Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

PRIMERAS FOTOS DEL HOMENAJE A MOHAMED CHAKOR

COMO ADELANTO DE UNA CRÓNICA MÁS DETALLADA QUE ESCRIBIRÉ SOBRE EL MERECIDO Y EMOTIVO HOMENAJE TRIBUTADO EL PASADO MIÉRCOLES A MOHAMED CHAKOR EN CASA ÁRABE DE MADRID, OS MUESTRO LAS PRIMERAS FOTOS -REALIZADAS POR MI HIJO PABLO- QUE MUESTRAN ALGUNOS DE LOS DETALLES DEL EVENTO, EN EL QUE TANTO MOHAMED CHAKOR COMO SU MUJER AMPARO SE SINTIERON ARROPADOS Y MUY QUERIDOS …

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«EL PRIMER BESO», UN RELATO DE MOHAMED LAHCHIRI

No hay  nada tan emocionante y a la vez candoroso como los relatos de nuestra niñez o de nuestra juventud, cuando recordamos aquellos detalles que nos marcaron de alguna manera: el primer viaje, los primeros amigos, el primer amor.

A mi amigo, el escritor Mohamed Lahchiri, del que he hablado en varias ocasiones, a quien siempre pongo de ejemplo como uno de los mejores narradores marroquíes en lengua española, le pedí hace días que me enviara un cuento, porque hacía ya mucho que no ponía nada escrito por él, y me ha remitido «su» primer beso, que forma parte de su magnífico libro de relatos Pedacitos entrañables.

MOHAMED LAHCHIRI

MOHAMED LAHCHIRI

«El primer beso» tiene mucho de su estilo, el estilo lahchiriano: frases breves y dilapidarias, detalles a fogonazos, descripciones directas, y un característico fino humor, lleno de ironía. Además de ser un buen relato, es además el retrato de una época, de una determinada manera de ver la vida, de descubrir el deseo y el amor, y, por supuesto, contiene ese aroma a añoranza por aquel barrio del Príncipe Alfonso, el de la Ceuta natal de Lahchiri, que tanto le ha ayudado a construir sus preciosos pedacitos entrañables, como lo es este primer beso.

Siempre es un lujo hablar de Mohamed Lahchiri, y también lo es compartir con él una bebida fresca acompañada con sardinas asadas en el marsa de Larache, que espero que repitamos muy pronto.

Sergio Barce, junio 2014 

El primer beso

Aquella tarde de ligera lluvia y la chica con chilaba azul todavía las tengo aquí, en esta gran cabeza que tengo, «gran» en el sentido propio, no en el figurado. Chilaba azul y pelo largo en una trenza. En pleno infierno de la adolescencia. Nos encontramos para ir al cine. Era mi novia. Me acuerdo que esa tarde tenía la intención de besarla. Nunca lo había hecho antes. Era emocionante pero era como una carga para mis tímidos años adolescentes. Sentía sobre mis espaldas el deber de besarla. Ir al cine con una chica y no besarla, iqué vergüenza!, decían los chicos mayores, los que sabían más que nosotros, los que lo sabían todo… No sé si nos encontramos en nuestro barrio -El Príncipe Alfonso- y bajamos juntos al centro, a Ceuta, o bajó cada uno por su lado, para evitar los problemas del «nos pueden ver». Estamos en los años 60… Me acuerdo de nosotros dos en el cine África, allá arriba. No recuerdo qué película era. Ya el cine estaba dejando de ser la cosa más importante del mundo… La sala estaba casi vacía. Nos sentamos.

