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«ESTOY SEGURO», UN RELATO DE JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

Llegamos a la cuarta entrega sobre los autores de la Generación BiblioCafé que vengo presentando en mi blog.
En esta ocasión se trata de alguien muy especial para este grupo: José Luis Rodríguez-Núñez, la persona que, junto a María Fernanda, puso en pie el espacio literario llamado <BiblioCafé>, en Valencia, esa librería mágica desde la que arrancó todo este movimiento literario…
Esa pasión por levantar ese sueño, ha hecho que se convierta en alguien a quien admirar.
Pero, además, cuando le pedí un relato inédito para este blog, y recibir casi al día siguiente el que me envió, descubrí que también he de admirarlo como narrador (ya me habían gustado tanto su cuento en el libro en el que compartimos espacio de Sesión continua como las películas que José Luis recomendaba en él).

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ-NÚÑEZ

Sé, por lo que he leído por ahí, que, además, es muy generoso. La prueba está en que su cuento me lo envió sin pensárselo dos veces. No sabe lo que ha hecho…
¿No me estaré ya pasando con tanto halago? Cambiemos de tercio, vaya a ser que alguien piense que hay algo más que literatura entre nosotros… Y centrémonos en el relato.
Se titula Estoy seguro. Y es magnífico.
Lo lees como si escucharas música, una pieza suave, con el volumen bajo. Tiene algo este relato que lo hace intrigante, misterioso, porque no sabes a dónde te lleva el narrador ni qué es lo que vas a encontrar al final.
En mi caso, cuando llegué a la última frase de la historia, sentí el vacío del protagonista. El suelo abriéndose bajo mis pies, y la sensación de que alguien así solo debe existir en la ficción. Lo contrario es la devastación absoluta. Da miedo imaginarse siendo ese personaje.
José Luis Rodríguez-Núñez crea una situación de aparente abstracción, como un cuadro suspendido en el aire que no tuviera marco, pero la intención que intuyo es la de haber querido meterse en la piel de un hombre que ha perdido la conciencia de su realidad, no sé si por el Alzhéimer, quizá por otra razón más trascendente, en cualquier caso consigue ese objetivo, y uno solo puede pensar que lo más terrible que podría ocurrir es llegar a estar seguro de que nada es lo que uno cree que es.
Os invito a leerlo, ya. Antes de que olvidemos que merece la pena hacerlo.
Sergio Barce, junio 2014

Estoy seguro

Me despierta el grito de un bebé. Una mujer se levanta de mi lado. Oigo desde la cama como el llanto se apacigua y a dos niños regocijados por el despertar de su nuevo hermanito (así le llaman): uno hace pedorretas y la otra ríe sin parar. Una risa abierta, encantadora.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo familia.
Me meto bajo el chorro de la ducha, acompañado por una sensación de soledad que se pega a mi piel como la mugre y no sale ni frotando con la más áspera de las esponjas. Cierro el grifo, tonificado por el calor del agua, y agito la cabeza para secarme el pelo y borrar las imágenes de la mentira. Me visto con esmero, ajustando el nudo de la corbata gris y uniforme, mientras me contemplo en el espejo del vestíbulo inmaculado, en perfecto orden, con ese aroma inconfundible de la madera noble. Desciendo con parsimonia las escaleras, acariciando con la mano diestra la fría barandilla de acero pulido y me subo al coche deportivo que está estacionado en el garaje.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo casa.
Llego a la oficina, tarde como siempre, y veo que han montado una reunión de urgencia a la que no he sido invitado. Desde mi cubículo, atestado de documentos pendientes, puedo oír al jefe, gesticulante y descontrolado, informando sobre un cliente muy importante que acabamos de perder y de las consecuencias que va a tener en la empresa. Rodarán cabezas, amenaza a mis compañeros, quienes lo miran aterrados. La sesión se disuelve con un rumor febril de soluciones inviables y mi colega de escritorio se deja caer en su silla desgastada con un suspiro de impotencia.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo trabajo.
Apuro el café, que ya empieza a enfriarse, pues llego tarde a la cita vespertina con Laura, Carlos, Juan y Susana. Vamos al minicine del centro, a ver la última película de Woody Allen en versión original, con lo que a mí me cuesta seguir los subtítulos. Es un pésimo pastiche de postales turísticas, pero todos permanecemos en el asiento por respeto reverencial hacia el maestro. Oigo cuchichear a las chicas, incómodas en las butacas de respaldo excesivamente corto, mientras me río regocijado con el calor de la compañía.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo amigos.
Encienden las luces de la sala, casi vacía, y me deslizo hacia la noche lluviosa de una ciudad casi desierta. Me encamino hacia la cafetería de siempre, a conseguir un último bocado antes de que cierren. El camarero nuevo me mira con desconfianza mientras me sirve la ración recalentada de sepia con mayonesa y una cerveza desventada. Pregunto por Toni, el de toda la vida, el de las largas conversaciones sobre fútbol y toros, el que me invitaba a una tapa de vez en cuando. Nadie sabe de él. Traen la cuenta y, como de costumbre, dejo una generosa propina.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo dinero.
Regreso por fin a la casa que no tengo, junto a mi familia que no existe, después de una dura jornada en un trabajo que no es, recordando los comentarios de mis amigos que no viven, digiriendo una cena que no he comido, contando las monedas que no poseo, para sentarme en mi sillón preferido que no está, junto a un fuego que no arde, para escribir en este diario que no leo.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo memoria.

