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«MÁS ALLÁ DE LA VIDA» (Hereafter, 2010) de CLINT EASTWOOD

Se estrena la nueva película dirigida por Clint Eastwood, el último clásico, como le gusta definirle a la crítica. Siendo, como es, una película que se mueve dentro de los límites establecidos por “Para siempre” (Always, 1989) de Steven Spielberg y “El sexto sentido” (The sixth sense, 1999) de Shyamalan, no es extraño que uno de sus productores sea el propio Spielberg.

Clint Eastwood en el rodaje de HEREAFTER

Pero dejando a un lado esta anécdota, lo cierto es que he ido a verla porque sencillamente es otra de Eastwood. Yo he crecido con él (con el actor y con el realizador), igual que lo he hecho con James Bond, Woody Allen o Martin Scorsese. Cada película de ellos, es un pequeño rito para mí, como una cita ineludible que fijamos para cada año y, generalmente, no me suelen fallar, con independencia de que el resultado sea bueno o menos bueno. Lo cierto es que son como de la familia, “good fellas”.

Me acercaba a esta audacia de Eastwood con cautela. ¿Cómo se habría enfrentado a una historia de género fantástico, por así llamarla? ¿Sería capaz de abordar un tema extraño a su filmografía con la maestría que ha demostrado tantas otras veces? (Por sólo citar algunas de sus películas más memorables como realizador, ahí están “Bird” (1988), “Sin Perdón” (Ungorgiven, 1992), “Un mundo perfecto” (A perfect world, 1993),  “Los puentes de Madison” (The bridges of Madison County, 1995), “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (Midnight in the garden of Good and Evil, 1997), “Mystic river” (2003), “Million dollar baby” (2004), “Cartas desde Iwo Jima” (Letters from Iwo Jima, 2006) o “Gran Torino” (2008)… qué lista increíble, y sólo son las que se me han ocurrido a vuelo pluma).

Morgan Freeman y Clint Eastwood en «Sin perdón»

El resultado en esta ocasión, sin embargo, se acerca más a su cine intermedio (en el que estarían títulos como “Primavera en otoño” (Breezy, 1973), “El aventurero de medianoche” (Honkytonk man, 1983), “Cazador blanco, corazón negro” (White hunter, black Herat, 1989), “Banderas de nuestros padres” (Flags of our fathers, 2006) o “Invictus” (2009)), es decir, ese tipo de películas en las que la impronta del Clint Eastwood director está presente (iluminación oscura y escenas envueltas en sombras –Tom Stern es su director de fotografía desde «Mystic River«-, música minimalista al piano –compuesta por el propio Clint, con un sonido casi familiar, una melodía parecida a otras cintas-, encuadres desenfocados para dar la sensación de inmediatez, ritmo lento) pero en las que sin embargo falta el aliento último para hacerlas grandes.

En este caso, además, la historia se muestra excesivamente deshilvanada. Hay evidentes huellas del cine que se está desarrollando últimamente por otros directores actuales como Paul Haggis (guionista de “Million dollar baby”)  en films como “Crash” (2004) o “En el valle de Elah” (In the Valley of Elah, 2007), González Iñárritu con “Babel” (2006), que es el film de referencia en este sentido, o por Rodrigo García “Cosas que diría con solo mirarla” (Things you can tell just by looking at her, 1999) o “Nueve vidas” (Nine lives, 2005), es decir, el film caleidoscópico en el que se presentan varias historias a la vez aparentemente inconexas e incluso imposibles de relacionar pero que, poco a poco, terminan entrelazando la vida de los coprotagonistas para cerrar un círculo existencial inevitable e interdependiente.

Matt Damon, en HEREAFTER (Más allá de la vida)

Sin embargo, Eastwood fracasa en este empeño y la película, que arranca espectacularmente con la escena del tsunami, muy bien filmada, naufraga y  nos deja con la sensación de que sólo es un film más, comercial, aburrido a ratos, en el que el espectador anhela un acontecimiento que nunca llega. El final, además, es demasiado condescendiente y edulcorado.