Cine Africa de Ceuta

Yo hablaba probablemente de mis estudios en Tetuán. Pero el pensamiento de que tenía que besarla estaba ahí, tan insistente como un dolor. Jamás había besado a una chica antes. Al apagarse las luces tenía que encontrar una manera elegante de… Puse mi brazo sobre el respaldo de su asiento, esforzándome para que la cosa pareciera la más natural del mundo, me acuerdo perfectamente. Olía a buen jabón. Su pelo a alheña. De pronto, se apagaron las luces y al mismo tiempo vimos entrar a una pareja, que se plantó precisamente detrás de nosotros. Eran moritos nuestros del Príncipe. Y se pusieron a hablar. Todavía me acuerdo de la chica. La conocía. Ahora ya no la veo. A un hermano suyo sí. Cómo podía un tímido como yo, que nunca había besado, acercarse a su novia, con la respiración de esos dos pegotes azotándole el cogote. Llegué a rodear su cuello con el brazo y a acariciarle la mejilla derecha. Me acuerdo del calor de sus mejillas. Me sentía capaz de besarla. Tenía tantas ganas. Claro, estaba la excusa de los dos pegotes y no sentía el peso de la obligación. Pero terminó la película y salimos en silencio. Estaba lloviendo, no mucho. Creo que no me sentía bien. Pienso que ella estaba decepcionada. No había autobús para EI Príncipe. Para La Mezquita sí. Me alegré, así podíamos ir andando desde La Mezquita hasta nuestro barrio, pasando por los eucaliptos… Tomamos el autobús. En La Mezquita había que bajar por la carretera con el cementerio musulmán a la izquierda, llegar a la alcántara y subir por un caminito -que el tiempo y las obras han borrado ya- y llegar al barrio. En lo alto del caminito empezamos a bajar entre los eucaliptos…
Le pedí que se detuviera. Me preguntó por qué. Le dije que me diera un beso. Me respondió que no con la cabeza, sonriendo. ¿A qué esperas imbécil? La agarré y me puse a besarla como fuera… buscando la boca. Nos sentamos y continuamos. Yo estaba rabiosamente feliz. Ella no me rechazaba. Me abrazaba y me aceptaba. De pronto sentí que ella perdía fuerzas. Se durmió o se desmayó en mi regazo. Yo estaba algo sorprendido. Pensé que probablemente eran cosas que les pasaban a las chicas.
No sé cuánto tiempo me quedé así, en el silencio de los eucaliptos. Pero seguro que no fue mucho, porque ella no podía volver tarde a casa… Estaba con el corazón saltando alborozado, mirando las chispas de las luces de la parte del barrio que está frente al monte de los eucaliptos, proyectando en mi imaginación los momentos increíbles de mis labios succionando los suyos. Por primera vez en mi vida. Como un hombre, un verdadero hombre, mirando, intentando ver con los ojos enamorados empedernidos, en la ya semioscuridad, el rostro hermoso retocado por las telarañas del sueño y sintiendo profundamente la grandeza del momento que estaba viviendo, que todavía saboreaba, acariciando su mejilla, sus cabellos largos. En un momento dado, se me ocurrió acariciar sus pechos. Me sentía algo así como un niño con las manos en una travesura, ipero qué maravilla! Había oído en alguna película o leído en algún tebeo o revista o periódico lo de la otra mitad. Yo me sentía entero. Mi otra mitad estaba ahí pegada a mí, a mi regazo. No éramos dos.
Creo que al final tuve que despertarla. Bajamos hacia el barrio despacio. Ella todavía tambaleante. Me acuerdo que estaba abrazada a mí y que cuando penetramos en las primeras casas y las primeras luces, fui yo quien deshizo el abrazo, pensando o diciéndole -yo y no ella- que nos podían ver.
Nos separamos cerca de su casa, en una casi oscuridad. No me acuerdo, pero me gusta pensar que le di un beso de «hasta mañana». Seguramente se lo di. Ya sabía darlo. Y era tan bueno hacerlo. En casa me miré en el espejo. Seguro que me vi guapo. Llevaba una chaqueta gris. Me acuerdo de esto al dedillo. Estuve endiabladamente simpático entre mis hermanos y mi madre. Más que cuando tenía algunas copas en el pecho. Me acuerdo que me dijeron si quería cenar. No. Cómo iba a pensar en comer si el sabor de su boca llenaba la mía, me llenaba todo. Quería conservar el sabor de su boca en mi boca. Quería seguir flotando. Soñando en mi sueño. Fue la noche más feliz de mi adolescencia.
Algún tiempo después, la «sabiduría» de los amiguetes me dijo que el hecho de que una chica tenga una ligera pérdida de conocimiento después de ser besada, significaba que no había besado -o sido besada- antes…
Muchos años después le hablé de esto a una colega española aquí, en Casablanca, y se burló de mí…
-¡No digas tonterías!