Por José Luis Rodríguez-Núñez

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ASÍ FUE EL ACTO SOBRE EL ESCRITOR LARACHENSE MOHAMED SIBARI EN MÁLAGA

El pasado jueves, se celebró en Málaga el acto organizado por la Asociación de Escritores de España, la revista Dos Orillas y el Centro de Estudios Hispano-Marroquí, sobre la figura del escritor larachense Mohamed Sibari, y en el que tuve el privilegio de intervenir.

EN MEMORIA DE SIBARI

Abrió el acto el director del Centro de Estudios Hispano-Marroquí de Málaga, Juan José Ponce, que viene desarrollando una incansable labor de difusión de la cultura marroquí (estos días el Centro tiene abierta una exposición sobre los trabajos de colaboración y rehabilitación que ha efectuado el Ayuntamiento de Málaga en Marruecos, y entre las fotos aparece la Baladiya de Larache, que está siendo objeto de una de estas actuaciones).

Juan José Ponce abriendo el acto

Juan José Ponce abriendo el acto

A continuación me tocó el turno, y como mi ponencia trataba sobre la Infancia y Literatura de Mohamed Sibari en Larache, acabé por leer unos fragmentos de uno de mis relatos en los que Sibari, que siempre ha formado parte de mi familia, era coprotagonista (uno de los fragmentos lo reproduzco más abajo).

Intervención de Sergio Barce

Intervención de Sergio Barce

Luego, Paloma Fernández Gomá hizo un detallado análisis de la presencia de la mujer en la obra de Mohamed Sibari, leyendo también algunos de los poemas que Sibari dedicó a las mujeres como inspiración.

Intervención de Paloma Fernández Gomá

Intervención de Paloma Fernández Gomá

El poeta José Sarriá habló del hispanismo marroquí, en una intervención sembrada y muy crítica con la falta de apoyo institucional por parte de las autoridades españolas a los hispanistas marroquíes, y en la que Mohamed Sibari, por supuesto, ocupó el centro de su exposición.

Intervención de José Sarria

Intervención de José Sarria

Y la poetisa y escritora Encarna León tuvo la originalidad de hablarnos de Sibari a través de la correspondencia que mantuvo con él durante varios años.

Intervención de Encarna León

Intervención de Encarna León

El acto lo cerró la hija del homenajeado, María Sibari, que se trasladó desde Larache para estar presente, y sus palabras, recordando a su padre como hombre y como escritor, estuvo llena de emotividad.

Intervención de MARÍA SIBARI

Intervención de MARÍA SIBARI

Fue un acto literario con la sala llena de público y en el que, en todo momento, planeó el recuerdo cariñoso y afectuoso de todos hacia nuestro querido y añorado Mohamed Sibari.

