Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva
Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva
… Hoy Larache es una de las ciudades marroquíes en las que más intensamente perdura la huella de la presencia española. El entramado de sus calles, el aire de sus edificios, y sobre todo, la traza singular de la antigua plaza de España (hoy de la Libération), recuerdan en todo momento a una pequeña ciudad andaluza. Sobre las fachadas blancas abundan las persianas y los postigos celestes, en una combinación similar a la de Xauen (otra ciudad andaluza, aunque más antigua). Su avenida principal, la de Mohammed V, llena de jardines y de árboles, evoca también paseos ajardinados de las ciudades del sur español. Subimos hacia la plaza precisamente por esta avenida, desde la que se ve lo que queda del Castillo de la Cigüeña. En ese castillo encerraron a los prisioneros portugueses capturados en la batalla de Alcazarquivir. Una vez en la plaza, aparcamos el coche, momento en el que se nos acerca el previsible guardacoches. Es un hombre muy mayor y muy delgado, que saluda con una sonrisa oficial. En el pecho lleva prendida una chapa en la que alguien ha escrito con un pulso tembloroso y un pincel las palabras <garde de estasionamiento>. Larache, siempre a las puertas del Marruecos francés, no ha perdido del todo el castellano, que conmueve ver conservado por el mero apego de la gente en esa forma mestiza y seseante.«Una noche en la opera» (A Night At The Opera,1935). Film dirigido por Sam Wood. Guión de George S. Kaufman, Morrie Ryskind, Al Boasberg, Bert Kalmer y Harry Ruby.


Este era un viaje proyectado muchos años atrás, y siempre, por una u otra razón, aplazado. Pero he aquí, que por fin estaba en Larache, la ciudad donde nací y donde transcurrieron mi infancia y adolescencia. Había venido solo, porque sólo yo podía realizar este paseo por el tiempo. Lentamente, como midiendo cada paso, me dispuse a cumplir el objetivo de aquel viaje. Enfilé la calle que empezaba con la sastrería “Mi Sastre” (mi sastre era un hombre alto, calvo y a pesar de ello canoso) dejando a su flanco izquierdo a la Unión Española, y, caminando por el flanco derecho, pasé junto al “Bar Selva”, eché una mirada al interior y pude comprobar cómo los hermanos Selva, el de las gafas y el de la sonrisa puesta, seguían en la brecha, saludé al Momi, el barman, a quien encontré muy envejecido. Luego, me detuve ante el escaparate de la “Zapatería Companys”, el padre de mi compañera Margarita se mantenía como solía en la puerta de la tienda, alto y erguido, con su inhalador colgado del cuello y vestido con corbata y chaleco azul. Por un momento recordé su voz mitad ronca, mitad atiplada y su caminar, con los pies ligeramente enfrentados y la mano izquierda apoyada sobre el pecho. Pude asimismo comprobar cómo, todavía, el escaparate exhibía un par de zapatos gorila y unas sandalias de crepé. Seguí subiendo la pequeña cuesta hasta la esquina, donde aún lucía con cierto brillo la placa del despacho de abogados, y la casa a la que siempre relacioné con el juez Don Manuel Moreno Garzusta. Desde esa esquina se podía distinguir mirando hacía la izquierda y al fondo, la imprenta Cremades, el hombre de la acentuada cojera, un trecho más arriba, la farmacia Albarracin, del que nunca supe la identidad, para mí siempre fue su mancebo: un señor regordete con bata blanca, bigote poblado y muy pelado al cepillo, mirando a la derecha, en la cuesta, podía intuir, la tienda de Balaguer y en la puerta casi siempre, alguna de las hijas o Delmas, su yerno, el cual, por su tez oscura, su pelo azabache y muy lacio, siempre me pareció un indio de Bombay. Crucé la carretera y por el camino me topé con la bodega de Salomón Fereres, miré hacía el interior y pude distinguir la figura de aquel apuesto zorro plateado. Luego, pasé junto a un taller de bicicletas y motocicletas dejando a mi izquierda lo que más tarde sería la Burraquía (mercadillo de telas, ropas y enseres domésticos). Recordé que en el callejón que había a mi derecha, vivió en un tiempo el señor Benchluch, el practicante, al que en alguna ocasión hube de visitar con mi padre para alguna inyección urgente. Aquel hombre bajito y ligeramente encorvado, de voz profunda y de nariz afilada y excesiva, celebraba con parsimonia el pequeño ritual de la desinfección de las agujas y de la preparación de la jeringa, infundiendo en el enfermo seguridad