Cécile de France

Un agradable descubrimiento es la actriz Cécile de France, que está magnífica, pero eso es decir muy poco de una película. Estas son las cosas de Clint Eastwood, capaz de dirigir obras maestras (he mencionado al menos seis o siete) o de rodar auténticos despropósitos (“El principiante” (The Rookie, 1990), por ejemplo), que en el caso de “Hereafter” (prefiero el título inglés al ñoño con el que lo han bautizado en España) se queda en el limbo, como algunos de los personajes de la propia película…

Otros magníficos films de Clint Eastwood como director son “Escalofrío en la noche” (Play Misty for me, 1973), “El fuera de la ley” (The outlaw Josey Wales, 1976), “El jinete pálido” (Pale rider, 1985), “Poder absoluto” (Absolute power, 1997) o “Ejecución inminente” (Trae crime, 1999). Ahí es nada.

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EMILIO GALLEGO, escultor larachense

Emilio Gallego, nació en Larache en 1960. Inició sus estudios artísticos en Madrid en el taller del pintor Juan Moreno y el escultor Luis Rodríguez, realizó talleres de Arte Actual con Antonio Saura y Darío Villalba, y asistió al estudio de arte contemporáneo de Manolo Arjona. Además de asistir a talleres en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, ha sido copista del Museo del Prado.

Gabriela Grech, Sergio Barce, Emilio Gallego

Emilio Gallego forma parte de esa generación que crecimos en un Larache inolvidable, con una infancia irrepetible. En aquellos años, como su padre era el dueño del cine Ideal, nos “colaba” a las sesiones y veíamos las películas gratis. Nos reencontramos hace un par de años, en un viaje que, para él, supuso la oportunidad de poder entrar en la que fuera la casa de su niñez y en la que creció, sobre el Bazar de Yebari, y tuve el privilegio de  compartir con Emilio esos instantes. Su emoción era la mía, porque esa experiencia yo la había vivido unos años antes y podía intuir lo que bullía en su interior.

Ahora albergamos la ilusión común de que una de sus esculturas (con un texto mío) pueda exponerse de manera permanente en Larache, como homenaje a las tres culturas que siempre han convivido en la ciudad.

EL LECTOR, 2007

Acercarse a la obra de Emilio Gallego supone descubrir un universo tan personal como sugerente. No encuentro una manera sintética de describirla, pues su obra escultórica escapa a cánones cerrados. Por el tipo de obra que realiza, el término actual para definirlo es el de “artista visual multidisciplinar”, aunque, como dice el propio Emilio, “con especial dedicación a la escultura”, pero también a la instalación, a performances, pintura y obra digital, variantes expresivas con diferentes “lenguajes” y técnicas, a las que se aventura porque sus inquietudes son incesantes y van en distintas direcciones. Sin embargo, pese a esa multiplicidad de técnicas, de lenguajes y de herramientas creativas, hay un nexo de unión en el conjunto de su obra, con un discurso propio definido por su compromiso ecológico, social y político.

Parte de sus creaciones (por ejemplo, sus instalaciones) dejan abierta la imaginación al espectador, con espacios libres y huecos al vacío. “Viajar, soñar, tal vez sobrevivir…”  es un claro exponente de lo que digo, pues la obra, abstracta quizá, transgresora sin duda, pero inquietante y muy impactante, incita la curiosidad y la atracción hacia algo que se acerca más al sueño que a la realidad, tal vez a la pesadilla.

Viajar, soñar, tal vez sobrevivir… Instalación. Requena, Valencia

   Al comentarle a Emilio esa sensación de inquietud que me había causado esta obra en concreto, me lo aclaró de manera brillante: “…he entendido porqué podría inquietarte, es normal, ¿no somos nosotros viajeros, emigrantes y un poco desarraigados?, de eso habla la obra en cuestión y de los sueños de las personas… Forma parte de un proyecto llamado «Los Límites. Albergue de Arte Social». Este proyecto trata, así mismo, de cuestionar los límites en muchos sentidos, desde los del arte (¿es el arte un campo cerrado o habla de la vida?), la autoría (¿de verdad lo que creamos es individual o está fuertemente influenciado por lo que conocemos y por lo que viene de una manera extraña hasta nosotros?), también cuestiona los límites de la propia escultura como objeto concreto, saliendo al espacio público a través de otras formas como danza contemporánea, performances, charlas, incluso música. Hicimos en la exposición dieciocho actos, consistentes en media hora de debate de algún tema social y otra media hora de estas actividades más relacionadas con el arte, incluyendo recitales poéticos, jam session de un grupo de gitanos, etc… De manera que, cada día, la sala se veía de una manera muy diferente; no era lo mismo ver la obra junto a una bailarina del vientre que con un quinteto de saxos o un nutrido grupo de gitanos, todo se influencia mutuamente y ésa es la hipótesis del proyecto: los límites son artificiales, todo está conectado y se enriquece con el contacto…”