Sergio Barce, junio 2014

Sergio Barce, Encarna León, María Sibari, Paloma Fernández Gomá y José Sarria

Sergio Barce, Encarna León, María Sibari, Paloma Fernández Gomá y José Sarria

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Sergio Barce, Encarna León, María Sibari, Paloma Fernández, José Sarria y Juan José Pone  (Foto: Larisa Sarria)

Sergio Barce, Encarna León, María Sibari, Paloma Fernández, José Sarria y Juan José Pone (Foto: Larisa Sarria)

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Fragmento de

La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache

relato de Sergio Barce

publicado en  

El Protectorado Español en Marruecos. La historia trascendida

(Iberdrola, Bilbao, 2013)

…Maru estudia en el colegio Cervantes, en Cuatro Caminos. Desde que cumple trece años, comienza a verse a escondidas con un chico del Barrio de las Navas. Se llama Antonio y, curiosamente, es uno de los hijos de María Salud Cabeza. Su padre trabaja en La Bandera Española, una de las tiendas más conocidas de la ciudad.

Manuel Gallardo intuye algo, nota rara a su hija, escucha algún comentario. Y es entonces cuando urde su plan: utilizará a Sibari como espía; lo convencerá para que, sin levantar sospechas –solo es un niño y eso facilitará todo–, siga a Maru y le informe de con quién anda; está decidido a cortar de raíz esa relación. Para él, su hija es aún una niña pequeña. Pero cuando Sibari le dice que se trata de Antonio, el hijo de María Salud Cabeza, Manuel Gallardo aborta su primera intención; admira tanto a esa mujer que incluso en su fuero interno se alegra de que sea este joven el que ronda a su única hija; o quizá sea que sabe perfectamente que, si ella apoyara a su hijo, esa guerra la perdería: María Salud es mucha María Salud, incluso para él. Así que se traga el orgullo y le dice a Sibari que, a partir de ese momento, se limite a contarle a dónde van juntos y qué hacen Maru y Antonio. Pero Sibari es espabilado, sabe sacar partido de la situación y acepta con una condición: tendrá que pagarle por su trabajo. De esta forma, a cambio de unas pesetas, Manuel logra su objetivo y Sibari el suyo. Sin embargo, el niño se sabe en una posición privilegiada y juega a dos cartas, de manera que le cuenta todo a Maru. De pronto, cobra de ambas partes.

En la fiesta del Mulud, los niños musulmanes llenan las calles de alegría. Maru se lleva a Sibari al Zoco Chico. Le compra algo. Si lo tiene contento, le dirá a su padre lo que ella quiera. Ahmed Chouirdi corre con sus amigos por la calle Real. Y Sibari se une a ellos. Alguien grita que viene la Aixa Candixa, todos los críos huyen despavoridos. La leyenda de esa mujer con patas de cabra, es la que aterroriza a los niños de Larache. Da igual su religión. Aixa Candixa los asusta a todos, aunque ninguno la haya visto nunca.

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Ahora, Manuel recuerda con añoranza el primer año en el que Mohammed vivió en su casa. En aquella fiesta del Mulud, lo esperó apoyado en el quicio de la puerta hasta que el chico llegó; le tenía preparada una sorpresa inesperada en el interior de la casa. Cuando Mohammed entra y ve la bicicleta, no dice nada; solo es capaz de acariciar el manillar y no es hasta que Manuel le dice que es suya cuando reacciona. Sus ojos están radiantes. Y así lo rememora Manuel con el agridulce sabor de la ausencia.

Luego, el día de Reyes, la protagonista es Maru.

Durante la fiesta del Purim son las casas hebreas de Larache las que se transforman, son como golosas pastelerías abiertas hasta el anochecer. En la de los Fereres, los amigos musulmanes y los amigos cristianos entran y comparten los dulces que se ofrecen. A los niños, regalos y caramelos. Y a la puerta, sobre una mesa, se deja una bandeja con monedas para los indigentes, da igual a qué religión pertenezcan. La estampa se multiplica en cada casa hebrea.

Manuel Gallardo guarda como un tesoro los días del Pessah en que acude cada año a la casa del señor Beniflah, a la que es invitado junto a Ahmed Sibari. Al llegar, escucha su voz modulada que desde las escaleras les dice:

–Y ahora, todos los que quieran pasar que entren. Todos los que deseen comer que pasen.

Es la señal que indica que pueden subir. Entran al hogar del señor Beniflah, donde la familia los recibe con los brazos abiertos y con una bandeja de matzas. Y el hombre dice entonces:

–Cerrad la puerta, ya entraron.

