Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

ALLEN & MARX

Los diálogos de los films de Woody Allen y de los hermanos Marx cuando son delirantes son excepcionales. Como botón de muestra:

«¿Qué tal, Pussycat?» (What’s New Pussycat?, 1965), dirigida por Clive Donner, con guión de Woody Allen.

Edra Gale: ¡Dime quién es!
Peter Sellers: ¡Ana, te he dicho mil veces que no me molestes mientras trabajo!
Edra Gale: ¡Dime quién es esa mujer!
Peter Sellers: Esto se ha acabado. ¡Vete a la cocina!
Edra Gale: ¿Por qué no viniste anoche a casa?
Peter Sellers: ¡Déjame en paz, tengo que trabajar!

Edra Gale: ¿Es más guapa que yo?
Peter Sellers: ¿Qué si es más guapa que tú? ¡Hasta yo soy más guapo que tú!
Edra Gale: ¡Oh, grosero!… Llevas carmín en la camisa.
Peter Sellers: Bueno, nadie es perfecto.
Edra Gale: Ya sé que no es la primera.
Peter Sellers: ¡Mira! [Señala al cielo y se escabulle.] ¡Te mentí! ¡He estado mintiéndote! ¡Te he odiado desde el instante en que nos casamos! ¡Eres grotesca!
Edra Gale: ¡Y tú, un adúltero lascivo!
Peter Sellers: No te atrevas a llamarme eso hasta que yo sepa lo que quiere decir.
Edra Gale: ¡Adúltero! ¡Adúltero!. ¡Eres un adúltero lascivo!
Peter Sellers: ¡Guarda silencio mientras gritas! [Consulta un grueso tomo mientras lee] Adúltero lascivo, aquí está. [Lee:] Adúltero lascivo es el hombre que siendo adúltero es lascivo. ¿Qué birria de libro es este?…

«Una noche en la opera» (A Night At The Opera,1935). Film dirigido por Sam Wood. Guión de George S. Kaufman, Morrie Ryskind, Al Boasberg, Bert Kalmer y Harry Ruby.

Groucho Marx: Haga el favor de poner su atención en la primera cláusula porque es muy importante. Dice que … “La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte” ¿Qué tal? Está muy bien, ¿eh?
Chico Marx: No, eso no está bien.
Groucho Marx: Por qué no está bien
Chico Marx: No lo sé. Quisiera volver a oírlo.
Groucho Marx: Dice que…“La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”

Chico Marx: Esta vez parece que suena mejor.
Groucho Marx: A todo se acostumbra uno. Si usted quiere lo leo otra vez.
Chico Marx: Tan solo la primera parte.
Groucho Marx: ¿Sobre la parte contratante de la primera parte?
Chico Marx: No, sólo la parte de la parte contratante de la primera parte.

Groucho Marx: Dice que … “La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte y la parte contratante de la primera parte será considerada en este contrato …” Oiga, por qué hemos de pelearnos por una tontería como esta. La cortamos. (rasgan una parte del contrato)
Chico Marx: Sí, es demasiado largo. ¿Qué es lo que nos queda ahora?
Groucho Marx: Más de medio metro todavía
Groucho Marx: Dice ahora…”La parte contratante de la segunda parte será considerada como la parte contratante de la segunda parte”
Chico Marx: ¡Eso sí que no me gusta nada!
Groucho Marx: ¿Qué le encuentra?
Chico Marx: Nunca segundas partes fueron buenas.
Groucho Marx: El otro día vi un partido de fútbol y la segunda parte fue mejor que la primera. Le pegaron al árbitro y todo.
Chico Marx: ¡Eh, escuche! ¿Por qué no hacer que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte?
Groucho Marx: Pues, eh… en vez de discutir, qué le parece a usted si … (rompen otra parte del contrato)
Chico Marx: Bien.
Groucho Marx: Aquí hay una cláusula que le va a volver a usted loco de alegría, ya lo verá.
Chico Marx: No, no me gusta.
Groucho Marx: ¿Qué es lo que no le gusta?
Chico Marx: Sea lo que sea, no me gusta.
Groucho Marx: Bueno no vamos a romper nuestra vieja amistad por una cosa sin importancia. ¿Listo?
Chico Marx: ¡Listo! (rompen otra parte del contrato)
Chico Marx: Ahora en esta parte que sigue hay algo que no le gustará.
Groucho Marx: Bien, su palabra es suficiente para mí. (rompen otro trozo de contrato) Dígame, ¿la mía es suficiente para usted?
Chico Marx: ¡Desde luego que no!
Groucho Marx: Bueno quitemos un par de cláusulas. (siguen quitando trozos al contrato) “La parte contratante de la octava parte…”
Chico Marx: ¡No!
Groucho Marx: ¿No?
Chico Marx: ¡He dicho que no!
Groucho Marx: La parte contratante de …
Chico Marx: ¡No!!!, esto tampoco, no…. Oiga, ¿cómo es que mi contrato es más pequeño que el de usted?
Groucho Marx: No lo sé. Seguramente será por que usted es más chico que yo. De todos modos estamos de acuerdo, ¿verdad?
Chico Marx: Sí, eso sí.
Groucho Marx: Entonces ponga usted su firma ahí y así el contrato será legal.