Mohamed Lahchiri

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RAMADAN MUBARAK

COMO CADA AÑO, A TODOS MIS AMIGOS MUSULMANES, CON ESPECIAL CARIÑO A LOS LARACHENSES, OS DESEO UN FELIZ SAGRADO DEL RAMADÁN

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MADRID – 2 DE JULIO – HOMENAJE A MOHAMED CHAKOR

Este próximo miércoles 2 de julio

HOMENAJE A

MOHAMED CHAKOR

EN CASA ARABE – C/Alcalá, 62 – MADRID

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Intervendrán en el acto:

VICTOR MORALES LEZCANO – Historiador profesor emérito de la UNED. “Chakor como precursor del diálogo Ribereño”

SERGIO BARCE – Escritor y Presidente de la Asociación Larache en el Mundo – España. “Chakor, el poeta comprometido»

NAZMI YOUSEF – Presidente de Periodistas y Escritores Árabes en España (APAEE). “Chakor, el periodista”

MOHAMMED DAHIRI – Profesor de estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Cádiz y Presidente de la Asociación Addiffatayn-Las Dos Orilla.
“Chakor, el mediador interreligioso”

LA ORGANIZACION CORRE A CARGO DE LA ASOCIACION XENIA PARA LA COOPERACION AL DESARROLLO Y LA ASOCIACION ADDIFFATAYN – LAS DOS ORILLAS – CON LA COLABORACION DE LA EMBAJADA DEL REINO MARRUECOS, Y CASA ARABE

y Leonor Merino -escritora, ensayista y doctora por la Universidad Autónoma de Madrid-, Paloma Fernández Gomá -escritora-, Fernando de Ágreda -escritor e investigador-, Lola Bañon -periodista del canal 9 de TV Valenciana y profesora de la Universidad de Valencia.

Y como siempre, la inestimable colaboración de ORKACOM

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«ESTOY SEGURO», UN RELATO DE JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

Llegamos a la cuarta entrega sobre los autores de la Generación BiblioCafé que vengo presentando en mi blog.
En esta ocasión se trata de alguien muy especial para este grupo: José Luis Rodríguez-Núñez, la persona que, junto a María Fernanda, puso en pie el espacio literario llamado <BiblioCafé>, en Valencia, esa librería mágica desde la que arrancó todo este movimiento literario…
Esa pasión por levantar ese sueño, ha hecho que se convierta en alguien a quien admirar.
Pero, además, cuando le pedí un relato inédito para este blog, y recibir casi al día siguiente el que me envió, descubrí que también he de admirarlo como narrador (ya me habían gustado tanto su cuento en el libro en el que compartimos espacio de Sesión continua como las películas que José Luis recomendaba en él).