Con estas palabras, el señor Beniflah les da tanto la bienvenida como sella de manera solemne el ritual de esa celebración que congrega a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah y a un cristiano y a un musulmán para sentarse juntos alrededor de la misma mesa y recordar la liberación del pueblo de Israel. La vida en Larache, aparentemente, no es nada excepcional. Entonces no parecía tan excepcional.

Maru y Antonio consiguen meterse a Sibari en el bolsillo, lo convierten en su cómplice. De espía de Manuel, a carabina de los jóvenes: termina por sacarles a escondidas las entradas del cine para que ellos dos puedan ir juntos a ver una película; y luego le miente piadosamente a Manuel diciéndole que ha estado en todo momento cerca de su hija; y que ella y su novio se han limitado a pasear por el Balcón del Atlántico, desde el mercado al hospital y del hospital de nuevo a la plaza.

Mientras ellos entran en el cine Ideal, Sibari se entretiene con Driss, el barquillero. Como a todos los niños, le atraen los colores de la bombonera y el resplandor de la ruleta, que brilla intensa. Aunque Antonio le ha dado ya su compensación, toquetea las monedas en el bolsillo; y en vez de comprar con ellas un barquillo se decide por jugársela, decide apostar. Si gana, se lleva cuatro barquillos; si pierde, se queda sin el dinero apostado. Pero el riesgo merece la pena. Ese día, Sibari hace girar la ruleta; y la hoja comienza a tiritar con su sonido inconfundible, deteniéndose lentamente, hasta que lo hace en uno de los clavos. No hay suerte. Sibari no se da por vencido y apuesta de nuevo. Piensa que ahora se parará en el número cuatro, pero pasa por este y vuelve a hacerlo por los otros cuatros y, de nuevo, cae en un maldito clavo. Sibari, enfurecido, le da una patada a la bombonera; y Driss le da un pequeño cachete en la nuca. El niño, a punto de ponerse a llorar, se gira, aguantando la burla de otros chavales que lo han rodeado mientras jugaba. Ahora no tiene ni sus monedas ni sus barquillos. Pero Driss le sisea y lo hace volver. Sibari, arrastrando los pies y con las manos en los bolsillos, se acerca sin levantar los ojos; y el hombre le da un barquillo, crujiente, y logra arrancarle una tímida sonrisa.

Sibari aguarda sentado en la puerta del conservatorio de don Aurelio a que termine la película. Mientras, Driss se ha metido en el callejón de la iglesia, ha extendido su estera cerca de la pared y ha cumplido con sus oraciones. Cuando el público sale del Ideal, la calle Chinguiti es un hervidero, la gente pasea y Driss el barquillero hace girar de nuevo la ruleta para atraer a otros niños.

Y llega la fiesta del Aid el Kebir. A Maru le gusta el comienzo, porque coincide con la romería al santuario de la patrona de la ciudad, Lalla Mennana la Mesbahía. Como su abuelo Juan Martínez, Maru pronuncia el nombre en un susurro y parece que le acaricia los labios. En otros países musulmanes, ni se reza ni se venera a los santones, tampoco a los patronos y menos aún a una patrona, pero Marruecos es diferente en esto y en otras muchas cosas.

Manuel Gallardo y sus compañeros se quedan en Cuatro Caminos, desvían el tráfico porque la avenida se ha inundado de gente. La muchedumbre sube desde la plaza de España y baja desde el cruce. Maru se ha metido en medio del torbellino con unas amigas y con Sibari. Y logran entrar en el recinto exterior del santuario, en la zona del cementerio. El respeto es tal que nadie de los fieles musulmanes muestra rechazo por la presencia de cristianos o hebreos que se acercan a contemplar la celebración.

MOHAMED SIBARI

MOHAMED SIBARI

El grueso de los creyentes llega del Zoco Chico, donde primero han acudido a los alrededores de la Mezquita, y la procesión se atraganta en el propio santuario, donde es casi imposible moverse. El shrif, sobre una hermosa yegua blanca, preside la ceremonia de ofrenda a la santa patrona; y luego los derviches, que pertenecen a la cofradía de los aixauas, inician su danza. Comienzan lentamente pero, a medida que el ritmo de las chirimías y de los tambores se acelera, el baile se hace más y más histérico; los bailarines caen en trance; y entonces se llega al paroxismo, con movimientos tan violentos que impresionan a los asistentes. Maru y sus amigas se quedan paralizadas. Sibari, por el contrario, palmea y da pequeños saltos, imitando a los derviches. Una de las chicas ya los ha visto en la Medina, la impresionó verlos comer corderos y gallinas que les arrojaban desde las ventanas de las casas y que mordían aun estando vivos los animales. El estado de trance es tal que pierden la noción de la realidad.