Chico Marx: Me olvidé decirle que no sé escribir
Groucho Marx: Oh, es igual. La estilográfica no tiene tinta. Pero el contrato está hecho, ¿no es eso?
Chico Marx: ¡Ah, claro!
Groucho Marx: Nos obliga un contrato, aunque sea muy pequeño.
Chico Marx: Espere, espere.¿Qué es lo que dice aquí en esta línea?
Groucho Marx: Oh, eso no es nada. Una cláusula común a todos los contratos. Solo dice …dice …”si se demostrase que cualquiera de las partes firmantes de este contrato no se haya en el uso de sus facultades mentales, quedará automáticamente anulado en todas sus cláusulas”
Chico Marx: Pero yo no sé si …
Groucho Marx: No se preocupe, hay que tomarlo en cuenta en todo contrato. Es lo que llaman una cláusula sanitaria.
Chico Marx: Ja, ja, ja, … no me diga que ahora tenemos que vacunarnos.
Groucho Marx: (Dándole la flor del ojal de su chaqueta) Tenga, se la ha ganado por idiota
Chico Marx: Gracias

Etiquetado , , , ,

LEÓN COHEN MESONERO, escritor larachense

 

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y profesor titular de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz.

Tanto sus poemas, como sus relatos o sus cuentos, al igual que algunos de los artículos que ha publicado en diversas revistas, desvelan a un hombre comprometido con su tiempo. Su pensamiento, tanto ético como político, y su visión de nuestro mundo es el punto de partida de la mayor parte de su obra. Pero la nostalgia y la memoria (los propios títulos de algunos de sus libros lo corroboran) ocupan igualmente un lugar preferente en su producción literaria, y Larache, como espacio físico y sentimental de esa memoria “recobrada” se torna fundamental.

Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y Leon Cohen, en la Casa de la Cultura de Larache

Cuando León Cohen participó en la Casa de la Cultura de Larache en un encuentro de narradores larachenses, organizado por la Asociación “Larache en el mundo”, pese a su ya larga experiencia como profesor universitario y pese a su temple, el enfrentarse a su propio relato en aquel entorno tan entrañable hizo que la emoción reprimida rezumara en cada una de sus frases.

Sergio Barce, enero 2011

Las calles de la infancia huelen a nostalgia.

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar  (León Cohen)

Ejemplo de su empleo de la nostalgia como instrumento narrativo y sentimental, es el siguiente relato.

Recorrido sentimental por las calles de la memoria

Aparqué el coche en la Plaza de España. Me bajé y respiré hondo, como queriendo recuperar los olores perdidos en jardines de la infancia, como queriendo recobrar el aire de tantos años pasados, en un exilio no deseado aunque inevitable,  alejado de mi pueblo. Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón,  aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso)  dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando  a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el  interminable  palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados,  disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías”  Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad,  a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos,  recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a  Baldomero nunca se supo de él.
Aceleré mi paso y en pocos minutos me planté en la segunda rotonda, la de los colegios de los Maristas y de las Monjas, en el primero jugué al fútbol (aquellos regates que hacíamos lanzando el balón contra  las paredes de las clases que limitaban el campo, recuerdo con precisión que Tuito era un maestro en este arte) en el segundo, estudió mi prima Flora y en más de una ocasión asistí a los partidos de baloncesto entre alumnas.
Me detuve de pronto y me percaté por vez primera que aquella imagen fija de la calle hacía mucho tiempo que se había borrado y supe que estaba haciendo un recorrido sentimental donde todo lo relatado fue y hoy ya nada era. Pero yo no tenía demasiado interés en ver lo evidente, así que decidí seguir mi propio camino. Arriba de la cuesta, hacía mi derecha se erguía el Patronato y un campito de tierra donde empecé a hacer gala de mis regates diabólicos con quince o dieciséis años, estaba por fin empezando a jugar bien, aunque fue en Tánger, dos años más tarde cuando exploté y di todo lo que había estado aprendiendo durante tantos años.