Lo que se viene en denominar “work in process” y “site specific”, es decir, obra abierta en proceso permanente, y trabajar con los elementos que le sugieren el lugar y el ambiente, es otro de los campos que está desarrollando con más interés Emilio Gallego. En este sentido, hay acercamientos originales a lo que fuera la escultura más primitiva, a las primeras creaciones religiosas del hombre (tótems, esculturas megalíticas, dólmenes…), pero las transforma, y en las ubicaciones en las que ha conseguido montarlas (véanse la Conjunción Totémica en Requena o Tótem ofrenda en Fuenterrobles) consigue efectos de contraste y de contraluz realmente bellos. La mencionada “Conjunción Totémica” de Requena, además, con la conjunción de los elementos naturales, la nieve, lo envuelve en una especie de visión irónicamente cálida, y las viejas formas quedan en suspenso en el aire, como si los tótems, elementos mágicos y religiosos, levitaran milagrosamente. Volúmenes y formas, pues, en un juego aparentemente antagónico: piedra y aire, robustez y solidez contra liviandad e ingravidez.

Conjunción Totémica. Requena, Valencia

Totem ofrenda. Fuenterrobles, Valencia

  En concreto, el proyecto “La Espiral Totémica” es muy importante para Emilio, Consta de 22 esculturas diseminadas en diez municipios del interior valenciano (tanto en la propia naturaleza como en los municipios) en los que habla de equilibrio con la naturaleza, de integración con la comunidad y de desarrollo sostenible (la espiral), y como dice Emilio “todo ello resultado de la fascinación por los parajes que fui conociendo cuando me instalé a vivir aquí y de la colaboración con una ONG medioambiental”.

Es evidente el interés de Emilio por la naturaleza, pero también por el significado de la vida, tanto espiritual como físico, y los elementos terrenales (piedras, barro, minerales) se entrelazan con sus inquietudes intelectuales. La fuerza de la naturaleza, la fuerza del hombre como especie creativa, todo ello con el respeto a la naturaleza. Usa, pues, los elementos que encuentra en ella, en esa dualidad tan suya de hallar el entorno apropiado para su expresión artística.

Como resultado de estas inquietudes, a finales de 2010, Emilio se embarcó en una aventura original y expeditiva: celebrar el equinoccio junto al dolmen de M´Zora, cerca de Larache. Lo que en principio sólo fue una vaga sugerencia que me lanzó para reunirnos con algunos amigos, Emilio, entusiasmado con esa idea inicial, lo convirtió poco a poco en un acontecimiento creativo y levantó un encuentro entre artistas de diversos campos junto a Charley Case, que también ideaba algo por esa zona. Proyecto en el que contó con la ayuda de Anne-Judith Van Look, la escultora que dirige la “Galería Aplanos” de Assilah, y Guillermo, el hijo de Emilio, fue quien grabó y montó el vídeo del encuentro (que se puede ver en el blog de Emilio Gallego).

M´Zora – encuentro multicultural de artistas 2010

En M´Zora, Emilio aplicó la técnica “work in process”, se llevó unas ideas y algunos materiales, sin ideas predeterminadas, abierto a todos los estímulos que pueda recibir, y allí lo concretó en una creación nacida del instinto y del momento, sin que para el artista el resultado final sea importante (como bien dice Emilio, no por arrogancia, sino porque hacerlo de otra manera le condicionaría y el resultado del aquí y ahora no sería el mismo). Pero sé que está muy contento con los resultados obtenidos, porque a Emilio Gallego, Marruecos le inspira más que otros lugares. Él lo expresa soberbiamente: “quizá sea una manera de combatir la nostalgia, que siempre conlleva dolor”. Como inspiración, ideó nuevas formas, con minerales y otros materiales, para fundir el elemento natural con la cultura marroquí, y de ahí creaciones como “Turbante de sueños”, de una belleza plástica arrobadora.