Cuando uno de los aixauas se desmaya, la muchedumbre se agolpa alrededor; y entonces las jóvenes se escabullen y salen del santuario. Maru ha de tirar de Sibari para sacarlo de allí, atrapado por el espectáculo. Si Manuel Gallardo supiera que su hija y las amigas están viendo a los aixauas, seguramente la castigaría con no salir de casa durante una semana. Pero ella ya sabe que volverá al año siguiente.

Ana Berrocal, María Sibari y Sergio Barce

Ana Berrocal, María Sibari y Sergio Barce

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CINCUENTA CRISTIANOS CAUTIVOS EN LARACHE, POR CINCO MIL LIBROS ARÁBIGOS

Curioso texto, que es la carta entregada por el Embajador del Rey de Mequinez, sobre el rescate de los cien prisioneros cristianos que tenía en Larache, entonces Alarache. En el texto, se llega a solicitar del Rey de España, el pago por este rescate no en dinero, sino por la libertad de cada cautivo cristiano la entrega de cien libros arábigos, de los que fueron escritos en los fastuosos y añorados reinos de Sevilla, Córdoba o Granada…

Escrito en el castellano antiguo de la época, creo que es de un gran valor histórico y anecdótico.

Sergio Barce, junio 2014

CASTILLO LAQBÍBAT - foto de Akram Serifi Bouhsina

CASTILLO LAQBÍBAT – foto de Akram Serifi Bouhsina

COPIA DE CARTA QUE DIO A SU MAGESTAD EL DIA 21 DE DIZIEMBRE, DEL AÑO PASSADO, EL EMBAXADOR DEL REY DE MEQUINEZ, SOBRE EL RESCATE DE LOS PRISIONEROS QUE HIZO EN LA PLAÇA DE ALARACHE.
PUBLICADA EL SÁBADO 20 DE ENERO DE 1691.

En nombre de Dios Santo, y misericordioso, que no ay fuerça, ni poder sin la voluntad del Altísimo y poderoso Dios, de la parte del esclavo de Dios, Ismael, el que tiene puesta su esperança en Dios, y que tiene entregadas todas sus cosas en manos de Dios, Príncipe de los Fieles, defensor del camino del Señor del Vniverso, Aleherif Algazani, Dios le mantenga, amén.
Al muy poderoso Rey de los Christianos, y de muchos Reynos, de España y de las Indias, y Emperador de ellos, y que tiene sugetos a todos, D. Carlos. Salud damos a todos aquellos que siguen el camino de la verdad. Y después desto llegó a nuestras manos vuestra carta con los criados D. Manuel Viera de Lugo, y don Abel Missi; y es la carta que me embiasteis respuesta de mi carta que embié con el Frayle antes desta: Y después que leí y entendí su contenido, me dixo vuestro criado Don Abel Missi lo que deseavais de mí, y lo que me pedís en vuestra carta, que es la libertad de los cien Christianos, sobre lo qual hemos avisado de lo que se ofrece antes desta, y aora respondemos a vuestra carta, que le embio con criado de mi poderosa casa en Dios, mi Secretario, el más allegado de mi Cámara, hijo de mi amigo Çid y Mahamet hijo de Aluhab Aloesir. Y sinó fuera vuestra persona muy estimada de mí, y nuestro conocimiento de vuestra grandeza, no lo embiara ni lo apartara demi persona, porque le he menester para mis negocios. Y he dado orden a mi criado, el más estimado de mi voluntad, el Alcayde Alhiben Audalá, para que embie con mi Secretario vna persona de sus amigos, que es mi criado Absalen, hijo de Hamet Gasus, para que vaya en su compañía, que el dicho mi Secretario conoce, y está advertido de lo que ha passado con mis Iueces, y Iusticias sobre los Christianos de Alarache; y assí está informado de todo lo que sucedió, y él dará noticias de ello; y assí os podréis informar dél desde el principio porque ha estado siempre en mi compañía, favorecido de Dios en todas obras. Y es verdad que di palabra de dar libertad a los cien Christianos, pero sucedió de parte dellos cosas que fueron causa de que no cumplí lo que les ofrecí; y algunos dellos estavan dando vozes que se querían entregar, y otros no querían salir de la Plaça, ni dar cumplimiento a lo que yo ofrecía; y amenazaron al que entró de mis criados, que embié a ellos, y algunos se echaron al Mar nadando, para huirse a los Navios de los quales, los que fueron alcançados se mataron. Y por todo esto los grandes Iuezes y Sabios de mi ley y nuestra Iusticia nos dixeron que los Moros estavan ya apoderados de la Plaça en aquel tiempo, y que los tenían rendidos a los Christianos, y que no tenían otra cosa que esperar que la muerte o ahogarse. Y por otra razón nos dixeron los Iuezes que en justicia no tenían libertad; en todo este tiempo estuve disputando con los Iuezes y Sabios de mi ley, (Dios me los guarde) y me dixeron que los cien Christianos han de ser esclavos por todos caminos. Y demás desto, fue tomada Alarache en los tiempos passados, sin razón, porque obligaron Alchega, hijo del Rey Hamet Aldehauy, que passó a España, que por el dinero que gastaron para él, le detuvieron sus hijos hasta que entregó a Alarache en pago, contra su voluntad, sin razón ni justicia.