y temor a un tiempo. Llegado a la pequeña rotonda, me detuve para contemplar las cuatro calles que allí desembocaban. Por un lado, la calle del Cine Avenida, donde entre otras, se hallaban la comisaría de policía y la casa de los Torres, a mi derecha, la calle que llevaba a la farmacia Coliseo y a la plaza de abastos que diseñó el arquitecto Bustamante. Seguí hacía mi frente, dejando a un lado el interminable palacio de la Duquesa. Los pequeños gamberros que éramos entonces, saltábamos las vallas que daban a la calle colindante, la calle donde vivía Rubén el chofer del Lukus, el hombre más grande de Larache y del mundo, para recorrer los jardines, desafiando al guarda quien, según decían los más experimentados, disparaba a los niños con una escopeta de sal. En la primera bocacalle, bajando unos metros se encontraba todavía el taller de plancha de mis “primas tías” Simy y Allo, a las que recordé con el cariño que siempre merecieron. Ladeé unos pabellones donde tiempos ha, vivió mi amigo Carlitos, hijo de un policía armada, al que tanto le molestaba que yo fuera a por su hijo en horas de siesta. Al final del palacio, otro cruce de caminos, a mi derecha la calle donde vivieron los Pérez. No pude olvidar aquella noche de cena de despedida en casa de mi abuela Luna, recuerdo cómo aquellos jóvenes emigrantes reían y bromeaban para ocultar su nerviosismo y su ansiedad, a media luz, que era lo que abundaba en aquellos años oscuros. Al día siguiente viajaban a Venezuela, hacía un destino incierto, era el año 1956, y entre ellos, recuerdo desde mi pequeñez a Baldomero, a Pérez y a mi padre. Mi padre volvió al cabo de un año, pero Pérez se quedó y se perdió para siempre, en cuanto a Baldomero nunca se supo de él.

Suele utilizar Auster en algunas de sus novelas la técnica de la matrioska (la muñeca rusa) y el relato va abriéndose igual que una de esta figuras tradicionales: de la mayor a la menor, de la periferia al núcleo, y, como si de un prestidigitador se tratara, va desvelando secreto tras secreto a medida que avanza la trama. En “Leviatán”, Auster no lo hace así exactamente, sino que utiliza el relato concéntrico, mejor dicho, la espiral que gira frente a nosotros para hipnotizarnos y llevarnos de regreso hasta el inicio de la historia.
“…El año pasado, continué, descubrí que alguien había estado suplantando mi personalidad, contestando cartas en mi nombre, entrando en las librerías y firmando libros míos, rondando como una sombra maligna en torno a mi vida. Un libro es un objeto misterioso, dije, y una vez que sale al mundo puede ocurrir cualquier cosa. Puede causar toda clase de males y tú no puedes hacer nada para evitarlo”
El narrador, Peter Aaron, nos cuenta los avatares de Benjamin Sachs, un escritor que se convertirá, por sus ideales, en un terrorista peculiar, y Auster, para retratarlo, crea una galería de personajes imborrables, como María Turner o Lillian Stern. Ese tipo que es capaz de cometer pequeños atentados, con cuidado siempre de no herir a nadie, me recuerda al de ese film extraño pero hermoso de Sidney Lumet que es “Un lugar en ninguna parte (Running on empty, 1988)”. En cualquier caso, la novela va in crescendo, hasta ofrecernos sus mejores páginas en la última parte del libro.
“…Hay un momento en el cual un libro empieza a apoderarse de tu vida, cuando el mundo que has imaginado se vuelve más importante para ti que el mundo real, y apenas se me pasó por la cabeza que estaba sentado en la misma silla en la que Sachs solía sentarse, que estaba escribiendo en la misma mesa en la que él escribía, que estaba respirando el mismo aire que él había respirado”
“Leviatán” es otra de esas novelas de Paul Auster que nos atrapan finalmente para hacernos vivir una historia marcada por el fatalismo, donde el azar y el imprevisible destino juegan una baza fundamental para desencadenar los hechos.
Sergio Barce, enero de 2011
(Los fragmentos de la novela pertenecen a la traducción de Maribel de Juan hecha para la edición de Anagrama, Colección Compactos)
Paul Auster (Newark, New Jersey, USA, 1947). Es autor de las novelas Mr. Vértigo (Mr.Vertigo, 1994), El libro de las ilusiones (The book of illusions, 2002) o The Brooklyn Follies (2005). Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia y ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Su última novela es Sunset Park (2010).
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