Hay otro proyecto más en manos de Emilio, muy simbólico, el de la Universidad de Valencia, “Claro de Luces”, que habla  de la cultura en si, de la importancia de la observación, de la conservación del conocimiento y de la apertura de mente necesaria para el mismo. Está inspirado en las formas de un observatorio astronómico situado en los altos del Rectorado; este es un galardón que concede la Universidad a la gente que colabora con ella en algo o a gente que quiere distinguir de manera sencilla, es decir, no con la parafernalia y los honores que suponen la concesión de la Medalla de Oro o el Doctorado Honoris Causa.

TURBANTE DE SUEÑOS

Estamos, pues, ante un creador que combina la naturaleza, tanto los materiales que ésta ofrece como su propio paisaje en bruto, y los objetos que se mueven en varias dimensiones espaciales, con lo que “pinta” en el mayor mural que se puede exponer, el espacio libre. Sus esculturas ofrecen múltiples interpretaciones, están siempre abiertas a conjeturas y juegos de imaginación, de manera que, de una forma  natural, consigue que quien las contempla intervenga en su juego y trate de descifrar su intención oculta.

Sergio Barce, enero de 2011

CLAR DE LLUMS

-Para conocer más la obra de Emilio Gallego y su currículum:

www.emiliogallego.es

www.escultoremiliogallego.blogspot.com

https://cid-85f84c472e87799f.office.live.com/view.aspx/Referente%20a%20tus%20esculturas/CURRICULUM%20completo.doc?Bsrc=Docmail&Bpub=SDX.Docs&wa=wsignin1.0

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LARACHE – Imágenes en Blanco y Negro

Mis padres, ANTONIO BARCE – MARÍA GALLARDO

Mis padres solían viajar cada verano a Málaga, lugar en el que, después de abandonar Larache, nos instalamos definitivamente.

Cruzar el río Lukus para ir a la playa, siempre ha sido uno de los recuerdos más entrañables de Larache. Y volver a hacerlo cada vez que regreso, se ha convertido en un pequeño placer. Es una de las pocas cosas que se mantienen aún con el añejo sabor de entonces, algo que no debiera de perderse porque es una de las estampas que hacen a Larache reconocible.

Cruzando el Lukus en barca: María Gallardo (mi madre), Manolo Alvarez, Marisol, Miguel Alvarez y Sergio

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«LA CAUTIVA», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Ve la ciudad a través de la ventana enrejada, los niños que juegan en el callejón de abajo, las pieles secándose en las azoteas. Le gusta ver cómo el sol, cálido, se adormece sobre los muros encalados, y siente en su piel desnuda la brisa que sube del mar.

LA CAPTIVE, óleo sobre lienzo, del pintor larachense RACHID SEBTI

Él la observa en silencio desde la puerta entornada, conteniendo la respiración para que ella no le descubra. Anhela que la sábana se deslice del todo y deje al descubierto el resto de su espalda, pero ella está ensimismada y no se mueve en absoluto, atrapada por el mundo exterior, igual que una cautiva encarcelada en una torre inexpugnable.

Unas gaviotas planean durante unos eternos segundos a pocos metros de la ventana, despliegan las alas con elegancia pero también con soberbia. Cuando se alejan, la joven apoya la barbilla en sus brazos, que mantiene cruzados sobre la cama deshecha. Sus ojos se pierden de nuevo por entre los hierros forjados, se pregunta si tras alguna de esas ventanas que ve desde ahí arriba habrá otra mujer como ella. De nuevo la brisa da un suave soplido y los vellos transparentes se le erizan. Habría deseado que esa sensación se la hubiesen provocado los labios de un hombre.

Él continúa sin moverse tras la puerta de madera, agazapado como un ladrón. Está tentado de entrar, de acercarse a ella y asir con una mano la sábana que la cubre desde la cadera. Nunca ha visto una mujer desnuda, y el misterio se torna febril. Balbucea débilmente el nombre de ella, pero no sucede nada y nota cómo una seca calentura agrieta sus labios aún infantiles. Le tiemblan las manos, le tiembla el corazón. De pronto, avergonzado, se da cuenta de que ha rezado para que ella se levante, la frazada caiga y se gire. Pero la curiosidad es más poderosa y, en seguida, se olvida de que es posible que haya cometido un pecado. No logra alejarse de su escondite.