PLANTA DE LA CIUDAD DE LARACHE, 1612

PLANTA DE LA CIUDAD DE LARACHE, 1612


Y demás me dieron a entender los Sabios que en el tiempo que se ganó Granada, y otras partes, que avía más de quarenta mil personas, que se les concedió sesenta Capítulos y ninguno se les cumplió; y en todo se les faltó, tanto en Granada como en otras partes de la Andaluzía, en todas las Villas, Ciudades, y Lugares. Y aviendo visto lo que mis Sabios y Iuezes me dixen; y que en verdad que quedo confuso por todas partes. La primera, no puedo negarme a la justicia, porque es el fundamento de mi ley. Y la segunda, de lo que las partes saben, di mi palabra a los cien Christianos; y lo que ellos mismos piden yo quisiera que se cumpliera, y librarme de los dichos de las gentes, y que no digan que he dado mi palabra y he faltado a ella. Y si no fuera por la contradición de mis Sabios y Iusticias, y la fuerça que tienen, huviera embiado los cien Christianos con el Frayle, el qual fue antes deste libremente. Y por amor de este, vi y escuché la razón de mis Sabios, quienes se mantienen en ello; y por esta causa no puedo negarme a sus razones, ni salirme dello. Yo bien quisiera que todos los que han oído, y oyen, supiessen que el no cumplir mi palabra es por no ser vencido de las razones de la Iusticia; y desta razón pedimos y queremos que nos abrieseis vn camino para el rescate de los cien Christianos, como lo hemos pedido antes; y aora quisiera que me dierais por los cinquenta Christianos de los ciento, cinco mil libros Arabigos, ciento por cada vno. Y que estos fuesen de los Moros de mi ley, de los que estavan en las Librerías de los Moros de Sevilla, Córdova, Granada y otras partes, que sean de la satisfación de mi criado y Secretario. Y por los otros cinquenta Christianos nos daréis quinientos Moros, que son a diez Moros por cada Christiano. Y sinó se hallaren los libros que pedimos, nos daréis los Moros de las Galeras, y otras partes; y nos contentamos deste número, y de que sean mugeres, niños chicos y grandes, y viejos de nuestros vasallos, u otros qualesquiera, porque no tengo otro deseo más que hazer esta buena obra, para rescatar los Moros cautivos de cualesquiera manera que sea, y de qualquier parte que sea, siendo en primer lugar mis vasallos y después los otros. Y si me hazeis en esto lo que os pido, haréis vna obra de caridad por vuestros vassallos y criados; y si acaso no pudieredes hazer esto, nos haréis bolver mi criado y Secretario que embiamos en el camino de Dios, como avrá llegado allá, y los cien Christianos quedarán como los demás Esclavos. Y si vemos que hazeis esto que deseamos, y que se despachará breve, hallareis en mi buena correspondencia, y voluntad, y también a los demás Christianos vasallos vuestros que están en mi poder en Alarache, y otras partes, fuera destos ciento. Y también abriré camino en su rescate en cosas que sea de mi gusto; y bolviendo mi criado bien despachado, embiaré los cien Christianos a Zeuta, y en ella se harán los Canges. En esto cumpliré mi palabra con el favor del Altísimo Dios.