Por aquel campito, se podía llegar, si mi memoria era fiel, hasta la playa del Matadero. Luego, la rotonda de los Viveros, a mi derecha la entrada al parque y al lado, la Hípica,  adonde tantas veces acompañé a mi padre a las tiradas al plato y creo que de pichón, de las este era asiduo además de buen tirador, a la izquierda, una gran extensión de tierra baldía, que en nuestra infancia atravesábamos para llegar recortando camino a nuestras casas de la Calle Barcelona. En aquellos descampados tenían lugar nuestras guerrillas de moros y cristianos a pedrada limpia, en ocasiones, nos protegíamos con escudos de madera algunas veces reales y otras imaginarios, porque eso sí, nos sobraba imaginación. Mi vecino, Pepe Ortega Padilla, era nuestro jefe.
Más adelante, una suerte de casas adosadas que siempre se me antojaron ser unos pabellones militares y algo más distantes, al final de ninguna parte, los tres cementerios, los cementerios de las tres culturas, aquellas que hicieron a España y a Andalucía grandes entre las grandes, siglos atrás.
Había llegado al final de la primera etapa de mi viaje sentimental e imaginado por los caminos del recuerdo. Me prometí volver, para recorrer otros lugares…    (León Cohen)

 Además de artículos científicos, varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), y en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos”, y es también autor de los siguientes libros:  “Relatos robados al tiempo” (2003. Editorial: www.librosenred.com),  “Cabos Sueltos” (2004. Editorial: www.librosenred.com y edición en papel del autor en 2004),  “La Memoria Blanqueada” ( 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com), y es coautor de “Ufrán (2010. Hebraica de Ediciones  Madrid).  «Cartas y Cortos » está previsto que salga en el primer semestre de 2011.


Etiquetado , , , , , , , , ,

«LEVIATÁN» (Leviathan) (1992) de PAUL AUSTER

Suele utilizar Auster en algunas de sus novelas la técnica de la matrioska (la muñeca rusa) y el relato va abriéndose igual que una de esta figuras tradicionales: de la mayor a la menor, de la periferia al núcleo, y, como si de un prestidigitador se tratara, va desvelando secreto tras secreto a medida que avanza la trama. En “Leviatán”, Auster no lo hace así exactamente, sino que utiliza el relato concéntrico, mejor dicho, la espiral que gira frente a nosotros para hipnotizarnos y llevarnos de regreso hasta el inicio de la historia.

“…El año pasado, continué, descubrí que alguien había estado suplantando mi personalidad, contestando cartas en mi nombre, entrando en las librerías y firmando libros míos, rondando como una sombra maligna en torno a mi vida. Un libro es un objeto misterioso, dije, y una vez que sale al mundo puede ocurrir cualquier cosa. Puede causar toda clase de males y tú no puedes hacer nada para evitarlo

El narrador, Peter Aaron, nos cuenta los avatares de Benjamin Sachs, un escritor que se convertirá, por sus ideales, en un terrorista peculiar, y Auster, para retratarlo, crea una galería de personajes imborrables, como María Turner o Lillian Stern. Ese tipo que es capaz de cometer pequeños atentados, con cuidado siempre de no herir a nadie, me recuerda al de ese film extraño pero hermoso de Sidney Lumet que es “Un lugar en ninguna parte (Running on empty, 1988)”. En cualquier caso, la novela va in crescendo, hasta ofrecernos sus mejores páginas en la última parte del libro.

“…Hay un momento en el cual un libro empieza a apoderarse de tu vida, cuando el mundo que has imaginado se vuelve más importante para ti que el mundo real, y apenas se me pasó por la cabeza que estaba sentado en la misma silla en la que Sachs solía sentarse, que estaba escribiendo en la misma mesa en la que él escribía, que estaba respirando el mismo aire que él había respirado

“Leviatán” es otra de esas novelas de Paul Auster que nos atrapan finalmente para hacernos vivir una historia marcada por el fatalismo, donde el azar y el imprevisible destino juegan una baza fundamental para desencadenar los hechos.

Sergio Barce, enero de 2011

(Los fragmentos de la novela pertenecen a la traducción de Maribel de Juan hecha para la edición de Anagrama, Colección Compactos)

Paul AusterPaul Auster (Newark, New Jersey, USA, 1947). Es autor de las novelas Mr. Vértigo (Mr.Vertigo, 1994), El libro de las ilusiones (The book of illusions, 2002) o The Brooklyn Follies (2005). Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia y ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Su última  novela es Sunset Park (2010).

