la distribuidora, cuyos datos son:  Editorial Círculo Rojo – correo electrónico: info@editorialcirculorojo.com  – Teléfonos 950581670 – 647636310

O bien, para pedir más información, contactando conmigo en:  barceabogado@gmail.com

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