Escrita en diez y seis del mes de Lehecha que es en diez y seis de Septiembre de mil ciento y vno.
El Sello Dorado significa la firma con su nombre, Ismael, hijo del Cherif Alhauy. Manténgale Dios y hágale vitorioso.
El sobreescrito al muy Poderoso Rey de los Christianos y de muchos Reynos de España y de las Indias, y Sus Dominios, Don Carlos en su Corte, en la Ciudad de Madrid. Y la paz sobre los que siguen el camino de la verdad.

(Biblioteca Nacional, Varios Especiales, 128-24)

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«POR AMOR AL ARTE», PRÓXIMO LIBRO DE RELATOS CON LA GENERACIÓN BIBLIOCAFÉ

Con el grupo Generación BiblioCafé, ya he participado con tres cuentos en los anteriores libros colectivos de relatos cortos que han ido publicando: Sesión continua, Animales en su tinta y Último encuentro en BiblioCafé. Ahora se prepara otra nueva publicación, Por amor al arte, en el que se incluye mi relato La Venus de Tetuán. Y Mauro Guillén & Co. anuncian mi colaboración, al igual que están haciendo con el resto de escritores que participan en este proyecto, de la siguiente manera (y que  les agradezco desde aquí):

POR AMOR AL ARTE... LA VENUS DE TETUÁN

 

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«CAMISONES CON VOLANTES», UN RELATO DE SUSANA GISBERT GRIFO

Tercera entrega sobre los autores de la Generación BiblioCafé, y tercera autora del grupo que presento en mi blog.
Se trata de Susana Gisbert Grifo, apasionada y comprometida escritora (y fiscal) con la que, a través de sus comentarios, posts y artículos (literarios y jurídicos) aparecidos en las redes sociales, me suelo identificar casi siempre, bueno, para ser sinceros, hasta ahora, siempre. Señal de que nos une no solo la literatura sino también las ideas. (Esto parece ser el comienzo de una buena amistad).
El relato que me ha enviado Susana para colgarlo en mi blog se titula Camisones con volantes.

SUSANA GISBERT GRIFO

SUSANA GISBERT GRIFO

Aparentemente es un delicado y suave relato del mundo adolescente femenino hasta que, de pronto, da un giro y abre su abanico a diferentes lecturas, a distintas interpretaciones. Lo que en la superficie no es más que la confesión llena de sinceridad de la protagonista sobre su relación con una amiga o de la relación de amistad que creyó mantener y que parece truncada por algún motivo que el lector espera y ansía descubrir, se ennegrece súbitamente con las oscuras nubes de la muerte. Hasta ahí podría ser el retrato de cierta época, incluso de un tiempo que nos recuerda los años de juventud. Pero Susana da una vuelta de tuerca e introduce además una nueva voz que retoma la misma historia para convertirla en algo más sorprendente. Y lo que desvela ahora te deja en medio de un paraje desolador.
El tema de fondo del relato es amargo: la culpa, la mala conciencia. La culpa por lo que la protagonista debió hacer y no afrontó. La mala conciencia por no haber sabido comportarse con la otra persona. Y la culpa y la mala conciencia de esa otra narradora… Como si se tratara de una muñeca rusa, una matrioska, el relato abre otro relato, y la culpa se multiplica como un eco que se repitiera en el vacío. Ese es su acierto, su valiente planteamiento narrativo, y acierta con la forma y con el fondo, sin necesidad de más artificios.

Sergio Barce, junio 2014

CAMISONES CON VOLANTES

Cuando era niña, Sara sólo tenía una obsesión: dejar de llevar aquellos horrorosos camisones con volantes que le imponía su madre. La verdad es que a mí nunca me parecieron tan espantosos, aunque quizás un poco ridículos para nuestra edad. Éramos adolescentes y aquel despliegue de lazos y puntillas se nos antojaba poco menos que un insulto. Pero no había manera: nada más había conseguido deshacerse de uno, su madre lo reponía por otro más cursi si cabe. Y ella siempre enfadadísima, quejándose de que aquella anticuada lencería que le imponía su madre, además de fea, le hacía parecer gorda. Pero, con ellos o a pesar de ellos, nos moríamos de risa en nuestras reuniones nocturnas, plagadas de refrescos, de palomitas y de chucherías.