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

Sé, por lo que he leído por ahí, que, además, es muy generoso. La prueba está en que su cuento me lo envió sin pensárselo dos veces. No sabe lo que ha hecho…
¿No me estaré ya pasando con tanto halago? Cambiemos de tercio, vaya a ser que alguien piense que hay algo más que literatura entre nosotros… Y centrémonos en el relato.
Se titula Estoy seguro. Y es magnífico.
Lo lees como si escucharas música, una pieza suave, con el volumen bajo. Tiene algo este relato que lo hace intrigante, misterioso, porque no sabes a dónde te lleva el narrador ni qué es lo que vas a encontrar al final.
En mi caso, cuando llegué a la última frase de la historia, sentí el vacío del protagonista. El suelo abriéndose bajo mis pies, y la sensación de que alguien así solo debe existir en la ficción. Lo contrario es la devastación absoluta. Da miedo imaginarse siendo ese personaje.
José Luis Rodríguez-Núñez crea una situación de aparente abstracción, como un cuadro suspendido en el aire que no tuviera marco, pero la intención que intuyo es la de haber querido meterse en la piel de un hombre que ha perdido la conciencia de su realidad, no sé si por el Alzhéimer, quizá por otra razón más trascendente, en cualquier caso consigue ese objetivo, y uno solo puede pensar que lo más terrible que podría ocurrir es llegar a estar seguro de que nada es lo que uno cree que es.
Os invito a leerlo, ya. Antes de que olvidemos que merece la pena hacerlo.
Sergio Barce, junio 2014

Estoy seguro

Me despierta el grito de un bebé. Una mujer se levanta de mi lado. Oigo desde la cama como el llanto se apacigua y a dos niños regocijados por el despertar de su nuevo hermanito (así le llaman): uno hace pedorretas y la otra ríe sin parar. Una risa abierta, encantadora.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo familia.
Me meto bajo el chorro de la ducha, acompañado por una sensación de soledad que se pega a mi piel como la mugre y no sale ni frotando con la más áspera de las esponjas. Cierro el grifo, tonificado por el calor del agua, y agito la cabeza para secarme el pelo y borrar las imágenes de la mentira. Me visto con esmero, ajustando el nudo de la corbata gris y uniforme, mientras me contemplo en el espejo del vestíbulo inmaculado, en perfecto orden, con ese aroma inconfundible de la madera noble. Desciendo con parsimonia las escaleras, acariciando con la mano diestra la fría barandilla de acero pulido y me subo al coche deportivo que está estacionado en el garaje.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo casa.
Llego a la oficina, tarde como siempre, y veo que han montado una reunión de urgencia a la que no he sido invitado. Desde mi cubículo, atestado de documentos pendientes, puedo oír al jefe, gesticulante y descontrolado, informando sobre un cliente muy importante que acabamos de perder y de las consecuencias que va a tener en la empresa. Rodarán cabezas, amenaza a mis compañeros, quienes lo miran aterrados. La sesión se disuelve con un rumor febril de soluciones inviables y mi colega de escritorio se deja caer en su silla desgastada con un suspiro de impotencia.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo trabajo.
Apuro el café, que ya empieza a enfriarse, pues llego tarde a la cita vespertina con Laura, Carlos, Juan y Susana. Vamos al minicine del centro, a ver la última película de Woody Allen en versión original, con lo que a mí me cuesta seguir los subtítulos. Es un pésimo pastiche de postales turísticas, pero todos permanecemos en el asiento por respeto reverencial hacia el maestro. Oigo cuchichear a las chicas, incómodas en las butacas de respaldo excesivamente corto, mientras me río regocijado con el calor de la compañía.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo amigos.
Encienden las luces de la sala, casi vacía, y me deslizo hacia la noche lluviosa de una ciudad casi desierta. Me encamino hacia la cafetería de siempre, a conseguir un último bocado antes de que cierren. El camarero nuevo me mira con desconfianza mientras me sirve la ración recalentada de sepia con mayonesa y una cerveza desventada. Pregunto por Toni, el de toda la vida, el de las largas conversaciones sobre fútbol y toros, el que me invitaba a una tapa de vez en cuando. Nadie sabe de él. Traen la cuenta y, como de costumbre, dejo una generosa propina.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo dinero.
Regreso por fin a la casa que no tengo, junto a mi familia que no existe, después de una dura jornada en un trabajo que no es, recordando los comentarios de mis amigos que no viven, digiriendo una cena que no he comido, contando las monedas que no poseo, para sentarme en mi sillón preferido que no está, junto a un fuego que no arde, para escribir en este diario que no leo.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo memoria.

Por José Luis Rodríguez-Núñez

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