Etiquetado , , ,

LARACHE – Algunas fotos 4

Mi gente de Larache…

Sergio Barce, Ange Ramírez y José Manuel Galindo

Jose Luis Gómez, Pilar Ascaso, Antonio Mesa, José Manuel Galindo, José Edery, Sergio Barce & Abderrahman el Anjri

Jose Luis Gómez, Pilar Ascaso, Antonio Mesa, José Manuel Galindo, José Edery, Sergio Barce & Abderrahman el Anjeri.   Reunión en Madrid, dando los primeros pasos de «Larache en el Mundo»

Ahmed el Guennouni, Abdeslam Akhrif, Sergio Barce, Serroukh, Mohammed el Guennouni…

Ahmed el Guennouni, Abdeslam Akhrif, Sergio Barce, Serroukh, Mohammed el Guennouni… en casa de Akhrif, el mejor anfitrión

Etiquetado , ,

«MAN ON WIRE» (El alambrista) de JAMES MARSH

Si alguien me hubiese dicho que un documental sobre un alambrista iba a emocionarme, de entrada lo habría puesto en duda. Sin embargo, MAN ON WIRE te atrapa desde los primeros minutos. La historia real que describe es el empeño, la ilusión y los avatares de Philippe Petit, el alambrista francés, por conseguir un sueño casi imposible: cruzar las Torres Gemelas de Nueva York caminando sobre un cable, hecho acaecido en 1974.

Philippe Petit, el alambrista

La historia se nos cuenta desde la actualidad (la película se rodó en 2008), pero hábilmente su director, James Marsh, no se limita sólo a entrevistar a los protagonistas de esa gesta, sino que entremezcla imágenes de archivo con una reconstrucción de los hechos a modo de film de intriga, de manera que el espectador participa en la propia aventura de Petit y los amigos que le ayudaron. Hay escenas impactantes, imágenes inolvidables. La música es un contrapunto esencial a la hora de que la tensión del film aumente a cada fotograma, especialmente el tema de Michael Nyman, majestuoso, hasta llegar al clímax, y es entonces cuando comprendes que acabas de ver una película extraordinaria, única.

Este film tan especial y sugerente, que os recomiendo fervorosamente que no dejéis de ver, te descubre algo inaudito: que cruzar un alambre a cientos de metros de altura es un acto poético y bellísimo, y que el funambulista  Philippe Petit, como poeta del alambre, desafía a la muerte con tal de alcanzar unos breves minutos de éxtasis.

Podría seguir escribiendo de este documental, pero hay un magnífico artículo del escritor Jose Garriga Vela, que comparte mi entusiasmo con la película (de hecho, los dos no nos la quitamos de la cabeza), que publicó en el diario “Sur” de Málaga y donde explicita aún mejor lo que yo pudiera contaros de este film. Así que reproduzco su artículo para vosotros.

Sergio Barce, enero de 2011


MAN ON WIRE por Jose A.  Garriga Vela (Diario “Sur” de Málaga, 20 de febrero de 2010)

El 7 de agosto de 1974, el funambulista francés Philippe Petit estuvo paseando sobre el alambre durante cuarenta y cinco minutos entre las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. El día anterior, él y su equipo de colaboradores habían entrado ilegalmente en los edificios con unas tarjetas de identificación falsificadas en las cuales figuraba que eran contratistas que iban a colocar una valla electrificada en la azotea. El grupo de colaboradores y el propio Petit pasaron la noche ocultos en el piso 104 de la torre sur. Al despuntar el alba, lanzaron con arco y flecha un sedal entre ambas torres y luego tensaron un cable de acero. Otros dos compañeros se hallaban en la azotea de la torre norte. Philippe Petit ya había paseado antes entre la torres de Notre Dame de París y sobre el puente del Puerto de Sydney.

Philippe Petit, sobre la bahía de Sydney

Ahora estaba dispuesto a pasear por la cima del mundo. El Dueño del Aire estaba a cuatrocientos diecisiete metros de altura y dispuesto a cubrir varias veces la distancia de 42,672 metros que separaba ambas torres, sosteniendo entre sus manos una pértiga desmontable. Durante tres cuartos de hora Philippe Petit bailó, se sentó, se tendió sobre el alambre, hizo reverencias y habló con una gaviota que volaba sobre su cabeza. Sólo un avión atravesando el cielo de Manhattan voló aquella mañana más alto que él.