Éramos varias amigas las que nos solíamos reunir, aunque con el tiempo, fuimos reduciendo nuestro círculo y las más de las veces acabábamos encontrándonos Sara y yo solas con nuestras sesiones de estudio, de maquillaje, de risas y de chismes. Como no podía ser de otra manera, nuestras conversaciones eran insustanciales, como insustancial era nuestra vida, y chicos, ropa y exámenes eran casi exclusivamente nuestros temas de conversación. Nos probábamos vestidos, pantalones, faldas, camisetas y chaquetas y siempre bromeábamos acerca de lo mal o lo bien que nos quedaban. Y Sara, siempre preguntando si esto o aquello la hacía gorda.

El tiempo fue pasando y nos fuimos haciendo mayores. Los temas de conversación variaron, pero nuestra amistad se mantenía incólume. O, al menos, eso es lo que yo creía.

No debí ser una buena amiga para Sara. Si lo hubiera sido, me hubiera percatado de lo que pasaba. Pero yo, sin embargo, estaba tan absorta en mi mundo de clases diurnas y salidas nocturnas que no supe ver a tiempo la mano que me tendía. No lo supe o no lo quise ver. Ni siquiera me atreví a hablarle de ello, y preferí cerrar los ojos, y hacer como si no pasara nada. Y la dejé caer sin prestarle la ayuda que me pedía en silencio. Y cayó en picado.

Antes de que me diera cuenta, Sara había perdido la mitad de su peso y toda su alegría. Su voz se volvió débil, sus ojos saltones y sus costillas prominentes. Fue entonces cuando adquirió la costumbre de llevar siempre las uñas pintadas con esmalte negro, lo que hacía un esperpéntico contraste con sus manos lívida y huesudas. Una de las últimas veces que la vi, descubrí la razón de su tétrica manicura: tenía las uñas llenas de manchas blancas y quería ocultarlo a toda costa. Igual que quería ocultar sus caderas huesudas y sus piernas esqueléticas cubriéndolas de ropa ancha y deformada…

Pero cuando lo supe todo, llegué tarde. Y encontré el cuerpo de Sara en el suelo del cuarto de baño de casa de sus padres, tras emprender un viaje del que jamás regresaría.

No pude por menos que admirarme ante el talento literario de mi hija. Sabía que escribía en sus ratos libres, pero difícilmente compartía sus relatos con nadie. Hoy, sin embargo, había dejado aquel folio olvidado encima de la mesa, y no pude resistir la curiosidad de leerlo. Y me había quedado enganchada desde el primer momento. Me pareció precioso y emotivo. Tanto, que se me saltaron las lágrimas. Y me preguntaba si mi hija conocía a aquella Sara o era fruto de su imaginación. Repasé mentalmente la lista de sus amigas y conocidas sin descubrir en quién pudiera haberse inspirado para aquella historia. Pero no se me ocurría nadie. Quizás fuera alguien que yo no conociera o tal vez el relato fuera únicamente fruto de la imaginación de mi hija.

Apenas me había secado las lágrimas, un golpe seco interrumpió mi ensimismamiento. Un golpe que venía del cuarto de baño, un golpe que parecía el de un cuerpo cayendo a plomo en el suelo. Un golpe que me puso la piel de gallina y un nudo en la boca del estómago. Un golpe que recordaré mientras viva.

Porque ese sonido afectó a algo más que a mis oídos. Algún resorte saltó en mi cerebro y me precipité corriendo hacia el cuarto de baño. Y fue entonces cuando la vi. Vi su cuerpo desplomado. Y por vez primera, la vi como nunca la había visto: sus ojos saltones, sus costillas prominentes y sus piernas esqueléticas apenas disimuladas bajo un jersey holgado, y sus uñas esmaltadas de negro destacando tétricamente en unas manos lívidas. Y fue precisamente en ese momento cuando recordé aquellos camisones de volantes y lacitos que le compraba de niña, segura de que le gustarían solo porque a mí me parecían preciosos. Esas delicadas prendas de ropa que yo siempre hubiera querido tener.

Pero ella no era yo. Ella no era otra que la Sara de su cuento.

Le había fallado. E imploré con todas mis fuerzas que para ella no fuera tarde ya.

Susana Gisbert Grifo

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