La joven permanece unos minutos vagando por la ciudad, tal vez soñando con alguna historia de amor. Le gusta pasar el tiempo ahí sin cubrirse, y fantasear con unas manos desconocidas que la acarician sin pudor. Sin duda, es algo que le fascina por encima de cualquier otra cosa. Sabe, ya lo ha experimentado antes, que llegará un momento en el que un extraño ardor se le instalará en el vientre y que las mejillas se le encenderán como ascuas, será entonces cuando perderá de nuevo la consciencia por una fracción de segundo. Teme que llegue ese instante, pero a la vez no puede reprimir el ansia porque eso ocurra cuanto antes. Entreabre los labios, y sus dedos se aferran con fiereza a las sábanas blancas.

El chico la ve inclinar la cabeza, la frente contra el antebrazo derecho, y la coleta se alza dejando el cuello al descubierto. Es como si, por fin, le mostrara impúdicamente su cuerpo. Y es tal el impacto, que recula y se cae al suelo. Se aterroriza ante la idea de que ella le haya oído, de que le descubra violando su intimidad, pero la mujer continúa ahí, sentada sobre lel muslo izquierdo, con la espalda descarnada y temblorosa, la cabeza refugiada entre los brazos, aterida por el abrazo silencioso que aún la rodea por el talle, perdida en algún recoveco de su imaginación.

Ella, sin inmutarse, ha vuelto a oírle, sabe que, como cada tarde, el niño la observa con cautela, que sólo aprende qué es la vida. No le molesta, sólo teme que un día su madre lo descubra entrando a hurtadillas para espiarla. Se lo imagina con el sudor perlado sobre el bigote imberbe, los ojos abiertos como platos y la respiración desacompasada. Eso le halaga, incluso insufla su vanidad femenina. Se queda aún un buen rato con los brazos encima de su cama vacía, notando cómo el sol de la tarde se atreve a entrar para posarse en sus hombros. Agradece el suave calor. No abre los ojos, pero aguza el oído y nota cómo el chaval se ha levantado, estirando el cuello para verla aún mejor. No sabe la razón, pero en algún instante ella imagina que algún día ese chico la recordará como está ahora, en esa postura, y que la pintará en un lienzo. E imagina también que, ya siendo muy vieja, será ella misma la que contemple ese cuadro, y que recordará su atractivo cuerpo desde la puerta entreabierta del cuarto, conteniendo la respiración, a escondidas…

Sergio Barce, enero de 2011

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LARACHE vista por… LORENZO SILVA

Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva

Lorenzo Silva publicó en el año 2001 un libro de viajes llamado “Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y a la pesadilla de Marruecos”. Se trata de un viaje que efectuó en 1997 en compañía de su hermano y de un amigo, recorriendo la geografía marroquí durante ocho días, por la zona del Rif y de Yebala. El periplo, le sirve para describirnos las ciudades y pueblos por los que pasan, pero me dio la impresión al leerlo de que eso sólo era una excusa para reencontrarse y narrar las vivencias de su abuelo cuando fue soldado en la llamada “guerra de África”. Silva nos cuenta que, curiosamente, Larache fue la primera ciudad marroquí a la que llegó su abuelo. Su descripción es breve, de simple observador, pero es interesante descubrir las sensaciones que despierta Larache en alguien que llega por vez primera a ella (en este caso, en 1997).                                       Sergio Barce, enero de 2011

Y Lorenzo Silva lo describe así:

“Fue aquí, en Larache, donde mi abuelo paterno puso por primera vez pie en África. Era el 6 de marzo de 1920. Al día siguiente le tallaron, resultando útil para el servicio con estatura de 1,605 metros, peso de 59 kilos y 86 centímetros de perímetro. En África no era mala cosa ser un poco bajo; a los altos les daban más fácilmente. En Larache cumplió mi abuelo su instrucción militar y juró bandera, el 25 de mayo del mismo año 1920. Gran parte del tiempo que restaba hasta diciembre le tuvieron guerreando contra el Raisuni más allá de Alcazarquivir, pero los años veintiuno y veintidós los pasó enteros en la ciudad y en buenos destinos; primero como cabo cartero y luego en la sección ciclista de la Comandancia General, donde ascendió a sargento. Fue por tanto Larache, el lugar donde más tiempo estuvo, y el único donde pudo disfrutar de la rutina de guarnición. Eso, entre otras cosas, lo convertía en una etapa insoslayable de nuestro itinerario.