Acabo de llegar de Nueva York. Antes del viaje, vi en DVD el excelente documental ‘Man on wire’, de James Marsh, basada en el libro del propio Philippe Petit donde narra su obsesión por pasear entre los rascacielos más altos del mundo. Nos cuenta que se encontraba en la consulta del dentista en 1965 cuando leyó un artículo en el que se mencionaba el proyecto de las Torres Gemelas y desde entonces se propuso unirlas con un alambre y caminar entre ellas. Fue un trabajo arduo. Se entrenó en Francia y visitó varias veces Nueva York para estudiar el modo de colarse en las torres sin levantar sospechas. El documental, que consiguió varios premios en 2008, entre ellos el Oscar a la mejor película documental y el Bafta a la mejor película británica del año, plantea la aventura del funambulista francés como si fuera el proyecto de un gran robo. En realidad, la hazaña de Philippe Petit fue considerada como el «delito artístico del siglo». El arte de pasear por el aire. La visión del documental me resultó emocionante. Siempre me han atraído los funambulistas. Una chica que vi haciendo malabarismos sobre la cuerda floja me inspiró el personaje de Estelita Raval en la novela ‘Pacífico’. Cuando hace una semana visité el aire vacío de la Zona Cero, imaginé a Philippe Petit aquella lejana mañana de hace treinta y seis años. Lo imaginé danzando sobre ese cielo que ahora permanece vacío, con el edificio en obras de la Libertad escalando el mismo espacio en el que estuvieron las Torres Gemelas. La vida de más de dos mil seiscientas personas se derrumbó la mañana del 11 de septiembre de 2001.

El sargento Charles Daniels fue el encargado de convencer al hombre del alambre de que cesara en su paseo por el paraíso de Wall Street. Así cuenta en el documental su experiencia de ese día: «Observé al bailarín, porque no podía llamarlo paseante, aproximadamente a medio camino entre las dos torres. Y cuando nos vio, sonrió e inició una danza sobre el cable. Al aproximarse al edificio le pedimos que bajara de la cuerda, pero en lugar de eso se dio la vuelta y retrocedió de nuevo hacia el centro. Se balanceaba arriba y abajo. Sus pies perdían contacto con el cable y volvían a situarse de nuevo sobre él. Era realmente increíble. Todos estábamos hechizados viéndolo». El sargento Charles Daniels y sus hombres lo amenazaron con destensar el cable y con atraparlo desde un helicóptero, pero el intrépido funambulista sólo abandonó el alambre cuando decidió que ya había disfrutado durante suficiente tiempo y culminado su sueño. Un sueño que ahora, con el paso del tiempo y tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001, yo evoco al mirar el aire transparente, el vacío que ocuparon las torres gemelas y sus miles de inquilinos. Es como intentar capturar en el aire el reflejo de una quimera.

Philippe Petit, siendo arrestado

Philippe Petit fue arrestado nada más poner el pie en la azotea de la torre sur. La policía lo esposó y lo empujó escaleras abajo, algo que posteriormente Petit describió como el momento más arriesgado de la acrobacia. Al ser preguntado por los periodistas por el motivo de aquella espectacular aventura, él respondió: «Cuando veo tres naranjas, hago juegos malabares; cuando veo dos torres, las cruzo». La inmensa repercusión mediática y admiración pública que causó la hazaña de Philippe Petit tuvo como consecuencia la retirada de todos los cargos que se le habían imputado. Únicamente se le obligó a caminar por el alambre en Central Park, a una altura moderada. Fue obsequiado con un pase vitalicio para la plataforma de observación de las Torres Gemelas; aunque al resto de sus colaboradores se les expulsó de los Estados Unidos y se les impidió su vuelta para siempre.

Al día de hoy, cerca de cumplir los sesenta años, Philippe Petit sueña con pasear por el aire del Gran Cañón del Colorado. Desde entonces, desde su paseo por las nubes de Manhattan, es amigo de numerosos artistas como el cineasta Werner Herzog y el escritor neoyorquino Paul Auster, que en 1982 escribió ‘En la cuerda floja’, un texto dedicado al artista francés y en el que dice: «Philippe había asumido total responsabilidad por su propia vida y yo sentía que nada podría alterar esa resolución. El equilibrismo no es un arte moral, sino un arte vital, de una vida vivida con plenitud; lo que equivale a decir que la vida no se esconde de la muerte, sino que la mira directamente a los ojos. Cada vez que Philippe se sube a una cuerda, toma posesión de esa vida y la vive en toda su regocijante inmediatez, en toda su dicha».

Etiquetado , , , , , ,