Larache, fundada en el siglo VII por una tribu venida de Arabia en busca de Lixus, la ciudad romana cuyas ruinas se encuentran a unos pocos kilómetros, tiene una larga historia de vinculación con España, y no siempre para su bien. Ya en 1471 fue saqueada por los castellanos, aunque quienes la harían suya pocos años después serían los portugueses, que no la ocuparon durante mucho tiempo. A principios del siglo XVII volvió a ser española, en pago por el sultán a Felipe III de ciertos favores, pero antes de que empezara el siglo siguiente Mulay Ismail ya había echado a patadas a los extranjeros. Durante la estrambótica aventura africana de 1860, que valió (aparte de para restaurar la popularidad de O´Donnell) para conquistar Tetuán y abandonarla poco después, Larache, por su situación costera, fue elegida para el infausto menester de sufrir unos cuantos bombardeos de represalia. Al fin, en 1911, los españoles, al mando de un impetuoso teniente coronel llamado Manuel Fernández Silvestre y en combinación con el Raisuni, tomaron la ciudad que ya no abandonarían hasta 1956. La maniobra invasora no encontró gran oposición…

… Hoy Larache es una de las ciudades marroquíes en las que más intensamente perdura la huella de la presencia española. El entramado de sus calles, el aire de sus edificios, y sobre todo, la traza singular de la antigua plaza de España (hoy de la Libération), recuerdan en todo momento a una pequeña ciudad andaluza. Sobre las fachadas blancas abundan las persianas y los postigos celestes, en una combinación similar a la de Xauen (otra ciudad andaluza, aunque más antigua). Su avenida principal, la de Mohammed V, llena de jardines y de árboles, evoca también paseos ajardinados de las ciudades del sur español. Subimos hacia la plaza precisamente por esta avenida, desde la que se ve lo que queda del Castillo de la Cigüeña. En ese castillo encerraron a los prisioneros portugueses capturados en la batalla de Alcazarquivir. Una vez en la plaza, aparcamos el coche, momento en el que se nos acerca el previsible guardacoches. Es un hombre muy mayor y muy delgado, que saluda con una sonrisa oficial. En el pecho lleva prendida una chapa en la que alguien ha escrito con un pulso tembloroso y un pincel las palabras <garde de estasionamiento>. Larache, siempre a las puertas del Marruecos francés, no ha perdido del todo el castellano, que conmueve ver conservado por el mero apego de la gente en esa forma mestiza y seseante.

En la plaza de Larache, amplia y circular, nos sentamos a beber unas cervezas. Con el sabor de la contundente Flag en la boca, miro a mi alrededor y sospecho que a esa misma plaza debió de venir cien veces mi abuelo a pasear y quizá también a tomarse una cerveza. Como nosotros ahora. Al principio era un recluta recién llegado y perdido. Dos años después ya era veterano y sargento y podía elegir buenas mesas en las terrazas. El cielo sobre Larache no está nublado, como lo estaba en Rabat. Es de un azul tan vivo como las persianas de las casas. Las que forman el círculo de la plaza de Larache no tienen tejado, sino azoteas, como es usual en Marruecos (con la excepción de Xauen). Las fachadas están rematadas por almenas morunas, que sugieren una especie de triángulo mediante la superposición de rectángulos cada vez más pequeños. Todo el perímetro de la plaza tiene umbríos soportales (en uno de ellos estamos ahora) y las columnas que los aguantan están unidas por sencillos arcos de medio punto. Todo está exquisitamente encalado, salvo algún arco monumental en piedra ocre. En el centro hay un parque con palmeras. No es un mal sitio para estar, y debía de serlo aún menos cuando Lucus arriba había todos los días rifa de tiros. Mi abuelo se acordaría aquí de su pueblo blanco en las montañas de Málaga, y también de los fregados vividos en Muires y alrededores, con los cazadores de Las Navas. África le guardaba peores momentos que aquéllos, pero durante sus años de guarnición en Larache no debió quejarse de su suerte. A fin de cuentas, en la cercana Lixus, fundada por los fenicios hace tres mil años, situaban los griegos el mítico Jardín de las Hespérides. Era un refugio envidiable, y sin embargo se da la paradoja de que mi abuelo abandonó Larache voluntariamente…»

Lorenzo Silva (Madrid, 1966) obtuvo el Premio Nadal en el año 2000 por “El alquimista impaciente”. Otras novelas suyas son “La flaqueza del bolchevique” (1997), “El lejano país de los estanques” (1998), “El ángel oculto” (1999), “El nombre de los nuestros” (2001) o “Carta blanca”(2004).

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